lunes, 11 de febrero de 2013

COCHINILLO A LA ROJA


Pintura de Hu Ming

Entonces llevabas una boina con estrella, un foulard palestino y elocuentes palabras militantes. A mi Mao, Fidel o Arafat me importaban un pito, mucho menos que el hong shao, los patacones o el falafel que suponía guisaban en sus casas. Estrenabas por aquellos años de antes del noventa y dos un vegetarianismo indeciso pero me resultaba cada vez más difícil que cayeras en mis heterodoxias culinarias carnívoras y hedonistas, capitalistas, conservadoras, poco revolucionarias sin duda, aunque no me lo reprochases casi nunca.

Tú de esto no te acuerdas, o no quieres acordarte o prefieres pensar en tu derecho a evolucionar hacia una progresía de extremo centro, un izquierdismo estético asentado ahora en un lugar incierto llamado liberalismo económico, globalización financiera, progreso sostenible, ecologismo a la violeta o derecha pop y sin complejos. Al menos no has perdido el don de lenguas que usabas tan bien en las asambleas, ni los discursos convincentes para defender tu deriva, tu traición o tu olvido, pero yo me sonrío, dirías que resentido, mientras miro tu gigantesco Mao auténtico de Warhol colgado en este inmenso loft castizo de Chueca y ese retrato poupée me recuerda ahora que me constó mucho convencerte para que probases mi cochinillo hong shao  rou. Tuve que decirte que era el guiso preferido de tu admirado Mao Tse-Tung y mostrarte una revista de la Unificación Comunista de España donde se aludía a esa pequeña debilidad culinaria del gran timonel.
Pintura de Hu Ming

Las primeras veces preparé el hong shao rou con proletaria panceta entreverada pero después hice el plato con gargantuélico cochinillo ibérico. Maravillado, descubrí en tu cocina un exótico wok traído desde Pekin por uno de tus camaradas de la secta y allí hervía primero el cerdito cortado en buenos tacos para quitarle parte de su grasa. Luego retiraba la carne y caramelizaba en esa sartén barrigona y entonces tan extraña azúcar moreno con aceite, salteaba allí de nuevo el cochinillo añadiendo después la salsa de soja, el vino y el vinagre de arroz, las ralladuras de jengibre, los palos de canela, el anís estrellado, la guindilla rabiosa y el diente de ajo. Tras unos primeros revolcones de los ingredientes cubría el guiso con caldo y lo dejaba cocer a fuego lento hasta que el cerdo estaba tiernísimo, suave, muy gelatinoso y la salsa casi convertida en melaza. Doraba entonces los pedazos de cochinillo en el grill con la piel hacia arriba para dejarla crujiente y añadía la espesa salsa agridulce y un poco de cebollino picado antes de servir. Comíamos el plato con arroz blanco al vapor, muy maoísta y soso, suerte que el gran timonel apreciaba también este plato goloso que te hice muchas veces.

Hoy me dices durante la fiesta que has comido a veces ese guiso en restaurantes modernísimos empotrados en los hutongs  de Beijing. Seguro que con panceta, pero no con cochinillo, te digo, pero no me respondes, te das la vuelta, te marchas con tu love arquitecto y asesor aznarista de postín. Flotas sobre la alfombra entre los otros invitados y yo atrapo una flauta de champán al vuelo de uno de los camareros del catering. Porque tu no cocinas, nunca cocinaste, me has dicho que tienes contratadas en tu casa de Barna a una filipina y un mejicana muy trabajadoras y que las has enseñado a hacer tortillas y paellas, bacalao al pil pil y calçots con una salsa romesco a la que añades caviar a veces y yo imagino que Pla y hasta Camba se revuelven en sus tumbas.

Ahora ya no llevas la boina con estrella y aplaudes a la nueva china y sus desastres, su capitalismo comunista, su maoismo pop, su pujanza salvaje, su brutal desarrollo hacia delante, ya sin timonel y sin librito rojo que a mi, ya entonces, me parecía tan aburrido, tan soso, tan mentira. Has triunfado, has sabido reinventarte, flotar sobre la crisis y seguir teniendo a Mao, ya de otra forma, por encima de todo, igual de alto que entonces, pero esta vez junto al Tapies. Y no sabría decirte cual de los dos cuadros me parece más feo.

Yo siempre, ya lo sabes, entonces y ahora, no he cambiado, ni evolucionado, ni me he reinventado, soy y fui de Anselmo Lorenzo y de Kavafis, de Gargantúa y de Lúculo, de Solana y de Gaya, de tito Azaña y don Antonio Machado, de estar en tierra de nadie y caminar ligero de equipaje a donde habita el olvido, sin rencores. Por eso me voy de tu fiesta a la francesa, como siempre, y guiso ahora en mi pequeña casa un poco de hong shao rou, esta vez con panceta, que es barata y recito al amigo, saboreando de memoria esos días, hoy remotos:

Cuando emprendas el regreso a Itaca,
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras y de conocimiento…





3 comentarios:

  1. Ayer le dedicaste la receta a Ada, hoy yo se la dedicaría a Beatriz Talegón. Ver a esa chica me devuelve la esperanza, pero...¿la/o/s dejarán? (N)

    ResponderEliminar
  2. Rectificación: Que inocente soy, con la edad que tengo y aun me creo estas cosas. Ha pasado un dia y lo de esta chica no me lo creo ni yo, que ya es algo. (N)

    ResponderEliminar
  3. Es verdad, son importantes las palabras, pero en un político o política, son más importantes los hechos. Nos quedamos con Ada. A Beatriz le queda aún mucho por hacer...

    ResponderEliminar