sábado, 5 de agosto de 2017

PIEDRA DE SIRENA


Vale. El principio. Lo tengo claro. Fue el día en el que conocí a Claudio, el hijo del Tocinero. El segundo día de la escuela. Toda mi vida allí en la playa junto al chiringuito de madre, feliz, y de pronto me encierran con veinte monstruos de seis años y una bruja. La puta escuela. Ese fue el principio. Yo allí sentada, muerta de miedo, con la piedra lisa, blanca, suave, en el bolsillo, que me había regalado Mico, el Sardinero. Es una piedra de sirena, Lucía. Llegó enganchada en la red desde el fondo del mar, desde los más hondo. Es una piedra mágica. Y la jodida maestra escribiendo números en la pizarra. Toda esa mierda del dos por dos. Yo ya le hacía las cuentas de las comandas a mi madre con la tiza encima de la piedra del mostrador y luego la suma de las ganancias del día y las divisiones de los pagos a los proveedores. Y esa bruja, dos por dos, cuatro. Joder. El resto de monstruos cuchicheando porque nunca me habían visto en la escuela. Es Luci, la hija de Carmen, la del chiringo. Tenía ganas de salir corriendo, ganas de llorar, ganas de ir con madre. Acariciaba la piedra blanca y pesada que escondía en mi bolsillo. Entonces va el Tocinerillo, que se sentaba detrás de mi pupitre, y dice: Tu madre es una guarra. Sonreía expectante. Tu madre es una guarra. De nuevo. Los otros monstruos se reían también y yo no entendía. Mi madre siempre se lavaba antes de cocinar, se lavaba en la gran pila de granito del patio con una pastilla de jabón Lagarto y esas esponjas de mar grandes que nos traía Mico del fondo del mar. Mi madre olía a frituras y a guisos ricos cuando estaba trabajando en el chiringuito, y luego olía a jabón y a ese perfume de lavanda y limón que le gustaba ponerse antes de ir a dormir agotada de estar todo el día asando sardinas, haciendo arroces, sepias, croquetas, caldillos y sirviendo chatos y cervezas a los turistas. Y Claudio de nuevo: Tu madre es una guarra. Nunca había sentido esa furia y ese miedo. Nunca. Creo que ese día fue el principio de todo esto. Cerré los ojos. Los otros pequeños monstruos se reían. La maestra seguía escribiendo la tabla del dos en la pizarra y yo sentí mi mano apretando la piedra de sirena y veía a madre tan guapa, sonriendo mientras me miraba y se lavaba en la pila con agua fría y ese jabón verde, esa esponja rugosa y a la vez suave y su voz susurrando una canción que ahora no recuerdo. Furia. Mi brazo se disparó con la mano empuñando la piedra blanca contra la boca abierta de Claudio en el momento en el que comenzaba a repetir esa frase. Tu madre es una guarra. Recuerdo los trozos de dientes ensangrentados sobre el pupitre, sus babas rojas chorreando por su baby, la cara de espanto de la bruja, sus gritos, los gritos de Claudio, mi piedra de sirena llena de sangre tras golpear su boca, la mano sarmentosa de la maestra atenazándome, arañando mi oreja mientras me llevaba así atrapada hasta el despacho del director. Pasó mucho tiempo. Llegó madre, las voces de aquel viejo diciendo que era una niña peligrosa, que acabaría en la cárcel, que madre era responsable de no haberme llevado antes a la escuela, que quizá ya fuera demasiado tarde. Árbol torcido, árbol torcido, repetía. 
Luego recuerdo que estaba de nuevo en el chiringuito, por fin a salvo de los pequeños monstruos, la bruja, el director. Mi madre preparaba el género para las comidas, machaba los ajos para los adobos, encendía las brasas. Ya quedaba poco de septiembre y luego tendría que cerrar el chiringuito hasta el verano siguiente. Entonces le vi llegar. Tocinero padre en persona. Una mole de ciento treinta kilos y dos metros de altura que cortaba las chuletas de buey en su carnicería como si fueran mantequilla. Recuerdo mi miedo cuando debía ir a su tienda a por algún encargo de madre. Sus manos inmensas troceando la carne con una hacheta que afilaba sin parar con una lima larga y roñosa, su voz ronca, sus ojos diminutos muy negros y sus cejas espesas. Una mole. Tocinero padre se acercaba despacio caminando por la orilla de la playa con el mandilón de rayas negras y verdes manchado aún de sangre, brutal, enorme. Sin duda venía a partirme el cuello como a uno de esos cochinillos blancos que troceaba en un minuto encima del tocón de su carnicería, y a sacar las tripas a madre como hacía con los pollos metiendo el dedo índice, gordo y chato por el culo. Tocinero padre era un ogro. Venía sin duda a vengarse por haberle roto a su hijo la boca con mi piedra de sirena. Me escondí detrás de las cajas de cerveza. Hola, Carmen. Siento mucho lo ocurrido. Seguro que lo dijo sin malicia. Lo habrá escuchado a alguna vecina de mala hiel. Vaya panda de víboras. Lo siento de verdad, Carmen. Yo no entendía nada. El ogro en voz baja disculpándose ante madre. El ogro avergonzado. Dile a la niña que salga. Quiero pedirle disculpas a ella. Madre me llama. Salgo. La manaza de Tocinero padre aún con rastros de carne despedazada entre las uñas acariciando mi cabeza. Lo siento, niña. No volverá a ocurrir. Quiero que seáis amigos. Claudio en un poco tonto. No te preocupes. Ha dicho el médico que como son dientes de leche le crecerán luego los buenos. Perdona, niña, de verdad. Estoy muy avergonzado. 
El ogro allí, apoyado en el mostrador de piedra del chiringuito. Madre le pone un chato doble y unas rabas fritas recién hechas. No importa, Claudio. Son cosas de chiquillos. Ese es el principio. Tocinero hijo fue mi primer amigo de la escuela. Ya nunca más tuve miedo de Tocinero padre. Era un ogro bueno. Detrás de sus manos ensangrentadas y su vozarrona de malas pulgas se escondía un buen tipo. Alguna niña o algún niño se atrevió a decirme eso de tu madre es una guarra, pero ya no necesité sacar mi piedra de sirena. Era Claudio quién tiraba de los pelos o se liaba a puñetazos con quien fuera para defenderme, y bastantes veces más acabamos los dos delante del director. Sí. Creo que este es el principio, el día en el que dejé de tener miedo a los ogros. 


