martes, 24 de enero de 2012

ECHAR UNA MANITA



El canon de belleza es sólo eso, un canon, una convención, un acuerdo social que sin embargo se impone de sutiles formas y maneras. Pero el canon de belleza, sea masculino o femenino, contamina, afecta, condiciona, fastidia la felicidad de las personas y también su forma de vivir la lujuria y la gula que dirían unos, el deseo y el apetito que diría yo. Asombra en la foto el brutal cambio de ese canon en tan pocos años, no hace falta remontarse a las “tres gracias” de Rubens para descubrirlo.

Preparo una lasaña de manitas de cerdo y boletus no apta para todos los paladares, culturas y apetencias. Entras con las manitas de cerdo o las de cordero y parece que has perpetrado cierto crimen inconfesable o que vas a devorar las extremidades de cierto alien que ha sufrido un accidente en el jardín con su platillo volante. Pero tras la cocción y el deshuesamiento la cosa cambia, ya no hay cuerpo del delito sino una entidad abstracta y gelatinosa que mezclaremos con las setas y repartiremos entre finas capas de pasta para esconderlo todo bajo la bechamel.

Sé que a las señoras de arriba no les gustaría este guiso así que no pienso invitarlas. Se que a las de abajo si les gustaría mi lasaña pero hoy están muy ocupadas con la posteridad, así que invito a quién se apunte a mi pequeño festín. Sólo pido que no sigan la moda del esqueletismo, que no llamen a las delicadas manitas con el insulto de “pezuñas” y que traigan el vino (me vale cualquier tinto).

viernes, 20 de enero de 2012

OLLA PODERIDA


(Foto de Carlos Hernández Redondo)
Amanecer. Hambre. Comer algo ligero. ¿Las sobras de la “olla poderida” para desayunar?, ¿un cocido? ¿maragato?, ¿extremeño?.. con el tocino gelatinoso en el que pringar pan y un caldo consistente e intenso para sorber ruidosamente…
El campo esta lleno de escarcha, de helada, “de pelona” como dicen mis paisanos. Los cristales de hielo brillan derrochando belleza para nadie. Arrimo dos piñas a cuatro troncos de remonda de encina seca y el fuego nace y crece alegre para alejar el frío y proponer una mañana lenta. Pasan las avefrías cerca del ventanal con sus alas largas y su moñicle en la coronilla.
Dicen que leer no es vivir sino dejar la vida, siempre escasa, en un suspenso entretenido. Igual que dicen que cocinar es perder el tiempo cuando hay tanta comida rápida en oferta. Leo. Cocino. No dejo en suspenso la vida.

Meto el tocino caliente en el currusco de pan y lleno el vaso de vino. Salgo fuera. Mastico despacio. Sale vapor de mi boca y humo de la chimenea. Vivir es eso, sentir el frío, tener hambre, disfrutar con un bocadillo de sobras para desayunar y un amanecer de invierno limpio y silencioso. Llegarán los chicos dentro de un rato y me contarán sus cuitas, descubrimientos, dudas, novias, lecturas, broncas, proyectos. No vienen mucho pero sé que les gusta venir, de cuando en cuando, para sentirse cuidados por su padre, para dormir sin que nadie les moleste aunque sea ya casi mediodía, para comer las cosas buenas que sabe hacer uno y que luego les cuente la historia extraña y larga de todo eso que tienen encima de la mesa y que es tan apetecible, antiguo y verdadero. Este cocido por ejemplo.

Metidos en la prisa, la vorágine de ser y parecer en todas esas ciudades adornadas por una boina marrón de humo aceitoso uno se hace la ilusión de lograr algo, de estar enterado, trabajar en la pomada, en la cresta de la ola, en lo moderno, el triunfo… hasta que algo cambia y uno ve el trapo, el engaño, el truco, la paja, la trampa. No es pose. Hay quien descubre todo eso minutos antes de palmarla y hay quién lo descubre un poco antes. Mejor hacerlo antes, que después es un fastidio. 


Nada me gusta más que pasear por una gran ciudad y sin embargo, en ningún lugar estoy más en paz con los hombres y con mis entrañas (algo distinto escribió Don Antonio) que aquí, saboreando este currusco entocinado y bebiendo el caldillo caliente y el vino esta fría mañana de enero.

La olla poderida estará a punto al medio día, con los chicos ya aquí, ganduleando felices y uno les hablará del gusto del tío Paco Quevedo y Villegas por este guiso hace ya muchos siglos y de la importación de este exquisito pecado a todos los palacios de aquella Europa barroca. Luego, ya embalado, les contaré como la helada de hoy embellece el mundo y nos hace felices sin tener que pagar, ni viajar a lo remoto, sin tener que comprar ningún aparato electrónico, ni ninguna rebaja de enero. El frío y su belleza es gratis.

Leer y cocinar no sé si es vivir o sólo adorna el paso de los días. Si es así me gustan los adornos, esta bisutería fina a la que añado la escacha mañanera de hoy. Las joyas las dejo para otros, para otras. Porque además el diamante más perfecto y más bello es el de hielo. Va por Usted Don Antonio.


