jueves, 7 de enero de 2010

2º EN GASTRONOMIAALTERNATIVA.COM: SOPA DE TIERRA

El pasado día 5 de enero se fallaron los premios del II Concurso de Recetas Noveladas convocado por gastronomiaalternativa. El primer premio ha correspondido al relato Empanada de berberechos, del que es autor Jorge Guitián. El segundo premio se concedió a Ramon Soria por su narración Sopa de tierra. El tercero ha sido para Marta Valverde por Una receta de 3000 euros.

Mi receta, "Sopa de Tierra", tiene una larga intrahistoria. A mi me sigue gustando aunque fue escrita hace varios años. Yo conservo la "cuchara de campaña" de esta historia:

SOPA DE TIERRA

Entra el otoño de improviso y lo intento. Preparo los ingredientes y sigo tus pasos con la certeza de fracasar de nuevo, una vez más. Muchas veces te vi hacer esta sopa de tierra. No sé qué falla. O si lo sé. Fallo yo igual que fracasé entonces. Debí enamorarte, proponerte un paseo por el mundo, regalarte el oído con buena literatura, con deseo de sátiro en celo, con cariño de idiota y amor del bueno. Pero no hice nada. Vivía entonces la tonta retórica del juego sexual sin compromisos, el ahora si ahora no de las coincidencias semanales que proponían nuestras agendas de trabajo en la agencia. El juego de las citas: hoy en tu cama, mañana en mi sofá. Hoy contigo mañana con otra. Hasta aquel día que te acompañé sin saber muy bien a donde iba, a ese pueblo pequeño muy cerca de Madrid en el que viviste de niña. Te voy a hacer una sopa de tierra. Me dijiste después. No supe entonces que aquel era tu secreto más íntimo, la habitación más escondida de tu alma. Sopa de Tierra, ¿y ese nombre?. Me hablaste entonces de un joven camillero analfabeto que recogía heridos en las riberas encajonadas del Jarama mientras las balas, los obuses y los gritos enloquecidos de los heridos le perseguían. La batalla fue de las más duras de la guerra. El camillero, soldado de reemplazo, solo sabía que la República era buena para gente como él igual que sabía que todos los quintos de su pueblo ya habían muerto junto a aquel río profundo y manso. Cuando tocaba comer, en los extraños descansos de esa guerra, devoraba el rancho en su escudilla de peltre con la cuchara corta de su equipo de soldado. Algunos días su hermano pequeño le traía un tartera que su mujer le habría preparado; casi siempre pisto con magro o unas gachas de almortas con torreznos y setas. Uno de esos días, de esos raros descansos, se acercó al camillero un general ruso que siempre comía el rancho con sus hombres, interesado por ver que esa era pasta oscura y densa que el soldado devoraba con tantas ganas. El camillero, sin decir una palabra, ofreció la escudilla al ruso y este metió su cuchara en la masa, saboreó el alimento y sonrió. Dijo algo. Nadie entendía lo que decía aquel hombre en su idioma extraño. Otros días, otras muchas veces se acercó el general a meter su cuchara en esas gachas, sonreír después y susurrar unas palabras en ruso. Quiso el azar que antes del final de la batalla, en plena contraofensiva, el joven camillero recogiera agonizante al general tanquista. Murió en sus brazos musitando unas pocas palabras en español: muy buena tu sopa de tierra. Creyó entender el camillero. Sopa de Tierra. Mujer, hazme hoy sopa de tierra. Eso dijo tu padre a tu madre muchas veces, durante los duros cuarenta años de después de la batalla, cada vez que se marchaba por la mañana a trabajar en la finca del amo. Era su forma secreta de homenaje a aquel general ruso, valiente y extraño que llegó de muy lejos para morir en la orilla del Jarama.

Mujer. De ella aprendiste como hacerlo, de una mujer humilde y menuda que comenzó a trabajar con ocho años y que ayudaba a la economía familiar criando hijos de otros, hijos del pecado, de mujeres de Madrid que tuvieron deslices y escondían al niño o la niña allí, de familias que querían enterrar en un pueblo remoto al hijo retrasado que les avergonzaba, niños de nadie. Nunca tanto amor costó tan pocas pesetas. Y eras tú uno de ellos. Niña dejada allí en un pueblo atrasado para que nadie supiera tu existencia. Niña que supo amar a quien amor le dio, a esa madre y a ese padre tan mayores, que siempre supo que no eran de verdad los suyos, hasta que los años pasaron y entendiste que el nombre de madre o padre solo puede ponerlo el corazón y el tiempo, nunca la sangre.

Esa es la breve historia que es esconde tras la sopa de tierra que intento hacer de nuevo, que me empeño en conseguir cada otoño que te echo de menos. Tu freías unos ajos laminados en buen aceite y una vez dorados los sacabas para añadir entonces panceta ibérica en dados muy pequeños y algo más, imagino que un poco de jamón con más tocino que magro. Cuando los daditos estaban muy dorados los amontonabas junto a los ajos. Comenzaba entonces el secreto, saber cuanta harina de almortas y cuanto pimentón dulce de la Vera echar a la sartén, saber con cuanto fuego tostar y por cuanto tiempo. Después, para hacer reverdecer la tierra, freías brevemente unas puntas de espárragos trigueros de verdad, algo amargos y muy verdes junto a unas criadillas de tierra cortadas también en pequeños dados y una vez retirada la sartén del fuego pero todavía caliente, añadías más daditos de boletus. Repartías por encima de las gachas el mosaico de trocitos de panceta, espárragos, boletus y criadillas, acercabas a la mesa la sartén, dos cucharas de boj y una hogaza grande de pan bueno. Era extraño el color de aquel puré, extraña su textura en la boca, su sabor, los tropezones crujientes de forma diversa, de sabor tan distinto e intenso. No es plato para cualquier boca. Eso decías. Me miraste, ahora sé que con amor, me habías entregado tu cuerpo muchos días y ahora me entregabas tu alma, me mostrabas esa intimidad que nunca enseñamos, ese lugar de cristal y viento en el que guardamos la biblioteca secreta de nuestra vida. Ese sabor, la historia del general ruso y su forma de nombrar las gachas, tu propia historia triste, tu belleza de mujer morena, dura, dulce, experta, generosa. Nadie en la agencia hubiera podido nunca imaginarte así, desnuda, abierta, contándome una historia lejana de guerra y dolor y haciendo esa sopa de tierra que devoré muchas veces con hambre de lobo igual que devoré antes y después tu cuerpo y tu voz de niña abandonada, de mujer ahora feliz, segura y fuerte, de cocinera sabia, bruja escondida. Toma esta cuchara, era de él, del ruso. Me la dio mi padre, era la cuchara de campaña con la que comían el rancho. Cojo el objeto, admiro su eficiencia, el hueco profundo de su cuenco, el mango tan corto, la suavidad del metal, su historia. Aquí tengo la cuchara ahora. Con ella comí una vez tus gachas y me supieron distintas, el sabor del peltre me trajo el escalofrío de todos esos días lejanos del Jarama en el que se decidió la historia de tantos hombres y mujeres españoles que tuvieron que comer con hambre y sin gusto muchas veces unas pobrísimas gachas de harina de almortas y tantas veces nada. Sin embargo, cada vez que me hiciste esa sopa de tierra fui feliz, ahora lo sé, feliz con esa intensidad que solo se logra contadas veces en toda una vida.

