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viernes, 27 de julio de 2018

JUDIONES CON LANGOSTA


¿Como nos llamamos los amantes de las legumbres?¿legumbrefilos?¿legumbrívoros?

En especial te gustaban los judías, sin despreciar  a las bíblicas lentejas o a los proletarios garbanzos. Te relamías por la conservadora fabada, las radicales fabes con almejas, las extremistas judías con liebre o mis refinados judiones con langosta. ¿Cómo no enamorarse de ti si además te sabías de memoria versos de Sexton y nunca dejabas la botella de vino a medias? ¿Cómo no amarte sin remedio si conocías los treinta y siete nombres con los que llamamos los españoles a las judías y hacías el amor de treinta y ocho formas diferentes?

No tenía gran misterio mi guiso. Bastaba cocer de forma ortodoxa unas buenas judías del Barco o de la Granja en un buen caldo de morralla, cebolla, zanahoria y laurel, más un fondo hecho con media docena de cangrejos triturados y colada su sustancia por el chino. Luego, en el último chup, añadía el puñadito de cilantro y las dos langostas crudas y troceadas vivas con la crueldad conveniente. No había en el potente guisote nada de trampa, atrezzo, cartón, ni disimulo.

No sé si me gustaba más verte comer o comerte, ver como rebañabas los caparazones de los bichos o rebañar yo mismo los jugos de tu cuerpo. Cuando hacía las judías con liebre había fiesta, cuando las hacía con almejas orgía, cuando las guisaba con los despojos del puerco había sesudas discusiones sobre el origen de la cultura legumbril española y después una búsqueda poco escrupulosa de todos los puntos G, K, Y, Z…

Pero después, a pesar de amansar con buen vino las fermentaciones, eran inevitables los gases. Ya lo decía Quevedo, con  seriedad, conocimiento y fervor legumbrófilo: “ Y es probable que llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues hasta que dos se han peído en la cama, no tengo por acertado el amancebamiento”

Pintura de Arthur Berzinsh

lunes, 23 de julio de 2018

FIDEUÁ VELOZ


Foto de: Waclaw Wantuch

¿Lentitud? A veces de verdad el tiempo es oro, no por lo que valga en los tristes mercados laborales o porque nos duela perderlo por los sumideros de todas las rutinas.
Deben ser las cuatro de la tarde. Te despertaste a eso de las doce. Ayer hubo ginebra Nordés, tónica helada, pedruscos de hielo de la Antártida, pedazos de regaliz nadando por las copas, no lo sé. Hay un punto de la embriaguez en la que todo puede irse rodando al barrizal o subir alto y nadar mucho rato sin cansarte sobre el cuerpo mojado de una nadadora. El filo es delicado, requiere de un lento aprendizaje, caer al barro o al mar. Caíste al mar, te lo bebiste entero, incluidos los moluscos y los peces, las mareas y las algas de lugares profundos, abisales. Esta mañana el sol mordía tus ojos. Bastó de nuevo volver a la marea bajo la sábana, no importa la resaca. Beber con sed hasta la sal del cuerpo que te abraza. 

Deben de ser las cuatro o las cinco de la tarde. No habéis comido, tan solo el uno al otro y eso, siento decirlo, es siempre poco alimenticio. Para esos momentos tienes la solución, escondes un secreto, has copiado la fórmula precisa para guisar en cinco minutos una potente golosina caliente que os llenará de fuerzas y de ganas para seguir jugando a las ballenas. Guardas un buen caldo de morralla congelado en el que además escondiste pedazos crudos de sirena o bogavante, da igual, y su sofrito. Lo pones a calentar en la paella, añades fideos gordos y en seis minutos tienes el festín. Imprescindible vino, blanco, bueno.

¿Lentitud? A veces, las menos, hay mucha prisa para seguir nadando y no puede uno o una, demorarse en largos cocimientos, aliños delicados, preparaciones largas, estrechas y de libro. La fideuá no viene en los bonitos libros de cocina afrodisíaca, pero hazme caso, borrará tu hambre más no tu apetito de sirena o de mar de los sargazos.

martes, 13 de febrero de 2018

QUESO RECONSTITUYENTE



Mi patria huele a bosque, otoño y queso, a vino tinto, muros de adobe, libros usados y camino largo.

En La Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson, Ben Gun, ex tripulante del Walrus, fue abandonado en la isla por sus compañeros de tripulación, allí se vuelve loco, pero encuentra el tesoro. Sin embargo su sueño, su obsesión durante todos esos años de soledad no es el oro o la riqueza descubierta, ni salir de la isla, es…. ¡comer queso!. Ben se pasará todo el viaje de vuelta devorando un gran queso.

Sin duda el mundo sin el queso sería un lugar mucho más triste y más aburrido. También el amor sería más triste y aburrido sin queso. No quiero describir aquí las cosas que se puede hacer mezclando el queso y el amor. Pero ya puedes imaginarlo. Es fácil.

A mi me gusta mucho una recetilla simple, rápida y sincera, muy cacereña. Hacer unos saquitos con pasta brik en los que pongo una cucharada de queso de Torta del Casar con unos dados pequeños de manzana (Reineta Gris) y trocitos de nueces nuevas, se fríen en aceite caliente y se acompañan con salsa ácida de frambuesa de la que hacen en el Guijo de Santa Bárbara.