viernes, 6 de enero de 2012

PESCADO AZUL EN SOBRE AZUL



Me llegó la carta rebotando en ciudades, perdida muchos meses, hasta que el milagro de correos acertó mi guarida aunque en el buzón no tenía puesto ni el nombre. Dentro del sobre azul solo una palabra. ¿Vendrás? . Ni siquiera pedía, con lo fácil que hubiera sido: Ven. No hice equipaje, solo el casco y la cazadora de la moto, los guantes, el cacharro de barro de hacer buñuelos, tu último libro, el deseo de volver a verte.
Sentí un placer intenso atravesando La Mancha, bajando al Sur, descansando a veces en pueblos silenciosos, contemplando las siembras que comenzaban a verdear  y atravesando esa frontera en la que se deshace la meseta que descubrió Alexander Humbold recién nacido el siglo XIX. Cuando enfilé el carril era ya por la tarde y fui cogiendo las curvas derrapando en la arena como un niño bruto, irresponsable y dichoso. He llegado a tu casa de adobes y vigas de derribo que te hiciste aquí en Cadiz y he entrado en tu salón por el ventanal que tienes abierto y que da al mar. He gritado tu nombre y tocado tus cosas, tus conchas, tu ropa. Supe que estabas allí, no muy lejos, nadando entre las olas heladas de enero. He caminado hasta la playa y te he descubierto muy dentro del mar. Me saludas con los brazos y veo como te acercas, sales del agua desnuda y me relamo como entonces de verte tan mojada. Esta vez no hay recato, ni demoras, ni esperas, ni tampoco prudencia después de tanta distancia, de viajes y años. Me quitaste la ropa tan despacio y el cansancio del viaje tan deprisa. Sabes igual, te digo, sabes igual que entonces, una mañana de invierno en el norte con el rumor de olas detrás del ventanal y pienso aquellos versos: Me gustaba chuparte / mujer de caramelo / caramelo de sal / sal de tu agua / agua de tu placer. Da mucho miedo el tiempo cuando se tienen años de más y muchos que nos amaron ya no están. Miedo, no por morir, que eso no importa ya demasiado, sino por tener la certeza de no volver a verte y sentir de pronto ese dolor de azufre en los ojos, esa rabia impotente de no entender porqué, como decía Jaime, el destino no acababa por fin de disculparse.
Y hoy ya no necesitas sus disculpas, que se joda el destino. Hoy la vida es el mar, las pequeñas caballas asadas para cenar que haces en dos espetos, ese clarete fresco que has abierto, la ensalada de escarola, granada y queso de cabra que remueves. Cuando están asadas las caballas, mojas sus cuerpos de plata, azul y verde con un aliño de limón, aceite, ajo, orégano y tomate rallado. Las devoramos con el remilgo y las buenas maneras de comer con los dedos, masticar despacio, sonreír al contemplar en el cuerpo del otro que el tiempo nos hizo más viejos pero no menos caníbales. Y nos lavamos el tiempo con vino, con agua de mar, con limones verdes, con ese postre de papaya y piña troceadas y maceradas en licor de cerezas que tenías preparado. Y después de la cena entra la brisa fuerte y helada pero no cerramos las ventanas, nos arropamos entonces con el edredón gordo y nos contamos la vida que vivimos y la otra también, esa que no vivimos juntos, que tan solo imaginamos ahora, por el placer de fabular ese tiempo distinto que nunca compartimos.


Las noches en el mar, después de tantos años, casi a finales de enero, desnudos y tan cerca, no son para dormir sino para dejar que las palabras salgan de la verdad, descaradas, procaces, dulces, fuertes. Bebo de tu boca el ron que has traído de Paraguay, bebes de mi ombligo este empeño mío de seguir siendo el mismo, tan solo más viejo pero igual de delgado y de bruto y de tímido.
(Pintura de Francine Van Hove) 


El sol está muy alto y seguimos allí, abrigados del mundo y sus intemperies, en silencio ya, escuchando tan solo el mar y nuestras respiraciones. Amistad a lo largo, eso escribió Jaime Gil de Biedma, eso te escribo yo con mi dedo en tu vientre. Luego, cuando nos vuelva el hambre, te haré buñuelos con ese cacharro de barro, mi único equipaje para estar a tu lado. Y tu dices esta vez, como entonces: ¿quieres entrar?

miércoles, 4 de enero de 2012

HUEVOS FRITOS EN EXTINCIÓN


(Fotografía de Rafael Trapiello)

Temo a los que increpan con un “¡manda huevos!”, a los que hacen o creen que hay que hacer las cosas “por huevos” o a los que utilizan la rancia pedagogía de “cuando seas padre comerás huevos”. Mala gente. Los embriones de gallina y por extensión de cualquier otro bicho que ponga huevos o huevas, del pato a la tortuga, de la excesiva avestruz a la delicada codorniz, del rancio esturión al vanguardista pez volador merecen nuestro cariño, respeto y apetito. Un huevo, un buen huevo es uno de los ingredientes fundamentales de la cocina de la humanidad. Del tocino de cielo al huevo milenario chino, de unos buenos rotos a la crema catalana, de los bizcochos a la soberana tortilla de patata con cebolla,  sin el huevo en la cocina no seríamos casi nada.

Confieso que cuando, en la película de “Alien”, sale aquella inmensa cueva llena de gigantes y roñosos huevos de bicho lo primero que se me pasó por la cabeza fue: “joder, que pedazo tortilla podría hacerse con un huevo así”. Y también lo pensé en la spilberada de “Parque Jurásico” con los huevos de dinosaurio. Será que me sale el instinto inconsciente de ladrón de nidos ajenos que todos llevamos dentro desde nuestros años mozos cromañones.