Presentado a Zenda - #UnMarDeHistorias




viernes, 4 de agosto de 2017

EL MAR Y EL VOLCÁN


Hace mucho tiempo. Todo esto era antes que la depilación brasileña y la silicona trampantojo transformasen la faz de la tierra, antes de que un teléfono pudiera llevarse en el bolsillo del culo de un vaquero cortado y que Internet asesinase a don Espasa, antes de que la termomix, el pacojet y los vibradores poblasen los sueños húmedos de los hombres incultos y las mujeres sabias. Él tenía casi veinte años y ella otros tantos.

Aquellos días son hoy un tiempo remoto, evanescente, tal vez fabulado. Apenas recuerda nada o casi nada. Sólo su gusto por los higos de cuello de dama, la butifarra cruda y el vino blanco frío, el sabor untuoso y la lentitud deliciosa de algunos de sus besos con sabor a tabaco, la luz del sol en aquel barco, el gesto de mirar siempre atrás antes de alejarse, ya muy tarde y nunca callarse por nada, por nadie. También el sonido de su voz en las palabras de un libro pequeño y manoseado de Lowry que todavía hoy le acompaña.

Duerme. Dormía. Entre medias el tiempo los ha derrotado. Envejecer, aunque sea por una buena causa es siempre devastador para la memoria de aquellos días dichosos y fáciles. Tal vez sigue igual de delgada e indómita. Él no. Envejecer, aunque sea por una mala causa, es siempre fértil para la fabulación de aquellas noches que él inventa interminables y dulces y mentira. Los años los van destrozando, desmoronan la belleza de la piel como lo hacían las lluvias y el frío, los veranos y el viento con los gestos en mármol de aquellas esfinges de Alejandría o El Capricho. No hay pesar o lamento, no hay pelea ni escondrijo para este derrumbe tranquilo. A ellos no les importa. Tampoco hay excusas en los labios. Dormía. Duerme. Respira despacio. En su espalda desnuda y su culo él sólo ve levedad y belleza.

