lunes, 16 de enero de 2017

EL (secreto retiro de) ULISES EN EXTREMADURA


Estepa dura y duras peñas resecas llenas de zarzas, helechos, romero, tomillo, cantueso, jaras, encimas, pasto seco o verde. Cabras. Sierra. Mediterráneo. Grecia. Extremadura. Ulises alimentándose de queso, miel, vino, aceitunas, pescado en salazón. Carne poca, solo seca, ahumada, embutida o un día de fiesta y  derroche, de matanza y tocino. En mis lecturas de infancia Ulises desolado y perdido se hacía fuerte y astuto con el queso y la miel. Y mi abuela decía eso de "miel con queso sabe a beso". Y Flore el guarda-amigo traía quesos frescos de cabra y miel de la dehesa con alguna abeja ahogada y mi padre apestaba la casa con la delicia de un Cabrales envuelto en hojas de roble. Así que todos los hermanos hemos salido muy “quesívoros” y de cualquier viaje, visita, camino nuevo siempre traemos una cosa: quesos. Suntuosos, intensos, rotundos, embriagadores, picantes, suaves, ricos. Nadie más exigente con un queso que un extremeño quesívoro, por eso amamos Francia o Asturias o Canarias, hermanos quesívoros habitan esas tierras y hacen del queso dios, secreto, pasión, golosina, alimento, felicidad. No hay tierra sin queso en esta Europa, pero hay tierras en las que el queso gusta y hay tierras en las que el queso es fanatismo y placer. La luna no sé, pero si sé que Extremadura es de queso y está como un queso y tienen muchos y muy diversos quesos maravillosos. Cocinar con queso, si, pero mucho mejor es tener a mano hambre, buen pan, buenos quesos a la temperatura justa, una buena navaja y pim pam acabar con la pieza de una sentada, trocito a trocito mientras se conversa y se bebe. En las casas de mis hermanos eso pasa mucho, los quesos llegan enteros a la mesa y desaparecen. Son una forma de magia. Cocinar con queso sí, pero mejor dejar al queso el honor de quién lo hizo y saborear ese honore, saber, arte y ciencia sin más adornos. Ulises llegó hasta Ítaca y salió pitando de nuevo al mar, (cualquiera no…) cruzó el Estrecho, llegó con su bajel hasta donde el Tajo se deshace en la marea y fue caminando tierra a dentro, saltando de queso en queso por Portugal hasta llegar a Extremadura. Allí se dejó mecer por el olvido y el arte de cierta pastora de cabras montaraces. Y fue feliz, dichoso, longevo comiendo queso y miel. Pidió ser enterrado una la colina en la que pastaban las cabras de su amor maduro. Allí encontró, cientos de años después, otro pastor la piedra que le abrigaba. Ponía en griego antiguo “aquí descansa Ulises que vivió en el mar, amó a sirenas, durmió con su pastora y comió queso” El pastor, aunque sabio, no entendió nada de aquella jerigonza y enterró de nuevo el pedrusco roñoso lleno de huesos de marino y un queso fósil... La Iliada, La Odisea, Ítaca, Penélope, el regreso a la isla, bobadas de escritor.  Ulises murió aquí, a orillas del Tajo, todo el mundo lo sabe.



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