miércoles, 31 de agosto de 2011

GORD@ DE ESPÍRITU

(Caricatura de Raúl Espinosa) En España el 45,2% de los niños y niñas entre 6 y 9 años tienen sobrepeso u obesidad, ¿qué está pasando?. Muchas campañas de sensibilización, mucho Arguiñano dando caña, mucho prohibir los bollicaos en los coles y otras chorradas. Nada. La obesidad es una enfermedad grave. También el hambre en el mundo. Nunca olvidar nuestra cultura culinaria, ya casi extinta, eso que un cursi llamó “dieta mediterránea”. Comer de todo, de temporada, cercano.

Ser gordo de espíritu y flaco de cuerpo. Gastar más calorías de las que ingeridas. Lo demás es cuento y ganas de engañarse. No hace falta ir a un gimnasio. La ciudad es grande para caminar mucho, no conducir, no tomar ascensores, tener una bici, hacer el amor, desayunar bien, aprovechar que las frutas en España son muy baratas, comer pan, beber vino. Poco más. Ser glotón con la vida, dar caña al cuerpo, no parar, caminar mucho y más. Intentar que la curva de la felicidad se vea en la sonrisa, no en la barriga. No hacer dietas. No comer por aburrimiento.

Gordo de espíritu, flaco de cuerpo, o flaca. Pero si tienes alguna curva tampoco importa si están señalizadas y no son peligrosas. A mi las curvas me gustan, más que las rectas.

lunes, 29 de agosto de 2011

TORTILLA EN SALSA DE CRISIS

(Ruinas de Ampurias) Últimos días de agosto. El tiempo se nos escapa entre los dedos como el mar y los ríos donde nadamos siempre contracorriente. Es tiempo de tortilla de patatas que yo aderezo en salsa, con un guiso marinero.

El olor de la tortilla de patatas se mezcla con el pochado de la zanahoria, la cebolla, el poco de apio y puerro y pimiento rojo. Añado a las verduras cuatro mejillones limpios recién abiertos y tres gambones pelados crudos. Paso la salsa, añado media copa de Sauternes y coloco encima la tortilla a medio hacer. La pincho varias veces con un tenedor para que penetre la salsa. Cuatro minutos por cada lado y lista. Tortilla guisada para comer contemplado el golfo de Roses, acompañada de una cazuela de mejillones abiertos con un vapor de limón y mojamos todo con un cava helado y seco de la tierra.

El verano tiene la consistencia de la piel deseada y el sabor del mar y esta tortilla y el vino frío. Se va derrumbado Europa, pero lleva cientos de años desmoronándose en sucesivas catástrofes y crisis. La tortilla de patatas nos salvará muchas veces del naufragio. Esta o cualquier otra. “Los Mercados” comen foie, huelen cocina tecnoemocional y hacen dietas de adelgazamiento en secretas clínicas Suizas. “Los Mercados” se ciscan en los gobiernos gracias a las lavativas de café orgánico que les meten con delicadeza las enfermeras y las caviar de melón que se tragan en El Bulli. “Los Mercados” son los bárbaros de hoy y no entienden de la humildad fastuosa, sostenible, arrogante de una tortilla de patata en salsa, poco hecha, devorada despacio y con tristeza, pero con una tristeza entre sonrisas, optimista, resistente, nuestra. No es tiempo de champán pero el cava está bueno, el mar limpio y bronco y la piel que habitamos es la nuestra, vieja piel de europeos nómadas, mil leches, anticuados, glotones, reacios a las cirugías estéticas y a las dietas hipocalóricas. La crisis irá a peor hasta que alguien cuelgue a los mercados del palo mayor para que se sequen como los pulpos secos y dejen de joder.

Tortilla resistente, dulce, marina, barata.

viernes, 19 de agosto de 2011

HUEVOS FRITOS II

(Pintura del gran Velázquez)

Esperar. He esperado mucho en los portales, las entradas de los cines, las mesas de los restaurantes, las salas de los aeropuertos. Siempre llegaba yo primero y siempre ellas eran las que me encontraban ya allí, esperando.

Creo que nunca me ha esperado nadie. Es otra forma de dividir el mundo, los que esperan y los que se hacen esperar. Ya no me importa. Creo que nunca me importó. Aprendí a saborear pronto esos momentos, a estar detenido siendo consciente de cómo el tiempo pasa siempre muy despacio. Ahora te espero, llegarás en unos minutos después de tantos años.

