Mostrando entradas con la etiqueta recetas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recetas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de septiembre de 2018

FLORES DE CALABAZA RELLENAS II



Tu estás nadando, yo me emborracho despacio y con cerveza mientras contemplo el inmenso volcán reventado que hace muchos años estuvo allí, en ese lugar que ahora llena el mar. Atardece en Oia pero yo estoy abajo, en una pequeña playa a punto de terminar septiembre. Grecia sigue siendo nuestra casa, el hogar de los sueños y las palabras grandes que nombran lo que fuimos. Griegos somos por encima de iberos, árabes, judíos... Además mi abuelo anduvo por aquí acariciando las piedras y las palabras antiguas que tanto amaba. El cantinero tiene pinta de Eurípides y me sirve la cerveza a buen ritmo. Me saca entonces un plato gigantesco de flores de calabaza fritas en tempura. Algunas tienen dentro un poco de queso de cabra, otras una gamba jugosa llena de mar. Atardece. El barbudo me pone otra jarra helada, habla en griego y no entiendo ni “j”, mi abuelo hablaba el griego, el latín, el francés y el hebreo con soltura y yo apenas chapurreo y mal escribo el español. He terminado el inmenso plato de flores fritas y sonrío atontado mirando el mar oscuro. Dicen que allí, en ese agujero inmenso de Santorini estuvo la Atlántida. Flores de calabaza, luego amor, luego lectura, más tarde sueño. Han pasado unos miles de años y algunos hombres o algunas mujeres seguimos deseando lo mismo que entonces, estar vivos  embriaguez, lucidez, tiempo y mar ¿será eso lo que llaman hoy vacaciones?

Ya muy borrachos discutimos con que sólo Percy Shelley pudo salvar a Ramsés. Nada quedará de los Ozymandias de hoy aunque ahora mismo llenen millones de pantallas y sus palabras ridículas pretendan ser leyes necesarias. Ni quedará nada de ningún poderoso cualquiera que sean sus orgullos y sus voluntades maniacas. Porque sólo los poetas libres pueden salvarlos y los ridículos ozymandias que yo conozco, ni siquiera gozan de los favores de vates aduladores y pagados.

En cambio, hace 2.227 años en Alejandría, un joven cualquiera llamado Dioscórides, del que nada sabemos, dejó el lecho, encendió una lámpara de aceite, se acercó hasta su mesa y escribió en un papiro con tinta de hollín negro estas pocas palabras. Luego, con cuidado untó con aceite de cedro el documento para protegerlo de la polilla y la humedad y volvió con hambre a la cama. Nada sabemos de ella y sin embargo lo sabemos todo. Sus frágiles versos duraron unos años en el frágil soporte y luego pasaron a otro y a otro. Después a un pergamino, más tarde viajaron de Alejandría a Roma y de Roma a Tánger y de allí a Londres y más tarde a cualquier sitio hasta caer en mis manos. No cuenta cosas importantes, no canta a ningún Ozymandias ni a ninguna ambición y sin embargo muchos hombres y muchas mujeres a lo largo de todos esos siglos consideraron que lo que nombraban los versos era una verdad importante a cuidar del tiempo y del olvido:

A Dorís, de nalgas sonrosadas, reclinada en el lecho la tuve
y fui inmortal entre sus tallos frescos,
pues a horcajadas con sus muslos sublimes
me llevó sin desliz por la larga carrera de Cipris,
mirándome con ojos lánguidos, mientras, como hoja al viento,
temblaba enrojecida al galopar,
hasta que el blanco ímpetu surgió de los dos
y ella se derramó como el cuerpo rendido.

PD: agradezco a Pedro Olalla su libro.


viernes, 3 de agosto de 2018

OMBLIGO DE VENUS Y TU SALSA


¿Qué sabemos del tiempo por vivir?, apenas una sospecha, fantasías, dudas, sueños. Sólo la certeza de que si no lo derrochamos lo estaremos perdiendo. Sólo la seguridad de que si no lo saboreamos despacio y a grandes trozos (igual que una tarta Tatín para merendar una tarde de invierno), no quedará nada, un grumo reseco sin vida, un poco de tristeza podrida. Pero hoy no te sermoneo, no te digo nada, bromeo con hacer unos ombligos de venus, unos tortellini rellenos de morro con salsa de rúcola y foie. Me dices que tu ombligo ya no es tu ombligo, sino otra cosa, pero a mi no me importa lo que sea, remolino de sombra, volcán diminuto, agujero de vida, caracola de piel, tortellini relleno de ti. Es extraño este pudor con que a veces se disfrazan los cuerpos.

