martes, 26 de mayo de 2015
ATUN ROJO MARINADO EN ROJO
viernes, 5 de abril de 2013
GUISO DE CALLOS PICANTES PARA TI Y PARA FERNANDO
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| Foto: Jaya Suberg |
sábado, 9 de marzo de 2013
EMPANADA DE MEMORIA
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| Foto de Hudson Manilla |
martes, 1 de febrero de 2011
DEFINICIONES II (cuando amar y cocinar es tener tiempo)

(Pintura e Alberto Pancorbo)
Amar. Tener tiempo para vivirlo. Igual que cocinar. Luego está esa excusa tan poco original “no suelo cocinar porque no tengo tiempo”. Claro, ¿quién tiene tiempo?. Vendemos nuestro tiempo a cambio de unas pocas monedas para poder comer, echar gasolina, irnos de vacaciones, comprar una tele mejor.
Para amar o para cocinar, para ser el mejor amante, el mejor cocinero sólo necesitamos eso: tiempo. Tiempo para vivir ese amor, para derrocharlo, nadar en él, compartir, besar. Tiempo para usar la lentitud como ingrediente mágico del guiso, para aprender los secretos de cocinar, tocar los alimentos, mimar su sabor para que estén aún más ricos.
En cuanto dejamos de tener tiempo para aquel o aquella a quién amamos es que esa persona ya no nos embruja el corazón. Cuando no tenemos tiempo para cocinar y comemos “cualquier cosa” es que no nos amamos ni a nosotros mismos.
Pero en realidad no poseemos los objetos, la vida es muy corta y sólo somos dueños de eso, de nuestro tiempo, de nuestros latidos, uno por segundo.
Hay quién no suele amar demasiado “porque no tengo tiempo”. Pero no hay más lujo que el tiempo. La felicidad es sólo eso, tener tiempo para vivir el amor, tener tiempo para cocinar despacio. Es resto es sucedáneo, engaño, trampa.
Caldereta de cabrito para cenar. Otro día te cuento la receta, utilizo el hígado frito, bien triturado para espesar la salsa. Nada más Extremeño. Huelo el pimentón ahumado y siento que el tiempo es la especia más difícil y preciosa. El tiempo no es oro, sólo es la vida.
jueves, 12 de agosto de 2010
CABALLAS Y PERFUMES.

(Foto de K. Widmanska) Aunque no recuerde muchos nombres y caras no creo que olvide los sabores. Los sabores se hincan como un clavo oxidado en madera mojada y luego son difíciles de sacar, penetran en la pulpa y quedan medio fundidos con la madera. Igual los sabores, su recuerdo no es que sea un recuerdo es que son la memoria misma y la carne donde vive esa memoria. Entonces tú me cuentas: A mi padre le gustaban las caballas asadas sobre brasas gordas en las que luego mi madre echaba poco a poco ramas de romero cuyo humo perfumaba la carne grasa del pescado y cuando estaban apenas hechas añadía un poco de sal gris y un chorro de limón. Y ese olor es el olor feliz que tengo de mi padre. Dulce, salado, ácido, ahumado es el olor más antiguo que tengo en mi cabeza. Creo que tengo muchos más olores felices que recuerdos felices. Me miras, me besas y sigues contándome. También tengo un olor feliz reciente y que espero que ese olor me acompañe hasta que sea vieja. Es olor de un novio que tuve hace tres o cuatro años. Un noviete de verano de esos en los que no pones mucho amor, deseo el justo, pero que son encuentros ligeros, intensos, dulces y divertidos. Tampoco era ningún artista del follisqueo y se quedaba dormido algunas veces en medio de la faena. Pero era entonces cuando más me gustaba. Su respiración tranquila, su cuerpo recién sudado, mi propio olor en su cuerpo, su sexo, su boca. Cerraba los ojos y acercaba mi nariz a todos sus rincones y a veces mi lengua para descubrir si el sabor era distinto a ese ¿perfume?. Pero él no usaba ninguna colonia, ni perfume. Salíamos del mar, nos secábamos con los últimos rayos de sol de la tarde y subíamos por las rocas de la cala hasta alguna duna suave que solo tuviera leves cicatrices de los escarabajos. Allí extendía él una manta grande, vieja y gruesa del color pardo de la arena, bajo la sombra, ya la penumbra, de algún esparto y follábamos con ganas. Pero yo esperaba a que terminase, se fumase un cigarro de liar y se quedase dormido, abandonado a mi vigilancia para olerle con intenso placer. He guardado ese olor en mi memoria muchas tardes. Qué rico. Y era su olor lo que me excitaba tanto que a veces le despertaba con brusquedad y hasta violencia para seguir follando y alimentándome del olor de su piel sudada, sus ingles, sus axilas, su pelo. Ese olor es también un olor feliz que no olvidaré jamás. Con él descubrí que hay gente que no huele bien y a esa ni te acercas, casi por instinto; hay gente que huele neutra y de esa está más o menos el mundo lleno; y hay gente cuyo olor se nos clava en el cerebro, en no sé qué lugar sensible y esponjoso y nos llena de placer simplemente eso, su olor, invisible.
Preparo unas copas de ginebra, martini seco, un pepinillo y vuelvo a tu lado. Me asombran tus palabras y el color de tus ojos: Color de algas vivas, de musgo en invierno, de bosques de robles en abril. Eso escribió de mi un amigo al que hacer muchos años que no veo. A él si le amé. También me gustaba su olor. Pero no quiso estar conmigo. Muchos años me pregunté porqué, aún me lo pregunto. Sé que el también me amaba. Y sin embargo…
Se quedan tus palabras flotando. Qué imbécil aquel tipo que no se fue contigo. He comprado caballas. Abiertas en dos mitades las he tenido macerando en aceite, limón, sal, menta, tomillo, cáscara de naranja durante una hora. Las aso ahora al fuego y el humo de su grasa cuando cae en las brasas se va con la brisa hacia el mar. Que imbécil aquel tipo por dejarte. Me gusta que me hables de tus amores. Ellos no están ahora contigo. Y yo sí.
miércoles, 28 de julio de 2010
ALCACHOFAS CON MAR DE FONDO