Te espero en la cocina. No voy a preparar ningún guiso especial, imaginativo o difícil para enamorarte o para distraer al paladar. Solo el plato muy sincero y rotundo que me gustaba tanto entonces. Me gustaba también coger la mano, caminar por las ciudades sin rumbo fijo y escribir cartas. Me gustaba tocar la desnudez, disfrutar de la piel siempre tan fresca. Virutas de jamón sobre huevos fritos rotos sobre patatas fritas, pan de hogaza, vino tinto de tu tierra remota. Ese es el nombre del festín porque festín era y es. Fiesta de sabores intensos, salados, untuosos que sólo el pan y el vino limpian de la boca antes de que llegue el beso. Festín y fiesta después de la comida. Dejarás que rebusque tu sabor, que pringue pan en tu cuerpo y beba el vino de tu boca. Eso soñé.

Esperar, no tener prisa, dejar que la lentitud se acomode en la vida, en la cocina, en la cama. Esperar que se ponga el sol, que entre por la ventana abierta el primer soplo de viento de esta noche de agosto, que tu voz me vaya contando donde estuviste todos estos días por el norte y porqué, a pesar de todo, no me has olvidado.

La vida también es una forma de nombrar el mundo y según sean las palabras así será, placer o dolor, nuestro presente. Por ejemplo este plato suena apetecible si nombro estas patatas nuevas que he cortado en finas lonchas y he sumergido en agua durante una hora para quitar el almidón, las secaré bien y las freiré luego junto a un diente de ajo muy picado hasta que estén doradas y algo crujientes. Luego freiré estos cuatro huevos de verdad, de gallinas de campo, con sus yemas altas de amarillo intenso y los estrellaré o romperé con el tenedor sobre las patatas y, por encima de todo, apenas cien gramos de jamón ibérico muy picado a modo de lluvia roja sobre el amarillo intenso y el dorado. Pero si te dijera: voy a freír raíces y embriones de pollo despachurrados y pondré por encima culo de cerdo salado y seco. Ya no sería lo mismo. ¿No ves como es importante la forma de nombrar el mundo?.

Te espero ya con el aceite caliente, las patatas lavadas y secas, el jamón muy picado, los huevos morenos al alcance de la mano, el pan cortado, el vino abierto, la mesa puesta. No tardaré más de quince minutos en hacer la comida. A veces pensé que la vida había pasado por mi como lija invisible que nos deja sin piel, que me llenaría los ojos de dioptrías y cansancio, que no habría jamás sorpresa, ni huevos rotos para compartir con amor y hambre. A todos nos gustaba entonces el festín. Pero tantos se han ido ya. Tantas se han convertido en otra cosa. Tantos olvidaron que antes esperar era un placer gratuito y gustoso.

He imaginado esta comida contigo muchas veces, he soñado contigo como un adolescente. Muchas veces pensé que ya seríamos demasiado mayores para jugar con la grasa, la sal y el colesterol, el riesgo que hay siempre en el deseo, el temor a que descubras que no soy un gran cocinero ni un gran amante.

No hay sutilezas, ni sabores extraños en este plato, no hay lugar para la dieta o la mesura. Tampoco en mí o tí, eso me dirás luego, que no es tiempo de juegos ni artificios y si de la verdad.

No tardes. Ya tengo hambre.

miércoles, 17 de agosto de 2011

HAY TOMATE

(Foto de Cristina Otero) Por fin hay tomates en mi tierra, madurados al sol, con tiempo, rojos en la propia mata. Los tomates, como el amor, han sufrido tanta manipulación genética, retórica o publicitaria que ya no hay manera de encontrar uno maduro, rico, verdadero, perfumado de sol y de rojo.

