miércoles, 17 de mayo de 2017

TASQUIÑA CUNNILINGUS



Pensaba que era una broma de las tuyas, que nadie en su sano juicio o con un mínimo de experiencia comercial se atrevería a utilizar ese nombre para un restaurante serio, el marketing pone límites a lo políticamente correcto. Te reíste con la boca abierta, dejando que tu risa inundase la estrecha calle de la parte vieja de esta ciudad acunada por el mar más bronco que conozco. Y repusiste: ¿Qué pasa, es que "la almeja feliz", "el mejillón caliente", "la chirla en salsa" o "la vieira de Venus" serían mejor nombre para una tasca en la que solo guisan unos bivalvos? No pensaba que fueras tan puritano, precisamente tú. A mi me gusta mucho el nombre, ¿es que a tí no?. Y hasta me recitaste al volver la esquina un verso sagrado del Cantar de los Cantares 7:2 Tu vulva es un cántaro, donde no falta el vino aromático.

Pero nada hay de erótico festivo en el lugar más allá de los guiños inocentones de las fotos de la carta y el nombre grabado y rotulado con dorada sencillez en una tabla de madera de raíz de nogal en la que también hay tallado en blanco y negro el dibujo de un remilgado comensal amante de ese juego. Tampoco los parroquianos que ocupan la barra y atiborran el pequeño comedor del fondo que da al puerto parecen muy aficionados a los versos de Salomón o a degustaciones equinocciales en el fin del mundo o en su principio, que diría Courbet. La tasca ofrece mejillones, ostras de varias calidades, zamburiñas, berberechos, almejones de carril, vieiras, carísimas orejas de mar, navajas, pechinas y otros ricos moluscos de la mismas familia lamelibranquia, guisados en su punto y a precios razonables que pueden acompañarse con vinos de la tierra:  Monterrei, Rías Baixas, Ribeira Sacra, Ribeiro o Valdeorras. Su dueño, una cocinero cincuentón y simpático, se encarga de nomadear por los puertos cercanos de la Costa de la Muerte para comprar su fresquísima y deliciosa oferta de golosinas saladas. Indago en el porqué del nombre y no me dice nada, me guiña un ojo y se escapa a la cocina a por más comandas.

Pedimos una botella de Albariño, unos mejillones al aroma de albahaca, unas vieiras apenas marcadas en la plancha y unas almejas del carril abiertas con un punto de vapor y casi crudas. Todo el mundo anda chupando y rechupando almejas, sorbiendo sus caldillos, practicando golosos y castos cunnilingus entre ruidosas conversaciones, brindis y carcajadas. Una mulata con el cuerpo de un dibujo de Manara y la piel templada por el trópico sale de la cocina con nuestro último guisote, una fuente generosa de berberechos humeantes. Es Marina, su mujer, ¿qué miras tanto? Se burla mi amigota.

Hay a quienes no les gustan las almejas. Se intentan defender diciendo que saben demasiado a mar o a naufragio, que no les gusta ese tacto medio gelatinoso y medio vivo en la lengua o que esos bichos se alimentan de detritus y miasmas, planctomes infames y limos sospechosos. Tonterías. Son los mismos que rechazan beber el citado vino aromático alabado en el cantar de los cantares por el mismísimo rey Salomón, suponemos que en honor a la reina de Saba. Yo ya tengo en mi imaginación su mítica estampa, imagino que era de la misma estirpe africana que la cocinera de este restaurante.

Hay quien tiene miedo a las palabras distintas, las almejas jugosas, los sabores profundos, la piel mestiza, chupar los caldos marinos o beber en exceso. Buscan extraños argumentos, patrañas elegantes, discursos agrietados, ñoños y puritanos. Si no sois de esos o de esas visitad esta sencilla tasca, podréis comer delicias escondidas y beber el elixir que guardaron los dioses en este lugar cerca del fin del mundo o de su origen.


Publicado en:
http://www.entretantomagazine.com/2014/08/15/tasquina-cunnilingus/

domingo, 14 de mayo de 2017

ARROZ CON GAZAPO Y AGUA DE MARISCO


Me hace feliz el sofrito. La cebolla, zanahoria, pimiento verde, ajo, puerro muy picado suavizándose en el aceite caliente. Moverlo con la cuchara de palo, sentir el sol y el saber heredados convirtiendo en hogar mi postiza cocina. Luego añado el arroz, la carne del gazapo deshuesada que cocí ayer con un fondo de verduras, tomillo y un poco de vino blanco. Más tarde el caldo de las cabezas y armaduras caballerosas de las cigalillas. Cuando está casi al dente el arroz escondo en él sus cuerpos crudos, sublimes sin interrupción. Me hace feliz el sofrito, el mar sin civilizar, asombrarme de cómo mi cuerpo no es sublime sin interrupción pero si agradecido, delgado, fibroso, leal. Arroz con conejo y cigalillas para hoy, junto a una ensalada de tomate y corujas salvajes.

Me hace feliz el olor del arroz, el ruido de la ciudad, tener la certeza de que cada segundo es un regalo sin precio, exquisito, feroz, delicado e intenso. Dice Tito, mi editor, que adjetivo en exceso. Claro. En exceso. La templanza o la sequedad ya la tengo en el carácter, al menos en las palabras y en el amor tengo que ser excesivo para compensar. El sofrito tiene exceso de adjetivos, colores y sabores. El arroz con conejo y con cigalas es un plato de excesos y fiesta.

