miércoles, 6 de enero de 2021

"En 1921 o en 2021" CUENTO DE NAVIDAD (dedicado a Javier Reverte). #unaNavidaddiferente

 

 Tras dos horas de camino por una senda perdida, apenas adivinada entre los brezos, los tomillos y las jaras, llegamos al chozo grande. Me contaste que era antiguo. Lo habían reconstruido tus abuelos y antes los suyos y antes quien sabe, junto al arroyo Torvisco, aprovechando un pequeño hueco que en invierno tocaba la solana y en verano era un sestil fresco. En las piedras grandes de la entrada tocaste con tus dedos palabras latinas desgastadas o símbolos iberos, apenas sombras de letras cubiertas de liquen gris que no supe leer. Semanas antes subiste sola a restaurar la techumbre con nuevas retamas verdes, limpiado el interior y preparado fuera una buena carga de leña junto a la zahúrda y la majada desmoronada, ahora totalmente llenas de zarzas y helechos secos. Habían parado por allí nómadas de antes de inventarse la historia, peregrinos del norte, ganados trashumantes a los que pillaba la primera ventisca, contrabandistas de café con Portugal, maquis perdidos y huidos de cualquier guerra o de cualquier paz. Encendiste el fuego y las velas. Extendiste el gran saco americano de plumas sobre las pieles de cabra. Ordenaste sobre la mesa tocinera, taraceada por mil cicatrices, las mismas viandas del festín de hace cien años: queso de oveja de Trujillo, pimientos encurtidos, tasajo de montés, una ensalada de corujas que habías recolectado en el arroyo y que aliñaste en un viejo cucharro, pan del Guijo, el mejor vino que encontraste, licor de café casero, perrunillas, higos secos preñados con nueces y el diario. Un buen Panamá de Smythson con un 1920 grabado en oro sobre el cuero. Bebimos, casi de un trago, un vaso de vino, tapaste la entrada con las mantas muleras, se templó el habitáculo y comenzaste a leer:

 

"Encendí yo el fuego, tú aún no sabías. Aulló no muy lejos un lobo joven, sonreíste, no sabría decir si por timidez o con un poco de temor. Un chico de ciudad. Una chica de pueblo. Aunque yo sabía hacer una hoguera con yesca y pedernal, había vivido sola en París tres años, sabía tirar con rifle y leía a Keats o a Chéjov en sus idiomas y tú apenas habías salido de Tetuán de las Victorias. Luego aprendiste todo en el otro Tetuán, pero entonces, allí, en ese confín remoto de Gredos, todo era nuevo y distinto para ti. Nos habíamos amado ya otras veces, las suficientes para saber cómo rozar, donde morder o en que momento esperar, pero siempre sobre las civilizadas camas del Hotel Inglés, tras delicadas cenas en Lhardy o el Alberto hablando del inútil de Dato o de la última de Martínez Sierra o del baile en el Bellas Artes en donde nos conocimos, nunca de la guerra de Europa o del polvorín del Rif a punto de estallar o los disturbios de Barcelona en los que había estado con mi padre o de la extraña gripe que se había llevado en unas pocas semanas a los nuestros. Nunca del todo desnudos como esa última noche del año mil novecientos veinte al veintiuno. Esa noche fue muy diferente".

 

Dejaste de leer. Te desnudaste. Nos metimos en el saco. El fuego aún ahumaba el habitáculo. Tuve que hacer un esfuerzo para recordar que íbamos a entrar en el año dos mil veintiuno, y que allí, hace un siglo, otros se estaban escondiendo en este mismo viejo saco dejando fuera el pudor y el miedo, todo lo manso y previsible con lo que engaña el futuro. Te olía el aliento a vino. Sonreías dentro de mi beso. Metí los dedos dentro para luego chuparlos y guardar tu sabor en algún lugar a salvo. También nosotros, hasta entonces, habíamos follado en habitaciones con calefacción, conectados al mundo por mil chismes y viviendo la incertidumbre de una nueva pandemia de la que, por ahora, nos habíamos salvado. Tenías la piel de la espalda muy caliente y me agarraba a los huesos de tus caderas. Empujabas tú. Vi un chispa volar sobre el fuego y desaparecer antes de llegar a la techumbre. Volvimos a beber los vasos hasta el fondo sin saborear el vino y me pediste que siguiera leyendo:

 

"Me gustaba tu delgadez de niño malcomido aunque el trabajo y tu apetito habían escondido la tristeza y ahora tenías un cuerpo fuerte y seco. Te muerdo aquí o allá como imagino que muerden las lobas no muy lejos, en la oscuridad nevada de estas sierras. Deseaba beberte, celebrar otra vez que estábamos a salvo, agotarte sólo para saborear entonces tus risas y tu leche, las palabras nuevas, una forma de explicarnos la historia que hasta ese momento habíamos ocultado. Salí a orinar. Me alejé del chozo bastantes metros, me metí en la oscuridad, disfrutando de las agujas de nieve en los pies, la helada cubriendo el monte, una libertad que no volvería a sentir. También aullé, tras coger mucho aire, casi dolía el frío en entrar en el pecho. El viento había alejado las nubes de la tarde y la Vía Láctea tenía una nitidez que jamás había visto. Luego pegabas gritos cuando te abrazaba fuerte para entrar en calor y querías o no querías ablandar con tu aliento mis pezones. Aunque no lo sabías, yo estaba acostumbrada a la intemperie. Mi abuelo había sido alimañero, vendedor de pieles, emigrante a Cuba, maestro rural, anarquista buscado, pero su hijo, mi padre, convirtió parte de esa forma de vida en un buen negocio en Madrid. Con él tuve el privilegio de recorrer desde la adolescencia las ciudades más perdidas de Europa. He ido a Joensuu, al norte de Finlandia, a comprar pieles de zorro. Allí el invierno congela el propio orín según cae al suelo, a Tomsk donde los soviets han montado una eficiente industria de cría de visones, a Estambul para pujar en el mercado por las mejores partidas de pieles de astracán, incluso acompañado a mi padre a Dawson Creek en Canadá para comprar castor y después hicimos un largo viaje hasta Manaos para comprar pieles de anaconda y de nutria gigante".

