jueves, 22 de agosto de 2013

BOCADILLO DE PANCETA ASADA CON PIMIENTOS


Ilustración de Antonio Azorín Molina


No perder sobre todo la curiosidad. Tampoco las ganas de sacar punta a las palabras, al mundo o a la vida. Ser crítico y amable. Nunca quedarse quieto. Hay quién pierde todo eso a los quince, a los dieciocho, a los veinte años.  Hay quién no lo pierde nunca y sufrirá por ello y por ello se sentirá bien algunas veces. Pocas.

Para que alguien comience a cocinar  e incluso llegue amar el fuego, los cuchillos y las sartenes basta con acostumbrarle a comer bien cada día y que pasen años. Entonces, un día, por circunstancias y separaciones diversas, se encontrará sólo o sola, sin cocinero o cocinera sustituta y descubrirá que no puede vivir sin comer bien. Ha nacido entonces un nuevo cocinero o una.

No perder sobre todo la curiosidad. Tampoco el orgullo y la arrogancia, elegante música para andar por este mundo. Ser tierno y delicado. Nunca creerse dueño. Hay quién pierde todo eso a los quince, dieciocho o veinte años. Hay quien no lo pierde nunca y sentirá por ello el dolor de la soledad y por ello se sentirá feliz algunas veces. Pocas.

El único tiempo ganado es el tiempo en la cocina, en el amor, en el viaje. El resto del tiempo es tiempo muerto, necesariamente desperdiciado en trabajos y desdichas, formaciones y deformaciones del cuerpo y de la mente. El tiempo en el viaje, el amor o la cocina no reporta otro beneficio que vivir y hoy se trata de otra cosa, sobrevivir, pagar, comprar y deber.

No perder sobre todo la curiosidad. Tampoco la ironía, la palabra bronca o el grito airado necesario. Ser bueno en casi nada y hacer solo una cosa en ese instante, con atención, intensidad y ganas. Nunca creerse joven. Hay quién pierde todo eso al poco tiempo de comenzar a viajar, amar o cocinar y prefiere que de ahora en adelante todo eso lo hagan otros, otras. Hay quién no lo pierde nunca y sentirá por ello en el cansancio, el deseo y el hambre a sus mejores aliados. Siempre.

Días duros de verano. Me hago hoy un breve bocadillo. Pan crujiente, panceta asada, pimientos verdes fritos y me saben igual que estas palabras masticadas con gusto e intención, libertad y aire.

Y de postre unas moras maduras.

lunes, 12 de agosto de 2013

COMER DE NUEVO CON BABETTE


Me lleva casi secuestrado, con el tópico pañuelo en los ojos, a un restaurante secreto al que sólo va la élite, los pijos, los ricos, los que están en el ajo y les resbala la crisis, esta y cualquier otra. Crisis? What Crisis?, que diría Supertramp. Y ya es casualidad que suene esa canción en su Jaguar del 61. Pregunto. -Pero… ¿qué es?, ¿cuál es el concepto?, ¿un paladar al estilo cubano?. – Más o menos- Me dice la manager que me ha abducido, manager de una multinacional farmacéutica que vende stent para abrir las arterias atascadas, además de exnovia y buena comilona. Pero cuando entro no hay suelos desconchados, mesas de hule, olores rancios, ni muebles de rastrillo postcolonial y quién que se lleva mi abrigo al ropero no es una vieja mulata de purazo encendido en la comisura sino un maitre con chaqué que mira demasiado mi chaquetilla rozada de terciopelo. Me dan ganas de decir: si, es de Zara, de la rebajas, ¿pasa algo?, pero me callo, uno es discreto. La primera impresión es que el sitio, un gran piso de la zona del ensanche madrileño, no es sino un remedo del palacio de Sissi emperatriz. Paredes enteladas en seda gris perla, arañas de cristal de Hungría,  espejos del XIX y bodegones verité del XVIII, sillas de esas con las patas terminadas en garras de bichos y manteles blancos de lino inmaculado a los que a uno le da miedo acercarse no sea que la simple sombra de nuestra manos les manche la virginidad. Al menos la vajilla no tiene dorados, las copas son minimalistas y la cubertería, de plata maciza, tienen un diseño moderno y ligero, no es necesario haber hecho pesas para tomar con estilo el tenedor. – Tengo la sensación de estar en el decorado de una película que ya he visto, tipo "les liaisons dangereuses", pero en versión castiza-. Mi amiga sonríe con una mueca que seguro le enseñaron en el colegio alemán. El camarero de pajarita me pone la silla. La mesa da a una plaza arbolada y peatonalizada y el tímido sol del otoño entra con agradable suavidad por el cristal. -Ya sabes que ha cerrado Jockey y el resto de sitios burgueses de alta cocina van por el mismo camino. Hoy la gente prefiere contratar a buenos chef y montar las comidas y las cenas en su casa, en plan íntimo, sin la amenaza de huelguistas o paparazzis.  Esta semana ya he ido a dos en La Finca-. Me dan ganas de meterme los dedos y vomitar ante tanto poderío y elitismo pero veo que las alfombras son turcas, antiguas, de seda, y me corto.