Sé que los pueblos saben bailar por encima de los tiranos. Los pueblos son los que inventan los sofritos. Los tiranos sólo saben alimentarse con la carroña destilada de su poder siniestro sobre un plato de huesos chapado en oro, eso y contratar a cocineros porque ni siquiera saben hacer de comer. A mi nunca me gustaron las pirámides ni sus secuelas, cuándo derroche de trabajo para enterrar el cuerpo amojamado, reseco y ahumado de un tirano con los ojos pintados de rimel. Una pirámide es una chorrada, la trampa cara de una falsa vida eterna. En cambio el invento del sofrito es una obra de arte que durará mucho más en el tiempo que una ruina famosa. Además no necesita museos, ni novelones de Terenci, ni esfinges llenas de turistas, basta saber hacerlo y disfrutarlo. Cocinar es hacer política. Abajo los tiranos. Arriba los sofritos.

(y una cerezas de postre, de Garganta la Olla, que ya es tiempo)

jueves, 11 de mayo de 2017

CENA EN LA FRONTERA (en el día de Europa)


Llevaba la foto y otras pocas fotos de los campos. Entonces no sabía el nombre del chaval cargado con la manta y el borrego. Luego sí. Quiero escribirlo aquí: Jesús Torrano, como él doscientos mil. Acabaron encerrados y llenos de viento, arena húmeda, frío y piojos en las playas de Francia. ¿Porqué me parecen y son tan de hoy estas fotos? Pero yo iba cómodo, tenía dinero, era Europeo, no me encerrarían. Había comenzado a escribir “los últimos hijos del lince” y era la  primera vez que iba camino de la playa de Argelès. También llevaba las palabras de Ramón J. Sender en la “Crónica del Alba” de Alianza, que me regaló Reme un verano de los ochenta, tampoco sabía que esa lectura sería inolvidable. En su novela había leído la primera descripción de aquellos días. Quería imaginar las alambradas ahora invisibles y luego el rastro de Walter Benjamin y su maleta perdida, la agonía de la tristeza de Manuel Azaña, recitar de memoria los versos de Antonio Machado en boca de mi padre en una pradera salvaje, cerca de Collado, cuando yo tenía doce años. Por todo eso viajaba hasta allí, a la frontera borrada, entonces arrogante, orgulloso, enamorado. No me avergüenza escribir de aquellos días felices, del atracón de erizos y de suquet de langosta y pollo que nos pegamos cerca de Girona, con nuestro primer sueldo de sociólogos, trescientas mil pelas de entonces, nunca me he sentido tan rico como en el momento de ir a cobrar aquel maldito cheque. Al día siguiente nos hicieron para cenar, cerca de Colliure, en una tasca pequeña, un pedazo de foie a la plancha de un kilo, no exagero (yo nunca había comido "eso"), con una gran barra de pan exquisito que nos iban tostando a las brasas según lo devorábamos y luego cuatro docenas de ostras mojadas con un Burdeos calentorro, "cható-nosequé", dos botellas, que nos costaron más que la cena entera.... y que aún saboreo. Dormimos en la playa, la misma en la que encerraron a José Torrano. Él en la intemperie, nosotros dentro de un enorme saco de plumón comprado en una ferretería de Santander. Encima de la arena, aquella arena que guardaba en cada pequeño grano tanto olvido. Para mi no habrá suite más lujosa jamás. Hoy lo sé. No muy lejos de allí, tal vez allí mismo, tantos españoles se habían muerto de tristeza. Esa noche me sentí arropado, protegido por todos aquellos derrotados, invisibles, encerrados, huidos, nuestros. Ella no sabía el porqué de dormir esa noche en la playa. No se lo dije. Recuerdo el olor del mar aquel amanecer. Éramos tan glotones para todo. No hay añoranza, solo sabores. Esa sensación de hambre por todo, tan gozosa. Comer como entonces y no engordar. Me importaban un bledo las militancias, lo confieso, pero no el placer, la felicidad, la plenitud, la dicha de todos. Tal vez porque esa era la utopía más ambiciosa por la que lucharon. Casi nadie los recordaba entonces. Brindamos por ellos con aquel burdeos tan caro, el mejor de la carta. Por tantos Josés Garcés... Y por José Torrano, sin saber aún su nombre, y por el “eterno viajar” que escribió Benjamin y por el apetito glotón de Azaña cuando había esperanza y porque nunca, nunca, nunca perdiéramos el hambre de saber y de vivir, ni la memoria, ni la alegría. Nunca perderla. 