 

Ahora, por un instante, duermes. Me has pedido que escriba en las páginas que hay intactas en la mitad de este Panamá cómo es esta noche, nuestra noche de lobos y pandemia, de fin de época y porvenir dudoso. Como si quisieras dejar en el fino papel marfil un nuevo rastro de migas para otros amantes del futuro. Escribo y describo el camino hasta aquí y cómo hemos seguido el diario, no tanto al pie de la letra como al pie del deseo y el instinto que también los encendió a ellos esa noche de hace casi treinta y seis mil quinientas noches. También escuchamos los aullidos de las fieras que han vuelto aquí tras estar extintas, el crepitar del fuego o la sensación de estar por encima de los siglos y las máquinas, a salvo de esa forma de tiempo que siempre agota el amor y derrota la belleza de la piel. Respiras tranquila refugiada en mi abrazo o en el sueño, en este antiguo saco de ir al ártico que tu abuela compró en Dawson, seda salvaje de doble hilada en verde kaki y plumón de ganso gris. Podrías dormir al raso y a veinte bajo cero sin sentir frío, me has dicho antes. Me entierro en él o nado o bajo a buscarte, a meter mi nariz entre tus tetas y oler el sueño. Salgo con cuidado. Pongo más leña. El humo se va por las toberas que tiene el chozo más arriba, antes del engarce de las piedras con las vigas finas y rectas de tronco de castaño. Te despierta la luz de la llama, mis movimientos, las ganas de seguir tocando la piel, sus pliegues y penumbras. Me preguntas qué he escrito y te lo leo ¿Cenamos ya? Vuelves a llenar los vasos. Ordenas en dos platos de loza el queso y la cecina, la ensalada de berros salvajes que aliñas con aceite y el vinagre de los pimientos. Sacas de alguna parte unos tenedores tallados en madera de tejo. También eran suyos ¿Has escuchado al lobo? Ha sido muy lejos. Nada queda de ellos salvo el diario y el chozo. Dices. Y vuelves al diario:

 

"Mi abuelo, que de adolescente cepeaba zorros por estos montes, no se parecía en nada a aquel viejo masón, librepensador, rico, amante de la poesía y del oporto que supo huir a Londres a tiempo tras cierto magnicidio, aunque luego volvió con otra identidad. En su juventud acompañó nada menos que a Anselmo Lorenzo a Londres en el 1871 a la conferencia de la A.I.T. y allí conoció a Carlos Marx en persona, aquel año de la Comuna de París y sus quince mil muertos. Un año después coincidió la escisión entre marxistas y bakuninistas en la I Internacional. Pero con su muerte repentina por el cólera, mi padre se vio obligado a convertirse de la noche a la mañana en pequeño empresario, con tres oficiales cortadores, dos sastres, cinco aprendices, un contable, y en tutor de sus dos hermanos pequeños ya que su madre había muerto también de fiebres durante el último parto. Todavía el joven idealista, en el 1886, ya convertido en gran burgués, financiará en secreto los folletos de Anselmo “Acracia o República” y “Fuera política”, justo el mismo año en el que nace el infausto Alfonso XIII, el mismo año que comienza desde Estados Unidos la campaña universal por las ocho horas y se firma la abolición de la esclavitud en Cuba. En sus talleres hace ya mucho tiempo que se trabaja esa jornada y se reparte entre todos la mitad de los beneficios, pero en secreto y bajo juramento, si se supiera sus queridos amigos del casino le quemarían el taller. En 1903, justo el año en que los hermanos Wright fabrican su aeroplano, financiará la aventura de la Editorial de la Escuela Moderna del viejo compañero Anselmo y de Ferrer y por último, seis años después, el año de la semana trágica, del fusilamiento del pobre Ferrer, ayudará a Lorenzo en su destierro en Alcañiz. Yo le acompañé para llevarle algo de dinero. Pero ¿toda esta pequeña historia de mi gente a quien importará en el futuro? Vuelvo a tu cuerpo. Ya no soy la señorita elegante que desnudabas con timidez".

 

Dejas de leer. Joder con tu abuela. Te digo. Sonríes. Buscas en tu mochila una fotografía. No vivieron la guerra. Les pilló de viaje y no volvieron. Aunque sí la otra, la grande. No sé cómo acabaron en Berlín o por qué se fueron luego a Finlandia. Mi abuelo había estudiado gracias a la Junta de Ampliación de Estudios, se hizo profesor, físico. inventó un sistema para regular las ópticas de los telescopios que aún se utiliza. Apoyó la construcción de un centro de investigación de auroras boreales en 1913 en Sodankylä, 67 grados norte. Iremos. La abuela le enseño a cazar y con ella hizo su particular guerra, contra los soviéticos primero, luego contra los nazis y después otra vez contra los rusos, ajenos a los pactos, acuerdos y negociaciones que hubo durante la guerra mundial. Perseguidos por todos, nadie pudo atrapar a la pequeña guerrilla de aquel español raro y aquella señora elegante. Me enseñas la fotografía. Deben tener entonces cincuenta años. Ella tiene un aire a ti. El año pasado apareció en el desván de la casa familiar un petate militar con este saco, una navaja grande y este cuaderno Panamá. A mi padre lo crió su hermano pequeño y apenas sabía casi nada de su madre. La familia siguió con la peletería hasta los años ochenta y luego vendieron el negocio. También tengo este recorte. Junio del cuarenta y nueve. He rastreado la noticia hasta un periódico canadiense. Dos excursionistas desaparecidos por una crecida repentina del río Klondike. Ellos. Vivieron guerras, epidemias y todos los desastres del siglo XX para morir ahogados en un río helado. Nos quedamos en silencio mucho rato. Luego te incorporas y bebes un trago de licor café de la cantimplora y muerdes una perrunilla y me pides que siga leyendo un poco más. O escribiendo:

 

"Tal vez construyera este chozo confortable un pastor con imaginación, un suevo arrogante, un soldado bereber, un legionario que llegó de Tracia, un visigodo perdido o un topógrafo aburrido o cazadores íberos, arrieros duros, vagabundos de otros siglos que desearon por unos días un hogar. Y luego los míos. Y ahora yo. Me gusta cómo amas y como abrazas y cómo dejas que nos arrope el silencio. Sentirte otra vez dentro. Probar de nuevo el sabor del vino en tu boca. Saborear esta sorpresa de sentirte por fin salvaje. Tal vez ha sido la maldita gripe que llaman española y la tristeza de estar solos, que nos nos quede nadie, de tener que comenzar, de resistir. Conmigo. Contigo. Quiero llevarte a mis viajes. Llenar este cuaderno con nuestros días. Escribir cada navidad nuestro propio cuento. Volver todos los años al chozo. Mantener esta costumbre. No perder jamás este deseo. Poder aullar como una loba cuando me corro y que respondan las fieras y que sonrías. Sierra de Gredos. 31 de enero de 1920".

 


 

lunes, 28 de diciembre de 2020

TOCINACO

Me gusta el tocino. Los humanos europeos sobrevivimos a hambrunas y glaciaciones gracias al tocino y al ingenio. Hoy es el diablo o algo peor, un delincuente alimentario atascador de arterias, abultador de barrigas y culos, alimento infame de épocas atroces y por fortuna extintas. Pero a mi me encanta. De la panceta al ántima, del tocino de cocido a la veta blanca del buen jamón. El tocino toca algo ancestral del paladar si está bien guisado y salado en su punto. Una curiosa “prueba del nueve” os la dará un niño pequeño cuando ya tiene algunos dientes y puede masticar. Colocad en un plato pequeños dados de tocino y en otro pequeños dados de buena carne y azucarillos, el cachorro humano, ya sea inuit o san, europeo o cherokee preferirá siempre el tocino. Paladar instintivo, se llama.