Entonces, tan lejos, en ese mundo remoto, aún venían al pueblo pescadores del Ebro gritando por las calles su género. Había comprado dos anguilas grandes el día anterior y guisado con una de ellas un buen caldo añadiendo puerro, apio, cebolletas, tomate, laurel y un diente de ajo. Coció en ese fumet gustoso unas patatas nuevas y las trituró lentamente por un pasapuré añadiendo un poco de mantequilla y pimienta. Hizo con ese fino puré un pequeño volcán y rellenó su cráter con pequeños dados de la carne de la otra anguila, dorados a la bilbaína, con su láminas crujientes de ajo y su guindilla de bola*. Hoy él está guisando lo mismo para cenar. Guarda un vino blanco en la nevera. Deben de ser las ocho de la tarde y los últimos rayos de sol sobre el mar han burlado las nubes de la última tormenta. Cenan desnudos. Las palabras apenas son susurradas. Las miradas se mantienen muy dentro sin bajar la vista a ningún sitio de este mundo o del otro, de aquel, del perdido.  A ella le gustó mucho el guiso, masticaba con hambre. Hoy también.

Tal vez era una playa de Ámsterdam o Barcelona o Túnez. Hace mucho tiempo de todo. Tal vez no vivieran entonces esa prisa de sábanas, las bragas turquesa desnudando otra vez su sonrisa, el aliento de él allí abajo. Tal vez no se encontraran después y el aullido del tiempo siguiera rasgando los días por venir sin quemarles. Quién sabe. En su mirada él nunca ha visto dolor aunque la lava que hierve en el volcán le haya quemado mil veces los ojos y mil veces sus lágrimas protegieron su peculiar forma de ver el mundo como al viejo Miguel Strogoff. No te calles, nunca, por nadie, dice él. Tras cenar, el barco los lleva de vuelta. Tal vez a ningún sitio pero no les importa. Ella saca la foto que él no le hizo entonces. Está guapa. Sopla el viento en la playa. Es suave. También el presente.




*El maravilloso guiso es invento del gran Ange García, pero él utilizaba angulas.

martes, 1 de agosto de 2017

SALMONETES EN MAR NEGRO (para Leonard y Suzanne)

(Acuarela de Noemí González)

Comerciamos con garum, mojamas, corales, sirenas, algas y conchas, inventamos a Ulises, construimos barcos ligeros y rápidos que tocaban apenas la espuma y ciudades al abrigo de los malos vientos pero abiertas a las brisas benignas. En este mar aprendimos a cocinar sus pescados de mil formas y encontramos en cada pez, molusco, cangrejo, calamar o bicho la fórmula más adecuada para convertirlo en alimento y golosina. Tu amigo el pescador jubilado te ha guardado hoy unos salmonetes y unos chipirones. -Son de esta madrugada, de los buenos, de roca. Mañana te traigo los de playa para que compares-.

Pronto se extinguieron las focas, las ballenas y los monstruos, se olvidaron las sirenas, los tritones, los krakem y ahora hasta los tiburones y los atunes van desapareciendo de sus profundidades. -Ya queda poca orilla en la que el mar nos hable y pocos peces grandes-. Eso te dice el pescador, y eso que no ha leído a Pla. Quid pro quo, él trae pescado y tu le das una de esas botellas de tinto de la Ribeira Sacra que luego muchas veces os bebéis juntos. Él te cuenta cómo engañar a las llampugas con señuelos emplumados o cómo se pescan calamares con luz de carburo y tu le hablas de cómo acechar a las becadas entre los bosques espesos de robles y castaños en La Vera. Quid por quo, la lógica del don, el intercambio sin precio, ni dinero. No sólo nos mueve la ambición de poseer, aún compartir es buen negocio.


Ella aún no se ha despertado. Imaginas que las sirenas tienen el sueño distinto. El sol ilumina el desierto, la tierra anaranjada, la arena gris de estas calas que un milagro ha salvado por ahora del desastre. Bebes un café de puchero en la cocina mientras contemplas sobre el plato de loza antigua los cuatro salmonetes y el puñado de chipirones, los tomates arrugados que aprendiste a secar, las cebolla con rastros aún de tierra. Te gusta su casa de pueblo de muros de adobe y de tejas antiguas. Sonríes al imaginar por qué una sofisticada arquitecta que conoce los secretos del acero y el hormigón reconstruye al final su hogar con paredes de barro y paja, de vigas de derribo y tejas recicladas. 