José Torrano, en 2009



martes, 9 de mayo de 2017

LECHE FRESCA


Para mi el “cuento de la lechera” es otra cosa. Tarde de Abril en NY. Paseo por el Hispanic Society of America, ¿Cómo puede haber un pedazo tan grande de la memoria de España en esta ciudad?. Hoy vengo a mirar las fotografías de Ruth Matilda Anderson. Alguien me habló de esta fotografía.
¿Cuántos años tendrá la chiquilla?, ¿seis años? ¿qué mejor retrato de aquella España miserable que duró tanto tiempo? Me pongo a llorar. La vigilante negra se acerca y me dice algo en inglés que no entiendo. Debe pensar que soy un hispano loco y solitario, pero al ver que no soy una amenaza, que me conoce tal vez de otra visita, se aleja. Ella debe pesar tres veces más que yo, es verdad, no debo ser una amenaza seria. La pequeña lechera nunca imaginó su cuento, mira al suelo con timidez de niña pequeña dentro de ese disfraz de vieja prematura, pero es una niña, sólo una niña que vende leche en una ciudad de la Galicia de 1925.
¿Quién sería ella?, ¿cuál era su nombre?, ¿cómo fue su futuro?
No puedo evitar llorar. Me he vuelto bastante llorica últimamente. Ella somos nosotros, aún, a pesar de tanto blog, tanto móvil, tanto derroche. Ella está en mi memoria. Imaginar sus sueños. Saber que nuestras hijas ya no van descalzas ni tienen que ganarse la vida con seis años vendiendo leche por la calle.
Hace frío en NY. Paso junto a una estatua del Cid a caballo. Joder que locura, el Cid aquí. Me subo la cremallera del anorak. Ella pasó más frío. Me estremece no poder olvidar su tristeza, su belleza. Entro en un bar cercano. Pido un vaso de leche caliente. Me doy cuenta que es un sitio pijo de ensaladas y bocadillos.
- ¿Organic milk?
- Si, orgánica, fresca, leche de verdad, de la lechera de hojalata de la niña de Ruth Matilda Anderson.
Bebo en su memoria un vaso de leche cerca del Bronx.

jueves, 4 de mayo de 2017

TORTILLA SACROMONTE


Acabábamos de conocernos en el sentido social, en el bíblico aún no. Era junio y volvíamos con hambre caníbal de un chapuzón barato en la Pedriza donde no llevamos toallas, bocadillo, ni bañador. Valentías de la cándida juventud. Así que volvimos a tu casa de Madrid a comer algo. Me pasé todo el viaje de vuelta enumerando con detalles postizos y eruditos las delicias que me gustaría devorar. Imagino que no te creíste mi palabrería. Suponías que detrás de la fachada de gourmet puturrú se escondía, como siempre, un tipo lleno de prejuicios, ademanes, ínfulas y oscuros temores infantiles, así que decidiste hacer para cenar un guiso de tu abuela granaína, un plato que seguía por entonces estando vivo contra el viento y la marea de los modernos mandamientos dietéticos y las tablas mosaicas de los nutricionistas vigentes. Hoy ya no sé, seguro que está prohibida por la DEA. Tortilla Sacromonte nada menos.

No me dijiste nada, sólo que esa tarde cocinarías tú y yo sería tan sólo degustador paciente de tus experimentos. El amor tiene eso, que a uno no le importa morir intoxicado por una tortilla rara o un verso de Neruda. Sólo tuve que confesar que nunca había probado la misteriosa tortilla y bajar a comprar dos litros de Jerez a la bodega de la calle Amparo. Porque entonces, aunque os pueda parecer un imposible, no había Internet, ni teléfonos móviles, ni preservativos con sabores y existían lugares en Madrid a los que uno podía ir con una botella de La Casera vacía a que nos la rellenasen del tintorro más afín: ¿Valdepeñas, Rioja, Cariñena, Cañamero, Jerez?

Ya en casa, con las dos botellas llenas de fino puestas a enfriar me alejé de la cocina y te dejé hacer. La tortilla Sacromonte tiene en su interior bastantes pecados mortales y no pocos veniales: sesos de ternera o cerdo blanqueados y cocidos previamente que son colesterol cien por cien y criadillas despellejadas, limpias, fileteadas, troceadas y salteadas con perejil (las criadillas son los testículos del ternero, por si algún lector post moderno no lo sabe). Además puede llevar algo de jamón, pimiento morrón, patatas fritas y guisantes frescos. Aunque yo entonces, inocente, ignoraba todo aquel conglomerado íntimo y mortal.

Preparamos la mesa con su mantel y su canesú, sacaste las copas buenas que guardaba la familia en alguna catacumba, el vino fresco y aquel tortillón grueso, de aspecto jugoso y colorín que olía tan extraño y tan bien. ¡Prueba! Ordenaste, tras cortar una buena porción de aquel misterio y acercarlo a mi boca con tu propio tenedor. Me acordé de Claudio y Agripina. Cerré los ojos con hambre y comulgué. Me pareció exquisita esa tortilla rellena de tantas cosas inquietantes. Te lo dije. Sonreíste. Nos la terminamos entera, mano a mano, con hambre y glotonería, del vino sólo cayo una de las botellas, no hizo falta más para seguir luego la fiesta por el suelo.

No es tan difícil en estos días del siglo XXI el pecado mortal. A pesar de nuestro ateísmo militante o el laicismo social que nos envuelve, el mundo sigue lleno de preceptos, prohibiciones e inquisidores activos “por nuestro bien”, sin no ya para cuidar la higiene de nuestro alma, sí del cuerpo, débil, hedonista, siempre proclive a caer aquí y allá en múltiples pecados, vicios o malas costumbres culinarias contra el tercero o el séptimo mandamiento de la salud, la esperanza de vida y la comida libre de anticuadas y mefíticas sustancias casqueriles. Por suerte aún me queda tu recuerdo y que luego me enseñaste muchas veces a hacer esa tortilla que me encanta. Aprendí que la casquería en el amor es lo más importante. Ya no hay vino a granel en Madrid pero eso me da igual.


