martes, 21 de octubre de 2014

SOBRE EL PAN Y OTRAS GOLOSINAS


Dice Paul Eluard eso de “te amo por todas las mujeres que no he conocido,/ te amo por todos los tiempos que no he vivido,/ por el olor del mar inmenso y olor del pan caliente”. Es francés y claro, el olor es importante para él. El olor en el amor, olor a mar limpio y a pan exquisito. Eluard sabe mucho. Son razones potentes para un francesito educado. 

¿Nos enamoramos de un sueño, un recuerdo, una sonrisa, las curvas de un cuerpo, un carácter, un olor, un no sé…? Un amigo, un poco simple me preguntó una vez cómo me gustaban las mujeres, no quise liarle diciendo que no tenía ningún “prototipo” y que el plural genérico no puede conjugarse con el gusto o el deseo en materia sexual. Aún así se me fue la lengua y le dije: me gustan listas, valientes y guapas. Han pasado veinte años y el mismo amigo me preguntó el otro día más o menos lo mismo, (debe importarle algo mi arbitraria opinión, ignoro porqué) y le contesté sin pensarlo demasiado: me gustan sabias, atrevidas y hermosas.

No le expliqué que es para mi la sabiduría o la belleza, seguro que mi opinión es muy distinta a la suya. Tampoco le expliqué lo de la la valentía o que para mi era muy importante el sabor. Utilizamos todos similares palabras para aludir, pensar o soñar cosas muy distintas.

El verso de Eluard es precioso: “el olor del mar inmenso y olor del pan caliente”, ¿pero porqué no el sabor de unos herizos recién abiertos y de un pan tumaca?, ¿de unas hortiquillas fritas y unas tostadas con aceite?, ¿de unos boquerones en vinagre y un cuscurro pringado en salsa de oronjas?, ¿de unas quisquillas y ese pan del Guijo que pellizco nada más salir de la panadería?. El sabor no engaña, el olor a veces si. No quiero aludir al tópico de lo bien que huele un perfume y lo mal que sabe o lo mal que sabe un queso y lo rico que está. De niños comprendemos el mundo metiéndonos todo en la boca, primero nos metemos (o nos meten) la teta y luego todo lo demás, es la “fase oral” que decía cierto tipo con barba (Sigmund Freud disfrutaba del buen vino, la cerveza, el champán, comer bien, rematar el festín con un buen habano, entiendo por eso que hablase de la fase oral con tanta naturalidad y conocimiento de causa). Creo que algunos de nosotros no pasamos de esa fase oral. Un plato, un guiso, puede ser bonito, artístico, estético y hasta oler bien pero en la boca saber insulso, aburrido, extraño, mal…También una parte muy importante de la belleza de un cuerpo está en su sabor y quién no disfrute de esa forma invisible de belleza se pierde la parte rica del amor.


viernes, 17 de octubre de 2014

CONEJO CON CARACOLES II


Foto de: Plaisirs de Bouche
Somos un pueblo de emigrantes, de gentes con poco. Ya ves. Ayer cazamos un conejo y un puñado de los últimos caracoles de tierra del otoño, mañana quién sabe, tenemos el mar. Dorado el conejo y bien salpimentado, añades el alma del sofrito: cebolla, pimiento, tomates, ajo. Después el vino rancio y las hierbas: laurel, tomillo, romero, luego un poco de agua caliente. Retiras el hígado del guiso para machacarlo a parte en el almirez con piñones, un diente de ajo, un pimiento asado y una rebanada de pan frito. Cuando el conejo está tierno añades los caracoles ya cocidos y el machado para que espese el caldo.

Somos un pueblo de emigrantes, una tribu mestiza con poco que cargar salvo la memoria y el optimismo. Durante generaciones recorrimos el mundo de punta a punta comerciando con sedas y nueces, libros y pimienta, perfumes y vino, música y nada. Al principio teníamos la piel oscura y el cuerpo flaco pero luego la tez se fue aclarando y hasta pudimos tocar el privilegio de las redondeces bajo la ropa. Un día nos cansamos de encender lamparillas de aceite a los dioses, de quemar corderos, de invocar con miedo palabras vacías. A veces nos quedamos a vivir para siempre en un lugar y otras, para siempre, viajamos inquietos envenenados por el secreto que nos contó un vagabundo o un naufrago o un mapa apenas mal dibujado en pergamino o un papel. Un día entendimos porqué y de esa respuesta tiramos del hilo e hicimos las preguntas más difíciles, más grandes y más complicadas. Y así hasta hoy. Tú conoces también esa historia.

El camino es siempre muy largo y siempre tan corto. 
Arrímate al fuego viajero que vas a enfriarte. Toma, prueba este guiso, come de él lo que gustes, no es nada, apenas te quitarán el hambre estas carnes tan magras. Es lo que hay, viajero. No me has dicho tu nombre, pero sé que también eres de mi pueblo, de mi tribu, de esta isla, de los nuestros, humano. Y ahora, para hacernos la noche más distraída, cuéntanos tu historia si quieres.

Y eso hice.