Eso sin comentar que uno de los guisos más complicados de nuestro recetarios es, como no, el de dos huevos fritos con patatas fritas y virutas de jamón. Ante esa sofisticada receta se hunden muchos cocineros postmos y muchos cocinillas chulos. No es broma, cuento con los dedos de una mano los restaurantes donde los hacen bien y me sobran muchos dedos. Es difícil freír huevos y aún más freír unas buenas patatas. Aún así hay comensales arriesgados y valientes como mi tío Ángel que, ante la excelsa y barroca carta del restaurante de postín, se atreven a pasar olímpicamente de las innumerables sugerencias del chef y piden los citados huevos fritos con los que está engolosinado desde siempre. Y si los huevos con patatas pasan la prueba a buen seguro que todo lo demás estará rico, pero si no la pasan ¿qué mercachifles estará mangoneando en aquella cocina?, ¿en que academia de corte y confección cordón bleu la habrá dado el título?, ¿en qué cárcel de máxima seguridad yanki aprendió a freír patatas?... mejor salir corriendo antes que nos envenenen, engañen o estafen con un aire frito o una gamba en camisón. 
Y espero que pronto el nuevo fiscal general del estado dicte una orden de busca y captura contra los que inventaron, venden y fríen esas patatas congeladas de idéntico corte, textura de corcho revenido y sabor a aceite reciclado de tractor que no presentan en tantos restaurantes de comida rápida, de medio fondo y hasta que los que van de modernos y bulliflautas por el mundo.

Con la media docena de fresquísimos huevos que nos presenta en la foto Rafael Trapiello se puede comenzar a hacer una buena tortilla y después la revolución. Como mínimo.

domingo, 25 de diciembre de 2011

EL SENTIDO DE LA VIDA


En la película “El Sentido de la Vida” hay una escena memorable. Un gordo y rico va un restaurante, el maitre le muestra la carta y ante la pregunta de: ¿qué desea tomar?, el comensal responde: ¡todo!. Sobra describir la escena y su final.

Pero a mi no me recuerda a un glotón, ni a un gourmet, ni siquiera a los golosos más insaciables. Me recuerda a la gente que anda detrás de ese eufemismo llamado “mercados”, que lo quieren “todo”  y nos le preocupa vomitar con su arrogancia e inconsciencia a su alrededor manchando con su egoísmo al prójimo. Y claro, cuando lo tengan “todo”, hasta la última lengua de gato de chocolate, hasta el último derecho social de nuestro mundo, reventarán como un globo, sin saber porqué.


Porque quién lo quiere “todo” no sabe lo que quiere.
Desayuno un paseo madrugador, un consomé con su gota de Jerez, unas páginas del “El Fanal Hialino”. Hace un día espléndido de invierno. Yo no deseo más. Hoy ya lo tengo TODO.

domingo, 18 de diciembre de 2011

NI CARNE NI PESCADO


(Ilustración de Irma Gruenholz)
Los cocineros no se ponen de acuerdo que carne de mar es la mejor. Los viejos más caníbales opinan en silencio que nada puede compararse a la carne de ballena. Otros escribieron que los grandes y sabios meros del mediterráneo, más grandes que un hombre grande, más sabios que un hombre sabio, tienen una carne incomparable. En cambio otros podrían matar por el lomo rojo, tierno y crudo de un gran atún de almadraba. Luego, la mayoría, discute sobre el rape, los congrios, las lubinas, los rodaballos salvajes y los cientos de peces extraños que el hombre se ha atrevido a guisar desde el principio de los tiempos.

Yo prefiero la carne de sirena, más no para comer, sino para devorar despacio. La carne de sirena, si la sirena sonríe, si chilla y nombra con palabras nunca oídas los paisajes y secretos que esconden los abismos, es el mejor bocado para quién cree que el mar nos alimenta, nos cuida y nos hizo humanos.

Los cocineros limpian de espinas, piel o vísceras sus preciados pescados aunque la médula del atún, el hígado de rape, las huevas de bacalao o la lengua de ballena suscita oscuras pasiones en los paladares más exigentes. En cambio la carne de sirena, con sus escamas, espinas, vísceras misteriosas y piel de algas apenas es apreciada. Pero para mi, una sirena recién salida del Mediterráneo o del Caribe, cansada de nadar, perfumada con su sudor de espuma y sus cabellos sueltos es de verdad exquisita. Yo me alimento de sirena aunque lo llevo en secreto. No puedo contar a nadie que mis dientes, mi paladar y mi memoria no aceptan ya otra carne de mar que no sea la de cierta sirena que se atrevió conmigo a probar, ella también, la carne enjuta de un hombre de tierra adentro. Pero como hace días que ella no se acerca a estos arrecifes he pescado una merluza. 


Sobre su lomo limpio he extendido un puré de espárragos fritos y mantequilla y he encerrado esa traslúcida carne en el horno fuerte cinco minutos. Después he colocado esta carne, apenas hecha pero caliente, sobre una vinagreta batida y simple de tomate triturado vinagre de jerez (muy poco), aceite, sal, pimienta y huevas de erizo (esta vez de lata). No es carne de sirena, pero tenía hambre.


(dibujo de Ana Miralles)


Los de aquí somos muy piscívoros. Pocos seres del mar se libran de ser comidos en nuestras costas, aunque sean bichos feos como el cohombro o el percebe, el rapé o el congrio. No se libran de nuestro paladar ni las medusas y ni las sirenas. Me muero ahora por unas hortiguillas fritas o un lomo de sirena en su salsa. La carne es débil.

lunes, 12 de diciembre de 2011

MIGAS EXTREMEÑAS CON CHOCOLATE

Hoy quiero hacer migas extremeñas con chocolate, receta de mi abuela Ángela, plato de invierno, de hambre y pobres ingredientes aunque tiene también el lujo asequible del cacao. Uno de los platos que más feliz me ha hecho a lo largo de mi vida.
No sé si eras tú o mis veinte años o las reparadoras migas con chocolate que hacíamos a veces para comer, pero nunca he vuelto a echar cuatro polvos seguidos. No había entonces afán de record, ni arrogancia macho, ni intención alguna. Las ganas, la energía, la erección venía de alguna parte que de verdad desconozco. Nunca he creído en elixires, ni afrodisiacos aunque hoy la química por fin hace milagros. Quiero pensar que eras sólo tú.



