martes, 22 de agosto de 2017

AMOR DE VERANO CON ALCACHOFAS


Queso fresco de cabra y corazones cocidos de alcachofa, pimienta y aceite de oliva. Se maja todo en un mortero grande de madera de olivo. Este paté se come untando en pedazos de pan tostado en las brasas. Aprendí esta sencilla receta al otro lado de este mar. En aquella playa diminuta sobrevivía en una chabola uno de los muchos nietos de Ulises. Le pedimos de comer en paladino. Esa era la ventaja de pertenecer a una estirpe de viajeros, el anciano dominaba todos los idiomas conocidos y hasta algunos desconocidos y quién sabe si ya extintos. El español lo había aprendido en sus tiempos de emigrante en Alemania por los duros sesenta, compartiendo cuchitril con hermanos de la diáspora de Hispania. Nos ofreció ensalada de tomate, salazón de atún y aceitunas, enormes mejillones de roca y un paté vegetal hecho con queso de cabra y corazones de alcachofa machacados.

Hacía sólo unos pocos miles de años había reventado el volcán convirtiendo la isla en un inmenso agujero lleno de agua, pero al nieto de Ulises no le asustó demasiado aquel altercado menor porque gracias a la explosión existía ahora su playa. Hoy reventaba otro volcán invisible y Grecia entera se iba por el sumidero pestilente de la aséptica Europa financiera, era seguro que Hispania iría tarde o temprano detrás. Habían vencido los Polifemos de la usura y la trampa, los constructores de nichos en primera línea de playa, pero al nieto de Ulises y a nosotros nos importaba una mierda la derrota. 
El mar era el más azul del mundo conocido, tal vez porque su color se reflejaba en alguna parte de nuestras entrañas hedonistas, de nuestro corazón de mochileros, de nuestro inconsciente colectivo de pescadores sin fortuna. Compartimos nuestra botella de vino con el tipo del ruinoso chiringuito que miraba con desprecio platónico, o tal vez aristotélico, el retozar de los turistas alemanes bajo las sombrillas horteras del chill-out de aquel hotelazo pintado de falso encalado y falso añil que se recortaba sobre el pedregal del fondo.

Hablamos de la crisis, de cómo se hacía la crema de alcachofas, de cómo quemar el ojo a tanto Polifemo... y de cierto amor de verano, una novia española que conoció en Hamburgo con la que aún el nieto de Ulises se carteaba. Nos dejó leer la última carta de ella. No lo pensamos mucho, lo exigía nuestra lealtad de parientes, aunque nuestros lazos de sangre si remontasen tal vez a la explosión de aquel volcán que se llevó por delante a la Atlántida. Nos gastamos nuestros últimos euros en su pasaje de barco y su billete de avión. No tardó el viejo más de cinco minutos en hacer su equipaje. Sólo se llevó dos camisas, tres pantalones, unas alpargatas viejas, al dirección de su amada y el mar entero en sus ojos.

Y hoy estamos aquí, casi en el mismo mar. El chiringuito de playa que regenta el nieto de Ulises y su amor de verano y juventud en este pueblaco de Almería no es mucho más elegante que la chabola aquella de cierta pequeña playa remota de Santorini. Ella asa sardinas y doradas a la sal, él sigue con sus ensaladas de tomate, sus mejillones al vapor de tomillo y su pasta de queso de cabra y alcachofas. Nosotros hoy dormimos en la arena y comemos como los hijos de los reyes de Ítaca en su pequeña casa. Ayer ella cumplió setenta y dos, él debe tener cinco mil años, tirando por lo bajo. Les hicimos una tarta de moras y bizcocho de nata. Hay un abismo entre prestar dinero y regalar riqueza. La crisis arrasó Grecia con la misma rabia loca con la que luego terminó arrasando Hispania. Y qué importa. . Hoy no tenemos dinero. No nos arrepentimos de gastar nuestros últimos ahorros en su aventura de amor, en propiciar este incierto reencuentro. Al fin y al cabo él y ella nos enseñaron a hacer el exquisito paté de alcachofas y a encontrar en este mar caliente y familiar el auténtico secreto de vivir.











miércoles, 16 de agosto de 2017

CARACOLES CON MANITAS

Foto de los caracoles que guisa el cocinero Floren Domenzain
Recalentó el guiso en el fuego con la misma cazuela honda de barro donde los había cocinado. Se miró la incipiente barriga y apuró la segunda cerveza helada que se había abierto. Pensó que no había que tener misericordia con un cuerpo que luego, en cualquier momento, por un capricho del azar, la genética o cualquier tóxico ambiental quizá inventaría un cáncer, un alien en la barriga o el cerebro, o se te mete un terrorista en el avión o te cae un meteorito en la cabeza o se te cruza un borracho conduciendo... Eso nunca se sabe, la suerte es bien jodida, que se lo digan si no a quienes les toca la primitiva y les desgracia la vida.

Los peus de porc amb cargols fueron pasando del estado "gelatina sólida primigenia" al de "líquido incierto de color repelús". Añadió un poco más de pimienta negra recién molida y removió con la cuchara de palo para que no se agarrase al fondo la cebolla horcal que le daba una densidad aburguesada a la salsa. Los caracoles gordos, que hubieran servido para hacerlos a la borgoñesa, se habían empapado bien de la transpiración del tinto reducido y la picada de almendras, avellanas, man tostado, ajo y tomate. Las manitas de cerdo ibérico tenían una untuosidad que él comparó de inmediato con la de ciertas partes íntimas de T. justo después del después. Pero ese símil nunca podría hacerlo por escrito para que no se malinterpretasen de forma obvia y grosera sus palabras.

