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jueves, 28 de junio de 2018

MERMELADA ROJA



Te gustaba hacer mermelada de fresa, de tomate, de cerezas, de sanguina, de grosellas maduras. El rojo era tu color. El color de la sangre o de la vida.

Limpiabas la fruta sobre la mesa de madera lavada de la cocina, luego la cocías con azúcar moreno y zumo de limón. Sonaba la guitarra de Clapton a todo volumen:

What'll you do when you get lonely
And nobody's waiting by your side?
You've been running and hiding much too long.
You know it's just your foolish pride (...)

Te gustaba preparar estas conservas rojas y luego, en invierno, en mañanas heladas y luminosas, tostabas una rebanada grande de pan y extendías una gruesa capa de mermelada por encima. Masticabas despacio el pan, saboreando la mañana y algún libro que se manchaba siempre.

Han pasado muchos años. Ahora están de moda los libros y las películas de vampiros, las bocas ávidas de artificiales salsas rojas, demasiado dulces para mi gusto, yo prefería el sabor poco dulce de la tuya, que a veces sabía a tomate y otras a fresa, cereza, sanguina, grosella o risa.

Leo a veces un viejo libro y aparece alguna hoja manchada de tu dulce. Saboreo entonces esas palabras y me saben un poco a ti, no sé si antes o después de la hora del desayuno.

viernes, 11 de mayo de 2018

EMPANADAS DULCES


Los guisos te dan la libertad de la alquimia, las recetas suelen estar abiertas a la improvisación y el experimento. No así los postres en los que el cocinero tienen más de matemático, ingeniero, físico y químico por la meticulosidad extrema a que obligan los pesajes, mixturas, temperaturas y tiempos para que el bizcocho, por poner lo más fácil, sea perfecto en su forma, textura y color y no se convierta en una masa desinflada y requemada con sabor a engrudo empalagoso. Utilizo este argumento engañoso para confesar que nunca se me dieron bien los postres. Ni el más sencillo bizcocho de limón, natilla o magdalena rellena de Proust. Por eso, cuando después de aquella noche espesa y excesiva, me desperté con esas resacas de Polifemo ciego que solo da el ron de garrafa, haber cumplido treinta y quedarme dormido con la cabeza entre tus piernas, temí lo peor. Y lo peor era tu sonrisa fresca y tu cara sin rastro de ojeras o cansancio aunque yo recordaba que los tragos de ron los habíamos pedido a pares. Y lo peor fue ver como saltabas de la cama desnuda y bailarína, cantando no sé qué horrible estribillo pop y como me gritabas desde la cocina que me ibas a preparar el desayuno me sonó igual que un tiro en el oído ¡Pre-pa-rar-me-el-de-sa-yu-no! Quería vestirme a toda prisa y escabullirme con una excusa torpe justo en el momento en el que me descubrieras abriendo la puerta, pero no pude. Intentaba sacarme toda la arena del desierto de los ojos y escupir de la boca aquel sabor a espuma seca de sumidero abandonado. De inmediato caí de nuevo en el sueño del borracho.

Me despertó el olor. Tus dedos en mi cabeza. El beso breve en la comisura. Tardé en entender, descubrir, asumir qué era aquella bandeja sorprendente: café de verdad, zumo de mandarina, carpaccio de piña, empanadillas de arroz con leche y de membrillo, churros, magdalenas. -Es que me gusta hacer postres-. Te defendiste ante un resucitado alucinado. 
Comencé por el café y el zumo. Ya medio vivo, mordí una empanadilla de finísima pasta, luego otra, después otro vaso de zumo y más café y un churro, una magdalena, finísimas láminas de piña. Poco quedó de aquella ofrenda a los dioses del exceso. Yo volví de postre al postre que me había dejado ayer de madrugada rendido por el sueño del pésimo amante borracho. Desayunos dulces, amor y tiempo. ¿Hay algo mejor que esto en el mundo para dedicar  toda la mañana de un lunes?

Te llamaré Dulce porque así te recuerdo hoy. Dulce era tu sabiduría para hacer postres, desayunos, cualquiera de los rincones de tu cuerpo, dulce y suave era tu forma de entender la vida sin enojos ni aspavientos y esa forma tuya de despertarme acariciando con tus dedos mi cabeza. No me enseñaste nada, secretas eran las recetas de tus postres como secreta era la razón por la que cocinaste para mí todo el infinito repertorio de delicias.
Engordé esos meses. Tu ya estabas un poco gordita. Así nos salvábamos de clavarnos o entrechocar sin querer el engorroso hueso de la cadera o de la pelvis. Gorditos que no gordos, redondeados, suavizados los ángulos del cuerpo por el sabio hacer de los metabolismos.