Vivía entonces de prestado en uno de esos bloques informes construidos por Banús junto a la M-30. Al lado del portal estaba la única carnicería de carne de lidia de todo Madrid, el resto de locales eran una extraña mezcla de bares de alterne y diminutas mercerías sin clientas. Me sentía un desterrado en aquel barrio después de haber vivido muchos años en la calle Segovia, la Cava Baja, la calle Toledo, a dos pasos del centro de todo el universo. Pero allí, a pesar del barrio hostil, en aquel piso anticuado y feo nos amábamos de seguido a veces días enteros, nos sorprendía el sueño a media tarde exhaustos, escocidos, con agujetas, felices y con ganas aún de otro baile.


No recuerdo si te enseñé a picar migas, freír en su punto justo las patatas y la panceta, los ajos, el pimentón sin que se quemara. A remover la sartén para que nos quedasen siempre suaves y esponjosas y el chocolate líquido y caliente con un punto de amargor. Igual que miga a miga agotaba mi plato, recorría miga a miga tu cuerpo explorando sabores, buscando el mordisco esponjoso del pan, el gusto acre de tu pimentón, la melosa patata, el salado pleno de la panceta, el dulce amargor de tus rincones, descubriendo con asombro pueril que hay más sabores en el cuerpo de una mujer que en un plato de migas. Nunca después he podido amar tanto y tan seguido y tantas ganas siempre.


Cuando me vuelven a la memoria esos días por sorpresa o voy por la M-30 y paso por delante de esos enormes edificios creo que también tuvieron su parte de culpa aquellos platos de migas con chocolate. Entonces no poseía casi nada, ni siquiera proyectos, solo el tacto caliente de tu piel y esa forma tuya de mirarme con deseo, sin prisa, sin reproches, sin dudas. Paso de largo. Nunca he vuelto al portal. Pero puedo verte ahora como entonces comiendo ambos las migas de la misma sartén o asando uno de esos filetones  oscuros de carne de toro que comprábamos abajo por cuatro duros y decías siempre que parecían de dinosaurio o leyendo esos versos arrogantes, anticuados y extraños de Keats o de Lou Reed, que me sonaban tan a verdad en tus labios recién salidos de la adolescencia. Así te recuerdo hoy, con ganas de hacer la vida a tu medida, sin pensar en los límites, más llena de vida que el mar, habitando sin saberlo en todos los libros que luego fui leyendo y todas las ciudades a donde nunca iré. Sólo lo que perdemos llega a ser paraíso.

Es domingo y me atrevo a hacer esas migas porque el año se va terminando y todo vuelve a ser tan precario para mi como entonces. Pero no echo de menos nada, tal vez solo la voz atenta de la abuela Ángela explicando la receta y mis ojos de asombro ante ese primer plato de migas humeantes junto al tazón grande de chocolate. 

viernes, 2 de diciembre de 2011

GUERRA DE MORCILLAS


Y fue entonces, un día cualquiera, muchos años después, cuando casi nos chocamos al doblar una esquina. Así es Madrid, traidor y malicioso. Tras el choque, como eran ya casi las siete nos fuimos a tomar una cerveza. Esa fue la excusa para mirarnos a los ojos y comprobar si el tiempo y la distancia habían hecho los estragos suficientes. Después de los ojos fueron los dedos durante la cena y más tarde tuve por delante muchas noches para ir recordando como eras. A esta edad, pasados los cuarenta, los amigos y las amigas vuelven a creer en fantasmas, hombres del saco, sacamantecas, monstruos de pesadilla que tienen nombres extraños y aterradores: cáncer, infarto, hipertensión, colesterol, alopecia, menopausia y algunos piensan que ya no queda tiempo. Entonces toman prestada la ropa de sus hijos o sus hijas, se apuntan a un gimnasio y comen ensaladas, follan con algún cuerpo quince o veinte años más joven y compran cremas que valen su peso en oro, engullen potingues con gingseng y se gastan los ahorros en un deportivo o un poco de cirugía.

Distancia. Durante veinte años seguimos escribiéndonos cartas sin volver a vernos nunca. Construimos un mundo paralelo de cercanía que temíamos romper si volvíamos a estar frente a frente. Eso es la distancia. Eso y nuestras diferencias ideológicas en torno a la morcilla que ahora nos separa, precisamente ahora que no podemos estar más juntos, ombligo con ombligo. No fue difícil para mi coger cuatro pantalones  y volver a tu casa. No fue difícil para ti dejarme una de las habitaciones de tu vida con derecho a cocina. A veces la vida es así: fácil, simple, dulce. El mundo es ya bastante cruel y complicado como para que dos amantes cuarentones no sepan como hacer del amor un lugar confortable y con chimenea en el que quemar el tiempo. Pero no está bien dar en las narices a los lectores con nuestro amor, por eso quiero contar nuestra batalla, esta lucha cruel y despiadada sobre el verdadero ser de las morcillas, ese choque de civilizaciones, de culturas y de memorias.

Tu ideología seguía siendo la ortodoxa y antigua cultura del arroz y la sangre; la mía la de la calabaza y el pimentón, solo teníamos en común el tocino.


Nada que ver esa cosa gorda, oscura y negruzca que fríes en la sartén apestando la cocina con mi elegante morcilla anaranjada que se asa en la chimenea. Pero tú te empeñas es decir una y otra vez que eso no-es-una-morcilla sino una especie de sobrasada, una pasta informe de color escandaloso que los extremeños os empeñáis en meter en una tripa para darle forma de embutido. No he querido contarte ni traer aún a casa esas otras morcillas de mi tierra, la patatera o la mondonga con trozos innombrables del cerdo, sangre y pimientos rojos secos. Pero todo llegará.
Hasta buscaste la definición de la Real Academia y me la pasaste por las narices. Mira, lee. Morcilla: Trozo de tripa de cerdo, carnero o vaca, o materia análoga, rellena de sangre cocida, que se condimenta con especias y, frecuentemente, cebolla, y a la que suelen añadírsele otros ingredientes como arroz, piñones, miga de pan, etc. Como si los Académicos hubieran visto alguna vez en su vida una morcilla de verdad.