Millones de personas vienen en verano cada año del norte a quemarse la piel y embriagarse de fiesta y destilados, luego intentan limpiar la resaca y el calor metiendo sus cuerpos en las olas y alimentándose de paella congelada. Millones de personas comprar una palabra llamada “vacaciones” y otras pocas se hicieron edificar el espejo de sus egos en cemento con vistas a levante y piscina cubierta. Pero hoy es invierno y además en este lugar no llegó por fortuna la locura chirbesiana del ladrillo. Se ve lejos el mar desde la ventana abierta de esta cocina antigua, pero entra la brisa fría y salobre que se mezclará dentro de poco con el aroma intenso de los salmonetes y los chipirones asados y el sofrito apunto. Adobas el pescado unos minutos antes en aceite, albahaca picada y un chorro de limón. Sonríes al imaginar su voz, su forma de despertarse, siempre alegre. 

Corfú, Estambul, Sidi Bou, Marsella, Begur, Níjar, Denia… has comido humildes pescados, casi vivos, en ligeros sofritos a veces especiados y otras veces muy simples, separando con los dedos la carne de la espina, empapando la salsa con panes muy distintos has satisfecho el hambre y guardado en tu memoria todos esos sabores a mar. El arte del sofrito sólo requiere tomates de verdad, aceite de olivos mimados, cebolla, pimiento verde, ajo. Cuando está pochada la verdura añadirás la tinta de los chipirones desleída en un poco de Jerez. Pasas la salsa por un chino y sobre este mar negro y aromático salpicas un poco de tomillo del que cogiste en abril en el desierto y esparces finas tiras de lechuga de mar cortadas como si fueran espaguetti. Sobre ellas colocarás los filetes de salmonete que has escurrido del adobo y has marcado lo justo en una sartén caliente junto a los chipirones rajados haciendo rombos para que no se retuerzan con el fuego.

Eres feliz aquí, aunque ella no sea de verdad una sirena y no sepas por cuanto tiempo este horizonte seguirá intacto. Desayunáis pescado y vino, pringáis el pan en la salsa oscura. Sonríe, rebaña el plato, se sirve más salmonetes y más salsa y más chipirones y más vino antes de decir: -Veo que sabes cocinar sus peces o sus sueños y conoces algunas de sus palabras, no sé si las suficientes para despertar a las sirenas y a los monstruos, pero si las precisas para que desee besarte si no te importa que sepan mis labios a pescado-.

Y desde entonces, alguna de estas primeras mañanas frías del año, en esta casa cuyos cimientos pusieron nuestros antepasados árabes para otear la mar, guisas para desayunar salmonetes adobados y asados que nadan en un mar oscuro de tinta de chipirón. A veces os acompaña el viejo amigo pescador que nunca leyó a Josep Pla pero que discute contigo si lo salmonetes de las rocas profundas de Mónsul son más sabrosos que los que nadan entre la arena gruesa del fondo de Genoveses. -La gente no entiende, se come cualquier cosa, pero no hay comparación-.  Te dice mientras rellena los vasos de vino. ¿Quién sería el primer pescador que se atrevió a comer un ser tan extraño como un calamar?, ¿quién el cocinero que probó a guisar una salsa con su tinta? Y él: -¡Qué preguntas haces!, se nota que los de ciudad no estáis muy bien de la azotea. Eso que más da. Fue hace mucho tiempo, te lo aseguro, cuando éramos de esos primitivos que dice la tele-.


Hoy soñaste que enormes atunes rojos nadan hacia el norte hasta las Medas, que este mar sigue vivo, que quizá hubo sirenas, que tal vez comprendamos que quién ensucia el mar desprecia a su estirpe, su cultura, sus hijos. Adios Suzanne, adios Leonard.

