viernes, 30 de marzo de 2012

ESPINACAS SECRETAS PARA TI, PARA VOSOTROS...


(Obra de: hystericalminds.com)

Uno no aspira a la grandilocuencia de la felicidad y sus retóricas. Para eso ya están los adictos al triunfo, los yonkis del éxito, las escuelas de negocios, los cantamañanas de los panfletos de autoayuda y las brujas y adivinas del canal de teletienda. Uno no aspira a la felicidad pero si a tocar, de cuando en cuando, casi de forma cotidiana, a la alegría.

La felicidad es como un dios exigente y tiránico, requiere nuestra credulidad, sus supersticiones y sus parroquias, en cambio la alegría no exige óbolos, ni cielos, ni reverencias. La alegría es barata, asequible, cercana, colega, muy real y leal. A ella le vale cualquier cosa para manifestarse. No necesita ni cinco estrellas, ni aplausos de multitudes, ni eróticas del poder, ni Visas metalizadas. Sólo el tú a tú, la intención, las ganas y saber buscarla, descubrirla, reconocerla.

Y hoy la alegría es verde espinaca. Una vez cocidas y picadas las he añadido los muchos ajos fritos en laminitas y luego el bacalao desalado, cocido apenas, muy suave en leche de coco y desmigado. Suena el revoltillo muy cuaresmal, pero no, a su lado descansan su puñado de garbanzos que ya vivieron su peculiar orgía en la olla con doña costilla, la señorita oreja, la señora panceta, el señor rabo, don morcillo y el tío chorizo. Para que no se note la bacanal carnal hemos desgrasado, picado y deshuesado todas esas partes "porcorales" antes de enredarlas de nuevo con los garbancitos y componer discretas raciones en los platos.

Así, en el plato, un montoncito verde junto a otro montoncito color crema, no parecen gran cosa pero para mi son ni más ni menos que un poco de alegría. La alegría de hoy, tan fácil, tan real, tan gustativa.

La crisis ha arrasado de este país la felicidad. Sólo beben de ese licor preciado los pudientes, los pijos, los gangsters (pero como la han tenido siempre no saben a qué sabe…) La crisis ha aniquilado en miles de hogares la felicidad pero no la alegría.

Porque la alegría, las alegrías, pequeñas, cotidianas, no nos las quita ni dios, ni los mercados, ni “naide”…

jueves, 29 de marzo de 2012

EL ALMUERZO DE UN DÍA DE HUELGA



Caminó mucho tiempo. Ya no sentía el frío. Había salido varias horas antes del alba. Le habían dicho que el sueldo era bueno, nada menos que cuatro pesetas por un jornal de siete de la mañana a siete de la tarde y podía comer encima cuantas aceitunas quisiera. Era casi el doble de lo que le pagaban en el pueblo. Las aceitunas se asaban en los rescoldos de la lumbre y luego se restregaban en el pan duro y se echaba un poco de sal. Para el camino llevaba una buena patata cocida y un huevo duro.

A eso del medio día se paró a descansar junto al chozo. El pastor era muy viejo y a modo de saludo sólo le dijo Salud. Compartieron el pan duro, la patata, el huevo, un trozo de ántima y de queso de cabra muy curado. Hablaron del futuro, de un día lejano en el que tal vez los hijos de sus hijos no tuvieran que mendigar el trabajo, ni mal comer, ni trabajar de sol a sol por un sueldo de miseria.

Después de comer el jornalero siguió su camino y el pastor se quedó allí en el páramo meditando las palabras. 
Salud dijo él a modo de despedida. Condiós dijo el viejo.

Han pasado cien años. Cuezo en la vitro unas patatas y unos huevos, Asaré también unos tacos de tocino que me regaló mi amigo José Ignacio y cortaré un poco de queso curado. 

“Salud”, os digo a todos. Será que tengo memoria.


miércoles, 28 de marzo de 2012

CEBICHE DE CAMARÓN


Al cocinero le gustan los tiraditos y cebiches con lima y ají que dulcifica con su poco de aceite de oliva y su menta triturada, su mahonesa de limón y sus tomatillos frescos con un punto de picante. 