Lefki, isla de Itháki, 17 de Octubre de 1999

miércoles, 15 de octubre de 2014

LENTEJAS CON ALMEJAS


El amor impulso, pasional, aventurero, intenso, es embriagante, nos pone el ego a cien y la autoestima a doscientos, el sexo se calienta y da superplacer, dispara la fantasía, la promesa de lo nuevo, la vida dulce de otra forma, el polvo, el beso, la aventura, las risas, el sueño compartido y el descanso después de la cena y del amor…hasta que ocurre algo. La sorpresa.

Las legumbres están muy ricas, pero suelen producir algunos gases, el pequeño truco para evitar tales asuntos es hacer una cocción larga y lenta de las legumbres para que se rompan las células de las fibras de la piel y se integren en el resto de enzimas digestivas (o quitarles la piel en el caso de los garbanzos).

Me gustan mucho las lentejas con almejas del Carril: Sofrito de pimiento verde, cebolla y tomate pelado, lentejas pardinas, una cucharada pequeña de un buen curri (hay miles de variedades y mezclas, escoged uno suave, no picante y que os guste), las cocemos despacio con su laurel, corregimos de sal y cuando están a punto ponermos las almejas limpias y lavadas para que se abran con el chup chup del guiso, entonces las retiramos del fuego, espolvoreamos a la portuguesa con un picado de cilantro fresco y a comer.

Pero es posible que en este u otro guisos, a pesar del cuidado en la cocción se produzca algún sonido indeseable. De las primeras noches que dormí contigo, yo en cambio, estaba bien despierto disfrutando de tu tranquila desnudez y de tu profundo sueño y entonces, pum, pum, se te escapó un pedo y me reí mucho aunque luego, en la mañana, no comenté la tormenta para no avergonzarte, que las chicas para eso sois muy pudorosas, pero me acordé de aquel dicho de Quevedo. Es probable que aquel pedo también me enamorase de ti.

Además del abuelito Mavin Harris todos los estudios antropológicos posteriores vienen a refrendar esas verdad a voces y da igual que preguntemos a las chicas o a los chicos. La parte del cuerpo que más nos excita del otro, si es posible hacer esa extraña separata o despiece es, como no, el culo, sea culito, culazo o culillo.

Este es el texto de Don Francisco de Quevedo y Villegas, tan sincero siempre: “Y es probable que llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues hasta que dos se han peído en la cama, no tengo por acertado y seguro el amor”

lunes, 13 de octubre de 2014

BOCADO DE HUMO

(Fotografía de Javier Ibarra)

Me gusta el humo, no tanto fumar como el humo. Esa forma que tiene de hacer visible el aliento, la respiración, su cadencia. El humo hace el aire visible y hace visible la necesidad de aire bueno, limpio, suave, puro. Es una paradoja.
Me gusta fumar de vez en cuando una mi pipas y de vez en cuando un buen habano, nunca cigarrillos. Siento el sabor del humo, su calidez de fuego y entiendo la costumbre de los pueblos de América por convertir el humo del tabaco en ritual sagrado. Nada que ver con ese consumo masivo, adictivo, productivista de cigarrillos, ni con ese nuevo integrismo de perseguir al fumador como a un menor de edad que se empeña en matarse sin saberlo, cómo si no lo supiera, y recordárselo con frases naif e imágenes hiperrealistas de miserias. Otra cosa es molestar a quién no fuma. Pero eso no es culpa del tabaco o de ser fumador sino de la buena o mala “educación” entendida esa palabra como real respeto al otro.

Me gusta el humo, sobre todo si camino por una calle de Madrid en noviembre o me siento a descansar sobre una piedra junto al río en abril tras mucha horas de pesca. Pero también me gusta el humo de una hoguera o de una chimenea por la noche. No se trata aquí de defender fumar o no fumar, sino de hacer visible nuestro aliento y de sentir el aire de forma aún más intensa. Es una forma de comerse el aire.

Ya sé que tú no fumas y que este desnudo no se parece a ti, pero no importa. Me gusta porque aquí se ve su aliento, su respiración tranquila, sus ganas de vivir. Si, ya se que es una paradoja teniendo un cigarrillo entre los dedos.

El olor es invisible y sin embargo en los dibujos animados es una nubecita, un rastro de humo que sale de una tarta apetitosa o de un cuerpo. Humo de ti, tu olor que hago visible con mi imaginación y mi memoria, o con ese verso de abuelito Kavafis: “La delicia y el perfume de mi vida es el perfume de esas horas en que encontré y retuve el placer tal como lo deseaba”. El perfume de esas horas es tu olor, humo caliente e invisible, nunca veneno de tabaco, aire de viento, bosque, ciudad acogedora, cuerpo dormido.

miércoles, 8 de octubre de 2014

GARATO


Foto: Saul Leiter
Pensaba que estaba demasiado delgada. Se levantó de la cama y se tapó en un segundo con el viejo albornoz como si aún le pesase el pudor de una adolescencia ya remota. Él imaginó un par de frases para explicar lo mucho que le gustaba su culo, pero no dijo nada. Se hizo el dormido mientras ella trasteaba en la cocina y colocaba algunas piñas y troncos en la chimenea. Dijo entonces las frases y después buenos días aunque ya eran las tres o las cuatro de la tarde.

