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Foto de Emilio Jiménez |
Algunos tenemos la fortuna inmensa de haber dado muchos besos a a lo largo de la vida. Besos a personas que quisieron besarnos, nos
desearon, nos amaron, tuvieron nuestra complicidad en esa forma misteriosa de
ternura que consiste en juntar los labios por unos segundos para abolir el
tiempo. Si, nuestra generación ha resultado al final muy besucona, hemos datos
muchos besos a muchas personas en todos estos años, pero algunos besos, pocos, quedan
arropados, protegidos y mimados en los rincones más invulnerables de nuestra frágil
memoria.
Un beso como aquel con María, hace ya treinta años, casi de
madrugada, en una vieja casa de un pueblo de Ávila mientras dormían a nuestro
alrededor todos los amigos y también nuestros amantes de entonces. Un beso en
el que había deseo y hasta mucho deseo, pero sobre todo reconocimiento.
Si, he tenido esa inmensa fortuna, la de besar y ser besado por muchos labios
que yo deseaba. No es poca esa suerte, es inmensa, un privilegio dulce que
guardo como pocos. Y de entre todos ese beso largo de María aún me sabe. Entonces me gustaron sus ojos, su sinceridad descarnada, su
carácter de furia transparente. No hablo de amor exactamente sino de
complicidad y reconocimiento de relámpago, como si nos hubiéramos dicho: “te lo
advierto muchacho, no te escondas, no disimules, te conozco, eres de mi
estirpe, de mi tribu, de mi rincón del mundo”.
Hoy he sacado de nuevo, de muy dentro, casi intacto, ese beso con sabor
a tabaco y a dulzura, tan lleno de deseo, tan grande, tan libre, tan sabroso.
Hace algunos años, cuando estaba viva, escribí esta receta para
ella, para su mujer y su hija. Haces un puré suave con patatas nuevas, calabacín y cebolla muy cocida
y lo pasas por un pasapurés y un chino para que quede suave pero consistente de
textura. Preparas un paquetito con papel
de aluminio y colocas una ración de puré en el fondo y encima un trozo de
merluza fresca, una suprema de cogote o de lomo limpio de piel y sin espinas,
pones la sal, un chorro de aceite de oliva encima del pescado y cierras bien el
paquete, lo metes al horno fuerte diez minutos para que se haga en su
propio jugo y el jugo que suelte caiga sobre el puré y sirves así el paquetito
cerrado en el plato.
Hoy María ya no se está, salvo en ese “cielo” que es la memoria de
quienes no creemos en el cielo, en ninguno (ella se hubiera burlado con sorna
de esta cursilería). Pero su beso sí está vivo, aquel beso furioso, con los ojos abiertos
y la sonrisa franca y las ganas intactas. Si alguien te besa así ya no tienes
excusa para seguir saboreando la vida que queda por delante. Eso hago hoy, llorando como un tonto.
Brindando por ella con un poco de vino. Tu beso María.
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