jueves, 3 de mayo de 2012

VIAJE A MOUNTAIN VIEW (dedicado a mis lectores de California)


De nuevo San Francisco, después de tantos años. ¿Cómo se llama el hotel?. Adobe. Me dice el chico. Atardece. Es el mismo André, el dueño del hotel quién viene a buscarnos. El gran André. Mi amigo André. El cabrón de Anthony está en todo. Camino de su casa hablamos la lengua franca de los cocineros nómadas, una mezcla de italiano, francés, ingles y español de América. Es fácil toparse con su complejo hotelero y de restauración en muchas revistas de tendencia, de decoración o de arquitectura de cualquier parte del mundo. Los edificios son todos de una sola planta, de gruesos y frescos muros de adobe y tierra prensada con dibujos rojos y azules, encalados en un blanco deslumbrante por el sol de San Francisco. A un lado, en una pequeña hondonada natural hay una extraña e inmensa piscina orgánica en la que nadan carpas gigantes y crecen plumas, espadañas, juncos y papiros. Una piscina transparente y que no necesita cloro ni ningún otro potingue químico para mantenerse limpísima. El restaurante tiene uno de los muros totalmente acristalados con vistas al mar y a un espectacular bosque de cactus. Pero las cocinas del restaurante parecen la nave Nostromo, todo acero, cristal y máquinas que ni yo sé para que sirven. Vamos André, no me digas que para hacer unos burritos necesitas tanta chatarra y tanto chisme espacial. Pocos saben que André Sánchez fue un espalda mojada en los setenta, que se envenenó fumigando sin mascarilla los campos de fresas de California, que se quemó las manos en la cocina sótano mugrienta de una cadena de restaurantes orientales de NY cuyo dueño era en realidad un rico tejano racista que ahora es senador. Pocos sabemos que cada ladrillo de adobe que conforma este lugar admirable está fabricado con barro, con paja y con mucho sudor y mucha sangre y mucho esfuerzo.  Es la prueba del sueño americano. Me dice Pablo. Más bien del sueño mejicano. Le replico. Amistad, lealtad, ayuda mutua para comprar una vieja roulot de tercera mano desde la que cocinar y vender por unos centavos empanadas y tortillas a los suyos. Luego para pagar el alquiler de un tugurio en las afueras de Petaluma y convertir un anodino texmex en un restaurante de nueva cocina mejicana. Una cocina llena de aromas, frescor, verduras, pescado, frutas… cuya fama se extendió en menos de tres años por todo el estado de California. Todo esto construido con el esfuerzo de André, de su mujer Lola, de sus tres hijos y con el dinero que le fueron prestando a lo largo de su aventura muchos de sus compañeros fumigadores, dinero que se llevaba trozos de vida robados por el veneno que utilizaban entonces en los campos de fresas que luego se vendía a dólar la cajita en los Walmart. Claro que te dejo plata hermano, ya me la devolverás.  Jornaleros ilegales que ganaban doscientos pavos semanales por diez horas de trabajo. Al principio André les guisaba a los compañeros a pie de campo, en una sartén de hierro sobre un camping gas. Esto está muy rico hermano, como en casa, seguro que si se lo vendes a los gringos haces más plata. Algo parecido, ochenta años antes, le había dicho un yanki a su abuela estando de paso en su pueblo, al otro lado de la frontera. La misma abuela Clara que se empeñó en ponerle aquel nombre francés a su primer nieto. André no podía fallar porque no se jugaba su dinero, sino el dinero y la sangre de más de cien compañeros que creyeron en su idea, su valentía y en sus guisos. El restaurantillo fue como un tiro. André era ambicioso y compró libros, leyó recetarios, rescató guisos aztecas y mayas gracias a Lucas, un profesor de secundaria de uno de sus hijos, que vivía en el sur en Mountain View, que amaba su tierra mejicana, su pasado, su cocina y que había conocido a un famoso etnobotánico llamado Richard Evans Schultes. El profesor le prestó su tesis doctoral sobre “la cocina azteca precolombina”. Pero la brújula que guió sus experimentos culinarios y su éxito fue un viejo cuaderno escolar en donde la abuela Clara le dictaba al niño André sus guisos y platillos, cuando comenzó a sentir que le fallaba la memoria.


El restaurante pudo ser reformado y mejorado, comenzó a salir en la revista “Gourmet”, en “food & wine”, “Saveur”, una reseña en el “Time” y luego le dieron una y luego dos estrellas en la Guía Michelin. Con el dinero ahorrado durante diez años y las generosas aportaciones de empresarios de Sylicon Valley fanáticos de su cocina, André construyó este sueño en medio de la nada. Yo conocí al cocinero cuando ya era un chef famoso, rico y admirado en toda América, había comenzado un programa de televisión de cocina apadrinado nada menos que por Julia Child. Yo huía de España, de la tristeza tras la desaparición del Barco Canibal y el abandono de mi primera mujer. Acababa de vivir dos sueños maravillosos e imposibles para la mayoría de los mortales con poco más de veinte años y perderlos de pronto era muy difícil de tragar. El bueno de André, el jornalero André, el espalda mojada André, el gran cocinero André que dominaba por igual el secreto del adobe que el arte de resucitar recetas que llevaban dormidas en la historia de la cocina del mundo más de quinientos años, pegó con cariño los trozos de aquel hombre de barro, paja y agua que era yo. Me ofreció trabajo en su cocina, una buena paga, una buena habitación, unos chupitos de tequila artesana al final de cada día y amistad a lo largo. André, una noche, sin ninguna cohartada de tequilas, mientras ayudaba a reformar con sus manos este restaurante, me contó todo aquello, su dura vida, sus compañeros fumigadores y recolectores ahora ya muchos muertos o enfermos de cáncer o de asma y bronquitis crónica y sin seguro sanitario, de esos amigos que le prestaron sus ahorros para construir su pequeño sueño. Entonces entendiste porque a veces, aunque segundos antes el maitre acababa de disculparse por no tener esa noche mesa para un asesor del gobernador o cualquier otro vips, aunque minutos antes hubiera tenido que colocar a Steve Jobs en una de las peores mesas del interior, sin embargo a esa pareja de ancianos vestidos con ropas baratas de domingo, él no demasiado bien afeitado, ella bastante fea, con unas manos ásperas que no parecían las de una mujer sino las manazas de un viejo estibador de puerto, porqué a ellos, a pesar de estar el restaurante completo, les sienta en la mejor mesa del local, esa mesa grande y redonda que está junto al ventanal desde la que se ve el desierto y el bosque de cactus y un horizonte azul infinito que se funde con el océano. Porqué a ellos el maitre les trata como si fueran el Presidente y señora y les saca la mejor tequila reposada de aperitivo con un poco de beluga sobre una tortilla caliente perfumada con mole poblano y luego una copa de ese Chateau de a dos mil dólares la botella. Entiendes porque salé el gran chef a abrazar al viejo, a besar a la mujerona. Era Felipe y su señora. Parecen viejos pero tienen menos años que yo. Son amigos de entonces. De aquel entonces, de cuando yo no era nada. Pero ellos creyeron en mi sueño. Eso te contará después. No necesita más palabras. Entiendes, chocáis los vasitos de Tequila. Por los amigos.


