miércoles, 30 de junio de 2010

LUJO IV

(ilustración de Dani Torrent)

Esas modelos marcianas que el photoshop inventa lo dicen siempre: secreto de belleza: “beber mucha agua y dormir mucho”. Lo primero seguro que está patrocinado por alguna marca lista de agua mineral, pero lo segundo es verdad. Dormir.

Dormir bien y mucho siempre es un lujo… y tan barato… pero casi nadie duerme mucho y mucho menos bien.

Nada como una cena rica, un mucho o un poco de sexo para chuparse los dedos y dormir luego sin usura, ni despertador, ni pesadillas en una cama grande, dura y fresquita todas las horas necesarias, más de nueve. Es un lujo tan fácil, tan escaso, tan sorprendente.

martes, 29 de junio de 2010

LA SANGRE COMO ALIMENTO

(ilustración de Eric Jones)

Hincar el diente a la vida. Vampiros. Quién le iba a decir al irlandés Abraham Stoker que su “Drácula” iba a tener tanto éxito. Pero el feo y maravilloso “Nosferatu” de F. W. Murnau se ha convertido en la saga de los desnatados “Crepúsculo”, vampiros suaves que en lugar de sangre beben cocacola sin cafeína para que no les quite el sueño.

Beber sangre. Hay quién se marea con ver una gota, hay quien se merienda sin pestañear una gorda morcilla de sangre y cebolla o arroz, hay quien se la bebe mezclada con leche (los Masai). A mi me encanta la sutil taranga, deliciosa recién hecha y cocida, se deshace en la boca. Extraño alimento la sangre. Amigos o enemigos, aversión o rechazo. Vampiro o Van Helsing.

La taranga es producto de matanza, sólo es sangre ligeramente aliñada embutida en una tripa fina. Imprescindible que sea fresquísima para que su sabor sea aterciopelado, ligero y exquisito para un extremeño del norte, un Masai o un Nosferatu cualquiera. Le va bien un vino blanco del sur amontillado o un tinto suave del norte del Priorat.

Vampiros, amor y sangre. Sin embargo por aquí la sangre y el sexo han tenido un confuso maridaje. Hasta ayer sexo y sangre incomodaban los cimientos remotos de nuestra reprimida y represora cultura. No para mi que debo ser medio vampiro y no me importa que me muerdas o que la sangre derroche el deseo y da igual que tengas “la luna que hay en ti” para besar el origen del mundo. Que tierno, dulce, divertido, lúcido el documental de Diana Fabiánová con ese título.

lunes, 28 de junio de 2010

ENSALADA DE PAPAYA CON CECINA

Papaya madura cortada muy fina, trocitos de buena cecina de león, chorro de aceite Picual y flores de orégano que cogí ayer en el camino del subida del Charco del Águila. Mi comida de hoy. Dicen que la distancia es el olvido. Dicen muchas tonterías.

Ayer último día de truchas. Comienza el verano.

SABOR DE TORMENTA

(Ilustración de Stéfano Bonazzi) A veces la herida duele mucho tiempo después, cuando ni siquiera el recuerdo la convoca. Nos sentimos entonces muy vacíos y escuece hasta el aire de la calle. No es tristeza, es otra cosa, nos sentimos sin piel, sin arrogancia, sin aquello que hasta entonces nos protegía del sol y la intemperie. No nos cubría ya nada y no nos dimos cuenta o no nos importó mostrar que nos gusta ser amados por quien amamos, jugar desnudos y mojados a enredar con la tormenta y con la noche.

Nada que hacer, ni que decir, ni que soñar. Nada que cocinar jugando con la memoria y la invención. Comprendiendo que la vida es previsible y a mi nunca me gustó lo previsible, ni la prudencia, ni las despedidas, ni escribir porque sí, como artificio o como música de fondo. Para mi escribir es igual que una tormenta, asusta, refresca, fascina, ensueña, sorprende, ilumina lo oscuro unos instantes. Escribir es respirar y oler la tierra mojada y las nubes frías y la hierba seca mientras se moja. Si no siento todo eso prefiero no escribir.