Foto: Katie Lee



jueves, 27 de abril de 2017

LAPAS CANARIAS


Foto de Angel Tovar y Delia Angulo

A veces volver a la civilización es volver al origen y desde ahí reconstruirlo todo de nuevo como hizo Robinson Crusoe en alguna isla sin nombre del archipiélago de Juan Fernández. Somos omnívoros, comedores de bichos, hierbas, moluscos y frutillas, curiosos por probar sabores nuevos y oportunidades nuevas para alimentarnos y alejar el hambre de los cuerpos y los sueños.

No comas nada que no hubiera reconocido tu bisabuela peruana, china, africana, extremeña. Y eso hago.

En las islas Canarias, donde sin duda alguna vez estuvo la Atlántida o sus náufragos, aún saben comer. Ya se va perdiendo la costumbre. La gente se nutre o se alimenta, pero comer comen pocos, comer con tiempo y compañía alimentos sin trampa y con muchos miles de años ofreciéndose en las mesas por casi nada, apenas el esfuerzo de saber recogerlas y saber cocinarlas. En las Islas Canarias sus gentes aún saben comer.

Fue por tanto una sorpresa descubrir hace pocos años esta golosina humilde y riquísima. Un plato de lapas adornadas con cuatro gotas de mojo y alguna papa peruana.

No comas nada que no hubiera comido y reconocido en tu plato tu bisabuela chilena, noruega, filipina o canaria. Y eso hago. 

martes, 25 de abril de 2017

CHUPE REMOTO


Pintura de Lee Price
Ni las Versace, ni las de Talavera van conmigo. Pero las que de verdad aborrezco son las vajillas con filo de oro, las cuajadas de bucólicas estampas campestres en azul o esas otras inglesas llenas de flores de colores que hacen estornudar hasta a los no alérgicos. Tampoco me gustan los platos cuadrados y minimalistas o esa moda retro y horrible del duralex franquis-desarrollista. Pero me gusta la loza tosca y de apariencia primitiva, sin dibujitos ni adornos, con el vidriado rugoso en verde pálido, arcilla natural o blanco porcelana. O esas exquisitas vajillas Raku japonesas que se siguen haciendo como hace dos mil años y que no puedo pagarme.

Sofrío en un poco de aceite los pedazos de pollo y de congrio abierto y sin piel, aliñados con un curri suave de Madagascar. Cuando están dorados añado leche de coco, ramita de cilantro fresco muy picado, dos patatas grandes peladas y cortadas en pedazos rotos. El guiso cuece a fuego lento hasta que la carne está blanda, las patatas casi deshechas y el caldo espeso. Acompaño este chupe con un poco de arroz hervido y escamas de pimentón. Me sirvo una buena ración en este cuenco de loza japonesa y tomo la fina cuchara de abedul que me compré en Suecia. Sorbo primero un poco del caldillo amarillento y luego mastico despacio los pequeños pedazos de pollo o de congrio. He frito a parte la piel del congrio y la del pollo en finas tiras, crujientes unas, gelatinosas otras, aliñadas con sal y con pimienta, que contrastan muy bien con la potencia del chupe. Bebo un Syrah manchego oscuro y perfumado de grosella y tierra que hace José. Dicen que esta uva la trajeron los cruzados franceses desde Persia.

Una vez, en Corfú, aliñé una ensalada de lechuga y queso de cabra en un plato griego de más de tres mil años, el amigo y coleccionista, una vez al año, sacaba la pieza de la vitrina y la devolvía a la vida para la que fue fabricada por las manos sabias de un alfarero que firmaba sus piezas con una filigrana negra en forma de cangrejo. Tengo cariño a este extraño plato Raku de reflejos terroso y dorados y tacto de roca pulida. También a esta cuchara de fabricación lapona con la que nunca te quemas la lengua. Saboreo el guiso y el vino. Comer con cuchara de palo nórdica, en plato nipón, un guiso africano del Índico, mojado con un vino persa y manchego, en Madrid, me devuelve la certeza de mi estirpe de homo sapiens sapiens, variedad gastropitecus de la tribu de los glotones, apátridas siempre.


Plato Raku




martes, 18 de abril de 2017

"LA NUEVE" YA TIENE JARDÍN EN MADRID.