Amistad a los largo. André nos enseña el nuevo hotel. Apenas treinta habitaciones, también construido en adobe según la técnica de los indios Pueblo y sin embargo de líneas muy modernas y futuristas, salido del estudio de Sir Foster. El Sir y Helena, su señora, vienen de cuando en cuando. Le conté mi idea y me dijo que sí. Hablamos del adobe y sus secretos. Un gran tipo Foster. El hotel apenas tiene dos años y ya está en todos los libros de arquitectura. Nos instala en una suite. Pablo está entusiasmado por el sitio, las vistas, la personalidad de mi amigo André. Cada habitación tiene su propio aljibe orgánico y su jardín de cactus. El techo hace una extraña bóveda, el suelo está cubierto de toscas losas de cerámica parda que sin embargo parecen ajustarse como en un puzzle. El colchón se apoya en un canapé de piedra del desierto muy pulida. Qué chulo tío. Dice Pablo. Esto es la hostia, los ricos como viven. El atardecer se cuela por la cristalera. Le digo al chico que pise la loseta azul que hay en la esquina. Entonces se van apagando las luces y se siente una leve vibración. La mitad del techo se mueve, va desapareciendo, solapado, sobre la otra mitad hasta dejar la habitación a la intemperie, bajo este cielo de un anaranjado suave que va cambiando al azul rojizo en el que las estrellas comienzan a brillar. Pablo se tira en la cama y se queda embobado. Yo me quito la ropa, abro el ventanal que da a la piscina natural y me sumerjo en el agua fría, siento nadar los peces a mi lado, cierro los ojos, descubro que tengo en mi cabeza muchos recuerdos de entonces, que aún tengo tiempo.


Nos vestimos de vaqueros y camiseta para cenar con André en el comedor de los cocineros. Pablo ha estado hablando por teléfono con nuestro contacto, alguien que conoció a la madre de Lucía cuando estuvo aquí en América. André ha montado una mesa grande en la parte de atrás. Corre una brisa a veces fresca, a veces cálida, según el viento sople desde el mar o desde el desierto. Antes he preguntado a Pablo cómo ha podido encontrar tan rápido a alguien que había conocido a la madre de Lucía. Ha sido muy fácil, encontré en Internet un artículo del año ochenta y dos publicado por Carmen Tomé y L. Perrault Smith, un profesor de física de Berkley: “Posibilidades matemáticas de una computadora cuántica”. Del artículo no he entendido ni jota pero me he metido en la web de la Universidad y el tipo seguía siendo profesor y además es director de una empresa filial de Aple llamada “Alpha Limit” con un valor aproximado de cien millones de dólares y eso que aún no fabrican nada. Esto es América. Por lo visto sigue investigando todo ese rollo de los ordenadores cuánticos. Bueno. He localizado su teléfono, le he llamado y como vive aquí al lado, a unos cien kilómetros y le he dicho que estábamos hospedados en el Adobe de Petaluma se ha entusiasmado. Es cliente habitual de tu amigo André.

Ya están todos sentados en la mesa, Pablo, Lucas, el profesor, el antropólogo amigo de André experto en cocina Azteca, el que fue profesor de la madre de Lucía, el mismo cocinero. Hace unas horas estaba viendo amanecer en Níjar y ahora estoy aquí, tan lejos, rebuscando en el pasado de una muchacha, persiguiendo los vacíos de su memoria precisamente yo que voy perdiendo día a día la mía. Sin embargo esta búsqueda me ha permitido volver a ver a mi viejo amigo André  y a sentir que sigo teniendo mucha de mi memoria intacta. Carmen Tomé, a la vez cantinera de un chiringuito de playa y joven investigadora que busca la forma de multiplicar casi por infinito la limitada memoria de un ordenador. A la vez madre de pueblo y universitaria admirada entre los locos que hicieron nacer el Silicom Valley. ¿Qué te hizo cambiar una vida por otra?, ¿qué nos hace dejarlo todo y comenzar de nuevo?.

El profesor se llama Lee y parece unos de esos santones hindúes de greñas largas y descuidadas y barbas blancas a juego si no fuera por sus Converse, sus vaqueros Diesel, su desteñido polo verde de Tommy Hilfiger. Hablan en español. Al amigo de André ya le conozco, se llama Lucas Freud. El tipo rondará ya los setenta pero tiene cuerpo de superhéroe, musculoso, bronceado, con un tupido cabello blanco cortado a cepillo. Hombre si ha venido para verme hasta Indiana Jones.  Él se levanta y me abraza, me estruja entre sus músculos de acero. Ha sido un anónimo profesor de instituto durante casi cuarenta años pero también un antropólogo vagabundo por toda América del Sur que se atrevió hasta a buscar el rastro de Paitití o la ciudad perdida de Zeta como la llamó Percival Harrison Fawcett antes de desaparecer para siempre en el Matto Groso Brasileño.  Lee Perrault parece haber hecho buenas migas con Pablo. Es mi cuidador quién nos presenta. Bueno, aquí tiene a su hombre. Él conoció bien a la madre de Lucía. André pide la bebida a sus camareros. Nos traen un pisco sour helado, casi granizado que deja en la garganta un sabor a la vez ácido y mentolado. Es un por un limoncillo salvaje, peruano, que nos trajo hace tiempo tu amigo Indiana Jones. Y para picar nos pone a cada uno unas pequeñas brochetas con chapulines confitados en ají amarillo y caramelizados para que estén crujientes. Todos los comen sin ascos. Sólo Pablo espera a ver como masticamos con apetito los saltamontes para mordisquear un poco la cabecita de ellos. André les habla de mí, de mis guisos, de que yo fui su maestro de la cocina de la madre patria. Pero él y yo sabemos que eso no es cierto. Fue André quién me descubrió los secretos de los moles, los ajís, las patatas azules, las verduras salvajes del desierto o de la raras frutas de la selva fría de su tierra.