Hoy comienza el otoño y pruebo a hacerlas de nuevo a pesar de tantos fracasos pasados, lo intentaré con ganas, tras releer recetarios y recordar consejos de cómo hacer el plato y de nuevo acabará la sartén abandonada, engrudo frío, puré incomestible, tierra muerta. Te fuiste a Nueva York primero, como directora de la agencia de allí, después quién sabe, te perdí. Quiero imaginarte preguntando por la harina de almortas en Chinatown, traficando con tocino ibérico por tugurios del bajo Manhatan, robando boletus y criadillas en conserva en un supermercado caro de Tribeca para hacer allí esa rica sopa de tierra. Quiero pensar que a veces me recuerdas. Ahí estoy yo en tu memoria, rebañando la sartén con la última miga antes de empezar contigo y rebañarte también después, ya sin migas ni cubiertos, con los dedos que luego chuparé despacio para paladear el sabor entero de tu piel morena. Quiero soñar que un día, por fin, me sale en guiso, lloraré entonces de gratitud y comeré la sopa de tierra con hambre de años y en el sueño aparecerás tú llegando de muy lejos y diciendo: me quedo contigo, ahora que por fin sabes hacer de verdad las gachas y el amor.

domingo, 3 de enero de 2010

MILHOJAS DE SALMÓN, QUESUCO Y REINETA CON SALSA DE FRAMBUESAS Y PIÑONES DE LA VERA

(Foto: Carla Van de Puttelaar)

Tiempo, distancia, saber, palabras. El amor se destila despacio, necesita de la ausencia, el recuerdo, los días de soledad y las palabras justas para explicar porque sentimos el corazón y descubrir el saber y el deseo necesarios para hacer al otro feliz, eso es lo más difícil, sin cambiar ni sacrificar, ni esconder nada de lo que somos…Ahora duermes. Es una mañana de niebla y lluvia fina detrás de los cristales. Puedo mirarte despacio la redondez de tus hombros, las forma de tus pómulos, tu boca ahora seria después de tanta risa y esas ojeras, leves, bellas, tuyas, que no han borrado en nada tu mirada adolescente. Ni se borrará nunca. Eso no te lo digo, pero es una certeza. Cuando tengas sesenta, setenta, ochenta, podrá cambiar casi todo de tu cuerpo pero no tu mirada o mi deseo. Esas cosas no pueden decirse, ni escribirse porque suenan a farsa o a una verdad demasiado intensa, casi dolorosa. Toco tus manos. Están calientes. No quiero despertarte solo mirar tu piel y recordar cada paisaje de tu cuerpo por el que me has dejado caminar sin vergüenza y probar sus sabores y morder sus texturas.

Me levanto a cocinar en silencio, sin hacer mucho ruido, un desayuno-almuerzo algo distinto. Pocho en mantequilla la cebolleta cortada en juliana muy fina y cuando está blandita la escurro bien, lamino dos manzanas reinetas y sumerjo las hojitas en agua con limón. Marino media hora el salmón fresco cortado en finas lonchas en aceite ahumado, sal, un poco de azúcar, eneldo. Corto el queso de cabra (quesuco de la Vera) en finas láminas. Luego en un molde pequeño forrado con film de plástico intercalo hojas de manzana, cebolleta, salmón (secando bien el aceite), queso, manzana…capas muy finas, hasta rellenar el molde. Cierro el film y coloco encima un peso. Desmoldaré el milhojas dentro de una hora y luego, cuando te levantes cortaré dos raciones y las espolvorearé de azúcar moreno que derretiré y tostaré con el pequeño soplete.

Lo más difícil tú lo has hecho tan fácil. No cambié, ni escondí, ni inventé nada distinto de lo que viste de mi y por eso me abrazaste con tus piernas fuertes y te desnudaste despacio de toda la distancia y de todo el tiempo que nos separaba. Un día no tenía anguila ni foie para hacer el milhojas de Berasategui y pensé en este alternativo, también muy rico. Seguro que te gusta. Me hace sonreír también esta pequeña certeza. Antes hago la salsa con frambuesas del Guijo que congelé en el verano, zumo de limón verde de mis limoneros, maíz tierno, piñones dorados en la sartén con una nuez de mantequilla, trituro todo y lo paso la salsa por un chino. Para beber abriré un Brumas de Ayosa, un vinito rico de Tenerife.

Vuelvo a la cama. Antes he encendido la chimenea. Vuelvo a mirar como duermes, sé que sueñas con un viejo cartógrafo que muchas veces te habló de mapas y tierras remotas que nadie aún ha dibujado. Él es quién ha cocinado este milhojas con salsa de piñones u frambuesas. Él es quién mira la niebla y la lluvia fina que adorna al fondo el paisaje de tu hombro desnudo.

sábado, 2 de enero de 2010

RANAS Y LAGARTOS ENTOMATADOS

Roíamos los dos unos trozos fritos de yacaré con farina debajo del chozo que daba al igarapé. Al paisano le asombraban mis rarezas. “tu no pareces español, no sé que pareces.” Decía en un portugués dulcificado de peruano. Le asombraba que fuera el único que supiera pescar con bastante fortuna con una caña de palo y unos sedales y anzuelos que había traído en mi magra mochililla, que me bañase en aquel arroyo color café donde había pirañas, anacondas, yacarés y sobre todo rayas, que me gustase tanto el caimán frito o ni hicera ascos a beber de los charcos verdosos de la floresta cuando había sed. “Esto seguro que esto no lo has comido nunca español, ¿dime a qué sabe?”. La respuesta me salió sin pensar, la memoria del paladar es así. “Me sabe igual que las ranas o los lagartos que comía de pequeño, pero más soso y más seco. Esto no está bien guisado. Seguro que tu abuelo lo hacía mucho más rico que tú”. Era lo que le faltaba, el español comía ranas y lagartos en su tierra. Al paisano ya no le extrañaba la mala fama de los extremeños depredadores mataindios ávidos de oro. Allí en la selva, los lagartos eran bichos malignos y con las ranas hacían venenillos para emponzoñar flechas, aunque él ya no sabía hacer flechas, ni tóxicos, ni guisar monos con ají y estaba orgulloso de su escopeta Rossi roñosa. “joder español que hambre se debía pasar en tu pueblo, mira que comer ranas y lagartos”.