Trituras la menta y la mezclas con una cucharadita de azúcar, otra de sal, el zumo de dos limoncillos verdes e igual cantidad de aceite, sumerges los camarones cortados por la mitad durante media hora en esa mezcla. Hace una mahonesa suave a la que añades la pasta que tienen en la cabeza los camarones y un poco de ralladura de limón y preparas unos tomates troceados con un poco de aji amarillo y otro poquísimo de zumo de cebolla.


Al cocinero le gusta la cocina que habla a la memoria, que rescata de entre los recuerdos sabores antiguos que vienen de muy lejos, de un paladar de miles de años de cocina. Te gustan los sabores marinos untuosos que tienen el bacalao negro, los cebiches, los mariscos apenas hechos al vapor, las almejas, el coral de cangrejos, los erizos, las anémonas... Te gustan los ácidos y picantes de los tiraditos y cebiches. Te gustan sus manos jugando con las tuyas.  
Mientras el barco maniobra despacio en el puerto del pueblo de San Juan Bautista, le cuentas que los españoles se quedaron con los simples boquerones quemados con vinagre o los fragantes escabeches. Los peruanos y chilenos usaron el fuego de los cítricos y los ajis en la carne blanca de los grandes peces del Pacífico. Ese océano que tu conoces y yo solo imagino.

La soledad es el peor de los ingredientes para cocinar una sopa, un guiso o un asado. Con soledad solo puede aliñarse una mediocre ensalada o un sencillo bocadillo. El cocinero lo sabía. Como sabía que la lentitud, la memoria y el fuego de leña eran mejores que la técnica, la fantasía o la vitrocerámica para cocinar algo rico, un plato para repetir, para chuparse los dedos. Eso le decía siempre Miquel cuando valoraba un guiso o la nueva creación que debía criticar de uno de sus amigos cocineros. ¿está de verdad rico?, ¿repetirías de nuevo el plato?, ¿está para chuparse los dedos?…sé sincero….Pocos guisos, pocos platos, pocas creaciones de la nueva cocina soportaban esas sencillas y rotundas preguntas. En eso estaba pensando el cocinero cuando la vio llegar aquella tarde. La sonrió y se hizo las tres preguntas de otra forma¿es de verdad amor?, ¿repetirías el sabor de su cuerpo después de amarla?, ¿está para chuparse los dedos?. 

Nadan ahora los dedos entre los dedos. Cabe el Pacífico entero en su deseo. Sueñan que llegan juntos a la isla de Juan Fernández y que el cocinero le hace un asado de bacalao, un perol de langosta y ese cebiche de camarones y menta. Luego ella le desnuda despacio. Se han escondido en la isla de Robinson y después de muchos días de comer y de amar suben hasta el Mirador de Selkirk para gritar sus nombres.



viernes, 23 de marzo de 2012

COCKTAIL DE SILENCIO Y DE PALABRAS


(Foto de Jerry Ericco) 

Una clave del amor también es eso, disfrutar del silencio compartido, del silencio de antes o de después, mirada contra mirada, cuando solo vemos paz, gratitud, complicidad y misterio en los ojos que miramos. Y nos miran. La receta del zumo de silencio es muy difícil. Enseguida queremos llenarla de música o de ruido, de palabras necesarias, promesas, historias, relatos, deseos enunciados, cuentos y cuentas.

No hablo del silencio muro, del silencio que ensordece, del silencio cuando ya no hay nada que decir, ni deseo de decir. Hablo del silencio luminoso, intenso, lleno, el que aplaza el calor de las palabras por saborear la espera, el que es capaz de expresar muchas cosas con los labios cerrados y los ojos enfrentados.

Me dijeron que era muy silencioso, pero es que las palabras dicen muchas cosas que hay que saborear y para eso necesitamos lentitud y silencio. Y para romper el silencio, a veces, me gustan las palabras susurradas, dichas al oído, convertidas en unas gotas de zumo concentrado.

Mi zumo de silencio comestible lleva tiempo por delante, un poco de noche, zumo de melocotón fresco y zumo de zanahoria, dos chupitos de vodka, tres gotas de licor de plátano y tres hojas de menta, hielo picado, agitar en coctelera y servir en copas de cono ancho.