Me ayudarás a amasar el harina, los huevos, el agua de azafrán, la sal. Luego pasas una y otra vez la bola de masa por los rodillos de la máquina de hacer pasta. Me ayudas a quitarme el disfraz y a olvidar el tiempo por venir mientras yo pico los morros que he cocido con vino tinto, apio, zanahoria, puerro, cebolla, laurel, pimienta, tomillo y una cabeza de ajo entera. Tu acabas la masa, la extiendes en la mesa y cortas cuadradillos de cuatro por cuatro centímetros. Yo pongo una pizca de picadillo en medio del cuadrado, enrollo y uno los extremos con cuidado para hacer los ombligos de venus. Dejo que reposen y se sequen un poco antes de cocerlos apenas dos minutos en agua con sal aromatizada con una ramita de romero. Mientras hago la salsa. He batido tres grandes puñados de rúcola y unos piñones tostados en medio vaso de leche y medio de nata. En la sartén salteo pequeños dados de foie y cuando han soltado grasa suficiente vierto ese puré verde de rúcola encima, ligo la salsa con el batidor de mano y ya está. Es un guisote fácil.


Sabrosos ombligos de Venus, tortellini de morro sobre una salsa verde untuosa un poco picante. Yo prefiero tu ombligo aunque ahora pienses que es un poco marciano. A mi que me importa lo que seas y lo que devores. No busco cercanía, afinidad, semejanza o parecido sino más bien lo contrario, que seas tan distinta y estés muchas veces muy lejos de mí. Sólo me importa jugar con el tiempo en tus brazos, cocinar para tu hambre y que no se me rompan los ombligos de venus al cocerlos, ni se me rompa el embrujo de tu voz entre sueños. Solo me importa que te gusten estos tortellini de morro y que me dejes jugar con tu ombligo por fin.

Foto de Vicktor Ivanovski

jueves, 26 de octubre de 2017

LA COCRETA, perdón, LA CROQUETA...


(Marian, Fernando y yo, croquetívoros, en la solana de la casa de la abuela Ángela)
Sí, hay casi tres millones de entradas con la palabra en Google pero… es la gran pregunta del siglo. ¿Por qué las madres o abuelas no enseñaron a sus hijos e hijas a hacer croquetas?, ¿Qué pasó?... Ayer me lo confirmaba Maite, ella tampoco aprendió y su madre, por edad, ya no las hace porque las ha olvidado. Nadie de mis amigos y amigas sabe hacerlas. Tienen ese vacío inmenso en su formación, esa vergonzosa tara, ese gran defecto, esa terrible laguna cultural de la que se aprovechan los vendedores de croquetas industriales. Así que en cuanto van a un restaurante y leen esa mentira de “croquetas caseras” caen en la trampa… y en las sucesivas trampas de las croquetas precocinadas de la sección de congelados. Siempre me dicen “me tienes que enseñar”, como quién pide el secreto de la felicidad.

Cada madre y abuela cocinera tenía sus recetas de ricas croquetas. ¿Cuántas maravillosas recetas se habrán perdido de esta magistral mezcla de hidratos de carbono, proteínas y grasas?, ¿para cuándo la asignatura de croquetas en el Bachillerato?, ¿No sería mejor gastar el dinero de los aviones caza F-35 en cursos de croquetas caseras?

Como en Blade Runner, he visto cosas que no creeríais. He visto algunos anuncios en la sección de contactos, amores y amistad:“ se busca cuarentañera disponible que sepa hacer croquetas. No te prometo amor pero si ternura y hambre y... ningún miedo a engordar”

sábado, 7 de octubre de 2017

POLLO EN MANTEQUILLA DE CANGREJOS


Foto de Leonardo de la Fuente
Hace mucho tiempo, buceaba fascinado en recién descubiertos para mí recetarios franceses o afrancesados del XIX, (que tan bien los ha descrito Francisco de Sert en su libro “El Goloso”). 

Descubría una cocina derrochona, excesiva, fascinante, original, propia de los inventores de verdad de la gula y todos los pecados asociados. De esas cocinas saqué o adapté un rico pollo en mantequilla de cangrejos que cuando lo hago me vuelve loco.
El amor es una mezcla misteriosa de afectos, deseos y fantasía. De pronto sentimos que se ha posado en nuestra piel toda la luz del mundo embelleciendo cuanto tocamos y al día siguiente, o a las nueve semanas y media, o al año o a los veinte descubrimos que el viento se ha vuelto frío y el sol nos quema. El amor se ha esfumado, nos encogemos de hombros y seguimos caminando ¿qué vamos a hacer?, para dramas ya tenemos los novelones del XIX y los culebrones televisivos de este.

Aquellos eran guisos complicados, muy elaborados llenos de mantequilla, carnes de caza, foie, trufas, ostras, faisanes... elaborados por guisopones, cocinófilos, cocineros, gourmets, marmitones, chefs amantes del exceso y la glotonería más auténtica gracias a las rentas de aristócratas, burgueses y prohombres con muchos posibles y apetitos. Leer esos recetarios embriaga y marea, divierte y llena el estómago sólo con imaginar las digestiones de boa de los comensales.