Había hecho garato de tenca, una receta sefardí antigua como la sal y el gusto por intentar conservar sabroso un pescado o un recuerdo. Los dos filetes de tenca, limpios de piel y de espinas, reposaron dos días bajo una capa de sal con pimienta. Se levantó de la cama y preparó en la cocina los alimentos. Lavó el pescado de sal y tras secarlo bien, cortó lonchas casi traslúcidas que aliñó con buen aceite y limón. Preparó también pan tumaca, queso en aceite y una ensalada de escarola macerada en zumo de granada.

El fuego comenzó a arder con fuerza. Había bastado revolver las brasas de la noche y colocar sobre ellas unos tocones de encina bien seca. Ella volvió a la cama corriendo y dejó el albornoz azul tirado en el suelo antes de esconderse bajo el edredón y llamarle.  Llevó la comida hasta la mesa que había junto a la chimenea y amontonó las tres almohadas haciendo una suave pirámide sobre la que ella colocó su vientre. Agarró sus caderas como quién se dispone a entrar en la tormenta.

La desaparición del amor es pocas veces irreparable. La vida tiene sus mecanismos secretos, el instinto de seguir adelante. Tenemos también el olvido, la fabulación, el propio tiempo derrumbando los mitos que el deseo construyó sobre arena. Pensó que sus gemidos agudos debían parecerse al canto de aquellas sirenas antiguas. Tampoco él pudo resistir mucho tiempo aquel balanceo.

A él le gustaba una delgadez que nada tenía que ver con su hambre. Comieron el garato y el resto de alimentos descubriendo que la desaparición del amor sería irreparable. Volvieron luego de nuevo al arrecife blando de la cama. Se dejó hacer y deshacer. Ya no había allí ningún pudor adolescente. 

(de: "Salsa y Olvido". Inédito)

miércoles, 1 de octubre de 2014

COCHIFRITO


Foto de Lina Scheynius
Deben de ser las dos de la mañana cuando llegan a la casona. Un bosque de pinos impone su sombra sobre la calle. No pensaba ir a la fiesta de J.  No estaba de humor para romper el cristal de roca de su voluntad de soledad y silencio a prueba de cantos de sirena, tenía que acabar el libro, sin embargo pasó por azar cerca de la calle, de la casa y subió. El cristal tal vez fuera de frágil caramelo de azúcar. Se sirvió un ron viejo con hielo aunque todo el mundo andaba haciendo experimentos con ginebras azules, tónicas raras y semillas diversas. La música era buena, ochentera, sonaban en ese momento los Smiths, después Loquillo y su camión. Cruzó algunas palabras con los conocidos, saludos, conversaciones de cartón. Acabó refugiado en la cocina donde algunos invitados ayudaban a R. con el picapica de la cena. Ensaladas, fiambres, embutidos, tortillas de patata, una fastuosa empanada de pulpo. Ella le enredó para que cortase los quesos, así se han conocido. Dice acordarse de él, de otra fiesta en esa misma casa ¿hace tres años? Él no la recuerda. Nota que ella tiene los ojos muy brillantes y una sonrisa siempre a punto de salir que casi nunca sale. Él no está muy hablador, casi es huraño, sin ganas de pose, pero no puede evitar sonreír también a veces cuando ella le habla de la gimnasia dichosa de hacer masa de pan, del guiso de codornices en aquella peli de Babette, de cierta calle de Praga paralela al río que acaba en una taberna.

Ahora la fiesta desde allí parece que ocurrió hace mucho tiempo. Aparcan el coche fuera. Las luces de la ciudad vibran a lo lejos. Cruzan el jardín abandonado. Le agarra la cintura a la vez blanda y firme y cierra los ojos, se deja llevar, igual que luego. Se desvisten sin prisa, parece una rutina. El resplandor de una farola de la calle se cuela por la ventana. Se quedan un buen rato recostados, desnudos, frente a frente, mirándose, como si el deseo se hubiera quedado en otra parte, pero vive allí dentro. Está muy mojada. Él entra despacio. Luego no hay mucha prudencia ni remilgo. Bebe con mucha sed toda ese agua y más profundo.

Se despierta con prisa. Imagina que es lunes pero sólo es un sábado cualquiera de un año impreciso. No cierra los ojos. Ella entra vestida con unas bragas blancas llevando una gran bandeja de madera que deja sobre la cama. Mira el reloj que dejó por el suelo. Es cerca de la una de la tarde. Ahora es el sol quien le enseña sin disimulos ese cuerpo de festín, pero él ya lo sabe todo, de sabor y de saber. Sobre la bandeja, para desayunar, una botella de tinto del Duero, dos copas grandes y una gran fuente de loza blanca con cochinillo frito que aún sisea, muy dorado, y sus patatas. Nunca ha desayunado así, con nadie. La piel está crujiente, con el salado justo y la carne es tierna, grasa y muy jugosa. Roen cada huesecillo, beben, se miran, sonríen a veces, mastican con hambre las últimas patatas. Se limpian los dedos con la boca, chupándolos y vuelven al sentido de la vida, el único que importa esa mañana. Con un desayuno así no puede escribirse otro final.


PD: Recuerda, para el cochinillo frito, tres pequeños trucos:

1. Tener la carne troceada en pedazos medianos fuera de la nevera, nunca fría, más bien templada.

2.  Freír primero en abundante aceite, no llenar demasiado la sartén y cuando están dorados, pasar los trozos a una segunda sartén que tenemos a fuego fuerte para que se doren con mucha rapidez y quede el cochinillo por fuera crujiente.

