jueves, 3 de septiembre de 2009

ATÚN O SIRENA

Me gusta mucho el atún toro apenas marcado en la plancha con salsa terikaqui, aceite de sésamo y sal maldon acompañado con “lechuga de mar” picada y apenas aliñada con dos gotas de zumo de limón. Pero voy a dejar de comerlo. Los atunes se extinguen y con ellos una parte del misterio de sus viajes, las almadrabas antiguas, los pescadores auténticos, los hombres de mar.

Muchos hombres también se empeñan en querer tener una sirena por esposa. Las impiden que naden libres, las preparan piscinas lejos de mar, las engañan con palabras de seducción, viajes, promesas, regalos. Desean que de verdad se olviden de lo que son. Quieren ponerles casa, vestirlas y pasear de su mano por las calles de la ciudad, casarse con ellas de blanco o de azul, dormir con su cuerpo todas las noches y que olviden el tacto del coral, el sabor del salitre, el escalofrío de los mares turquesa. Y al final les piden que se operen esa maldita cola llena de escamas iriscentes o algo peor, las devoran su cola de pez y la sirena muere o desaparece u olvida lo que un día fue.

Yo te quiero sirena. Amo sus escamas transparentes, tu forma de nadar, cuando te pierdes lejos en el mar y tardas meses en volver. Amo tu libertad y el sabor a salitre de tu sueño y tu canto incompensible y tu forma de bucear en mi silencio. Yo te quiero sirena, tal como eres, leyenda, revoltosa, grácil, desnuda, mujer libre de los previsibles gestos de tierra adentro. Tu no lo sabes, pero nunca podría comer una sirena ni encerrarla en mi corazón de pescador de río.

Acuérdate, nunca te distraigas. Solo en mar abierto serás feliz.

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