En China degustan el hong shao rou plato venerado por el glotón y cabrón de Mao, pero en una aldea del norte de Zamora probé una vez un guiso semejante que me pareció exquisito. Andaba de zascandil buscando una ruinosa ermita troglodita que no encontraba cuando me topé con una casucha de pastor en medio de la nada junto a un enorme nogal que parecía sacado de un cuento de los Grimm. Fuera hacía muchos grados bajo cero, neviscaba aunque era abril y al empujar la puerta me encontré con un hombre amable de edad indefinida, entre los cincuenta y los ochenta, afanado en las brasas de una buena chimenea, los mastinacos que le acompañaban apenas levantaron las orejas cuando dije buenas tardes. Yo puse la bota, pan reciente y mandarinas, él me ofreció aquella delicada vianda, tocino de cocido, cortado en lonchas regulares y dorado apenas en la sartén con un chorro de vino dulce, comino y azúcar. El tío era un gourmet avant la lettre. Sobre el pan de tahona comprado recién hecho esa mañana aquel tocino tostado y agridulce que se deshacía en la boca fue un manjar. Después, gracias a las indicaciones del pastor, encontré las ruinas de la ermita y a otra cosa.
A veces, con las sobras tocineras de un cocido, hago este bocadillo contra las glaciaciones por venir. Sabe mejor en invierno y en el campo, tras una larga caminata, apoyado con vino en bota, mirando un horizonte de montañas con nieves recién hechas.
 

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

FOIE Y VACÍO (Dedicado a nuestro amigo Philippe Albert)


No hay nadie. Comienzan a brillar por el cielo las ristras de satélites de Musk o de Xi Jinping que mantienen el ruido y la furia del mundo, la estela de algún avión de Ryanair que atravesará luego el Atlántico por un módico precio, el silbido de los primeros zorzales que vuelven de Siberia y vuelan hacia el sur y el trompeteo de los ánsares caretos que hibernan en los barbechos junto al río.

 

Aquí no hay nadie. Huyeron todos. Murió el disputado voto del señor Cayo y los últimos ancianos resistentes se fueron a la capital cuando acabaron de perder la memoria y sus nietos pudieron vender el tractor fosilizado en el corral y los trozos de páramo donde nacía antes buen cereal y malas lentejas, lebratos invisibles y codornices veraniegas. Hasta que llegaste tú, que te negaste a vender y que volviste.

 

Las aves migratorias se preparan. Se vuelven obesas para aguantar el invierno. Se atiborran de higos y uvas, semillas e insectos antes de que lleguen las heladas. Bajo la piel de sus pechugas, el estómago y la espalda se acumula una buena capa de grasa, y también en el hígado. Descubrieron estas gorduras tus antepasados y gracias a esos milagros de los metabolismos salvajes y la tradición culinaria que te enseñó tu abuela, guardas en la despensa confits y rillettes, grasa de pato y conservas de foie por si llega mañana o pasado mañana el apocalipsis, el colapso, el fin de los tiempos, la segura y definitiva crisis climática que derrita los polos y convierta por fin esta estepa en un nuevo mar de Tēthýs o tal vez en una isla deserta con dos náufragos perplejos y glotones. Tú y yo.

 

Me llamaste y me invitaste a cenar: “tengo níscalos peras y foie asado, huevos fritos y pan tostado, castañas dulces”. También acabó por decidirme la promesa de cierto Cariñena que aún recordaba. Me hice los trescientos kilómetros recordando tu olor. Me invitaste a ver tu nueva casa, a conocer aquel pueblo donde ya no vivía nadie. Y luego a dormir. Los romanos cebaban las aves con higos, después el maíz colombino sustituyó los antiguos engordes. “Solo por ese foie me hice afrancesada, también por esas tres palabras malsonantes, libertad, igualdad, fraternidad, por el pecho desnudo de la chica de Delacroix, por Baudelaire y por Dumas, por su orgullo y su arrogancia culinaria, sus Burdeos oscuros, sus ostras de Normandía y algunas joyas más que ya te iré nombrando cuando se vaya la luz de esta tarde de lluvia”. Eso me dijiste entonces y yo suelo repetirlo como si fuera mío.

 

Pero cómo no ir a vivir allí, en medio de la estepa y la nada y reconstruir el horno de pan, el pajar de atrás, la ermita con virgen negra, el balcón que da a la solana donde secamos los higos, la chimenea grande de la cocina, el lagar romano, la cama de madera de raíz castaño donde han debido de nacer diez generaciones y de morir doce sabios o trece, los cercados y refugios donde ahora engordas a los patos y este techo en el que cada teja ha servido para proteger el hogar desde los tiempos de Teudis o Luiva o quién sabe. Cómo no ir a estar contigo y reconstruir un rincón de esta España delmolinonamente vacía y desafiar al cemento y al asfalto. Despertarme por la noche cuando el viento helador estremece la casa y sentirme abrigado por tu abrazo en mi espalda. Pasear por el páramo pisando la escarcha. Bañarnos en el río el primer día de abril y repetir de cuando en cuando la cena de aquel día, un hígado entero de pato que abriste en dos y asaste sobre la chimenea en una parrilla que debió ser fenicia cuando nueva. Luego rociaste la víscera tostada al oro viejo con una lluvia de flor de sal de Mallorca y fuiste cortando bocados gruesos de foie que me servías sobre el pan recién tostado. Alternábamos aquello con el pringue anaranjado de los huevos y unos buenos tragos de ese tinto aragonés que predispone la piel a cualquier riesgo, deseo o agonía.

 

Tal vez ya no haya nadie allá lejos, en todas esas ciudades que abandoné para siempre, que se haya acabado por fin el mundo, aunque me temo que aún queda alguno porque cada semana llega la furgoneta a recoger tus conservas de foie micuit, de rillettes y confits. Algunos glotones felices deben de quedar por allí, en los confines urbanícolas. dices, “los demás no me importan, creen que el mundo sigue cabalgando encima de la flecha del progreso, que mañana podrán meter su alma consciente en un ordenador y vivir para siempre, que colonizarán Marte y plantarán allí achicorias y lirios. Aún no se han dado cuenta que eso no vale”. y yo repito aquí tus palabras como si fueran mías.

 

Nosotros, por fortuna, pertenecemos a aquella estirpe que nombró una vez nuestro amigo Manu Lequineche, al raro club de “los faltos de cariño”. Por eso nos buscamos aquí, en medio del páramo desierto y en este pueblo que hoy tiene de nuevo habitantes, por eso hemos reconstruido esta civilización antigua, rara, casi extinta, la de aquellos que saben hacer fiesta sin más gastos que dos cuerpos desnudos, unos vasos de vino, carne y pan, higos y fuego, trabajo y silencio, viento y río. La de aquellos que han vuelto a los pueblos abandonados para saborear el tiempo, para olerlo. Para mí tiene tu olor, que es el olor del universo cuando todo era bueno, mucho antes de Adán y de Eva, del Sputnik y el Mac, del bigbang y de dios. El olor de aquel día, el primero del mundo, tras aquella cena con foie, pan, huevos y vino, antes de amanecer, cuando me desperté en aquel camastrón centenario y tú estabas allí.