Caminé por la ciudad ligero de equipaje y sentí que me iba lejos de nuevo sin saber dónde. Muy perdido y muy sólo, sorprendido de que al menos perdido y solo estuve siempre, que no era cosa de hoy. Y no era cosa de nadie. Solo mía. Yo lo quise, lo busqué, lo sentí.

Pero estar perdido y sólo no hiere cuando no recuerdas las última vez que sabías el rumbo y sentías el juego de ir caminando abrazados.

Duele que pase la tormenta y no poder mojarme con la del cielo. O la tuya.

domingo, 27 de junio de 2010

SOPA PARA DESPERTAR LAS MARIPOSAS

(Imagen de Ricardo Celma)

En china hacen hasta una sopa de crisálidas.

Ya sabes mi pasión por las sopas. En las sopas está el hambre de los pueblos, hambre de generaciones, hambre, frío, desolación y contra todo esto la imaginación y la alegría de tener al menos una sopa caliente. No fue el asado sino la sopa lo que nos civilizó. No nació el amor por compartir un trozo de carne asada sino al hacer en el fuego, en ese primer recipiente de barro, una sopa. En la sopa se esconde la ternura, las ganas de calentar el estómago, si, pero también el corazón de quién la bebe. El deseo de que el otro sienta un escalofrío de gusto que le reconforte y disuelva lo malo y hostil que está ahí fuera, acechando la vida.

Sofrío una cebolla dulce y una zanahoria muy picadas y añado dos manitas de cerdo cocidas, deshuesadas cortadas en tiras muy finas, unos pocos cominos machacados, un chorro de salsa de soja y otro de aceite de sésamo, dos anises estrellados, un vaso de vino de arroz y otro de caldo de pollo y dejo cocer a fuego muy lento media hora, pruebo de sal y añado entonces unos tallarines y cuando están hechos pongo un poco de pimienta, pizca de cilantro y unas gambas crudas también muy picadas. Se ha de comer muy caliente, estilo chino, para sudar y soplar.

En China y en España las sopas no son un mundo sino el universo entero, una memoria echa sopa a la que se añadió durante siglos imaginación, cariño, cuidado, ternura, amor y muchos alimentos sorprendentes. Se olvidarán las sopas, temo, arrasarán las sopas de verdad todas esas sopas preparadas de sobre y desaparecerán con ellas la forma más real, dulce y certera de optimismo. En china dicen que quien sabe hacer bien las sopas sabe también amar.

Yo sigo haciendo sopas mientras las mariposas vuelan en mi estómago cada vez que me abrazas.

jueves, 24 de junio de 2010

PASTELA DE PICHONES Y SALSA DE OLVIDO

"Memorias de África”. La escena más erótica y dulce que conozco. Isak-Karen nunca olvidó.

No te irás nunca lejos. Es demasiado corta la vida como para andar jugando a ir y a volver de nuevo. Olvidar solo está bien para hacer salsa, no para arroparte con la sábana azul de la desmemoria.

Salsa de olvido. Cremosa, transparente, refrescante. Tus palabras desde tan lejos y a la vez desde tan cerca mientras camino por una playa desierta de Almería. Luego, en la fiesta de amor de Maite y José M., me sorprendió comer, entre otras cosas ricas, pastela marroquí. Muchas veces, hace veinte años, hice la receta con palomas poco nobles que no quiero recordar, pero luego la hice alguna vez con torcaces cazadas en Sahona, bajadas en verano de los cielos limpios de La Mancha con mi vieja escopeta del veinte.

Doro al fuego los huesos de cuatro torcaces a las que he quitado las pechugas. Retiro las carcasas y en ese aceite pocho dos cebollas grandes, tiernas y muy picadas y añado una rama de canela, unos pocos cominos machacados, pimienta y sal. Luego saco la rama de canela y frío a parte unos piñones y unas almendras, lo machaco y mezclo con la cebolla, añado muy poco de jengibre, perejil picado, agua de rosas, un poco de azúcar, otro poco de canela en polvo y dos huevos batidos. Lo mezclo bien todo. A parte salteo muy muy poco y a fuego muy fuerte las pechugas picadas de las torcaces bien salpientadas y añado esa carne al relleno. Con esta farsa hago triángulos doblados con pasta brick o filo y las frío en aceite hasta dorarlos.