Seguro que te gustan. Si quieres te lo hago y luego te cuento a que sabe el queso con amor.

Dibujo de mi apreciado Mihaly Zichy.

jueves, 25 de enero de 2018

PIZZA Y SEXO



La pizza y el sexo permiten sus heterodoxias. Pasar del penetrismo falocrático a chupar las corrientes subterráneas del mar de los sargazos, olvidarse de las recetas tópicas e inventarse un aliño diferente, sin prescindir nunca de mi querido orégano y su monte.

Soy un vago, paso la masa de pizza que he amasado hace un rato por la maquinita de hacer pasta para lasaña. Me salen unos cuadrados de ración, largos y delgados, que luego afino aún más con el rodillo. Sobre la masa extiendo una buena capa de una pasta rosa fabricada con mascarpone y tomates secos que tenía en aceite, bien triturados. Añado unas anchoas y un generoso esporrío de orégano recogido por mí al comienzo del verano. Horneo a doscientos diez las cuatro pizzas sobre la piedra de panadería diez minutos.

En la cocina y el sexo hay mucho blablas y mucho kamasutro, mucho misionero soso y vegetariana integrista. A mi me agota siempre la teoría, la discusión sobre el arte, la indagación sobre el origen del mundo o las revoluciones pendientes. La pizza recién hecha esta muy rica, igual que tú. Además me pone que me digas que utilizo siempre mucho aceite, que hago comidas que engordan, que mis menús son de antes de la revolución industrial, que los extremeños amamos el colesterol y sus transubstancias. No te voy a engañar, esta pizza te llevará directamente al infierno. Es un rollo cocinar pensando en la vida eterna o en ser sublime sin interrupción. Vamos a comer. Luego seguimos la lectura.

miércoles, 17 de mayo de 2017

TASQUIÑA CUNNILINGUS



Pensaba que era una broma de las tuyas, que nadie en su sano juicio o con un mínimo de experiencia comercial se atrevería a utilizar ese nombre para un restaurante serio, el marketing pone límites a lo políticamente correcto. Te reíste con la boca abierta, dejando que tu risa inundase la estrecha calle de la parte vieja de esta ciudad acunada por el mar más bronco que conozco. Y repusiste: ¿Qué pasa, es que "la almeja feliz", "el mejillón caliente", "la chirla en salsa" o "la vieira de Venus" serían mejor nombre para una tasca en la que solo guisan unos bivalvos? No pensaba que fueras tan puritano, precisamente tú. A mi me gusta mucho el nombre, ¿es que a tí no?. Y hasta me recitaste al volver la esquina un verso sagrado del Cantar de los Cantares 7:2 Tu vulva es un cántaro, donde no falta el vino aromático.

Pero nada hay de erótico festivo en el lugar más allá de los guiños inocentones de las fotos de la carta y el nombre grabado y rotulado con dorada sencillez en una tabla de madera de raíz de nogal en la que también hay tallado en blanco y negro el dibujo de un remilgado comensal amante de ese juego. Tampoco los parroquianos que ocupan la barra y atiborran el pequeño comedor del fondo que da al puerto parecen muy aficionados a los versos de Salomón o a degustaciones equinocciales en el fin del mundo o en su principio, que diría Courbet. La tasca ofrece mejillones, ostras de varias calidades, zamburiñas, berberechos, almejones de carril, vieiras, carísimas orejas de mar, navajas, pechinas y otros ricos moluscos de la mismas familia lamelibranquia, guisados en su punto y a precios razonables que pueden acompañarse con vinos de la tierra:  Monterrei, Rías Baixas, Ribeira Sacra, Ribeiro o Valdeorras. Su dueño, una cocinero cincuentón y simpático, se encarga de nomadear por los puertos cercanos de la Costa de la Muerte para comprar su fresquísima y deliciosa oferta de golosinas saladas. Indago en el porqué del nombre y no me dice nada, me guiña un ojo y se escapa a la cocina a por más comandas.

Pedimos una botella de Albariño, unos mejillones al aroma de albahaca, unas vieiras apenas marcadas en la plancha y unas almejas del carril abiertas con un punto de vapor y casi crudas. Todo el mundo anda chupando y rechupando almejas, sorbiendo sus caldillos, practicando golosos y castos cunnilingus entre ruidosas conversaciones, brindis y carcajadas. Una mulata con el cuerpo de un dibujo de Manara y la piel templada por el trópico sale de la cocina con nuestro último guisote, una fuente generosa de berberechos humeantes. Es Marina, su mujer, ¿qué miras tanto? Se burla mi amigota.

Hay a quienes no les gustan las almejas. Se intentan defender diciendo que saben demasiado a mar o a naufragio, que no les gusta ese tacto medio gelatinoso y medio vivo en la lengua o que esos bichos se alimentan de detritus y miasmas, planctomes infames y limos sospechosos. Tonterías. Son los mismos que rechazan beber el citado vino aromático alabado en el cantar de los cantares por el mismísimo rey Salomón, suponemos que en honor a la reina de Saba. Yo ya tengo en mi imaginación su mítica estampa, imagino que era de la misma estirpe africana que la cocinera de este restaurante.