Pienso que seguro que la comida será el talón de Aquiles de todo este tinglado, así que me afilo mi colmillo retorcido para echar pestes de todo lo que me sirvan. -Además no hay carta-. Me aclara que cada semana tienen a un chef de fama mundial invitado, que les guisa sus fruslerías a estos ricachos aburridos. Mi amiga me va citando los marmitones de postín que han visitado el antro este año y casi me caigo de espaldas. Luego, aún sin reponerme del síncope, me susurra el chismorreo de la gente que está en las otras mesas comiendo. Banqueros sin agujero en la cuenta de resultados, terratenientes nobles dedicados a hacer vinos exóticos, condesorras con pendientes de esos que con uno de ellos podrían comprarse la manzana entera de la casa donde vivo, un presidente de cierta multinacional tecnológica de la que suelo usar mucho su servicio de atención telefónica situado en ¿Marruecos?, un ruso de esos que llevan guardaespaldas con la Heckler y Koch mal disimulada bajo la americana… así es toda la avifauna del lugar… y una guapísima chiquilla que me suena mucho y que se ríe de cuando en cuando como un pavo con sordina. -¿Y esa quien es?-. Me lo dice. Claro, es la larva típica de su especie, aunque ya es una preciosa mariposa. –Viene mucho con su novio a Madrid, por lo visto se aburre de la muerte en su mini reino de pacotilla y ruleta. -¿Y ese otro de la toalla en la cabeza?. La manager me propone otro mohín de disgusto, seguro que lo aprendió en el master que hizo en Boston, porque tiene un registro distinto que el anterior.- No seas bruto, es un keffiyeh. A J. M. le veo muchas veces en los sitios de marcha de Dubai o en la Petit Maison, pero allí se viste de occidental para poder beber alcohol y acostarse con las rubias americanas, que son las que más le gustan. Por lo visto son su obsesión-. Ahora soy yo el que ensaya un mohín filopijo indicando que no me gusta los chismorreos de las parafilias de los hunos o los hotros.

Me dice el nombre del chef invitado. Y siento algo de alivio, al menos la comida no será decorativa y sosa, aunque la única vez que comí en su restaurante A. de París  me fundí doscientas mil pesetas de las de entonces. Mi recién estrenada tarjeta de crédito salió medio carbonizada de la experiencia, pero como estaba enamorado y el dispendio era el importe íntegro de un premio literario no recuerdo que me doliese demasiado. Por fortuna esta vez pagaba la manager porque cuando me dijo el precio de esta ¿cómo llamarla? ¿Experiencia gastronómica?, ¿religiosa?, ¿sociológica?, ¿macroeconómica?, casi me da un vahído. Ahora entendía porqué sólo comían gangsters y gangsteresas en este paladar de luxury. Me dice mi anfitriona. – El Chef A. D. en persona nos va a hacer una interpretación del menú de "El Festín de Babette"-. Yo pensé, cuánto se aburren los ricos, ya no saben qué inventar, seguro que les traigo de Casa Pepe de Leganés unas lentejas con chorizo extremeño, se las vierto en este plato de Sevres y les parece una golosina llena de delicadeza y perfume campestre…


El menú archifamoso pasó por encima de la porcelana, no por conocido y memorable, menos rico. Tuve que dejar mi colmillo retorcido para mejor ocasión, porque los platos eran antiguos, previsibles, tópicos, carcas, hiperconservadores, pero de una exquisitez impecable. Sopa de tortuga gigante acompañada con daditos de su carne y regada un vino Riesling Weingut Selbach-Ostermuy frío, en sustitución del amontillado del cuento. Un enorme cuenco de caviar iraní, ¿cuarto de kilo?, con los granos más gordos que he visto en mi vida de una dulzura marina maravillosa, con sus Blinis Demidoff y regados por un champaña Veuve Clicquot de 1.962, Las codornices salvajes estaban deshuesadas y rellenas de trufa blanca italiana, en lugar de la trufa negra del relato, escondidas dentro del famoso volován sarcófago de un hojaldre levísimo y perfecto, con su salsa de vino Clos de Vougeot cosecha de 1.965. La ensalada de endivias ecológicas, nueces gallegas, virutas de foie y lechuga romana aderezada por una vinagreta que me daba tentaciones de lamer el plato. Y de postre, una selección de quesos franceses artesanos, Roquefort, Camembert, y unos saquitos brik rellenos de torta del Casar como guiño hispánico, tarta de cerezas frescas, y un plato de higos, dátiles frescos y piña cortados en daditos. Luego nuestro café Mandailing Kopi Luwak de Sumatra (si, ese cuyos granos los caga un bicho, una rata grande o algo parecido) y el previsible Marc Vieux Fine Champagne para rematar lo que un día imaginó la mente calenturienta de mi tía Blixen. ¿sorpresa?, ninguna, ¿felicidad?, toda. Agradezco a Karen su cuento, a mi ex su invitación y al cocinero su plagio. Ya tengo algo que contar a mis nietos.

Estaba saboreando el licor cuando de pronto caigo. Mientras el país se desmorona… ¿Para que demonios me ha traído mi exnovia a este lugar de perdición?, ¿para que rebusque en el trastero una bomba termonuclear, la ponga debajo de una de estas sillas con patas de león tapizadas en seda cruda color salmón y libre a la humanidad de unos cuantos mangantes, perdón magnates?, ¿para que me joda y comprenda que hizo bien en dejarme y elevar el vuelo desde Lavapiés a nidos más confortables como el que le ha puesto ese marido suyo en Niza?, ¿para que vea que la terrible crisis sólo afecta, como siempre, a los pardillos, al populacho, los ordinarios, a la masa orteguiana que nunca se rebela?… ¿que la elite sabe siempre nadar y guardar la ropa, comer de luxury y dejar todos esos inventos tecnoemocionales a los gilipollas, snobs y burgueses de medio pelo que los consumen?. No… No me ha traído para eso. No se ha gastado un fortunón para que mi paladar plebeyo y pobretón se quede babeando. Es otra la razón. Una razón más tenebrosa y sorprendente. Pero esta, queridos amigos, es otra historia, y no de Blixen precisamente.



Publicado en: "Paraísos Glotones" http://www.entretantomagazine.com 


lunes, 5 de agosto de 2013

CHORIZO LOVE

Foto de: guirilandia.com

Nuestra crisis comenzó ayer y no porque mi comportamiento sexual fuera mediocre e impropio de un latin lover -siempre fui así, eso no puede haberte sorprendido-, o por mi escaso conocimiento del idioma del mundo que es el tuyo lo que nos impide mantener conversaciones profundas y juiciosas fuera de la cama, o porque te susurrase al oído ciertas prácticas íntimas que ya alabara hasta el bueno de Joyce, o porque te dijera sin tapujos que a mi la Thatcher siempre me pareció una bruja y Tony Blair su nieto Chuky. No. Nuestra definitiva crisis comenzó ayer cuando te ví echando chorizo a mi sofrito para la paella. Hubiera tragado con eso, que el amor nos hace tener tragaderas anchas y vendernos al relativismo cultural, pero es que era chorizo de marca multinacional inglesa, fabricado en china para más INRI y por ahí no paso.