A veces logro hacer un poco de zumo de palabras. Cuando estás a mi lado y cocinar es un juego. El secreto de tus ojos es que en ellos se lee una vida que apenas imagino, adivino, sueño y en ellos están todo lo que has visto y temido y amado. El secreto de tus ojos, su atractivo, es que no puedo saber cómo miran y a dónde miran cuando contemplan el mundo. Y yo no quiero saber esos secretos. Para qué.

Tuve amores que me exigían hacer transparentes todos mis secretos, como si así el amor fuera más seguro o más verdad. En cambio tú no exiges nada, solo me pides con un abrazo un poco de zumo de palabras. Compartir desnudez, tiempo, comida. ¿acaso hay más?

Zumo de naranja, champán helado, el puré de dos fresas maduras. Tomar dos, tres, cuatro copas de este bebedizo y hablar tan desnudos como se dejen por noche las palabras. ¿acaso hay más? Esta es mi receta del zumo de palabras.

jueves, 22 de marzo de 2012

ARROZ DE VUELTA


(Imagen de Vladimir Fedotko)

Vuelve uno al arroz como se vuelve a una playa de la infancia que por un milagro han respetado las hordas turísticas y el ladrillismo, como se vuelve a los brazos de quién aún te quiere a pesar de conocer entero el forro de tu alma, como caminamos a veces con ganas de ir muy lejos, “donde habite el olvido” por lo menos.

Vuelve uno a los guisos de arroz más sencillos, en los que sólo hay verduras y algún agasajo muy tasado de marisquito proletario del tipo gambón congelado ecuatoriano y mejillón gallego. Sofrío cebolla, zanahoria, calabacín y unos corazones de alcachofa, añado tras el poché el caldo de los caparazones  y los mejillones que antes abrí al vapor.

Vuelve uno al arroz como quién vuelve a ese engolosinamiento fácil que siempre es el sexo ahora en primavera, cuando somos de nuevo animalitos solares, lunáticos e instintivos y nos olvidamos de los refajos del invierno y de las formas civilizadas en la cama.

Sofrío un ajo machado, poco el arroz bomba, remuevo, añado el guiso de la verdura, un poco más de agua, y dejo que se haga a fuego medio colocando luego, en el reposo, los gambones pelados en caótico orden.

Vi en el mercado unas cabrillas (caracoles) gordos, y me hubiera gustado apandar un puñado para mi arroz de hoy pero no daba el presupuesto para más. Antes de servir añado una ligera picada de tomate, limón y un casi nada de ajo. 

Ha salido el plato para cuatro comensales por unos diez euros, más el amor que le pone uno, claro, cuyo valor es siempre incalculable. Le gusta a uno hacer algo exquisito con tan poco. Con ese orgullo de tantas amas de casa que hacen su milagro de los panes y los peces todos los días en medio de esta crisis. Ellas son las que siempre han levantado el país y no los Rajoys de turno y sus recetas adelgazantes. 

miércoles, 21 de marzo de 2012

RIGATONI DE LUJO



Gratitud es una palabra muy hermosa que siento algunas veces y no nombro casi nunca. Me puede la timidez. Pienso que esas cosas es mejor decirlas con la mirada y una sonrisa.

El día amaneció frío, ventoso, con mucha luz de primavera. Todos estábamos cansados de la paliza del día anterior, el madrugón, la caminata por la orilla de la garganta pescando truchas. Nos gusta a los tres hablar, discutir, comentar, polemizar, hilar una conversación animada sobre cualquier tema de historia, de política, del destino del mundo, sobre todo de los grandes temas: la guerra, el progreso, el mal, el futuro, la crisis, África, el agotamiento del petróleo, la necedad de una democracia directa.... Pero a mi me gusta sobre todo, ahora, escucharles, sentir que sus ideas salen muy frescas y rotundas, aunque las sienta equivocadas o acertadas. Sentir como crecen y se hacen mayores y distintos. Uno intenta la mayéutica, la ironía socrática, la pregunta retórica, pero no siempre cuela, no siempre me sale y tampoco está mal a veces dejarse llevar por los extremismos y las hipérboles de la adolescencia.