Ya no estás. Me dejaste por estúpido el día en el que compré en el supermercado unos de esos flanes industriales o el día en el que me descubriste palpando ante el espejo la curva de mi felicidad. Así somos de estúpidos los hombres. Hoy cierro los ojos y puedo sentir el sabor ácido del dulce de membrillo tras el ligero crujiente frito o la textura melosa y fresca del arroz con leche o el sabor de tu piel a caramelo de melocotón, el sudor fresco de tus ingles a chantilly con moras, tus pezones a castañas en almíbar o tu ausencia, hoy, a barro seco o al estropajo húmedo que siempre dejo al fondo del fregadero.

Y hoy añoro tus postres. Por eso he aprendido por mi cuenta a hacer las dichosas empanadas. Basta tener unos membrillos maduros y amarillos como el sol. Hay que quitar sin prisa la pelusa y luego picar su dura pulpa sin pelarlos porque en esa cáscara amarilla se esconde su aroma más intenso. Después hay que dejar cocer despacio toda esa pulpa con un tercio de azúcar y un poco de fruta de la pasión, maracuyá la llaman en Brasil. Se va removiendo con cuchara de palo hasta que la pasta tenga un dorado apetecible, casi moreno. Con esa pasta ya fría se rellena una oblea de empanadilla o pasta filodoro o brik. Se fríen y se comen así, con la pasta caliente y su corazón fresco, como eras tú. Esta receta me la sopló luego Abraham un día en el que, depresivo, terminé en su restaurante para comer de postre a modo de fármaco euforizante un Pastel tibio de Chocolate blanco y Mousse de Maracuyà. Gracias tío.

Aquel día me habías dicho: -Mañana te haré esas que te gustan rellenas de arroz con leche-. Y yo me sentí dichoso, bendecido por tí, mucho mejor que cuando alguien que deseas y amas te dice que te quiere mientras abre su cuerpo sin demora. Qué fácil es a veces descubrir que la felicidad solo es eso, un puñado de arroz cocido en leche dulce, un platillo pequeño lleno de nácar espeso y fresco adornado con un palo de canela y una corteza de limón que tu me ofreces por nada. Entonces entiendes aquella fábula bíblica de cambiar un mundo por un plato de lentejas, porque el mundo inmediato y auténtico es ese, el del sabor intenso de un guiso de lentejas o de un arroz con leche.
Ya no estás, pero aprendí también a hacer tu arroz con leche para suplir tu ausencia. Saboreo durante un rato el saber milagroso que resulta de mezclar dos culturas, la de los comedores de arroz, la de los bebedores de leche, comulgar con más de media humanidad que sobrevive a base de estos dos alimentos y llenarlos del lujo del azúcar, la canela de Ceilán y el cítrico que llegó un día a nuestra historia por remotos caminos desde China. Pero no es solo historia, es tu arroz con leche o el de tu abuela o el de la suya. Después supe que cuando una mujer te promete hacer arroz con leche te está dando el corazón entero. Después lo supe. Ahora me pesa. Si lo hubiera descubierto entonces, en el momento mismo de morder tus empanadillas dulces, no estaría aquí, acabando uno de estos postres industriales e imaginado el sonido de tu voz cuando el jardín está en penumbra. -Dulce, vámonos a dormir, yo te prometo mañana para desayunar unos huevos fritos con torreznos-. No se si lo entendiste, creo que si, era también mi forma de servirte mi corazón en trozos pequeños para que luego los mojases en la yema.

lunes, 31 de agosto de 2015

TOSTADA CON PIEL DE TIERRA Y JEREZ FRIO


(Foto: Carla van de Puttelaar)


La piel de la tierra es azul como el lomo centelleante de las sardinas. La piel de la tierra es dorada con el pan que saboreo con los ojos cerrados. La piel de la tierra es verde como un simple ensalada de berros con parmesano. La piel de la tierra es roja como un tomate maduro, un lomo de atún, un solomillo crudo de buey, una centolla cocida. La piel de la tierra es el mar, el desierto, la estepa los bosques y selvas, los seres que la habitan. A veces también nosotros. Nos alimentamos de la piel de la tierra y en esa piel vivimos y a esa piel herimos llenando de cicatrices su paisaje.
Hoy para mi la piel de la tierra es tu piel. 

