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jueves, 28 de junio de 2018

MERMELADA ROJA



Te gustaba hacer mermelada de fresa, de tomate, de cerezas, de sanguina, de grosellas maduras. El rojo era tu color. El color de la sangre o de la vida.

Limpiabas la fruta sobre la mesa de madera lavada de la cocina, luego la cocías con azúcar moreno y zumo de limón. Sonaba la guitarra de Clapton a todo volumen:

What'll you do when you get lonely
And nobody's waiting by your side?
You've been running and hiding much too long.
You know it's just your foolish pride (...)

Te gustaba preparar estas conservas rojas y luego, en invierno, en mañanas heladas y luminosas, tostabas una rebanada grande de pan y extendías una gruesa capa de mermelada por encima. Masticabas despacio el pan, saboreando la mañana y algún libro que se manchaba siempre.

Han pasado muchos años. Ahora están de moda los libros y las películas de vampiros, las bocas ávidas de artificiales salsas rojas, demasiado dulces para mi gusto, yo prefería el sabor poco dulce de la tuya, que a veces sabía a tomate y otras a fresa, cereza, sanguina, grosella o risa.

Leo a veces un viejo libro y aparece alguna hoja manchada de tu dulce. Saboreo entonces esas palabras y me saben un poco a ti, no sé si antes o después de la hora del desayuno.

viernes, 11 de mayo de 2018

EMPANADAS DULCES


Los guisos te dan la libertad de la alquimia, las recetas suelen estar abiertas a la improvisación y el experimento. No así los postres en los que el cocinero tienen más de matemático, ingeniero, físico y químico por la meticulosidad extrema a que obligan los pesajes, mixturas, temperaturas y tiempos para que el bizcocho, por poner lo más fácil, sea perfecto en su forma, textura y color y no se convierta en una masa desinflada y requemada con sabor a engrudo empalagoso. Utilizo este argumento engañoso para confesar que nunca se me dieron bien los postres. Ni el más sencillo bizcocho de limón, natilla o magdalena rellena de Proust. Por eso, cuando después de aquella noche espesa y excesiva, me desperté con esas resacas de Polifemo ciego que solo da el ron de garrafa, haber cumplido treinta y quedarme dormido con la cabeza entre tus piernas, temí lo peor. Y lo peor era tu sonrisa fresca y tu cara sin rastro de ojeras o cansancio aunque yo recordaba que los tragos de ron los habíamos pedido a pares. Y lo peor fue ver como saltabas de la cama desnuda y bailarína, cantando no sé qué horrible estribillo pop y como me gritabas desde la cocina que me ibas a preparar el desayuno me sonó igual que un tiro en el oído ¡Pre-pa-rar-me-el-de-sa-yu-no! Quería vestirme a toda prisa y escabullirme con una excusa torpe justo en el momento en el que me descubrieras abriendo la puerta, pero no pude. Intentaba sacarme toda la arena del desierto de los ojos y escupir de la boca aquel sabor a espuma seca de sumidero abandonado. De inmediato caí de nuevo en el sueño del borracho.

Me despertó el olor. Tus dedos en mi cabeza. El beso breve en la comisura. Tardé en entender, descubrir, asumir qué era aquella bandeja sorprendente: café de verdad, zumo de mandarina, carpaccio de piña, empanadillas de arroz con leche y de membrillo, churros, magdalenas. -Es que me gusta hacer postres-. Te defendiste ante un resucitado alucinado. 
Comencé por el café y el zumo. Ya medio vivo, mordí una empanadilla de finísima pasta, luego otra, después otro vaso de zumo y más café y un churro, una magdalena, finísimas láminas de piña. Poco quedó de aquella ofrenda a los dioses del exceso. Yo volví de postre al postre que me había dejado ayer de madrugada rendido por el sueño del pésimo amante borracho. Desayunos dulces, amor y tiempo. ¿Hay algo mejor que esto en el mundo para dedicar  toda la mañana de un lunes?

Te llamaré Dulce porque así te recuerdo hoy. Dulce era tu sabiduría para hacer postres, desayunos, cualquiera de los rincones de tu cuerpo, dulce y suave era tu forma de entender la vida sin enojos ni aspavientos y esa forma tuya de despertarme acariciando con tus dedos mi cabeza. No me enseñaste nada, secretas eran las recetas de tus postres como secreta era la razón por la que cocinaste para mí todo el infinito repertorio de delicias.
Engordé esos meses. Tu ya estabas un poco gordita. Así nos salvábamos de clavarnos o entrechocar sin querer el engorroso hueso de la cadera o de la pelvis. Gorditos que no gordos, redondeados, suavizados los ángulos del cuerpo por el sabio hacer de los metabolismos.