Los vendían en los mercados, (recuerdo el de Plasencia) limpios de vísceras y piel, ensartados por docenas en un junquillo. Mi abuelo los cazaba con un "pinchalagartos" y las ranas con una caña de bambú un sedal y un alfiler hecho anzuelo con un trocito de lana roja. Los profesionales las cazaban de noche con linternas y una tabla larga y llenaban sacos. Lagartos comí menos pero ranas muchas, sobre todo entomatadas, cuando toda la horda primigenia y salvaje de primos recorríamos las charcas de la dehesa con esas cañas o con escopetillas de balines haciendo grandes cacerías de batracios. “joder que asco español, mira que comeros las ranas, ahora entiendo vuestra ansia de riqueza”. Se hacía un sofrito con pimiento cornicabra verde, cebollas tiernas, abundante ajo, unos tomates muy maduros de sabor y olor intenso, un poco de poleo (que crecía en el mismo lugar en donde cazábamos las ranas) y una esquina de bola (guindilla redonda). Antes, se freían las ancas peladas, saladas y enharinadas vuelta y vuelta y luego, sobre las ancas fritas lo justo se volcaba el sofrito. Los lagartos idem.

Ahora con el agujero de ozono, los pesticidas y contaminantes que llegan a los ríos o no sé qué, cada vez hay menos ranas. Además están protegidas, en peligro de extinción (aunque no por los ranófagos) y las que venden en el mercado, congeladas, peladas, cada una en una higiénica bolsita transparente no saben a nada, son de criadero, una mierda.

“Primero vinisteis a robarnos el oro, a asesinar a nuestro pueblo, arrasar nuestra cultura y ahora me dices que te comes las ranas y los lagartos, joder español, me parece que los salvajes erais vosotros” Yo no recordaba haber robado oro, ni matado indios, ni arrasado con una leve gripe ninguna cultura. Además el ex garimpeiro tenía de indígena menos de dos cuartos, me olía que su abuelo era del Alentejo portugués y que si no comía ranas era porque no tenían allí ni charcas. Antes de perros o gatos, el animal de compañía de mi más tierna infancia eran las ranas que guardaba en un gran frasco de cristal y alimentaba con grillos y lombrices. Contemplaba fascinado su paso de renacuajo a bichomutante a rana con rabo a ranita completa. La Teoría de la Evolución del abuelito Darwin en vivo y en directo ante mis ojos alucinados de niño curioso.

Tenía calor y me lancé al río. Yo era un inconsciente o tal vez no había peligro, las anacondas que vi eran pequeñas y sesteaban en playas de ríos más anchos, las pirañas caían inocentes en mi anzuelo y no hacía ni caso a la carne humana de extremeño enjuto, los yacarés medían menos de un metro y desaparecían acojonados en cuando nos veían acercarnos, tenían sus razones. Solo las rayas y las anguilas eléctricas eran bichos de cuidado. Vi algunas heridas terribles por aguijón de raya, por eso me tiraba en los hondo y cuando salía no levantaba del cieno los pies para no pisar ninguna. “también comía anguilas riquísimas que compraba mi madre a los vendedores ambulantes que pregonaban ¡peceeeees, anguilaaaaaas!, en rodajas de dos centímetros rebozadas simplemente de harina y fritas. Nada más rico, ensalivo solo con recordar su sabor” Cambiaría ahora el riquísimo mil hojas de manzana, foie y anguila de Berasategui por dos o tres rodajas de esas anguilas que entonces me parecían anacondas.

El paisano estaba asustado, casi no me creía. Los vendedores ambulantes de peces y anguilas desaparecieron a finales de los años setenta de mi vida, también los vendedores de ranas y lagartos. Llegaba la modernidad al pueblo, la pescadilla chilena congelada, los filetes baratos de ternera hormonada que hizo ricos a los carniceros, las truchas de piscifactoría con sabor a pienso compuesto, las salchichas de puré de carne de algo, el apestoso aceite de girasol prescrito como lo más sano por famosos nutriólogos sobornados por el amigo yanki fabricante de aceite para diesel…

Me parece que los Extremeños no nos hicimos más ricos con América, aunque en las listas, no se si negras o blancas de Conquistadores hay miles de extremeños. Ricos no, pero si más felices, sobre todo a la vuelta, los pocos que volvieron, gracias a los pimientos, los tomates, las patatas, los pavos… No se entiende la cocina extremeña sin los productos de América”.

El amigo seringueiro se queda pensativo. Al día siguiente se presenta en mi choza con unos tomates, unas cebolletas, unos pimientos verdes, una guindillas y una hierbas raras que saben a menta más o menos. No sé donde encontró todo aquello en medio de la selva a dos días de canoa a motor de Boca do Acre. También trajo un yacaré troceado y limpio. Salé y enhariné el bicho antes de freír los pedazos en aceite caliente, hice el sofrito y dejé macerar el caimán a fuego lento en ese pisto.

“para mi que tu aunque seas blanquito y rubio eres medio indio, seguro que algún antepasado tuyo comedor de ranas, lagartos y anguilas con más hambre que pelos estuvo por aquí jodiendo nuestra cultura”. Imposible acabar con tantos siglos de mala fama de conquistadores. “eres un raro, español, además te gusta cocinar, eso por aquí no es cosa de hombres, seguro que eres un poco maricón”. Roímos con delectación esos cuatro kilos de alimaña contemplado el igarapé crecido, los mil verdes del Amazonas bajo la lluvia torrencial de la tarde. Rebañamos el perolo a cuchara espesando la fritada con farina de mandioca mientras yo pensaba que era una lástima que no hubiera caimanes en Extremadura. Las ranas y los lagartos siempre tuvieron poca carne.

viernes, 1 de enero de 2010

LOS RECETARIOS DE HIPATIA DE ALEJANDRÍA

En la biblioteca de Alejandría (y el resto de las bibliotecas que sucesivamente destruyeron después los teocráticos cristianos por toda Europa) desapareció el 80% de la ciencia y la civilización griegas y de gran parte del saber de las culturas asiáticas y africanas de entonces. ¡Qué desastre!. Tuvieron que pasar siglos hasta que los sabios de la edad de oro del Islam (IX-XII) rescatasen una parte de ese saber y también de aquellas cocinas y alimentos (Averroes, Avicena, al-Battani, al-Farabi, al-Haytham...)