 


 

miércoles, 14 de octubre de 2020

RIGATONI LLENOS PARA LEE MILLER

Lee Miller, botas y uniforme fuera, en la bañera que perteneció a Hitler. Con aquel baño, dijo ella, se sacaba “el polvo que traía de Dachau”. Era su venganza poética contra el régimen nazi, al que odiaba visceralmente
Si la fritanga está en nuestro código genético también lo está la pasta. Hay vida más allá de la boloñesa, el pesto y la carbonara. Me gustan los rigatoni gordos rellenos de verdura y salsa de queso de Torta del Casar. Es un plato sencillo y rico, consistente y ligero, untuoso y sutil. Hay quien prefiere “pasta de sobre” a esta pasta sublime, hay quién prefiere el amor con tarjeta de fidelización y puntos acumulables antes que el amor imperfecto del poeta silencioso, hay quién prefiere el exótico confort de un hotel cinco estrellas antes que el precario confort de unos besos en el banco de un parque. Para gustos la vida y sus colores. Pero nada como un beso tumbados en la hierba de abril y nada como unos rigatoni rellenos de verdura.

Pico una cebolla, dos calabacines pequeños y rallo una zanahoria grande, sofrío despacio en un poco de aceite todo esto y cuando está blandito añado un manojo de espárragos trigueros y unas sitake también muy picaditas, corrijo la sal y añado unas briznas de tomillo fresco. Con esta farsa relleno los rigatoni previamente cocidos al dente y los baño con una salsa hecha con medio vaso de nata, cinco cucharadas grandes de Torta del Casar y un poco de vino sauternes.

Los rigatoni tienen la “carne” consistente, gruesa, masticable  y las verduras con la salsa de queso saben de verdad a primavera. Es un plato de tenedor y cuchillo, un guiso a la vez barato y de fiesta.

Guiso dedicado a Elizabeth "Lee" Miller fotógrafa excepcional, reportera, escritora y cocinera. 

Cubierta de "the biography Lives of Lee Miller" de Antony Penrose.


martes, 21 de abril de 2020

ROSAS DE SARTÉN


Según tengo rastreado, las rosas de sartén son un dulce de origen “morisco”. Recuerdo hoy la receta de mi madre de estas “rosas fritas” que tanto me gusta hacer con ella. Ojo, en los postres sí hay que ser meticuloso con pesos y medidas: dos huevos, un cuarto de litro de leche en la cocemos un cuarto de flor de vainilla, una cucharada sopera de anís seco, más ciento setenta gramos de flor de harina y lo batimos todo. Luego sumergimos el extraño hierro en el aceite caliente (el utensilio parece un arma alienígena que disparará, si apretamos el mango, algún rayo fluorescente y fatal) y entonces comenzamos la danza de hundir el hierro en la masa líquida y de inmediato al aceite. La rosa o flor de sartén se desprende en segundos y nada burbujeante, se hace sólida, se dora, la sacamos al papel secante y cuando la vamos a comer la pintamos con unos hilitos de miel tibia. El hierro se puede comprar en cualquier mercadillo, cuando la vida vuelva a la calle.

La última expulsión de los españoles moriscos, repito de nuevo: “españoles-moriscos”, fue ordenada por el h.p. (sí, las letritas significan lo que piensas) rey Felipe III entre 1609 y 1613. Se estima que fueron desterradas unas 300 000 personas que tuvieron que irse de su país, de su pueblo, de su casa, de sus vidas tranquilas para siempre, casi con lo puesto, malvendiendo sus posesiones, siendo muchas veces robados por el camino.
Pero algunos pueblos lucharon contra esta infamia. Me produce especial emoción la historia un pequeño pueblo llamado Villarubia de los Ojos, que está junto a las Tablas de Daimiel. Se llama “de los Ojos” porque está muy cerca de “los Ojos del Guadiana” un paraje donde antes surgía como de la nada el precioso río Guadiana (hoy ya no es tan precioso, ni surge). Es curioso que la palabra "ojos" venga precisamente de un confusión etimológica de árabe ʕayn ( ﻋﻴﻦ , plural ʕuyūn ﻋﻴﻮﻥ) que significa tanto "ojo" como "fuente y manantial".

El pueblo de Villarubia tenía casi un 40% de población morisca. Y estos españoles-moriscos, tras ser expulsados, volvieron a escondidas a sus casas (o hicieron como que se iban pero no se fueron) y luego la totalidad de sus vecinos, del más noble al más plebeyo, les encubrieron e hicieron todas las trampas legales e ilegales, posibles e imposibles para que no fueran de nuevo expulsados. Y allí se quedaron.

Cuando por casualidad visité en el 1992 el pueblo, ese año de fiestas de “descubrimientos” pero también de memorias menos rememorada por otras tristes expulsiones, en la calle principal, en una anodina tienda de pan, miel y chucherías, vi que vendían muchas cajas con dulces fritos y también estas rosas deliciosas que inventaron los españoles moriscos y que también hacíamos nosotros en Extremadura; todos españoles mil leches si rascamos la seca tierra de la historia, o mil leches a secas, sin trapillo.

Villarubia de los Ojos, se llama el pueblín, y es de esos pueblos que a uno le llena de “orgullo y satisfacción” haber visitado y saber su secreto. https://www.rtve.es/…/otros-documentales-expulsion…/4002920/

miércoles, 1 de enero de 2020

EMI & BENI

Me dices que quieres ostras y yo recuerdo a Botticelli, aunque la concha de su venus fuera otra y me viene a la cabeza también doña Emilia Pardo Bazán, no porque perdiera como tú las bragas por la ventana de su carruaje en uno de sus cariños con Galdos, sino porque me gusta mucho su receta de ostras escabechadas.

Te recuerdo que los yacimientos ostreros de épocas paleolíticas y neolíticas suponen gigantes montañas de millones de conchas y muchos metros de profundidad. Comer ostras era siempre más fácil que pinchar a un mamut con un palito afilado o perseguir a un uro cabreado o cazar a una ardilla de una pedrada. Éramos cazadores, pero sobre todo recolectores de aquellos alimentos que eran fáciles de encontrar y atrapar. Las costas estaban llenas de abundante marisco: caracoles, almejas, lapas, ostras cuyo cocinado no requería tener un título del Cordón Bleu sino un puñal de sílex, quizá unas brasas y sobre todo hambre. Luego leemos los empachos de Brillat-Savarin y sus colegas, las docenas y docenas de ostras que se jincaban para desayunar y nos asombra su facilidad devoradora pero es que la afición ya venía de largo.

Se abren unas ostras grandes, mejor quince o veinte o treinta. Ya que se pone uno, la práctica lo es todo y abrir sus conchas siempre tiene cierto peligro de morir desangrado por un desliz del cuchillo. Yo tengo una Opinel diseñada para este arte, pero vale cualquier cuchillo corto, con punta y buen mango. Secamos los cuerpecillos con un paño, las rebozamos con una buena harina de maíz y las freímos en abundante y caliente aceite en el que antes hemos dorado unos dientes de ajo fileteados. Con un minuto vale.