André Solom regresó por fin a la ciudad el doce de febrero del cuarenta y seis. Hace mucho frío en Praga. Todo ha cambiado.
Estás solo, cuando llegas a la casa, imaginas que estará quemada, destruida, revuelta, vacía. Sin embargo casi está intacta. Apenas se han llevado unas pocas cosas de valor, Los objetos de plata, las pequeñas figuras de marfil de morsa que coleccionaba Vadvlav. Cuando entras en la biblioteca, sin luz, en la penumbra de la tarde, sientes todo ese frío que ya nunca se te ha ido de los huesos y que te hace temblar aunque estés junto a un fuego. Bajas a la leñera y aún queda madera y carbón. Te parece increíble. Un milagro. Subes con mucho trabajo varios capazos de leña y colocas antes en la chimenea algunas revistas de Die Neue Weltbühne que tanto gustaban a tus hijos, sobre todo a Ariadna, porque venían artículos de Heinrich Mann y de Walter Benjamin. Esas palabras que tantas veces te leyó ante esta misma chimenea. A ella no le importará ahora que las queme para calentarme. Cuando se enciende el fuego y se prende por fin la leña, arrimas  uno de los sillones a la chimenea. Tienes que hacer un esfuerzo para no creer que en cualquier momento entrará Ariadna con diez años para subirse a tus rodillas y cantarte una nueva canción que ha inventado con las letras de una jarcha o Ariel para preguntarte de qué está hecha de verdad la materia y qué son los átomos o Vadclav disfrazado con ropas de esquimal fabricadas por él mismo gritando que quiere ir de vacaciones al Polo Norte. O tu mujer con un té verde en una bandeja de madera con dibujos de flores y una de esas canciones campestres alemanas en sus labios. Pero no hay nadie. El fuego no te calienta.

Tu hijo Ariel es ahora capitán del ejército de los Estados Unidos y ha sido él quien se ha movido para que los rusos por fin te suelten. Solom no lo sabe pero él ha participado en la fabricación de esa extraña bomba que ha hecho rendirse a los japoneses. Vadclav, el “tesorero de lenguas”, está muerto, enterrado en una fosa común fuera de la ciudad. Gracián, aquel chiquillo que se presentó en tu casa una mañana fría de abril con una carta de recomendación de tu amigo Ataulfo Plasencia y que adoptaste como a un hijo, murió en Madrid en una trinchera de la Ciudad Universitaria. Ariadna está encerrada en una cárcel, condenada a muerte, aunque tú crees que ha muerto también en esa ciudad cuyo nombre te suena a hogar. Ya no te queda mundo. Ni vida. Ni Praga. Cierras los ojos. Tienes todos los salvoconductos para atravesar Europa, viajar a los Estados Unidos y vivir los pocos años que te quedan en una casa confortable con un jardín lleno de buganvillas, rodeado de vecinos amables, cuidado por tu hijo Ariel, su mujer Pauline y dos nietos que ahora tienes y no conoces. Pero no vas a hacerlo. Ésta es tu casa. Tu vida. Tu ciudad. Guardas en tu memoria demasiada crueldad, demasiadas voces y gritos. Ya no puedes, no quieres seguir viviendo. Entonces recuerdas esas cartas.

Te levantas del sillón y buscas aquel gran libro de Alexander von Humboldt lleno de mapas y dibujos de animales extraños que tanto gustaba a Vadvlav. Ahí están las cartas. Intactas, cuidadosamente numeradas, ordenadas, protegidas dentro de la carpeta color teja de cartón fino en donde las metiste en la página en la que Humboldt dibujó un gran mapa de la costa de Brasil. El fuego comienza a calentar la habitación aunque tú no te das cuenta. Abres con cuidado la carpeta y lees la primera carta. Las primeras frases. Despacio. Muy despacio. No te cuesta meterte en el español antiguo. Has podido practicar el idioma en el campo de exterminio. Piensas en Gracián. Él debía estar leyendo ahora esas palabras, a él le entusiasmaba el Siglo de Oro. A pesar de tanta oscuridad y tanta miseria, a pesar de la Inquisición, la pobreza, la ceguera de un Estado corrupto y de una Iglesia tirana. Eso decía él. Debía ser Gracián quien leyera hoy estas cartas a tu hija Ariadna o ella a él frente a esta chimenea encendida, en esta biblioteca que guarda mucho del saber bello del mundo, un saber que no ha parado al Golem, que no ha impedido que “el mal” habitase Europa durante tantos años. El mal. Creías que el mal era solo un tipo ciego, un poco tontorrón, que solo luchaba por el bien de si mismo, de su familia, de su tribu, del mundo entero sin importarle que ese bien aniquilase a los demás o fuera impuesto. Un bien destructivo y sordo. Eso creías. Pero has visto al Golem. Sus ojos secos. Una forma de mal que no tiene lógica, ni misterio. Una forma de mal que ha destruido a millones de personas entre gestos de aburrimiento, convirtiendo la muerte en rutina cotidiana, burocracia eficiente, con la tranquilidad y brutalidad con la que se pasea por un bosque o se lee un bello poema. Has descubierto el mal en todas partes, hasta en tu propio corazón todas esas noches que deseaste morir y, pudiendo hacerlo con facilidad, no lo hiciste.

Sin embargo las palabras de las cartas de Teresa te hacen olvidar al Golem, borran “el mal” de tu memoria y piensas en la voz de Gracián y en la voz de Ariadna leyendo esos viejos papeles. Te suenan a ellos, a ese deseo que no podían disimular, a esa ternura que entrelazaba siempre sus miradas aunque estuvieran en silencio o discutiendo sobre el futuro o hablando de versos antiguos. Se amaban. Ellos tenían en su corazón todas las frases de Teresa y muchas más, una vida entera llena de palabras de amor por hacer crecer, nombrar, esconder, lanzar al mundo. Ellos. Gracián y Ariadna a la que crees también muerta. No puedes olvidar que una noche subiste al desván donde dormían y escuchaste sus voces, sus gemidos, su deseo. No te avergonzaste de escuchar. A eso suena la vida cuando estalla y rebosa de la copa del mundo, ésa es una de las músicas del amor. Agradeciste en silencio a los chicos el regalo. Bajaste muy despacio las escaleras para que no se sintieran sorprendidos.