Te beso, chupo tus pechos ricos, desayuno tu sonrisa y el tacto de tus manos blancas que me tocan y escriben caricias en mi espalda en un idioma perdido, un idioma que ya se hablaba entonces en esa biblioteca de Alejandría de la que solo nos quedaron unas pocas palabras como sibarita o anfitrión.

Te cuento que la Hypatia de Alejandro Amenabar me deja frío. Aunque Rachel Weizz sea tan atractiva es una especie de monja asceta que pasa de los placeres de “la carne” y que solo le interesan las órbitas de los astros y las matemáticas. Los integristas cristianos no se conformaron con hacer una hoguera con los miles de pergaminos del Serapheo, también llamada “Biblioteca-Hija” sino que asesinaron a quienes estudiaban y escribían o copiaban esos “libros”, quienes se atrevieron a defender esos saberes atesorados en una horrible matanza que luego se repetiría por todo el mundo occidental cristiano. Antes Julio Cesar (están locos estos romanos) había quemado por accidente la Gran Biblioteca cercana al puerto. Tampoco los generales fueron mejores que los obispos en lo referente a respetar a libros, escritores, editores o libreros.

No, esa Hypatia “no me pone nada” aunque esté “tan buena” que diría cualquier adolescente hormonado de canibalismo sexual simbólico. En la biblioteca de Alejandría se concentraba todo el saber antiguo. El saber. La inteligencia. Algunos cuando oyen esa palabra hacen una hoguera, otros sacan la pistola, muchos piensan en matemáticas, tratados de astronomía o en socráticos filósofos barbados que explicaron los sueños o el sentido de vivir de “el nosotros” miles de años antes que Woody Allen. En la Biblioteca de Alejandría se podía leer, estudiar, consultar ¿medio millón?, ¿un millón? de rollos de pergamino. Pero en esa biblioteca había cientos de libros (rollos digo) de cocina, si, de cocina y de los guisos del mundo antiguo, todo el saber culinario, gastronómico de muchos pueblos y culturas de África, Asía, Europa…que tanto esfuerzo, azar y necesidad, había costado descubrir, inventar, disfrutar. Libros que también quemaron esos bestias, ¿te imaginas? Los platos, guisos, potajes, asados, recetas, salsas, palabras sobre el buen comer y la felicidad que había allí, en esa biblioteca de Alejandría?.

Pero la Hypatia de Amenabar solo mira sublime las estrellas y rechaza besos y potajes. No me lo creo. No se porqué me huelo que Hypatia no era así, (una mujer de la estirpe de Lilith), una mujer sabia, libre y crítica intuyo que gustaba del placer y del comer y que si hubiera que tenido que salvar de la quema a un puñado de libros valiosos, de entre todos esos libros que se llevaban los sabios que huían habría más de un recetario en papiro.

Los griegos no solo sofisticaron la filosofía sino también la cocina y su tecnología, su ciencia, su sentido fisiológico, poético, placentero, curioso, glotón, goloso. Platón menciona a Tearion el cocinero, Mithaikos escritor de un recetario de cocina siciliana y a Sarambo, el comerciante de vinos, "muy eminentes conocedores de repostería, cocina y vinos". Ya en el siglo IV a C. Aristipo de Cirene escribió que “los placeres de la mesa son los grandes placeres de la vida” Los libros de cocina de Cadmo, al servicio del rey de Sidom en Fenicia, los escritores gastrónomos como Teofrasto o el vate “Arquéstrato de Gela” que citaba con propiedad recetas de escabeches perfectos o asados en papillote de caballa (que ahora nos asombran por su modernidad y perfección) o Demetrio o Numenio de Heraclea o Mitreas de Pinato o Hegemón de Zosas, alias “el lenteja” y docenas de cocineros famosos y escritores gourmets cuyos nombres aún suenan en polvorientos tratados heruditos de la Grecia antigua pero sus obras, ¡hay!, sus libros de cocina, sus recetas y recetarios maravillosos sobre la variada, sofisticada y elegantes cocina griega y egipcia se han perdido, los destruyó ese cabrón de Teodosio I en el siglo IV, los quemaron los comedores de hostias adictos al ayuno y la abstinencia. Tuvieron que pasar muchos siglos para que se escribieran de nuevo recetarios en esos conventos en los que se recopiaban las ruinas de la cultura griega y más de una receta salvada de entonces (la de ese escabeche o ese papillote que te cuento) . Pero también la gula y la lujuria fastidiaron como insulto el simple y difícil placer de vivir. Eso sí, se encargaron de difundir el bulo, el infundio, la mentira, la trola de que los incendiarios habían sido los árabes. Los monoteístas cristianos, borrachos de poder, obligaron a desde entonces a creer a todo quisqui en un ¿dios? por el bien de su ¿alma? y al cuerpo que le zurzan, claro, desde entonces follar es pecado y comer con gusto una costumbre sospechosa de la que no hay que abusar. Los dietistas, dietólogos, policías del apetito y demás fanáticos que cuidan por nuestro bien de nuestra soberana salud ahora siguen esa maldita tradición.

Yo imagino que uno de esos sabios o sabias que huían por pies a través del desierto no llevaba papiros de filosofía o matemáticas sino recetarios antiguos, libros de cocina, saber e inteligencia para comer y amar. Y tu me miras y me hablas entonces de las cocinas de América mientras yo te acaricio la espalda y el culo, te escribo palabras invisibles en la piel con mis manos en un idioma que no lograron aniquilar aquellos locos.

jueves, 31 de diciembre de 2009

SORBETE DE TÍ

Después de salir de la sauna sueca, después de ver una aurora boreal en el lugar en el que retiró nuestro amigo el Cartógrafo, te dije:

¿...a que no sabes cuales son mis sorbetes preferidos?.

No contestaste. Te atreviste. Me preparaste dos.

(Foto: I. E. Badessi)

miércoles, 30 de diciembre de 2009

INDIGESTA O DELICIOSA

(Fotos: Doug Peterson)

Un rica sopa de tomate de verdad con su ajito dorado, sus cominos machados, su pan de pueblo en las que escalfo un huevo y huelo con los ojos cerrados mirando hacia adentro donde está el secreto del placer que dibuja sonrisas y nos toca, acaricia, lame, juega con nuestros dedos. Nada de palomitas al nitrógeno, nada de espumas, nada de deconstrucciones, ni de palabrería, ni de diseño, ni de platos cuadrados ni tortillas en copa flauta, ni chupitos calientes, ni de nubes que huelen a helado de apio. Una sopa o un amor de memoria, con memoria, memorable, sin ambición, ni trampa, ni lentejuelas.

El amor es a veces sabroso, suave, gustoso, dulce, rico, cremoso, picante, caliente, reconfortante, alimenticio, apetitoso. No nos cansa su sabor, su olor, nos chupamos los dedos, nos morimos de gusto, repetimos del plato, no hay nada tan bueno.