También hay amores pesados con mucha mantequilla, cocimiento y foie y amores frescos como una ensalada de rúcola aliñada con limón y cuatro percebes. Tanto unos como otros son apetecibles y divertidos si tenemos el paladar dispuesto.

Pelaba en crudo (tras quitar la tripilla negra que tienen y que amarga) tres docenas de cangrejos de río y una docena de cigalas. Trituraba las cáscaras con la batidora de vaso, ponía en una sartén el emplasto sobre doscientos gramos de buena mantequilla sin sal. Sofreía ese puré de cáscaras y una vez enrojecido añadía media copa de jerez y media de vino blanco, daba un hervor de diez minutos y colaba el resultado, dejaba enfriar y retiraba esa mantequilla solidificada anaranjada de encima del caldillo.
A parte salteaban un pollo troceado, salpimentado y sin piel y cuando estaba dorado retiraba la carne y añadía al aceite un poco de cebolla, ajo, zanahoria y pimiento rojo picado en juliana, tras pochar la verdura añadía de nuevo el pollo, el caldo filtrado de las cáscaras (la mantequilla a parte) y medio litro de caldo de pollo. Dejaba cocer a fuego lento hasta que se consumía prácticamente el caldo. Entonces añadía la mantequilla y dejaba cocer de nuevo diez minutos. Por fin añadía las colas crudas de los cangrejos y las cigalas, removía y tapaba a fuego lento cinco minutos más y al retirarlo del fuego y volver a remover el guisote para que se empapase bien de la rica grasa cangrejera salpicaba el plato con ralladura de un minúsculo trozo de trufa.

Ahora por fin vuelve a haber buenos pollos de corral pero los buenos cangrejos se han extinguido. El “señal” vale para el guiso y las cigalas le dan ese punto de sabor intenso que el cangrejo americano no tiene. Lo más caro del plato es la trufa, pero un día es un día y sin trufa también es comestible. El siglo XIX tiene estas cosas, ¡viva la burguesía y su discreto encanto!

domingo, 1 de octubre de 2017

CODORNICES EN ESCABECHE DE FELICIDAD

“La felicidad no se compra, la felicidad no se encuentra. La felicidad se transmite de padres a hijos” (Lea Vélez “Nuestra casa en el árbol”)

La novela de Lea me está recordando muchos momentos de mi "oficio" de padre que, con hijos de 18 y 21 años, temía haber olvidado. Pero no, se puede olvidar todo pero no todos esos años de vida intensa y distinta, de ese oficio en el que aprendemos todo lo importante.

Recupero de esos tiempos esta rica receta (Octubre de 2009):

Felicidad es una palabra grande y generosa que abarca muchos momentos, tiempos e instantes. Felicidad es mirar los ojos de Guillermo mientras devora mis codornices escabechadas.
Saber que detrás de esos ojos se esconde un gran cocinero y una gran persona libre, creativa y llena de genio e ingenio. Cazo o compro cuatro codornices, las limpió, las sofrío a fuego fuerte en abundante aceite con cuatro dientes de ajo machados con su piel. Saco las avecillas del aceite y añado, en juliana, una cebolla grande morada, dos zanahorias, un pimiento verde y un puerro. Pocho y añado de nuevo las codornices, un vaso grande de vino blanco y otro vaso de caldo de pollo, diez pimientas negras machadas, una rama de tomillo y otra de romero, dos hojas de laurel y tres cucharadas de salsa de soja. A cocer despacito hasta que estén tiernas y entonces añado medio vaso de vinagre de jerez y dejo cocer veinte minutos más. Se comen uno o dos días después. A Guillermo le gustan así. Yo preparo con su carne deshuesada una ensalada de berros con la que te chupas de verdad los dedos.
La felicidad cotidiana y familiar es una palabra muy desprestigiada, pero el libro de Lea me ayuda a recuperar su valor de joya posible e invisible. Yo la siento cada vez que cocino o escribo o recuerdo a los niños.