Para la salsa de olvido caliento un poco de miel, oloroso seco, pimienta, zumo de naranja que mezclo luego con gelatina neutra y albahaca picada. Meto ese caldo en la nevera hasta que gelatinice y coloco un dado grueso y frío de esta salsa junto al triangulo de pastella recién sacado de la sartén.

Salsa de olvido que no olvido por desmemoria. Salsa de olvido para que tú me recuerdes momentos, sabores, caricias que se esconden en los rincones de sombra de mi cerebro y que solo pueden salir si tu metes en el cofre deshilachado de mi corazón la llave precisa de tus palabras y tu abrazo. No somos los mismos. Y qué.

domingo, 13 de junio de 2010

ESPAGUETTI DE LLUVIA

(Margatet Made en Baarìa de G. Tornattore, que me recordaba tus ojos)

Dentro de pocos días la tarde de ayer me parecerá un espejismo. Anduve por Madrid casi sin rumbo, Embajadores, Toledo, Cava, Opera, Plaza de España. A veces la lluvia mojaba fino, otras fuerte, otras la humedad y el frío tal vez venían de dentro. Me refugié en “8 1/2” para tomar un poco de café y de silencio y luego me metí casi sin querer en la última de Tornattore y recordé muchas tardes en las que el cine era como el sueño. Me quedo de la película con lo mucho que dice con las cuatro o cinco escenas en las que sale la comida para describir la historia: ese bocadillo de filete milanesa, la fruta robada del huerto, la mujer amasando sobre la mesa de madera, el beso manchado de harina, el concurso de comer espagueti sin manos, el brindis, el pulpo… y los primeros cuatro minutos de la película sobre todo, esa carrera es lo mejor.

Me gustaría inventar un plato que supiera a lluvia fría de Junio, a la soledad húmeda atravesando la ciudad hirviendo de sábado, a los ojos brillantes de cine en esos primeros cuatro minutos. Podría ser un plato de espaguetti al dente con una salsa de tomate muy espesa a la que puse mucha cebolla, mucho pimiento verde y tomates secos, una salsa fina, bien triturada, dulce, aromática, potente a la que añado en el último momento un montón de berberechos recién abiertos, templados, llenos de agua de mar y una lluvia de albahaca fresca muy picada. Me gustaría inventar un plato que cuando coma en soledad sepa a tristeza y cuando coma en compañía me sepa a risa de verano. Que tuviera el aroma de esta ciudad que amo bajo las nubes grises y el sábado solitario, el color intenso y embriagador de la primavera en La Vera, el sabor del mar que llevamos metido en la memoria.

Tras la película caminé bajo la lluvia de vuelta a casa. Llevaba en la mano una bolsa de cartón que se mojaba y dentro el guión de “Caótica Ana” que compré en “8 1/2” y una bola con toda mi tristeza. Faltaban pocos minutos para que fuera ya de noche. Sentía los mordiscos de la soledad en mis piernas de andarín pero me resistía a sentir su dolor. Entonces me llamo R. para contarme emocionada como se le había escapado la trucha más grande que le había picado nunca y unos segundos después me llama A. y M. desde el concierto de Sabina en Badajoz y sonaba la gente cantando “Calle Melancolía” y dos minutos después G. para decirme que estaba en el Japonés al que le llevé la semana pasada y desearme buenas noches.

No creo en la magia, ni en la telepatía, ni en el destino, solo jugamos al azar, pero esas tres llamadas tan distintas, tan cercanas, tan calidas me llenaron de lluvias la cara y vaciaron mi corazón de tristeza.