Se había quedado dormida boca abajo, con las piernas abiertas y los brazos medio abrazados a una de las almohadas. Le gustaba observarla así, con ese descaro que sólo tenemos cuando sabemos que nadie nos mira y podemos recorrer sin prisa la piel ajena, como quién mira un plano creyendo detectar donde enterraron los piratas los cofres del tesoro o los cadáveres de todos los traidores. Ese lugar entre la axila y el nacimiento del pecho, ese espacio de la espalda que ya va subiendo para formar la curva de los culos o los primeros pelos de la raja que se salvaron de las podas depilatorias a las que obligan los estúpidos bikinis.

Se sentó en la mesa frente a la cama, con el guiso caliente perfumando la casa y una tercera cerveza para desayunar. Rechupeteó el primer caracol hasta alcanzar con los dientes la cabeza, tiró de él y salió entero, luego masticó un pedazo traslucido de manita y un trocito de pan empapado en la salsa. Aquel primer bocado le pareció mucho más pornográfico que la forma en la que estuvo mordisqueando partes de ella que tal vez nadie había considerado comestibles. Ella entonces dijo algo entre sueños, él entendió algo sucio y delicioso, o quiso entenderlo así, pero no se levantó de la mesa, se aguantó las ganas, siguió devorando las sobras de la cena con usura y con hambre, no fuera a ser que ella se despertada y exigiera su parte. Pero el amor también era eso, haber dejado su ración de manitas con caracoles en el fuego y tres cerveza enterradas en el cubo de hielo. El amor era eso, cenar guisos excesivos y desayunarlos luego con similar apetito. El sol comenzó a salir entre las higueras. Gritaban fuera una reunión informal los rabilargos. Envidiosos, pensó él. Comenzaba Septiembre.


Foto de Hugues Erre

martes, 15 de agosto de 2017

LEÑA FÓSIL



Vuelvo al invierno a veces, a esos pocos días de verano y amor, quietud y mar.  Recuerdo la casa abandonada, el huerto anegado de madreselvas y zarzas, las ventanas sin cristales por las que se colaba la brisa helada y el nido de mantas que hiciste en la habitación más pequeña, vaciando un arcón donde dormían espadones roñosos, trajes de gala negros envenenados de naftalina y libros de Buffon. Vuelvo a aquella cocina grande llena de cacharros de cobre maquillados de verdín fluorescente y la chimenea derrumbada sobre un montón de leña fósil y papeles quemados. Entonces no sabías que venderían aquella ruina un meses después.

Me voy luego al invierno, no tan lejos, a esa misma playa deshabitada, extinguidos los turistas solanáceos, las sombrillas y el cemento que hacían malvivir a España antes del tsunami inmobiliario. Aquel pueblo se había medio salvado de las arenas alicatadas hasta el techo, de los especuladores pirateando las alcaldías, de los agricultores que vendían sus huertas por un plato de lentejas y un buen fajo de billetes en negro y de toda esa mierda que propiciaron los hunos y no cambiaron los hotros. A pocos pasos, el horizonte de la derecha lo cubren los naranjales y las cañas, a la izquierda el mar calmado y vacío.

Haces un agujero en la arena, enciendes el fuego con cañas viejas y leña de naufragio. Nos sentamos sobre la estera de esparto que cogiste de la casa abandonada por los tuyos. Sobre las brasas colocas con cuidado el bogavante grande que casi te regaló la pescadera evocando viejas deudas familiares o la escasez de clientas y que has traído ya cortado. Sobre su carne blanca extiendes el chimichurri que hiciste esta mañana con albahaca fresca, tomillo, sal, aceite y un poco de lima. Cuando está a punto lo sacas a la fuente de barro desconchada que traes en la mochila, sacas el Rosado de Requena y lo descorchas con la Victorinox que te he regalado ayer por tu cumpleaños. Devoramos al monstruo con los dedos, rechupándonos con hambre las agüillas y bebemos a morro el vino fresco. No habrá postre, ni hizo falta. El sol de invierno es un lujo a juego con el lujo del marisco a las brasas y el tiempo sin fronteras, a morro también, sabroso y embriagante.

No evoco lo perdido en ese año, ni nuestra complicidad de cocineros incipientes, ni los felices excesos de los que apenas queda perfume en la memoria, pero si ese invierno en el mar y el privilegio de beber sin mesura el tiempo a morro. A mi me basta saber que has llegado a ser una gran cocinera, que guardas aquella navaja suiza y que en tu restaurante de San Francisco ocupa un lugar de honor el bogavante asado con salsa de albahaca. A ti te basta saber que sigo buscando playas en invierno y que a ella le gustan mis guisos, mi forma de cuidar los sueños.





lunes, 14 de agosto de 2017

ALMUERZO CON CHAVES NOGALES



Le han invitado a comer en la cantina uno de esos enormes filetones de vaca con patatas hervidas. El rancho está bueno pero Chaves no ha comido casi nada. Ha hablado sobre todo con un sargento de origen mexicano, el que está justo detrás de su figura, que le ha contado que esos filetes de vaca son muy sosos, nada que ver con la carne de Texas, un buen lomo alto hecho a la brasa y bien especiado. Nada que ver esas insípidas patatas cocidas con las patatas fritas y picantes que hace su madre. Chaves anota esos apuntes, quién sabe para qué. Luego, tras tomar un café de verdad, estos yankis traen de todo, han posado en el jardín abandonado para hacerse una foto.

Me gustaría decirle que sonría, que los nuestros ganarán esa guerra, que esos soldados que posan bien comidos, orgullosos, optimistas y voluntarios a su lado barrerán el fascismo de Europa (no le puedo decir que no liberarán España, pero esa es otra historia). Me gustaría decirle que hoy es un escritor y reportero famoso, que en la mesa de novedades de una céntrica y moderna librería de Madrid hay más de ocho libros suyos y más de diez en otra cercana. Me gustaría explicarle que su forma de hacer y de ser periodista es admirada por muchos de sus colegas ya sean de izquierdas o de derechas, que no hay revista que no le haya citado, que los periódicos le nombran con frecuencia. Me gustaría explicarle que hoy son realidad muchas de las ideas de democracia que consideraba entonces tan lejanas, pero tan necesarias.