Si eres un padre o una madre de los que muestran, no de los que amaestran, pasa a leer:


lunes, 24 de julio de 2017

SOPA DE AJI AMARILLO Y MAR



Cerca de la 59 hay un bareto donde dan café italiano espeso y aromático. El camarero peruano me ha regalado unos ajis amarillos. Escribe usted como antiguo mister. No me llames mister, Jesús, que me hace sentirme viejo. Y qué mister, no es lo mismo viejo que anciano. Jesús debe tener mi edad. Se pone a mi lado en silencio cuando hay pocos clientes y lee lo que escribo. Nunca dice nada si no le pregunto. ¿Qué te parece hoy Jesús?. Muchas palabras antiguas mister, debe ser que como usted es español escribe así, tan raro y retorcido. Jesús es cocinero por la noches, de madrugada es repartidor, por las mañanas atiende las cafeteras en ese pequeño bar y ejerce de crítico altruista de mis textos, nunca descansa. Agradezco que sea un lector tan atento y sincero. Mister le he traído unos ajis amarillos, no pican demasiado, lo suficiente para calentar el alma. Hoy te he traído al bar tras nuestra mañana de intento de patinaje. Su señora es muy bella mister, parece mismamente una bruja de cuento, pero en bella. Me dice en un susurro cuando me levanto por mi café y tu té. Ya sabes. Yo prefiero siempre las brujas a las princesas. 

Trituro despacio tres ajis mirasol o ajis amarillos en el mortero de piedra. He quitado las semillas y los pequeños nervios, luego echo esa pasta en un caldo fabricado con tres carcasas de pollo y unos huesos de costilla de ternera, dos cebollas y tres puerros que he dorado en el horno. He comprado los despojos y las verduras en mi puesto preferido de Chinatow. Espeso el caldo con un poco de harina de maíz y unos dados de pan frito machacado. Añado un buen chorro de leche de coco. Rectifico la sal, pica lo justo. Después he colado el caldito en el que nadarán, en el momento de servir, unas zamburiñas crudas, dos cucharadas de huevas de pez volador y unas cuantas gambas azules. Sopa de aji amarillo con secretos de mar. 

martes, 11 de julio de 2017

NO COMER SIRENAS


Me gusta mucho el atún apenas marcado en la plancha o las sardinas en espeto, acompañadas con “lechuga de mar” picada y apenas aliñada con dos gotas de zumo de limón. También la lubina limpia y sin espina, marcada lo justo en la parrilla con una salsa de chocolate amargo aireada en el sifón (chocolate 99%, mantequilla líquida, una pizca de sal), dos hilitos de aceite de oliva verdeado con puré de berros (mejor si fuera una pescada por mi en otoño en el Cantábrico desde las rocas de la playa de Castro Urdiales), chocolate de Guatemala y en lugar de berros unas corujas de un arroyo que sólo yo conozco. Pero nunca como sirena.

Muchos hombres se empeñan en querer tener una sirena por esposa, mujer o compañera. Las impiden que naden libres, las preparan piscinas lejos de mar, las engañan con palabras de seducción, viajes, promesas, regalos. Desean que de verdad se olviden de lo que son. Quieren ponerles casa, vestirlas y pasear de su mano por las calles de la ciudad, casarse con ellas de blanco o de azul, dormir con su cuerpo todas las noches y que olviden el tacto del coral, el sabor del salitre, el escalofrío profundo de los mares turquesa. Y al final les piden que se operen esa maldita cola llena de escamas iriscentes o algo peor, les devoran su cola de pez y la sirena muere o desaparece u olvida lo que un día fue.
A mi me gustan mucho las sirenas, pero vivas. Amo sus escamas transparentes, su forma de nadar cuando se pierden lejos en el mar y tardas meses en volver. Amo su libertad y el sabor a salitre de su sueño y su canto incomprensible y su forma de bucear en mi silencio. Yo quiero a las sirenas, tal como son, leyenda, revoltosa, grácil, desnuda, mujer libre de los previsibles gestos de tierra adentro. Tu no lo sabes, pero nunca podría comer una sirena ni encerrarla en mi corazón de pescador de río. Acuérdate, nunca te distraigas. Solo en mar abierto serás feliz.

domingo, 20 de noviembre de 2016

PULPO ENTRE DOS GELATINAS


(Imágenes de Monica Cook que vive en Nueva York y es estupenda)

Tacto de pulpo. Gelatina dura y salada del abismo. Monstruo horrible y delicioso de ojos sabios y patas como sexos. Todo lo comestible del mar me gusta. Algas, peces, moluscos, cefalópodos, mareas, erizos, sirenas, espuma, leyendas. Todo lo del mar es alimento porque del mar nacimos, vinimos, soñamos. Te veo desnuda nadando en el mar Atlántico. Te veo riendo con los dedos manchados de grasa de sardina, te veo dormida sobre la arena arropada del dulce sol de la tarde. Me veo en tu mirada brillante, ya de madrugada, en el cuerpo a cuerpo de otras hambres también marinas y saladas.

Me gusta laminar el pulpo ya cocido y barnizarlo por encima con una gelatina de tomate y albaca que hacemos con una gelatina neutra, un puré de tomate y albahaca muy picada. Barnizado por debajo con otra gelatina hecha con cebolleta rallada, limón y sal. Unas horas de nevera con un film de plástico por encima y luego a la hora se servirlo lo salpico con finos hilos cortados de lechuga de mar también gallega y pimentón.