La  mesa esta cubierta con un bonito y viejo mantel de lino con dibujos aztecas, los platos parecen de cerámica primitiva y están vidriados con colores intensos. Nos abren un vino tinto y joven de California y comienzan a sacar platillos con tiraditos, flores de garambullo rellenos con escamoles, xöhues del valle del Mezquital, pequeñas ensaladas muy frescas de nopales con rodajas de jitomates, piruletas picantes de himicuiles, tacos de ardilla pibill, albóndigas de quelites… Así que tu pupila ha revolucinado París, suelta André. Ya sabes que hoy en el mundo la buenas y las malas noticias se saben al instante y más en este mundo de cabrones cocinillas. El cocinero apura su tercer pisco. Siendo hija de Carmen Tomé no me extraña. Dice el profesor de física cuántica.

Devoramos los guisos, apuramos los vinos. Traen entonces una gran pierna de puerco asada muy despacio durante la noche entera, al estilo canario, y multitud de pequeños cuencos con salsas de colores. André va trinchando la carne con maestría. El sabor es intenso y suave, la carne es a la vez jugosa y ligera. No necesita salsa alguna, su sabor es exquisito, pero mojamos los pedazos de carne con unos pincelitos y su sabor cambia se hace más dulce o más picante o más fresca o más ácida. Lee Perrault, en silencio, traga grandes pedazos sin parar de alabar el asado. Lucas Freud, alias Indiana se levanta y desaparece en la cocina para prepararnos unos sorbetes con las extrañas frutas que ha descubierto en su último viaje al Amazonas. Sólo después, una vez trasegado un granizado de cupuazú y una nueva vainilla ahumada, el profesor comienza a hablar de una mujer extraordinaria que nadie de los presentes conoció.


Entonces pocos imaginaban en qué se convertiría este demencial Silicom Valley. Sólo los escritores de ciencia ficción y cuatro locos comenzaban a imaginar una nueva sociedad. Y menos aún teníamos la certeza de que todo estaría interconectado gracias a una tela de araña tecnológica llamada Internet. Entre estos pocos locos no estaba yo, pero si Carmen. (Fragmento de: "los dientes del corazón")

miércoles, 2 de mayo de 2012

CALDERO VERDE Y GAZAPOS AL ESPETO CON PECADO


(Ilustración de Piedad Ortiz)

Nos han dejado la Casa Roja. Hemos robado una maleta entera llena de tiempo. Todo lo demás ya es cuenta nuestra. Se han llenado de flores las jaras, las retamas, los espinos a juego con la nieve de la sierra y la sábana que nos cubre la desvergüenza. ¿Hay por ahí en el ancho mundo otro lujo más delicado que este color blanco en todas partes?. Alguien que te deja su casa es de verdad un amigo, alguien que roba unas brazadas de tiempo es el mejor de los amantes y todo lo demás, la chimenea grande, el caldero de arroz que se hace despacio, los gazapos asándose en el espeto, tu cuerpo escondido, la lentitud, la lluvia a ratos, el sol tímido, el crujir de la madera, la chispa amarilla de la oropéndola cruzando entre los chopos, el fraseo del cuco engatusando a la cuca a lo lejos, tu sonrisa burlona, el libro de Maalouf que ahora me arropa, el abejorro macarra que se empeña en entrar por la ventana,  el hambre por venir… es cosa nuestra.

Al sofrito de calabacín, pimiento, cebolla, espárragos trigueros, boletos y alcachofas le he añadido el arroz y dos puñados de garbanzos cocidos.  A los conejos limpios, desnudos y despatarrados los tuve la noche antes en un aliño, adobo, chimichurri, marinado de aceite, tomate triturado, orégano, tomillo, romero, pimentón, pisco, laurel y corteza de limón. Ahora se asan en su punto para comerlos luego al compás del arroz, pero con los dedos, descoyuntando su ternura, arrimando nuestro ociquillos a sus carnes prietas. El arroz del caldero a mi me gusta seco y socarrado y el conejo asado debe estar en su punto, dorado por fuera, bien asado por dentro pero que salgan los juguillos cuando le hinque el diente al muslito igual que cuando hago lo mismo con el tuyo. El menú de hoy no sería muy distinto al que se comió en esta casona hace cien años y hasta doscientos. No es porque quisiera hacer hoy arqueología culinaria sino porque he pensado que el menú le va muy bien a los únicos tres pecados apetecibles para el ateo que soy: la gula, la lujuria y la pereza.

Foto: http://monterobonifacioacocina.blogspot.com.es

Te aseguro que por saber cocinar no he ganado nunca nada más que alguna quemadura. Es mentira que se enamore a nadie por el estómago. No hay ningún guiso afrodisíaco, todo eso son cuentos de Calleja. Si me gusta cocinar solo es por gula.

Afirmo y puedo explicar, probar, demostrarte que el trabajo no dignifica al hombre, tampoco a la mujer. Todo ese bulo del sudor de la frente y el pan lo inventó algún explotador con buena labia. Hay trabajos de mierda y trabajos hermosos pero esa es otra historia. Si me gusta mi trabajo no me gusta menos la pereza y aspiro a que esta se convierta también en un derecho ciudadano.

Y del sexo, que te puedo decir del sexo que tu ya no sepas, que hay que alejar de la cama todo eso de que es saludable, terapéutico, relajante, necesario, zen, lúdico… ni que fuera una pastilla o un parque de atracciones. Todo ese afán de terapeutizar, medicalizar, literaturizar el echar un polvo es tan aburrido como falso. Y lo peor es cuando lo llaman hacer el amor. Te advierto que a mi no me gusta mucho eso de hacer el amor pero creo que la lujuria está en peligro de extinción así que intento que se mantenga viva.

Arroz de caldero y gazapos asados. Vamos a hacer apología de la gula, la pereza, la lujuria. Para los otros pecados: la avaricia, la ira, la envidia, la soberbia y la mentira ya están los otros, los dueños y señores de la crisis.

miércoles, 25 de abril de 2012

TENCA SALOBRAR



Vaciamos el corazón de todo lo que una vez amamos y no dejamos en ese lugar ni una fotografía, ni el libro de los códigos secretos, ni una deshilachada palabra. No hay mucho tiempo en la vida para andar releyendo todos los “pudo haber sido y no fue”, ni lamentando dudas o traiciones. El tiempo de vivir es demasiado corto para sentarse a esperar y confiar en el mito de Penélope o meterse el puñalito en la llaga con Artaud. Aire. Uno se entregó entero, a fondo y sin reservas en el amor. No guardó la ropa a la hora de tirarse al mar. Quemó las naves antes de entrar en todas las selvas sin dudar. Nunca mintió deseo, desnudo siempre, en ese tiempo, de toda prudencia o arrogancia. Uno no ha esperado nunca reciprocidad, sólo lealtad, ternura y aire. En eso nunca cambiaré.