Ha pasado mucho tiempo. En la fotografía se le ve a la vez desaliñado y elegante, como siempre armado con un cigarrillo. Aunque parece que tiene casi los setenta aún no tiene ni cuarenta y seis años, se le ve muy cansado pero no derrotado. Y me gustaría poder decirle eso, que no le derrotó nadie, que ganó su forma de ser periodista y persona. 

Es cierto, morimos, somos frágiles, sólo importa el presente. Pero a veces importa el pasado cuando en este futuro que era el suyo sus palabras siguen tan vivas. Aunque tú no lo sepas. Manuel, siguen apareciendo artículos tuyos.Te siguen publicando.




sábado, 12 de agosto de 2017

AMOR Y AHUMADOS



Me ha asombrado verte en el periódico, en las páginas salmón precisamente, saludando a un ministro pirado de este reino de locos que es España, nombrando el provenir igual que entonces, con muchos años más y, también para mi, más deseable, aunque ahora seas presidenta de no sé qué tinglado cibernético con alma de silicio y neurona retorcina y te disfraces de Gucci, Zara y Jacobs. Seguro que cuando no vas de uniforme, vuelves a tus vaqueros cortos y las camisas de algodón crudo de tu padre.

Aquel día me llevaste muy temprano desde Mountain View hasta más abajo de la bahía de Carmel. Paraste la moto en una pequeña playa despoblada, rodeada de islotes donde rompía con alegría el tramposo Pacífico. Allí tenía una pequeña casa de comidas un viejo mejicano que parecía sacado de una novela de McCarthy. "Ahumados Alonso". Mesas de madera lavada y suave hecha con pedazos de naufragios, manteles blancos de lino antiguo, techo de bambú, tejas centenarias y vino frío de la Baja. Como hacía calor nos pegamos un baño antes de desayunar, pero nada de enchiladas, ni tacos, ni burritos, ni melindres texmex de pacotilla. "Alonso" sólo servía en su chocita los pescados que su red y su caña atrapaba y que luego ahumaba en caliente con virutas de árboles que yo no conocía y cuyos nombres ya he olvidado, delicados pescados del Pacífico, desespinados y limpios, aliñados con yerbas y polvos heredados del tiempo salvaje o sabio de sus abuelos indios.

Le conocías de largo al tal Alonso, seguro que pariente de Quijano, de cuando venías con tu padre de niña a pescar felicidad y lubinas, me dijiste. Y luego, de cuando aprendiste de joven otros placeres y traías a comer a los amores de verano que merecían por algo el privilegio, me dijiste también. Ni el menú ni el lugar habían cambiado. Ni tampoco el dueño, cocinero, ahumador, pescador, mago que nos puso para almorzar, todo pasado por la magia del humo, almejones, trucha de mar, corvina y unas rodajas de un bogavante de debía ser primo segundo de Neptuno por su enorme tamaño y su sabor griego y exquisito. 

Ni trampa ni cartón, ahumaba los pescados en una cocina de techo abierto, en un armario grande de chapa renegrida del que el humo apenas se escapaba. El viejo brujo se sentó con nosotros a comer y hablamos de ríos y selvas, guisos perdidos y navajas damasquinadas, salsas rabiosas y ahumadores hechos de desguaces de trenes, plantas tóxicas y armas antiguas de avancarga. Y de tí sobre todo. De tu orgullo de indígena perdida, de emigrante del norte, de rebelde con causas y con sueños. Te reías, nos servías más vinito, nos pinchabas al viejo o a mi según tu antojo con palabras precisas y afiladas, con preguntas, burlas o silencios. Luego un buen café de puchero, un cigarro de Cuba y un poco de silencio.  Nos pasamos en la playa todo el día mientras arriba, en casa Alonso, el cocinero hacia feliz a mucha gente con su comida ahumada, su humor y sus secretos.

A mi edad todo se olvida. Pero no olvidaré ese amor de verano, tu pelo negro de india del desierto, ni tu piel de holandesa poco errante, ni el deje de tu español entre mis labios. Dormimos esa noche en la cabaña en la que el mejicano guardaba los aperos de pescar y caracolas extintas. Esa noche el Pacífico hizo honor a su nombre y bebimos más vino y reímos más veces. He olvidado casi todo de entonces, años enteros de mi vida, pero no cómo ahumar un buen pescado, ni a que sabe la piel de una mestiza. Ni tampoco he olvidado a Alonso, seguro que con algo de Quijano, seguirá allí, en la pequeña cala, a media hora de Carmel hacia el sur. También yo soy mestizo, hoy lo sé.

En el periódico salmón en el que apareces, no dicen la receta del ahumado, ni por qué te gustaban mis historias, ni porqué California y el Pacífico era el hogar de las ideas más locas y felices que han derramado por allí tanta riqueza. Tampoco dice nada de que hablabas en sueños, ni del verso de Cernuda que te gustaba tanto, ni del olor del mar aquella noche, ni de todas esas cosas que son de verdad tan importantes y no aparecen nunca en las páginas de los diarios de economía.