Ya no estás. Me dejaste por estúpido el día en el que compré en el supermercado unos de esos flanes industriales o el día en el que me descubriste palpando ante el espejo la curva de mi felicidad. Así somos de estúpidos los hombres. Hoy cierro los ojos y puedo sentir el sabor ácido del dulce de membrillo tras el ligero crujiente frito o la textura melosa y fresca del arroz con leche o el sabor de tu piel a caramelo de melocotón, el sudor fresco de tus ingles a chantilly con moras, tus pezones a castañas en almíbar o tu ausencia, hoy, a barro seco o al estropajo húmedo que siempre dejo al fondo del fregadero.

Y hoy añoro tus postres. Por eso he aprendido por mi cuenta a hacer las dichosas empanadas. Basta tener unos membrillos maduros y amarillos como el sol. Hay que quitar sin prisa la pelusa y luego picar su dura pulpa sin pelarlos porque en esa cáscara amarilla se esconde su aroma más intenso. Después hay que dejar cocer despacio toda esa pulpa con un tercio de azúcar y un poco de fruta de la pasión, maracuyá la llaman en Brasil. Se va removiendo con cuchara de palo hasta que la pasta tenga un dorado apetecible, casi moreno. Con esa pasta ya fría se rellena una oblea de empanadilla o pasta filodoro o brik. Se fríen y se comen así, con la pasta caliente y su corazón fresco, como eras tú. Esta receta me la sopló luego Abraham un día en el que, depresivo, terminé en su restaurante para comer de postre a modo de fármaco euforizante un Pastel tibio de Chocolate blanco y Mousse de Maracuyà. Gracias tío.

Aquel día me habías dicho: -Mañana te haré esas que te gustan rellenas de arroz con leche-. Y yo me sentí dichoso, bendecido por tí, mucho mejor que cuando alguien que deseas y amas te dice que te quiere mientras abre su cuerpo sin demora. Qué fácil es a veces descubrir que la felicidad solo es eso, un puñado de arroz cocido en leche dulce, un platillo pequeño lleno de nácar espeso y fresco adornado con un palo de canela y una corteza de limón que tu me ofreces por nada. Entonces entiendes aquella fábula bíblica de cambiar un mundo por un plato de lentejas, porque el mundo inmediato y auténtico es ese, el del sabor intenso de un guiso de lentejas o de un arroz con leche.
Ya no estás, pero aprendí también a hacer tu arroz con leche para suplir tu ausencia. Saboreo durante un rato el saber milagroso que resulta de mezclar dos culturas, la de los comedores de arroz, la de los bebedores de leche, comulgar con más de media humanidad que sobrevive a base de estos dos alimentos y llenarlos del lujo del azúcar, la canela de Ceilán y el cítrico que llegó un día a nuestra historia por remotos caminos desde China. Pero no es solo historia, es tu arroz con leche o el de tu abuela o el de la suya. Después supe que cuando una mujer te promete hacer arroz con leche te está dando el corazón entero. Después lo supe. Ahora me pesa. Si lo hubiera descubierto entonces, en el momento mismo de morder tus empanadillas dulces, no estaría aquí, acabando uno de estos postres industriales e imaginado el sonido de tu voz cuando el jardín está en penumbra. -Dulce, vámonos a dormir, yo te prometo mañana para desayunar unos huevos fritos con torreznos-. No se si lo entendiste, creo que si, era también mi forma de servirte mi corazón en trozos pequeños para que luego los mojases en la yema.

miércoles, 11 de enero de 2017

AUTÉNTICO VS SUCEDÁNEO


Imagen de: Gilles Tran

Lo auténtico o su sucedáneo.
Pero a veces nos acostumbramos al suave sucedáneo y lo auténtico nos parece extraño, raro, ajeno. Recuerdo un estudio de mercado sobre leches UHT en el que las consumidoras urbanas que había probado la leche de vaca fresca en algún pueblo, en vacaciones, aborrecían de esa leche por “demasiado fuerte”, “con demasiado sabor”, preferían la leche industrial que no sabe a leche, “mejor semidesnatada o desnatada, pero con calcio añadido o con omega 3”, decían.