Hay quien tiene miedo a las palabras distintas, las almejas jugosas, los sabores profundos, la piel mestiza, chupar los caldos marinos o beber en exceso. Buscan extraños argumentos, patrañas elegantes, discursos agrietados, ñoños y puritanos. Si no sois de esos o de esas visitad esta sencilla tasca, podréis comer delicias escondidas y beber el elixir que guardaron los dioses en este lugar cerca del fin del mundo o de su origen.


Publicado en:
http://www.entretantomagazine.com/2014/08/15/tasquina-cunnilingus/

martes, 26 de enero de 2016

SOPA DE TOMATE

Viajar adentro, allí donde se guardan los sabores, donde se esconde lo único que somos y podemos compartir, debajo de la piel, debajo del cortex, detrás de las palabras. A veces tocamos la memoria y a veces el amor, muy pocas veces. Tal vez por eso hay tanta fantasía y tanta ganga en torno a ese lugar. Viajar a dentro, no en el estrecho corredor entre sus piernas, ni al lugar que mira cuando cierra los ojos, sino aquí mismo, su aliento en tu boca, la sonrisa chupando la sustancia animal que nos encarna, la lealtad de los cuerpos asombrados de estar allí metidos y tan juntos.

Ha preparado para después un poco de sopa de tomate y fiambre de pollo rellena con queso de cabra. Dos botellas de vino para beber a pequeños sorbos toda la noche. Lubricante, velas de olor, santamaría de cosecha, bombas para la bañera y apenas media docena de palabras muy sucias o muy inocentes que ya no recordaba.

El hambre va acechando y el deseo tarda en activar de nuevo las ganas de furia y fiesta. Pasa la lengua ahí dentro, allí, en ese lugar y no tiene que hablar para que su cuerpo repose de otra forma, ofreciéndose. Beben el primer sorbo de vino de sus bocas, representan así los versos de Khayyam que tal vez no leyeron. Huele a comino fresco mientras la sopa se calienta. Corta el fiambre de pollo en láminas muy finas y hace bocadillos. Va pasando la tarde, la noche, la mañana. El ruido de la vida suena leve y lejos como cualquier otro sábado y domingo, pero allí dentro ha comenzado otro año, otra era, mil siglos. Será una chispa el tiempo pero a veces se toca la arrogancia de detener su golpe. Vente dentro. Dice ella. Ven dentro. Dice él. Y el viaje comienza sin saber de nuevo a donde ni hasta cuando, sin saber si habrá reposo o desastre, desmemoria o belleza. Y qué importa. Afuera están las ruinas, delante están las ruinas, los caminos desolados que conocen de sobra,  la humillación de haber perdido tantas veces los días parecidos a hoy en otras casas. Y qué importa si están dentro todavía.

Foto de: Saul Leiter a Bárbara

jueves, 17 de septiembre de 2015

ALCACHOFAS CON PERDIZ


No consigo recordar. Recordarla. Ni siquiera su olor. Y si no hay olor poco se puede inventar. Una vez, hace unos días, recordé su voz. Caminábamos por Madrid sin ninguna prisa, sin nada que esperar. Me cogió de la mano como una adolescente. Recorrimos muchas calles bajo una nubes grises que nunca nos mojaron.
Ahora no sé si recuerdo su cuerpo o me confundo. En todo caso es seguro que hoy, tantos años después, ese cuerpo ya será otro. Mi cuerpo tampoco es ahora el mismo. Luego, dormida, respiraba muy despacio, como si casi no necesitara el aire su cuerpo de nadadora. Su piel tenía un tono más claro donde esos meses le había tapado el bañador.
No consigo recordar. Esto es hacerse viejo. Eso y no desear. O pensar esa estupidez de que ya hay muchos libros que nunca podremos releer. Si pudiera recordar su olor sería distinto. Cuando se fue dejamos de vernos sin mayor drama o desaire. Volví a casa dando un largo rodeo por el mundo. La primera vez que descubrí que ya no la recordaba estaba cocinando un guiso de alcachofas con perdiz. Es un plato de fiesta, suntuoso e intenso, aunque esa vez estaba solo y todo era dudoso por delante. Estofadas las perdices con su mucha cebolla, su cabeza de ajo, sus laureles, tomillos, aceite, vino y vinagrillo, luego cocemos los corazones de alcachofa en ese caldo de caza junto a una patata. Deshuesamos las aves y añadimos su carne limpia en el último hervor de la verdura. Desearía recordar sobre todo su olor. Sin olor la memoria es sólo un triste cine, una novela de ibook, un guiso por la tele. Apenas nada.

Hoy he vuelto a cocinar las alcachofas con perdiz. No consigo recordar como era su cuerpo o porqué me enamoré con tanta intensidad. Mastico un corazón de alcachofa con un pedazo de carne de perdiz. Es seguro que también ella me olvidó. Todo lo arrasan los días que una vez fueron porvenir. Pero lo más triste de todo es eso, olvidar un olor. (de: “El Barco Caníbal”. Fragmentos desechados)

sábado, 14 de febrero de 2015

50 sombras de Grey. PRÍNCIPES O RANOS



Sadomaso fino, sombras de Grey, azotes, fustas, ataduras, disciplina inglesa, no quieros pero si quieros sin decir que lo quiero… qué pereza. El sexo y la violencia no casan bien en mi cama y en mi mesa. En el sexo no paso de los mordiscos suaves que nunca dejan marca, en la mesa puedo morder más fuerte una buena carne sangrante y poco hecha pero de ahí no paso, no por pudor, represión o censura, sino porque no me da gusto atar a nadie o latigar un culo o dejar mi huella en piel ajena. Aquí con Corín Tellado ya tuvimos suficiente como para que ahora se ponga de moda una Corín Tellado guiri con orgasmos derivados de ataduras y moratones.  Encima con un principijo, pero ni aunque fuera un pijoaparte.