miércoles, 9 de agosto de 2017

LA MANCHA INHÓSPITA


¿Calor africano?, peor, calor manchego, agosteño, seco. Tengo veintipocos, un billete de mil pesetas, una pequeña mochila de lona gris y una dirección del sur escrita en un papel. Vivíamos tiempos salvajes y prehistóricos, no existía el móvil, ni Internet, ni el euro…
Tal vez, además del egoísmo, el dinero, el sexo y el poder haya alguna otra cosa que mueve el mundo y nos empuja a épicas, viajes y locuras equinocciales… ¿el amor?.
Debían ser las dos de la tarde y no transitaba ni un alma en aquella secundaria llena de espejismos, barbechos resecos y secanos segados. No llevaba cantimplora, ni viandas, ni mapa. Mi único objetivo era llegar al sur a dedo o a pata, cosas del amor y sus circunstancias. Con veinte las locuras nos parecen muy sensatas, fáciles y realizables. En la estrecha carreterilla, junto a unos pedruscos rojizos en los que estaba pintado con poco arte un punto kilométrico, descansaba también el esqueleto pellejudo de una cabra que me sonreía apretando sus dientes amarillos y negros. Lejos de pensar en malos farios, consideré la aparición un signo de fortuna. Porque con veinte años además de inconsciente uno es fatuo, crédulo y absurdo, pero eso lo descubrí más adelante. Las chicharras entonaban su rock&roll, el sol convertía cualquier signo de vida en un orejón reseco y comenzaba a sentirme perdido, mareado, muerto de calor pero aquella cabra fósil y apestosa, medio puesta en pie contra la peña en la que estaban pintarajeteados los cientos de kilómetros que me quedaban aún para llegar al mar y al paraíso, la sentí como el mejor de los agüeros. Y así fue. No era un sueño. No era el delirio fruto de mi insolación y mi agotamiento de tres días de autoestop con escasa fortuna y poca pericia. A mi lado paró un imponente Mercedes descapotable de color rojo, conducido por un tipo grandón, barbudo, barrigudo, risueño. ¿Te llevo a algún sitio chaval?.
Nunca agradeceré a aquel hombre lo suficiente que parase. Mi aspecto sucio, greñudo y jipioso no debía ser muy de fiar. Luego descubrí a aquel señor muchas veces hablando de erotismo y de cine por la televisión, pero entonces sólo era un buen samaritano, con pinta de marqués o algo peor, que me sacó de aquella carretera de mala muerte y me agasajó con una generosidad que sólo hoy entiendo. Seguro que si no me hubiera recogido hoy estaría yo también apoyado en alguna piedra de aquella estepa siniestra y desértica, disecado como la cabra, avisando a otros transeúntes inocentes de lo peligroso que es caminar en agosto y a las dos de la tarde por La Mancha confiando para llegar al sur sólo en el amor y en la juventud.
Es la hora de zampar. Dijo el tipo. ¿Has comido?, ¿Te parece que paremos en el pueblo que viene ahora a picar algo?. Es la casa de un amigo, seguro que nos pone algo bueno para comer. Tenía la boca tan seca que dije que sí, pero no me salió la voz. A unos treinta kilómetros se destacaba entre unos pocos chopos una casona grande. Pintado en añil viejo, con letras pequeñas, en una esquina medio tapada por uno de esos chopos milagrosos que debía de beber agua de algún río subterráneo, ponía: “Restaurán Pedro”. En el terragal del aparcamiento dos camiones Barreiros y un tractor oxidado aguantaban el solaco mortal. Entramos. El antro estaba fresco, decorado como lo que era, una venta quijotesca sin ninguna pretensión. El dueño, cocinero y camarero y su señora, saludaron al “marqués” con mil parabienes. Él sólo dijo. Aquí el chico y yo, que tenemos algo de hambre y más sed que un beduino. Ni carta, ni menú del día, ni sugerencias de la casa. Con diligencia y ritmo fueron apareciendo en nuestra mesa: Una ensalada fresquísima de lechuga y tomate, otra de berros, un platazo de berenjenas aliñadas, pichones escabechados, morteruelo templado, pimientos asados con bacalao, pisto con setas y para rematar o morir en el intento unos inmensos galianos o gazpachos manchegos humeantes, espesos y exquisitos. Pero no morimos, más bien resucitamos, gracias a las dos jarras de barro de vino fresco y bueno de la tierra y al café de puchero que tomamos después. Postre no nos sirvió el ventero, por fortuna. Yo hubiera reventado como un globo.
Aguardamos a que el sol se diera por vencido para salir de nuevo a la intemperie. El señor se echó la siesta en una mecedora que los dueños de la casa de comidas le ofrecieron. Yo me apoltroné en el patio, a la sombra de un limonero repleto de fruta y me puse a leer el único librito que llevaba en mi saco, “Lope de Aguirre la cólera de dios” de Ramón J. Sender, muy propio. No pasó ni media hora cuando la ventera, relimpia y algo gruesa, atenta y misteriosa, me saco una jarra como de dos litros de limonada helada con mendrugotes de hielo y hojas de hierba buena. Me quedé sin palabras.

El resto es previsible. El tipo se levantó de la sienta, bebió un buen vaso de limonada, de un trago y sin respirar, se despidió con muchos abrazos y recuerdos de los venteros. Nos montamos los dos en el cochazo y tras muchas horas de carretera llegamos al mar. Me pesa no recordar, tantos años después, de qué estuvimos hablando tantas horas. De su cine, algunas películas me gustan y otras no. De su forma de ser, del tipo amable y simpático que yo conocí entonces esa tarde, sin saber quién era, me gustó todo. Bueno chaval, hasta otra. No dijo más. Eran casi las doce de la noche. Había llegado por fin al sur, al paraíso. No muy lejos me esperaba en un pensión sin nombre, aún despierta y algo inquieta, mi enamorada.
Luego, muchos años después, uno descubre que el paraíso es otra cosa, tal vez el camino y no el llegar, que diría el abuelito Kavafis. Tal vez ese día de la cabra momificada. Tal vez otros días difíciles y duros en los que, sin embargo, la vida se disculpó con uno y pudimos seguir adelante aunque en el camino todo fuera incierto, inhóspito y desértico.
Cuando bajo al sur me paro siempre. Hay que desviarse algo de la autovía y sufrir  veinte kilómetros una olvidada carretera trufada de baches. El cartel añil y los chopos frescos tapando la fachada de la venta siguen igual. Los venteros son ahora bastante más viejos pero sus dos hijos les ayudan a servir a los camioneros expertos, a los aborígenes manchegos, a los glotones avisados y a algún turista abducido. “Restaurán Pedro” sigue en la brecha. Yo me siento en la esquina más sombría, la que da al patio con el limonero, en la que casi seguro paró Don Quijote a refrescarse el gaznate, aunque Don Miguel no lo cuente en su libro, por guardar el secreto del sitio, supongo. En la pared hay una foto mediana de mi samaritano con los dueños, una foto de esas dedicadas, tan típicas. Sonríe detrás de su barba blanca. Yo pido siempre una ensalada fresca, tan buena como entonces, el pisto y unos galianos bien calientes. Me da igual que fuera los termómetros se fundan y las cabras se queden disecadas señalando el punto kilométrico del mismísimo infierno. Como con gusto los gazpachos y brindo por él, que vive en el cielo de la memoria de muchos. Sus películas han pasado a la historia del cine. Para mi él será siempre el marqués del mercedes descapotable rojo que me salvó el pellejo, me invitó a comer y me llevó al sur, al paraíso. Gracias Luis.