Siracusa Bravo Guerrero habla en su libro “Indigesta” de todo lo contrario. Yo también titularía “Indigesto” ese tipo de amor. Es el amor pesado, empalagoso, revuelto, soso, que nos harta, nos estomaga, satura, desconcierta, raspa, asquea, empacha, del que enseguida deseamos lavarnos los dedos para que desaparezca el olor y del que no repetimos aunque en el plato tenga buena pinta porque sabemos que produce indigestiones, dolor de tripa y regusto amargo. Da pereza acercarle la cuchara o describir su recuerdo en la memoria.

Los glotones probamos al principio de todo, sobre todo los guisos de apariencia espectacular, bien montados en el plato, con decoración minuciosa y novedoso aspecto, pero después de tanto ardor de estómago y paladar indiferente volvemos a los guisos oscuros y a los guisos sencillos, a los platos redondos y de aspecto sincero. Nada de afeites, lencerías, arrogancias ni guapuras, donde este el amor sabroso “para chuparnos los dedos”, cercano, que nos toca la memoria y los labios, que se quite la cansina brillantina o los cuerpos de cinco tenedores tres estrellas Michelin.

Soy ahora un glotón al que gustan las sopas, los caldos, los alimentos que el amor aliña con dulzura, cuidado, saber, sencillez, desnudez. Te miro y no hay nada que no me guste, rebañaré bien tu plato con la miga, sobre todo tu sonrisa y tu cuerpo, sobre todo tu silencio y tu ombligo. Siempre fuiste directa, leal, sincera, abierta, fuerte y sin embargo tan tierna, tan cercana, tan dichosa, tan libre. No te importaron mis estúpidas ínfulas de gourmet, sabías que volvería a tocarte la piel y a saber que lo bueno, lo rico de verdad nunca nos cansa. Nunca fuiste indigesta, siempre deliciosa. Sabes que el lujo en la comida y en el amor no se califica con estrellas, ni tenedores, ni firmas, ni guías de tapas rojas. Me abrazas, te miro y ya sé que quiero de postre, sin cucharita, por supuesto.

(

martes, 29 de diciembre de 2009

OSTRAS CON GUILLERMO

Sigo creyendo poco en la alienación marxista y mucho en la soberanía del ciudadano. No vivimos por fortuna ningún Brazil, ningún 1984, ningún Mundo Feliz (por ahora). Nos pueden ofrecer basura, anunciar, publicitar, aconsejar que la televisión basura o la comida basura o el amor basura o que comprar en esos "no-lugares" llamados centros comerciales o grandes superficies es estupendo, divertido, equilibrado, cómodo. Luego elegimos. Podemos elegir. Somos idiotas, a veces, pero no tanto.
Si nos ofrecen televisión basura podemos no verla, si, aunque parece difícil de creer, es posible, basta con no encender el cacharro (o no tener TV, yo no tengo). Tampoco es obligatoria la ingestión de comida basura, ni buscarse un cómodo amor bajo en calorías y con bífidus activo, ni ir a comprar a un no-lugar. Hay muchos mercados y tiendas de alimentos, carnicerías, pescaderías, fruterías estupendas en Madrid o en Barcelona o en cualquier ciudad de España.
Pero muchos mercados y tiendas de barrio agonizan, los consumidores dejan de ir, no van a comprar allí, prefieren los no-lugares, los grandes centros comerciales. Los hábitos de compra de los españoles han cambiado, les encanta la basura, hay libertad. Ir a los no-lugares se ha convertido en una forma de ocio-consumo masivo. No sé si el Mercado de San Miguel agonizaba o estaba en peligro de extinción como el de La Cebada y Los Mostenses. Su construcción, bajo la dirección de Alfonso Dubé y Díez, se concluyó en 1916. Ahora se ha restaurado el edificio, el único de su estilo en Madrid y se ha convertido en un mercado de alimentos ricos, gourmet, delicatessen, de calidad, un mercado pijo, pero vivo, animado, lleno de gente dispuesta a tomarse una copa de vino y una tapa o comprar algún alimento rico. En el mercado hay un pequeño puesto de ostras francesas, exquisitas, fresquísimas, de diversos tamaños y precios que no son más caras (son más baratas) que las que se pueden comprar en un no-lugar cualquiera.
Si, es cierto, ya no están los puestos tradicionales, ya no es un mercado "de verdad" como era antes, es otra cosa, pero esa "cosa" pija en la que se ha convertido, me gusta, me hace feliz. Aborrezco de los no-lugares y apuesto por las tiendas de barrio que han sabido evolucionar, cambiar, cuidar y mimar al cliente. También me gusta la reconversión de este mercado ahora siempre lleno que antes agonizaba porque la gente cada vez iba menos. Los consumidores son soberanos, no son menores de edad, pueden elegir entre la mierda y la comida, entre el ocio en un "no-lugar" y dar un paseo por la ciudad, entre la televisión basura y leer, vivir la propia vida, cocinar algo bueno, aprender algo útil, divertido o placentero.
Sospecho y me alejo de esos que dicen que al pueblo "hay que educarlo", a los que se creen más listos y más sabios, élite superior que decide lo que conviene y no conviene a los demás. Hay que educar a los menores de edad, el resto de ciudadanos ya son mayores, son soberanos, tienen libertad, no necesitan la tutela de nadie. Pueden elegir ver televisión vómito o hacer otra cosa, elegir entre comida basura o comida de verdad, fumar o no fumar, drogarse o no drogarse, aprender a hacer salsa de tomate o preferir el ketchup.
Aquí mi hijo Guillermo, que prefiere la ostras del mercado de San Miguel al Burger King, odia los no-lugares y quiere ser cocinero. Ojalá.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

BOCADILLO DE FOIE

(foto: Katarzyna Widmanska)

Hay alimentos que no necesitan casi nada para ser “sublimes sin interrupción” (decía Baudelaire), alimentos capaces de reconstruir el alma y convertirnos en seres bondadosos, afables y tranquilos, sin otra ambición que mirar como pasa la vida reflejada en tus ojos.

No soy buen amante aunque puse siempre deseo, voluntad y sonrisa..., Será difícil por tanto que te agote y te sacie de placer, pero si alguna vez ocurre ese milagro te alimentaré con el mejor reconstituyente que conozco (dejando a parte el chocolate). Se trata de una buena loncha de foie fresco hecho en una plancha a fuego fuerte vuelta y vuelta, con su sal gorda y gris de Guérande servida entre dos rebanadas de pan de hogaza tostadas en un fuego de leña. Este bocata simple, exquisito, repleto de grasilla y de sabor nos llenará de fuerzas y de ganas de seguir leyendo sobre el cuerpo la letra pequeña de ese idioma antiguo y transparente. El olor de la leña a jara y a tomillo, el tostado de foie, el crujiente del pan, ese sabor “sublime sin interrupción” nos preparará para saborear el olor, el crujiente, el perfume del nosotros.