Lo auténtico nos obliga, nos enfrenta a nuestros deseos, gustos y pasiones auténticas. A decidir de verdad lo que nos gusta y lo que no, lo que amamos y lo que no. No podemos decir “te amo pero te prefiero desnatada, suave, con poco sabor, con poca intensidad”.
La aspiración de la alta cocina será lo auténtico, el producto perdido, el producto de verdad, con todo su sabor, su rudeza, su intensidad. La cocina de los sucedáneos y trampantojos es una cocina muerta, para turistas, para comensales de paladar infantil que necesitan los petazetas en la sopa y la “espumadenada” de fácil digestión. El amor suave es productivo, práctico, operativo, terapéutico, ideal en una sociedad que necesita analgésicos y entretenimientos pero no grandes pasiones ni tormentas.

A muchos consumidores les gusta el sucedáneo pero rechazan el producto auténtico, un palito de merluza está bien pero una merluza de verdad tiene espinas, piel, hasta ojos… Una leche desnatada UHT enriquecida con calcio y omega 3 es un producto “terapéutico, previene la osteoporosis”, una leche de vaca recién hervida a la que se le forma un dedo de nata por encima es algo obsceno, indigesto, que engorda y tiene colesterol. Yo me peleaba con mis hermanos por esa nata que batíamos fría con azúcar y devorábamos encima de una rebanada de pan tostado. Arqueología. 

Me gustas así, con toda tu nata, con una piel que es piel, con las imperfecciones con las que te adorna la vida y no el terciopelo satinado de las películas. Me gusta tu sabor intenso, sabroso, caliente. Mientras espero chupar tu nata, busco leche auténtica por la ciudad, fui a todas las tiendas y todos los supermercados y no encontré nada, Me miraban con cierto espanto: ¿leche fresca recién ordeñada?....

...Tendré que preguntar a los traficantes...

lunes, 31 de agosto de 2015

TOSTADA CON PIEL DE TIERRA Y JEREZ FRIO


(Foto: Carla van de Puttelaar)


La piel de la tierra es azul como el lomo centelleante de las sardinas. La piel de la tierra es dorada con el pan que saboreo con los ojos cerrados. La piel de la tierra es verde como un simple ensalada de berros con parmesano. La piel de la tierra es roja como un tomate maduro, un lomo de atún, un solomillo crudo de buey, una centolla cocida. La piel de la tierra es el mar, el desierto, la estepa los bosques y selvas, los seres que la habitan. A veces también nosotros. Nos alimentamos de la piel de la tierra y en esa piel vivimos y a esa piel herimos llenando de cicatrices su paisaje.
Hoy para mi la piel de la tierra es tu piel. 

Nos alimentamos de sueños, de comida, de cariño, de agua dulce.
Sobre una gran y gruesa tostada de pan dorado, aceite de Córdoba, tomate rallado maduro, berros picados, lajas de parmesano y cinco anchoas en su punto. Para mojar el mundo dos copas muy frías de un Palo Cortado Valdespino. Sabe igual que besar un poco de la piel de la tierra. Después tú. Salada como el mar. Dulce como el membrillo.

lunes, 2 de febrero de 2015

GENERACIÓN POTITO


    Piruletas Kamasugar de Massimo Gammacurta

La generación que se destetó con potitos y que luego pasó a las sopas de sobre y a los aires sápidos es una generación perdida. No aprendieron a masticar, a gustar de los sabores fuertes de las legumbres y a guardar en la memoria el tesoro de la cocina familiar de sus antepasados. Van ahora de entendidos, gourmet a la violeta, defensores de la cocina como una forma elevada de cultura, coleccionistas de los lustrosos libros de los chef y visitantes ocasionales de algún restaurante estrellado. Pero rascas un poco y sale el niño adicto a los potitos que lleva dentro, el adolescente degustador de choripanes y hamburguesas incorruptas, el joven que no salía del filete con patatas, el adulto melindroso que nunca saboreó el potaje o los chipirones o la tortilla en salsa de la abuela. Tienen la termomix, las sartenes alemanas, los cuchillos japoneses, una máquina de vacío y el recetario de Arzak dedicado, les entusiasman los congresos, los Madridfusiones y el canal Cocina, pero sus paladares están atrofiados, su memoria no tiene referentes y si gustan de las sferificaciones y de la cocina tecnoemocional es, sobre todo, porque no hay que masticar.