Entonces se abre la puerta de la habitación y aparece un joven, casi un niño, vestido de soldado y grita algo en ruso, con una voz ronca que parece la de un anciano. Solom no le escucha, sigue leyendo. El desconocido grita más fuerte palabras que sin embargo el sabio no comprende. Se vuelve, le mira a los ojos y recita la última frase de Teresa.

Ven a mí dulce amor, toca mi piel  y hazme susurrar  como la brisa de mayo entre las cañas que hay junto al mar.

El militar, que había sacado la pistola, se acerca al otro sillón y lo arrima al fuego. Se derrumba en él como si su abrigo de soldado fuera de plomo y su peso insoportable. Joder viejo loco un poco más y te pego un tiro, pensaba que eras un ladrón o algo peor, pensaba que estabas quemando todos estos libros para calentarte de este puto frío de los cojones. Tiene cara de niño. Veinte años o pocos más. Sin embargo tiene la piel de la cara cuarteada, arrugas en los labios, los ojos enrojecidos, las manos grandes, nervudas, llenas de cicatrices y cortes recientes mal curados.  Puta mierda de guerra. Todo dios emperrado en quemar gente y en quemar libros. Joder. Puta mierda de nazis y de rusos y de la madre que los ha parido a todos que se piensan que los libros muerden o algo por el estilo. André Solom sonríe por el acento francés que tienen todas esas frases en español que casi le suenan tan bien como las palabras de Teresa. Lo mira a los ojos y ve en ellos un cansancio infinito, pero también una extraña inocencia, valentía, arrogancia. Adivina que el muchacho ha luchado muchas veces contra el Golem y de alguna manera, aunque tenga el corazón destrozado de dolor, lo ha vencido en todas ellas. Estoy hasta los cojones de tanto loco y de tanto iluminado. No te jode. Que vengo ahora de la comandancia para que me den por fin el pasaporte para volver a casa, a mi París y el tonto de los huevos me dice que hasta dentro de dos días no tendré el visado. Joder, hasta que no le he metido el cañón de la pistola hasta la campanilla no se ha dado cuenta el hijo de perra que tengo prisa. Que llevo muchos años limpiando de cabrones el mundo y ya estoy cansado, joder, cansado. No es tan difícil de entender. Cansado. Solom se levanta y se acerca a la librería que está junto a la puerta. Saca varias grandes biblias del siglo XVIII y mete la mano al fondo. Ante la sorpresa del joven aparece la pequeña puerta de un mueble bar secreto y saca una botella mediana. Rompe el protector de lacre e intenta quitar el tapón de corcho, pero no puede. El joven soldado da un grito, se levanta de un salto y extiende su brazo sin decir una palabra. El sabio le ofrece la botella. Él, con los dientes descorcha la botella y huele el gollete. Joder, joder, joder viejo cabrón, llevo tres semanas viviendo en esta casa y no he encontrado ni una gota y ahora me descubres que tienes aquí metida entre la palabra de Dios y su puta madre un botella de jerez que huele de cojones. Echa un trago largo, casi media botella sin respirar. Chasca la lengua, se limpia la boca cuarteada y rota con la manga del grueso abrigo ruso y luego le pasa a André Solom la botella. Él bebe un poco y siente cómo el suave licor le calienta por dentro y le hace sentir cómo vuelve el calor a su cuerpo. El jovenzuelo sonríe y unas lágrimas gruesas le resbalan por la cara pero no le borran la alegría de los labios. Vuelve al sillón cerca del fuego y se deja caer de nuevo como si tuviera sobre sus hombros un peso gigantesco que le vence. Vamos a ver viejo, tú quién eres. Quién cojones eres.