Chorizo. Esa cosa comestible, deliciosa o infame según las manos o la fábrica que le invente. Su guiso no tiene misterio ni complicación y sin embargo, bajo ese nombre sagrado para los españoles, se hacen agujeros negros gastronómicos que se tragan galaxias enteras, bombas de destrucción masiva y digestiva, objetos mutantes y medusinos que acechan en las vitrinas de tiendas y carnicerías y que te pueden fulminar con sólo mirarlos. Algún gangster piensa que basta como meter grasa y carne picada de cualquier bicho con sal y agente naranja dentro de un pellejo de plástico y colocar una folklórica y ruralista etiqueta de “chorizo”.

Sin embargo no todo es desolación indigesta y chirriar de paladares. Hay estupendos chorizos hechos con las mejores carnes y tocinos, pimentón ahumado de la Vera y tripas de verdad, potentes y riquísimos picadillos frescos de chorizo o delicados chorizos secados y madurados el tiempo justo que, junto a buen pan y vino nos hagan, con sencillez, muy felices, pero no aquí en guiriliandia.

Luego está esto, el fenómeno guiri de la chorifilia. En Gran Bretaña, donde se ha exterminado de los hogares cualquier raíz de cocina tradicional regional y cualquier memoria gastronómica propia, aplauden con fruición cualquier guiso ajeno, remoto, exótico, con nulo criterio y referencia. Y ahora le toca el turno al pobre chorizo. Los ingleses han descubierto el chorizo y ponen chorizo a todo para que adquiera el unte “typical  spanish”, contribuye a esta babel hasta el bueno de Jaime con su receta de paella en la que es imprescindible, como no podía ser de otra forma, el chorizo. Bety, confiesa, ¿de él aprendiste esta traición?

Te escribo todo esto escandalizado, ruborizado, avergonzado, con ganas de instalar en la Torre de Londres alguna afilada guillotina para cortar cabezas de chorizos, chorizos de imitación, fabricantes sin escrúpulos de chorizo y cocineros televisivos chorifílicos, pero no lo hago, prefiero abandonar el hogar y tu cocina inglesa, donde has mancillado mi paella, ya sabes como somos los españoles con el rollo ese de la honra, vaya si lo sabes, que te has leído todos los novelones de Alatriste. Me indigna además que dijeras que el presidente del gobierno de España y muchos de los suyos “eran unos chorizos”, eso si que me duele, que aprendas de mi idioma lo que a ti te conviene. Llámales ladrones o mentirosos, pero no los confundas con mi adorado chorizo. El chorizo de verdad es algo grande, rico y bueno. Y eso que nada por ahí en tu paella arruinando mi sofrito y que está hecho con carne de alien, grasa de aflojar tuercas, agente naranja y sal radioactiva es otra cosa, ponle tu un nombre, en inglés, pero no le llames chorizo mientras clavas con amor en él tu pupila azul. Adios Bety, chory.

PD: no, no es broma, la foto de abajo. Es una auténtica sopa de patatas bravas, with chorizo, claro.
Foto de: girilandia.com







martes, 30 de julio de 2013

CORAZONES DE ALCACHOFAS II


(Foto de Gino Rubert)

Me gustan los corazones de alcachofa cocidos en su punto, tiernos y untuosos. Dentro de ese corazón colocamos una salsa espesa hecha con leche de coco, chorro de salsa de soja y pimienta. Sobre ella la yema de un huevito de codorniz. Encima un poco de caviar o una cucharita de huevas anaranjadas de salmón. Nada más.

Me gustan los corazones de pollo en brocheta, asados en el fuego, adobados con mostaza, miel y cayena.

Me gustan los corazones de las cebolletas también asadas, regadas simplemente con romesco.

Me gusta tu corazón sobre el barro del silencio, pero mucho más sobre la espuma de tus palabras. 

viernes, 19 de julio de 2013

SANDÍA

Pintura de Luis Egidio Meléndez
No hace tanto eran así las sandías. Con muchas semillas grandes y negras. Estas son del XVIII pero en mi infancia también eran así. 

Ahora no, las sandías son casi todas iguales, apenas tienen semillas y pronto serán cuadradas en lugar de redondeadas.

Durante las largas siestas veraniegas, en la casa de campo de mis abuelos, navaja en ristre, daba cuenta de una de estas gigantes sandías bien frías. Luego nos íbamos al río a nadar en plena digestión, flotábamos con el vientre dilatado como ballenas ahítas, con los ojos cerrados, dejándonos mecer por la suave corriente, sintiendo las capas frías y calientes de las pozas, los peces nos mordisqueaban las piernas y la espalda, y el tiempo, el tesoro del mundo, entero, era nuestro con todas sus semillas.



martes, 16 de julio de 2013

PATAS DE POLLO ZOMBI



Los extremeños y los chinos tenemos una extraña conexión culinaria aunque esté hoy casi extinguida. Mi abuela y mi madre gustaban también de estas “golosinas” y no precisamente eran “cocina de postguerra” como pudiera parecer porque ellas, por fortuna, no sufrieron las terribles condiciones de hambre que durante muchos años sufrió la mayoría de la población española.

A mi me gustan todos los guisos mediterráneos de manitas de cordero, cerdo o ternera, la casquería, las sabandijas, los quesos mohosos… pero con las patas pollo no puedo. Esta es la frontera de mis prejuicios y mis remilgos. Tampoco he podido comer chinches de agua gigantes fritos, ni beber el batido Masai de sangre caliente y leche o el chupito de sangre de serpiente en China, que no es alimento sino medicina. A parte de eso creo que he comido casi todo lo que la humanidad, en su maravillosa multiculturalidad, considera comestible, o al menos todo lo que en los viajes me fue ofrecido como fruslería o exquisitez.  No me han gustado los pescados fermentados, sean suecos, japoneses o inuit. más por su insoportable hedor que por su sabor mantecoso, ácido y picante pero los he probado con curiosidad y sin asco y sí me han gustado las insectofilias mexicanas o la chicha o el masato de maíz o yuca fermentada con la saliva humana de quién previamente ha masticado la cosa. Pero es que veo estas patas de pollo y se me revuelven las tripas, si además piensas que llevan varias décadas caducadas…

Se dice que las autoridades chinas condenarán a los comerciantes tramposos a comerse las veinte toneladas de patas de pollo que tenían almacenadas caducadas desde los años sesenta del siglo pasado y a beberse en chupitos el peróxido de hidrógeno que utilizaban para darles buen aspecto. O si no se dice, más de un chino desearía tal condena.