Caminé hasta mi casa con las piernas ligeras y me hice unos espaguetti con esa salsa espesa de tomate. No tenía berberechos ni albahaca así que añadí unas vieiras que tenía congeladas y un poco de cilantro fresco y tu SMS. Tal vez sea este el guiso que buscaba para recordar estos días extraños de lluvia por dentro y por fuera.

viernes, 11 de junio de 2010

RATATOUILLE ASÍ DE SIMPLE

(foto de Elene Usdin)

Menos es más, la sofisticación es sólo decorado, lo exótico aburre, la cocina sofisticada tiene sus límites, como el amor sofisticado.... La emoción, lo que nos hace gritar, llorar, gemir de placer suele ser muy sencillo, hasta simple. Recuerdo al exigente crítico de la película “Ratatouille” que de pronto toca el cielo del gusto precisamente con ese sencillo plato que da nombre a la historia. También en el amor y en el sexo descubrimos que en lo sencillo está lo sublime, lo rico, la felicidad. Un abrazo, una mano jugando con la otra a acariciarse, el sabor de “el origen del mundo”, del tuyo, un beso breve o lento o tímido, jugar despacio al placer sin llegar a ningún sitio ni al final, ni al orgasmo, ni batir ningún record, sin juguetes de pilas de litio y piel de silicona verde. Sin lubricantes con sabor a fresa ácida, sin salsas tecno-puturrudefuá. Aunque no se si piensas tú así, pero lo imagino.

Me hace feliz lo sencillo, en la vida, la cocina, el amor. Para complicarse la vida ya está la vida misma, la crisis, esa locura laboral urbanícola de consumo con la que nos han engañado a casi todos. Manuel Castells decía el otro día también algo muy sencillo y verdadero (en su caso apoyado por toneladas de datos y de investigaciones, que Manolito nunca dice por decir) que al final solo “queremos tener tiempo, tiempo para nosotros, tiempo para querer y que nos quieran”. Joder, el mejor sociólogo del mundo diciendo esto por la tele a Iñaki Gabilondo. El consumo y el capital nos engaña pero no nos borra los sueños, estos sencillos sueños tan humanos. Vendemos el tiempo de nuestra vida pero no el alma, por ahora.

La receta es de mi amiga Bernadette: cebollas, pimientos, berenjenas, calabacines, tomates buenos y maduros, unos dientes de ajo, una ramita de tomillo fresco, que ahora es temporada, unas hojas de romero, pimienta, sal, un poquito de azúcar y, por supuesto, aceite de oliva.

Sofreímos cebollas y pimientos cortados en fino, tapamos la sartén y cocemos a fuego lento un cuarto de hora. Luego añadimos al guiso las berenjenas y calabacines cortados en dados, corregimos de sal y añadimos después los tomates troceados sin piel y sin semillas, dos ajos aplastados con la hoja del cuchillo y también el tomillo, el romero, un poco de guindilla y el azúcar. Continuamos el chup, chup media hora con la sartén tapada removiendo de vez en cuando. Yo he añadido a veces criadillas de tierra de Extremadura y un poco de poleo salvaje que cojo en la garganta cuando pesco. El plato, frío o caliente o templado, al igual que el amor con deseo, está bien rico siempre. Y tan sencillo. El lema de la película Ratatouille es “todo el mundo puede cocinar” parece una obviedad, pero hoy ya no lo es, mucha gente no cocina, no lo ha hecho nunca. No saben lo que se han perdido. Lo que se pierden.

Yo cocino para ti mis palabras, mi imaginación, mis deseos, mi tiempo. Adivino las cosas sencillas que te gustan o las invento o las sueño. Ratatouille, jugar con las manos, recuperar la infancia o su memoria, escribirte un SMS concentrando en cada letra un poco de salsa de ternura, de sal salvaje, de sonrisa cómplice y de hambre. De ti.

Lo sencillo, lo simple, aquel sabor de verdad emocionante, no sé hoy si de estas verduras de la receta de Bernadette o de un beso tuyo hace tanto. Lo sencillo, el color de tus ojos en el cielo de mi memoria o soñar que ahora tienes dieciocho y te muerdo la risa y te cuido de sombras y de lágrimas o soñar que pasaste ya los cuarenta y me muerdes la risa y me cuidas de luces y desiertos.

jueves, 10 de junio de 2010

EL NIÑO Y NIÑA "ESONOMEGUSTA"

(pintura de Pier Toffolletti)