Solo por ese foie me hice afrancesado, también por esas tres palabras malsonantes “libertad, igualdad, fraternidad”, por el pecho desnudo de la chica de Delacroix, por Baudelaire, por su orgullo y arrogancia culinaria, sus Burdeos oscuros, sus ostras de Normandía y algunas joyas más que ya te iré nombrando cuando se vaya la luz de esta tarde de lluvia.

Un bocata de foie y una botella de Ribera de mi amiga Arzuaga. Pero antes, debo agotar las reservas de azúcar de mi hígado nadando despacio por entre las olas de tu cuerpo y la espuma de tu sonrisa y la marea profunda y peligrosa de tu abrazo.

Llego desde tan lejos que he olvidado mi nombre, el brillo de mis ojos, la forma de mis manos, el deseo que dibuja el gesto de besar lo que amamos. Llego de tal lejos que parezco un viajero harapiento, sin memoria, cansado, hambriento, triste, no hay nada en mi mochila, ni en mis dedos o mi voz. Y sin embargo me sale la sonrisa y la certeza de saber que eres tú y estás cerca, igual de desnuda que yo, sin esconder lo que somos o fuimos y te reconozco solo con tocarte la piel desde tan lejos y cuando juegan mis manos con tus manos recorro tu vida entera y tu recorres la mía y me asombra lo fácil que es acompasar mi silencio a tu silencio, mi respiración a la tuya, mis ojos a tus ojos, tantos años que de verdad me da miedo tanto tiempo.

Amar es muy difícil o muy fácil, azar y tiempo, intimidad y distancia, sabores y caminos. Amar en un momento es tan fácil como alargar la mano y acompasar la vida por unos días y tan difícil como hacer la vida intensa durante muchos años a pesar de todo lo que pesa, cansa o hiere. He aprendido a cocinar y a amar al mismo tiempo, he descubierto recetas, probado salsas, guisado sopas, ternura, caricias y carne. Se los secretos del fuego y su paciencia, de algunas palabras y su afilado silencio. Y sin embargo tú, fuiste siempre la que se acercó a la cocina de mi corazón, la que tocó la sal y las especias, la que me acarició la barba y los ojos y me abrazó cuando vine de tan lejos, tan desnudo. Tú me das el mundo y yo solo te hago un bocadillo, ya te dije, que no era buen amante.

Pero lo seré. De ahora en adelante.

Siempre.

martes, 15 de diciembre de 2009

EL DIOS MAR

(Foto de Arnold Corey)

Si no fuera ateo y creyera que hay dios tendría muy claro quién es dios: EL MAR. Su belleza, su inmensidad, la abundancia con la que nos alimenta, su furia, esa apariencia de ser invulnerable y sin embargo tan frágil.

De el mar me gusta todo. Soy más piscívoro que carnívoro. Tendría que decir “marívoro”.

Veo estas arañas gigantes, porque arañas parecen e imagino a cientos de personas royendo, como primitivos sapiens, patas y caparazones, chupando, rompiendo, sorbiendo, festejando el mar y su abundancia, la mar y su generosidad, los mares y océanos y rios, nuestra patria. No hay otra, no hay más, este planeta es, desde el espacio lejano, azul, mar, océano. Si nos cargamos al mar, a ese mar que seguimos saqueando y ensuciando, habremos matado entonces de verdad a dios y entonces si que estaremos jodidos.

Las fotografías de Arnold Corey tiene la inmensa belleza de ese mar que nos alimenta desde el principio, desde la noche de los tiempos hasta hoy.

LA RECETA PERFECTA

Me gustan las pitas grandes saliendo de la arena, las rocas desnudas, el mar limpio ronroneando como un gato familiar. El pueblo ha sufrido la cirugía caótica del turismo y sin embargo sales un poco de San José de Níjar y la naturaleza está intacta, dulce y feroz, seca e inhóspita, llena de belleza. Esta casona verde de piedra y madera de los años treinta fue construida por un poeta inglés amigo de Robert Graves, pero jamás vivió en ella. Dicen que desapareció en el mar justo el día en que llegó a inaugurar la casa. Se fue a dar un baño y ya no volvió. Lo raptó una de las sirenas que nombraba en sus poemas. Eso me cuenta Ella mientras prepara una ensalada de tomate y menta y unas fanecas recién pescadas que se ha empeñado en asar en la barbacoa vieja del jardín. Pero no la escucho, solo oigo su voz y le miro las manos cuando pela con pericia los tomates y unta los lomos de las fanecas con ajos machacados con aceite. Finjo dormir en la hamaca con su sombrero de paja sobre los ojos, pero entre los agujeros del trenzado puedo verla vivir, cocinar, trabajar, llenar mi vida. No sabes ya cuantos días y cuantas noches estáis allí. Todos son la misma noche, el mismo día. La misma oscuridad en la que la amas sin descanso, en la que ella te ama, te muerde, grita, ríe, te toca, se llena, te llena. Y cuando no podéis más, cuando a pesar de que el deseo sigue intacto vuestros cuerpos ya no os responden, entonces ella te lee una de esas cartas que le escribiste hace tanto, esas palabras que parecen tan tuyas o tan suyas o tan de cualquiera que haya amado. Ella lee y tu le escuchas pero sólo oyes su voz igual que se oye ahora el mar tranquilo chocando con las rocas a lo lejos. Con los ojos cerrados. Abrazado a sus piernas, a su espalda, con las manos en sus tetas, en su cintura, en sus axilas, escuchando esas palabras que ahora no te parecen tuyas, ni suyas. Entiendes entonces porqué esa mujer está a tu lado. Porqué te desea, se corre, se ríe, te toca, te habla, te quiere. No sabes cuántos días y cuántas noches llevas en esa casa junto a ella nadando, cocinando, riendo. Cuántas noches y cuántos días de amor y de lecturas. Cuántos días y cuántas noches habéis caminado por la playa muy lejos de la casona verde. Cuántos días cogéis la Vespa polvorienta del garaje y os acercáis al restaurante de la playa y dejáis que el cocinero amigo elija por vosotros el arroz, el vino, los postres, todo un festín después del festín. El joven cocinero parece comprender, se siente cómplice y os prepara siempre los platos más deliciosos, los alimentos más frescos, los vinos mejores, como parece cómplice el sol, el calendario, el sueño, el mar, las rocas en las que os gusta sentaros hasta que llega la penumbra. Muchas, muchas veces te despiertas con la boca y la nariz muy cerca de esa mujer. Respiras entonces con fuerza. Te llenas los pulmones de su olor. Quieres ser parte de ese olor que te vuelve loco. Te comería, le dices. Te como, responde. Muchas, muchas veces, ya sin el temor de romper su sueño, le despiertas con tu deseo, tus besos, tus caricias, tus gemidos. No te importa y no le importa. Una y otra vez el amor sabe dulce, rico, animal, lento hasta que las fuerzas se os agotan y juntos, más juntos imposible, regresáis los dos al sueño y, ahora lo sé, ahora me doy cuenta, es el mismo sueño. No sabes cuantas noches ni cuantos días, pero los tienes todos protegidos, intactos, preciosos y precisos ahora en tu memoria. De esos días vives ahora o vivirás luego. Pero entonces no lo sabes, solo sabes que ella, su voz, su cuerpo, las cartas, el Mediterráneo, las sierras duras de Níjar, la noche, son todo el mismo paisaje en el que vives, el mismo alimento que te nutre, el mismo tiempo lento en el que ahora respiras sin que te importen las horas, sin miedo al futuro.