Cheri, yo me salvé de todo eso, del puturú, del prejuicio, el melindre y de la epistemología de la tortilla deconstruída y el sexo con termomix. Lo siento, fui un niño de pueblo con abuela cocinera con un buen recetario de guisos ancestrales, de cuchara, morder, oler, pringar, soplar y repetir. No somos lo que comemos sino lo que recordamos haber comido.

Si, tú, no me mires así, tu eres de esas, generación perdida. Aún así te quiero. No me importa que te parezca aburrido James Salter, que no votes a Podemos, que nunca bebas vino por debajo del 90 de Parker y que prefieras la cresta de David Muñoz a mis melenas jipis. Sé que nuestro amor no tiene ningún futuro pero, ¿tuvo el amor futuro alguna vez?, ¿te atreverás algún día a masticar mis buñuelos de sesos, mi sopa de cachuelas, mi potaje de berza? y ahora dime algo íntimo y porno de verdad ¿a qué sabían los potitos de pollo con fideos?


Piruletas Kamasugar de Massimo Gammacurta

lunes, 25 de junio de 2012

MIEL DE NARANJAS

(Ilustración de Diego Fernández)

Te gustaba perfumar la casa con fruteros de mimbre llenos de naranjas amargas y limones verdes. Muchas veces, al chupar tu piel, cuando la noche y la libertad eran lo mismo, creía sentir en ella ese aroma cítrico mezclado con el salitre del mar tan cercano.

Siempre madrugabas y desayunabas a tu aire en el jardín, vestida sólo con un viejo jersey, un café amargo y una gran tostada con miel de azahar mientras yo aún vagueaba por tu cama. Quizá fuera aquel café brasileño o la miel de tus colmenas o la brisa salada que corría por el naranjal hasta llegar a tu casa y a tu cuerpo, pero siempre te levantabas con una sonrisa en los labios, sin sombra de ojeras, ni tristeza, ni dudas, aunque hubiésemos estado la noche entera jugando al escondite con Baco y Afrodita.

A veces utilizaba esa miel espesa para adobar el pollo que asaba luego cortado al estilo portugués, muy despacio, en brasas de leña de algarrobo. Te gustaba comer el pollo con las manos, chuparte los dedos engolosinada y brindar sin palabras con un clarete de Requena bien frío.

Siempre me daba pereza regresar a la ciudad por culpa del trabajo. Cuando me fui aquella tarde me regalaste un tarro de tu miel de naranjas y un beso breve de hasta luego.
Pero sólo unas horas después nuestro tiempo de marea lenta se convirtió en otra cosa. Un cruce al atardecer, un camión demasiado cargado o demasiado veloz y un ruido de chatarra doblada rompiendo todo. No he vuelto nunca a aquel horizonte…

…Y he tardado muchos años en regresar al sabor de la miel de azahar adobando un pollo tierno asado sobre las brasas. Mis limoneros y mis naranjos se llenan cada marzo de abejas y al atardecer me protejo de la brisa del mar con uno de tus jerseys desgastados y azules. Hoy ya no me importa recordar que eras feliz devorando mis guisos y que también yo te comía entonces con las manos, sin cubiertos ni educación, y me chupaba los dedos y me bebía el clarete bien frío de tus labios…

…Y hoy coloco por la casa fruteros pequeños de mimbre con limones verdes y naranjas amargas. Me levanto muy temprano y desayuno un tazón grande de café fuerte y una tostada con miel de azahar. Tal vez sea esta la única forma que tengo de nombrarte sin decir nunca tu nombre o mi forma de desafiar a todos estos vientos de la edad que se llevan muy lejos la memoria. La memoria tal vez, la memoria entera, no me importa olvidar, me da igual quedarme vacío, pero no perderé nunca el recuerdo de tu sabor a azahar y salitre, a naranjal y beso de hasta luego. 

jueves, 17 de mayo de 2012

SOLOMILLO Y CEREZAS


Macero el solomillo de cerdo que antes he cortado en gruesos medallones. Escondo la carne en un espeso y rojo puré de cerezas con un poco de miel. Se queda allí la noche entera aguardando el momento de pasar a la plancha muy caliente.

En una sartén sofrío unos dados muy pequeños de panceta, mojo el frite con un chorro de jerez y unos cucharones del puré de cerezas. Cuando la salsa está a punto, ya fuera del fuego, añado un puñado de hojas de poleo fresco muy picadas.