jueves, 27 de julio de 2017

CENAR VAMPIRO A LA BORDELESA



Años antes del desastre del “Prestige”, andábamos realizando un estudio sobre el “emprendimiento” de las mujeres de los pescadores de Muxía metidas en la aventura de comercializar sus trabajos de encajes “de Camariñas”. Una día, como en un cuento gótico a lo Blixen, ya muy de noche, sorprendidos por una tormenta de todos los demonios, nos perdimos en aquellas carreterillas sin indicaciones, muy estrechas, todo curvas (entonces no existían ni los gepeeses ni los móviles) que a veces acababan en carriles de tierra, otras en aldeas sin luces o directamente en páramos deshabitados junto a las broncas rompientes de la Costa da Morte.
Desorientados y cansados, decidimos pararnos en una tasca que estaba en las afueras de una de aquellas aldeas. Eso ponía en un letrero de madera labrada LA TASCA, nada más. Al empujar el portón de madera gastada de naufragio nos encontramos con un amplio y confortable espacio de suelos de roble bien encerados y mobiliario extraño, más propio de una casa burguesa del siglo XIX que de un humilde bar de carretera. Allí se estaba caliente, además, para nuestra sorpresa, olía muy bien, a una mezcla de chimenea con buena leña, tabaco de pipa holandés y flores secas de lavanda. En algunas mesas se comía, en otras se bebía y en todas se hablaba animadamente en gallego de esto y de lo otro sin que nuestra presencia o nuestra apariencia forastera rompiera ninguna conversación. Nos sentamos en una mesa libre y nos sirvieron, sin pedirlo, una frasca de buen tinto de la Ribeira Sacra, de color muy oscuro, con dos potes de barro para beber, y también dos tazones grandes con un caldo suave y consistente. Luego, tras entonarnos un poco, la camarera nos recitó la carta de la cena. Pedimos lo básico y típico: pulpo, mejillones y un guisote de lamprea. La generosa ración de pulpo a feria, sobre un plato grande de loza vieja, estaba en su punto de ternura, como exquisitos estaban los grandes mejillones al vapor dentro de un gran pote de hierro e igual de bueno y abundante era el guiso de lamprea del que pringamos hasta la última gota de su potente salsa de sangre con unos picatostes de hogaza que eran más que perfectos. Saboreamos a conciencia la finísima, rara e inimitable carne de aquel vampiro acuático. De postre y postín compartimos una ración de tarta de almendras, media frasca de orujo de brujas y un café de puchero muy suave, aromatizado con una hierba que no supe descubrir.
Eran las doce de aquella noche heladora de febrero cuando la camarera nos sugirió el reposo allí mismo. La Tasca tenía también su parte de fonda y arriba había, si lo deseábamos, por suerte, una habitación libre. Nos atrevimos a quedarnos, por seguir con la aventura gótica, y en buena hora. El camastro era enorme, antiguo, con el colchón altísimo. La habitación era grande con el lujo de tener allí dentro una chimenea ya encendida que templaba el invierno, los altos techos y el granito basto de las paredes. A la derecha se abría un gran ventanal hasta el suelo que daba al mar rabioso del que huíamos. Metidos en la cama se adivinaba la espuma blanca de la rompiente. No había tele, ni baño, sólo uno colectivo para las cuatro habitaciones al final del pasillo, pero allí dentro teníamos un bonito aguamanil y una preciosa bacinilla de porcelana decorada con sirenas y flores. Lo asombroso del cuarto era que además, sobre el muro del fondo, se apoyaba una buena librería con más de doscientos volúmenes bien encuadernados, sin duda antiguos, con lo mejor de los novelistas y ensayistas europeos del siglo XVIII y XIX. Parecía la biblioteca de algún indiano masón y librepensador. Aquel sitio era rarísimo.
El viaje, la cena, el ruido del mar, las lenguas rojas de la chimenea, aquella cama de otro tiempo con su mullido colchón de lana, poder hojear, antes de apagar la luz, la novelita de Dumas “La mujer del collar de terciopelo”  en una edición de 1855, nos empujaba a sentir que estábamos de verdad en otra parte, que tal vez nos habíamos colado, gracias al temporal, por algún agujero negro cósmico y habíamos llegado a otro lugar del tiempo, en el pasado, en un sueño, en las páginas de alguna de las viejas novelas de esa librería. Pero no. La Tasca era real. Volvimos allí a cenar y a dormir varias noches mientras duró el trabajo, a la misma habitación y a comer casi la misma cena de la que nunca nos cansamos. Qué rica la lamprea.
Años después, volví de nuevo varias veces. El sitio no cambiaba y a mí esa permanencia acogedora y fiel me parecía, en los tiempos que corrían, un gran milagro. Ahora se han puesto muy de moda los denominados “hotelitos rurales”, pero entonces no había ninguno y además éste era de verdad muy distinto, no había en él nada postizo, nada era imitación o simulacro. Lo curioso es que siempre me resultó difícil encontrarlo, como si cada noche cambiase de sitio aunque el precioso ventanal diera siempre al mar muy furioso.
Luego ocurrió lo del Prestige, aquel Atlántico bellísimo, las playas solitarias, fragantes y llenas de algas por las que caminé feliz muchos días antes de hablar con aquellas valientes mujeres de Muxía, se llenaron de mierda. Envenenaron el mar con chapapote. Hilitos de plastilina decía el otro. El resto, los voluntarios, el grito de “Nunca Mais”, la conciencia del don precioso que era aquella Costa de la Muerte es ya otra historia. Pero ya nunca volví a encontrar aquel lugar.


