martes 6 de diciembre de 2011
Año 6.225 BOCADILLO DE PIEL DE AROT
Vieja fotografía en 2D del siglo XX de: Hungry Planet: What The World Eats (Peter Menzel y el escritor D’Aluisio)
Por fin he conseguido una buena
entraña de Arot. Las recetas de los primeros pobladores de Ulisia alaban el
estofado de sus gruesas y jugosas pezuñas o el guisado en salsa de semillas de
Umm de su tierno cuello de carne azulada, pero son preparaciones demasiado
primitivas. No hay nada como esa segunda piel del Arot bien embadurnada de
aceite de Elinea y acompañada de frutas de ceniza, enrollada y asada despacio, durante cinco horas, en una cocina solar de las antiguas.
Hace muchos años el Arot era una
especie salvaje muy apreciada por los primeros colonos de Ulisia. En la etapa
larvaria excavaba profundas madrigueras de más de cien metros de profundidad y
nunca salía a la superficie. Los exploradores atrapaban las enormes larvas de carne
lechosa y gusto a Lecot, ese pescado seco que abunda tanto en el mar de Mur.
Cuando eran adultos olvidaban su vida subterránea y vivían entre los extraños helechos
boscosos del sur alimentándose de los bulbosos Nurenkos. Hace más de 500
años que se crían en enormes granjas y se alimentan de unas pasta clonada de
Nurenkos. Ya no quedan salvajes. Pero la gente desprecia esa segunda piel que es tierna y con vetas
rojas y azuladas. Prefieren los enormes muslos traseros que trituran para hacer
esas bolitas de carne picada que la gente suele comer entre horas con helado de
fresiorias. Consideran la segunda piel una carne extraña, apreciada hace muchos
siglos pero no ahora que la alimentación está más
desarrollada y que por fin nutrición y gusto se han disociado totalmente.
En la antigüedad los humanos dedicaban tiempo a elaborar las sustancias nutritivas que les mantenían vivos. Durante muchos años esta actividad estuvo prohibida por motivos sanitarios en muchas colonias, en otras se olvidó porque se consideraba una perdida de tiempo o una forma absurda de entretenimiento ritual. Pero yo debo ser un antiguo. Me
gusta leer despacio en una hoja de libroplástico en lugar de implantarme las
historias con el conector, me gusta caminar lejos, armar esta vieja cocina
solar que era de mi abuela y asar despacio una piel enrollada de Arot marinada
en aceite de Elinea y acompañarlo con estas frutillas ácidas y grises que
llaman “de ceniza” y que hace muchos siglos se utilizaban para hacer extraños
fármacos olvidados. Corto luego el Arot en finas lonchas. Coloco encima
pedazos de fruta de ceniza y encierro esta golosina entre dos pedazos vaporosos
de pan de trigo. Salen entonces por el horizonte las tres pequeñas lunas y me pongo a
pensar donde estarás. También te gustaba leer libros al modo antiguo y saborear
un bocadillo de estos mientras amanecía. Tu me descubriste ese vino de uva extraño y
granate que ya bebían los nuestros hace miles de años en la primera tierra para
embriagarse y celebrar la vida. Brindo por ti, viajera.
Etiquetas:
alimentos exóticos
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)



Me encanta. Bss
ResponderSuprimir