De niños teníamos cierta aversión a la comida. Angustiamos mucho tiempo a nuestras madres respectivas con esas manías, inapetencias y “nomegusta”. La mía se inventaba mil historias y juegos para distraerme y meterme la cuchara en la boca. La tuya intentaba obligarte aunque siempre pudo más tu rebeldía que su paciencia. Niño y niña “de mal comer”, niño y niña “raro” frente a los otros y otras tragaldabas del barrio que les daba igual un filete que una sopa de tornillos. Y sin embargo ahora devoramos, libres ya de prejuicios y manías, comilones felices de todo tipo de cosas, seres, guisos, desde unos chinchulines a un asado de anaconda, de lagartos a perritos calientes, de unas hormigas a la liebre royal. A los niños y niñas que no comen habría que dejarlos en paz. Ya hará el hambre y el instinto de supervivencia su función. En el mundo los niños mueren de hambre por no tener alimentos no por negarse a comer.

Sólo en eso nos parecemos tú y yo. En haber sido de niños malos comedores con aversión al chorizo, las judías, el hígado empanado, las menestras… y también en habernos envenenado muy pronto con la literatura desde que aquel tebeo cayó en nuestras manos. Bueno, también nos parecemos en cierta idea de justicia, de igualdad, de libertad con la que contemplamos la vida o en el placer de atesorar la memoria de lo que una vez amamos. Aunque cuando te miro a los ojos me veo en ellos y no es mi reflejo. Algo hay detrás, cierta misteriosa semejanza desde la más extrema diferencia.

Pienso en nuestras madres, en esas mujeres españolas que nacieron en los treinta, esa generación, si no perdida, si encerrada en un mundo duro, rijoso, hostil, falso, claustrofóbico en el que no pudieron crecer en libertad y ser mujeres felices. Sin duda hubieran sido mujeres felices en otra sociedad menos bestial y machista. Hubieran sido más felices, más libres, más ellas. Luego llegamos nosotros, la generación de los sesenta, sus hijos y sus hijas y no las entendimos, las rechazamos y huimos de su lado, de sus ideas anticuadas, sus temores extraños, sus miedos a todo, su aparente ceguera. Huimos lejos buscando la verdad de las palabras y los cuerpos, su libertad y sus trampas, heridas, sorpresas, placeres. Lejos siempre.

Luego, a veces ya muy tarde, comprendimos las cicatrices de las garras siniestras que ese tiempo dejó en su piel de mujer y volvimos a su lado, aunque no se dieran cuenta. Descubrimos que ellas, con sus pocas armas, habían conseguido hacer un largo viaje interior hasta el progreso recorriendo una distancia mucho más larga y difícil de la que nosotros y nosotras recorreremos nunca.

Pienso en ellas, en tu madre y en la mía, en este presente que ya no pudieron disfrutar porque la vida es siempre corta y su juventud fue muy difícil. Aunque tu no lo sepas, aunque seas muy distinta, hay mucho de ella en ti, tal vez sus sueños nunca nombrados se cumplieron en ti, seguro que su piel suave y bella es ahora la tuya, seguro que algo de su voz o de tu forma de acurrucarte en la cama para dormir, algo que no sabes y no conoces pero existe y está vivo. En ti.

Te miro a veces y quisiera abrazarte pero no lo hago porque siento que es un abrazo lejano que va hacia ellas, a esa desconocida que te hizo posible, sabia, fuerte, hermosa. Cientos de veces te hizo la comida que tú rechazabas y hoy sé, conozco, el amor, a veces inconsciente pero cierto, que hay en ese acto repetido de hacer una comida para un niño, una niña.

Te miro a veces y quisiera besarte pero no me atrevo porque ese beso debería volar muy lejos por el misterio de la historia hacia tu madre cuando estaba aquí y soñaba y era joven y te tenía de bebé entre sus brazos, mucho antes de que descubrieras cuál era tu nombre.

Y que diría ella, aún joven, con cuarenta años, con tu edad, de un tipo como yo. No te rías. Lo imagino.