Nos alimentamos de sueños, de comida, de cariño, de agua dulce.
Sobre una gran y gruesa tostada de pan dorado, aceite de Córdoba, tomate rallado maduro, berros picados, lajas de parmesano y cinco anchoas en su punto. Para mojar el mundo dos copas muy frías de un Palo Cortado Valdespino. Sabe igual que besar un poco de la piel de la tierra. Después tú. Salada como el mar. Dulce como el membrillo.

jueves, 30 de abril de 2015

FRESAS CON LUNA


Poco a poco van desapareciendo los tótem y tabú de la regla, “La luna en tí” como tituló en un documental Diana Fabiánová. La menstruación nos muestra la sangre que somos, el ciclo natural de la fertilidad. Me gusta el diálogo de la película sobre la vida de Gil de Biedma. Él y su amiga Bel están en la cama, el quiere complacerla:
-      -  Espera, tengo la regla.
-      - ¿Qué problema hay? Soy un vampiro.
-        
Me gusta el color rojo de la vida, ya sea de la sangre que no sale por las heridas o de las fresas en sazón del mes de abril.

Reconstituyente inmediato tras acaloramientos motivados por gimnasias y magnesias: medio kilo de fresas, un plátano, cuatro cucharadas soperas de azúcar moreno. Batir, dejar congelar, sacar de la nevera, volver a batir con un poco de zumo de fresas hasta que tenga la consistencia de un puré helado. Si el esfuerzo ha sido mayor o no tenemos prohibiciones dietéticas se puede sustituir el zumo de fresas por medio vaso de nata líquida.

Rojo es el mundo, lo fue desde el principio de la historia, y antes. Y a quién no le guste  es que no entiende nada.



miércoles, 14 de mayo de 2014

QUESO CON UVAS

Foto de María Sánchez

Tacos de queso y uvas, como si nos hubiéramos escapado de una fábula de Esopo o de un verso de Homero. Y antes aceitunas y caballas asadas, igual que en la Odisea. El tiempo de vivir es sólo este. Por fortuna tenemos el tiempo largo y lento de los libros que nos prestan más horas, paisajes y caricias.

viernes, 19 de julio de 2013

SANDÍA

Pintura de Luis Egidio Meléndez
No hace tanto eran así las sandías. Con muchas semillas grandes y negras. Estas son del XVIII pero en mi infancia también eran así. 

Ahora no, las sandías son casi todas iguales, apenas tienen semillas y pronto serán cuadradas en lugar de redondeadas.

Durante las largas siestas veraniegas, en la casa de campo de mis abuelos, navaja en ristre, daba cuenta de una de estas gigantes sandías bien frías. Luego nos íbamos al río a nadar en plena digestión, flotábamos con el vientre dilatado como ballenas ahítas, con los ojos cerrados, dejándonos mecer por la suave corriente, sintiendo las capas frías y calientes de las pozas, los peces nos mordisqueaban las piernas y la espalda, y el tiempo, el tesoro del mundo, entero, era nuestro con todas sus semillas.



jueves, 20 de junio de 2013

MANZANAS ASADAS PARA LA CRISIS


Foto de A.  Mikhailov

Asaba unas manzanas a las que sustituí su corazón por mantequilla con azúcar, canela y un chorro de limón. luego rellenaba unas obleas de empanadilla con su carne templada y unos piñones tostados. Recién fritas y calientes las regaba con un poco oporto dulce.
Carpe diem, no hay futuro. Hoy estamos vivos. Haremos fiesta con los cuerpos antes que las manzanas se arruguen y la carne ya no pueda asarse con la mantequilla y el azúcar del deseo. Eso piensas. Esto escribo.

jueves, 21 de junio de 2012

SANDÍA PARA ABRIR VERANO


(Pintura de Patricia Watwood)
¿Cuál el mejor refresco para este abrasador julio en Madrid?.
A parte de tus besos, me como una sandía.