Por eso ahora mimo este puré de espárragos trigueros que emulsiono con un poco de mantequilla derretida y que luego extenderé sobre los dos filetes de esta tenca desespinada y limpia de la piel. Antes anduvo nadando esta carne tan nuestra la noche entera en agua con tomillo y una buena copa de oporto viejo.
Antes de esconder el pez en este pure color musgo voy a dar al pescado un golpe de horno fuerte hasta que se dore.

Me embromas criticando que siempre que nos vemos te hago tenca y te ríes de mis sentencias y mis cuentos. Estas contenta de ver como al fin, debajo de todas las palabras, lo que digo es que he limpiado el desván de mi memoria. Y no me importa tu risa porque todo lo cura tu nombre salobre, sabes que la sal en la cocina y en el vivir cura cualquier herida aunque escueza. Uno echó muchas veces a ese tiempo la sal y la pimienta de la felicidad, pero qué culpa tuvo de que al amor le gustasen sosos los platos. Uno puso siempre toda la carne en el asador pero la compañía resultó vegetariana y melindrosa. Uno sopló las brasas para llenar de calor y olor a leña la casa sin pensar que a ella le molestaría el humo en los ojos.

Uno no quiso tener nada salvo sueños. Por eso hoy, ante esta tenca asada con muselina de espárragos trigueros no me importa que te burles y me embromes, como entonces. Nada me pesa. Nada recuerdo. Tengo el desván sin trastos y el sótano sin sombras ni fantasmas. Tengo las ventanas de la casa muy abiertas, entra el aire de abril aventando las pelusas y el invierno de tantos años. Este no es un guiso de pescado, es un guiso de presente y primavera.

lunes, 23 de abril de 2012

ALGO ASÍ COMO POLLO CON PIMIENTOS Y SUNRISE


Imposible olvidar aunque la memoria sea a veces una lija y otras veces terciopelo. Norah Jones canta “Sunrise” mientras se van friendo las tiras de pimiento verde en la sartén y se asan en el horno unos morrones. La cocina se llena de un olor dulce e intenso a América. Tengo a parte el pollo troceado en tiras y deshuesado que he rebozado con un machado de ajo, sal, aceite, el chorro de medio limón y media guindilla seca no demasiado picante.

Gredos sigue pintado con un poco de nieve y todo el monte está lleno de las flores rosas del brezo, los florones blancos de las jaras y el primer verde de terciopelo de los robles recién brotados.
Cuando los pimientos verdes estén fritos y los pimientos rojos estén asados, pelados y cortados en tiras, pongo en el wok muy, muy caliente el pollo para que se dore rápido. Añado después el pimenterío, revuelvo un minuto y sirvo para comer. El pollo debe asarse en el wok muy caliente para que no suelte agua y los pimientos hay que añadirlos al final para que en el plato se conserven bien los tres sabores por separado.


Sixta hacía este pollo con pimientos en un sartenón al fuego de la chimenea, sobre una trébede y no sabíamos si estaba más rica la carne, los pimientos o el pan pringado en ese aceite. Hemos saltado de la trébede al wok sin darnos cuenta, pero yo sigo tocando este agua y este sabor. En su honor cocino hoy este guiso antes de bajar hasta el molino abandonado a pescar truchas. Es un lujo este río y este sabor. Va por ella y por Flore, su marido.

miércoles, 18 de abril de 2012

CROQUETAS DE CAZA (pero no de elefante)



La croqueta admite casi todo. La bechamel puede esconder cualquier sobra, melindre o exquisitez. Pero será precisamente esta salsa, su elaboración, su punto y la costra frita de huevo y pan rallado que la envuelve quienes obrarán el milagro o el desastre.

En España, en cada casa, tienen su particular receta de croquetas.
A mi me gusta comerlas como aperitivo contundente, tras una mañana de campo.
Hay casas que han caído en el desarraigo y en la croqueta industrial, en la comida rápida y la tristeza de tener que buscar las croquetas de la abuela en la sección de congelados del super.

La croqueta engorda, dicen, igual que vivir mata, divertirse cansa y trabajar embrutece. Por mucho que diga San Agustín uno es de la panda de Paul Lafargue.

En los últimos otoños, sin olvidar las ricas croquetas de sobras de pescado, pollo o cocido, uno tiende a la croqueta luxury, no por el precio, que la crisis nos ha dejado pelados, sino por la escasez azarosa de sus ingredientes.

Suelo hacer una croquetillas de cesárea y malviz. A la bechamel en su punto de espesor y nuez moscada, le añado oronjas ralladas en grueso y crudas y la carne guisada de los muslitos de unos zorzales. Las pechugas las suelo hacer al horno fuerte, poco tiempo, previo el barnizado de sus carnes oscuras con una pintura hecha de aceite, pimentón, ajo machado y tomillo. Quedan doradas por fuera y sangrantes por dentro y las acompaño con puré de frambuesa. Rojo sobre rojo.

Bueno, vuelvo a las croquetas, sigo: el pan rallado debe ser de pan del Guijo, rallado con un chisme de manivela heredado de la abuela y los huevos de mi vecina Esperanza, anaranjados como el sol del amanecer. No hay mucha sofisticación en la receta, pero tanto las amanitas cesáreas como los zorzales son azarosos e imprevisibles. En otoño, si surge el milagro, cocino estas croquetas de lujo.

Salgo a la terraza abrigado, abro el vino y algún diario de Trapiello y me voy comiendo la mañana y estas croquetas de caza.

La cosa anda peor, recortes ahora en sanidad y educación, por “nuestro bien” dicen los capullos... Hay que hacer ya la revolución y unas croquetas, para el camino.

Nota:
Guiso los zorzales, sus patitas y huesos en la olla a presión añadiendo cebolla muy picada, laurel, zanahoria, pimiento seco, oporto dulce y casi nada de agua.



lunes, 16 de abril de 2012

CALAMARES NEGROS COMO EL PRESENTE

Con tinta dibujan los mapas los cartógrafos. Con tinta escribimos los sueños. Con tinta escribimos cartas de amor o despedida. Con tinta hacemos un guiso rico de calamares o chipirones rellenos de sus patas y un secreto.
Me gustan las morcillas negras, la lamprea negra, los calamares negros y las noches más negras para meterme dentro de tus abrazos.