3. En la primera sartén dorar antes un puñado de dientes de ajo y salar los trozos de cochinillo una vez fritos, no antes.

lunes, 29 de septiembre de 2014

AMANITA CRUDITÉ


Recuerda los consejos de Santi Santamaría. A los boletus con un golpe de parrilla, un chorro de aceite de oliva y unas escamas de sal les sobra cualquier otro afeite, aliño o recetario. Cada día participa más de esa cocina desnuda y mínima, aquella en la que se enfrenta un buen alimento con el fuego preciso, la sal justa y el chorrito de aceite suficiente para que la memoria no grite que hemos dejado de lado a nuestra vieja cultura mediterránea. Da igual que sea una gamba, una despojo, una seta, un espárrago. Tal vez sea esta la cocina más difícil y también la más rica. La tecnología nos permite cualquier cosa, conducir sin manos un Airbus A330, fabricar una falsa aceituna con sabor a aceituna verdadera, regalar a la red lo que en otro tiempo consideramos lo más privado de nuestras intimidades, explorar la superficie de Marte desde nuestro portátil, fabricar nuestra propia cubertería con una impresora 3D, ligarnos o dejarnos ligar por una diosa que está a tres mil kilómetros de nuestro deseo y que tal vez sea un sofisticado software, un maniquí de plástico fino o una fotografía pintada con la brocha bisturí del photoshop, hacer un cremoso helado dulce de chorizo…

No se siente neoludita, no quiere volver al fuego cavernícola y al jabalí requemado, ni desea reventar los Servidores Sirena que chupan la información que regalamos todos, pero si desea ser de nuevo soberano de su tiempo y su cocina. No esconder, no cambiar, no sorprender, no jugar a transformar el alma o el cuerpo de un guisante o un mejillón o una seta. Nunca más ser sublime sin interrupción. Apenas ha rallado la amanita, la aliñó con sal, aceite, dos gotas de limón, algo de perejil y ofreció su alma sobre una tostada. Contempla la lluvia y el fuego. Tras el paseo por un pequeño bosque primigenio en el que puedes leer, sin sabes los idiomas precisos, la historia completa de la tierra, masticas despacio la carne de la seta, el pan, el tiempo y el otoño.


jueves, 25 de septiembre de 2014

PASTA FRESCA CON BOLETUS



Los últimos días de sol de septiembre rompiendo a mordiscos las nubes de la tormenta. El sonido blando de las primeras hojas caídas y mojadas que pisamos con timidez, con el temor de romper algún escondido encantamiento. Los primeros boletus y amanitas saliendo entre la sombra de los helechos y los grandes castaños y nosotros allí, en medio del bosque, como escolares un día de novillos. Esa sensación de libertad inmensa sin ninguna sucia retórica. Luego, ya en la casa, con los dedos todavía manchados de humus, de esa parte de la tierra que de verdad está viva, igual que está viva tu piel llena aún de las tardes calientes de agosto, cocinamos.

Amasas la harina y metes la bola de masa por la máquina para hacer unos fettuccini de pasta fresca que cueces dos minutos mientras yo salteo a fuego fuerte las setas que hemos encontrado, sin nada, apenas sal, un puñado de perejil tierno y un chorreón de aceite al final.

La siguiente tormenta nos sorprende terminando los platos de pasta. Los rayos caen muy cerca. Los truenos explotan. Son la carcajada de algún antiguo dios griego y borracho. La lluvia es una enorme cortina de mar pulverizado. Bajo la tierra las diminutas y largas hifas de los hongos colaboran con las raíces capilares de los árboles para seguir creciendo. Bajo un edredón fino, supervivientes de alguna hecatombe futura, protegidos mejor que en cualquier refugio atómico. Concentrado en el juguete de tu coño, en el alboroto enorme de la tormenta, pienso que toda esa música celeste son los gemidos de todos los dioses envidiosos de nuestro enorme reino. No sé si soy ahí dentro hifa o raíz. 
Voy sintiendo que ha comenzado el otoño. Por fin.


Foto de: Doug Peterson


lunes, 22 de septiembre de 2014

ANGULAS EN EL VOLCÁN


Hace mucho tiempo, antes que la depilación brasileña y la silicona trampantojo transformasen la faz de la tierra, antes de que un teléfono pudiera llevarse en el bolsillo del culo de un vaquero cortado y que Internet asesinase a don Espasa, antes de que la termomix, el pacojet y los vibradores poblasen los sueños húmedos de los hombres incultos y las mujeres sabias, él tenía casi veinte años y ella otros tantos.

Aquellos días son hoy un tiempo remoto, evanescente, tal vez fabulado. Apenas recuerda nada o casi nada. Sólo su gusto por los higos de cuello de dama, la butifarra cruda y el vino blanco frío, el sabor untuoso y la lentitud deliciosa de algunos de sus besos con sabor a tabaco, la luz del sol en aquel barco, el gesto de mirar siempre atrás antes de alejarse, ya muy tarde y nunca callarse por nada, por nadie. También el sonido de su voz en las palabras de un libro pequeño de Lowry que todavía hoy le acompaña.