No somos Nadie que diría Pessoa o Ulises. Todo es vanidad y prisa, máscaras del ego y ganas de tener sueños inertes, poseer cosas o sensaciones. Pero nunca fuimos Alguien. Tardamos en llegar a la tierra, inermes y desnudos, salir del cieno, aullar perplejos y sentirnos, de pronto, asombrados, bien y en paz. No hay nada mejor que ser Nadie. Sólo Nadie se salvó del carnívoro Cíclope, venció al la bruja Circe y a las jodidas Sirenas cantarinas.

Hay que ser Nadie hoy que es tiempo de cerezas. Corre la brisa de la tarde y los vencejos juegan sobre las olas invisibles de este aire. Ceno este guiso de madrugada. Saboreo la carne y el ácido dulzor de esta espesa salsa. Hay que hacer fiesta en primavera cada día, casi cada noche, por ser nadie.

Y no te digo, hoy, como saborearía el solomillo de tu espalda o tus cerezas.

martes, 24 de mayo de 2011

... Y CEREZAS DE POSTRE, SIN MÁS RITO.

La tierra, el agua, el sol son lo importante. Creían que el progreso era de cemento y ladrillo, de asfalto, gasolina, plástico… el lujo, la ambición, la comodidad de hoteles remotos y coches con líneas de sirena… pero ahí están esas cerezas para nombrar de qué color es la vida. Comí unas ricas lapas en Tenerife, quién lo iba a decir, humildes lapas, exquisitas lapas y luego, el domingo, cerezas.

Vivir es muy difícil para muchos, atraviesan el mar, de noche, les salpica la espuma y el miedo, imaginan que al otro lado, si no está el paraíso, al menos no está el infierno. También aquí hay días de noche, mar, espuma y miedo pero es distinto. Tenemos las cerezas madurando a su ritmo, la música del día, la pereza feliz de un día de descanso. Metemos los pies en el agua del torrente a ver cuanto aguantamos. Sentir. Luego el sol de vuelta, la caricia de la sombra bajo los nogales. Sentir que vivimos. Más tarde la comida, el postre de cerezas, el café. Sentir que el tiempo es nuestro.

Imposible no ser por un rato un poco animistas y no bendecir a la tierra, al agua, al sol de mayo la forma que tienen de borrar la zozobra, el cansancio, el dolor, el ruido, la furia de la crisis y dejarnos desnudos, sólo con lo que somos.

Eres un jipi papá, me dice Iker.

jueves, 24 de febrero de 2011

LECHE FRITA

(Fotografía de David Lachapelle)

¿Uno de mis postres dulces preferidos? La leche frita. El postre más feliz que recuerdo de mi infancia. Leche caliente con un palo de canela y la piel de un limón, harina de maíz, azúcar, paciencia. Luego freír los cuadrados de pasta sólida tras rebozarlos en harina y huevo. Pasar los cuadraditos por azúcar morena y canela en polvo y ponerse morado.

El nombre ya me gusta: leche frita. Sin embargo no soy muy lechero, aunque si muy quesero. El queso es de los inventos más felices de la humanidad. Podría pasarme días hablando de quesos. Un alimento que puede ser aperitivo, primero, segundo o postre...

Me gusta mucho esta foto de David y su juego irónico con la leche de mujer con cereales.

Ya sabes. A mi no me importa que me la des con queso.

jueves, 19 de agosto de 2010

CARTAS DE AMOR QUE NUNCA ESCRIBISTE

(Fotografía de Paco Rosso de las piernas de la poeta Laura Rosal)

Escribiste aquella historia con ese título tan raro: “Cartas de amor que nunca escribiste”. Fue pura vida inventar. Fuiste feliz en su escritura apresurada y furiosa y dulce. Querías demostrar que el amor no necesita muchas afinidades y si de complicidad, valentía, desnudez. También querías demostrar que sabías describir el amor. Te gustó inventarlo todo, no poner nada tuyo, jugar a esconderte en él, en Mae, en Alex, Virgilio, Alba, Lia, Ariadna... en algunos guisos apenas sugeridos.

Solo era tuya esa duda: todas esas cartas de amor que nunca escribiste. Que nunca escribimos. Que nunca escribirás ya. O eso pensabas.