Te digo. En esta morcilla está América entera, el ingenio que da el hambre, miles de años de domesticación de calabazas y pimientos y otros miles para convertir un animal salvaje como el cerdo en totem de la abundancia. La preparación es simple, se cuece y escurre la calabaza limpia, se mezcla con el gordo y la panceta muy picados, el pimentón, la sal, el orégano, un poco de azúcar y se entripa la mezcla. Se atan entonces las morcillas en manojos y las ponemos  a ahumar en chimenea antigua y leña de encina. Y el resultado es este una morcilla riquísima que da color al pan y satisface casi todos los apetitos. Una morcilla que evitó muchas hambres en mi tierra y que ha viajado durante muchos años por toda Europa y todo el mundo en las maletas de cartón de los emigrantes y en las cajas que les enviaban desde los pueblos a pesar de la peste que dejaban esos paquetes de viandas en todas las oficinas de correos del mundo. Pero tu niegas y reniegas. Si, muy rica. Pero no es morcilla. La morcilla tiene que tener arroz y sangre y esta no tiene ni lo uno ni lo otro.

Tiempo. A veces descubrimos que se puede saborear el tiempo, que las horas tienen gustos diferentes y los minutos pueden paladearse a sorbos pequeños como este vino que has rebuscado en tu bodega. Sales al jardín con un vestido de telarañas, dos vasos pequeños en una mano y una botella oscura llena de polvo con una etiqueta amarillenta en la que hay un fecha escrita con trazos gruesos y letra infantil.  Hablas sin mirarme a los ojos, concentrada en romper con cuidado el tapón de lacre sin agitar la botella. Pinchas con cuidado la aguja del sacacorchos en el tapón ennegrecido, haces girar la espiral.

Me despierto despacio. Abro los ojos y me encuentro con tus pies. Eras una de esas cuarentonas deseables que te la ponen tiesa solo con la conversación y ese brillo en los ojos que dicen: chico, que pena, tienes cuarenta años y aún no has echado el polvo de tu vida. Descubres después que era verdad y que no hace falta tener un culo de piel de melocotón y una tetas de medio limón para que gimas como una bestia mientras te corres mirando esas pupilas que no se cierran sino que están clavadas en las tuyas para subir contigo a donde haga falta, te meten el dedo en el culo igual que has hecho tu para sacarlo en ese momento muy despacio mientras los labios dicen esas cosas que todos quisimos oír con quince años. Nos despertó más tarde el chillido de una urraca posada sobre el tilo, hacia ya frío y nos acurrucamos juntos tapándonos los costados descubiertos con los flecos de la hamaca. Mi abuela me diría que te cazara de inmediato, un hombre que cocina, una alhaja. Y yo.  La mía me recomendaría que te conquistase como fuera, una mujer que sabe guisar, una especie en peligro de extinción. Y tú. Mañana te haré un arroz con leche, receta de la abuela. Y yo me sentí dichoso, bendecido por tí, mucho mejor que cuando alguien que deseas y amas te dice que te quiere mientras abre su cuerpo sin demora. Que fácil es a veces descubrir que la felicidad solo es eso, un puñado de arroz cocido en leche dulce, un platillo pequeño lleno de nácar espeso y fresco adornado con un palo de canela y una corteza de limón  que tu me ofreces por nada. Entonces entiendes aquello de haber cambiado un mundo por un plato de lentejas, porque el mundo inmediato y auténtico es ese, el del sabor intenso de un guiso de lentejas o de un arroz con leche. Vamos a dormir, yo te prometo mañana para desayunar unos huevos fritos con torreznos.

Pero no penséis que todo es hoy plenitud y amor. Nuestra feroz pelea resurge de cuando en cuando. Hay gritos, burla, reproches, morcilla de calabaza contra morcilla de arroz, dos mundos enfrentados, dos opuestos, una guerra. Tú nunca podrás convencerme que ese cilindro negro lleno de arroz y sangre puede ser algo remotamente comestible. Yo nunca podré obligarte a nombrar como morcilla esa pasta anaranjada que suelo añadir como ingrediente secreto, sin que lo sepas, a algunos de los platos que te gustan tanto. ¡Que te den morcilla!.

viernes, 25 de noviembre de 2011

ANCHOAS CONTRA LA CRISIS


(Pintura de François Maréchal)

Camino deprisa a una reunión y bajo caminando por un pequeña calle por la que me gusta tanto pasar siempre. Allí, en la galería Orfila, me hace frenar en seco un pequeño cuadro de François Maréchal. Pienso en la triste utilidad decorativa de la pintura en nuestra sociedad, cuando el arte, sus utilidades, siempre tuvieron voluntad de ser otras: deslumbrar, hacer reír, desagradar, proponer una historia, incitar a la protesta, al amor o a la vergüenza. Pero el debate sobre esta utilidad es infinito y yo me quedo hoy con la capacidad para incitar al apetito que tiene este pequeño cuadro expuesto en el escaparate de una galería aún cerrada a las nueve de la mañana de este viernes extraño, mientras Europa se hunde muy despacio y se derrumba también lentitud una sociedad sumisa, incrédula, perpleja y torpe.

Un plato de sencillas anchoas. Puedo olerlas detrás del cristal. Siento que ensalivo como el perro de Pavlov y que ensaliva mi memoria, el hambre, las ganas conversar con la voluntad del artista de concentrar con unos pocos trazos y unas sabias manchas de color un mundo tan ancho, vivo y placentero.