Guardo las bolsitas de la tinta de los calamares y las deshago en el mortero de piedra con un poco de agua, de vino blanco, de almendras crudas y sal. Limpio los calamares de esa piel que cuando están vivos y nadan en el mar oscuro les ilumina cuando se enfadan o se excitan o se asustan o hacen el amor. Les limpio y troceo en anillas. En una sartén con aceite sofrío tres dientes de ajo fileteados y cuando están dorados echo los calamares y les doy unas vueltas, entonces añado dos cebollas grandes ralladas, dos hojas de laurel, el ingrediente secreto, un vaso de vino blanco semiseco y la tintas que ya hemos desleído en el mortero.

Cocemos los calamares a fuego lento hasta que estén blandos y la salsa se reduzca y la cebolla ya no exista. No necesito espesar esa salsa negra como la tinta que dibuja mapas, sueños, cartas de amor o despedida. Hago un arroz blanco con su punto de azafrán que acompañe tanta oscuridad. Días negros de crisis pero al menos los chipirones siguen baratos.
De la salsa no hay que dejar ni rastro, es plato de pringue.

Con tinta de calamar dibujamos un sabor exquisito que llega del mar profundo, oscuro, abisal. También Moby Dick comía calamares. A todos los monstruos libres nos gustan los mismos alimentos. Me has dicho que a ti te vuelven loca. A mí también me encantan. Creo que somos hermanos y hermanas de Moby Dick. Mejor ballena que ballenero.

martes, 10 de abril de 2012

PAPAS A LA ANTIGUA

Hace ocho mil años los sabios pueblos andinos domesticaron las patatas en lugares como Huánuco, Cerro de Pasco, Junín, Huancavelica, Apurímac, Ayacucho, Cuzco y Puno. En 1537 los españoles conquistan Perú y se llevan la planta como ornamento y para alimentar a los cerdos. En el siglo XVII media Europa subsiste gracias a la patata. Su historia es larga y fascinante como la de pocos alimentos.
La patata es mito, alimento de subsistencia, fiesta, golosina salada, exquisitez humilde. En Perú se cultivan muchas variedades exquisitas que yo aún no he probado. Debería de haber un turismo de la patata. A mi me gustan mucho fritas, crujientes y doradas por fuera y blanditas por dentro. ¿cuántas patatas fritas cocinó mi abuela para mí?, ¿cuánta felicidad en tan sencillo plato? También me gustan mucho asadas en las brasas de una hoguera o de mi chimenea, bueno, ya no tengo chimenea. Cuando tenía, simplemente las asaba en las brasas envueltas en papel de aluminio y cuando estaban listas las abría por la mitad y las aliñaba con queso de cabra batido con aceite. A los niños les encantan. Las comía con cuchara, despacio para no quemarme los labios, saboreando esta joya de la cultura del mundo. Porque este mundo nuestro sería de verdad muy triste sin las patatas.

Me miro y no me reconozco en la fotografía. Andaba por Brasil buscando papas mágicas, enredaderas de los muertos, ranas fluorescentes, peces habladores, tities extintos. Y lo encontré casi todo.
Los turistas hacen fila en los Vaticanos, las Pirámides, los Museos del Prado... pero deberíamos ir al altiplano a ver cultivar las papas.






lunes, 9 de abril de 2012

EL PEREJIL DE LA RECETA PAREJIL


(fotografía de Antonio Barroso)

Lo parejil  es quizá la receta más complicada de la cocina del amor. Uno nunca ha aspirado a vivir un amor trágico y abisal a lo Brontë sino a disfrutar de cierta ración de “casa de la pradera”, aunque tenga tan mala prensa. Tampoco el aventurerismo amoroso fue para uno un sueño, porque esa pose vital suele ser muy cansada, siempre de catre en catre, reinventándonos, aprendiendo los resortes de un cuerpo desconocido una y otra vez. Qué pereza, cuando uno no se sabe ni el suyo... Pero encontrar el punto a la receta perejil sin caer en las chorradas griegas de la “media naranja” o el “contigo pan y cebolla” es más difícil que descubrir el sabor del maná de Moisés.

A lo perejil enseguida le buscaron un contrato de arrendamiento, un marco legal, una letra pequeña y un evento, llamado familiarmente bodorrio. Lo parejil  es un estado social reconocido, apreciado, hiperfilmado y requetecontado en culebrones y modernísimas novelas. Lo perejil: el amor al que sumamos convivencia, es una receta secreta cuyos ingredientes desconocemos para que tenga un aceptable sabor y no se corte, se agrie o se malogre el guisote.  Frente a lo perejil está la relación discontinua, en tierra de nadie, emboscada, un punto maleva  y misteriosa, pero esa receta es fácil, lucida, exibible, la difícil es la otra.

De todas formas, por experiencia, los ingredientes que no conviene meter en el guiso de la receta parejil  son los siguientes: “de donde vienes”, “a dónde vas”, “me aburren tus amigos”, “no me gustan tus amigas”, “haz lo que quieras pero”, “eres muy libre pero”, “te tienes que cortar el pelo”, “ponte esa chaqueta”, “te quedan mejor las camisas que las camisetas”, “has dejado pelos en”, “roncas un poco”, “mañana viene mi madre a comer”, mañana viene tu padre a cenar”, “debes comer más sano”,” te estás mucho tiempo en la ducha”, “si te has perdido deja de mirar el mapa y pregunta a ese”, “Ya no me quieres como antes”, “ya no follamos como antes”, “ya no te acuerdas de cómo era antes”, “ya no me escribes versos como antes”, “xxx antes”, “has cambiado”, “deberías cambiar”, “deberíamos reinventarnos”, “tus comidas me engordan”, “tu ex es una mosquita muerta”, “tu ex es un capullo”, “la bruja de tu ex”, “el mamón de tu ex”, “la casa no se ordena sola”, “corres demasiado”, “vas pisando güebos”, “no tienes güebos”, “te olvidaste comprar los güebos”, “baja a comprar los güebos”, “por favor”, “hazme un favor”, “tengo que teñirme”, “otra vez con los videojuegos, pareces un crío”, “no seas crío”, “no seas carca”, “ese discurso tuyo de izquierdas está muy pasado”, “siempre estás leyendo”, “nunca paras en casa”, “ya no salimos”,  “elige tu a mi me da lo mismo”, “has mirado a esa”, “has mirado a ese”, “no, sólo le miré el culo”.(y larguísimo etc.) 