Antes de ayer era mi día, el rimbombante ”día del padre” y me dijeron que mi regalo sería que ellos cocinarían para mi lo que yo quisiera. De entre todos los lujos sentí que aquella oferta, aquel regalo, era el mayor de los lujos.
Les propuse unos rigatoni rellenos de setas y acompañados de pollo con una salsa suave de queso de cabra. Era un placer verles, mano a mano los dos, picando y sofriendo la cebolla, limpiando los champiñones, añadiendo las setas, picando luego la farsa, cociendo la pasta los quince minutos justos, rellenado los canutillos con la pasta de las setas, ligando la salsa de queso, picando las pechuguitas de pollo, amasando y aliñando esa carne con su punta de aji amarillo, cilantro y sal. La clave del guiso está hacer bien el puré de setas, no muy triturada, que haya trocitos, y saber rellenar bien los rigatoni. El truco de la salsa es hacer una crema de queso fina con nata, emmental y rulo de cabra que añadiremos apenas salteemos a fuego fuerte el pollo. No hay más misterio.

Sentí gratitud. Mis hijos cocinando para mi. Ninguna comida en el mundo, ningún restaurante  me dará más placer. El lujo es esto, lo otro es circo y vanidad, fuegos artificiales, maquillaje, retórica. El mayor de los lujos gastronómicos ha sido la comida de este lunes, sencilla, fácil, clara. La felicidad es esto, lo otro es literatura vacua, birlibirloque, trucos de mago. Ser padre es el más difícil de los oficios pero yo tengo suerte, además también es difícil el oficio de hijo.

Iker, Guillermo, gracias por la comida.

martes, 20 de marzo de 2012

MENÚ DE ARTISTA



Va uno a comprar al mercado de Bravo Murillo unos anticuchos. La casquería hoy está vacía, las pescaderías, en cambio, con un material selecto, están llenas. Hoy tienen todo tipo de mariscos vivos, muertos y mediopensionistas y unos pescados enormes y lustrosos que pensaba extintos, con precios fabulosos. La crisis, como siempre, depende. En la casquería paramos los pelados de la cosa gástrica, gastrológica, glotosófica. Suelen estar comprando aquí los hispanos sus melindres y despojos, los marroquíes también, unos estómagos de vaca muy raros que yo no he comido en la vida (y que no son callos), los jubilados sus criadillitas en filetes, las jubiladas sus cabecitas de cordero tan expresionistas y los escritores pobres unos anticuchos hoy, otro día unos huesecillos para caldo o unas alitas de pollo para fritas mañana. Proteína proletaria diversa. Porque ahora ya, encima, con la cosa del pirateo, no nos va a pagar ni Santa Rita y pronto veré a más colegas en la cola de la casquería a por sus golosinas.

Es un secreto poco conocido: los artistas también tenemos que comer. Mucha gente cree que no, que somos sublimes sin interrupción, espirituales, que con el aplauso y la palmadita nos basta. La industria editorial también lo piensa, si no de qué ese famélico porcentaje de las ventas y también el politiquerío leguleyo con unos derechos de autor que caducan a los setenta años, cuando el resto de propiedades: palacios, casas, negocios, cuadros de Goya, las baratijas de la abuela, un traje gris muy usado, cualquier propiedad no “intelectual”….no caducan nunca y pueden pasar de padres a hijos hasta el infinito. Pero los derechos de autor no, porque como “es cultura” es de todos y si no que el escritor se hubiera metido a notario, boticario, gangster o pollero. A mi la verdad me daría igual que me pirateasen todo si además  pudiese piratear yo este marisquito de la pescadería, la cazadora chula en el Corte Inglés y así todo, un comunismo libertario ideal y optimista.

Otros dicen, ¡ca!, que muchos escritores venden muchos libros y se hacen de oro. Tal vez algún día tengas suerte.  Yo conozco a pocos hechos de oro, si acaso algún diente y sólo la funda. Que para uno que de verdad se hace de oro, Stieg Larsson, se muere de un infarto subiendo las escaleras por alimentarse de alitas, comida basura y cafés en litrona, natural. O la Rowling que ha tenido que inventarse un mago en la edad del pavo y mil chorradas de abracadabra para vender algo. O el Zafón que anda escondido por San Francisco, donde no hay sombra ni viento, para no soportar a los primos pedigüeños. Pero la mayoría de los escritores, tarde o temprano, hacemos cola en la casquería para comprar unos despojos, unos anticuchos y luego pasar por delante de las pescaderías luxury como el asceta ese que sacaba Buñuel subido a una columna y que nunca caía en las tentaciones apetecibles. ¿Gambas de Denia a mi?, ¿lubinitas salvajes?, ¿centollitas gallegas? Puag, donde estén unos huesecillos de rodilla de vaca para hacer un consomé estilo Buscón o unas alitas de pollo guisadas a lo Lazarillo o unos anticuchos de a dos euros el kilo que se quite todo eso de delante que sólo es vanidad y apariencia…