Se muestran al hambriento espectador dos tipos de anchoas, ambas untuosas, saladas, perfectas en su punto de madurez y tiempo. Camino deprisa a la reunión pero ya no estoy en esta ciudad sino en un pequeño bar, tal vez de Comillas, de Sanlucar o de Denia, de Normandía. Huelo la marea, la salazón en el plato, la espuma de la cerveza, el placer de sentirme desposeído, nómada, inseguro, perdido… y sin embargo tranquilo y en paz con todos. Porque nunca fui desleal, ni flexible, ni cobarde, porque siempre fui fiel a una forma de ver el mundo tan poco gregaria, tan poco ambiciosa, tan dudosa. Porque no traicioné, no cometí infamias, ni robé. Porque no amé otro oficio que el de jugar con las palabras, el de caminar lejos o el de saborear la memoria de las personas que amé y de los guisos y alimentos que me dieron al pequeña felicidad de su sabor y si ciencia.

Agradezco hoy al artista estas anchoas. Espero que no decoren ninguna casa sino que sirvan para evocar en muchos momentos a su poseedor la intima felicidad de la memoria de quien sabe que las anchoas en salazón son más importantes para nuestra historia o nuestra vida que la carroña legendaria del Cid, que la grandilocuencia absurda de los gobiernos, que la extraña actualidad que nos ahoga, que las primas de riesgo o los discursos “filonazis modenados” de los que arruinaron el mundo y ahora se sienten, además, salvadores sin culpa.

Saboreo las anchoas, la amarga cerveza, la mañana junto al mar, el tacto de este tiempo (aunque ahora vaya deprisa y sólo por la ciudad). El mundo se derrumba pero esta pequeña pintura de un plato de anchoas nombra que la felicidad es fácil, barata, poco suntuosa. Que un cuadro vale más que mil cadenas de televisión para explicar el mundo de verdad, el nuestro. Que el escaparate de una galería de arte puede enseñar con mimo, claridad y sin trampa que lo que se acaba o se derrumba es otra cosa, pero no nuestra vida, ni nuestra cultura, ni nuestra alegría de vivir.  Almorzaré hoy unas anchoas con pan y nada más.

Gracias Antonio, Merci François.

martes, 22 de noviembre de 2011

MÁS ARROZ...


(Foto de Ana Maestre) Vuelvo al arroz como al lugar donde he sido feliz. Un arroz nómada de conejo y setas que sazono con un sofrito de tomate, cebolla y una punta de pimiento verde cornicabra. Vuelvo al arroz de grano bomba embebido con todo el sabor de monte y de la infancia. Primero dorar los ajos en buen aceite, y luego el sofrito  lento con las verduras en picada diminuta, después rehogo el arroz y añado el conejo deshuesado que antes cocí con zanahorias, laurel y vino. Después las setas troceadas. Esta vez boletus secos, que hasta el bosque está en crisis. Y por fin el caldo justo de cocer el conejo. Poco antes de terminar, rocío el guiso con medio diente de ajo muy machacado y el zumo de medio limón. Así lo aprendí hace muchos años de Sixta al amor de chimenea y trébede. Vuelvo al arroz de otoño, sin mucho adorno ni refino. En las encuestas sale la tortilla de patata delante del arroz entre las preferencias culinarias de la tribu. Esa manía que tenemos los sociólogos por hacer ranking y obligar a preferencias a la gente. Yo no sabría decir en donde hay más amor o más sabor.

Vuelvo al arroz de caminante, de peón caminero, de pastor, de cazador de a pie. Y sin embargo, bajo el rotundo sabor a caza y bosque, el arroz sigue teniendo para mí la textura de algo exótico y delicado. Donde se come arroz está mi casa y donde no se come es tierra inhóspita. Mi infancia feliz es el arroz y el mar Mediterráneo, lejos de ahí siempre me he sentido un extranjero.

lunes, 21 de noviembre de 2011

MACROLEPIOTAS CON PATÉ DE BOLETUS


(Fotografía de Romá Senar midiendo olivos de más de mil años)

Saboreo esta noche unas setas con aceite y el perfume que dejó vuestra risa.

Tal vez sólo los árboles son sabios y leales, fieles a la lluvia y a la tierra, generosos sin medida y bellos siempre. 

Nunca conocemos a quién tenemos cerca hasta que un día descubrimos que es un extraño o una extraña, que nunca supimos de él o de ella el color de sus sueños, el afilado filo de su placer o el camino que de verdad quería pisar al llevarnos de la mano. Sobre la intensidad aparente del amor, sobre la intimidad crédula del deseo, sobre el tesoro aparente de los años compartidos se extiende un fina capa de ceniza que borra cualquier rastro, todo sabor, todo tacto.

Y sin embargo, también, en ocasiones, como un árbol milenario, como un olivo antiguo,  la amistad resiste la lluvia y la belleza, las alegres infidelidades y las pequeñas traiciones de la distancia o del silencio y se mantiene en tierra generosa ofreciendo la fruta secreta del reconocimiento. Vosotras sabéis de verdad donde estuvieron las rendiciones, las perdidas, las derrotas, las imprudencias, la verdadera lealtad que nunca disimulamos cuando estuvimos juntos, aunque me deje arropar sin pudor por el silencio y vuestras palabras. Y aún así y por eso, el brazo en la cintura, la mirada sin farsa, la sonrisa desnuda, todo asoma verdad y ternura, calor y compartir, risas y sorbos. Y es que me siento igual, siento lo mismo y os veo igual. Nada transforma aquel tiempo. Saboreo el vino, brindamos, comemos juntos, setas, liebre, la tarta de chocolate más buena del mundo y la noche despacio. Pienso cuando os miro que gustaría ser incansable e inmortal como entonces, pero sin añoranza. Los tiempos por venir, siempre mejores.