Podemos besar al príncipe o comernos sus ancas. Como ni tú ni yo creemos en príncipes azules ni en princesas ilustres, preferimos unas buenas ancas fritas, rebozadas en tempura, que mojamos en una salsa de tomate y guindilla de La Vera. Las ranas, como todos los reptiles, están protegidas en España y en peligro de extinción, así que serán ranas de piscifactoría. Para besar a una rana, chico o chica, hay que saber que detrás de muchas apariencias “de rana” hay belleza y encanto y felicidad.


Siempre mejor besar rana que principijo Grey.

PD: En Extremadura nunca se llamaron "muslos de ninfa" como en Francia, pero gustaban mucho entomatadas. Ya son plato arqueológico, esperemos que pronto también sea arqueológica la violencia de género.

miércoles, 11 de febrero de 2015

ARROZ NEGRO y sonreíd...



Vuelvo al arroz como se vuelve a los brazos de la amante a quien no escondemos la torpeza de nuestro deseo, ni las ruinas de lo que ya somos, ni las palabras secretas que nombran lo que nos gusta de verdad.

Vuelvo al arroz como quien vuelve a la única patria que sabe nuestro nombre y que no ocupa territorio alguno sobre la tierra, tan solo una pequeña orilla junto al salitre que bebo entre tus piernas.

Vuelvo al arroz, al caldo de moralla, la carne de sepia y el sofrito, la tinta de mar y el socarrat perfumando el medio día y tu sonrisa. Vuelvo al arroz como quién se cansó de un largo viaje por intemperies y estepas y necesita de abrigo y de ensenada por un rato.

Porque sólo con quién rendimos hasta las últimas murallas de los cuerpos podemos atrevernos a comer un arroz negre y sonreír enseñando los dientes y la lengua. Dejamos atrás, ya muy lejos, todo pudor o espanto, las dudas, las retóricas, la conquista del confín, el brillo de los veinte, el maquillaje de fingir y la prudente penumbra. El sol está muy alto y las cortinas abiertas te muestran como eres o como siempre fuiste, ninguna derrota empañó tu hambre, ninguna década borró tus ganas, ningún sueño perdido agotó vuestras fuerzas. Volvemos al arroz y a sus secretos, a compartir a cucharadas aquello que nos gusta tener en el plato, entre los labios o las piernas. Porque sólo quien se atrevió a estar a nuestro lado y meter el tenedor en nuestro guiso, con quién habitamos lecturas y películas, ponzoñas y elixires, arcadias íntimas y cotidianos hades podemos entrever cual es el truco de vivir y resistir.

Haced la prueba. Convocad en una paella para dos un arroz negre, compartid la intensidad de ese sabor y luego sonreíd, reíros, mirándonos a la boca, de estrépito ridículo de ahí fuera. Si tras la risa y la comida, sin ducha ni dentífrico, convocáis de postre besos y caricias, mordiscos y gimnasias de memoria, todo está dicho, eso es amor, lo demás vulgar literatura.


Foto de Lina Scheynus

martes, 21 de octubre de 2014

SOBRE EL PAN Y OTRAS GOLOSINAS


Dice Paul Eluard eso de “te amo por todas las mujeres que no he conocido,/ te amo por todos los tiempos que no he vivido,/ por el olor del mar inmenso y olor del pan caliente”. Es francés y claro, el olor es importante para él. El olor en el amor, olor a mar limpio y a pan exquisito. Eluard sabe mucho. Son razones potentes para un francesito educado. 

¿Nos enamoramos de un sueño, un recuerdo, una sonrisa, las curvas de un cuerpo, un carácter, un olor, un no sé…? Un amigo, un poco simple me preguntó una vez cómo me gustaban las mujeres, no quise liarle diciendo que no tenía ningún “prototipo” y que el plural genérico no puede conjugarse con el gusto o el deseo en materia sexual. Aún así se me fue la lengua y le dije: me gustan listas, valientes y guapas. Han pasado veinte años y el mismo amigo me preguntó el otro día más o menos lo mismo, (debe importarle algo mi arbitraria opinión, ignoro porqué) y le contesté sin pensarlo demasiado: me gustan sabias, atrevidas y hermosas.

No le expliqué que es para mi la sabiduría o la belleza, seguro que mi opinión es muy distinta a la suya. Tampoco le expliqué lo de la la valentía o que para mi era muy importante el sabor. Utilizamos todos similares palabras para aludir, pensar o soñar cosas muy distintas.