Comida de diario, con poco tiempo, encima es verano y apetece menos estar metido en el fuego. Pero yo prefiero el fuego del fogón al asfalto derretido de la calle.
De primero ensalada de mango, papaya y cecina. De segundo alcachofas con vieiras.
Frío en muy poco aceite una gran cebolla morada picada que me parece siempre como el fruto de un planeta remoto y marciano. Cuando está pochada añado un chorro de salsa de soja buena, espero a que se evapore y pongo en la sartén los corazones de alcachofas ya cocidas cortadas en cuartos, rehogo, templo, salpimento. A parte, marco en una plancha las vieiras y fuera de la sartén las troceo. Añado el marisco a las alcachofas, revuelvo el comistrajo fuera del fuego y liso. Luego, al gusto, un chorrito de limón. Cuatro dulzores salados distintos, el de las alcachofas, el de la cebolla, el de las vieiras, el de tu recuerdo.
Hoy he usado vieiras congeladas y unas estupendas alcachofas navarras en conserva pero el guiso estaba muy rico. Entonces he visto una fotografía y se ha movido el suelo de mis pies. Muchos años antes de saborear este plato ya éramos nosotros, ya nos conocíamos, ya sabía hacer alcachofas con vieiras. Me dices que cambiaste, que el tiempo arrasa a veces con casi todo lo que somos y sólo quedan en la playa los restos del naufragio, que el dolor, los viajes, los mares, la vida te hizo otra, que siempre estuve lejos o me mantuve lejos o no dije nada.
Y yo no digo nada. Comida de diario.
jueves, 25 de febrero de 2010
BOCATA DE FUET, TOMATE Y TARDE

miércoles, 24 de febrero de 2010
LA COCINA COMO RESISTENCIA

De pronto me sorprendo cocinando solo y sólo para mi. Una sopa de cocido para entonar el frío y un pollo en escabeche de frambuesas cuya receta andará por ahí en este blog. Sólo a esto no me acostumbro. Vivir solo, pasear solo, leer, escribir, asombrarse sin nadie con quién compartir ese asombro es fácil, casi un placer ahora. Pero cocinar solo y sólo para mi, casi siempre, no me gusta, siento que falta alguien o algo importante. La cocina en soledad es lo único que no quiero vivir.
Quizá tenga razón mi amigo Fernando y se necesite un punto de desolación para encontrar la energía secreta de las palabras. Desolación, que no tristeza. Certeza de que abismos, dolor, agujeros negros, pozos que, como los de Alicia, nos hacen luego más pequeños o más grandes o distintos, extraños, desolados.
Nos encerramos para escribir en un tipo de soledad que es casi una patria, un territorio personal, un hogar. Leer no deshace esa desolación, pero abriga y escribir es lo único que hace entonces que la olvide. Lo único. Olvidarla y sentir algo parecido a la plenitud, casi la dicha, igual que los juguetes de niño o los viajes de hace tanto.
Dicen que sólo el amor cura la desolación, pero yo no tengo de eso. Tal vez ya ni quiero, prefiero escribir, olvidar por un rato la desolación, aunque siempre sea poco tiempo.