Tacto de pulpo tibio en la sombra perlada del cuerpo allí donde tu mar comienza y se pierde el mapa. Gelatina dura y salada, deliciosa siempre, que sube con la luna igual que una marea fluorescente. Todo es comestible en ti, cualquier lugar, arrecife, coral, bruma y tormenta. Todo es alimento, sopa de algas, carne desnuda aliñada solo con la sal seca de tu piel tras el baño.



lunes, 20 de junio de 2016

BERENJENAS EN MADRID



Escucho con frecuencia ese deseo de retirarse del mundanal ruido, de la tiranía de la ciudad vampira de tiempo, laminadora de la lentitud, criadora de prisas, atascos, contaminación, desconcierto, agotamiento. Madrid me mata. Ese deseo de escapar, aunque sólo sea los fines de semana y ese sueño de huir por fin a otro lugar tranquilo en el que las estaciones cambian el color del campo y no son el nombre de unas paradas de metro. Pero a mi me gusta el “mundanal” ruido urbano, la ciudad es mi hogar y la siento amiga, habitable, simpática, loca, sorprendente, intensa. Amo esta ciudad, te lo dice un niño de pueblo, un tipo montaraz que siente placer metido en un río helado pescando truchas o caminando por un bosque de robles al amanecer tras las becadas o paseando entre zarzas y castaños salvajes en busca de amanitas o simplemente tirado en el monte mirando embobado la Vía Láctea. Pero Madrid es mi casa.
¿A quién se le ocurriría que una berenjena fuera comestible?, con ese color negruzco o morado, esa carne estropajosa y amarga en crudo... Y sin embargo cocinada es exquisita. A mi me gusta cortada en láminas finas, enharinada, salada y frita, crujiente y blanda. Si a esas láminas ya fritas, las intercalamos capas muy finas de virutas de parmesano y Carpaccio de buey tenemos una falsa lasaña fastuosa. Madrid es una berenjena brillante, negruzca, sospechosa, amarga, incomible si no la cocinas con amor. Pero si sabes su secreto, si la cocinas con hambre y sabiduría es un bocado rico para compartir. 

Me parece que el domingo haré berenjenas...

lunes, 19 de octubre de 2015

STEAK TARTAR


Foto: Karin Rosenthal
La primera vez que oí hablar del steak tartar fue en “Miguel Strogoff” de Julio Verne. Aquello me sonó exquisito y en cuanto me vine a Madrid y tuve cuatro duros me fui al único restaurante ruso que había entonces, "El Cosaco", y pedí aquel mítico y extraño plato. El cocinero me descubrió el truco tras la segunda visita de degustación y una charla con un rico vodka (que entonces no bebía ni dios en España), “nada, el único truco es la calidad de la carne y la de la pimienta negra y la sal, lo que añadas después es indiferente y solo empeorará el steak”. La carne en España entonces era malísima por la afición de los criadores de ganado a todo tipo de hormonas, antibióticos y química diversa para ganar unos kilos a las canales y a la nula persecución de las autoridades del tema. Estos gansters de la carne hicieron verdaderas fortunas. Te comprabas un filete y se te cocía en la plancha soltando una agüilla marrón de lo más sospechosa. Ahora todo eso ha cambiado y tenemos buenas y sanas carnes. Y los gansters se mudaron al sector inmobiliario.

Pico a cuchillo el solomillo de (de buey, ternera, potro, cerdo…) y lo mezclo con alcaparras, pimienta negra recién molida, un poco de lechuga de mar muy, muy picada, cebolla tierna y dulce también muy picada, una yema de huevo y media, solo media, anchoa. Pruebo, rectifico de sal y de pimienta (tiene que ser la mejor). Sobre una tostada de pan de pueblo en la que hemos restregado un diente de ajo partido por la mitad colocamos con una cucharita una línea gorda de Steak y una línea fina de aceite de tomates secos (tomates secos rehidratados batidos con aceite de oliva y medio tomate fresco pelado).

Cuando preparo steak tartar pienso en mis lecturas de Miguel Strogoff y en una novia guapa (aunque apestaba a la colonia de su madre) que tuve en tercero de EGB que me hacía los deberes de matemáticas a cambio de un beso…y yo me lo pesaba mucho…quién pillara ahora ese beso y esa fascinación al leer las aventuras del correo del zar… Cómo no, en París ofrecen el Steak en el restaurante Jules Verne, encima de la Torre Eiffel, pero a un precio gastronómico. 