El verso de Eluard es precioso: “el olor del mar inmenso y olor del pan caliente”, ¿pero porqué no el sabor de unos erizos recién abiertos y de un pan tumaca?, ¿de unas hortiquillas fritas y unas tostadas con aceite?, ¿de unos boquerones en vinagre y un cuscurro pringado en salsa de oronjas?, ¿de unas quisquillas y ese pan del Guijo que pellizco nada más salir de la panadería?. El sabor no engaña, el olor a veces si. No quiero aludir al tópico de lo bien que huele un perfume y lo mal que sabe o lo mal que sabe un queso y lo rico que está. De niños comprendemos el mundo metiéndonos todo en la boca, primero nos metemos (o nos meten) la teta y luego todo lo demás, es la “fase oral” que decía cierto tipo con barba (Sigmund Freud disfrutaba del buen vino, la cerveza, el champán, comer bien, rematar el festín con un buen habano, entiendo por eso que hablase de la fase oral con tanta naturalidad y conocimiento de causa). Creo que algunos de nosotros no pasamos de esa fase oral. Un plato, un guiso, puede ser bonito, artístico, estético y hasta oler bien pero en la boca saber insulso, aburrido, extraño, mal…También una parte muy importante de la belleza de un cuerpo está en su sabor y quién no disfrute de esa forma invisible de belleza se pierde la parte rica del amor.


jueves, 24 de julio de 2014

ENSALADA DE JUDIAS Y BERBERECHOS


Foto de Carl Warner
Le gusta oler los tallos verdes que tienen los tomates. Acaban de traerlos, aún tibios. El tacto de piel adolescente de las judías verdes. El aroma a mar de los berberechos vivos. Tras pelar los tomates, corta en dados su carne y en pedazos  regulares las judías ya cocidas, añade cebolleta muy picada, luego los berberechos recién abiertos al vapor, sal, un poco de zumo de limón, un chorro largo de aceite. Cocinar le hizo siempre sentirse libre y útil. Tener la certeza de que al menos sabía hacer algo con las manos. No era mucho.

Hace un calor intenso, un aliento africano que empuja a la ciudad hacia un sueño Sahariano. Se refugia en un granizado de lima y hierbabuena y se deja deslumbrar por el libro de James Salter. Nunca supo acertar donde guardar la dicha ni donde atesorar toda esas seguridad con la que se disfrazan los hombres de su edad. Él se siente vulnerable como un adolescente, pero también arrogante, casi siempre perplejo. Lo que sabe nunca lo enarbola. Con tres palabras puede despellejar, extraer la glándula con la que el otro rocía de líquido, de dudoso poder, de chulería educada. Nunca lo hace. No hay nada más patético que un hombre de su edad que no puede dejar de mirar el trasero de las chicas que bajan por la calle con sus culos metidos en pequeños vaqueros recortados. Tipos que aceleran en el semáforo. Miran un reloj cuyo precio es idéntico al sueldo de un año de cualquiera. Saben más de cinco nombres de marcas de ginebra azul y tienen vacaciones en lugares que suenan lejanos. Pero él no sabe nada y de eso si presume. Ignorar le llena de energía, le empuja a seguir allí, aprender, mirar el mundo con asombro, vaga por él, toma notas con sus ojos, escribe algo en el cuaderno, se siente libre bajo la vieja camiseta aunque no  posea nada, casi ni tiempo. O por eso.

Cierra los ojos al meterse en la boca un berberecho o un pedazo de tomate, al tocar el libro, al sentir el calor intenso de la tarde. Ellas en cambio si han aprendido. Son más sabias y no son conscientes de esa ciencia secreta. Unas pocas no pudieron salir de la rabieta silenciosa de haber perdido ayer los treinta, se envenenan con afeites y fármacos, con trapos de colores y con tintes cada vez más rubios. Pero la mayoría son sinceras con el dolor del tiempo. Miran de frente sin esconder casi nada, no se dejan engañar por los cotorreos de los teóricos de la autoayuda, la pereza de sus amantes, las idioteces que recitan las lideresas del mundo o la cara de amargura mal disimulada de la nueva reina. Ellas lo han descubierto casi todo. Saben lo que de verdad importa y lo que no vale nada aunque sigan el juego, la corriente y se pongan a veces el mismo pantalón vaquero de sus hijas y se pinten de rojo los labios. Tienen derecho a esas ínfimas debilidades.

No es mucho saber cocinar. Es casi nada. Termina la ensalada y el libro. Dicen que Venus salió de un berberecho, eso pintó Botticelli más o menos. Para él salió de un viejo libro o de un tomate en sazón.

jueves, 17 de mayo de 2012

SOLOMILLO Y CEREZAS


Macero el solomillo de cerdo que antes he cortado en gruesos medallones. Escondo la carne en un espeso y rojo puré de cerezas con un poco de miel. Se queda allí la noche entera aguardando el momento de pasar a la plancha muy caliente.

En una sartén sofrío unos dados muy pequeños de panceta, mojo el frite con un chorro de jerez y unos cucharones del puré de cerezas. Cuando la salsa está a punto, ya fuera del fuego, añado un puñado de hojas de poleo fresco muy picadas.

No somos Nadie que diría Pessoa o Ulises. Todo es vanidad y prisa, máscaras del ego y ganas de tener sueños inertes, poseer cosas o sensaciones. Pero nunca fuimos Alguien. Tardamos en llegar a la tierra, inermes y desnudos, salir del cieno, aullar perplejos y sentirnos, de pronto, asombrados, bien y en paz. No hay nada mejor que ser Nadie. Sólo Nadie se salvó del carnívoro Cíclope, venció al la bruja Circe y a las jodidas Sirenas cantarinas.