jueves, 15 de marzo de 2012

CORZO DAMASQUINADO


(Hoja Forjada por Mauricio Daletzky)

Estaba sentado en su terraza mirando a Gredos. Le calentaba las piernas este sol extraño de primeros de marzo. Las gargantas bajaban agostadas, la nieve deshecha, la primavera ausente. Sólo los almendros y las mimosas se empeñaban en homenajear esta tibieza. Echaba de menos las lluvias.

Sobre la gruesa tabla de castaño picaba despacio el lomo del corzo haciendo pequeños dados con ese cuchillo artesano de acero damasquinado que le gustaba tanto. Luego mezcló la carne con un poco de puré que había hecho con una yema de huevo, un tomate, media cebolla tierna, dos anchoas, un poco de pimienta y sal.

Hizo unas tostadas en las que rozó un diente de ajo y luego bautizó con un hilito de aceite de oliva. Abrió el tinto. Volvió a mirar la sierra, tan desnuda de nieve, tan seca, tan suya. Colocaba una cucharada del steak de caza encima del pan, mordía, saboreaba, limpiaba con un sorbo de vino su memoria.

Ayer estuvo en la garganta pescando truchas. Se sentía muy cansado. Se sentía muy feliz. Los niños aún dormían mientras él desayunaba ese menú carnívoro. El hijo pequeño, desmadejado, como un cachorro al que sorprende el sueño de cualquier forma y nada teme. El mayor escondido bajo el edredón, refugiado y a salvo por unas horas del desconcierto del mundo.  

Luego se levantarán y desayunarán con hambre de corsarios, buñuelos, zumos y colacaos. Recordarán de pronto que es “su día” y sacarán los versos y los dibujos que han hecho para él. No hay mejor regalo, ni lo habrá nunca, que ese momento. Todos los minutos de esta mañana de domingo. Este primer desayuno en soledad, ese segundo desayuno de alboroto.

PD: He encontrado estas notas en uno de mis viejos cuadernos de cocina. Habrán pasado cinco o seis años. Al leer estas palabras de nuevo he recordado el sabor de ese desayuno que hoy, sin duda, devoraría de nuevo.

martes, 13 de marzo de 2012

MORRITOS CALIENTES


(Foto de bocadoscaseros.com)
La, antes guapísima, Emmanuelle Béart echaba pestes el otro día en Le Monde contra la cirugía estética. Y a la vista está que esos “morritos calientes” que perpetró su cirujano son una chapuza. Espero que el susodicho carnicero gore, como el de Mickey Rourke, Donatella Versace o Kalina de Bulgaria estén en chirona por ser un peligro público y privado. Nadie se merece esos desastres cirujaniles.

Ha hecho mucho mal esa frase de que “la cara es el espejo del alma”, mucho mal para la cara, para los espejos y para las almas cándidas, sobre todo.

Si esta mañana mi cara es el espejo de mis inhóspitas entretelas es porque no sigo las recetas de todas esas modelos de veintiún años que pontifican en las revistas couché: “para estar guapa duermo doce horas, bebo mucho agua y como sano”. Claro, natural, acabáramos, así cualquiera, también yo con ventipocos, durmiendo poco, bebiendo licores diversos y comiendo de todo tenía cara de angelito bueno o diablillo fresco.

Pero nadie escarmienta en cabeza ajena y en España se incrementa el % chicos y chicas que quieren quitarse arrugas, ponerse morros, redondear tetas, reducir culos, inyectarse botox, veneno de serpiente o baba de caracol.