Me cuenta ahora un viejo amigo curtido en aquella cosa extinta, rancia e inútil llamada “mili” que vio en un arcón de la despensa del cuartel una pieza congelada de carne argentina que tenía veinte años y que un día, por una apuesta, se la comieron estofada sin mayor problema tóxico, ya se sabe que la mili “curtía”, por esto y otras causas era uno objetor e insumiso.
Recuerdo también cierta noticia, no sé si verdadera o no, de soldados soviéticos que comieron carne de mamut, congelado en el permafrost siberiano, de hace más de 10.000 años. La carne estaba algo correosa pero con buen sabor. Seguro que hoy más de un pirado por lo exótico pagaría mucho dinero por comer una carroña de estas, tan rara y exclusiva.

Así que ahora… ¿qué harán si les ponen de aperitivo con la cerveza unas patitas de estas? Recuerden que se come lo de fuera, no los huesecillos… Lo zombi está de moda.

domingo, 14 de julio de 2013

PATATAS FRITAS


(foto de: dumieletdusel.com)

Parece que caminemos por las ruinas del futuro. Pisamos cristales y despojos, dolor y trampas que rompieron con sus dientes todo lo poco que alguna vez fue nuestro. Ahora, además, vamos descubriendo la carroña que alimentaba a todos estos miserables y sobre todo el constante mantra de mentiras con el que se ocultaban.  Todos sabemos ya la verdad, quienes son los que mandan y ordenan, los que compran y envilecen el mundo, el tuyo y el de todos.

Así que hablar de lo que comemos y amamos puede parecer un adorno superfluo en estos tiempos. O también una forma de lucha, de resistencia, de orgullo, de fraternidad. Hablamos, decimos, gritamos, salimos a la calle siempre a cuerpo, sin otro abrigo que la palabra, la risa y el hambre ¿recordáis?, vosotros, los antiguos.

La carcajada es inmensa y colectiva. Tal vez seamos nosotros los pobres pero ellos son los miserables porque necesitan gastar miles de euros para comer y sentirse ganadores, fuertes, poderosos. Nosotros con poco en el plato o la copa hacemos fiesta, vivimos este lujo y no ese otro que es cosa de ladrones, fatuos y engañabobos que cobraban "a" y "be", "uve" y "zeta" y no era suficiente.

Enciendo el fuego, frío unas patatas que callan mi hambre y encienden mi sonrisa. Salgo a la calle como otras tantas veces, nada nos vence aunque pasaron siglos de luchas perdidas y bellísimas ciudades reventadas, derrotas de nieve y de desierto. No porque fuimos muchos, miles, millones, no por que nuestros pasos eran rugido de inmensa minoría, sino porque la razón nunca es monstruo y vivir es nombrar aquello que casi siempre nos condenó a la hoguera, los destierros, la ruina y el silencio: fraternidad en igualdad, con libertad, comida, cobijo, sueños. Lo imposible. Nada más.

Nos da igual caminar hoy por las ruinas del futuro. Salimos a la calle de nuevo para cambiarlo. Unas patatas doradas y calientes y una copa de vino. Lujo posible, dulce y salado igual que tu caricia. 

miércoles, 10 de julio de 2013

ANGUILA FRITA

http://ciudad-dormida.blogspot.com.es
La cocina profesional en España vive momentos de gloria, euforia, riesgo, creatividad, gracia, fama. Nada que añadir como goloso aunque preferiría que hubiera en este campo más crítica, discusión, polémica, “cachondeo”, más libertad de opinión y menos peloteo a los grandes de la alta cocina española, sobre todo porque no lo necesitan. Sin embargo como sociólogo me preocupa el declive de la cocina tradicional, de los cientos de platos que ya no están vivos en los hogares, y se han convertido, en solo unas décadas, en “arqueología” que diría Manuel Vázquez Montalbán. Arqueología interpretada, reinterpretada, aligerada, recreada a veces con maravilla en la restauración, en algunas cocinas profesionales que han tenido esa voluntad de “rescatar lo antiguo”, pero perdidos para siempre para las cocinas cotidianas de nuestras casas.

La pedagogía espectáculo de los Arguiñanos de todas las televisiones intentan también ese rescate, venden libros, son famosos, están reeducando con éxito dispar a dos generaciones de españoles y españolas y aún así la lista de platos y guisos extinguidos, convertidos ya en arqueología es asombrosa. La variadísima cocina comarcal (no digo ya regional) desaparece, se extingue y homogeneiza. Nadie o casi nadie parece denunciar esta pérdida de la “memoria histórica gustativa” que si se olvida será imposible de recuperar y acabará convertida en receta de biblioteca, cita de antropólogo o regusto en el recuerdo de los más viejos. Guisos de huertano, de trashumancia, de siega y labranza, de pescadores, de supervivencia, de pastor… todos esos platos cotidianos que hacían las abuelas y que ya no se hacen, ni se recuerdan, ni se conocen. 

La infinita diversidad de una orografía, un paisaje y unas culturas rurales tan distintas, homogeneizadas hoy por la etiqueta simplona de una cocina “española” o “catalana” o “andaluza” o… que reinterpreta lo obvio e ignora lo distinto, lo original, lo minoritario, lo infinito de esas cocina comarcales y hasta locales. Un día me habló en Serradilla, Ángela, la madre de mi amigo Carlos, de un gazpacho de invierno de patata asada con parte de su piel, pan asentado, ajo, aceite, vinagre, lechuga… y no sé qué más ingredientes, pero no tomé en detalle la receta y luego, conduciendo esa noche de lluvia y niebla, en el camino de vuelta a casa, cada vez estaba más convencido de que esa receta era ya pura arqueología. Me dan ganas de volver con papel y lápiz y pasar a letras escrita el recetario de memoria de Ángela que intuyo y sé que es extenso, original y riquísimo en sus dos acepciones: gustoso y variado, sostenible, eficiente, sabio...