sábado, 5 de agosto de 2017

PIEDRA DE SIRENA


Vale. El principio. Lo tengo claro. Fue el día en el que conocí a Claudio, el hijo del Tocinero. El segundo día de la escuela. Toda mi vida allí en la playa junto al chiringuito de madre, feliz, y de pronto me encierran con veinte monstruos de seis años y una bruja. La puta escuela. Ese fue el principio. Yo allí sentada, muerta de miedo, con la piedra lisa, blanca, suave, en el bolsillo, que me había regalado Mico, el Sardinero. Es una piedra de sirena, Lucía. Llegó enganchada en la red desde el fondo del mar, desde los más hondo. Es una piedra mágica. Y la jodida maestra escribiendo números en la pizarra. Toda esa mierda del dos por dos. Yo ya le hacía las cuentas de las comandas a mi madre con la tiza encima de la piedra del mostrador y luego la suma de las ganancias del día y las divisiones de los pagos a los proveedores. Y esa bruja, dos por dos, cuatro. Joder. El resto de monstruos cuchicheando porque nunca me habían visto en la escuela. Es Luci, la hija de Carmen, la del chiringo. Tenía ganas de salir corriendo, ganas de llorar, ganas de ir con madre. Acariciaba la piedra blanca y pesada que escondía en mi bolsillo. Entonces va el Tocinerillo, que se sentaba detrás de mi pupitre, y dice: Tu madre es una guarra. Sonreía expectante. Tu madre es una guarra. De nuevo. Los otros monstruos se reían también y yo no entendía. Mi madre siempre se lavaba antes de cocinar, se lavaba en la gran pila de granito del patio con una pastilla de jabón Lagarto y esas esponjas de mar grandes que nos traía Mico del fondo del mar. Mi madre olía a frituras y a guisos ricos cuando estaba trabajando en el chiringuito, y luego olía a jabón y a ese perfume de lavanda y limón que le gustaba ponerse antes de ir a dormir agotada de estar todo el día asando sardinas, haciendo arroces, sepias, croquetas, caldillos y sirviendo chatos y cervezas a los turistas. Y Claudio de nuevo: Tu madre es una guarra. Nunca había sentido esa furia y ese miedo. Nunca. Creo que ese día fue el principio de todo esto. Cerré los ojos. Los otros pequeños monstruos se reían. La maestra seguía escribiendo la tabla del dos en la pizarra y yo sentí mi mano apretando la piedra de sirena y veía a madre tan guapa, sonriendo mientras me miraba y se lavaba en la pila con agua fría y ese jabón verde, esa esponja rugosa y a la vez suave y su voz susurrando una canción que ahora no recuerdo. Furia. Mi brazo se disparó con la mano empuñando la piedra blanca contra la boca abierta de Claudio en el momento en el que comenzaba a repetir esa frase. Tu madre es una guarra. Recuerdo los trozos de dientes ensangrentados sobre el pupitre, sus babas rojas chorreando por su baby, la cara de espanto de la bruja, sus gritos, los gritos de Claudio, mi piedra de sirena llena de sangre tras golpear su boca, la mano sarmentosa de la maestra atenazándome, arañando mi oreja mientras me llevaba así atrapada hasta el despacho del director. Pasó mucho tiempo. Llegó madre, las voces de aquel viejo diciendo que era una niña peligrosa, que acabaría en la cárcel, que madre era responsable de no haberme llevado antes a la escuela, que quizá ya fuera demasiado tarde. Árbol torcido, árbol torcido, repetía. 
Luego recuerdo que estaba de nuevo en el chiringuito, por fin a salvo de los pequeños monstruos, la bruja, el director. Mi madre preparaba el género para las comidas, machaba los ajos para los adobos, encendía las brasas. Ya quedaba poco de septiembre y luego tendría que cerrar el chiringuito hasta el verano siguiente. Entonces le vi llegar. Tocinero padre en persona. Una mole de ciento treinta kilos y dos metros de altura que cortaba las chuletas de buey en su carnicería como si fueran mantequilla. Recuerdo mi miedo cuando debía ir a su tienda a por algún encargo de madre. Sus manos inmensas troceando la carne con una hacheta que afilaba sin parar con una lima larga y roñosa, su voz ronca, sus ojos diminutos muy negros y sus cejas espesas. Una mole. Tocinero padre se acercaba despacio caminando por la orilla de la playa con el mandilón de rayas negras y verdes manchado aún de sangre, brutal, enorme. Sin duda venía a partirme el cuello como a uno de esos cochinillos blancos que troceaba en un minuto encima del tocón de su carnicería, y a sacar las tripas a madre como hacía con los pollos metiendo el dedo índice, gordo y chato por el culo. Tocinero padre era un ogro. Venía sin duda a vengarse por haberle roto a su hijo la boca con mi piedra de sirena. Me escondí detrás de las cajas de cerveza. Hola, Carmen. Siento mucho lo ocurrido. Seguro que lo dijo sin malicia. Lo habrá escuchado a alguna vecina de mala hiel. Vaya panda de víboras. Lo siento de verdad, Carmen. Yo no entendía nada. El ogro en voz baja disculpándose ante madre. El ogro avergonzado. Dile a la niña que salga. Quiero pedirle disculpas a ella. Madre me llama. Salgo. La manaza de Tocinero padre aún con rastros de carne despedazada entre las uñas acariciando mi cabeza. Lo siento, niña. No volverá a ocurrir. Quiero que seáis amigos. Claudio en un poco tonto. No te preocupes. Ha dicho el médico que como son dientes de leche le crecerán luego los buenos. Perdona, niña, de verdad. Estoy muy avergonzado. 
El ogro allí, apoyado en el mostrador de piedra del chiringuito. Madre le pone un chato doble y unas rabas fritas recién hechas. No importa, Claudio. Son cosas de chiquillos. Ese es el principio. Tocinero hijo fue mi primer amigo de la escuela. Ya nunca más tuve miedo de Tocinero padre. Era un ogro bueno. Detrás de sus manos ensangrentadas y su vozarrona de malas pulgas se escondía un buen tipo. Alguna niña o algún niño se atrevió a decirme eso de tu madre es una guarra, pero ya no necesité sacar mi piedra de sirena. Era Claudio quién tiraba de los pelos o se liaba a puñetazos con quien fuera para defenderme, y bastantes veces más acabamos los dos delante del director. Sí. Creo que este es el principio, el día en el que dejé de tener miedo a los ogros. 