Tal vez la arruga no sea bella, pero es sincera, tal vez unos morros estofados de ternera o unos callos a la madrileña no sean muy estéticos pero si muy ricos, tal vez la cuestión no sea parar el tiempo sino valorar que el tiempo pasa, que vivimos, que estamos bien, que nuestra alma no se refleja en nuestra cara sino en nuestra forma de ser, de amar, de cocinar y de sentir. Ya sé que todo esto es bla, bla, bla y que las incautas seguirán soñando con tener los morros de la Jolie y un culo de “fotochop” pero…

Me miro al espejo: arrugas, cicatrices, patas de gallo, manchas de sol, ese soy yo, el tipo al que el tiempo, ya cuarenta y muchos años, va respetando. Tal vez no la piel, pero si el alma. Espero que la voz de Emmanuelle Béart se escuche alto y claro. La belleza está siempre en otra parte, lejos de los espejos, muchas veces en las palabras. Merci madame Béart.

lunes, 12 de marzo de 2012

BERENJENAS FRITAS Y TIRAS ASADAS DE SECRETO



(pintura de Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Montfa)

Encendió el fuego fuera quemando el invierno entre los rastrojos secos y los tocones de la encima muerta. Sintió entonces esa felicidad intensa que no provoca palabras ni acertijos, que nada pregunta ni desea.

Luego, más tarde, asó tiras de secreto ibérico en esas brasas e hizo fritas unas lonchas muy finas de berenjena, enharinadas antes, hasta que quedaron doradas y crujientes.
Para aliñar un menú tan simple y primitivo fabricó un chimichurri con poleo, salvia, melisa, limón, aceite, pimienta y tomate rallado.

Extendieron un mantel encima de la cama y comieron con los dedos. Mojaron en aquella salsa fresca la carne tierna y jugosa. La berenjena frita la comieron encima de unas finas tostadas de pan de hogaza.

Cenaron a las seis contemplando cómo la luz de caramelo de la tarde vestía los olivos, la sierra, el interior de la casa, la cama en la que estaban… de una piel ámbar y dulce.  El almendro de fuera y las dos mimosas se gritaban la vida. Ella se durmió pronto y él, antes de perseguirla por el sueño, como antes lo había hecho entre las sábanas, recordó aquellos breves versos de Andrés Trapiello.: Un ruiseñor extraño / se vio en enero / sobre desnuda rama. / Silencio y sueño.

martes, 6 de marzo de 2012

HUEVO A LA DIÓGENES


(ilustración de Tjalf Sparnaay)

“Busco a un hombre” decía el sabio Diógenes de Sínope con una lámpara encendida, de día, en medio de la ciudad Atenas. 
Que moderno suena esto hoy, con Atenas de nuevo hecha unos zorros.

A uno, sin ser un sabio, casi le apetece decir lo mismo “busco a un hombre (a una mujer) que sepa freír bien un huevo” y salir como Diógenes, con una sartén en la mano o algo así. Es muy difícil encontrarlo. Yo llevo ya un cuarto de siglo buscando y nada, me saben hacer una tortilla deconstruída,  un poché al aroma de aceite falso de trufas y hasta una tortilla con patatas fritas de bolsa, pero en cuanto me dicen que me van a hacer "eso", esa ¿tortilla?, salgo corriendo espantado buscando, no ya a “un hombre”, sino a un policía y a un juez para que les metan en la cárcel, a ser posible, con cadena perpetua y grilletes, por atentar contra la buena educación.

¿Y porqué no enseñan en las escuelas, en los institutos, a los chicos, a las chicas, a freír un huevo y otras mínimas sabidurías de supervivencia y cultura. Pero claro, al nuevo ministro no se le ocurre, prefiere que se siga enseñando superstición, religión, ufología o como se llame ahora esa cosa del dios monoteísta.

Pero decir esto es como predicar en el desierto, porque todos sabemos que la educación en España les importa a los gobiernos un webo (sin freír), ¡manda webos! decía el otro cocinilla. Eso, mucho mandar pero poco freír, de eso no entiende. Uno, en las oposiciones a ministro, sería lo primero que preguntaría:¿sabe Usted freír bien un huevo?... ¿no?, pues ¡a freír espárragos!, ¿si? ¡Pues ministro de educación! Y la nación, ale, a progresar, desarrollarse, conquistar los mercados y todo eso.