lunes, 24 de julio de 2017

SOPA DE AJI AMARILLO Y MAR



Cerca de la 59 hay un bareto donde dan café italiano espeso y aromático. El camarero peruano me ha regalado unos ajis amarillos. Escribe usted como antiguo mister. No me llames mister, Jesús, que me hace sentirme viejo. Y qué mister, no es lo mismo viejo que anciano. Jesús debe tener mi edad. Se pone a mi lado en silencio cuando hay pocos clientes y lee lo que escribo. Nunca dice nada si no le pregunto. ¿Qué te parece hoy Jesús?. Muchas palabras antiguas mister, debe ser que como usted es español escribe así, tan raro y retorcido. Jesús es cocinero por la noches, de madrugada es repartidor, por las mañanas atiende las cafeteras en ese pequeño bar y ejerce de crítico altruista de mis textos, nunca descansa. Agradezco que sea un lector tan atento y sincero. Mister le he traído unos ajis amarillos, no pican demasiado, lo suficiente para calentar el alma. Hoy te he traído al bar tras nuestra mañana de intento de patinaje. Su señora es muy bella mister, parece mismamente una bruja de cuento, pero en bella. Me dice en un susurro cuando me levanto por mi café y tu té. Ya sabes. Yo prefiero siempre las brujas a las princesas. 

Trituro despacio tres ajis mirasol o ajis amarillos en el mortero de piedra. He quitado las semillas y los pequeños nervios, luego echo esa pasta en un caldo fabricado con tres carcasas de pollo y unos huesos de costilla de ternera, dos cebollas y tres puerros que he dorado en el horno. He comprado los despojos y las verduras en mi puesto preferido de Chinatow. Espeso el caldo con un poco de harina de maíz y unos dados de pan frito machacado. Añado un buen chorro de leche de coco. Rectifico la sal, pica lo justo. Después he colado el caldito en el que nadarán, en el momento de servir, unas zamburiñas crudas, dos cucharadas de huevas de pez volador y unas cuantas gambas azules. Sopa de aji amarillo con secretos de mar. 

martes, 11 de julio de 2017

NO COMER SIRENAS


Me gusta mucho el atún apenas marcado en la plancha o las sardinas en espeto, acompañadas con “lechuga de mar” picada y apenas aliñada con dos gotas de zumo de limón. También la lubina limpia y sin espina, marcada lo justo en la parrilla con una salsa de chocolate amargo aireada en el sifón (chocolate 99%, mantequilla líquida, una pizca de sal), dos hilitos de aceite de oliva verdeado con puré de berros (mejor si fuera una pescada por mi en otoño en el Cantábrico desde las rocas de la playa de Castro Urdiales), chocolate de Guatemala y en lugar de berros unas corujas de un arroyo que sólo yo conozco. Pero nunca como sirena.