Hay que ser Nadie hoy que es tiempo de cerezas. Corre la brisa de la tarde y los vencejos juegan sobre las olas invisibles de este aire. Ceno este guiso de madrugada. Saboreo la carne y el ácido dulzor de esta espesa salsa. Hay que hacer fiesta en primavera cada día, casi cada noche, por ser nadie.

Y no te digo, hoy, como saborearía el solomillo de tu espalda o tus cerezas.

lunes, 12 de marzo de 2012

BERENJENAS FRITAS Y TIRAS ASADAS DE SECRETO



(pintura de Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Montfa)

Encendió el fuego fuera quemando el invierno entre los rastrojos secos y los tocones de la encima muerta. Sintió entonces esa felicidad intensa que no provoca palabras ni acertijos, que nada pregunta ni desea.

Luego, más tarde, asó tiras de secreto ibérico en esas brasas e hizo fritas unas lonchas muy finas de berenjena, enharinadas antes, hasta que quedaron doradas y crujientes.
Para aliñar un menú tan simple y primitivo fabricó un chimichurri con poleo, salvia, melisa, limón, aceite, pimienta y tomate rallado.

Extendieron un mantel encima de la cama y comieron con los dedos. Mojaron en aquella salsa fresca la carne tierna y jugosa. La berenjena frita la comieron encima de unas finas tostadas de pan de hogaza.

Cenaron a las seis contemplando cómo la luz de caramelo de la tarde vestía los olivos, la sierra, el interior de la casa, la cama en la que estaban… de una piel ámbar y dulce.  El almendro de fuera y las dos mimosas se gritaban la vida. Ella se durmió pronto y él, antes de perseguirla por el sueño, como antes lo había hecho entre las sábanas, recordó aquellos breves versos de Andrés Trapiello.: Un ruiseñor extraño / se vio en enero / sobre desnuda rama. / Silencio y sueño.

miércoles, 22 de febrero de 2012

MARISCADA PARA DOS II (GAMBAS)



Los sociólogos tenemos la manía de la segmentación, la definición de perfiles, de target, de poner etiquetas a las buenas gentes, llamadas también "consumidores" para mejor venderles inventos, chismes, ilusiones, macarrones, coches, ideologías, zapatillas, implantes capilares, móviles y tantas cosas inútiles. Y ese vicio, deformación profesional o manía es difícil de erradicar, así que hoy me sorprendí etiquetando a las personas en función de su pose, postura, actitud o gusto ante el marisco en general y las socorridas gambas en particular. Y me salió una segmentación con cinco perfiles básicos:

- Los que aborrecen el marisco por ser alérgicos y por lo tanto las gambas para ellos o ellas son seres infectos y venenosos.

- Los que les repugnan esos bichejos que son como insectos marinos a todas luces insalubres y cargados de miasmas.

- Los que consideran comer esos bichos algo muy ordinario y casi abyecto, que ha de hacerse en la intimidad y con un punto vergonzante como el sexo anal o escuchar a Jiménez Losantos.

- Los que sólo las comen con cuchillo y tenedor como les enseñaron en ilustres colegios y casas con ringorrango, pero más que comer gambas parece que estén operando a corazón abierto a un diminuto marciano o haciendo la autopsia a un pariente lejano y poco querido.

Los que las devoran con los dedos y rechupan la cabeza con fruición vampírica rebuscando en el cerebelo del crustáceo no se sabe que esencias dionisiacas.

Como soy chico y hetero, la citada segmentación, a lo largo de mi vida, me ha servido para descubrir afinidades y empatías amorosas, sexuales, ideológicas y de otro tipo más secreto. Con los cuatro primeros perfiles las relaciones no fueron demasiado exitosas por motivos y conexiones prolijas de contar ahora, y sólo con las chicas que chupan las cabezas y comen las gambas con los dedos he sido feliz.

Sé que como test de afinidad es poco sofisticado, pero a mi me ha funcionado. Un psicoanalista se relamería buscando fundamentos erótico-festivos, represiones oscuras o edipos gargantuásicos  a esta afirmación, uno, claro, al que no guste comer las gambas con los dedos y rechupar con golosineo y con lengua la cabeza.

PD: Oye, que mi oficio es muy serio, a pesar de las cosas que diga el colega ese al que han hecho ministro de educación. "Hay gente pa tó", que dijo "Guerrita".



lunes, 12 de diciembre de 2011

MIGAS EXTREMEÑAS CON CHOCOLATE

Hoy quiero hacer migas extremeñas con chocolate, receta de mi abuela Ángela, plato de invierno, de hambre y pobres ingredientes aunque tiene también el lujo asequible del cacao. Uno de los platos que más feliz me ha hecho a lo largo de mi vida.
No sé si eras tú o mis veinte años o las reparadoras migas con chocolate que hacíamos a veces para comer, pero nunca he vuelto a echar cuatro polvos seguidos. No había entonces afán de record, ni arrogancia macho, ni intención alguna. Las ganas, la energía, la erección venía de alguna parte que de verdad desconozco. Nunca he creído en elixires, ni afrodisiacos aunque hoy la química por fin hace milagros. Quiero pensar que eras sólo tú.