Mi amiga Su (http://webosfritos.es/) me ha hecho recordar esta receta tan sencilla, veraniega y vital, unos tomates rellenos de cualquier cosa, ella los rellena de aguacate y buenas anchoas y sólo pensar en esta receta suya se me hace la boca agua. Víctor se los come cual fruta del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, a mordiscos, sin más ceremonia. El abuelo Fernando sofisticaba el uso con su navaja y abundante sal en las dos mitades rajadas en rombos. ¿ Y a ti cómo te gustan? ¿Y cómo te gusta el amor? Seguro que con la suavidad del aguacate y el salazón de la anchoa, seguro que perfumado de rojo y de sol, a mordiscos, con alegría, saboreando este regalo de América. Es un secreto a voces que Eva tentó a Adán con un tomate y que el Paraíso estaba en América, pero no se lo dio a comer tal cual, sino que Eva se lo colocó encima del ombligo y le dijo todo eso que la Biblia explica ¿o fue Adán quien se lo colocó encima de su vientre y tentó a Eva y estaba el Paraíso en Olduvai?...

Yo los pelo con cuidado, luego saco su carne y con ella, más aceite, pan, pizca de ajo, pizca de poleo salvaje y sal apaño un salmorejo al que añado huevo duro y corvina cortada en tiradito y aliñada antes al estilo peruano, con aji amarillo, un poco picante, casi nada. Relleno con esto los tomates y los salpico por encima con paté de aceitunas negras. Es un plato tan barato y tan rico.

Tal vez si quede algún tomate y algún amor a salvo de la industria, la especulación tomatera, la codicia del futuro, la apariencia sin sabor.

martes, 16 de agosto de 2011

DESAYUNO CON DIAMANTES

A Claude Monet le apasionaba pintar, comer, pescar, la buena vida. Contemplo una pequeña copia de los nenúfares que me ha pintado mi madre. Imagino ahí debajo de las flores acuáticas a los lucios que pescaba Monet y que luego degustaba con una buena salsa de mantequilla y salvia. Hoy desayuno un par de diamantes tras haber madrugado para ir a pescar al Tietar. Entiendo al viejo Claude, su pasión por el foie, por los ríos y los estanques limpios y llenos de peces grandes, por sentir que la vida no nos desgasta ni nos hace escépticos sino todo lo contrario.

miércoles, 10 de agosto de 2011

BOCADO DE MAR

(Imagen de Chris Anthony) El día de mi cumpleaños siempre pienso en el mar, en un buen arroz azafranado y en como los años, por ahora, no me han gastado, ni roto, ni hecho perder el hambre de sentir, igual que hace mil años, la sorpresa en una caricia, mirada o palabra que alguien te ofrece porque sí.

Cuando veo a alguien que los años le han hecho incrédulo, cínico, reticente, precavido… imagino que tendrá sus razones, pero me alejo y pienso que se equivoca. Igual que quién reprocha o quién nos quiere cambiar el color de nuestra camisa o nuestra negativo y asocial silencio. Igual que quién siente que no somos leales. Mejor alejarse. La vida es demasiado breve para liarse en retóricas o disimulos. “Eres muy raro”, me decían a veces. Prefiero entender lo “raro” como “escaso” y no como “pirado”, “friki”, “extraño”…

Pero hoy echo de menos el mar.

¿A qué sabe el mar?.Se abren dos berberechos al vapor, que queden casi crudos, llenos de agua y jugosos. Se congelan dos carabineros partidos por la mitad y cuando están a medio congelar se corta una lámina con el cortafiambres. Con esa fina película rojiza se envuelven en un pequeño paquete los berberechos. se corta también una fina lámina de sepia y se hace lo mismo, se salpimenta con sal mayorquina y pimienta rosa y se envuelve de nuevo, esta vez con un trozo suficiente de lechuga de mar. Se coloca ese paquetillo verde oscuro dentro de la concha de un mejillón. A parte, se trituran dos ostras crudas junto con un chorro de zumo de limón y un trocito de pimiento de piquillo asado, un poco de agar desleído y otro poco de gelatina neutra también disuelta en agua, se mezcla todo, se filtra la pasta resultante con un colador y se cubre con ese liquido anaranjado y espeso el paquetito verde. Meto las conchas en el frigo para que cuaje la gelatina. Luego, antes de comerlos, se cubre el falso mejillón con una fina picada de alga hiziki, una gamba roja cruda y una vinagreta hecha con dos gotas de salsa terillaki, dos de vinagre de sake, un hilito de picual, una pizca de pimentón y un poco de tomate muchamiel triturado. No hacen falta más adornos, bueno, si, otras dos gotas de agua de mar. Preparo media docena de estos falsos mejillones, lleno hasta arriba una copa de Chacolí y me siento en la terraza mirando Gredos.