Estos ingredientes son muy nocivos para que la receta parejil nos salga rica. Al guiso del amor, como a todos los guisos, hay que mimarlo, cuidarlo, removerlo, probar siempre la sal y la pimienta y no usar nunca ingredientes revenidos.

Perejil a lo perejil, lo justo y mucho “aire”, sobre todo, aire, pero no del sifón.

viernes, 30 de marzo de 2012

ESPINACAS SECRETAS PARA TI, PARA VOSOTROS...


(Obra de: hystericalminds.com)

Uno no aspira a la grandilocuencia de la felicidad y sus retóricas. Para eso ya están los adictos al triunfo, los yonkis del éxito, las escuelas de negocios, los cantamañanas de los panfletos de autoayuda y las brujas y adivinas del canal de teletienda. Uno no aspira a la felicidad pero si a tocar, de cuando en cuando, casi de forma cotidiana, a la alegría.

La felicidad es como un dios exigente y tiránico, requiere nuestra credulidad, sus supersticiones y sus parroquias, en cambio la alegría no exige óbolos, ni cielos, ni reverencias. La alegría es barata, asequible, cercana, colega, muy real y leal. A ella le vale cualquier cosa para manifestarse. No necesita ni cinco estrellas, ni aplausos de multitudes, ni eróticas del poder, ni Visas metalizadas. Sólo el tú a tú, la intención, las ganas y saber buscarla, descubrirla, reconocerla.

Y hoy la alegría es verde espinaca. Una vez cocidas y picadas las he añadido los muchos ajos fritos en laminitas y luego el bacalao desalado, cocido apenas, muy suave en leche de coco y desmigado. Suena el revoltillo muy cuaresmal, pero no, a su lado descansan su puñado de garbanzos que ya vivieron su peculiar orgía en la olla con doña costilla, la señorita oreja, la señora panceta, el señor rabo, don morcillo y el tío chorizo. Para que no se note la bacanal carnal hemos desgrasado, picado y deshuesado todas esas partes "porcorales" antes de enredarlas de nuevo con los garbancitos y componer discretas raciones en los platos.

Así, en el plato, un montoncito verde junto a otro montoncito color crema, no parecen gran cosa pero para mi son ni más ni menos que un poco de alegría. La alegría de hoy, tan fácil, tan real, tan gustativa.

La crisis ha arrasado de este país la felicidad. Sólo beben de ese licor preciado los pudientes, los pijos, los gangsters (pero como la han tenido siempre no saben a qué sabe…) La crisis ha aniquilado en miles de hogares la felicidad pero no la alegría.

Porque la alegría, las alegrías, pequeñas, cotidianas, no nos las quita ni dios, ni los mercados, ni “naide”…

jueves, 29 de marzo de 2012

EL ALMUERZO DE UN DÍA DE HUELGA



Caminó mucho tiempo. Ya no sentía el frío. Había salido varias horas antes del alba. Le habían dicho que el sueldo era bueno, nada menos que cuatro pesetas por un jornal de siete de la mañana a siete de la tarde y podía comer encima cuantas aceitunas quisiera. Era casi el doble de lo que le pagaban en el pueblo. Las aceitunas se asaban en los rescoldos de la lumbre y luego se restregaban en el pan duro y se echaba un poco de sal. Para el camino llevaba una buena patata cocida y un huevo duro.

A eso del medio día se paró a descansar junto al chozo. El pastor era muy viejo y a modo de saludo sólo le dijo Salud. Compartieron el pan duro, la patata, el huevo, un trozo de ántima y de queso de cabra muy curado. Hablaron del futuro, de un día lejano en el que tal vez los hijos de sus hijos no tuvieran que mendigar el trabajo, ni mal comer, ni trabajar de sol a sol por un sueldo de miseria.

Después de comer el jornalero siguió su camino y el pastor se quedó allí en el páramo meditando las palabras. 
Salud dijo él a modo de despedida. Condiós dijo el viejo.

Han pasado cien años. Cuezo en la vitro unas patatas y unos huevos, Asaré también unos tacos de tocino que me regaló mi amigo José Ignacio y cortaré un poco de queso curado. 

“Salud”, os digo a todos. Será que tengo memoria.


miércoles, 28 de marzo de 2012

CEBICHE DE CAMARÓN


Al cocinero le gustan los tiraditos y cebiches con lima y ají que dulcifica con su poco de aceite de oliva y su menta triturada, su mahonesa de limón y sus tomatillos frescos con un punto de picante. 


Trituras la menta y la mezclas con una cucharadita de azúcar, otra de sal, el zumo de dos limoncillos verdes e igual cantidad de aceite, sumerges los camarones cortados por la mitad durante media hora en esa mezcla. Hace una mahonesa suave a la que añades la pasta que tienen en la cabeza los camarones y un poco de ralladura de limón y preparas unos tomates troceados con un poco de aji amarillo y otro poquísimo de zumo de cebolla.


Al cocinero le gusta la cocina que habla a la memoria, que rescata de entre los recuerdos sabores antiguos que vienen de muy lejos, de un paladar de miles de años de cocina. Te gustan los sabores marinos untuosos que tienen el bacalao negro, los cebiches, los mariscos apenas hechos al vapor, las almejas, el coral de cangrejos, los erizos, las anémonas... Te gustan los ácidos y picantes de los tiraditos y cebiches. Te gustan sus manos jugando con las tuyas.  
Mientras el barco maniobra despacio en el puerto del pueblo de San Juan Bautista, le cuentas que los españoles se quedaron con los simples boquerones quemados con vinagre o los fragantes escabeches. Los peruanos y chilenos usaron el fuego de los cítricos y los ajis en la carne blanca de los grandes peces del Pacífico. Ese océano que tu conoces y yo solo imagino.

La soledad es el peor de los ingredientes para cocinar una sopa, un guiso o un asado. Con soledad solo puede aliñarse una mediocre ensalada o un sencillo bocadillo. El cocinero lo sabía. Como sabía que la lentitud, la memoria y el fuego de leña eran mejores que la técnica, la fantasía o la vitrocerámica para cocinar algo rico, un plato para repetir, para chuparse los dedos. Eso le decía siempre Miquel cuando valoraba un guiso o la nueva creación que debía criticar de uno de sus amigos cocineros. ¿está de verdad rico?, ¿repetirías de nuevo el plato?, ¿está para chuparse los dedos?…sé sincero….Pocos guisos, pocos platos, pocas creaciones de la nueva cocina soportaban esas sencillas y rotundas preguntas. En eso estaba pensando el cocinero cuando la vio llegar aquella tarde. La sonrió y se hizo las tres preguntas de otra forma¿es de verdad amor?, ¿repetirías el sabor de su cuerpo después de amarla?, ¿está para chuparse los dedos?. 