Presentado a Zenda - #UnMarDeHistorias




viernes, 4 de agosto de 2017

EL MAR Y EL VOLCÁN


Hace mucho tiempo. Todo esto era antes que la depilación brasileña y la silicona trampantojo transformasen la faz de la tierra, antes de que un teléfono pudiera llevarse en el bolsillo del culo de un vaquero cortado y que Internet asesinase a don Espasa, antes de que la termomix, el pacojet y los vibradores poblasen los sueños húmedos de los hombres incultos y las mujeres sabias. Él tenía casi veinte años y ella otros tantos.

Aquellos días son hoy un tiempo remoto, evanescente, tal vez fabulado. Apenas recuerda nada o casi nada. Sólo su gusto por los higos de cuello de dama, la butifarra cruda y el vino blanco frío, el sabor untuoso y la lentitud deliciosa de algunos de sus besos con sabor a tabaco, la luz del sol en aquel barco, el gesto de mirar siempre atrás antes de alejarse, ya muy tarde y nunca callarse por nada, por nadie. También el sonido de su voz en las palabras de un libro pequeño y manoseado de Lowry que todavía hoy le acompaña.

Duerme. Dormía. Entre medias el tiempo los ha derrotado. Envejecer, aunque sea por una buena causa es siempre devastador para la memoria de aquellos días dichosos y fáciles. Tal vez sigue igual de delgada e indómita. Él no. Envejecer, aunque sea por una mala causa, es siempre fértil para la fabulación de aquellas noches que él inventa interminables y dulces y mentira. Los años los van destrozando, desmoronan la belleza de la piel como lo hacían las lluvias y el frío, los veranos y el viento con los gestos en mármol de aquellas esfinges de Alejandría o El Capricho. No hay pesar o lamento, no hay pelea ni escondrijo para este derrumbe tranquilo. A ellos no les importa. Tampoco hay excusas en los labios. Dormía. Duerme. Respira despacio. En su espalda desnuda y su culo él sólo ve levedad y belleza.

Entonces, tan lejos, en ese mundo remoto, aún venían al pueblo pescadores del Ebro gritando por las calles su género. Había comprado dos anguilas grandes el día anterior y guisado con una de ellas un buen caldo añadiendo puerro, apio, cebolletas, tomate, laurel y un diente de ajo. Coció en ese fumet gustoso unas patatas nuevas y las trituró lentamente por un pasapuré añadiendo un poco de mantequilla y pimienta. Hizo con ese fino puré un pequeño volcán y rellenó su cráter con pequeños dados de la carne de la otra anguila, dorados a la bilbaína, con su láminas crujientes de ajo y su guindilla de bola*. Hoy él está guisando lo mismo para cenar. Guarda un vino blanco en la nevera. Deben de ser las ocho de la tarde y los últimos rayos de sol sobre el mar han burlado las nubes de la última tormenta. Cenan desnudos. Las palabras apenas son susurradas. Las miradas se mantienen muy dentro sin bajar la vista a ningún sitio de este mundo o del otro, de aquel, del perdido.  A ella le gustó mucho el guiso, masticaba con hambre. Hoy también.

Tal vez era una playa de Ámsterdam o Barcelona o Túnez. Hace mucho tiempo de todo. Tal vez no vivieran entonces esa prisa de sábanas, las bragas turquesa desnudando otra vez su sonrisa, el aliento de él allí abajo. Tal vez no se encontraran después y el aullido del tiempo siguiera rasgando los días por venir sin quemarles. Quién sabe. En su mirada él nunca ha visto dolor aunque la lava que hierve en el volcán le haya quemado mil veces los ojos y mil veces sus lágrimas protegieron su peculiar forma de ver el mundo como al viejo Miguel Strogoff. No te calles, nunca, por nadie, dice él. Tras cenar, el barco los lleva de vuelta. Tal vez a ningún sitio pero no les importa. Ella saca la foto que él no le hizo entonces. Está guapa. Sopla el viento en la playa. Es suave. También el presente.