Este fin de semana hice anguilas fritas y mi madre, que hacía cuarenta años que no probaba el guiso, lo recordó y apreció con añoranza al instante. Nadie más.

Se venden muchísimos libros de cocina, pero la cesta de la compra, los frigoríficos y despensas de los hogares españoles, lo que ponemos en las mesas de diario al mediodía y a la hora de la cena, comienza a ser una mezcla triste, homogénea e industrial. Me temo lo que ya sé como investigador de mercado. Me temo lo peor. Que ya somos todos y todas muy "iguales". igual de tontos e ignorantes, aunque sepamos mucho de restaurantes y añadas, deconstrucción y sushi.

jueves, 4 de julio de 2013

CARACOLES EN SALSA DE SETAS

turismodelospueblos.es

Chupar, sorber, lamer. No todo va a ser usar los dientes en esto del comer o del amar. Me gusta más usar la lengua que masticar.

Venden en Piornal de la Vera unas bolsas grandes y feotas de medio kilo con unos estupendos boletos deshidratados de la zona, además son baratos y de una calidad muy superior a otras marcas que venden unos poquitos gramos en bolsitas muy monas de papel celofán pero a precios “gastronómicos” (carísimos).

Rehidratadas las setas en un poco de agua caliente, las añado al generoso sofrito de cebolla y zanahoria y cuando y están tiernas pongo el agua donde las he revivido, un culito de Jerez y una cayena (o ají amarillo en polvo). Trituro bien este aliño y lo reservo. 

He guisado a parte los caracoles a la llauna, sin más arte que el fuego, la sal y un poco de tomillo. Cuando están listos vierto por encima de todos la salsorra de setas y a comer.

Tienen los caracoles con esta salsa de boletos un color pardo y terroso, poco glamoroso y nada moderno, pero están muy buenos y es imprescindible rechupetar, sorber y lamer a conciencia las conchas y todos los agujeros. Ya lo dije: me gusta más usar la lengua que masticar.

Si a quien amas le gusta esta receta tengo la certeza de que te lo pasas muy bien en el yogar. Si no le gusta o no te gusta a ti… mal asunto, no se saborea con los dientes, ni con el tenedor sino con la lengua y las palabras, que son casi lo mismo.



lunes, 1 de julio de 2013

SARDINA Y REPOLLO (dedicado a Miguel Martínez recién llegado a Hong Kong)


(Lata de sardinas baratas, made in China o de por ahí)

Seguimos entrenando el cuerpo en la alita de pollo frita, la hoja de lechuga algo revenida y el caldo viudo hecho con los huesos sobrantes. El oficio de escritor tiene eso, tuvo eso en España desde el principio de los tiempos. Ya lo dijo el amigo Cervantes, ya lo explica una y otra vez el colega Trapiello, aficionado también a las alitas de pollo, el ascetismo, la miseria, la precariedad y la amenaza de una futura vejez difícil. La afición a la alita y la lechuga lacia es una elección, claro, uno podría ser gangster de la cosa financiera, funcionario, fontanero, rentista, ministro, muchas cosas de las que se come bien y en abundancia, pero eligió esto, que tampoco es lo peor, contar historias, inventar otras vidas con las palabras desnudas, que son los ladrillos de todos y por tanto todos las menosprecian, desbaratan o roban con impunidad absoluta.

No se queja uno de la alita, que con ella se puede hacer altísima cocina. El Bulli hasta hizo una vez un guiso, muy celebrado por los gourmets, de ternillas de pollo, ya ven. Además jugar con las palabras es muy socorrido para el desahogo crítico de la crisis, es valium barato que no paga receta, permite que uno mismo se escriba su propio libro de autoayuda o su propio veneno suicidario y funebrista.

Pero a pesar de tanta crisis y carestía a uno no le gustaría ser como Cela, que se recorría los mesones de postín de España en un Rolls conducido por una choferesa negra y luego se tiraba pedos y se hurgaba el diente con un palillo para sacar el pellejo del cordero asado. Ni tampoco quiere uno que le llamen como juez y parte de concursos gastronómicos para comer de balde a cambio de escribir unas palabras florales por ahí del evento, los cocinillas o las marcas patrocinadoras. Ni tampoco desea escribir historietas de obispos rijosos, cálices metafóricos y últimas cenas con abracadabras pirotécnicos para luego tener cola en las ferias del libro y tener que escribir cientos de veces “para Pitita, mi lectriz preferida”. No, aunque no se lo crean uno prefiere seguir a su bola y rebañar sin remilgo y con glotonería el platillo de alitas. Menos tuvo Cervantes en esta vida. O más cerca el amigo Bolaño, que tuvo que hacer de todo para sobrevivir malamente y ahora, por una parte, es triste ver que no puede comerse media lata de caviar Beluga con dos botellas heladas de champán fetén, mirando al mar, por cuenta de sus derechos de autor. Pero por otra parte pienso que él o ellos, Bolaño o Cervantes, también supieron sacar partido a las alitas fritas y su obra quedará prendada y prendida durante muchos años y hasta siglos en el presente de millones de personas, lectores que descubrirán la frescura y la actualidad de sus palabras para sobrecogerles o abrigarles el corazón, mientras las obras de Cela o de Brown no las leerán en pocos años ni Firmin ni ninguna otra rata comedora de libros.