Devoro la sandía muy fría y muy dulce a grandes trozos y se me escurre el agüilla por la barbilla. Mastico su pulpa de agua, azúcar y sol.
Todo el mundo sabe que comer sandía da la felicidad.
Su origen está en el Kalahari, en Africa y no concibo mayor contraste que ese calor del desierto con este frescor profundo y pleno (gracias a ese pequeño invento llamado frigorífico). Del desierto pasó a Egipto, de allí a China y a Europa. Pocas frutas hay tan ricas, tan baratas, tan refrescantes, tan antiguas.

Recuerdo al enormes sandías de mi infancia y ese placer de tener en las manos media sandía fresca, abrir la navaja y comérmela entera bajo la parra del patio.

Todo el mundo sabe que compartir una buena sandía con quién quieres garantiza la pasión y duración de ese amor.

Si lo tuyo no es comer la sandía a lo bestia, puedes sacar bolitas con un instrumento de cocina que hay para ese menester y rellenar luego esa media sandía con las esferas. Rayas con un rallador fino un poco de chocolate 99% por encima y punto. lo podéis comer pinchando las bolitas con dos palillos largos de madera de los de hacer brochetas.
¿Cuál el mejor refresco para este abrasador julio en Madrid?.
A parte de tus besos, tus besos después de haber comido una sandía.

jueves, 17 de mayo de 2012

SOLOMILLO Y CEREZAS


Macero el solomillo de cerdo que antes he cortado en gruesos medallones. Escondo la carne en un espeso y rojo puré de cerezas con un poco de miel. Se queda allí la noche entera aguardando el momento de pasar a la plancha muy caliente.

En una sartén sofrío unos dados muy pequeños de panceta, mojo el frite con un chorro de jerez y unos cucharones del puré de cerezas. Cuando la salsa está a punto, ya fuera del fuego, añado un puñado de hojas de poleo fresco muy picadas.

No somos Nadie que diría Pessoa o Ulises. Todo es vanidad y prisa, máscaras del ego y ganas de tener sueños inertes, poseer cosas o sensaciones. Pero nunca fuimos Alguien. Tardamos en llegar a la tierra, inermes y desnudos, salir del cieno, aullar perplejos y sentirnos, de pronto, asombrados, bien y en paz. No hay nada mejor que ser Nadie. Sólo Nadie se salvó del carnívoro Cíclope, venció al la bruja Circe y a las jodidas Sirenas cantarinas.

Hay que ser Nadie hoy que es tiempo de cerezas. Corre la brisa de la tarde y los vencejos juegan sobre las olas invisibles de este aire. Ceno este guiso de madrugada. Saboreo la carne y el ácido dulzor de esta espesa salsa. Hay que hacer fiesta en primavera cada día, casi cada noche, por ser nadie.

Y no te digo, hoy, como saborearía el solomillo de tu espalda o tus cerezas.

viernes, 23 de marzo de 2012

COCKTAIL DE SILENCIO Y DE PALABRAS


(Foto de Jerry Ericco) 

Una clave del amor también es eso, disfrutar del silencio compartido, del silencio de antes o de después, mirada contra mirada, cuando solo vemos paz, gratitud, complicidad y misterio en los ojos que miramos. Y nos miran. La receta del zumo de silencio es muy difícil. Enseguida queremos llenarla de música o de ruido, de palabras necesarias, promesas, historias, relatos, deseos enunciados, cuentos y cuentas.

No hablo del silencio muro, del silencio que ensordece, del silencio cuando ya no hay nada que decir, ni deseo de decir. Hablo del silencio luminoso, intenso, lleno, el que aplaza el calor de las palabras por saborear la espera, el que es capaz de expresar muchas cosas con los labios cerrados y los ojos enfrentados.

Me dijeron que era muy silencioso, pero es que las palabras dicen muchas cosas que hay que saborear y para eso necesitamos lentitud y silencio. Y para romper el silencio, a veces, me gustan las palabras susurradas, dichas al oído, convertidas en unas gotas de zumo concentrado.

Mi zumo de silencio comestible lleva tiempo por delante, un poco de noche, zumo de melocotón fresco y zumo de zanahoria, dos chupitos de vodka, tres gotas de licor de plátano y tres hojas de menta, hielo picado, agitar en coctelera y servir en copas de cono ancho.