Cierro los ojos y mastico y bebo y sueño con todas las veces que mirar el mar me ha dado paz, con todas las veces que junto al mar he hecho el amor, con todas las veces que he buceado y me ha parecido ver, en esa zona de penumbra, a sirenas y a monstruos. Acompaño este aperitivo con una ensalada de naranja. Nunca he hecho este plato a nadie. Es un plato de soledad, para saborear muy despacio y mirar lejos cuando abres los ojos. Todos tenemos secretos. No te engañes, falsos mejillones son muy fáciles y rápidos de hacer. Me gustan los mares fríos y profundos, allí donde habitan architeutis y cachalotes, los acantilados broncos, el Cantábrico en invierno, Mirar la tormenta desde la ermita de Muxia.

Cuando sea viejo y me falle la memoria, espero al menos acordarme de los guisos que me han hecho feliz. Acabo de cumplir cuarenta y seis y nada o casi nada me ha cansado de lo que me gustaba y fascinaba y soñaba con quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco o cuarenta años… Debe ser un signo de inmadurez. Nadie es perfecto. Sólo el mar.

martes, 9 de agosto de 2011

TORTILLA DE AIRE

(Pintura de Soledad Fernández) Aire. Dar aire. Los guisos de hoy no necesitan aires ni espumas perfumadas, pero si el amor. Aire, espacio, libertad. No acaparar el tiempo de quien amas, ni su vida, ni sus sueños, ni sus palabras, ni sus certezas. Hay que dejar que salte, corra, vuele, se aleje, viaje, se sienta solo, se sienta en compañía. Aire. Sólo así el amor conserva el hambre, la ternura, el deseo y la sonrisa. Hay quien lo quiere todo, quién cree que el amor es convertir a dos en un siamés perfecto, monstruo de dos cabezas, de cuerpos enredados, de una vida única y simbiótica. Se equivoca. Esa forma de amar aniquila, rompe, agota, hastía, duele. Hay que dar aire a la cometa y hasta cortar el hilo a veces para que vuele sola y lejos. Aire, distancia, silencio… sin importar el riesgo de la pérdida, ni la duda del futuro. No temáis, el amor tiene sus mapas y también sus escondidas certezas.

Verano y aire. Tortilla de calabacín y menta. Se fríe el calabacín lavado y sin pelar, cortado en dados, en poco aceite. Se añade la menta picada y se mezcla con los huevos muy batidos. Una tortilla fácil y ligera. Un plato de camarones cocidos, una litrona helada. Son las nueve de la tarde. Se va el aire caliente y viene el aire fresco de la sierra. Siempre aire, que el amor respire.

jueves, 4 de agosto de 2011

VINO Y LIBERTAD

Fotografía de la bodega más antigua del mundo. Vayotz, Armenia.

Saborear un buen vino tinto al atardecer, cuando aún hay luz pero ya ha salido la luna. Aunque es agosto hace frío junto a la garganta. Sigue presente la locura de Noruega y yo recuerdo la canción de Jorge Dexler: “yo soy un moro judío / que vive entre los cristianos,/ no sé que dios es el mío/ ni cuales son mis hermanos.” Pero la red esta llena de friki-fascios y las Tvs de ideólogos que alimentan esos monstruos.

El vino más antiguo es de la cosecha de 5400 a. C., pero solo quedaba ya un residuo reseco y rojizo en la vasija. Ayer bebí un rico y fresco Verdejo para acompañar una tabla de quesos franceses. Recuerdo de este invierno pasado un buen tintorro que no conocía de la Rivera del Guadiana que mojó un guiso de venado que cocinó mi madre. Hay tantos vinos buenos. No soy integrista, ni tengo dios tampoco entre los vinos.

Leo algunos Rubaiyat “Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, procura ser feliz 
hoy. Coge un ánfora de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe,
mientras te dices que quizás mañana te busque, en vano, el astro de 
la noche.”

Otros poetas son más explícitos y directos y dicen eso de “¡viva el vino!”.