Duerme. Dormía. Entre medias el tiempo los ha derrotado. Envejecer, aunque sea por una buena causa, es siempre devastador para la memoria de aquellos días dichosos y fáciles. Tal vez sigue igual de delgada e indómita. Él no. Envejecer, aunque sea por una mala causa, es siempre fértil para la fabulación de aquellas noches que él inventa interminables y dulces. Los años los van destrozando, desmoronan la belleza de la piel como lo hacían las lluvias y el frío, los veranos y el viento con los gestos en mármol de aquellas esfinges de Alejandría o El Capricho. No hay pesar o lamento, no hay pelea ni escondrijo para este derrumbe tranquilo. A ellos no les importa. Tampoco hay excusas en los labios. Dormía. Duerme. Respira despacio. En su espalda desnuda y su culo él sólo ve levedad y belleza.

Entonces, en ese mundo remoto, aún venían al pueblo pescadores del Ebro gritando por las calles su género. Había comprado dos anguilas grandes el día anterior y guisado con una de ellas un buen caldo añadiendo puerro, apio, cebolletas, tomate, laurel y un diente de ajo. Coció en ese fumet gustoso unas patatas nuevas y las trituró lentamente por un pasapuré añadiendo un poco de mantequilla y pimienta. Hizo con ese fino puré un pequeño volcán y rellenó su cráter con pequeños dados de la carne de la otra anguila, dorados a la bilbaína, con su láminas crujientes de ajo y su guindilla de bola*. Hoy él está guisando lo mismo para cenar. Guarda un vino blanco en la nevera. Deben de ser las ocho de la tarde y los últimos rayos de sol han burlado las nubes de la última tormenta. Cenan desnudos. Las palabras apenas son susurradas. Las miradas se mantienen muy dentro sin bajar la vista a ningún sitio de este mundo o del otro, de aquel, del perdido.  A ella le gustó mucho el guiso, masticaba con hambre. Hoy también.

Tal vez era una playa de Ámsterdam o Barcelona o Túnez. Hace mucho tiempo de todo. Tal vez no vivieran entonces esa prisa de sábanas, las bragas turquesa desnudando otra vez su sonrisa, el aliento de él allí abajo. Tal vez no se encontraran después y el aullido del tiempo siguiera rasgando los días por venir sin quemarles. Quién lo sabe. En su mirada él nunca ha visto dolor aunque la lava que hierve en el volcán le haya quemado mil veces los ojos y mil veces sus lágrimas protegieron su peculiar forma de ver el mundo como al viejo Miguel Strogoff. No te calles, nunca, por nadie, dice él. Tras cenar, el barco los lleva de vuelta. Tal vez a ningún sitio pero no les importa. Ella saca la foto que él no le hizo. O tal vez sí. A él le gusta. Está guapa. Sopla el viento en la playa. Es suave. También el presente.




*El maravilloso guiso es invento del gran Ange García, pero él utilizaba angulas.

martes, 16 de septiembre de 2014

FIDEUÁ VELOZ


Foto de: Waclaw Wantuch

¿Lentitud? A veces de verdad el tiempo es oro, no por lo que valga en los tristes mercados laborales o porque nos duela perderlo por los sumideros de la rutina.
Deben ser las cuatro de la tarde. Te despertaste a eso de las doce. Ayer hubo ginebra Nordés, tónica helada, pedruscos de hielo de la Antártida, pedazos de regaliz nadando por las copas, no sé. Hay un punto de la embriaguez en la que todo puede irse rodando al barrizal o subir alto y nadar mucho rato sin cansarte sobre el cuerpo mojado de una nadadora. El filo es delicado, requiere de un lento aprendizaje caer al barro o al mar. Caíste al mar, te lo bebiste entero, incluidos los moluscos y los peces, las mareas y las algas de lugares profundos, abisales. Esta mañana el sol mordía tus ojos. Bastó de nuevo volver a la marea bajo la sábana, no importa la resaca. Beber con sed hasta la sal del cuerpo que te abraza. Crees en la abolición del tiempo, la ausencia de mañana, la farsa del futuro. Pero no. Tienes hambre y a la vez tienes ganas de seguir allí nadando entre dulces sargazos, anémonas, medusas y arrecifes ignotos.

Deben de ser las cuatro o las cinco de la tarde. No habéis comido, tan solo el uno al otro y eso, siento decirlo, es siempre poco alimenticio. Para esos momentos tienes la solución, escondes un secreto, has copiado la fórmula precisa para guisar en cinco minutos una potente golosina caliente que os llenará de fuerzas y de ganas para seguir jugando a las ballenas. Guardas un buen caldo de morralla congelado en el que además escondiste pedazos crudos de sirena o bogavante, da igual, y su sofrito. Lo pones a calentar en la paella, añades fideos gordos y en seis minutos tienes el festín. Imprescindible vino, blanco, bueno.

¿Lentitud? A veces, las menos, hay mucha prisa para seguir nadando y no puede uno, una, demorarse en largos cocimientos, aliños delicados, preparaciones largas, estrechas y de libro. La fideuá no viene en los bonitos libros de cocina afrodisiaca, pero hazme caso, borrará tu hambre más no tu apetito de sirena o de mar de los sargazos.

martes, 9 de septiembre de 2014

MIEL




La miel ha estado en la boca de los hombres desde el principio de los tiempos. En la lengua para endulzar los amargos mordiscos de la intemperie y en los labios para ensalzar con palabras sus virtudes casi milagrosas. Las pinturas rupestres, los templos egipcios, Ulises, Salomón… ensalzan a la miel como un alimento sagrado junto con la leche de la que se harán luego quesos que también casarán con la miel como golosinas complementarias para reponerse de las guerras y los amores.