A veces logro hacer un poco de zumo de palabras. Cuando estás a mi lado y cocinar es un juego. El secreto de tus ojos es que en ellos se lee una vida que apenas imagino, adivino, sueño y en ellos están todo lo que has visto y temido y amado. El secreto de tus ojos, su atractivo, es que no puedo saber cómo miran y a dónde miran cuando contemplan el mundo. Y yo no quiero saber esos secretos. Para qué.

Tuve amores que me exigían hacer transparentes todos mis secretos, como si así el amor fuera más seguro o más verdad. En cambio tú no exiges nada, solo me pides con un abrazo un poco de zumo de palabras. Compartir desnudez, tiempo, comida. ¿acaso hay más?

Zumo de naranja, champán helado, el puré de dos fresas maduras. Tomar dos, tres, cuatro copas de este bebedizo y hablar tan desnudos como se dejen por noche las palabras. ¿acaso hay más? Esta es mi receta del zumo de palabras.

martes, 15 de noviembre de 2011

GRANADAS PARA DORMIR



(Pintura de Atsushi Suwa)
Me gusta mucho la ensalada de naranja, cebollas tiernas y granos de granada espolvoreada con una “mihina” de pimentón y sal. Me dices que en todas estas recetas hay últimamente mucho  sexo, pero yo no veo ninguno, solo palabras y sabores, memoria y fantasía. El deseo lo dejo para cuando estás cerca o cuando estás lejos y me acaricio de memoria. No soy un buen cocinero, ni un buen enamorado, ni un gran amante. Sólo puedo decir que pongo tiempo y corazón en todo lo que hago y que tiempo y corazón es lo único que tengo.

Tiempo de higos pasos, nueces, castañas y granadas. Una vez tuve un granado, le hice crecer despacio y fuerte a pesar de la tierra y el lugar. Luego planté otro cerca de un arroyo. Ese no es mío ni de nadie, crece despacio y fuerte libre de muros. Ensalada de granadas para cenar, del granado que crece libre y es de nadie.

miércoles, 6 de abril de 2011

BOCADILLO DE PRIMAVERA

(Ilustración de Claude Velinde)

Muchas veces volamos y soñamos sobre las ciudades en las que fuimos felices y sobre los libros que nos hicieron mejores.

Llegó de París. ¿cuántos años ya de amistad con ella?. ¿Treinta?. Y me trajo pan de Viena y una botella de Burdeos de la bodega de cierto exnovio rico que presumía gourmet y de barriga. Una amiga, después de tantos años, solo puede traerte de regalo felicidad, compañía, tiempo. Pan y vino.

Abrí la nevera. Había hecho ayer salmorejo de cerezas, tenía cebollas moradas confitadas con jerez y unos higaditos de pollo limpios adobados con pimentón de la Vera, orégano del Guijo y pimienta rosa. Tosté ligeramente el pan en el que había frotado un diente de ajo, extendí una capa de salmorejo, asé los higaditos fileteados y los coloqué encima y sobre ellos una fina capa de cebolla confitada. Cerré el bocadillo y abrí el vino.

- ¿Qué has hecho para comer?.

- Nada, unos simples bocadillos.

La amistad nos salva de caminar con dolor cuando no hay camino y todo es incertidumbre.

NOTA. El cómo del salmorejo de picotas: 100 g picotas (ahora aquí en Madrid las hay chilenas en el mercado, pero pronto las abrá tempranas de mi valle o del valle del Jerte, ahora "nevado" de flores blancas) dos tomates medianos maduros (que sean buenos), un vaso de aceite (o un poco más), sal, una pizquísima de un diente de ajo, pan asentado bueno (pistola madrileña no, por favor, puag). Todo en batidora de vaso: primero el pan en trocitos, encima echas el aceite, los tomates pelados, despepitados, troceados, el microtrozo de ajo, la sal, las picotas deshuesadas, esperas a que el pan se empape y ablande con el aceite y los juguillos del tomate (15 min.), entonces le das al botón de la bati, primero a velocidad baja, luego vas subiendo la velocidad y sigues hasta que el salmorejo te quede fino, fino, si queda algo líquido echa algún trozo más de pan hasta que quede consistente, como puré espeso (pero fino) corriges de sal y punto, te quedará con un color intenso y un sabor diferente. A parte de usar como "tumaca" en el socorrido bocata, yo lo tomo siempre como tal, como salmorejo, con trocitos de jamón por encima o, si quieres ya tirar la casa por la ventana y que te quieran para siempre, metes en el cuenco o tazón donde lo sirves cuatro o cinco percebes (desnudos, claro)

viernes, 29 de octubre de 2010

ZUMO DE GALAXIA

Sólo somos animales aunque soñemos con galaxias y versos. El precio es buscar el sentido de la vida, la plenitud, la felicidad, la magia… y cuando no lo encontramos nos hundimos. Pero luchar con el abismo es parte de la vida, ganar y perder, bueno, jugar siempre. Ahora con las crisis tenemos que nadar contracorriente. La magia se ha vuelto bien escaso.