Te cuento que hasta entonces, en los lugares donde se recolectaban, las ostras eran baratas, otra cosa era querer llevarlas hasta Yuste, de pozo de hielo en pozo de hielo y por la noche, para que el pirado de Carlos I se consolase tragando unas docenas con cerveza caliente. O que en ciudades alejadas de la costa llegasen vivas y no convertidas ya en una bomba podrida e intoxicante. Luego el transporte fue mejorando, se convirtieron en una moda aristocrática por el burdo rumor de suponerse afrodisiacas, la burguesía o la plebe con posibles quiso imitar el gusto, el erotismo venusino y se disparó su precio. Pero la demanda de ese nuevo mercado o moda y las enormes salinas abandonadas disponibles propiciaron el crecimiento de la ostricultura en el siglo XVIII. Y así hasta hoy, que comer ostras es casi asequible en cualquier parte del mundo. Pero antes de los aviones, las cámaras frigoríficas y el master chef, había gente aficionada al bicho tierra adentro o momentos en los que a uno no le apetecía andar a la intemperie en invierno y con alta marejada, con el culo al aire, para rapiñar unas cuantas ostras en un acantilado peligroso, así que inventamos como conservarlas, ya sabes, el bendito escabeche. Con esa maravilla vinagrosa y milagrosa se pueden conservar unos barbos de río, unas perdices quijotescas, tres cuñados pesados y unas ostras gallegas o normandas como las que tengo ahí.

Doña Emilia era una mujer admirable, una escritora estupenda y una cocinera fina que además escribió dos libracos de cocina que tengo en esa librería y uso mucho. Se titula uno “la cocina española moderna” y el otro “la cocina española antigua”, para qué andarse con rodeos. Los gilipollas de la Academia de la Lengua de entonces no quisieron admitirla y hasta uno la insultó diciendo que su culo gordo no cabría en el sillón letrado. Alguien que no sepa apreciar el culo generoso de una señora o es un simple o un imbécil. Por suerte su amigo Benito siempre supo apreciar su anatomía y aún más su inteligencia. Leer su correspondencia erótica nos enseña mucho de todo eso del deseo y sus placeres en tiempos del satisfyer y el porno online. Galdós y la Bazán se amaban, se admiraban y eran capaces de comerse dos docenas de ostras escabechadas y luego echar un polvo en uno de esos simones capotados saltando por el imposible adoquinado del Madrid del XIX. Los admiro.

Tras sacar las ostras de la sartén pasamos el aceite por una manga de tela para limpiarlo de grumillos harineros y pochamos en esa grasa una cebolla, un puerro y dos zanahorias cortados en juliana, un puñadín de pimienta negra en grano y dos hojas de laurel. Añadimos entonces un vaso de vino blanco y otro vaso de vinagre suave, dejamos cocer a fuego lento hasta que se evapore el alcohol, probamos el punto de sal, acidez y al gusto podemos suavizar este escabeche con una cucharada de azúcar. Añadimos entonces las ostras, los ajos fritos y las dejamos infusionar ahí, a fuego lentísimo cinco minutos, retiramos la sartén del fuego y las dejamos enfriar ahí sumergidas. La receta de Doña Emilia es algo diferente pero esta es la mía. Además voy a abrir ese champán tan bueno que me has traído, las cosas buenas es mejor saborearlas todas justas no sea que mañana sea el apocalipsis o cualquier cosa peor. Abre la boca y cierra los ojos. Estas las hice ayer. Sabían que te iban a gustar mucho más que las crudas de siempre con la maldita gota de limón. Luego te leo una de las cartas de amor de doña Emilia e intentamos una versión a nuestro modo. Ya sabes que en el gusto por el sexo, las ostras y las grandes novelas debemos aprender mucho del refinamiento bruto de nuestros abuelitos. Sobre todo de Benito y de Emilia.

sábado, 21 de diciembre de 2019

NAVIDAD CON NESQUIK Y LECHE DE CABRA RECIÉN ORDEÑADA



Comenzaba el noventa y dos. Todos decían que sería la apoteosis de una España por fin moderna, europea y beautiful, con olimpiadas y expos universales adornando los sueños húmedos de muchos. Pero él rozaba los veinticinco y acababa de descubrir a Chatwin, a Kapuściński y a Fermor, repudiando con arrogancia a Cela, Ruano o Azorín. Nada deseaba más que hacer su primer viaje equinoccial, proponerse una aventura cercana y también de alguna forma primitiva, lejos de turisteos y fáciles aviones, nomadear por una vez por dentro de España mientras se estaba más o menos perdido en la intemperie. El camino de Santiago se le antojaba demasiado sacro y ya muy masificado.  Se le ocurrió entonces hacer caminando la Vía de la Plata durante esos días de Navidad. Encontró anotados en una vieja traducción de Medea que  hizo su abuelo los nombres romanos de los lugares donde cumplían los millarios de la ruta: Augusta Emerita, Sorores, Castra Caecilia, Turmulos, Rusticiana, Capera, Caelionicco, Ad Lippos, Sentice, Salmantica,  Sibarim, Ocelum Durii, Vico Aquario, Brigeco, Bedunia y Asturica Augusta.  Seguiría ese camino, siempre andando, con una mochila pequeña, el saco y un cuaderno de notas.

Había hecho mentalmente un pequeño listado con los amigos a los que les propondría aquel paseo y qué razones seductoras enarbolar para intentar convencerles de esa locura. Entraba en el bar de la facultad cuando se chocó con ella y le salió aquella propuesta sin pensarlo, como cuando se desanuda un globo y sale el aire en un segundo sin poderlo impedir. ¿La Vía de la Plata caminando en las vacaciones de Navidad? Vale, pero cuando lleguemos a Astorga, ya puestos, habrá que subir hasta el mar ¿no?. No la conocía demasiado, apenas alguna litrona compartida con otros en el cesped, su cara en alguna asamblea, libros discutidos antes de los exámenes o aquel fin de semana con otros compañeros subidos a los tejados de las casas vacías del pueblo de Riaño mientras los guardias civiles les pedían “por favor” que se bajaran. Era una perfecta extraña pero en ese momento le pareció una buena compañera de camino, una más. Durante toda la mañana del último día de clase fue cruzándose con Alfonso, Marisa, Josiño, Lluis y Carmen. Todos tenían planes y navideñas obligaciones familiares aunque los argumentos de alguno le parecieron una mala excusa para esconder su escaqueo. Al día siguiente, en la estación de autobuses que les llevaría a Mérida solo estaban ella y él. Durante las tres horas de viaje el tiempo se les pasó sin sentir con la cháchara de la facultad, los proyectos por venir y los primeros trabajos precarios como tiernos sociólogos.