*El maravilloso guiso es invento del gran Ange García, pero él utilizaba angulas.

martes, 1 de agosto de 2017

SALMONETES EN MAR NEGRO (para Leonard y Suzanne)

(Acuarela de Noemí González)

Comerciamos con garum, mojamas, corales, sirenas, algas y conchas, inventamos a Ulises, construimos barcos ligeros y rápidos que tocaban apenas la espuma y ciudades al abrigo de los malos vientos pero abiertas a las brisas benignas. En este mar aprendimos a cocinar sus pescados de mil formas y encontramos en cada pez, molusco, cangrejo, calamar o bicho la fórmula más adecuada para convertirlo en alimento y golosina. Tu amigo el pescador jubilado te ha guardado hoy unos salmonetes y unos chipirones. -Son de esta madrugada, de los buenos, de roca. Mañana te traigo los de playa para que compares-.

Pronto se extinguieron las focas, las ballenas y los monstruos, se olvidaron las sirenas, los tritones, los krakem y ahora hasta los tiburones y los atunes van desapareciendo de sus profundidades. -Ya queda poca orilla en la que el mar nos hable y pocos peces grandes-. Eso te dice el pescador, y eso que no ha leído a Pla. Quid pro quo, él trae pescado y tu le das una de esas botellas de tinto de la Ribeira Sacra que luego muchas veces os bebéis juntos. Él te cuenta cómo engañar a las llampugas con señuelos emplumados o cómo se pescan calamares con luz de carburo y tu le hablas de cómo acechar a las becadas entre los bosques espesos de robles y castaños en La Vera. Quid por quo, la lógica del don, el intercambio sin precio, ni dinero. No sólo nos mueve la ambición de poseer, aún compartir es buen negocio.


Ella aún no se ha despertado. Imaginas que las sirenas tienen el sueño distinto. El sol ilumina el desierto, la tierra anaranjada, la arena gris de estas calas que un milagro ha salvado por ahora del desastre. Bebes un café de puchero en la cocina mientras contemplas sobre el plato de loza antigua los cuatro salmonetes y el puñado de chipirones, los tomates arrugados que aprendiste a secar, las cebolla con rastros aún de tierra. Te gusta su casa de pueblo de muros de adobe y de tejas antiguas. Sonríes al imaginar por qué una sofisticada arquitecta que conoce los secretos del acero y el hormigón reconstruye al final su hogar con paredes de barro y paja, de vigas de derribo y tejas recicladas. 

Millones de personas vienen en verano cada año del norte a quemarse la piel y embriagarse de fiesta y destilados, luego intentan limpiar la resaca y el calor metiendo sus cuerpos en las olas y alimentándose de paella congelada. Millones de personas comprar una palabra llamada “vacaciones” y otras pocas se hicieron edificar el espejo de sus egos en cemento con vistas a levante y piscina cubierta. Pero hoy es invierno y además en este lugar no llegó por fortuna la locura chirbesiana del ladrillo. Se ve lejos el mar desde la ventana abierta de esta cocina antigua, pero entra la brisa fría y salobre que se mezclará dentro de poco con el aroma intenso de los salmonetes y los chipirones asados y el sofrito apunto. Adobas el pescado unos minutos antes en aceite, albahaca picada y un chorro de limón. Sonríes al imaginar su voz, su forma de despertarse, siempre alegre. 

Corfú, Estambul, Sidi Bou, Marsella, Begur, Níjar, Denia… has comido humildes pescados, casi vivos, en ligeros sofritos a veces especiados y otras veces muy simples, separando con los dedos la carne de la espina, empapando la salsa con panes muy distintos has satisfecho el hambre y guardado en tu memoria todos esos sabores a mar. El arte del sofrito sólo requiere tomates de verdad, aceite de olivos mimados, cebolla, pimiento verde, ajo. Cuando está pochada la verdura añadirás la tinta de los chipirones desleída en un poco de Jerez. Pasas la salsa por un chino y sobre este mar negro y aromático salpicas un poco de tomillo del que cogiste en abril en el desierto y esparces finas tiras de lechuga de mar cortadas como si fueran espaguetti. Sobre ellas colocarás los filetes de salmonete que has escurrido del adobo y has marcado lo justo en una sartén caliente junto a los chipirones rajados haciendo rombos para que no se retuerzan con el fuego.

Eres feliz aquí, aunque ella no sea de verdad una sirena y no sepas por cuanto tiempo este horizonte seguirá intacto. Desayunáis pescado y vino, pringáis el pan en la salsa oscura. Sonríe, rebaña el plato, se sirve más salmonetes y más salsa y más chipirones y más vino antes de decir: -Veo que sabes cocinar sus peces o sus sueños y conoces algunas de sus palabras, no sé si las suficientes para despertar a las sirenas y a los monstruos, pero si las precisas para que desee besarte si no te importa que sepan mis labios a pescado-.

Y desde entonces, alguna de estas primeras mañanas frías del año, en esta casa cuyos cimientos pusieron nuestros antepasados árabes para otear la mar, guisas para desayunar salmonetes adobados y asados que nadan en un mar oscuro de tinta de chipirón. A veces os acompaña el viejo amigo pescador que nunca leyó a Josep Pla pero que discute contigo si lo salmonetes de las rocas profundas de Mónsul son más sabrosos que los que nadan entre la arena gruesa del fondo de Genoveses. -La gente no entiende, se come cualquier cosa, pero no hay comparación-.  Te dice mientras rellena los vasos de vino. ¿Quién sería el primer pescador que se atrevió a comer un ser tan extraño como un calamar?, ¿quién el cocinero que probó a guisar una salsa con su tinta? Y él: -¡Qué preguntas haces!, se nota que los de ciudad no estáis muy bien de la azotea. Eso que más da. Fue hace mucho tiempo, te lo aseguro, cuando éramos de esos primitivos que dice la tele-.


