jueves, 30 de mayo de 2013

YEMA ESCONDIDA

Stas Kadrulev

Le gustaba su culo. Era miles de años de evolución pitecina y sapiens. Un espacio corporal estudiado mil veces por antropólogos y sexólogos de todos los colores, sin contar con las sublimaciones del arte desde las Venus de Willendorf a las de Velazquez, Rubens o Boucher. Además, por alejar el tufillo “rancional” o fetichista de desear un pedazo de carne separado de la identidad de su dueña pensó en el posesivo “su", inseparable de aquel culo tan rico.

Pero no quería decirle que su culo precisamente le había inspirado la cena de esa noche. Sobre un cuadradrillo de brick frito colocó dos finísimas lonchas de jamón ibérico y sobre ella una intensa yema de los maravillosos huevos de las gallinas de Isidro. Luego dobló la lonchas de jamón con mimo para empaquetar dentro  cada pequeño sol untuoso. Horneó cinco minutos a ochenta grados los cuatro saquitos hasta templar el plato y derretir un poco la grasa jamona.

Había que tomarse cada yema sobre la delicada pasta de un bocado. Estallaba la cremosidad del corazón del huevo que se mezclaba con la intensidad salada del jamón y el crujiente soporte del melindre. Después de saborear despacio el bocado se limpiaron el paladar con un bochinche de cava y confundieron el recuerdo del intenso sabor con un pica pica de tropetillas negras refritas en grasa de foie y su poco de chipotle.

Su culo, claro, no había conocido a nadie a la que gustase su propio culo y aquel descontento era toda una incógnita porque casi todos los que él había conocido, cada uno en su estilo y tamaño, le parecieron preciosos, ricos, excitantes. Sería su cortex cerebral de sapiens cavernícola o su gusto por los desnudos de la pintura del XVII y XVIII o porque los miniculos de las revistas de moda del siglo XXI le parecían igual de insulsos que una tortilla de claras y sin sal. Él prefería mil veces las yemas escondidas en el jamón con su dosis precisa de grasa infiltrada.

martes, 28 de mayo de 2013

COMER EL PAISAJE I


Carl Warner

He vuelto para comerme el paisaje.
Después de deslumbrarme persiguiendo fruslerías de remotos lugares, exotismos de boca o alimentos raros he regresado a los alimentos de aquí, cercanos, familiares, nuestros, bichos y plantas que crecen en este paisaje por el que camino.

Mi cerebro hizo “click” el día en el que descubrí en uno de los mejores restaurantes de la Castilla  ganadera y trashumante que el rico cordero asado que me estaba comiendo era un animalito criado en Nueva Zelanda, los tomates de la ensalada eran marroquíes y la exquisita tarta de cerezas estaba fabricada con frutos recogidos cuatro días antes en Chile. No estaba en contra del comercio mundial pero aquella paradoja en la boca me pareció un loco derroche de gasolina o de fuel o lo que demonios le echen a los barcos o aviones que transportaron esas viadas desde los confines del mundo cuando, encima, todo aquello ya lo daba mi paisaje. Además luego me explicaste tú las toneladas de mierda o de CO2 que había sido necesario desperdigar por el aire para traer hasta la pulcra mesa del fino mesón su menú de degustación más típico y tópico.
No me he vuelto un glotón integrista de los alimentos de mi terruño, pero decidí entonces, salvo perdonables debilidades, comerme sólo mi paisaje.

Marco en la plancha unos espárragos blancos y unos trigueros apenas cocidos al vapor, al dente y los adorno con unos churretones de torta del Casar batida con aceite de oliva y gotas de limoncillo. Luego he partido un buen pedazo de pastel de pescado hecho con carpa y cangrejos siguiendo la clásica receta de Arzak y de Ota Pavel. Estas verduras han crecido muy cerca de mi casa y los pescados vivían hasta ayer en un pequeño lago que hay en mi dehesa. Devoro pues paisaje puro. Saboreo tu silencio junto a la salsa tártara ligera que hice para adornar el pastel y dejo sin pena de comerme la Aldea Global para volver a alimentarme sólo del horizonte.

Nos tumbamos luego en la hamaca grande y bebemos despacio un granizado de menta poleo y yerba limón. Luego te duermes y yo leo la novelita de Eugénides e imagino un tiempo propio similar a su “Trama” que un día viví o soñé o tengo pendiente escribir. Mientras, allí fuera, no muy lejos, una parte del mundo se sigue comiendo al Mundo entero, derrochando petróleo, envenenando el aire, extinguiendo la diversidad maravillosa de plantas y  animales domésticos y comestibles que logramos inventar durante muchos siglos. Miles de comedores ávidos degluten exotismos remotos, alimentos producidos en las antípodas, quizá más atractivos o más baratos o más raros, pero no mejores que todos estos de aquí al lado.

No hay más luxury que este, glotonear el paisaje. El resto es vanidad, que diría el santo o el hedonista.