Fue al salir de la ciudad caminando por el primer tramo de la calzada romana cuando se dio cuenta. Estaba atardeciendo, hacía bastante frío. El sol sacaba de los campos extraños tonos verdes y dorados. Siguieron con las risas y las bromas todavía un rato hasta que se les hizo oscuro en medio del camino. Una oscuridad que se fue haciendo muy espesa en pocos minutos. Entonces vieron una tenue luz a la izquierda, no muy lejos. La señora, casi una anciana, les acogió con cariño. Les habló de su marido, la trashumancia, el precio de los quesos, los hijos emigrantes tan lejos, su gusto por cenar un Nesquik con leche de cabra recién ordeñada. Les dejó dormir allí junto al fuego, encima de un montón de sacos de arpillera vacíos. Ellos también compartieron con ella aquel brebaje con pan migado. Él tardó mucho tiempo en dormirse. Aquel lugar parecía al margen del tiempo, como si hubieran viajado de repente al siglo I o más atrás, claro que los romanos no tenían el Nesquik. Ella se durmió muy rápido. A través del intenso olor a leche cruda y queso, humo y leña de encina, cecinas ahumándose en lo alto y arpillera vieja, le pareció detectar un suave olor a limón y rosa.

Han pasado treinta años. Por el camino de todos esos años hubo ruinas y desdichas, espejismos, crisis, cansancios, soledades. Hoy tiene la certeza de que se puede viajar muy lejos, a lugares exóticos y asombrosos, sin alejarse miles de kilómetros de casa. No olvida nunca aquella Navidad. No olvida nunca el suave olor de ella por encima de todos los olores aquella primera noche o el sabor de aquel brebaje. No olvida nunca, tampoco, la mañana que llegaron al mar.
  


martes, 5 de febrero de 2019

HUEVOS EN TU SARTÉN


Siempre piensa que estos años fueron demasiados. Por todas las casas y ciudades fue dejando jirones de la piel invisible de la vida, pero también cosas. Libros queridos como aquella edición barata de “el viejo y el mar” que alguien le compró en La Habana. Objetos preciosos como el molcajete de piedra volcánica que le trajeron de Antigua. Trastos extraños como la Derringer de aquel bisabuelo que se gastaba las rentas en Mónaco un siglo antes. Pero nunca dejó abandonada la vieja sartén. En ella había cocinado mil golosinas y siempre se había salvado de todos los abandonos y todas las despedidas. Estos años, antes de partir, antes de cerrar una casa por última vez, cogía la sartén y la metía en su mochila, como si aquel cacharro  guardase dentro de su temple de metal un secreto precioso.

Era muy vieja y estaba muy gastada pero seguía siendo muy buena para guisar en ella unos huevos de corral. A fuego suave templó las escalonias picadas y luego salteó a fuego fuerte los boletus. Añadió entonces daditos de foie fresco y un culillo de Pedro Ximenez. Sumó después al guiso el chorro de nata y dejo cocer unos minutos. Luego trituró con mimo toda la farsa y la pasó por un colador muy fino. En la vieja sartén, de nuevo limpia, sobre unas gotas de aceite cuajó los huevos, añadió la salsa y ralló sobre el plato, con la mandolina más fina, abundante trufa negra.

Hoy cocinaba con esa sartén para ella por primera vez esos huevos receta de Abraham. Utilizaba el fuego fuerte de la llama pero también el fuego suave de todo el cariño con el que se sintió siempre protegido, cuidado tantas veces por el tacto de sus palabras y su risa, abrigado siempre por una amistad de tantos años. Cuando le regaló aquella satén ella escribió que se haría viejo y seguiría cocinando con ella porque la marca garantizaba aquel cacharro por veinticinco años. Él había sonreído ante esa seguridad en el futuro.

No han pasado aún tantos años o quizá sí. Se sientan a la mesa para comer los huevos de la misma sartén. El tiempo ha mantenido caliente el temple del metal y también el otro temple que los une.


PD: la receta de estos huevos es invención del cocinero Abraham García.

lunes, 10 de diciembre de 2018

AU REVOIR LES ENFANTS

El 30 de enero de 2019  cerraré GASTROPITECUS GLOTÓN, esta ventana que abrí hace ya diez años. Sólo tengo gratitud hacia los 500.000 lectores y lectoras que alguna vez pasaron por aquí a picar algo, palabras, recetas, experiencias, memorias, ficciones... Desde aquí salieron luego, en papel, "los dientes del corazón" (Baile del Sol) y "el Barco Caníbal" (Ediciones del Viento), así que algo perdurable quedará.

Y me alegra que desde aquí crecieran algunos apetitos y amores.  Un beso, nos vemos en las calles ¡Salud y Libertad!


"Mae fue a la cocina y preparó pan con aceite y anchoas, manzanilla bien fría, jamón. Encendió unas velas, te alimentó con sus dedos igual que antes te había alimentado con su deseo. La alimentaste con tu boca igual que antes lo hiciste con tus manos, ofreciéndoos los mejores bocados. Tenía el cuerpo aún muy delgado, pero ya moreno del sol de la primavera del sur y en el costado, junto a uno de sus pechos, una cicatriz aún violácea delataba el mordisco de la bestia, la lucha ganada. Después de comer y de beberos la botella entera de vino os cubristeis con una sábana. Sonaban los grillos en la vega y las velas iluminaban apenas vuestras caras. ¿Qué harás ahora? Preparo un viaje. ¿Un viaje? Sí, me voy contigo a ver a Raimond Royuela. 

Aún no puedes entenderlo, ni pasar a palabras lo que sientes, pero sabes que la vida, sin pedirlo, te ha regalado un trozo grande de plenitud llena de guindas, nata y chocolate. Un pedazo gigante de esa tarta. Hace una semana te preocupaba el informe sobre el test de la nueva campaña, las advertencias del jefe, la mirada inquisitiva de los compañeros, el cansancio crónico que te embota el cerebro desde hace ya muchos meses, tal vez años, el pitido del móvil. Después, tras la embriaguez de la huida, tras el alivio breve de haberte despedido por fin, viviste la angustia, el no saber y el saber que la vida de tus veinte últimos años se resume muy bien en una sola y precisa palabra: nada. Luego te embarcaste en una estúpida búsqueda de un vellocino de papel inexistente por hacer algo, por ir a alguna parte. Sin embargo, ahora, abrazado de nuevo por las piernas de Mae, respirando su aliento y sus palabras, dejándote llevar, besando su cicatriz violácea, su vulva rosa, sus ojos negros, no queda nada de aquel hombre que llegó cansado a la verja de una casona de las afueras de Sevilla. Estás desnudo, por fin, del infinito peso del tiempo malgastado. Después, cuando ella te cuenta quién fue, a qué sabe de verdad el dolor, de qué color es la muerte, entiendes que es verdad, que no se trataba de una borrachera fugaz de sexo y primavera, sino de un reconocimiento, de una sorpresa, de una certeza. Tienes en los brazos un trozo de la gran tarta de la vida entero para ti. Toma, cómetelo entero, compártelo con ella, di que sí.