Hoy soñaste que enormes atunes rojos nadan hacia el norte hasta las Medas, que este mar sigue vivo, que quizá hubo sirenas, que tal vez comprendamos que quién ensucia el mar desprecia a su estirpe, su cultura, sus hijos. Adios Suzanne, adios Leonard.

jueves, 27 de julio de 2017

CENAR VAMPIRO A LA BORDELESA



Años antes del desastre del “Prestige”, andábamos realizando un estudio sobre el “emprendimiento” de las mujeres de los pescadores de Muxía metidas en la aventura de comercializar sus trabajos de encajes “de Camariñas”. Una día, como en un cuento gótico a lo Blixen, ya muy de noche, sorprendidos por una tormenta de todos los demonios, nos perdimos en aquellas carreterillas sin indicaciones, muy estrechas, todo curvas (entonces no existían ni los gepeeses ni los móviles) que a veces acababan en carriles de tierra, otras en aldeas sin luces o directamente en páramos deshabitados junto a las broncas rompientes de la Costa da Morte.
Desorientados y cansados, decidimos pararnos en una tasca que estaba en las afueras de una de aquellas aldeas. Eso ponía en un letrero de madera labrada LA TASCA, nada más. Al empujar el portón de madera gastada de naufragio nos encontramos con un amplio y confortable espacio de suelos de roble bien encerados y mobiliario extraño, más propio de una casa burguesa del siglo XIX que de un humilde bar de carretera. Allí se estaba caliente, además, para nuestra sorpresa, olía muy bien, a una mezcla de chimenea con buena leña, tabaco de pipa holandés y flores secas de lavanda. En algunas mesas se comía, en otras se bebía y en todas se hablaba animadamente en gallego de esto y de lo otro sin que nuestra presencia o nuestra apariencia forastera rompiera ninguna conversación. Nos sentamos en una mesa libre y nos sirvieron, sin pedirlo, una frasca de buen tinto de la Ribeira Sacra, de color muy oscuro, con dos potes de barro para beber, y también dos tazones grandes con un caldo suave y consistente. Luego, tras entonarnos un poco, la camarera nos recitó la carta de la cena. Pedimos lo básico y típico: pulpo, mejillones y un guisote de lamprea. La generosa ración de pulpo a feria, sobre un plato grande de loza vieja, estaba en su punto de ternura, como exquisitos estaban los grandes mejillones al vapor dentro de un gran pote de hierro e igual de bueno y abundante era el guiso de lamprea del que pringamos hasta la última gota de su potente salsa de sangre con unos picatostes de hogaza que eran más que perfectos. Saboreamos a conciencia la finísima, rara e inimitable carne de aquel vampiro acuático. De postre y postín compartimos una ración de tarta de almendras, media frasca de orujo de brujas y un café de puchero muy suave, aromatizado con una hierba que no supe descubrir.
Eran las doce de aquella noche heladora de febrero cuando la camarera nos sugirió el reposo allí mismo. La Tasca tenía también su parte de fonda y arriba había, si lo deseábamos, por suerte, una habitación libre. Nos atrevimos a quedarnos, por seguir con la aventura gótica, y en buena hora. El camastro era enorme, antiguo, con el colchón altísimo. La habitación era grande con el lujo de tener allí dentro una chimenea ya encendida que templaba el invierno, los altos techos y el granito basto de las paredes. A la derecha se abría un gran ventanal hasta el suelo que daba al mar rabioso del que huíamos. Metidos en la cama se adivinaba la espuma blanca de la rompiente. No había tele, ni baño, sólo uno colectivo para las cuatro habitaciones al final del pasillo, pero allí dentro teníamos un bonito aguamanil y una preciosa bacinilla de porcelana decorada con sirenas y flores. Lo asombroso del cuarto era que además, sobre el muro del fondo, se apoyaba una buena librería con más de doscientos volúmenes bien encuadernados, sin duda antiguos, con lo mejor de los novelistas y ensayistas europeos del siglo XVIII y XIX. Parecía la biblioteca de algún indiano masón y librepensador. Aquel sitio era rarísimo.
El viaje, la cena, el ruido del mar, las lenguas rojas de la chimenea, aquella cama de otro tiempo con su mullido colchón de lana, poder hojear, antes de apagar la luz, la novelita de Dumas “La mujer del collar de terciopelo”  en una edición de 1855, nos empujaba a sentir que estábamos de verdad en otra parte, que tal vez nos habíamos colado, gracias al temporal, por algún agujero negro cósmico y habíamos llegado a otro lugar del tiempo, en el pasado, en un sueño, en las páginas de alguna de las viejas novelas de esa librería. Pero no. La Tasca era real. Volvimos allí a cenar y a dormir varias noches mientras duró el trabajo, a la misma habitación y a comer casi la misma cena de la que nunca nos cansamos. Qué rica la lamprea.
Años después, volví de nuevo varias veces. El sitio no cambiaba y a mí esa permanencia acogedora y fiel me parecía, en los tiempos que corrían, un gran milagro. Ahora se han puesto muy de moda los denominados “hotelitos rurales”, pero entonces no había ninguno y además éste era de verdad muy distinto, no había en él nada postizo, nada era imitación o simulacro. Lo curioso es que siempre me resultó difícil encontrarlo, como si cada noche cambiase de sitio aunque el precioso ventanal diera siempre al mar muy furioso.
Luego ocurrió lo del Prestige, aquel Atlántico bellísimo, las playas solitarias, fragantes y llenas de algas por las que caminé feliz muchos días antes de hablar con aquellas valientes mujeres de Muxía, se llenaron de mierda. Envenenaron el mar con chapapote. Hilitos de plastilina decía el otro. El resto, los voluntarios, el grito de “Nunca Mais”, la conciencia del don precioso que era aquella Costa de la Muerte es ya otra historia. Pero ya nunca volví a encontrar aquel lugar.