No hay tiempo. Sientes que cada carta que lees te lleva un poco más lejos en el amor, hoy todas esas palabras parecen antiguas, remotas mientras ella va desentrañando sus secretos. Muchas veces la descubres escribiendo en su Mac. Pero no sientes curiosidad por leer lo que escribe, ni piensas demasiado en lo que esas cartas dicen, solo te gusta su música. Te dejas llevar, le dejas escribir. Sales entonces solo a la playa y caminas hasta esa roca lejana en forma de tortuga. Allí esperas. La ves llegar desde muy lejos. Es un placer intenso sentir como se acerca, saber que en pocos minutos estará junto a ti y te tocará, te besará, se bañará contigo en el mar y se enroscará en tu cuerpo o tu en el suyo, flotando, lamiendo la sal de su cara, corriéndote dentro de su corazón o de su mar oscuro o de sus sueños.

Habitáis esa casa grande, retirada del pueblo, una guarida perfecta proporcionada por un amigo. Una casa llena de libros, de muebles confortables, de pinturas antiguas, de viejas alfombras marroquíes, con una cristalera sin cortinas que siempre os enseña el mar y el jardín asalvajado y una cama grande de colchón de algodón prensado en donde os escondéis muchas tardes a leer. Esa cama tiene mucho de guarida, de refugio seguro para fugitivos. Os escondéis dentro de vuestros cuerpos, el uno en el otro, atentos a cada roce y cada beso, con la música perfecta de las palabras de todos estos años en el eco de vuestro gemidos y vuestra risa. Yo no me atrevo a decir que eso es amor, el paraíso, una forma de cielo. Ella diría que soy un idealista, que estoy loco, que imagino cosas que no son, que ella no es la mujer que yo veo sino otra más vulgar, más corriente. Ella diría que no tengo ni idea de nada, que no entiendo nada de lo que le decían entonces mis cartas desde tan lejos. Pero no le importa. No me importa. Solo quiero seguir ahí, sin saber cuantos días y cuantas noches llevamos viviendo dentro de la sangre del tiempo. Sin entender si han sido las cartas, o a sido ella o el puro azar quién ha propiciado este presente.

Ahora no sabría decir porqué se escriben cartas de amor y qué ocurre cuando esas cartas que deseamos escribir no las llegamos a escribir nunca. Pero sé que todas esas palabras no escritas no se pierden, no se olvidan. Se quedan ahí, en algún lugar de nuestra cabeza y sin saber cómo nos van envenenado de tristeza el corazón. Sin darnos cuenta van destilando cansancio, envejeciendo la voz y la mirada, haciendo que seamos cada día un poco más silenciosos y menos libres. Hoy sé que no podemos aplazar su escritura, que escribir cartas de amor, todas esas cartas de amor es importante para sobrevivir, para no perder una parte de nuestra vida, para no olvidar y que no nos olviden. Para que al tiempo le cueste trabajo arrastrarnos por el mundo. Hoy lo sé. Pero no entonces. Cuando apareció por la puerta esa mujer preguntando por un tal Alexander y pretextando después que le habrían dado mal la dirección. Ella salía con una bandeja con té y una coca de almendras y le dijo. Bueno, ya que estás quédate a tomar un poco de bizcocho que el camino de vuelta hasta San José es un buen paseo. La desconocida se queda. Se sienta mirando hacia el jardín abandonado y el mar algo revuelto. Toma la taza de té entre sus manos como si quisiera calentarlas. ¿Qué tal se vive aquí?. Yo no sé que decir. Ella se toma su tiempo antes de susurrar apenas. Yo diría que esto es una de las formas que podría tener el paraíso. Lo diría si creyera en eso de los paraísos de los anuncios turísticos. Claro que el paraíso no es solo este paisaje del Cabo de Gata, es esta casa, ese jardín abandonado, esta taza de té, ese chico que anda por ahí haciendo que la vida sea un igual que esta coca recién hecha. La visitante no dice nada. Se cruza un segundo con sus ojos y luego vuelve a mirar el horizonte escondiendo la sonrisa en un sorbo de té. Bueno. Me tengo que marchar. Gracias por el trozo de bizcocho. Vemos alejarse a la desconocida por el camino de arriba, una senda que está casi abandonada y en la que yo me he perdido varias veces pinchándome las piernas con las genistas secas. Pero la visitante no parece perderse, hace las curvas por las que el camino se borra, toma recta la zona en la que la ruta solo puede intuirse. Así sentí de pronto mi vida junto a ella, una senda invisible donde es muy fácil perderse y pincharse, herirse la piel, sentir dolor y sin embargo no me había perdido en todos estos años tan lejos, podía cruzar el páramo espinoso de mi vida con los ojos cerrados y no equivocarme en ningún recodo. Nada puede hacerme daño. Solo debo tener mis manos en sus piernas mientras conduce o mi boca en su espalda antes de que llegue el sueño o mis ojos en solo suyos cuando nadamos muy lejos de la playa.