Vivía entonces de prestado en uno de esos bloques informes construidos por Banús junto a la M-30. Al lado del portal estaba la única carnicería de carne de lidia de todo Madrid, el resto de locales eran una extraña mezcla de bares de alterne y diminutas mercerías sin clientas. Me sentía un desterrado en aquel barrio después de haber vivido muchos años en la calle Segovia, la Cava Baja, la calle Toledo, a dos pasos del centro de todo el universo. Pero allí, a pesar del barrio hostil, en aquel piso anticuado y feo nos amábamos de seguido a veces días enteros, nos sorprendía el sueño a media tarde exhaustos, escocidos, con agujetas, felices y con ganas aún de otro baile.


No recuerdo si te enseñé a picar migas, freír en su punto justo las patatas y la panceta, los ajos, el pimentón sin que se quemara. A remover la sartén para que nos quedasen siempre suaves y esponjosas y el chocolate líquido y caliente con un punto de amargor. Igual que miga a miga agotaba mi plato, recorría miga a miga tu cuerpo explorando sabores, buscando el mordisco esponjoso del pan, el gusto acre de tu pimentón, la melosa patata, el salado pleno de la panceta, el dulce amargor de tus rincones, descubriendo con asombro pueril que hay más sabores en el cuerpo de una mujer que en un plato de migas. Nunca después he podido amar tanto y tan seguido y tantas ganas siempre.


Cuando me vuelven a la memoria esos días por sorpresa o voy por la M-30 y paso por delante de esos enormes edificios creo que también tuvieron su parte de culpa aquellos platos de migas con chocolate. Entonces no poseía casi nada, ni siquiera proyectos, solo el tacto caliente de tu piel y esa forma tuya de mirarme con deseo, sin prisa, sin reproches, sin dudas. Paso de largo. Nunca he vuelto al portal. Pero puedo verte ahora como entonces comiendo ambos las migas de la misma sartén o asando uno de esos filetones  oscuros de carne de toro que comprábamos abajo por cuatro duros y decías siempre que parecían de dinosaurio o leyendo esos versos arrogantes, anticuados y extraños de Keats o de Lou Reed, que me sonaban tan a verdad en tus labios recién salidos de la adolescencia. Así te recuerdo hoy, con ganas de hacer la vida a tu medida, sin pensar en los límites, más llena de vida que el mar, habitando sin saberlo en todos los libros que luego fui leyendo y todas las ciudades a donde nunca iré. Sólo lo que perdemos llega a ser paraíso.

Es domingo y me atrevo a hacer esas migas porque el año se va terminando y todo vuelve a ser tan precario para mi como entonces. Pero no echo de menos nada, tal vez solo la voz atenta de la abuela Ángela explicando la receta y mis ojos de asombro ante ese primer plato de migas humeantes junto al tazón grande de chocolate. 

viernes, 2 de diciembre de 2011

GUERRA DE MORCILLAS


Y fue entonces, un día cualquiera, muchos años después, cuando casi nos chocamos al doblar una esquina. Así es Madrid, traidor y malicioso. Tras el choque, como eran ya casi las siete nos fuimos a tomar una cerveza. Esa fue la excusa para mirarnos a los ojos y comprobar si el tiempo y la distancia habían hecho los estragos suficientes. Después de los ojos fueron los dedos durante la cena y más tarde tuve por delante muchas noches para ir recordando como eras. A esta edad, pasados los cuarenta, los amigos y las amigas vuelven a creer en fantasmas, hombres del saco, sacamantecas, monstruos de pesadilla que tienen nombres extraños y aterradores: cáncer, infarto, hipertensión, colesterol, alopecia, menopausia y algunos piensan que ya no queda tiempo. Entonces toman prestada la ropa de sus hijos o sus hijas, se apuntan a un gimnasio y comen ensaladas, follan con algún cuerpo quince o veinte años más joven y compran cremas que valen su peso en oro, engullen potingues con gingseng y se gastan los ahorros en un deportivo o un poco de cirugía.

Distancia. Durante veinte años seguimos escribiéndonos cartas sin volver a vernos nunca. Construimos un mundo paralelo de cercanía que temíamos romper si volvíamos a estar frente a frente. Eso es la distancia. Eso y nuestras diferencias ideológicas en torno a la morcilla que ahora nos separa, precisamente ahora que no podemos estar más juntos, ombligo con ombligo. No fue difícil para mi coger cuatro pantalones  y volver a tu casa. No fue difícil para ti dejarme una de las habitaciones de tu vida con derecho a cocina. A veces la vida es así: fácil, simple, dulce. El mundo es ya bastante cruel y complicado como para que dos amantes cuarentones no sepan como hacer del amor un lugar confortable y con chimenea en el que quemar el tiempo. Pero no está bien dar en las narices a los lectores con nuestro amor, por eso quiero contar nuestra batalla, esta lucha cruel y despiadada sobre el verdadero ser de las morcillas, ese choque de civilizaciones, de culturas y de memorias.

Tu ideología seguía siendo la ortodoxa y antigua cultura del arroz y la sangre; la mía la de la calabaza y el pimentón, solo teníamos en común el tocino.