Al día siguiente, ya lejos de la ciudad, camino por el campo entre robles y olivos milenarios, cuidado por los hijos y por noviembre, sintiéndome frágil y feliz. Preparo después unos galipiernos, parasoles, macrolepiotas, unas sencillas setas a la plancha que convierto en suntuoso festín con un poco de paté hecho con boletus secos y aceite.

Luego cae la noche y mucha lluvia. Los hijos duermen. Releo unos versos:

“Daría los mares vividos 
e incluso los océanos no soñados todavía,
creedme, por una noche al azar de aquellas tantas
en que fui feliz con vosotras y no lo supe”

viernes, 18 de noviembre de 2011

FRITANGA IV


(imagen Freeone)
La cocina anticuada, ya arqueológica, me hace feliz si está bien hecha, con ciencia y amor, con saber y ganas. Nada más actual, joven, innovador, rabioso de futuro que la cocina anticuada, desde los guisos pardos a ese amor anticuado que no busca convertir en espuma un potaje ni hacer malabarismos ni terapia sexual con la entrepierna, que no quiere un cocido zen ni un ligue liquido y saludable como diría Zygmunt Bauman.
De ahí mi interés estos días de nuevo por el mundo de la fritanga y sus fronteras. La patria del aceite de oliva caliente, tan anticuado y tan mágico. Algunos cabrones, dietólogos, astrólogos, vendemotos, charlatanes, matasanos dicen que el aceite, que los fritos, engordan, no te jode, que novedad, es una grasa, no va a ser adelgazante. Pero la fritanga es una ideología potente, viva, contumaz, nos tatuaron la adicción seguramente antes de soltar la teta de nuestra madre y es imposible ser ex-fritívoro sin caer en la melancolía o, peor, en la tristeza. Me temo que el árbol de la ciencia del bien y del mal no era un manzano como el de la imagen sino un olivo.
Hoy me voy a hacer unas patatas fritas. Podéis decir que os vais a hacer unas “manzanas de tierra al zumo de olivas” si os parece, dicho así, más dietético y adelgazante.

Las corto en juliana gorda, las lavo bien en agua, las seco con un paño. Las hago nadar en la sartén con aceite caliente abundante, pero no demasiado caliente, después, cuando ya están blandas, subo el fuego para que se doren y crujan y añado dos dientes de ajo muy picado el último minuto. Las saco de la sartén sobre papel de cocina y derramo una lluvia de sal. Acompaño la fritanga de patatas con un salmorejo suave, un poco de mahonesa, mojo rojo y pesto casero. Voy pringando en una u otra salsa y sintiendo como el aceite me engrasa los gorces del alma.

Miles de años ya cocinando con aceite. Zumo de oliva con el que masajear el cuerpo y lubricar el deseo. Tenemos en España cientos de aceites maravillosos. Tengo a mano un Mérula de mi admirado Valdueza. Leo las líneas de cata como quién lee un verso o la definición de un exótico afrodisiaco: “aceite muy frutado con notas a verde, fresco, hierba, hoja y césped recién cortado. De entrada se presenta muy dulce, almendrado con posterior ligero amargor y toque de picante. Destacan también sensaciones a alcachofa, tomate, almendra verde y ligero plátano.”

Todavía hay quién, emulando a los amantes de“El Ultimo tango en París”, le dan a la mantequilla, inconscientes, ignorantes. Nada con un buen virgen extra para jugar.

martes, 15 de noviembre de 2011

GRANADAS PARA DORMIR



(Pintura de Atsushi Suwa)
Me gusta mucho la ensalada de naranja, cebollas tiernas y granos de granada espolvoreada con una “mihina” de pimentón y sal. Me dices que en todas estas recetas hay últimamente mucho  sexo, pero yo no veo ninguno, solo palabras y sabores, memoria y fantasía. El deseo lo dejo para cuando estás cerca o cuando estás lejos y me acaricio de memoria. No soy un buen cocinero, ni un buen enamorado, ni un gran amante. Sólo puedo decir que pongo tiempo y corazón en todo lo que hago y que tiempo y corazón es lo único que tengo.

Tiempo de higos pasos, nueces, castañas y granadas. Una vez tuve un granado, le hice crecer despacio y fuerte a pesar de la tierra y el lugar. Luego planté otro cerca de un arroyo. Ese no es mío ni de nadie, crece despacio y fuerte libre de muros. Ensalada de granadas para cenar, del granado que crece libre y es de nadie.

lunes, 14 de noviembre de 2011

TAL COMO ÉRAMOS



Hoy de nuevo comida y cine.

Hay películas que nunca me cansaré de ver una y otra vez.
La música de estas tres películas, de John Rubinstein, de Marvin Hamlisch y de John Barry se nos quedan enredadas en la memoria más dura y en estas historias la comida está en muchas escenas y señala momentos importantes para entender las emociones que viven los protagonistas…

Hoy recuerdo a Sydney Pollack, tal vez porque ayer vi “Las Aventuras de Jeremiah Johnson” y hace nada “Tal Como Éramos” y “Memorias de África”.

…El tasajo de oso que devora Jeremiah cuando entra en la cabaña del viejo cazador ermitaño y con el que luego, años después, ya convertido en un experto hombre de la montaña, comparte un conejo asado…

…O la primera cena que prepara Katie (Barbra Streisand) al que será el amor de su vida (Robert Redford), en esa minicocina neoyorkina...

…O esa otra cena en la gran casona africana que le prepara Karen (Meryl Streep) a Denis, empeñada ella en que los sirva el camarero negro con guantes blancos. Luego la velada se alarga con copas y cuentos a la luz de la chimenea…

Gracias Sidney.