Nadan ahora los dedos entre los dedos. Cabe el Pacífico entero en su deseo. Sueñan que llegan juntos a la isla de Juan Fernández y que el cocinero le hace un asado de bacalao, un perol de langosta y ese cebiche de camarones y menta. Luego ella le desnuda despacio. Se han escondido en la isla de Robinson y después de muchos días de comer y de amar suben hasta el Mirador de Selkirk para gritar sus nombres.



viernes, 23 de marzo de 2012

COCKTAIL DE SILENCIO Y DE PALABRAS


(Foto de Jerry Ericco) 

Una clave del amor también es eso, disfrutar del silencio compartido, del silencio de antes o de después, mirada contra mirada, cuando solo vemos paz, gratitud, complicidad y misterio en los ojos que miramos. Y nos miran. La receta del zumo de silencio es muy difícil. Enseguida queremos llenarla de música o de ruido, de palabras necesarias, promesas, historias, relatos, deseos enunciados, cuentos y cuentas.

No hablo del silencio muro, del silencio que ensordece, del silencio cuando ya no hay nada que decir, ni deseo de decir. Hablo del silencio luminoso, intenso, lleno, el que aplaza el calor de las palabras por saborear la espera, el que es capaz de expresar muchas cosas con los labios cerrados y los ojos enfrentados.

Me dijeron que era muy silencioso, pero es que las palabras dicen muchas cosas que hay que saborear y para eso necesitamos lentitud y silencio. Y para romper el silencio, a veces, me gustan las palabras susurradas, dichas al oído, convertidas en unas gotas de zumo concentrado.

Mi zumo de silencio comestible lleva tiempo por delante, un poco de noche, zumo de melocotón fresco y zumo de zanahoria, dos chupitos de vodka, tres gotas de licor de plátano y tres hojas de menta, hielo picado, agitar en coctelera y servir en copas de cono ancho.

A veces logro hacer un poco de zumo de palabras. Cuando estás a mi lado y cocinar es un juego. El secreto de tus ojos es que en ellos se lee una vida que apenas imagino, adivino, sueño y en ellos están todo lo que has visto y temido y amado. El secreto de tus ojos, su atractivo, es que no puedo saber cómo miran y a dónde miran cuando contemplan el mundo. Y yo no quiero saber esos secretos. Para qué.

Tuve amores que me exigían hacer transparentes todos mis secretos, como si así el amor fuera más seguro o más verdad. En cambio tú no exiges nada, solo me pides con un abrazo un poco de zumo de palabras. Compartir desnudez, tiempo, comida. ¿acaso hay más?

Zumo de naranja, champán helado, el puré de dos fresas maduras. Tomar dos, tres, cuatro copas de este bebedizo y hablar tan desnudos como se dejen por noche las palabras. ¿acaso hay más? Esta es mi receta del zumo de palabras.

jueves, 22 de marzo de 2012

ARROZ DE VUELTA


(Imagen de Vladimir Fedotko)

Vuelve uno al arroz como se vuelve a una playa de la infancia que por un milagro han respetado las hordas turísticas y el ladrillismo, como se vuelve a los brazos de quién aún te quiere a pesar de conocer entero el forro de tu alma, como caminamos a veces con ganas de ir muy lejos, “donde habite el olvido” por lo menos.

Vuelve uno a los guisos de arroz más sencillos, en los que sólo hay verduras y algún agasajo muy tasado de marisquito proletario del tipo gambón congelado ecuatoriano y mejillón gallego. Sofrío cebolla, zanahoria, calabacín y unos corazones de alcachofa, añado tras el poché el caldo de los caparazones  y los mejillones que antes abrí al vapor.

Vuelve uno al arroz como quién vuelve a ese engolosinamiento fácil que siempre es el sexo ahora en primavera, cuando somos de nuevo animalitos solares, lunáticos e instintivos y nos olvidamos de los refajos del invierno y de las formas civilizadas en la cama.

Sofrío un ajo machado, poco el arroz bomba, remuevo, añado el guiso de la verdura, un poco más de agua, y dejo que se haga a fuego medio colocando luego, en el reposo, los gambones pelados en caótico orden.

Vi en el mercado unas cabrillas (caracoles) gordos, y me hubiera gustado apandar un puñado para mi arroz de hoy pero no daba el presupuesto para más. Antes de servir añado una ligera picada de tomate, limón y un casi nada de ajo. 

Ha salido el plato para cuatro comensales por unos diez euros, más el amor que le pone uno, claro, cuyo valor es siempre incalculable. Le gusta a uno hacer algo exquisito con tan poco. Con ese orgullo de tantas amas de casa que hacen su milagro de los panes y los peces todos los días en medio de esta crisis. Ellas son las que siempre han levantado el país y no los Rajoys de turno y sus recetas adelgazantes. 

miércoles, 21 de marzo de 2012

RIGATONI DE LUJO



Gratitud es una palabra muy hermosa que siento algunas veces y no nombro casi nunca. Me puede la timidez. Pienso que esas cosas es mejor decirlas con la mirada y una sonrisa.

El día amaneció frío, ventoso, con mucha luz de primavera. Todos estábamos cansados de la paliza del día anterior, el madrugón, la caminata por la orilla de la garganta pescando truchas. Nos gusta a los tres hablar, discutir, comentar, polemizar, hilar una conversación animada sobre cualquier tema de historia, de política, del destino del mundo, sobre todo de los grandes temas: la guerra, el progreso, el mal, el futuro, la crisis, África, el agotamiento del petróleo, la necedad de una democracia directa.... Pero a mi me gusta sobre todo, ahora, escucharles, sentir que sus ideas salen muy frescas y rotundas, aunque las sienta equivocadas o acertadas. Sentir como crecen y se hacen mayores y distintos. Uno intenta la mayéutica, la ironía socrática, la pregunta retórica, pero no siempre cuela, no siempre me sale y tampoco está mal a veces dejarse llevar por los extremismos y las hipérboles de la adolescencia.