Asombra que el néctar que producen las flores para que las abejas las polinicen, mezclado con la saliva del insecto, fermentado por sus bacterias y resecado con el batir incesante de sus pequeñas alas, se convierta en esa espesa pomada dorada y rica cuyo sabor guardamos en los más remoto de nuestra conciencia del placer. Hoy el azúcar ha arrasado su valor edulcorante en las culturas culinarias de los países que se dicen desarrollados y tras el azúcar vivieron luego diversas moléculas sintéticas para engañar al paladar: sacarina, aspartamo, sucralosa, acesulfamo, neotano, ciclamato… sólo en algunos hogares la miel mantiene su lugar milenario para endulzar la vida.

Tras especiar la carne y mantenerla una noche en el adobo de pimentón, miel, vino tinto, pimienta, tomillo, orégano, laurel y romero, la barnizo con más miel de encina, oscura, espesa, y la aso con brevedad en la parrilla de leña. Acompaño el solomillo de cerdo con unas cucharadas de torta del casar. La miel se carameliza muy rápido así que hay que andar con tiento y tino con la intensidad del fuego.

Igual con otras carnes. Un pezón apenas con una pequeña gota de miel, no hay que pasarse. El origen del mundo con un hilito fino. Endulzamos lo ya de por sí dulce así en la literatura como en la vida. Olvidad el torpe azúcar o los venenosos edulcorantes sintéticos. Las abejas se extinguen y con ellas nosotros. Antes del fin del mundo tocad con miel la carne que deseáis,  el filetón, el queso, un té, un verso, una teta, todo lo que deseáis dulce e intenso. Mientras tanto respetad a las abejas, cuando ellas no existan no quedará tampoco nada que merezca la pena, quizá un verso de Salomón “DE TUS LABIOS BROTA MIEL” escrito en una pintada de un muro viejo de una ciudad abandonada.

domingo, 31 de agosto de 2014

JUDIONES MARISCADOS



Los judiones mariscados son un plato rotundo y extremista, sólo apto para viejos amantes a los que no les importa conocer las sucias rendiciones, las humillaciones sin cuento, las torpes derrotas que nos pesan tanto en la mochila de vivir. Es un guiso potente y nutricio, de digestión lenta y sabores espesos sólo adecuado para antiguos amantes a los que les da igual descubrir las feas cicatrices, las adiposidades no disimuladas, las arrugas y canas que ahora alejan los cuerpos de cualquier disfraz de juventud.

Tal vez porque el fresco amor que brillaba en las playas de los veinte, aquel que susurraba palabras dulces abrigado en la noche y en esa desnudez tan absoluta se agrió un día con reproches y cambios hasta convertirse en algo peor que nada. Más sin rencor ni añoranza, el paladar del deseo y la curiosidad del nómada recuperó otros sabores y nueva suerte en ese filo de abismo, precipicio a dos pasos, grieta de cárcava que es sentir que no hay otro presente que el de hoy, ni hay más amor que el hambriento, ni más prueba de complicidad que compartir judiones y cama, pringue y siesta, libros admirables y caricias sin gota de penumbra.

Hecho el sofrito de ajo, cebollas tiernas y un poco de pimiento verde añado los dados de tomate, las gambas peladas y el aji amarillo. Antes, tras su noche a remojo, cocí los judiones junto a una cabeza de ajo entera, dos hojas de laurel, puerro y apio y el caldillo de los caparazones de esos insectos de mar llamados gambas para disimular su facha. Entonces, escurridos del guiso, añado al rico sofrito estas judias y tapo para seguir guisando a fuego lento estas legumbres y que el portento del suntuoso sofrito penetre en sus cotiledones. En el último minuto de fuego sumo al plato la cola en crudo y en pequeños trozos de un bogavante y una picada de almendras y avellanas tambien crudas, pan frito, tomate asado y aceite de oliva.

Se ha de servir caliente y al instante, saborear sin mimo y derrochar el tiempo de la comida a conciencia mirándose a los ojos sin reservas.

Se ha de tener a mano buen pan para pringar la salsa y un vino que merezca luego gastar las calorías sin recato. El sueño vendrá después sin culpa, agotadas las fuerzas y las ganas. Más tarde, mientras el día sigue iluminando con su antigua luz de septiembre los cuerpos abrazados, se puede leer a medias y en voz alta a James Salter o a John Williams o a Jim Dodge. Compartida la dureza de la vida, saciadas las hambres primitivas y bien civilizadas, está bien compartir la belleza que hay en algunos libros escritos cuando nacisteis o algo después y que conservan sin afeite ni moda la fresca juventud, la dulce madurez, de lo bien hecho.


miércoles, 27 de agosto de 2014

BOCADILLO DE TOCINO AGRIDULCE



Me gusta el tocino. Los humanos europeos sobrevivimos a hambrunas y glaciaciones gracias al tocino y al ingenio. Hoy es el diablo o algo peor, un delincuente alimentario atascador de arterias, abultador de barrigas y culos, alimento infame de épocas atroces y por fortuna extintas. Pero a mi me encanta. Recuerdo una entrevista a una viuda de postguerra con tres hijos: “criábamos un cerdo en el corral y vendíamos luego todo, jamones, paletas, lomos, costillares… para poder sobrevivir, salvo los tocinos que salábamos, con eso teníamos para hacer guisos todo el año. Como no me va a gustar el tocino, más que el jamón”. Cuando la entrevisté yo tendría veinte años y ella setenta. He hecho cientos de entrevistas desde entonces. Esa nunca se me olvidará.