Para beber un Stolichnaya helado o un Skyy con tres gota de limón.

martes, 7 de julio de 2015

SALMOREJO ANARQUISTA



Nada como volar, en cabina abierta, en una avioneta, a quinientos metros de altura. Nada como volar así. Quién lo prueba queda envenenado para siempre por el viento frío en la cara, el sonido del motor y el paisaje. Nada como volar después, durante muchos sueños, con los ojos cerrados, recordando de nuevo el vuelo. La tierra, el paisaje, la naturaleza, esa idea de Gaia que de alguna forma nos toca y sentimos que es verdad, que nosotros también formamos parte de la tierra y que nada tenemos de dioses o de alma, solo somos palabra y cuerpo. Nada más.

Anarquía. Salud y Libertad. Por eso me gusta hoy soñar que vuelo por encima de los valles de Gredos. Por eso me apetece hacerte hoy un salmorejo con los colores de la bandera de aquellos anarquistas de Anselmo Lorenzo o de Ferrer. Roja y Negra. Roja como la sangre que nos da la vida y nos calienta las palabras. Negra como la noche que nos protege los besos y alumbra ideas intrépidas, sueños y utopías. Comida humilde y sin embargo tan sabia, tan refinada, tan equilibrada, tan rica. Salmorejo con tomates maduros, aceite afrutado, pan duro, sal, un rastro de ajo y un puñado de cerezas gordas, calibre treinta para dar el color rojo a la mitad de la bandera de nuestro plato. Para el salmorejo negro en lugar de cerezas añadimos tinta de calamar cocida. Trituramos ambos por separado y luego colocamos en un cuenco cuadrado algo que separe los dos colores, una plancha de madera fina a la medida del recipiente por ejemplo. Vertemos cada salmorejo, el rojo y el negro a ambos lados del cuenco y luego añadimos al salmorejo rojo unas virutas de jamón y al salmorejo negro unas gambas peladas marinadas en un poco de limón con wasabi. Retiramos el separador y ya tenemos una bandera anarquista comestible.

Sólo preparé una vez este salmorejo. Fue un guiño a la memoria de Francisco Ferrer y Guardia, al anarquismo pedagógico y al recuerdo de las palabras de Karen Blixen volando con su amor por las tierras del origen de la humanidad una mañana de 1930:


“He mirado a los leones a los ojos y he dormido bajo la Cruz del Sur, y he visto incendiarse la hierba en las grandes praderas, que se cubren de fina hierba verde tras las lluvias, he sido amiga de somalíes, kikuyus y masais, he volado sobre las colinas de Ngong… nunca estaré a África lo suficientemente agradecida por lo mucho que me ha dado”. (Karen Blixen)

martes, 9 de junio de 2015

SOPA DE CACHUELAS



De niño tenía sueños de largos viajes, de aventuras por selvas y desiertos, de vueltas al mundo con mochila, de pasear por las ciudades remotas que describían los libros y muchas ganas de comprender los límites del mundo. De adulto cumples casi todos esos sueños y los que no cumples los olvidas o los arrinconas en el polvoriento y atiborrado desván de las cosas pendientes. Pero casi siempre falta algo, esa fascinación absoluta y brutal que tenemos de entonces con catorce años y que no encontramos hoy, que se escabulle siempre aunque lleguemos lejos y creamos ya saberlo todo, visto todo, entendido todo. 
Y en las cuentas pendientes con la experiencia sigue habiendo tres o cuatro cosas que nos quitan el sueño, que desearíamos hacer antes de morir porque sabemos que en ese viaje o en ese descubrimiento seremos felices con la simplicidad animal e infantil que tuvimos al principio, cuando el mundo era inmenso, desconocido y asombroso y nosotros sólo soñábamos con alejarnos caminando del hogar para siempre.

Mis sueños no cumplidos aún eran simples, fáciles, casi asequibles: volar en silencio, estar cerca un volcán en erupción, vivir un huracán y pasar una noche contemplando en el norte una aurora. Otro día contaré mis razones, otro día escribiré que sentí volando en aquel viejo planeador alemán, viendo la lava cerca de un volcán italiano o azotado el rostro por el viento furioso del Caribe mientras reía a gritos sin escuchar mi voz.  Pero hoy quiero recordar  aquel viaje a Finlandia y aquella noche en la que todos los colores del mundo se mecían en el cielo por la música de las palabras extrañas que recitaba Inga en mis oídos.