Y ahora, de nuevo en una historia, borracho con la historia de amistad de un viejo cocinero enfermo de alzheimer y una loca cuidadora, embriagado por los sabores y olores de cocinas y ciudades que se me cuelan en las palabras.

Pero antes tienes otra historia pendiente a la que das una vuelta cada día. Tantas vueltas ya. La historia de una noble y misteriosa dama y de un renombrado y viejo cartógrafo a comienzos del siglo XVIII. Ella dibujando los mapas de la historia que vive y él los mapas de tierras aún desconocidas. Una rara historia de amor, descubrimientos, política, aventuras, misterios… en la época en la que la ciencia parece que por fin podrá hacer olvidar las supersticiones. Te gustará enredar además en las cocinas europeas del siglo XVIII. Aunque en esta historia vas a jugártelo todo. Los mapas que dibujan los cartógrafos sirvieron para dominar la tierra. Los mapas que inventan los cartógrafos nos llevan a lugares desconocidos de los que no se vuelve.

Me gusta ese momento de DE CARTAS DE AMOR QUE NUNCA ESCRIBISTE en la que ellos se encuentran:

(…) ¿Cuántos años tienes? Le preguntaste cuando abrió los ojos. Veintinueve. Pensaste algo ridículo: huele a mar. Le besaste los labios secos y algo hinchados para beberte su sabor o el sabor del sueño. Sí, era muy joven y sin embargo sentiste que estaba cansada de vivir, o tal vez fuera al revés. Era la vida la que se había cansado de ella dos años antes. Un veinte por ciento, me había dicho el médico. Cuando iba al casino sólo sabía apostar a la ruleta a par o impar, con menos de un cincuenta por ciento de posibilidades no había esperanza. La maldita formación de económicas, no hay magia en los números. Solo certezas. Un veinte por ciento joder, con veintisiete años. La quimio me mataba, solo quería morirme pronto, envidiaba a esos dos amigos que habían tenido la valentía de suicidarse. No quería que nadie me viese así, cadavérica, sin pelo, con unas ojeras amarillas que me daban miedo. Un día vino el viejo a verme. Sabía lo del veinte por ciento. Vamos a casa chiquilla. He hecho arreglar la casa de los guardas. Allí estarás bien. El ama te hará unos buenos desayunos de pan con aceite y tomates maduros del huerto para que recuperes el color. Ya les he dicho a los médicos que se dejen de mierdas. En cuanto se te pasen los efectos de esta sesión pide que te bajen. Te espero en el coche. Y me fui con el general. Una semana después llegaron los resultados de los análisis. Estaba curada. ¿Cuántos años?, no sé. Pero eso nunca se sabe. Mira el viejo, tenía que haber muerto muchas veces en la batalla de la Ciudad Universitaria y sin embargo no le rozó ni una bala. Será cosa de familia.

Pero esto te lo contó después del beso, de que os mordierais los labios y que os revolcarais sobre el suelo. Un segundo antes erais solo dos extraños que se tratan por azar unos momentos, os despediréis con cortesía y distancia, nunca más se cruzarán vuestras vidas. Un segundo después sois dos cómplices de la risa, la saliva, mirándoos a los ojos para que el uno se diera cuenta de que el otro también estaba allí, sin ningún miedo a dejarse llevar a cualquier parte, a tocar, a lamer, a comer, a acariciar todos esos lugares tan reales que dan forma a los cuerpos. Tras el hambre llegó el hambre. Mae fue a la cocina y preparó pan con aceite y anchoas, manzanilla bien fría, jamón. Encendió unas velas, te alimentó con sus dedos igual que antes te había alimentado con su deseo. La alimentaste con tu boca igual que antes lo hiciste con tus manos, ofreciéndoos los mejores bocados. Tu cuerpo sabe a mar si el mar supiera dulce. Tenía el cuerpo aún muy delgado, pero ya moreno del sol de la primavera del sur y en el costado, junto a uno de sus pechos, una cicatriz aún violácea delataba el mordisco de la bestia, la lucha ganada. Después de comer y de beberos la botella entera de vino os cubristeis con una sábana. Sonaban los grillos en la vega y las velas iluminaban apenas vuestras caras. ¿Qué harás ahora? Preparo un viaje. ¿Un viaje? Sí, me voy contigo a ver a ese librero.