No te duraban los novios más de dos semanas, tanto en Madrid como en Londres. Puntuales compañeros de amor, no soportaban a una mujer como tú. Solían huir atemorizados o recelosos de tus fuerzas, tu valentía o tu inteligencia. Por ejemplo, para decir NO en medio de aquella reunión de los asociados en la que se decidía, cosa hecha, puro trámite, la compra de Arax Company. No era un secreto que Winston London, uno de los jefazos de la firma para la que trabajabas, tenía un buen paquete de acciones. Tras tu NO, que sonó igual en la sala que una pistola que vaciase el cargador en el oído de un bebé, eso diría Jaime Watt después, tan amigo de los símiles extraños. Tras ese NO cristalino y fuerte, deshojaste casi entre susurros los argumentos que explicaban el desastre seguro que iba a suponer la adquisición de Arax, la trampa envenenada que se escondía detrás del aparente chollo. Patentes vencidas, fuga de ejecutivos, falsas innovaciones, beneficios apañados. Te jugabas el trabajo presente, tu carrera futura y, a decir de tu compañero James, Jaimito para ti, tu último amante huido, te estabas jugado el pellejo teniendo en cuenta que estaban sobre la mesa dos mil doscientos millones de dólares y que, después se supo en detalle, el beneficio que se hubiera embolsado Winston London por lubricar los goznes de la operación y vender su paquete de acciones el día después sería de un diez por ciento, doscientos veinte millones de nada. La cara del honorable socio fue adquiriendo un tono rosado a medida que veía peligrar primero y luego evaporarse después las ganancias de un enjuague que llevaba preparando tres años. Días después se tuvo que ir de la firma, sin cena homenaje ni despedida entre aplausos. A Mae le pusieron un par de guardaespaldas durante una buena temporada porque el cabreo del humillado daba para pagar media docena de profesionales de la muerte o más bien tres docenas. Había que tener huevos. Esa fue la expresión que James repetía con esa g gangosa que le salía cuando se empeñaba en utilizar frases hechas en castellano. Sí, la humillación de Winston ante el resto de socios fue similar a la que sintió Dios el día en que su ángel favorito decidió llamarse Satanás. Símil de Jaimito. La firma le dio unas palmaditas en la espalda y sufragó los gastos de los gorilas protectores, pero no hubo movimientos de ascenso, ni gratificaciones para Mae a pesar de que su NO había salvado a la firma de un batacazo seguro. Sí, Mae era minuciosa, hacía los deberes, exprimía sangre de su hoja de cálculo, sabía dónde llamar para desentrañar la verdad y cómo mirar detrás de la hojarasca lustrosa de las cuentas de resultados. La niña encantadora, la chica aplicada, la dulce y culta Mae era la mejor broker de la firma, aunque le escociera la entrepierna a más de uno. Porque los tíos, sus compañeros, sus jefes, tan educados, tan masterizados cum laude, tan políglotas y mundanos tenían siempre bajo el caparazón de buenas personas al cavernícola machista falócrata y se les arrugaba el pene a tamaño cucaracha cuando esa tía tan buena a la que se estaban tirando se corría antes que ellos y salía a fumarse uno de esos Partagás que le había regalado un cliente satisfecho por sus valiosos informes. Ver a esa chiquilla desnuda en la terraza helada de sus apartamentos londinenses fumándose un habano más grande que sus penes antes de perder la virilidad descolocaba al más arrogante seductor de la oficina. Los tíos, siempre apegados a la receta mágica, al gimnasio con sauna y la lectura discreta del Cosmo en la peluquería, se habían tragado eso de que lo importante era dudar a costa de lo que fuera y ahora acabamos todos con la entrepierna escocida de tanto culeo martillo pilón. Más de uno y más de tres visitaron con su mujer al terapeuta sexual después de una noche de cama con Mae. Más de dos no volvieron ni a pensar en ser infieles a sus mujercitas inteligentes pero lo justo, feministas una chispa y orgullosas siempre de sus fogosos mariditos, tan guapos, seguros, musculosos, dulces y ocupados y también tan despreocupados siempre de los apretones a la Visa. Esas eran las mujeres con las que todos sus compañeros deseaban casarse, listas, desenvueltas, viajadas, a la moda, mezclando ropa cara con trapos de GAP, Zara, H&M. Mae no. Por eso, cuando la niña se despidió sin muchas explicaciones y volvió a Madrid, todos resoplaron aliviados y más de cuatro hubieran pensado eso tan católico de se lo merece por lista, por guarra, por mujer y por creerse mejor que nosotros y demostrarlo si hubieran sabido que el motivo de su huida era un jodido cáncer agarrado a su pecho.

Tú no sabías entonces nada de ese pasado. Solo sabías que te gustaba escuchar cuando te llamaba idiota antes de besarte muy rápido y seguir mirando la carretera. Idiota por nada. Como el mejor de los halagos, solo por estar ahí camino de París, mirando su perfil con los ojos locos del amor. Mae. Como Mae West. When I’m good I’m very good, but when I’m bad I’m better. Dios sabe cuál sería la fantasía de su padre o de su madre cuando le pusieron el nombre o la cara del cura el día del Bautizo. Mae, morena, delgada, extraña, seria. Tenía en alguna esquina de su corazón ese genio de la otra Mae, esa forma de reírse de la vida y aguantar, de no conformarse y nunca, nunca darse por vencida. Detrás de su aparente fragilidad era una mujer indestructible. Pero eso también lo supiste después, cuando ella ya no estaba contigo y te quedaba a ti contar esta aventura. Mae, su voz en tu oído antes del amanecer, el olor de su aliento, la forma en que te llama idiota y sonríe igual que cuando te abraza en sueños. No sabes en qué momento te dijo aquello. Las cartas de amor necesitan de tres sencillos ingredientes: sobre todo tiempo, distancia y palabras, además del amor, correspondido o no. Tiempo, porque solo quien tiene tiempo por delante puede pensar despacio, recordar con lentitud o inventar mil futuros posibles para su amor. Distancia, porque solo la distancia nos permite enfrentarnos al vacío, a la soledad de tener lejos al otro, la incertidumbre de temer que tal vez él o ella solo sea un espejismo o un invento de nuestra imaginación. Y palabras, con frecuencia palabras que se han ido repitiendo en muchas cartas por muchos dedos a través de los siglos, palabras para evocar, acariciar, describir, hacer daño, nombrar el amor. No era mala la hipótesis. Tiempo, distancia, palabras. No era fácil reunir hoy estos sencillos ingredientes en un mundo sin tiempo, sin apenas distancias, con las palabras justas para pedir las cosas. Amor y deseo tal vez, pero solo con amor y deseo no se escribían cartas. Te costaba recordar cuándo fue la última vez que escribiste tú una carta de amor. En cuanto nos hemos visto he sentido que te deseaba. No te conozco, no sé casi nada de ti y sin embargo ya ves, me gusta tenerte entre mis piernas, hablarte de mi vida. No me importa nombrar el cáncer, mostrarte sus mordiscos, dejarme llevar por tus ganas. Son las nueve de la mañana. Te gustaría seguir allí, atrapado por la quietud de esa casa de guardeses, por el cuerpo delgado de Mae, por su voz ronca y lenta, pero es ella la que te empuja, la que hace delante de ti su breve equipaje y te propone hacer el viaje en automóvil en lugar de coger el avión. Nos llevaremos el coche del abuelo. Y te sonríe igual que si te conociera desde la adolescencia. Las cartas de amor hoy son como ruinas de un tiempo remoto, pura arqueología. Objetos extraños de los que adivinamos su uso sin saber muy bien cuál era su valor. Su formalidad, su retórica, esa forma de escribir sobre el amor, el deseo, la distancia, el reencuentro nos sobrecoge igual que cuando miramos una vasija de terracota de tres mil años e imaginamos la cara de quien bebió en ella. ¿Cuánto hace que no compras un sello y visitas un buzón de correos? La miras. No ves en ella nada que no desees. Solo esa sombra que no sabes nombrar, un temor sin forma y sin nombre que olvidas pronto. Ahora no te preguntas qué haces aquí. Ya no te sientes un imbécil vagando detrás de humo. Piensas que da igual encontrar o no esas cartas. Tira bien el Fragate del cincuenta y dos. Ella conduce. Cierras los ojos. Te acaricia el aire aún fresco de la mañana subiendo Despeñaperros. Has comenzado un viaje. Por una vez auténtico."