En esos momentos hay magia, silencio, pocas palabras. Todas esas películas hablan del tiempo y de cómo el tiempo cambia muchas cosas, pero no otras, no las que importan.

PESCADO EN SALSA ROJA, NEGRA, VERDE Y BLANCA


(fotografía de la modelo Tara Lynn)


Menos meter nata en una salsa, me gusta casi cualquier cosa. Aunque el amor no me gusta desnatado, sino con toda su grasa, crema y espesura (abtenerse sílfides, dietófobas y tallas por debajo de la 40).

¿Que dónde estoy más en mi salsa? Debajo de ti o encima de un lomo de bacalao desmomificado cuyo “oleo” voy a utilizar para jugar a pintar un cuadro con las cuatro salsas patrias: salsa roja de pimiento choricero, salsa verde de perejil, salsa negra del chipirón y la salsa blanca y marfil del propio pilpil.

Tras armar el pilpil, (utilizo el lomo de bacalao para fabricar un atascaburras) con la emulsión enriquezco las cuatro salsas roja, negra, verde y blanca y coloco encima un filete de gallo (pescado) desespinado y apenas marcado en la plancha.

Ni salsas pardas, ni salsas de mantequilla, ni currys fosforescentes, ni salsas de pomodoro, ni mostazas del norte, ni agridulces orientales. Carne de choricero o perejil y cebolla o tinta de chipirón con cebolla o emulsión de gelatina de bacalao más aceite de oliva y ajo frito. Cuatro salsas rotundas, ibéricas, íntimas para hacer nadar sobre los cuatro riachuelos de colores a este gallo sin cresta ni espolones de carnes blancas y piel crujiente. Pero podemos utilizar cualquier otro pescado barato y bueno. ¿qué tal un lomito de caballa?

¿Que para qué se hizo el pan? Para pringar en las salsas y rebañar el plato.  En todas las salsas ricas de la vida. 

domingo, 6 de noviembre de 2011

TARTAR DE NAN


Tartar de bisonte, de búfalo o de toro de lidia. Carne de lujo.

Se llamaba Nancy, como la protagonista de la novela de mi añorado tocayo Ramón J. Sender, pero a ella le gustaba que la llamaran Nan. Cocinera, hispanista, antropóloga y sobre todo experta en carnes, en los mitos y las debilidades de la carne, la historia y la prehistoria de la carne, del costillar de mamut a la perdiz faisandage, desde el tartar de Atila a los estofados caníbales que ya citara Cabeza de Vaca, de la carne de joroba de bisonte al solomillo de lidia, de conejo salvaje al canguro de granja, del caimán de piscifactoría a la liebre de montaña, de la capibara al cabrito, del viejo buey avileño al crudo riñón de antílope. Las había probado todas. Soy una carnívora teórica y práctica, título con el que más le gustaba adornarse.

Y a ella le gustaba sobre todo visitar conmigo las botillerías, los mesones, las tascas, tabernas, las casas de comidas y los fogones…de Madrid, lugares para ser feliz con una cerveza y un platillo con memoria, sin experimentos, degustando guisos hiperrealistas, decía.  Los camameros, casi siempre sesentones, que habían visto de la vida todo lo visible y lo invisible, desde la cogorza del ministro franquista y frailuno, a un marciano de incógnito o la teta dulce de Ava Gadner, se quedaban con la boca abierta cuando veía devorar a aquella yanqui guapa, trigueña, veinteañera y delgadita el generoso plato de lengua estofada, la ración doble de callos y el solomillón de toro de lidia mojado con cuatro vinos y tres cervezas y sin parar de hablar.
Le gustaba pringar pan en las salsas y no dejar ni brizna del guiso de tomate de los callos, de la cebolla dorada de la lengua, de la suave mostaza que acompañaba al toro en aquella taberna de Tirso de Molina. Y luego pedir otra de callos picantes y otros dos vinos antes del postre de arroz con leche que le encantaba.

Una vez, mano a mano, venció a Xavier Domingo degustando uno de esos cocidos fastuosos y quevedescos que ponían en cierto mesón ya extinto. ¡No puedo más! dijo Xavi, pero como alguien cuente que he sido vencido por esta fideo guiri, prometo degollarlo y convertirlo en carne de pastelillos de a ocho maravedíes. No podía más pero aún así pidió el postre de natillas y dos orujos para hacer bien la digestión. Así era Xavier, genio y figura.

…Botillerías, mesones, tascas, tabernas, casas de comidas, fogones… Lugares donde he sido feliz y que se van extinguiendo como los mamuts, Decía Nam. Cómo no amarla. Ahora tiene cuarenta la señorita y sigue con salud y hambre recorriendo el mundo y repasando sus carnes y sus mil formas de guisarla. Ha escrito libros, da conferencias, la entrevistan a veces en esas teles de yankilandia que veo por el satélite en las que habla, ante el horror de la periodista anoréxica, de la salsa de sangre de lamprea, del sabor del hígado de foca crudo y aún caliente de vida, del solomillo de bisonte bien sangrante y de esta receta de steak tartar de toro que me ha mandado en un email y que hoy me hago en su memoria.

De:Nan.beef@gmail.com

Te escribo la receta que me pediste. Solomillo de toro, carne de lujo, picado a cuchillo, sal y pimienta, chorro de aceite de oliva y nada más. No le eches salsas, ni Perrins, ni ketchups, ni mostazas, ni brandys, ni alcaparras, ni yema de huevo, ni nada que robe el sabor a esta maravilla vuestra. Saborea la carne con hambre y con nostalgia, con apetito y con curiosidad, con una sonrisa y un buen tintorro de buena crianza.
Un Beso de carnívora. Ñan.

Así firmó esta vez ella, Ñan, en lugar de Nan. Eso que decimos antes de hincar el diente a la carne. Mejor cruda. Viva.