Nada que ver esa cosa gorda, oscura y negruzca que fríes en la sartén apestando la cocina con mi elegante morcilla anaranjada que se asa en la chimenea. Pero tú te empeñas es decir una y otra vez que eso no-es-una-morcilla sino una especie de sobrasada, una pasta informe de color escandaloso que los extremeños os empeñáis en meter en una tripa para darle forma de embutido. No he querido contarte ni traer aún a casa esas otras morcillas de mi tierra, la patatera o la mondonga con trozos innombrables del cerdo, sangre y pimientos rojos secos. Pero todo llegará.
Hasta buscaste la definición de la Real Academia y me la pasaste por las narices. Mira, lee. Morcilla: Trozo de tripa de cerdo, carnero o vaca, o materia análoga, rellena de sangre cocida, que se condimenta con especias y, frecuentemente, cebolla, y a la que suelen añadírsele otros ingredientes como arroz, piñones, miga de pan, etc. Como si los Académicos hubieran visto alguna vez en su vida una morcilla de verdad.

Te digo. En esta morcilla está América entera, el ingenio que da el hambre, miles de años de domesticación de calabazas y pimientos y otros miles para convertir un animal salvaje como el cerdo en totem de la abundancia. La preparación es simple, se cuece y escurre la calabaza limpia, se mezcla con el gordo y la panceta muy picados, el pimentón, la sal, el orégano, un poco de azúcar y se entripa la mezcla. Se atan entonces las morcillas en manojos y las ponemos  a ahumar en chimenea antigua y leña de encina. Y el resultado es este una morcilla riquísima que da color al pan y satisface casi todos los apetitos. Una morcilla que evitó muchas hambres en mi tierra y que ha viajado durante muchos años por toda Europa y todo el mundo en las maletas de cartón de los emigrantes y en las cajas que les enviaban desde los pueblos a pesar de la peste que dejaban esos paquetes de viandas en todas las oficinas de correos del mundo. Pero tu niegas y reniegas. Si, muy rica. Pero no es morcilla. La morcilla tiene que tener arroz y sangre y esta no tiene ni lo uno ni lo otro.

Tiempo. A veces descubrimos que se puede saborear el tiempo, que las horas tienen gustos diferentes y los minutos pueden paladearse a sorbos pequeños como este vino que has rebuscado en tu bodega. Sales al jardín con un vestido de telarañas, dos vasos pequeños en una mano y una botella oscura llena de polvo con una etiqueta amarillenta en la que hay un fecha escrita con trazos gruesos y letra infantil.  Hablas sin mirarme a los ojos, concentrada en romper con cuidado el tapón de lacre sin agitar la botella. Pinchas con cuidado la aguja del sacacorchos en el tapón ennegrecido, haces girar la espiral.

Me despierto despacio. Abro los ojos y me encuentro con tus pies. Eras una de esas cuarentonas deseables que te la ponen tiesa solo con la conversación y ese brillo en los ojos que dicen: chico, que pena, tienes cuarenta años y aún no has echado el polvo de tu vida. Descubres después que era verdad y que no hace falta tener un culo de piel de melocotón y una tetas de medio limón para que gimas como una bestia mientras te corres mirando esas pupilas que no se cierran sino que están clavadas en las tuyas para subir contigo a donde haga falta, te meten el dedo en el culo igual que has hecho tu para sacarlo en ese momento muy despacio mientras los labios dicen esas cosas que todos quisimos oír con quince años. Nos despertó más tarde el chillido de una urraca posada sobre el tilo, hacia ya frío y nos acurrucamos juntos tapándonos los costados descubiertos con los flecos de la hamaca. Mi abuela me diría que te cazara de inmediato, un hombre que cocina, una alhaja. Y yo.  La mía me recomendaría que te conquistase como fuera, una mujer que sabe guisar, una especie en peligro de extinción. Y tú. Mañana te haré un arroz con leche, receta de la abuela. Y yo me sentí dichoso, bendecido por tí, mucho mejor que cuando alguien que deseas y amas te dice que te quiere mientras abre su cuerpo sin demora. Que fácil es a veces descubrir que la felicidad solo es eso, un puñado de arroz cocido en leche dulce, un platillo pequeño lleno de nácar espeso y fresco adornado con un palo de canela y una corteza de limón  que tu me ofreces por nada. Entonces entiendes aquello de haber cambiado un mundo por un plato de lentejas, porque el mundo inmediato y auténtico es ese, el del sabor intenso de un guiso de lentejas o de un arroz con leche. Vamos a dormir, yo te prometo mañana para desayunar unos huevos fritos con torreznos.

Pero no penséis que todo es hoy plenitud y amor. Nuestra feroz pelea resurge de cuando en cuando. Hay gritos, burla, reproches, morcilla de calabaza contra morcilla de arroz, dos mundos enfrentados, dos opuestos, una guerra. Tú nunca podrás convencerme que ese cilindro negro lleno de arroz y sangre puede ser algo remotamente comestible. Yo nunca podré obligarte a nombrar como morcilla esa pasta anaranjada que suelo añadir como ingrediente secreto, sin que lo sepas, a algunos de los platos que te gustan tanto. ¡Que te den morcilla!.