Me gusta el tocino en sí, no por su valor literario, antropológico, afectivo o histórico. De la panceta al ántima, del tocino de cocido a la veta blanca del buen jamón el tocino toca algo ancestral del paladar si está bien guisado y salado en su punto. Una curiosa “prueba del nueve” os la dará un niño pequeño cuando ya tiene algunos dientes y puede masticar. Colocad en un plato pequeños dados de tocino y en otro pequeños dados de buena carne, el cachorro humano, ya sea inuit o san, europeo o cherokee preferirá siempre el tocino. Paladar instintivo, se llama.

En China degustan el hong shao rou plato venerado por el glotón de Mao http://gastropitecus-gloton.blogspot.com.es/2013/02/cochinillo-la-roja.html pero en una aldea del norte de Zamora probé una vez un guiso semejante que me pareció exquisito. Andaba de zascandil buscando una ruinosa ermita troglodita que no encontraba cuando me topé con una casucha de pastor en medio de la nada junto a un enorme nogal que parecía sacado de un cuento de los Grimm. Fuera hacía muchos grados bajo cero, neviscaba aunque era abril y al empujar la puerta me encontré con un hombre amable de edad indefinida, entre los cincuenta y los ochenta, afanado en las brasas de una buena chimenea, los mastinacos que le acompañaban apenas levantaron las orejas cuando dije buenas tardes. Yo puse la bota, pan reciente y mandarinas, él me ofreció aquella delicada vianda, tocino de cocido, cortado en lonchas regulares y dorado apenas en la sartén con un chorro de vino dulce, cominos y azúcar moreno. El tío era un gourmet avant la lettre. Sobre el pan de tahona comprado recién hecho esa mañana aquel tocino tostado y agridulce que se deshacía en la boca fue un manjar. Después, gracias a las indicaciones del pastor, encontré las ruinas de la ermita y a otra cosa.

A veces, con las sobras tocineras de un cocido, hago este bocadillo contra las glaciaciones por venir. Sabe mejor en invierno y en el campo, tras una larga caminata, apoyado con vino en bota, mirando un horizonte de montañas con nieves recién hechas. No hay alimentos buenos o malos, pero el tocino sigue teniendo mala prensa, peor para ellos que son muchos y cobardes. 

Y en el sexo también, ya sabes, más que tus jamones, tus lomos y tus... me gustan tus tocinos.


martes, 26 de agosto de 2014

TASQUIÑA CUNNILINGUS



Foto de: profand.com
Pensaba que era una broma de las tuyas, que nadie en su sano juicio o con un mínimo de experiencia comercial se atrevería a utilizar ese nombre para un restaurante serio, el marketing pone límites a lo políticamente correcto. Te reíste con la boca abierta, dejando que tu risa inundase la estrecha calle de la parte vieja de esta ciudad acunada por el mar más bronco que conozco. Y repusiste: ¿Qué pasa, es que la almeja feliz, el mejillón caliente, la chirla en salsa o la vieira de Venus serían mejor nombre para una tasca en la que solo guisan unos bivalvos? No pensaba que fueras tan puritano, precisamente tú. A mi me gusta mucho el nombre, ¿es que a tí no?. Y hasta me recitaste al volver la esquina un verso sagrado del Cantar de los Cantares 7:2 Tu vulva es un cántaro, donde no falta el vino aromático.

Pero no se trata de eso. Nada hay de erótico festivo en el lugar más allá de los guiños inocentones de las fotos de la carta y el nombre grabado y rotulado con dorada sencillez en una tabla de madera de raíz de nogal en la que también hay tallada una turística vieira. Tampoco los parroquianos que ocupan la barra y atiborran el pequeño comedor del fondo que da al puerto parecen muy aficionados a los versos de Salomón o a degustaciones equinocciales en el fin del mundo o en su principio, que diría Courbet. La tasca ofrece mejillones, ostras de varias calidades, zamburiñas, berberechos, almejones de carril, vieiras, carísimas orejas de mar, navajas, pechinas y otros ricos moluscos de la mismas familia lamelibranquia, guisados en su punto y a precios razonables que pueden acompañarse con vinos de la tierra:  Monterrei, Rías Baixas, Ribeira Sacra, Ribeiro o Valdeorras. Su dueño, un cocinero cincuentón y simpático, se encarga de nomadear por los puertos cercanos de la Costa de la Muerte para comprar su fresquísima y deliciosa oferta de golosinas saladas. Indago en el porqué del nombre y no me dice nada, me guiña un ojo y se escapa a la cocina a por más comandas.