Es muy tarde cuando André Solom cierra los ojos. Antes ha echado más leños a la chimenea. Por el suelo hay varias botellas vacías de oporto, malvasía, jerez, Málaga, Retsina. El joven soldado ronca. El anciano admira su abandono, ese cansancio infinito que le ha marcado la cara para siempre, esas manos heridas en todos los lugares de Europa. Todos esos nombres de todas las ciudades que ha liberado, de todos los amigos muertos, de esos españoles que le han acompañado y le han enseñado el idioma, a luchar, a sobrevivir aunque ninguno haya quedado con vida de aquellos treinta que  empezaron con él en Normandía, que entraron con él en París y le siguieron por Alemania y Austria hasta el Nido del Águila. El chiquillo ha matado a muchos hombres y a muchos les vio el último chispazo de vida en los ojos azules cuando apretaba el gatillo de la ametralladora a tres pasos o removía la bayoneta en sus gargantas. ¿Y qué eras antes de soldado? El jovenzuelo protesta. Era no, soy, sigo siendo, eso seré cuando regrese a París, lo que fue mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo, un puto librero, eso soy, un librero orgulloso. Y ahora más. Tú no sabes qué empeño tiene el mundo en quemar a la gente que piensa, a la gente que escribe libros y a los libros mismos. Joder que plaga, que peste, la hostia. Cuando entré en París con mis amigos españoles encima del camión “Guadalajara” lo primero que hice fue ir a la casa de mi padre que estaba encima de la librería. Pero todo estaba vacío, quemado, destruido. No sabes la mala hostia que se me puso. En español se dice así, ¿sabes? mala hostia. Se me puso una mala hostia de cojones. Encima luego alguien me disparó desde un tejado de enfrente, un cabrón, otro cabrón. Tuve suerte, el tiro me entró por debajo de la clavícula. Salí corriendo, entré en la casa, subí los cuatro pisos con la pistola en la mano y le pillé en bragas, mirando hacia la calle. Le chisté y según se daba la vuelta le pegué un tiro en los cojones y ahí le dejé. No me molesté ni en rematarle. Qué hijo de perra. Esos hijos de perra habían matado a mi padre y le habían quemado su librería. Ya me dirás tú qué mal hace un librero. Joder qué puta guerra. ¿Tienes más vino? Y luego me dice ese cabrón de chupatintas que no tengo aún el pasaporte ni el visado. Joder que mala hostia se me ha puesto. Solom se ríe. Le gusta como suena el español, aunque el chico blasfeme tanto y arrastre por la garganta las erres. Bueno ¿cómo te llamas? El soldado apura la primera botella. Y mira perplejo a Solom. Me llamo Raimond Royuela. Teniente del ejército de la Francia Libre. Y tengo la Legión de honor y L’Ordre de la Libération y otras putas medallas que he ido vendiendo por ahí. Llegué hasta aquí pegando tiros con los yanquis y los rusos hace ya dos años pero como soy comunista me han dejado quedarme por aquí. Digamos que me he encoñado de una rubia estupenda. En español se dice así, encoñado. Aunque me acaba de dejar y ahora quiero volver a casa. Así que todo esto es el pasado. Ya solo soy librero. Por eso me quedé a vivir en esta casa, porque había muchos libros y me sentía bien. Nuestra librería se llamaba El sueño de Salgari y está muy cerca de Notre Dame, casi enfrente. Pero soy un librero sin libros y sin dinero.  André Solom contempla al chico. Bueno, todo puede arreglarse. Te propongo un trato. Digamos que yo te vendo toda mi biblioteca. El soldado se levanta y apura la segunda botella. No me ha escuchado, estoy sin blanca. Se dice así en español, sin blanca. Gracias a que me dan comida en el cuartel que hay junto al río que si no ya me había muerto de hambre y de frío. Porque vaya puto frío que hace en este pueblo. Solom desea sonreír, tal vez lo ha hecho. No importa, digamos que ya me lo pagarás cuando estés en París. Tengo ahí, detrás de las botellas, algunas joyas de mi mujer. No te darán mucho dinero pero sí el suficiente para conseguir un buen camión y para que puedas llevarte toda esta biblioteca a tu librería. Muchos de estos volúmenes tienen valor si das con las personas que saben apreciarlos. Por algunos te darán incluso una pequeña fortuna. El soldado se queda en silencio. Luego se levanta de nuevo y se acerca hasta el escondrijo de las botellas para coger otra. Vuelve al sillón, la descorcha y antes de beber se la ofrece al viejo.


Ahora que le ve dormir la borrachera junto al fuego, sin haberse quitado el grueso abrigo, le parece aún más joven de lo que es. Solo entonces habla en sueños palabras en francés y su voz cambia. Te parece casi la voz de un niño, un chiquillo que vuelve del colegio y recita su lección antes de entrar en casa. Voyez, près des étangs, ces grands roseaux mouillés. Voyez ces oiseaux blancs et ces maisons rouillées. La mer, les a bercés le long des golfes clairs et d'une chanson d'amour. La mer a bercé mon cœur pour la vie… Al día siguiente cuando el joven se despierta apenas balbucea unas palabras. Sale a la calle y vuelve a la media hora con un termo de campaña lleno de café muy fuerte y dulce y un gran paquete lleno de hojaldres de miel y piñones.  Solom le escribe un contrato de compraventa y firma en cada una de las hojas del libro de registro que tiene su ordenada biblioteca. Beben juntos en silencio el café y devoran los dulces. El sabio saca después del fondo del botellero una caja de madera tallada en la que hay unos anillos y algunos broches con perlas. Cómprate un buen camión y búscate a alguien que te ayude a empaquetar la carga. Al atardecer volvió el chico con un Skoda 706 lleno de cajas de madera vacías y dos soldados checos. Con delicadeza de librero el joven soldado fue llenando cada caja despacio, clasificando los libros por autor, años de edición, idioma, materias. Tardó casi dos días con sus noches en llenar todas las cajas y vaciar por entero la biblioteca. Solom mientras tanto apenas se levantó del sillón junto a la chimenea que el soldado se cuidaba de mantener encendida.