Pero a veces la máquina preciosa que es el cuerpo es la que falla. Bioquímica, hormonas, glucosa, caos… Es necesario mirar al horizonte (y buscarse un sitio con horizonte), respirar despacio, valorar lo que amamos y utilizar ese trasto llamado licuadora para hacernos un zumo manzana, zanahoria, mandarina y menta.

El cuerpo a veces nos pide carne, otras pescado, otras un buen champan helado y otras veces un chute de frutas sin su celulosa (ese rollo de la fibra…). Bebo el zumo despacio y noto como el animal que somos lo agradece. Galaxias y versos.

Foto:Nebulosa NGC 2074, ubicada a 170 mil años luz de la Tierra, tomada por el Hubble

jueves, 16 de septiembre de 2010

LOS HIGOS FRESCOS DE LUIS MELENDEZ

(Pintura de Luis Meléndez) Pan de antes, higos de antes, estos son del siglo XVIII y están tan frescos.

Higos frescos, higos secos, subirse a la higuera, tocarlos para sentir cuales están maduros. Se les pueden hacer muchas mezclas y perrerías a los higos, con jamón ibérico, con jamón de pato, con mascarpone… hasta con caviar probé unos en cierto restaurante excesivo.

Yo los prefiero solos, cogidos de la higuera, frescos como las noches de septiembre y de pezón largo e interior rojo, por supuesto.

Nada tan mediterráneo y tan homérico. Tan metido en el inconsciente colectivo de nuestro paladar por muchas frutas nuevas, exóticas e inventadas que lleguen a la mesa.

Luego, ya en diciembre, higos secos rellenos de nueces, caminar por el monte o por las vides acechando liebres y perdices con unos cuantos higos secos en el bolsillo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

BUÑUELOS DE MANZANA Y NOCHE

Hablamos de nuestros amantes sobre le paisaje oscuro de la noche, volando por los kilómetros aunque yo me sentía con la cabeza en tu vientre y los ojos cerrados. Ellos y ellas que nos hicieron más sabios y mejores, ellos y ellas, que se fueron acercando a nuestras vidas por azar, placer, curiosidad, deseo, locura, ciudades, noches. Hablamos de nuestros amantes, pero no como quién habla de platillos ricos que saboreamos un día y que guarda aún la memoria sino como cocineros y cocineras que supieron aliñar el cariño, cocinar el amor, salpimentar el deseo y la sorpresa y nos enseñaron, muchas veces sin saberlo, donde están los secretos, las zonas sin nombre de los cuerpos, las caricias, los sueños, los besos, las palabras que hoy nos han hecho mejores personas, mejores amantes. Me gusta escucharte hablar de quién amaste y amas, me gusta hablar de quién amé y aún amo. Es cierto, algunas, algunos se convirtieron de pronto en extraños, en nada, pero la mayoría siguen ahí, en tu corazón o el mío, guardados con cariño en la memoria, camaradas de un tiempo ya pasado, si, pero no muerto, no olvidado, no frío.

Hablamos de nuestros amantes mientras nos acariciamos, compartimos también esas sorpresas, plenitud, tristeza, historias, encuentros y la noche parece que nunca va a acabarse, que por fin el tiempo es nuestro sobre la carretera. Esta vez serán buñuelos de manzana. Gajos de manzana pelados bañados en zumo de limón y menta que luego rebozamos con una masa hecha de leche aromatizada con palos de canela y corteza de limón a la que añadimos un huevo, levadura, dos cucharadas de azúcar, una pizca de sal y la harina fina suficiente para que la pasta quede espesa y se adhiera bien a la fruta y no se escurra. Freímos luego los gajos bien rebozados y tras sacarlos ya dorados les damos una lluvia fina de azúcar glas y canela o unas gotas de culí algo ácido de frambuesa. Imaginos estos buñuelos con unas irlandesas de Armagh o unas Jonathan de Nueva York o unas Fuji de la Rioja o unas Reinetas del Bierzo maduras, en su punto, perfectas todas para hacer estos buñuelos. Manzanas del árbol de la ciencia, pero no de aquel aburrido paraíso, manzanas que nos ofrecieron siempre esos y esas amantes de los que hablamos para que mordiéramos con hambre sus pieles suaves, tersas, jóvenes. Por eso ahora preparamos buñuelos de manzana. Añadimos a esa frescura de fruta en sazón, la seda templada del buñuelo, su dulzura nítida, su crujiente blando y delicado y, sobre todo el arte de poder hacerlos juntos, a cuatro manos.

