miércoles, 24 de julio de 2013

SÓLO ACEITE DE OLIVA


Recuerdas su acento suave, como filtrado por la brisa del mar que llegaba hasta el olivar de sus antepasados. Ella se remontaba muy lejos, te enseñaba las piedras, las ruinas, los vestigios de aquellos tiempos remotos que tu sólo conocías por los libros. Ella nombraba lo antiguo y te llevaba a ver las pozas excavadas en la piedra viva donde fermentaban los salazones romanos, te pedía que tocaras las piedras cónicas muy pulidas del molino en la que los griegos prensaban las olivas, os sentabais junto a los símbolos mágicos donde los tartessos recordaban la Atlántida perdida y te dejabas besar, cuando las chicharras recogían sus carracas, recostado en los cimientos restaurados del pequeño templo fenicio, con ojos cerrados, la cabeza apoyada en su muslo y la boca muy cerca del origen del mundo.

Te contaba todo aquello como si hablase de abuelos cercanos con los que hubiera paseado cogida de la mano junto al muro de piedra que rodeaba la finca. Los nombraba a todos, a los remotos, a los antiguos, pero también a cierto comerciante árabe, amigo de Ibn Jaldún, que tuvo allí su casa y al último judío que escapó entre las sombras del arroyo Alejo durante la última de las cien persecuciones o al pastor, guarda, jornalero que le enseñó a tu padre los secretos remotos de inventar el aceite y nombraste también a una madre inglesa y buceadora temeraria que robó al Mediterráneo ánforas y monedas de plata que duermen hoy en el museo de la capital mientras ella reposa en lo profundo del mar.
http://www.oleoturismia.com/

Recuerdo tu acento suave, del sur, que podría rescatar ahora entre el murmullo de cualquier muchedumbre o en la música de voces de un café o un restaurante muy lleno o, como ayer, recién despertado, de entre los retazos muy rotos de un sueño. Habías gastado todo en la finca, vendido herencias y casas, ahorros de trotamunda y créditos de usura por los que gustosa hubieras vendido tu alma si el bancario hubiera encontrado en el contrato la cláusula adecuada. Nada valía más que tu pequeño cortijo, la almazara nueva con su almacén, su laboratorio, su envasadora y los dos mil centenarios olivos que te convertían en una treinteañera terrateniente o mejor aceitunera altiva porque nadie podría distinguirte, en tiempo de cosecha, del resto de jornaleros que colocaban redes, vareaban o acarreaban cestas llenas de olivas conicabra, hojiblanca, lechín y picual.

Habías nomadeado por el mundo en busca de quién sabe qué tesoros y fuiste durante un tiempo una conocida botánica experta en yagés y cocas, discípula de Schultes y amiga de Davis, pero nunca olvidaste el aceite, ni la locura de tu padre, empeñado, en los tiempos del reinado del aceite de girasol y de las venenosas margarinas, en recuperar el oro líquido con el que se ungían los atletas, los guerreros, las diosas libertinas, los heridos, los dioses rabiosos, los poetas lúbricos o los niños espartanos de aquella antigüedad de cuento que me susurrabas tantas veces al oído. Él fracasó, no pudo ver este éxito, pero tu lo lograste y tu aceite de agricultura biodinámica produce un orgasmo en la campanilla resabiada de los gastrónomos más eminentes y sádicos, perfuma las mesas y los guisos tecnoemocionales de los chefs más ilustres y deleita el descanso de tu gente sobre un tomate rajado y una rebanada de pan tostado al fuego.

(Foto de Lola Diaz Somodevilla)
Recuerdo el acento de tu voz, pero también tus formas, el perfil griego de tu culo, las redondeces árabes de tus pechos, las suave ola de tu vientre romano y el negrísimo pelo de tu venus que no me importa de quien heredaste. Lo recuerdo bien porque no hubo lugar de tu cuerpo por el que no pasase mi lengua mil veces saboreando el aceite con el que nos acariciábamos. Elegías el mejor para el amor, de variedad lechín, que me sabía manzanas verdes o a hierbaluisa con miel o tal vez eras tu quién daba ese sabor a mis labios. Los atardeceres de abril y de mayo, cuando el sol comenzaba a enredarse en el horizonte verde del olivar, por los ventanales de tu buhardilla abiertos de par en par, entraba una brisa que llegaba del mar a veces caliente y a veces muy fresca. En el suelo, sobre una colchoneta grande y azul que cubrías con una sábana de lino gozoso, nos embadurnábamos la piel de ese aceite precioso y nuestros cuerpos se deslizaban precisos, como dos engranajes de carne que encajaban en cualquier posición, como dos peces que luchaban por estar muy pegados y resbalasen siempre llegando a la intimidad más profunda pero sin poder nunca agarrarse. Y, con hambre, luego, tras la llamarada del goce, nos chupábamos, bebíamos las gotas del aceite que hacían relucir nuestra piel e intercalábamos los lametones nutricios con unos picos de pan que tu habías colocado cerca del tálamo sartén, en un plato de vieja porcelana y nos refrescábamos el alma con buenos tragos de manzanilla que bebíamos a morro de una botella que descansaba sobre una cubitera inglesa, de plata, lo único que no fundiste de tu herencia.

Más tarde, ya a la luz de la luna, llenabas la vieja bañera con agua templada y con un ladrillo de jabón lechoso, fabricado también con tus aceites, nos lavábamos los restos del deseo y del elixir dorado de tus olivos.

Hoy recordé todo eso y soñé después contigo al verte en una gran foto de esas revistas presuntuosas de gastronomía, lujo y arrogancia. Recogías el premio al mejor aceite de Europa, tu cabello ahora es blanco, no te tiñes, pero podía imaginar perfectamente cada centímetro de piel que se escondía detrás de la seda negra de tu vestido y el acento suave de tu voz del sur y tu sabor a mujer perfumada de aceite de olivas lechín.

No me fijé entonces y ahora me doy cuenta, mirando de cerca una de tus fotografías de esa revista, que el color de tus ojos no era el verde de los olivos ni el marrón claro de tu tierra sino ese color cambiante de las aceitunas a media ya maduras. Uno se da cuenta después, destilando la vida en la almazara de la memoria de lo que fue sólo hojarasca, alpechines, huesillos, orujo y lo que era de verdad oro líquido, rico aceite que nos alimenta el corazón.

Fui a la tienda que hay cerca de Alonso Martínez con ese nombre tan rimbombante, “Patrimonio Comunal Olivarero” y compré una botellita de tu aceite premiado. Luego, en casa, sobre una rebanada de buen pan tostado derramé aceite, serví manzanilla fría y quise saborear de nuevo aquellos días contigo.

Aprendí que el aceite de oliva puede usarse para algo más que para hacer frituras y aliñar ensaladas. Brindo por ti, estés donde estés, aceitunera altiva, agradecido porque me enseñaras tanto sobre el aceite y el amor.

 
(Odalisca, de Mariano Fortuny)

No hay comentarios:

Publicar un comentario