jueves, 16 de febrero de 2017

OSTRAS FRITAS DE HVALER (En memoria del arquitecto Jordi Tell Novellas)


Foto de Olivier Brandily http://lecoeurauventre.com

Mírate, ahora, frente al mar, sin que el frío te venza, oteando hacia el punto rocoso del islote donde sueles ir a nadar muchos días de verano. Tal vez seas ya viejo, quizá todos los sueños que tocaste y los que construiste ya no existan. De pronto te llega una ráfaga de viento de la casa y hueles el café, después del perfume del café reconoces el de las ostras fritas, el pan oscuro tostado con mantequilla, la sonrisa de Gia, con ese pelo tan rubio y tan rizado despeinado por el sueño y el amor. No te quejes, no te duelas, sonríe. Vuelve a la casa.

Al entrar en la cabaña te golpea el calor de la estufa y el de la cocina de hierro en el que se ha hecho el pan. Ella se ha puesto tu grueso jersey de lana sin desengrasar, el que usas debajo del impermeable cuando sales con el pequeño barco de su padre. La llevas a la cama, la desnudas. Se han ido las nubes. Los primeros rayos de sol de abril entran por la ventana y dan de lleno en su piel blanquísima de nieta de vikingos. Te demoras besando sus pezones grandes y rosados, aspirando el olor de la noche que aún guarda su cuerpo, el sabor a café y a mantequilla de sus labios. No te quejes, no te duelas, no olvides, sonríe. Te has quedado muy dentro, quieto, sintiendo que allí está tu hogar, el que has perdido tantas veces, el que nunca pensaste que tendrías. Podrías pasarte horas, el día entero provocando a esa piel, tocando, investigando si es real cada curva, su blandura, la dureza, esta arquitectura minuciosa de su cuerpo, la caricia de su voz en tu oído diciendo que vuelvas, que ya tiene hambre y os queda todo el día por delante para seguir animando a la primavera a que salga del hielo de la tundra.

Gia ha hecho café fuerte, siempre lo hace así. Horneó pan de centeno que luego ha tostado en mantequilla y colmado de mermelada de melocotón que un amigo de entonces te envía con mucho secreto desde Barcelona y te ha preparado las ostras fritas que arrancaste ayer del acantilado. Hay que abrir cada ostra y escurrir el agua sin tirarla. Se reboza cada una en harina de maíz y se envuelve en una fina loncha de tocino sin que la delicada carnosidad gelatinosa del molusco tenga escapatoria. Sólo Gia tiene el secreto de dónde clavar el palillo para que ese pequeño saco no se deshaga en la sartén. Entonces se reboza cada paquete en huevo y pan rallado y se fríe a fuego fuerte hasta que estén doradas. El agua de las ostras se mezcla con algas machacadas, una variedad de lechuga de mar que Gia suele coger y luego secar en el corto verano nórdico y tomates secos conservados en aceite y triturados, también regalo de tu amigo de entonces, de tu otra vida, de aquellos años de esperanza y desastre, de progreso y guerra.

No hay mucho que ver en la pequeña cabaña de la fotografía. Gia y Tell desayunando desnudos sobre la cama. El sabor de la ostra templada estalla en su boca al masticarla. Más tarde, ahora que el sol vuelve a esconderse durante días entre nubes oscuras, besa, chupa, mete la lengua allí, sube luego hacia arriba dando pequeños mordiscos por su vientre, alrededor del ombligo, la piel que cubre sus costillas, el nacimiento del pecho muy cerca de la axila, su cuello. Llega a su boca que aún sabe a ostras y a mantequilla fresca. 

Nadie conoce en España el islote de Hvaler donde pasarás el resto de tu vida. Sólo el amigo de entonces que te manda mermeladas y vino. No te quejes, no te duelas por todo lo que has perdido, sonríe, te queda lo importante, estás vivo.

                           Jordi Tell Novellas en el interior de su cabaña. Hvaler (1953) 
NOTA:
La receta anterior está inspirada en la semblanza leída en el blog de Andres Trapiello que copio a continuación:

"...Jordi Tell, que nació en Barcelona ahora hace cien años. El 34 viajó a Alemania como diplomático, aunque sin abandonar su profesión. Al estallar la guerra civil los alemanes le detuvieron. A los diez días lo pusieron en libertad. Trató de escapar de Alemania, pero la Gestapo lo confinó en un barco  y acabó entregándolo a los fascistas, que lo tuvieron preso quince meses en una cárcel de La Coruña, de donde salió únicamente para ser soldado forzoso de Franco. Logró no obstante fugarse de una manera rocambolesca en un barco hasta Brest, regresó a la España republicana y el gobierno lo reexpidió como encargado de negocios a Noruega en 1938. Al ocuparla los nazis tuvo que huir de nuevo, y lo hizo a Japón, desde donde viajó a Méjico.Allí dirigió una fábrica de muebles y luego otra de ropa hasta 1946. Volvió a ejercer alguna misión diplomática a favor del gobierno republicano en el exilio, pero a partir de 1948, desengañado, abandonó toda actividad política y volvió a Hvaler, al sur de Noruega, un pequeño islote en el que vivió apartado de todo, en una cabaña sin luz eléctrica, al margen de la civilización y llevando vida de naturista. Unos años después acabó de arquitecto municipal en una ciudad de provincias noruega (donde se construyó la maravillosa casa donde vivió él y su familia) y en Noruega murió en 1991".

Fuente: http://hemeroflexia.blogspot.com.es/2014/12/arquitectura-del-exilio.html

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