Pedimos una botella de Albariño, unos mejillones al aroma de albahaca, unas vieiras apenas marcadas en la plancha y unas almejas del carril abiertas con un punto de vapor y casi crudas. Todo el mundo anda chupando y rechupando almejas, sorbiendo sus caldillos, practicando golosos y castos cunnilingus entre ruidosas conversaciones, brindis y carcajadas, estamos aún en España.
Una mulata con el cuerpo de un dibujo de Manara y la piel templada por el trópico sale de la cocina con nuestro último guisote, una fuente generosa de berberechos humeantes. Es Marina, su mujer, ¿qué miras tanto? Se burla mi amigota.

Hay a quienes no les gustan las almejas. Se intentan defender diciendo que saben demasiado a mar o a naufragio, que no les gusta ese tacto medio gelatinoso y medio vivo en la lengua o que esos bichos se alimentan de detritus y miasmas, planctomes infames y limos sospechosos. Tonterías. Son los mismos que rechazan beber el citado vino aromático alabado en el cantar de los cantares por el mismísimo rey Salomón, suponemos que en honor a la reina de Saba. Yo ya tengo en mi imaginación su mítica estampa, imagino que era de la misma estirpe africana que la guapa cocinera de este restaurante.

Hay quien tiene miedo a las palabras distintas, las almejas jugosas, los sabores profundos, la piel mestiza, chupar los caldos marinos o beber en exceso los vinos de esta tierra. Buscan extraños argumentos, patrañas elegantes, discursos agrietados, ñoños y puritanos. Si no sois de esos o de esas visitad esta sencilla tasca, podréis comer delicias escondidas y beber el elixir que guardaron los dioses en este lugar cerca del fin del mundo o de su origen.


Publicado en:
http://www.entretantomagazine.com/2014/08/15/tasquina-cunnilingus/

martes, 19 de agosto de 2014

PATATAS CÓMPLICES

Foto de Miquel Sen Tato

Complicidad y cocina, complicidad y hambre, no sólo de lentejas o caviar. Apaño unas patatas a la importancia, la que uno da a todo, nimio o trascendente. Patatas en gruesas láminas , cebolla pochada en un poco de aceite, mascarpone, ahumado muy picado de cualquier cosa, mejor tenca o anguila, pero vale salmón baratiqui. Encima de todo el mejunje final lonchas de panceta y un rato al horno. La complicidad se descifra apenas en un gesto, una palabra común, una mirada, un saber que sí.

De acompañamiento a las patatas aso una doradas sin espina y sin nada, laminitas de ajo por encima con el poco de aceite de dorarlas. No quiero una amor que tenga mis manías, mis aficiones, mis lecturas, mi forma de guisar unas patatas o subir a buen ritmo una montaña. Pero sí que sepa, por ejemplo, el significado secreto de ese verso que comienza con “cultivo una rosa blanca…”

Poca cosa más es el amor que complicidad y cuerpos mutuamente hambrientos. Lo demás es literatura, toneladas de mala, unas gotas de buena. Complicidad es la única palabra que resiste la lupa y la balanza. Las demás son chatarra: afinidad, fidelidad, convivencia, compañía, familia, puf… Si buscas un afín vete a una secta, si quieres alguien fiel cómprate un perro, si necesitas borrar la soledad con convivencia no te alejes de la tribu, si ansías compañía visita siempre un bar o una parroquia. Pero si eres cómplice de quien amas, necesitas poco más, puedes ser distinto, infiel, solitario a veces y a ratos muchedumbre. El amor de los cómplices es de seda y acero, soporta el duro sol el tiempo y el frío de la historia.  Aguanta unas patatas a la importancia o a lo pobre, tanto da. Dejemos hoy el caviar para los otros.

jueves, 14 de agosto de 2014

CONEJO A LA FENICIA

Villa Romana de Carranque

En honor a tus genes fenicios hago conejo en salmorejo a mi manera. Guisote ligero y sin embargo sustancioso. Fácil y entretenido. Barato y antiguo. Comer conejo de monte está en nuestra cultura, en el paladar de nuestra memoria, en nuestro inconsciente colectivo de los humildes festines. Ya fenicios, griegos y romanos señalaron nuestra rara apetencia y apuntaron algunas de las hoy extintas recetas con las que degustábamos el abundante roedor que casi era entonces un plaga. Una teoría lingüística dice que “Hispania” viene del fenicio ”i-spn-ya”, que hace dos mil años antes de Cristo significaba “tierra de conejos”.

Guisados dos conejos con su laurel, puerro, cabeza de ajo entera, tomate entero, cebolla entera, rama de tomillo, pimienta, cuatro pimientos secos, vaso de vino dulce de Jerez, aceite y sal, deshueso con los dedos su carne dejando trozos grandes y hago puré la cebolla, el ajo y el tomate.

A parte, trituro un poco de pan duro, aceite virgen, tres tomates maduros pelados, el hígado del bicho salteado, un trozo pequeño de pimiento verde, medio diente de ajo crudo, un buen puñado de avellanas tostadas, uno pequeño de piñones crudos y el caldo de la cocción suficiente para que la picada quede muy espesa y tosca. Cubro los pedazos de conejo con esta plasta y horneo hasta dorar, apenas diez minutos.

Obviando el tomate y el pimiento el guiso podría ser fenicio, griego  y hasta romano. Conseguir esta carne tan sólo requería  un poco de habilidad  cinegética puesto que era abundante y gratis en “i-spn-ya”. Me gusta tu gen fenicio, no te creas, y lo bien que conoces todos los puertos de Mediterráneo.