Muchos hombres se empeñan en querer tener una sirena por esposa, mujer o compañera. Las impiden que naden libres, las preparan piscinas lejos de mar, las engañan con palabras de seducción, viajes, promesas, regalos. Desean que de verdad se olviden de lo que son. Quieren ponerles casa, vestirlas y pasear de su mano por las calles de la ciudad, casarse con ellas de blanco o de azul, dormir con su cuerpo todas las noches y que olviden el tacto del coral, el sabor del salitre, el escalofrío profundo de los mares turquesa. Y al final les piden que se operen esa maldita cola llena de escamas iriscentes o algo peor, les devoran su cola de pez y la sirena muere o desaparece u olvida lo que un día fue.
A mi me gustan mucho las sirenas, pero vivas. Amo sus escamas transparentes, su forma de nadar cuando se pierden lejos en el mar y tardas meses en volver. Amo su libertad y el sabor a salitre de su sueño y su canto incomprensible y su forma de bucear en mi silencio. Yo quiero a las sirenas, tal como son, leyenda, revoltosa, grácil, desnuda, mujer libre de los previsibles gestos de tierra adentro. Tu no lo sabes, pero nunca podría comer una sirena ni encerrarla en mi corazón de pescador de río. Acuérdate, nunca te distraigas. Solo en mar abierto serás feliz.

domingo, 9 de julio de 2017

BEBER SIN SED (I)


El mundo está en los libros (también fuera, un poco) así que vuelvo con Helena.
Los cítricos son el delicado logro de la cultura y la ciencia, los viajes y la curiosidad. Los destilados son la consecuencia de la alquimia en su empeño de buscar la piedra filosofal y el elixir de la vida. Ensuciaron muchas redomas, alimentaron hogueras inquisitoriales e intoxicaron muchos estómagos pero al menos sacamos algo en claro: pócimas bebibles, psicoactivas, tóxicas y que permitían variaciones infinitas de ingredientes y sabores. A mi me gustan mucho los Negronis las noches calurosas de verano, cerca del agua para nadar luego y con la casa también próxima para llegar caminando, dejar las ventanas abiertas, escuchar el grito agudísimo de los murciélagos y la música de las esferas que siempre oyeron quienes saben mirar y leen el atlas de las nubes.

Imprescindible hielo muy duro y frío, ingredientes refrigerados y vasos gruesos y también congelados. Luego los destilados: ginebra mallorquina, vermú rojo y Campari a partes iguales, una rodaja de naranja amarga, chorrín de soda al gusto.
El picoteo ideal para este camino hacia la segura y suave ebriedad son las aceitunas con aliños diversos y alguna anchoa perfecta.

Con el primer Negroni ves como le va naciendo un beso en la comisura de sus labios. Con el segundo comienzas a entender los significados secretos que tienen sus palabras. Con el tercero hay que buscar asiento y no hablar nunca de viajes pasados, ni fabular con viajes futuros. Con el cuarto sabrás si aquello que al principio imaginaste es diamante o humo. Con el quinto sientes la suave vibración que hacen las placas tectónicas de la tierra bajo tus pies. A partir de ahí “Hic sunt dracones”. Hay libros que debes escribir tú mismo, tu misma...



sábado, 8 de julio de 2017

TAGLIOLINI ALLE SCORZETTE DI ARANCIA E LIMONE


Óleo de Bartolomeo Bimbi para Cosme III de Médici

Entonces me dijiste, como quien traza un minucioso mapa en la arena y espera que sepas utilizarlo para llegar a su casa, quien se atreve a desnudarse el primer día y no oculta con palabras las estrías de la vida derrochada, quien viene de muy lejos y olvidó los idiomas que utilizamos todos para adornar las mentiras de seguir sometidos, quien ha leído libros condenados, quemados y extinguidos en aquel tiempo en que leer era un abominable crimen contra el orden. Dijiste, sólo merecen la pena los hombres que tienen limonero. Yo tuve uno. Me defendí. Un enorme limonero centenario que mi abuelo Fernando injertó de naranjas, cidras y mandarinas al que iban a dormir centenares de gorriones en invierno. Pero ya no lo tengo. La familia vendió aquel solar. El árbol sigue en pie pero de la casa apenas quedan viejas vigas de castaño llenas de musgo y podredumbre. Días después me regalaste un árbol en una gran maceta de terracota desconchada. Entonces entendí que ya era por fin terrateniente y la respiración de tu sueño sería mi arrullo. Tengo otra condición. Repusiste. Pero yo ya sabía. No hizo falta ninguna explicación. El calor del día tardaba en imponerse y había muchas horas frescas de mañana bajo la sombra de la higuera para escribir. Los insectos parecían los reyes de la tierra y descubrimos porqué el vino, bebido a pequeños sorbos, era el único tesoro de valor que robaron los griegos a sus dioses antes de que Platón inventase la lógica y la ciencia o de que los monoteísmos impusieran pecados y penitencias a granel o de que las delicias y placeres del comer se hicieran sospechosas.