Había aceptado con mal disimulado entusiasmo la oferta de dar un pequeño curso para finales d de enero sobre “la nueva cocina española y sus orígenes en la cocina de subsistencia” para un postgrado de antropología de los alimentos. Apenas pagaban el billete de avión, la estancia en una residencia de profesores y unos seiscientos euros para gastos.  No me costó nada enhebrar las viejas notas, ordenar algunos artículos que había escrito sobre el tema para algunas revistas de esas que solo leen los glotones desocupados, los gourmet sádicos y los nuevos burgueses golosos. Acumulé toda la ropa de abrigo que escondía armario y salí para el Norte con Jack London y con Arturo Gordon Pim en los ojos y muchas ganas de sentir de verdad el frío. Soy un tipo del sur al que han fascinado siempre esas temperaturas por debajo de 20 bajo cero así que el frío y la nieve eran en si mismos un aliciente. Estaba la fantasía o el mito de que en esas latitudes se congelan hasta las lagrimas y los mocos, la fascinación  de hundirse en la nieve hasta las rodillas, de patinar en los lagos de los parques y, por supuesto, probar los ricos alimentos de Finlandia: sus estofados de cordero, el exquisito salmón salvaje, la dulce carne de alce, sus sopas de pescado, sus arenques, o su bacalao fresco.

Disfruté de alumnos y de alumnas atentos, que sabían de migas, gazpachos, gachas y potajes,  de la cocina española y sus orígenes pobres mucho más que yo mismo, que hablaban español con soltura y conocían seguramente mi país mejor que yo. La última semana, ante mi insistencia por ver una aurora boreal de verdad, una amable colega antropóloga me invitó a conocer la casa de sus familia cerca de Sodankylä, una ciudad pequeña en el corazón de Laponia. Imaginaba una agradable velada con viejos lapones alrededor del fuego y la voz del anciano relatando en palabras incomprensibles la leyenda del "revontulet", que significa "fuegos del zorro", porque dicen que es el zorro ártico quien hace esos fuegos que luego rocía con nieve gracias a su cola. Pero la pequeña casa de madera en medio de un claro en un bosque estaba vacía y helada y el corto viaje desde la ciudad en moto de nieve me congeló lágrimas, mocos y todo lo demás. Pero en poco tiempo Inga encendió la chimenea, una estufa y la cocina de leña, me arropó con dos mantas de piel de  reno y me preparó un café negro y malísimo que me quemó los labios y me calentó el corazón. Su abuelo había levantado esta kota en buena madera a principios de siglo. Mi abuelo fue un ilustrado. Era profesor de física y apoyó la construcción de un centro de investigación de auroras en 1913 en esos 67 grados norte en los que está Sodankylä. Era además cazador como todos los finlandeses e hizo su particular guerra contra los soviéticos primero, luego contra los nazis y después otra vez contra los rusos, ajeno a los pactos, acuerdos y negociaciones que hubo durante la guerra mundial. Perseguido por todos, nadie pudo atrapar a la pequeña guerrilla de aquel tipo duro que ya tenía setenta años en el año cuarenta. Todo esto me lo cuenta Inga mientras yo ojeo el álbum familiar y ella prepara un poco de comida. Unas setas de primavera en conserva, un pedazo de solomillo de alce, una patatas. Rehogó las setas con una nuez de mantequilla y un poco de aguardiente de pera, asó las patatas en la chimenea y pasó dos gruesos medallones del alce por la parrilla y luego espolvoreó la carne con sal de Francia, pimentón de España y el polvo de unas bayas secas cuyo nombre finlandés no sabría pronunciar. Comimos con hambre y bebimos con ganas un rico vino alemán, tomamos luego aquel mejunje que ella llamaba café y unas copas de vodka del país que Inga teñía con zumo helado de grosella. No hacía falta mucho más para que norte y sur confraternizaran un rato sobre las mantas de piel a modo de postre.

Foto: Frédérique Bangerter
Ahora te voy a enseñar el secreto de esta casa pero tu me tienes que enseñar el secreto de algún guiso de tu tierra.  Firmado el acuerdo ella cumplió su parte. La casa tenía un pequeño sobrevano al que se accedía por una escalera de mano. Allí arriba no había nada, solo un delgado colchón de lana prensada, varias mantas de piel y una plato de loza con velas. Sin embargo se estaba caliente porque los tubos de la estufa y la cocina pasaban por la estancia. Entonces se obró el milagro, Inga tiró con fuerza de unas cuerdas que colgaban del techo y dos metros de cubierta se corrieron hacia un lado dejando ver el cielo. El Cielo. Un inmensa y brillante cortina verde se mecía sobre nosotros y en el verde estaban todos los verdes del mundo de los más amarillos a los más azulados, la aurora se mecía como si una brisa moviera el resplandor. La cortina de luz se rompía lentamente en gigantes tiras verticales y lentamente volvían a unirse y cambiaba de color, de intensidad, de forma. El Cielo. Inga intentaba explicarme los fundamentos físicos del fenómeno, pero yo no escuchaba, solo miraba ese cielo, eso que llaman Aurora Boreal y que es el espectáculo celeste más bello que conozco. Pasamos allí varias horas asomando los ojos y la nariz de entre las pieles, desnudos, enroscados el uno en el otro. Llevo cuarenta años viniendo aquí a mirar las auroras y no me canso nunca. No conocí al abuelo pero entiendo muy bien que le llevó a hacer aquí su casa y a pensar, diseñar y construir con sus manos esta puerta mágica del techo para contemplar todo esto. Durante esos días nunca sentí frío.