El viejo contempla cómo va desapareciendo su gran biblioteca. Las estanterías vacías van convirtiendo la habitación en un lugar distinto, feo, extraño. Pero a él no le importa. Sabe que sus libros volverán a la vida en otros ojos. Se han salvado del Golem y ahora merecen seguir en el mundo, asombrar a otros lectores en otras ciudades en otro tiempo. El joven librero entra en la sala con una nueva carga de leña que coloca con cuidado en el hogar. André tiene  en las manos la carpeta de cartón color teja con las cartas de Teresa. Bueno, esto léelo cuando tengas de nuevo la librería en marcha, cuando te enamores y sientas de nuevo que el mundo puede ser un lugar habitable, aunque ahora te parezca imposible. Raimond Royuela toma la carpeta y abraza al anciano. No tengo palabras. Me cago en dios, viejo. No tengo palabras. Y era verdad. El joven soldado no encuentra palabras en español para demostrar agradecimiento a ese extraño que ahora entre sus brazos le siente tan frágil y delgado. Solom escucha el ronquido del camión al arrancar. Cierra bien las puertas de la sala vacía y va bebiendo despacio de la última botella de oporto. Poco tiempo después se duerme. Media hora después, dulcemente, se apagará su vida.

Raimond Royuela, veintidós años, solo, con los ojos llenos del coraje, dos termos llenos de café y el corazón de los héroes que han muerto a su lado, atravesará con el Skoda atiborrado de libros preciosos media Europa reventada, pueblos arrasados hasta los cimientos, cementerios y cruces en muchas cunetas y Panzers que le parecía que en cualquier momento comenzarían a echar humo y a escupir muerte pero que ya solo eran chatarra, niños hambrientos que se le suben al camión,  docenas de controles en los que parará muchas veces mostrando documentos y visados y su cara de mala hostia, de quien hace ya mucho tiempo que nada teme. No tiene problemas en llegar por fin, cinco días después, a París. Al local abandonado y destruido donde puede leerse en letras rojas sobre un fondo verde El sueño de Salgari.

El Joven Raimond puso en marcha la librería en poco tiempo, hizo afortunadas ventas. Conoció a una joven muchacha llamada Terese. Comenzó a pensar que el mundo tal vez, en un futuro no demasiado remoto, podía ser un lugar habitable.  Cinco años después, un verano, regresó con su mujer a Praga. En la casa del sabio Solom vivía ahora un funcionario del partido que le recibió con amabilidad y deferencia. Le invitó a beber una copa de slivovice, un licor de ciruelas, en la sala en donde había estado la biblioteca, ahora dividida en dos por un tabique y convertida en un feo despacho con muchos libros similares, encuadernados todos en tela roja o negra. Brindaron allí por los camaradas muertos en la Gran Guerra Patriótica y a él le salió sin querer la voz ronca y rota de entonces, de cuando destruía tanques con granadas americanas y botellas de champán llenas de gasolina y la metralleta pesada de los camiones de La Nueve. Y vio las caras de todos sus amigos muertos, anónimos, ya olvidados. ¡Por la República, no pasarán! Nadie le supo dar noticias del viejo Solom. Entonces, al regresar a París, se acordó de aquella carpeta que le había entregado con tanto misterio el viejo. La abrió. Leyó las cartas. Descubrió sus razones y no tuvo entonces tampoco palabras  en español, ni en francés, ni en ningún idioma conocido para agradecerle ese otro regalo al sabio judío André Solom.

(Fragmento de: "Cartas de amor que nunca escribiste")

martes, 4 de abril de 2017

AMANITAS CON BUTIFARRA DULCE DE GIRONA(en honor a a Mary Beard)


A Claudio lo envenenó su mujer mezclando amanitas phalloides con cesáreas, él lo sabía y no cerró la boca, mejor morir así que rumiando hojas de lechuga en una larga jubilación con mil achaques disimulados por la medicación y las abstinencias. Ya no nos atrevemos a amar o a comer con pasión, riesgo, glotonería e inconsciencia como aquellos locos romanos. Preferimos lo sano, lo terapéutico, lo sensato, lo equilibrado, lo digestible, lo que prescriben los expertos como bueno para el hígado, el sistema cardiovascular o el alma o el corazón (ahora psique). Un menú de plato o de cama sin muchas complicaciones o aventuras, sin demasiado abismo, de buena digestión y fácil beso. Cristina Nehring sugiere que todo eso es de verdad muy sano pero muy aburrido y que hay que amar con esa pasión libre, fou y auténtica de antes, que hay que comer con ese apetito de gourmand y de glotón y que no hay peor exceso que la mesura ni peor sexo que el estadístico, gimnástico, suficiente, de manual de autoayuda o de revista de peluquería, sin su timidez y su derroche. Imposible pensar otra cosa ante un plato de amanitas de los césares y butifarra dulce de Girona. Un plato excesivo, intenso, amarillo, de pringue, dulce y salado que llena y satisface. Primero hacemos el embutido asado despacio en una sartén con un poco de manteca y luego en su grasa rehogamos un poco las setas. Pan en abundancia y copón de Verdejo de Rueda. “El futuro es propaganda, el pasado una fábula, el presente es historia”, pero tenemos los instantes, la noche, la memoria. El día que ya no pueda festejar con butifarras, vino y amor pediré un buen plato de phalloides o veneno similar.

Preguntaron a Mary Beard la historiadora experta en el Imperio Romano sobre cual era su personaje romano favorito y no dudó, no era Claudio: “Mi personaje favorito es Eurysaces, un panadero”. Y el mío.