Antes de ayer era mi día, el rimbombante ”día del padre” y me dijeron que mi regalo sería que ellos cocinarían para mi lo que yo quisiera. De entre todos los lujos sentí que aquella oferta, aquel regalo, era el mayor de los lujos.
Les propuse unos rigatoni rellenos de setas y acompañados de pollo con una salsa suave de queso de cabra. Era un placer verles, mano a mano los dos, picando y sofriendo la cebolla, limpiando los champiñones, añadiendo las setas, picando luego la farsa, cociendo la pasta los quince minutos justos, rellenado los canutillos con la pasta de las setas, ligando la salsa de queso, picando las pechuguitas de pollo, amasando y aliñando esa carne con su punta de aji amarillo, cilantro y sal. La clave del guiso está hacer bien el puré de setas, no muy triturada, que haya trocitos, y saber rellenar bien los rigatoni. El truco de la salsa es hacer una crema de queso fina con nata, emmental y rulo de cabra que añadiremos apenas salteemos a fuego fuerte el pollo. No hay más misterio.

Sentí gratitud. Mis hijos cocinando para mi. Ninguna comida en el mundo, ningún restaurante  me dará más placer. El lujo es esto, lo otro es circo y vanidad, fuegos artificiales, maquillaje, retórica. El mayor de los lujos gastronómicos ha sido la comida de este lunes, sencilla, fácil, clara. La felicidad es esto, lo otro es literatura vacua, birlibirloque, trucos de mago. Ser padre es el más difícil de los oficios pero yo tengo suerte, además también es difícil el oficio de hijo.

Iker, Guillermo, gracias por la comida.

martes, 20 de marzo de 2012

MENÚ DE ARTISTA



Va uno a comprar al mercado de Bravo Murillo unos anticuchos. La casquería hoy está vacía, las pescaderías, en cambio, con un material selecto, están llenas. Hoy tienen todo tipo de mariscos vivos, muertos y mediopensionistas y unos pescados enormes y lustrosos que pensaba extintos, con precios fabulosos. La crisis, como siempre, depende. En la casquería paramos los pelados de la cosa gástrica, gastrológica, glotosófica. Suelen estar comprando aquí los hispanos sus melindres y despojos, los marroquíes también, unos estómagos de vaca muy raros que yo no he comido en la vida (y que no son callos), los jubilados sus criadillitas en filetes, las jubiladas sus cabecitas de cordero tan expresionistas y los escritores pobres unos anticuchos hoy, otro día unos huesecillos para caldo o unas alitas de pollo para fritas mañana. Proteína proletaria diversa. Porque ahora ya, encima, con la cosa del pirateo, no nos va a pagar ni Santa Rita y pronto veré a más colegas en la cola de la casquería a por sus golosinas.

Es un secreto poco conocido: los artistas también tenemos que comer. Mucha gente cree que no, que somos sublimes sin interrupción, espirituales, que con el aplauso y la palmadita nos basta. La industria editorial también lo piensa, si no de qué ese famélico porcentaje de las ventas y también el politiquerío leguleyo con unos derechos de autor que caducan a los setenta años, cuando el resto de propiedades: palacios, casas, negocios, cuadros de Goya, las baratijas de la abuela, un traje gris muy usado, cualquier propiedad no “intelectual”….no caducan nunca y pueden pasar de padres a hijos hasta el infinito. Pero los derechos de autor no, porque como “es cultura” es de todos y si no que el escritor se hubiera metido a notario, boticario, gangster o pollero. A mi la verdad me daría igual que me pirateasen todo si además  pudiese piratear yo este marisquito de la pescadería, la cazadora chula en el Corte Inglés y así todo, un comunismo libertario ideal y optimista.

Otros dicen, ¡ca!, que muchos escritores venden muchos libros y se hacen de oro. Tal vez algún día tengas suerte.  Yo conozco a pocos hechos de oro, si acaso algún diente y sólo la funda. Que para uno que de verdad se hace de oro, Stieg Larsson, se muere de un infarto subiendo las escaleras por alimentarse de alitas, comida basura y cafés en litrona, natural. O la Rowling que ha tenido que inventarse un mago en la edad del pavo y mil chorradas de abracadabra para vender algo. O el Zafón que anda escondido por San Francisco, donde no hay sombra ni viento, para no soportar a los primos pedigüeños. Pero la mayoría de los escritores, tarde o temprano, hacemos cola en la casquería para comprar unos despojos, unos anticuchos y luego pasar por delante de las pescaderías luxury como el asceta ese que sacaba Buñuel subido a una columna y que nunca caía en las tentaciones apetecibles. ¿Gambas de Denia a mi?, ¿lubinitas salvajes?, ¿centollitas gallegas? Puag, donde estén unos huesecillos de rodilla de vaca para hacer un consomé estilo Buscón o unas alitas de pollo guisadas a lo Lazarillo o unos anticuchos de a dos euros el kilo que se quite todo eso de delante que sólo es vanidad y apariencia…

jueves, 15 de marzo de 2012

CORZO DAMASQUINADO


(Hoja Forjada por Mauricio Daletzky)

Estaba sentado en su terraza mirando a Gredos. Le calentaba las piernas este sol extraño de primeros de marzo. Las gargantas bajaban agostadas, la nieve deshecha, la primavera ausente. Sólo los almendros y las mimosas se empeñaban en homenajear esta tibieza. Echaba de menos las lluvias.

Sobre la gruesa tabla de castaño picaba despacio el lomo del corzo haciendo pequeños dados con ese cuchillo artesano de acero damasquinado que le gustaba tanto. Luego mezcló la carne con un poco de puré que había hecho con una yema de huevo, un tomate, media cebolla tierna, dos anchoas, un poco de pimienta y sal.

Hizo unas tostadas en las que rozó un diente de ajo y luego bautizó con un hilito de aceite de oliva. Abrió el tinto. Volvió a mirar la sierra, tan desnuda de nieve, tan seca, tan suya. Colocaba una cucharada del steak de caza encima del pan, mordía, saboreaba, limpiaba con un sorbo de vino su memoria.

Ayer estuvo en la garganta pescando truchas. Se sentía muy cansado. Se sentía muy feliz. Los niños aún dormían mientras él desayunaba ese menú carnívoro. El hijo pequeño, desmadejado, como un cachorro al que sorprende el sueño de cualquier forma y nada teme. El mayor escondido bajo el edredón, refugiado y a salvo por unas horas del desconcierto del mundo.  

Luego se levantarán y desayunarán con hambre de corsarios, buñuelos, zumos y colacaos. Recordarán de pronto que es “su día” y sacarán los versos y los dibujos que han hecho para él. No hay mejor regalo, ni lo habrá nunca, que ese momento. Todos los minutos de esta mañana de domingo. Este primer desayuno en soledad, ese segundo desayuno de alboroto.

PD: He encontrado estas notas en uno de mis viejos cuadernos de cocina. Habrán pasado cinco o seis años. Al leer estas palabras de nuevo he recordado el sabor de ese desayuno que hoy, sin duda, devoraría de nuevo.