También yo cumplí con mi palabra y le enseñé algunos platos extremeños. Hasta inventamos uno nuevo mezclando norte y sur. Una sopa de Cachuelas a la que en lugar de sangre e hígado de cerdo sustituimos éste por hígado de alce. Se fríe despacio el hígado de alce con su sal, su pimienta y su poco de pimentón cortado en trocitos y en una sartén sofreímos también un poco de cebolla, tomate pelado y troceado y pimiento rojo. Cuando está hecho el hígado se machaca la carne en un mortero o se trocea en pedazos más pequeños y se mezcla con la verdura pochada. Echamos luego agua y un machado de ajo y cominos al sofrito, dejamos cocer el guiso un rato, no demasiado, y cuando lo vamos a comer vertemos todo en una fuente en la que hemos colocado pan asentado cortado en rebanadas finas. Sopa de Cachuelas se llama el mejunje y es una de las sopas Extremeñas más sabrosas y alimenticias que inventó el ingenio, al pobreza y el hambre..

Pasamos cuatro días en la cabaña cocinando platos españoles con ingredientes que nunca supe de donde salieron, bebiendo vino alemán y vodka teñido de rojo, amándonos despacio y contemplando las auroras boreales en la oscuridad permanente del invierno en el norte. 
Ahora, siempre que llega enero y toca un poco el frío al sur, añoro Finlandia, echo de menos el sabor dulce de la carne de Alce, el sabor dulce de la carne de Inga y el ruido del tejado de aquella casa cuando se deslizaba y nos dejaba ver el cielo. El Cielo. Nadie debería desaparecer del mundo sin contemplar la aurora boreal.
Hoy quiero hacer sopa de cachuelas. Luego subiré al polvoriento y atiborrado desván de las cosas pendientes que abandoné allí con catorce años. Hay que usar los deseos, no dejarlos morir, no olvidarlos. Viajar a todos esos lugares, hacerse todas esas cosas que ansiábamos hacer entonces.

(Publicado por Baile del Sol. http://www.latiendadebailedelsol.org



martes, 26 de mayo de 2015

ATUN ROJO MARINADO EN ROJO

Yo sólo sé cocinar y escribir, el resto de estrategias de vivir no las entiendo. Una vez dejé de escribir durante años, de cocinar nunca. Trato de soñar cada noche con todas las recetas que sé cocinar y que no te he cocinado, todas las palabras e historias que una vez pensé y nunca escribí (aún). Marino un lomito de atún en un paté hecho con tomates secos, aceitunas negras, albahaca fresca, un poco de cebolla rallada y una anchoa todo bien machacado en mi mortero de piedra. Dejo el atún en extinción apenas media hora en la salsa, lo fileteo muy fino y lo como así, masticando despacio la esencia de las cosas, el alma roja del atún, el sol fósil del tomate, el secreto salado de la anchoa, el amargo gusto de todas las derrotas de mi vida.

Me pides que te cuente porqué dejé de escribir entonces. Pídeme que te cuente también porque nunca dejaré de cocinar.

viernes, 8 de mayo de 2015

ARROZ ROJO

(Dibujo de Eric Jones)
Prudente, esencialista, arrogante… en el amor debería ser todo más sencillo, ¿debería?. No lo sé. Pedir. Tampoco sé. En el restaurante que me gusta no necesito pedir. Ya sé que en el amor es muy distinto, suele haber menú especial, menú de la casa, buffet libre, sugerencias del chef, menú de temporada... a veces hasta platos recalentados y fuera de carta... 

Amor rojo como el sol, la sangre, el pimentón, la Internacional, el alma de los carabineros. Hago un arroz rojo.

Sofrío las cabezas y caparazón de seis carabineros, añado caldo de morralla, trituro, filtro. Sofrío un diente de ajo, una cebolla morada un pimiento rojo y cuando está pochado añado unos tomates secos en aceite, trituro el y añado al caldo. Marco los cuerpos de los carabineros cortados en trozos y unos mejillones sin concha. añado una punta de pimentón dulce y luego el arroz bomba. Revuelvo cinco minutos, vierto el caldo espeso. Punto. A cocer menos de veinte minutos.

Hago este arroz rojo como la pasión, sencillo como el amor, fundamental como el hambre. Lo hago en paella pequeña, apenas medio dedo de arroz sobre su superficie. Tras practicar el socarrat me lo como en bocata, dentro de una buena baguette aligerada de miga.

Prudente, esencialista, arrogante y sin embargo también sencillo, este guiso, y su forma de comerlo, lo tiene todo.