Yo prefiero a Omar antes que a Mariano.

miércoles, 3 de agosto de 2011

EMPANADAS DULCES

Los guisos te dan la libertad de la alquimia, las recetas suelen estar abiertas a la improvisación y el experimento. No así los postres en los que el cocinero tienen más de matemático, ingeniero, físico y químico por la meticulosidad extrema a que obligan los pesajes, mixturas, temperaturas y tiempos para que el bizcocho, por poner lo más fácil, sea perfecto en su forma, textura y color y no se convierta en una masa desinflada y requemada con sabor a engrudo empalagoso. Utilizo este argumento engañoso para confesar que nunca se me dieron bien los postres. Ni el más sencillo bizcocho de limón, natilla o magdalena rellena de Proust. Por eso, cuando después de aquella noche espesa y excesiva, me desperté con esas resacas de Polifemo ciego que solo da el ron de garrafa, haber cumplido treinta y quedarme dormido con la cabeza entre tus piernas, temí lo peor. Y lo peor era tu sonrisa fresca y tu cara sin rastro de ojeras o cansancio aunque yo recordaba que los tragos de ron los habíamos pedido a pares. Y lo peor fue ver como saltabas de la cama desnuda y bailaría, cantando no sé qué horrible estribillo pop y como me gritabas desde la cocina que me ibas a preparar el desayuno. Me sonó igual que un tiro en el oído. Pre-pa-rar-me-el-de-sa-yu-no. Quería vestirme a toda prisa y escabullirme con una excusa torpe justo en el momento en el que me descubrieras abriendo la puerta, pero no pude. Intentaba sacarme toda la arena del desierto de los ojos y escupir de la boca aquel sabor a espuma seca de sumidero abandonado. Pero solo lo intenté, de inmediato caí de nuevo en el sueño del borracho.
Me despertó el olor. Tus dedos en mi cabeza. El beso breve en la comisura. Tardé en entender, descubrir, asumir qué era aquella bandeja sorprendente: café de verdad, zumo de mandarina, carpaccio de piña, empanadillas de arroz con leche y de membrillo, churros, magdalenas. -Es que me gusta hacer postres-. Te defendiste ante un resucitado alucinado. Comencé por el café y el zumo. Ya medio vivo, mordí una empanadilla de finísima pasta, luego otra, después otro vaso de zumo y más café y un churro, una magdalena, las finísimas láminas de piña. Poco quedó de aquella ofrenda a los dioses del exceso. Yo volví de postre al postre que me había dejado ayer de madrugada rendido por el sueño de pésimo amante borracho. Desayunos dulces, amor y tiempo. ¿Hay algo mejor que esto en el mundo para dedicar una mañana de lunes?.
Te llamaré Dulce porque así te recuerdo hoy. Dulce era tu sabiduría para hacer postres, desayunos, cualquiera de los rincones de tu cuerpo, dulce y suave era tu forma de entender la vida sin enojos ni aspavientos y esa forma tuya de despertarme acariciando con tus dedos mi cabeza. No me enseñaste nada, secretas eran las recetas de tus postres como secreta era la razón por la que cocinaste para mí todo el infinito repertorio de tus postres.
Engordé esos meses. Tu ya estabas un poco gordita. Así nos salvábamos de clavarnos o entrechocar sin querer el engorroso hueso de la cadera o de la pelvis. Gorditos que no gordos, redondeados, suavizados los ángulos del cuerpos por el sabio hacer de los metabolismos.
Ya no estás. Me dejaste por estúpido el día en el que compré en el supermercado unos de esos flanes industriales o el día en el que me descubriste palpando ante el espejo la curva de mi felicidad. Así somos de estúpidos los hombres. Hoy cierro los ojos y puedo sentir el sabor ácido del dulce de membrillo tras el ligero crujiente frito o la textura melosa y fresca del arroz con leche o el sabor de tu piel a caramelo de melocotón, el sudor fresco de tus ingles a chantilly con moras, tus pezones a castañas en almíbar o tu ausencia, hoy, a barro seco, al estropajo húmedo que siempre dejo al fondo del fregadero.
Y hoy añoro tus postres. Por eso he aprendido por mi cuenta a hacer las dichosas empanadas. Basta tener unos membrillos maduros y amarillos como el sol. Hay que quitar sin prisa la pelusa y luego picar su dura pulpa sin pelarlos porque en esa cáscara amarilla se esconde su aroma más intenso, después hay que dejar cocer despacio toda esa pulpa con un tercio de azúcar y un poco de fruta de la pasión, maracuyá la llaman en Brasil. Se va moviendo con cuchara de palo hasta que la pasta tenga un dorado apetecible, casi moreno. Con esa pasta ya fría se rellena una oblea de empanadilla o pasta filodoro o brik, se fríe y se come así, con la pasta caliente y su corazón fresco, como eras tú.
La receta me la sopló Abraham un día en el que, depresivo, terminé en su restaurante para comer de postre a modo de fármaco euforizante un Pastel tibio de Chocolate blanco y Mousse de Maracuyà. Gracias Abraham.
Aquel día me habías dicho: -Mañana te haré esas que te gustan rellenas de arroz con leche-. Y yo me sentí dichoso, bendecido por tí, mucho mejor que cuando alguien que deseas y amas te dice que te quiere mientras abre su cuerpo sin demora. Que fácil es a veces descubrir que la felicidad solo es eso, un puñado de arroz cocido en leche dulce, un platillo pequeño lleno de nácar espeso y fresco adornado con un palo de canela y una corteza de limón que tu me ofreces por nada. Entonces entiendes aquella fábula bíblica de cambiar un mundo por un plato de lentejas, porque el mundo inmediato y auténtico es ese, el del sabor intenso de un guiso de lentejas o de un arroz con leche.
Ya no estás, pero aprendí también a hacer tu arroz con leche para suplir tu ausencia. Saboreo durante un rato el saber milagroso que resulta de mezclar dos culturas, la de los comedores de arroz, la de los bebedores de leche, comulgar con más de media humanidad que sobrevive a base de estos dos alimentos y llenarlos del lujo del azúcar, la canela de Ceilán y el cítrico que llegó un día a nuestra historia por remotos caminos desde China. Pero no es solo historia, es tu arroz con leche o el de tu abuela o el de la suya. Después supe que cuando una mujer te promete hacer arroz con leche te está dando el corazón entero. Después lo supe. Ahora me pesa. Si lo hubiera descubierto entonces, en el momento mismo de morder tus empanadillas dulces, no estaría aquí, acabando uno de estos postres industriales e imaginado el sonido de tu voz cuando el jardín está en penumbra. -Dulce, vámonos a dormir, yo te prometo mañana para desayunar unos huevos fritos con torreznos-. No se si lo entendiste, creo que si, era también mi forma de servirte mi corazón en trozos pequeños para que luego los mojases en la yema.