lunes, 3 de diciembre de 2018

RACIÓN DE TIEMPO Y PARAÍSO (dedicado a Fernando Sánchez, que me estará escuchando y se empeña en que siga leyendo a Paz)


Hay un verso de “Piedra de Sol” de Octavio Paz, que dice: “defender nuestra ración de tiempo y paraíso”.

Han sido unos cuantos miles de años caminando, así que lo extraño es que nos hayamos acostumbrado tan pronto a estar sentados todo el día mirando de cerca una pantalla luminosa. Más de dos millones de años si nos remontamos al género homo, más de doscientos mil años si sólo tenemos en cuenta a sapiens, son muchos años caminando sin parar y mirando lejos. La locura y la tristeza, la obesidad y el colesterol, la cobardía y la miopía son el resultado de no hacer caso a nuestros genes y no salir todos los días al camino a mirar el horizonte.

Muchos de nuestros congéneres están encantados con esta nueva vida de comodidad y sedentarismo, sólo hacen ejercicio o deporte por prescripción médica o porque está de moda o para conseguir y lucir esbeltez. Unos pocos, en cambio, no soportamos estarnos quietos, nos tira el instinto al campo y sólo allí nos sentimos en paz, reconfortados, tranquilos. Es llegar al río o  al monte y sentir en el cuerpo que se está en casa. Allí tenemos nuestra ración de "tiempo y paraíso” que es o debería ser nuestro derecho como humanos. Estaría el derecho al refugio, el alimento, la cultura, el cuidado. Y también el amor y estas horas de monte y soledad.

Ultimamente hay demasiadas películas sobre el Apocalipsis, los fines del mundo, el enésimo diluvio, terremoto o centella meteórica gigante reventando nuestra tierra. Para el tranquilo y agudo filósofo Dan Dennett el caos es mucho más fácil: “Internet se vendrá abajo y cuando lo haga viviremos oleadas de pánico mundial. Nuestra única posibilidad es sobrevivir a las primeras 48 horas”. Y claro nada funcionará, ni los teléfonos, ni la electricidad, ni las gasolineras, ni los cajeros de los supermercados, nada. Tal vez el mundo sea hoy lo que se esconde en las tripas de millones de cacharros conectados con fibra óptica y satélites zombis, pero el mundo es también ese pequeño río al que voy a pescar, ese monte en el que cazo donde siguen creciendo las higueras salvajes junto a las que me apostaba de niño. Tal vez el mundo sea ahora una frágil telaraña de cables telefónicos, ordenadores y móviles a punto de colgarse y colapsar el progreso, pero el universo es también esa zona de agua baja en la que un gran barbo espera el desayuno y esa pequeña ondonada en las que van a jugar al amanecer los conejos que se han salvado de las últimas epidemias.

De niño me maravillaban las luciérnagas. Al principio las atrapaba las noches de agosto bajo una adelfa del jardín para intentar llevarme su luz a mi habitación, Allí me encontraba con un escarabajillo gris y feo. Pronto comprendí que su magia sólo funcionaba en libertad.

Me impresionaban las ranitas de San Antonio. Si color verde no era de este mundo. Su grácil fragilidad y su belleza hizo que, inexplicablemente, jamás me llevase ninguna a casa para observarla dentro de un  tarro de cristal.

Me deslumbraban los martines. Una chispa celeste cruzando el río a ras de agua. Una vez encontré uno muerto en la arena de la orilla y pude ver de cerca su intenso azul metálico y su diseño de pescador perfecto.

Me intrigaban las truchas. Vivas eran unos animales astutos y hermosos, con una piel llena de colores distintos y una fuerza en sus músculos que me parecía imposible que saliera de un cuerpo tan frágil. Sin embargo muertas lo perdían todo, sólo eran pescado reseco, flácido y opaco.

Me dejaba perplejo ese instinto que me llevaba en verano a acechar a los conejos al amanecer, con una vieja monotiro del nueve, a la sombra de una higuera. Luego encendía la chimenea de la casa del guarda y asaba los gazapos pinchados en un palo, aromatizados tan solo con romero y con sal.

Entonces, cuando las luciérnagas, las ranitas de San Antón, los martines, las cestas de peces y los gazapos asados para desayunar, yo me vestía con unos vaqueros gastados, una camiseta vieja, un sombrero de paja medio roto, unas zapatillas de lona. Si iba al río llevaba una larga caña de bambú cortada y secada a conciencia por mi abuelo Fernando. Si madrugaba para acechar a los conejos mi herramienta era una escopetilla de cartuchos diminutos que entonces me parecía la mejor arma del mundo. Consideraba de lo más natural que en las ilustraciones del libro de Mark Twain, tanto Tom como Huckleberry se vistieran así, como yo en el verano, Y que su ocio fuera ese, el de pasar todo el día en el monte y en el río.

Hoy me resulta extraño pensar que hace muchos años estuve viviendo en un libro de Mark Twain y entonces que no existieran los ordenadores, ni Internet, ni los móviles. No he vuelto a ver luciérnagas, y hasta dicen que los insecticidas están acabando con las abejas. No he vuelvo a ver ranitas de San Antón, los mismos pesticidas o el cambio climático está afectando a su sensibilísima piel. Aún contemplo cruzar, de cuando en cuando, la chispa azul del martín, no sé por cuanto tiempo. Al menos me queda la felicidad de ver salir a la trucha de mis dedos como una centella de colores y de seguir desayunando algunos días de verano un conejo asado ensartado en un palo en la chimenea de una casa vieja.  Hago caso al poeta: “defiendo mi ración de tiempo y paraíso”.