Escogí un limón del latifundio de mi maceta, una naranja del frutero y comencé a guisar unos tagliolini alle scorzette di arancia e limone. Pelamos la corteza de un limón y una naranja quitando su albedo, la cortamos en finísima juliana y hervimos cinco minutos para quitar parte de su amargor. Hacemos un sofrito lento y en mantequilla de una cebolla tierna y cuando está pochada añadimos un vaso de vino blanco, la juliana de cortezas bien escurridas y el zumo de las dos frutas. Hervimos a fuego lento unos cinco minutos y añadimos dos puñados de almejas, pimienta negra recién molida y medio vaso de nata. En cuanto se abran los moluscos volcamos la salsa sobre los tagliolini al dente.  El perfume de los cítricos de China y el olor de los mares océanos se escapa por el campo y nuestra boca. Al final era cierto, dije yo, pobre, tímido, montaraz y arrogante. Sólo merecen la pena los hombres que tienen limonero. Luego añadí. Y que saben hacer un guiso de limón y tienen tiempo para perder, compartir, saborear...


La receta no es mía si no del cocinero Damiano Miniera, de Helena Attlee que la escribió para todos en su libro y de María Belmonte que tradujo el libro al español.

martes, 4 de julio de 2017

QUESOFÍLICA O QUESOFÓBICA



Prefiero que la luna sea de queso a que sea de polvo gris. Prefiero que tu alma sea de queso a que sea de ceniza seca. Prefiero que el desayuno sea queso a que me envenenes con un café soluble liofilizado y una tostada de pan de goma. Pero tu deformación de profesora de física teórica te hace sacar el aguijón de araclana y me dices que lo sientes, que la luna es de polvo y de piedra, y que no hay alma en tu cuerpo ni otra cosa para desayunar en tu casa que este café tóxico y esta tostada de cartón y atrezzo. ¿Habré dormido con una quesófoba?, ¿estás condenada por uno de esos genes malditos que te hacen alérgica al queso?, ¿considerarás, como tantos millones de chinos, que la leche es tan repugnate como un salivazo y el queso es una plasta blancuzca hecha de una secreción mamífera repugnante?... Por un momento me dan ganas de sacar una lasca de Idiazabal, una cuña de manchego, un triángulo de brie y ponértela delante, como el ajo al vampiro o colocartela con violencia entre las tetas y comprobar si reniegas, blasfemas y gritas con los ojos inyectados en sangre, se te ponen caninos de perro y te sale humo por algún sitio. Pero me contengo, ya estoy un poco harto de chupasangres de casta adolescencia o de vampiras maquilladas de lujuria. Prescindo de tu oferta para desayunar y vuelvo a tu cuerpo y al silencio, a no mentar el queso y sus delicias, ni la luna, ni el alma, ni el Cabrales. Por amor, o por culpa del deseo, traicionamos a la patria, los ideales, los sueños y los gustos, aunque yo no tenga patria, ni partido y de los sueños sólo me quedan los recortes mohosos de algunas pesadillas. Pero sí tengo gustos glotones así que me lo pienso mejor y me escapo de tus brazos, salgo a la calle corriendo mientras tu me persigues, me prometes que después intentarás deglutir un trocito de queso en porciones, sintético, neutro, que acecha en tu nevera de ninfa, pero ya veo tus colmillos de loba quesófoba y tus uñas de faca pintadas de negro y huyo lejos, a salvo de tu maldición, tu fobia o tu alergia.

Entonces me despierto al borde del infarto y te miro. Duermes tranquila por ahora. Con miedo me levanto de la cama y desnudo, de puntillas, me acerco a tu cocina y abro la nevera, me temo lo peor… y… sólo entonces resoplo tranquilo, contemplo arrobado el verdor apestoso del Tresviso, aspiro el tufo de la torta del Casar que atesoras allí, el rezume del manchego en aceite, la rica fetidez del Gorgonzola. ¿Contigo pan y cebolla?. Contigo mejor pan y queso. Así que tuesto pan, muelo café, saco las mermeladas y los aceites, preparo el desayuno. Medito después si clavarte una cuña fina de brie entre tus tetillas (de queso) para comerlas de postre y seguir hacia abajo.