Uno tampoco espera lucir en la posteridad porque es de natural hedonista, vago y glotón, sólo espera cambiar de cuando en cuando de menú, tener parné para una sardina y dos hojas de repollo y seguir jugando con las palabras a inventar otras vidas mientras me dura esta y que sea con muchos años de salud. Ea, va la receta.
Desescamada y desespinada la sardina, salpimentada y aliñada con una mezcla de aceite, ají amarillo y limón, envolvemos su carne en una hoja de repollo apenas ablandada al vapor y freímos en aceite, previo pase por un poco de harina, este saquito sorpresa.


jueves, 20 de junio de 2013

MANZANAS ASADAS PARA LA CRISIS


Foto de A.  Mikhailov

Asaba unas manzanas a las que sustituí su corazón por mantequilla con azúcar, canela y un chorro de limón. luego rellenaba unas obleas de empanadilla con su carne templada y unos piñones tostados. Recién fritas y calientes las regaba con un poco oporto dulce.
Carpe diem, no hay futuro. Hoy estamos vivos. Haremos fiesta con los cuerpos antes que las manzanas se arruguen y la carne ya no pueda asarse con la mantequilla y el azúcar del deseo. Eso piensas. Esto escribo.

lunes, 17 de junio de 2013

BUÑUELOS Y RIOS



Tuviste una infancia feliz llena de tebeos, días de campo, de pesca, de baños en el río o la garganta. En la memoria de los niños se fijan algunos recuerdos a fuego. Momentos en los que no pasa nada y sin embargo algo ocurre porque se quedan ahí, en algún rincón del cerebro, de las neuronas o del corazón, de forma indeleble, para siempre. También los sabores y los olores. Por eso me gusta hacer buñuelos a quién amo y volver al río en primavera.
Ahí estoy jugando con mi padre en el Tiétar, tendré seis o siete años. La arena de un río o de una playa es el mejor juguete para un niño. Y hoy sigue siéndolo a pesar de las consolas, los ordenadores, los videojuegos. Lo he visto muchas veces en mis hijos.

Cuando crecemos nos quedamos sin juguetes, pero yo uso las palabras igual que aquella arena. No hay melancolía ni añoranza, ni pesar por los paraísos perdidos. Me gusta vivir en el presente y también saborearle antes de que llegue el porvenir. 

Tal vez por eso me gustan los ríos, no por su metáfora manriqueña, sino por ser para mi el lugar de los juegos y de la libertad. Tal vez por eso me siento triste si estoy lejos de ellos.

Imagino tu sonrisa cuando me veas tan pequeño y tan delgado ahí en la arena. Aún soy así.

El sábado me hice para desayunar buñuelos de sartén. No para recordar. Para vivir.


viernes, 14 de junio de 2013

LA ESPAÑA EXQUISITA



Todos envidian al crítico gastronómico, este trabajo obreril tan duro, peligroso y sacrificado. Uno les dice a los amigos que es vocacional y que sufre en silencio esta mala vida de excesos, festines e indigestiones. Argumento además que nuestra esperanza de vida es muy corta y que estamos amenazados por el sobrepeso, la colesterolemia y el estrés postraumático cuando vemos la cuenta. Además la mayoría de los ciudadanos considera nuestra actividad laboral idiota, chulesca, superflua y arbitraria, poco científica y que se presta, como los cargos políticos, a corruptelas, untes y convites. Yo no les niego el pecado pero debo contar que en tiempos no tan remotos, el crítico solía morir muy joven envenenado, intoxicado o con el higadillo licuado  por las hadas etílicas. Tiempos duros aquellos que yo viví y doy fe.

Ya no existe, pero hace unos quince años, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, en una carretera nacional de doble dirección, junto a un motel sospechoso, un puticlub decente y una estación de servicio con señor gasolinero (especie de homo sapiens ya extinta) se abría al respetable público un restaurante-bar-cafetería llamado de alguna forma, pero como el nombre estaba escrito a brochazos en la fachada y con las letrujas carcomidas por el sol, nunca lo supe. Teníamos el indicador de la gasolina a cero y además hambre, así que paramos a llenar ambos depósitos. Entramos en el antro con pinta de cantina del Oeste pero alicatada hasta el techo con azulejos blancos intercalados de otros azulejos, muy de la época, con dibujos groseros y refranes de refinado machismo que nombraban al vino y sus virtudes. La barra era de formica despostillada y el expositor de bebidas destiladas se reducía a coñá, anís, ginebra, ponche y Calisay. En esa barra, tras un cristal turbio, lleno de huellas humanas y de otras especies animales aún no descubiertas por la ciencia, se alineaban unos bocadillos de fiambre rosa de dinosaurio descongelado, un plato renegrido con un gurruño de ensaladilla encima, una bandeja de callos con la grasa naranja fluorescente coagulada con más solidez que el hormigón armado, otra llena de filetes marrones ahogados en aceite, otra de aceitunas negras directamente sacadas de un yacimiento arqueológico romano y una gruesa tortilla de patata de buena estampa y factura. 

Hay también gambas a la plancha y mejillones. Dijo el camarero rebuscando la cerilla de su oído derecho con la uña larga de su dedo meñique. Nosotros, antes, sin haberlo mentado aún el camarero, ya nos habíamos dado cuenta del resto de su oferta culinaria porque el suelo estaba lleno de cabezas de gambas decapitadas y conchas de lamelibranquio en caótico desorden, rebozadas en serrín y arrugadas servilletitas de papel. Le musité a mi mujer. Vámonos, no tengo mucha hambre. Pero ella, como otras tantas veces, valiente o inconsciente, desafió al cielo, se burló del destino, ignoró los trillones de gérmenes mutantes que nos miraban babeando toxinas desde todas esas bandejas y pidió con pasmoso apetito: póngame por favor un poco de ensaladilla y un pincho de tortilla de patatas. El camarero, tal vez al ver la expresión de terror de mi cara, afirmó algo chulillo: No se preocupe señor, que la ensaladilla es casera y la tortilla está aún caliente. Yo sólo me pedí una cerveza que el tipo acompañó, rumboso, con un puñado de aceitunas resecas que el mismo cogió con la mano.