Te miro a veces, por un segundo, en la oscuridad y no se donde me llevará este viaje. Ni me importa.

miércoles, 26 de agosto de 2009

YUCA A LA CUBANA

Pasarán muchos años pero el azul verde del Caribe seguirá coloreando Guantanamera y los “versos sencillos” de Martí. Ese fue el primer verso que se aprendieron mis hijos de memoria:
Cultivo una rosa blanca
En Junio como en Enero,
Para el amigo sincero,
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.
Pasarán muchos años hasta que vuelva a leer libros que se deshacen sentado en una esquina sombreada de la Plaza de Armas y a bucear persiguiendo peces azules y barracudas quemado por el sol duro del trópico.
Pasarán muchos años y volveré a La Habana asombrado aún de los flamboyanes, de la ciudad derrumbada, del mar, de las conversaciones largas por cualquier cosa, de esas mujeronas que fueron hermosas hace mil años fumando enormes puros sentadas en la puerta, de todos los viajes que no hice, de tu voz no cambiando con el tiempo. Ni tus ojos.
No puedo pensar en Cuba sin pensar en ti y en cierto cuento que escribí para ti y que he metido escondido en una historia más larga.
Mientras, voy a hacer puerco asado con yuca. Simplemente yuca cocida, “asustada” a mitad de cocción con agua fría para que se cueza antes, La troceo, hago un sofrito de ajo en aceite de oliva y cuando están dorados ponemos mucho zumo de limón. y está riquísima para acompañar esta carne grasa.
Pasarán muchos años. Demasiados. Te esperaré tomando ron viejo sin hielo, sin nada. No importará que no vengas a buscarme, me perderé por la belleza de La Habana y miraré los escotes de las chicas pensando que son el tuyo y miraré el mar Caribe y tomaré yuca, puerco, langosta asada, ajiaco, picadillo, congri y de postre guengel, tan bueno y helado de fresa. Esperar es un placer extraño. He aprendido el secreto de esperar y no esperar nada.

martes, 18 de agosto de 2009

HIGOS DE PEZÓN LARGO RELLENOS DE FOIE

(“Abrazo”, de Egon Schiele)

Tiempo de higos. Me gustan sobre todo los denominados de “cuello de dama”, en el norte de Extremadura se llaman “de pezón largo”, son higos de carne dulce, intensamente roja y con un intenso aroma. Me gusta mucho esa denominación “de pezón largo”. Eso en cuestión de higos. En cuestión de tetas me dan igual de pezón largo corto, brioche, pequeño, grande…todos me parecen estupendos. Los pocos que conozco.

Los de pezón largo se pelan muy bien y dan mucho juego para hacer platos ricos de verano, los higos, digo. Si los tengo recién cogidos y a ti no te importan a estas alturas las calorías de más o de menos, si de verdad tienes hambre y ganas de gastar después tanta energía, los haré rellenos de foie.

Es muy fácil. Marco en una plancha bien caliente filetitos de foie fresco salpimentados y meto pequeños medallones del tamaño del fruto entre las dos mitades del higo y atravieso el gustoso bocadillo con un palillo para que no se me deshaga. Como salsa utilizo una reducción de oporto seco con moras y tras retirarla del fuego y cubrir el fondo del plato de los higos rellenos, espolvoreo la pitanza con menta fresca muy picada.

Para beber con este plato me gusta mucho la sidra natural, ese contraste entre el ácido y el dulce es estupendo. Y luego hay que hacer un esfuerzo y gastar, antes de que nos pesen, todas esas grasas y azúcares y felicidad. Más si no las gastamos no importa porque es seguro que te embellecen.