lunes, 1 de agosto de 2011

BOCADILLO Y VIAJE

(Dibujo de Laura Brink) Hay veces en el que la memoria es un paisaje tan remoto que no encontramos ningún mapa que contenga esa ruta. Veces en las que, desde lejos, vemos que ese paisaje carece ya de bosques, de agua y de misterio. ¿para qué volver entonces?, ¿para qué visitar de nuevo un horizonte que ahora es árido y brumoso y triste?

Cada vez mis viajes son más lentos. Apenas una ciudad, un horizonte cercano, nunca correr, ni hacer planes, ni rutas veloces… Esos viajes de horror tipo “conozca usted España en cinco días”, “Japón en una semana”, “Italia en siete días y medio”, Indonesia en seis mañanas”. La comida es lo mismo: “restaurante oriental” ¿te imaginas un restaurante titulado “occidental”?, “cocina española” ¿pero de dónde?... o los peores “cocina imaginativa”, “cocina creativa”, “cocina de autor”, “menú de degustación” ¿qué pasa que hay cocina de plagio?,¿ cocina de masas?, ¿menús para no degustar?...Puede ser.

Hay veces que perdemos el mapa que nos lleva a todos esos paisajes de la memoria que creíamos paraísos. Aún así emprendemos el camino y logramos llegar tras una ruta larga y dura. Al llegar nadie sabe nuestro nombre, ni huele a aquel perfume, las fuentes están secas, las piedras y la hiedra han cubierto la ternura, las palabras, de tan rotas, no suenan ni a murmullo. Viajo entonces muy despacio de vuelta, a veces muy cansado. Tengo hambre. Paro en ese bar de una carretera secundaria y pido con temor un bocadillo de jamón y un vaso de vino. Entonces, la sorpresa, el pan está crujiente adornado por dentro con un chorrito de aromático aceite, el jamón abundante es también de primera y hasta al vino me invitan.

Cuando salgo a la calle, al camino de nuevo, muy despacio, miro de reojo a la mujer del bar, bruja o hada o mujer sin más. Imposible olvidar a quien nos hizo feliz en tardes como esta, nos regale un imperio o un simple bocadillo.