Ahora, abrazado de nuevo por las piernas de Mae, respirando su aliento y sus palabras, dejándote llevar, besando su cicatriz violácea, su vulva rosa, sus ojos negros, no queda nada de aquel hombre que llegó cansado a la verja de una casona de las afueras de Sevilla. Estás desnudo, por fin, del infinito peso del tiempo malgastado. Después, cuando ella te cuenta quién fue, a qué sabe de verdad el dolor, de qué color es la muerte, entiendes que es verdad, que no se trataba de una borrachera fugaz de sexo y primavera, sino de un reconocimiento, de una sorpresa, de una certeza. Tienes en los brazos un trozo de la gran tarta de la vida entero para ti. Toma, cómetelo entero, compártelo conmigo, di que sí. (…)

martes, 18 de mayo de 2010

BUÑUELOS DE VIENTO

Llegó de muy lejos, de Nueva York, Bruselas, Lima, Guatemala, Santiago de Chile, la Ventilla... Se dormía en lo alto de los vientos, se dejaba acunar por terremotos y lluvias torrenciales. Siempre pensé que un día también yo subiría a vientos, terremotos y lluvias para ir a buscarla pero nunca lo hice. Siempre pensé que un día el azar cruzaría los laberintos extraños de nuestras vidas. Hasta que tuve la certeza de que eso nunca podría suceder. Siempre pensé que siguiendo las migas de palabras que dejamos en los bosques y las ciudades que pisamos me llevarían de vuelta a sus caderas. Pero las migas se deshacían en las nieves del invierno y los soles del trópico.

Llegó de muy lejos y cómo si fuera ayer me acariciaba la mano con un poco de silencio. El mismo silencio con el que yo me fui tan lejos el primero.

Ningún dulce con nombre tan bonito como “buñuelos de viento”. Mi tía Maribel hacía y hace los mejores del mundo rellenos de crema, de cuidado o de nada, el buñuelo solo, relleno de viento y de hambre de golosina. Yo sé que también hacia buñuelos de viento su madrina las tardes de verano de la infancia.

Un día soñé que me acercaba a una casa de madera pintada de azul intenso y llevaba de obsequio de visitante por sorpresa para ella una caja llena de buñuelos de viento. Otra vez soñé que saboreaba con los ojos cerrados esos buñuelos de viento y yo besaba su sabor en sus labios y luego ella recordaba todos los nombres de los vientos que le acariciaron y yo acariciaba su pecho y soplaba en sus pezones para que recordara el viento de mi deseo.

Y un día soñé con una cocina grande y antigua en la que ella calentaba el agua con la mantequilla, el azúcar, la ralladura de limón, la pizca de sal, hasta que todo hervía como el amor y añadía entonces el harina hasta que la masa consistente se desprendía de las paredes del cazo. Entonces retiraba el amor y el cazo del fuego y dejaba que la masa se templara con un beso y un soplo mío a su espalda desnuda y añadía entonces, uno a uno los cuatro huevos frescos, despacio, esperando a mezclar bien el primero antes de añadir el segundo, el tercero y el cuarto mientras yo, de su espalda, acariciaba el lugar con que sueñan los hombres y también las mujeres cuando se acarician solos.

Ella dejaba reposar dos horas esa masa. Reposaba la masa de los buñuelos que no la masa tibia de los buñuelos de piel y leche de sus pechos jugando con mis labios de glotón incansable.

Y después yo, calentaba el aceite en una sartén honda a fuego suave y ella dejaba caer cucharadas de masa que se inflaba despacio y luego les daba la vuelta para que se dorasen por igual por todos lados. Entonces sacaba los buñuelos de ese mar de aceite y los dejaba en papel absorbente antes de espolvorearlos de azúcar muy fina y polvo de canela. Y yo los rellenaba de puré de fresas, de crema de chocolate, de crema de melocotón y de nada, sobre todo de nada, de viento, soplos, besos, buñuelos de viento para merendar encima de su cuerpo y chupar la crema, saborear la canela y el azúcar, no sé si del buñuelo o de su carne de mujer.

Vaya sueños.... ¿Qué diría el abuelito Freud de todo esto o qué diría Cristina Nehring?. Tal vez ambos se apuntaran a hacer buñuelos o el amor con sus amigas o amigos respectivos y dejarían las palabras y el análisis para cualquier otra de mis recetas.

Llegó de muy lejos. Por eso, a partir de entonces, ya nunca me fui de su lado. Que el mundo es grande y la vida azarosa y los buñuelos un dulce de viento para comer siempre con amor, con deseo, con hambre y con palabras junto a ella.