Su piel se va dorando con el sol, sus ojeras son ahora suaves. Mañana termina este dos mil diez. Me dijo anoche. A veces ella me despierta en medio de la madrugada. Le gusta recostarse desnuda en una vieja chaise longue de cuero naranja muy desgastado de los años treinta, con el Mac sobre el vientre, cara al mar entonces invisible. A veces con el ventanal abierto, dejando que el olor a salitre entre en el salón. Ven. Me levanto medio sonámbulo de la cama para acurrucarme entre sus piernas frías, con mi cara junto a su sexo. Cierro los ojos. Lee entonces una de aquellas cartas. Unas frases que deja envueltas en ratos de silencio. Frases que repite para que descubra que tras pasar unos pocos minutos, suenan diferentes, nombran otros mundos, una forma distinta de sentir lo que ahora siento. Escucho su voz y escucho el silencio, escucho su respiración sobre las palabras que ya no son mías ni suyas. Deja muchas veces que el silencio llene el tiempo. Llega el rumor del mar, el viento rizando sobre los arbustos, el sonido del corazón, pero no sé cuál corazón, si el suyo o el mío o el nuestro de entonces. Y le beso las entrañas, el origen del mundo, cierra las piernas sobre mi cabeza o me dice que suba y me abrazo entonces a su cuerpo frío y follamos mirándonos siempre a los ojos, sonriendo, adivinando cuando vamos a corrernos, esperando esa sorpresa no buscada, ese gesto, ese gemido sin miedo ni reserva que se escapa hacia el mar. Otras veces me quedo dormido allí acurrucado y el sueño me lleva lejos. Siento que viajo por países que no conozco, a ciudades que ella respiró, escucho voces en otras lenguas, camino por calles que no son de este tiempo, hablo con gentes extrañas y veo en sus ojos el amor, un extraño amor que nos protege. Cuando despierto. Cuando me despierta ella para que vayamos a dormir a la cama, no recuerdo el nombre de esos paisajes, ni de esas calles, ni de esas ciudades que me parecen sin embargo familiares porque están en su memoria. Olvido el rostro de esos extraños, solo mantengo en mi cabeza ese vago afecto, esa voluntad de todos ellos de protegerme, de protegernos, de intentar explicarme con palabras que nunca recuerdo que ellos están ahí, en algún lugar de la historia. Que ellos son nosotros y nosotros somos ellos. Cuando las palabras dormidas en esas cartas son despertadas por su voz, son otras voces las que se despiertan y otras historias las que vuelven desde muy lejos y las siento a salvo del olvido. Otras veces me quedo en la penumbra del arco que da al salón y la miro escribir, leer las cartas entre susurros, mirar en silencio hacia la noche que entra por el ventanal. Miro su cuerpo desnudo, cada día más moreno y fuerte y me muero de amor. Me late el corazón con mucha fuerza, igual que después de una carrera y sin poder evitarlo se me saltan las lágrimas aunque esté sonriendo. Me siento en el suelo. Puedo pasar horas mirándola. Sintiendo un intenso placer solo por estar ahí, dejando que pase el tiempo, viendo como trabaja, como escribe, como respira, como vive ese silencio, como repite muchas veces una frase y a cada repetición se va acercando al significado más oculto, a la última puerta que parece que nos desvelará por fin el nombre preciso del amor. Pero después de esa puerta hay otra y otra y otra y otra más, siempre. Otras veces solo me acerco para llevarle una copa de vino. Le beso en la frente o en la boca o en la mano. Le doy a beber un trago largo de vino fresco y me vuelvo de nuevo a la cama. La dejo detrás. Sé que se queda muy lejos, que tal vez puedo perderla si no regreso en ese instante a su lado. Pero me voy. Vuelvo a la cama, lucho contra ese miedo irracional y tonto, siento dolor por alejarme en ese momento de su lado, pero debo aguantar el desafío. Me acurruco bajo la sábana temblando igual que si fuera de la tela rugiera un huracán. Aguanto con los puños cerrados y el cuerpo rígido. Resisto ese dolor de la ausencia, me muerdo los nudillos, intento ser fuerte. Pasa mucho tiempo y la lucha es muy dura, quisiera gritar, morir. Entonces, siempre, llega ella y dice: Ya estoy aquí amor.

No sé cuanto tiempo, cuantos días y noches llevamos viviendo sólo del amor. Si no fuera ateo, incrédulo y cínico, diría que son estas cartas guardadas tantos años las que nos han embrujado, son sus palabras las que nos han encantado, han sido todas esas cartas de amor de tantos años las que han hecho crecer este nosotros. Se lo digo a ella y me dice que estoy tonto. Que no hay magia ni brujería, ni encanto, ni misterio alguno. Solo son palabras, tonto. Dice que me quiere con cartas y sin cartas, que soy el tipo que quiso encontrar siempre para compartir la vida. Que le gustan mis torpezas, mis errores, el vacío de mi memoria, las ojeras que tengo de recién levantado, mis silencios, mi ignorancia, la forma que tengo de mirarle cuando le llevo el vino, el tacto de mi cuerpo, el deseo que ve en mis ojos cuando hacemos el amor, esa forma de poner mis manos en sus piernas cuando conduce. Yo no entiendo el origen de su amor, pero no me importa. No le importa. Ahora sé que las palabras son preciosas, que pueden guardar secretos, verdades que se clavan en los ojos y en el corazón pero no para hacer daño sino para dar placer intenso, perdurable, lento. Ahora sé porque nos amábamos desde tan lejos. Qué importa cómo, por qué razón, de qué forma. Nos amábamos sin que la edad, ni los viajes, ni otros amores, ni el mundo de entonces y de ahora pudiera tocar la delicada espuma de sus palabras escritas, el profundo mar en el que estábamos sumergidos, en lo más oscuro y profundo, a salvo del mal, fuera del tiempo, intocables, haciendo con nuestras voces y nuestras cartas un dulce camino por venir. Hoy solo la veo a ella. Solo escucho su voz . Sólo sé que es ella quién hace vivir esas cartas. Ella. Mi amor. Entonces le hago la pregunta ¿quieres que sea tu cocinero?.

Ella se ríe, me muerde, sale corriendo hacia el mar desnuda, bonita, cuarentañera para chuparse los dedos, dulce compañera y yo escucho su voz flotando entre la brisa mientras salta tocando con sus pies el agua fría. Su voz que dice: te iba a hacer yo esa misma pregunta.

martes, 1 de diciembre de 2009

TRUCHA Y LÁGRIMAS

Cuando pesco una trucha grande (cada vez menos) y deseo comerla, tengo una receta que es igual que utilizar lágrimas para aliñar el placer. Limpio la trucha, la desespino , saco los dos filetes sin piel y la curo unos minutos en sal marina de Mallorca con algas secas, la limpio la sal con un cepillo y la cuezo a fuego muy tenue en una crema de puerro y mantequilla fresca, pero muy poco tiempo, solo lo necesario para que la carne cambie de tono y su interior quede casi crudo. Luego, a modo de adorno o símbolo, coloco encima de cada filete unos cangrejos de río pelados que he cocido en zumo de tomate y una flor de poleo. Esos cangrejos son los que comen las truchas que pesco en mi torrente, el poleo crece en sus orillas. Pero la sal, la sal del mar Mediterráneo me sabe a tus lágrimas. La trucha queda deliciosa.