De nada sirvieron mis ruegos y mis suplicas sobre visitas a urgencias, diarreas misereres, alergias marcianas y chirriar de dientes antes el seguro envenenamiento que implicaba tocar siquiera con los labios la casera ensaladilla. Mi mujer se la comió entera de cuatro paletadas, reprochándome: tu es que eres un melindres, un hocicoputa y un exquisito. La ensaladilla está buena. Apuró su cerveza y atacó sin descanso el pincho de tortilla. Yo puse tierra por medio y me fui a hacer un pis. Así eran entonces los aseos unisex de los bares de carretera: un exótico cuadradillo vidriado en blanco con restos que no quiero nombrar y unas huellas grandes moldeadas en el gres donde se ponían los pies y en la vertical urinaria natural había un agujero que daba directamente con el infierno a juzgar por los olores y las moscas que salían por allí. La cadena, como no, una cuerda de esparto con un nudo.

Para llegar al cuartucho unisex de las aguas mayores y menores se pasaba por la cocina, así que tras el alivio y la huida de aquel agujero infernal, puede contemplar despacio y horrorizado el laboratorio alquímico donde se habían cocinado las delicias: la cucaracha muerta de la esquina, el cazo requemado de la leche de servir cafelitos, la sartén con restos de una espuma amarillenta, los fogones llenos de pringue y sedimentos pardos, el cuenco mugriento donde el envenenador había mezclado una semana o dos antes todos los ingredientes de la ensaladilla y, encima de una mesa baja, otra tortilla grande y encima de la tortilla, tal vez para mantenerla caliente, estaba echado un perrillo mil leches que meneó un poco el rabo al verme pasar. ¿Estará al menos vacunado el ayudante?. Le dije al camarero al salir. Tardó unos segundos en entender mi doblez y salir corriendo a espantar al chucho con palabras muy gruesas que no quiero ahora escribir.

Mi mujer ya se había comido la mitad de la tortilla cuando al cortar con el tenedor otro pedazo apareció ella, sedimentada como un fósil arqueológico entre los trozos y estratos de patata y cebolla grasienta. No era una mosca, era la madre de todas las moscas a juzgar por el negro zaino de su capa,  los pelos que la adornaban y el tamaño del bicho. El grito retumbó en los azulejos, pero el camarero, rápido y al quite, metió su uña larga del meñique en la tortilla y sacó certeramente la moscarda. Ya está señora, pero si quiere le pongo otro trozo, gratis, por supuesto.

Publicado en entretantomagazine.com
http://www.entretantomagazine.com/2012/10/05/aquella-espana-rica-rica/

viernes, 7 de junio de 2013

ALITAS Y LECHUGA



Cuando seamos ancianos, aunque hayamos luchado por un mundo mejor, aunque hayamos trabajado tantas veces sin recibir salario, aunque hayamos hecho crecer a hijos que serán por entonces buenos ciudadanos, aunque hayamos, con voluntad, agrado y militancia, contribuido con tantos impuestos a que Europa marche, cuando seamos viejos, digo, nos quedará la alita frita y la hoja de lechuga revenida como los únicos manjares de subsistencia con los que podremos regalarnos gracias a nuestras futuras pensiones de miseria.

Lejos están los tiempos en los que creímos que entre los derechos reales de los ciudadanos, sólo por el hecho de serlo, por fin, después de tanta lucha, estaba el de tener un salario mínimo para no pasar hambre, ni frío, ni enfermedad curable. Lejos están los tiempos en los que un mundo mejor, más justo y libre, era aquel que cuidaba de sus ciudadanos viejos y les daba el pequeño lujo de las tranquilidad económica y del vivir unos años apacibles. Lejos están los tiempos en los que el progreso, su esperanza, su sueño, era hacer realidad los derechos del hombre aquí mismo, en nuestra casa, pero también en las casas de todos los hombres y mujeres de la pequeña tierra.

Así que yo me voy preparando, adaptando, conformando con el menú este, que aconsejaba tantas veces el bueno de Trapiello, de las alitas fritas y la lechuga amarga, de la manzana sobrera y el vino de brick.

Le queda a uno el consuelo de pensar que los que a esto van a condenar a millones de futuros viejos jubilados, también lo serán ellos y, aunque tengan ancianidades confortables propias de su clase y su egoismo, les tendrán que limpiar la mierda y dar la sopa y comprenderán entonces, tarde ya, que nadie elige envejecer, ni depender, pero que ese duro trance hay que pasarlo con un mínimo de confort y dignidad que a veces sólo se consigue con una digna pensión dineraria.

Frío las alitas de a euro la media docena, de a euro la lechuga romana, de a euro las dos manzanas amarillas para ir entrenando el estómago y el alma a la miseria que nos quieren regalar estos miserables que dicen gobernar la economía y el futuro de todos.

martes, 4 de junio de 2013

COMIENDO CON EL SEÑOR QUIJOTE



¿Calor africano?, peor, calor manchego, agosteño, seco. Tengo veintipocos, un billete de mil pesetas, una pequeña mochila de lona gris y una dirección del sur escrita en un papel. Vivíamos tiempos salvajes y prehistóricos, no existía el móvil, ni Internet, ni el euro…

Tal vez, además del egoísmo, el dinero, el sexo y el poder haya alguna otra cosa que mueve el mundo y nos empuja a épicas, viajes y locuras equinocciales… ¿el amor?.

Debían ser las dos de la tarde y no transitaba ni un alma en aquella secundaria llena de espejismos, barbechos resecos y secanos segados. No llevaba cantimplora, ni viandas, ni mapa. Mi único objetivo era llegar al sur a dedo o a pata, cosas del amor y sus circunstancias. Con veinte las locuras nos parecen muy sensatas, fáciles y realizables. En la estrecha carreterilla, junto a unos pedruscos rojizos en los que estaba pintado con poco arte un punto kilométrico, descansaba también el esqueleto pellejudo de una cabra que me sonreía apretando sus dientes amarillos y negros. Lejos de pensar en malos farios, consideré la aparición un signo de fortuna. Porque con veinte años además de inconsciente uno es fatuo, crédulo y absurdo, pero eso lo descubrí más adelante. Las chicharras entonaban su rock&roll, el sol convertía cualquier signo de vida en un orejón reseco y comenzaba a sentirme perdido, mareado, muerto de calor pero aquella cabra fósil y apestosa, medio puesta en pie contra la peña en la que estaban pintarajeteados los cientos de kilómetros que me quedaban aún para llegar al mar y al paraíso, la sentí como el mejor de los agüeros. Y así fue. No era un sueño. No era el delirio fruto de mi insolación y mi agotamiento de tres días de autoestop con escasa fortuna y poca pericia. A mi lado paró un imponente Mercedes descapotable de color rojo, conducido por un tipo grandón, barbudo, barrigudo, risueño. ¿Te llevo a algún sitio chaval?.