Nunca recitaría eso de “me gustas cuando callas porque estás como ausente”, que horror. Diría: “me gusta cuando comes porque te siento viva, con apetito de todo, abierta a probar lo mucho bueno de este presente”. Ese sería mi verso nerudiano. Y brindo hoy por ella, por tu madre, la imagino si viviera hoy y fuera tan joven como tú. Seguro que sería más moderna, más atrevida, más valiente que tú. Que nosotros.

Además, alguien que alimenta a un niño o a una niña tantas veces, que guisó tantas veces con amor a pesar de nuestra cerril inapetencia se merece el cielo. Si existiera. Al menos el cielo de nuestra memoria.

martes, 8 de junio de 2010

DARTE CALABAZAS

Imagen: Calabaza decorada como “Estrella de la Muerte” de “la Guerra de las Galaxias”.

Una de las cosas más deliciosas, ricas, suaves y originales del mundo es el picadillo fresco de morcilla de calabaza extremeña. Picadillo asado a fuego medio en una sartén hasta casi tostarlo y luego untar ese paté caliente en una tostada o un trozo de pan de verdad. Muy pocos conocen esta delicatessen, nada que ver con las morcillas de calabaza en tripa, secadas o ahumadas que están buenas, pero son otra cosa. El picadillo es un bocado sublime, ignorado, desconocido, anónimo. Se vende fresco en algunas carnicerías de La Vera aunque el mejor es el hecho en casa por manos sabias. Su composición es muy simple: calabaza cocida a la que se quita el agua, un poco de orégano fresco, tocino muy picado, sal, ajo, pimentón. Su exquisitez asombra a quién prueba esa pasta suave, caliente y anaranjada por primera vez. A mi me asombra siempre y un planto grande no dura cinco minutos en la mesa. Me asombra que nadie la haya intentado envasar de alguna forma y promocionar fuera y vender este alimento mágico.

Como su receta es muy sencilla y se siguen haciendo muchas matanzas en mi tierra no creo que esta vianda se convierta en “arqueológica”, pero, una vez más, los extremeños ignoran las maravillas que tienen y devoran (al menos los quesos de oveja y cabra han corrido mejor suerte en el mundo)

Para los puristas "morcilleros" que solo conciben llamar morcilla a algo relleno de arroz, sangre o cebolla, esta morcilla les parece una vianda marciana por su color, textura, sabor. Es posible que los extremeños seamos un poco marcianos. Yo a veces me veo las orejas puntiagudas y los alienígenas me suelen caer mejor que los “men in black”.

Esta exótica tierra tiene deliciosas y extrañas viandas que salen de los cerdos, su campo de llanos, dehesas y valles... Ahora los cortes llamados “secreto” y “pluma” adornan las mesas de los glotones entendidos. Secreto o pluma a la plancha, tostadito, con sal gorda y unas cerezas deshuesadas a modo de guarnición dulce y ácida le va perfecto a esos cortes cerdícolas.

Me he acordado de esta morcilla al leer a Santi subir al cielo a la llonganissa de Vic. En ese cielo también está mi morcilla esperando a que un Pau Arboix listo, artista y serio la convierta en lo que es, un lujo maravilloso.

lunes, 7 de junio de 2010

LUJO III


Lujo. Morcilla de calabaza asada sobre pan de Guijo, helado de yogur con naranja dulce, un día fresco de tormenta en Junio, un Palo Cortado con mojama en un patio fresco lleno de helechos y geranios, ensalada de pimientos asados y cebollas tiernas con una cerveza helada… todos esos cientos de platos riquísimos, tradicionales y baratos que has probado en tu vida y te han hecho chuparte los dedos….
Del lujo ortodoxo y hortera mejor no hablar, chiste malo de aquello que explicó tan bien Veblen y Sombart. La televisión y la publicidad ya se encargan de lavar el cerebro a quién se deje. “Lo aspiracional”, que decimos los sociólogos, esa patraña, la zanahoria en el palo, el papel couché, los hoteles de seis estrellas, los restaurantes de cuentas gastronómicas y las playas sin moscas de los paraísos privados en países miserables.
Un lujo es imaginar lo que sintió Théodore Géricault al dibujar este beso.
El lujo es hoy una madrugada fresca en Madrid, sentados en el verde de un parque cualquiera y un abrazo a quién amas por la espalda, una abrazo largo, seguro, con deseo y ternura y tus manos en sus pechos y sus manos en las tuyas. Y unas palabras susurradas al oído. Esas.