Se dice que Diógenes murió de un cólico, por haberse comido un pulpo vivo (no es broma) y uno piensa, tan sabio, tan admirado por Alejandro Magno, ¿y no sabía que está mejor el pulpo “a Feira”?, ¡ten sabios para esto!, todos se caen del pedestal por el mismo sitio. Mejor no invitéis al ministro nuestro a comer pulpo, por si hace lo mismo, pensando que así es el sashimi, la innovación y la cocina moderna, le da una diarrea miserere, dimite y nos ponen a otro peor.

Voto por “cocina y ciudadanía”,  como asignatura obligatoria, y que sea dura, de hacer integrales para deducir la transmitancia térmica entre el aceite de freír y el huevo, por ejemplo.

Tjalf y sus webos


lunes, 5 de marzo de 2012

HUEVO AL AROMA DE CICUTA


(Imagen de Dimitry Annenkov)

Todos los días uno se desayuna con malas noticias. Cuanto más leo sobre el crack del 29, más se parece en todo a este catacrack nuestro, pero en este desastre de ahora los banqueros no se suicidan tirándose de las ventanas de los rascacielos sino que intentan que nos suicidemos los demás sin protestar, y poniendo a los políticos de intermediarios, que se suiciden los países y las personas. Y parece que lo van consiguiendo. Dicen: sean sensatos, obedezcan, suicídense, piensen en el futuro, en el bien general, en el zumo de cicuta que se están bebiendo los griegos como si nada…

Aunque ayer hice unos conejos de monte con caracoles y longaniza fresca, picantitos y potentes, la crisis impone de nuevo el socorrido huevo, el proletario pollo, los caldos con poca sustancia de huesos diversos y baratos. Lástima que no sean huesos de banquero. Uno probaría dicho caldo canibalista por ver a que sabe un rico, riquísimo, ¿estará rico?. Pero uno teme que tal vez sepan como a nabo revenido, a hueso mohoso, a tasajo carroñeado por la gusana y el mosco. Mejor seguiré haciendo el caldo con la punta de hueso de jamón, la rodilla de ternera, la carcasa de pollo tostada al horno y el manojo de verduritas de saldo. Y luego, de segundo el huevo, güevo, webo, que puede ser frito con torreznos ibéricos o poché, al baño maría, metido en una bolsa de horno y acompañado con dos gotas de grasa de oca (que no está la cosa para fuás) y unas láminas de tuétano del mismo huesazo del caldo, por enriquecer el exiguo plato con un punto rumboso.

Menú de lunes y de crack: un caldo y un webo pasado por agua. Seguro que es similar dieta a la de ese banquero que no se tira por la ventana, avaricioso y robón (que decíamos de niños) pero el banquero especulador se toma el caldito y el güevito para cuidar la línea y seguir guapo y nosotros para pasar mejor la litrona de cicuta que nos bebemos cada día y tragar tanta noticia, tantos sapos y tanta mentira.

viernes, 2 de marzo de 2012

FONDUE TERAPÉUTICA


(Ilustración de Esao Andrews)

A veces la herida duele mucho tiempo después, cuando ni siquiera el recuerdo la convoca. Nos sentimos entonces muy vacíos y escuece hasta el aire de la calle. No es tristeza, es otra cosa, nos sentimos sin piel, sin arrogancia, sin aquello que hasta entonces nos protegía del sol y la intemperie. No nos cubría ya nada y no nos dimos cuenta o no nos importó mostrar que nos gustaba ser amados por quien amábamos entonces, o jugar desnudos y mojados a enredar con la tormenta y con la noche. 
Aquel frescor ya ni es memoria.

Pero la cura de ese dolor es muy fácil. Dejar tras la ventana, al sol suave de esta primavera prematura, una pequeña torta del Casar o de la Serena, freír unos espárragos trigueros, unas setas de cardo, unos tacos de berenjena enharinada. Abrir la torta, remover la crema bien e ir comiendo el queso untando la verdura como si fuera una fondue fría. Y entre espárrago, berenjena y seta, mojar un currusco de pan tostado y hacer un bochinche de vinito frío, un Montilla por ejemplo.

Según vamos llegando al fondo de la torta sentimos como ya no nos duele nada.

Mejor que el Prozac, fijo.