Nunca agradeceré a aquel hombre lo suficiente que parase. Mi aspecto sucio, greñudo y jipioso no debía ser muy de fiar. Luego descubrí a aquel señor muchas veces hablando de erotismo y de cine por la televisión, pero entonces sólo era un buen samaritano, con pinta de marqués o algo peor, que me sacó de aquella carretera de mala muerte y me agasajó con una generosidad que sólo hoy entiendo. Seguro que si no me hubiera recogido hoy estaría yo también apoyado en alguna piedra de aquella estepa siniestra y desértica, disecado como la cabra, avisando a otros transeúntes inocentes de lo peligroso que es caminar en agosto y a las dos de la tarde por La Mancha confiando para llegar al sur sólo en el amor y en la juventud.

Es la hora de zampar. Dijo el tipo. ¿Has comido?, ¿Te parece que paremos en el pueblo que viene ahora a picar algo?. Es la casa de un amigo, seguro que nos pone algo bueno para comer. Tenía la boca tan seca que dije que sí, pero no me salió la voz. A unos treinta kilómetros se destacaba entre unos pocos chopos una casona grande. Pintado en añil viejo, con letras pequeñas, en una esquina medio tapada por uno de esos chopos milagrosos que debía de beber agua de algún río subterráneo, ponía: “Restaurán Pedro”. En el terragal del aparcamiento dos camiones Barreiros y un tractor oxidado aguantaban el solaco mortal. Entramos. El antro estaba fresco, decorado como lo que era, una venta quijotesca sin ninguna pretensión. El dueño, cocinero y camarero y su señora, saludaron al “marqués” con mil parabienes. Él sólo dijo. Aquí el chico y yo, que tenemos algo de hambre y más sed que un beduino. Ni carta, ni menú del día, ni sugerencias de la casa. Con diligencia y ritmo fueron apareciendo en nuestra mesa: Una ensalada fresquísima de lechuga y tomate, otra de berros, un platazo de berenjenas aliñadas, pichones escabechados, morteruelo templado, pimientos asados con bacalao, pisto con setas y para rematar o morir en el intento unos inmensos galianos o gazpachos manchegos humeantes, espesos y exquisitos. Pero no morimos, más bien resucitamos, gracias a las dos jarras de barro de vino fresco y bueno de la tierra y al café de puchero que tomamos después. Postre no nos sirvió el ventero, por fortuna. Yo hubiera reventado como un globo.

Aguardamos a que el sol se diera por vencido para salir de nuevo a la intemperie. El señor se echó la siesta en una mecedora que los dueños de la casa de comidas le ofrecieron. Yo me apoltroné en el patio, a la sombra de un limonero repleto de fruta y me puse a leer el único librito que llevaba en mi saco, “Lope de Aguirre la cólera de dios” de Ramón J. Sender, muy propio. No pasó ni media hora cuando la ventera, relimpia y algo gruesa, atenta y misteriosa, me saco una jarra como de dos litros de limonada helada con mendrugotes de hielo y hojas de hierba buena. Me quedé sin palabras.

El resto es previsible. El tipo se levantó de la sienta, bebió un buen vaso de limonada, de un trago y sin respirar, se despidió con muchos abrazos y recuerdos de los venteros. Nos montamos los dos en el cochazo y tras muchas horas de carretera llegamos al mar. Me pesa no recordar, tantos años después, de qué estuvimos hablando tantas horas. De su cine, algunas películas me gustan y otras no. De su forma de ser, del tipo amable y simpático que yo conocí entonces esa tarde, sin saber quién era, me gustó todo. Bueno chaval, hasta otra. No dijo más. Eran casi las doce de la noche. Había llegado por fin al sur, al paraíso. No muy lejos me esperaba en un pensión sin nombre, aún despierta y algo inquieta, mi enamorada.

Luego, muchos años después, uno descubre que el paraíso es otra cosa, tal vez el camino y no el llegar, que diría el abuelito Kavafis. Tal vez ese día de la cabra momificada. Tal vez otros días difíciles y duros en los que, sin embargo, la vida se disculpó con uno y pudimos seguir adelante aunque en el camino todo fuera incierto, inhóspito y desértico.

Cuando bajo al sur me paro siempre. Hay que desviarse algo de la autovía y sufrir  veinte kilómetros una olvidada carretera trufada de baches. El cartel añil y los chopos frescos tapando la fachada de la venta siguen igual. Los venteros son ahora bastante más viejos pero sus dos hijos les ayudan a servir a los camioneros expertos, a los aborígenes manchegos, a los glotones avisados y a algún turista abducido. “Restaurán Pedro” sigue en la brecha. Yo me siento en la esquina más sombría, la que da al patio con el limonero, en la que casi seguro paró Don Quijote a refrescarse el gaznate, aunque Don Miguel no lo cuente en su libro, por guardar el secreto del sitio, supongo. En la pared hay una foto mediana de mi samaritano con los dueños, una foto de esas dedicadas, tan típicas. Sonríe detrás de su barba blanca. Yo pido siempre una ensalada fresca, tan buena como entonces, el pisto y unos galianos bien calientes. Me da igual que fuera los termómetros se fundan y las cabras se queden disecadas señalando el punto kilométrico del mismísimo infierno. Como con gusto los gazpachos y brindo por él, que vive en el cielo de la memoria de muchos.

Sus películas han pasado a la historia del cine. Para mi él será siempre el marqués del mercedes descapotable rojo que me salvó el pellejo, me invitó a comer y me llevó al sur, al paraíso. Gracias Luis.

Publicado en http://www.entretantomagazine.com  - Paraísos Glotones