miércoles, 2 de junio de 2010

LA ESPECIA DEL SILENCIO

(Fotografía de Katarzyna Widmanska)

Cocinar en silencio, mientras el silencio salpimenta unos huevos sencillos a las seis de la mañana, unas tostadas con café, un trozo de sueño ronroneando aún en la almohada, un zumo de limón y manzana. Cocinar en silencio también es un placer aunque siempre prefiera que entre la gente en la cocina y haya ruido, copas, risas, fiesta. Aunque siempre prefiera que estés aquí y cocinar en silencio contigo.

Yo lo noto. Guiso unas alcachofas con patatas, un goulash de buey, una sopa de tomate, unos calabacines asados con romesco o unos rollos de gallo y salsa de mostaza y siento, noto, saboreo, cuando además de la sal y la pimienta el plato está condimentado con silencio. Mastico y noto su textura, su sabor, su olor a vida no del todo cocinada. A veces preparo despacio y con tiempo un salmorejo anarquista, un arroz con gambones y conejo o una sopa fría de corujas y descubro ese rastro de silencio cuando acerco el tenedor a los labios. Esa especia densa e invisible que a veces es dulce o salada y a veces amarguísima.

Y veces me visto con silencio, con todas las palabras que no te digo. Pero no es para esconderme de tí. Al contrario, contigo estoy desnudo en el silencio mientras me miras seria o me sonríes, me acaricias, me cuentas y esta primera noche de verano nos limpia tanta historia, años, desencuentros, distancia. A veces me visto con silencio, pero nunca me disfrazo, ni me alejo, ni me hundo en el vacío de ese tiempo sin palabras. Al contrario, contigo solo me abriga la piel y estoy tan cerca al abrazarte que ya no queda nada de mi sombra, ni de mi cansancio, ni de mi edad.

Solo que ayer, contemplado tu vida, la que no conocía, me dolía mucho más la distancia pasada, el pasado silencio, lo que nos cuesta tanto descubrir a veces aunque lo tengamos tan cerca. O no digo “nos”, digo “yo”: lo que me ha costado tanto descubrir a mi en esta ciudad de todos los demonios y de algún ángel, si puede ser caído. Y el asombro de descubrir como mis manos y mi cuerpo reconocen las tuyas y tus formas. No lo entiendo. No entiendo este placer y esta sorpresa de saber caminar sobre tu piel con los ojos cerrados y no caerme nunca. No entiendo porqué me gusta tanto escuchar las palabras en tu voz y la música extraña de los sonidos que las hacen, sueltan, arropan.

Luego, casi al amanecer, de nuevo en mi casa, aún dormido pero con hambre, he hecho café fuerte con su chorro de nata y miel, tostadas con aceite y tomate, huevos revueltos con un poco de queso de cabra y albahaca, zumo de manzana y limón verde.

Como con el balcón abierto para que entre la brisa fresca del amanecer pero enredada en la brisa está el silencio, otro silencio, el que me dice que no estás ahora ahí dormida, protegida en la concha azul de tus sueños, el que me susurra que no estás ahora, aquí despierta, compartiendo este sencillo desayuno en mi cocina.

Como con hambre y con una sonrisa que no se me ha borrado desde que estoy despierto, igual que no se borra el recuerdo de tu cintura, tus pechos y tu olor, tampoco olvido la trama dura la vida que fueron construyendo tus palabras en medio de la noche. Eso no se me olvida porque se lo que vale que nos mimen, toquen, besen, acompañen cuando somos pequeños o pequeñas. Porque sé lo que vale sentir como envejecen bien aquellos a los que amamos y lo que duele, por el contrario, que ya no estén en esos momentos importantes. Yo lo sé.

Igual que sé lo que vale que cocine para nosotros quién amamos. O lo que vale recibir escritas las palabras que nos nombran en la intimidad profunda de una carta.
Eso nunca se olvida.
Las palabras escritas nunca se pueden echar atrás.