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miércoles, 14 de octubre de 2020

RIGATONI LLENOS PARA LEE MILLER

Lee Miller, botas y uniforme fuera, en la bañera que perteneció a Hitler. Con aquel baño, dijo ella, se sacaba “el polvo que traía de Dachau”. Era su venganza poética contra el régimen nazi, al que odiaba visceralmente
Si la fritanga está en nuestro código genético también lo está la pasta. Hay vida más allá de la boloñesa, el pesto y la carbonara. Me gustan los rigatoni gordos rellenos de verdura y salsa de queso de Torta del Casar. Es un plato sencillo y rico, consistente y ligero, untuoso y sutil. Hay quien prefiere “pasta de sobre” a esta pasta sublime, hay quién prefiere el amor con tarjeta de fidelización y puntos acumulables antes que el amor imperfecto del poeta silencioso, hay quién prefiere el exótico confort de un hotel cinco estrellas antes que el precario confort de unos besos en el banco de un parque. Para gustos la vida y sus colores. Pero nada como un beso tumbados en la hierba de abril y nada como unos rigatoni rellenos de verdura.

Pico una cebolla, dos calabacines pequeños y rallo una zanahoria grande, sofrío despacio en un poco de aceite todo esto y cuando está blandito añado un manojo de espárragos trigueros y unas sitake también muy picaditas, corrijo la sal y añado unas briznas de tomillo fresco. Con esta farsa relleno los rigatoni previamente cocidos al dente y los baño con una salsa hecha con medio vaso de nata, cinco cucharadas grandes de Torta del Casar y un poco de vino sauternes.

Los rigatoni tienen la “carne” consistente, gruesa, masticable  y las verduras con la salsa de queso saben de verdad a primavera. Es un plato de tenedor y cuchillo, un guiso a la vez barato y de fiesta.

Guiso dedicado a Elizabeth "Lee" Miller fotógrafa excepcional, reportera, escritora y cocinera. 

Cubierta de "the biography Lives of Lee Miller" de Antony Penrose.


viernes, 3 de agosto de 2018

OMBLIGO DE VENUS Y TU SALSA


¿Qué sabemos del tiempo por vivir?, apenas una sospecha, fantasías, dudas, sueños. Sólo la certeza de que si no lo derrochamos lo estaremos perdiendo. Sólo la seguridad de que si no lo saboreamos despacio y a grandes trozos (igual que una tarta Tatín para merendar una tarde de invierno), no quedará nada, un grumo reseco sin vida, un poco de tristeza podrida. Pero hoy no te sermoneo, no te digo nada, bromeo con hacer unos ombligos de venus, unos tortellini rellenos de morro con salsa de rúcola y foie. Me dices que tu ombligo ya no es tu ombligo, sino otra cosa, pero a mi no me importa lo que sea, remolino de sombra, volcán diminuto, agujero de vida, caracola de piel, tortellini relleno de ti. Es extraño este pudor con que a veces se disfrazan los cuerpos.

Me ayudarás a amasar el harina, los huevos, el agua de azafrán, la sal. Luego pasas una y otra vez la bola de masa por los rodillos de la máquina de hacer pasta. Me ayudas a quitarme el disfraz y a olvidar el tiempo por venir mientras yo pico los morros que he cocido con vino tinto, apio, zanahoria, puerro, cebolla, laurel, pimienta, tomillo y una cabeza de ajo entera. Tu acabas la masa, la extiendes en la mesa y cortas cuadradillos de cuatro por cuatro centímetros. Yo pongo una pizca de picadillo en medio del cuadrado, enrollo y uno los extremos con cuidado para hacer los ombligos de venus. Dejo que reposen y se sequen un poco antes de cocerlos apenas dos minutos en agua con sal aromatizada con una ramita de romero. Mientras hago la salsa. He batido tres grandes puñados de rúcola y unos piñones tostados en medio vaso de leche y medio de nata. En la sartén salteo pequeños dados de foie y cuando han soltado grasa suficiente vierto ese puré verde de rúcola encima, ligo la salsa con el batidor de mano y ya está. Es un guisote fácil.


Sabrosos ombligos de Venus, tortellini de morro sobre una salsa verde untuosa un poco picante. Yo prefiero tu ombligo aunque ahora pienses que es un poco marciano. A mi que me importa lo que seas y lo que devores. No busco cercanía, afinidad, semejanza o parecido sino más bien lo contrario, que seas tan distinta y estés muchas veces muy lejos de mí. Sólo me importa jugar con el tiempo en tus brazos, cocinar para tu hambre y que no se me rompan los ombligos de venus al cocerlos, ni se me rompa el embrujo de tu voz entre sueños. Solo me importa que te gusten estos tortellini de morro y que me dejes jugar con tu ombligo por fin.

Foto de Vicktor Ivanovski

viernes, 11 de mayo de 2018

EMPANADAS DULCES


Los guisos te dan la libertad de la alquimia, las recetas suelen estar abiertas a la improvisación y el experimento. No así los postres en los que el cocinero tienen más de matemático, ingeniero, físico y químico por la meticulosidad extrema a que obligan los pesajes, mixturas, temperaturas y tiempos para que el bizcocho, por poner lo más fácil, sea perfecto en su forma, textura y color y no se convierta en una masa desinflada y requemada con sabor a engrudo empalagoso. Utilizo este argumento engañoso para confesar que nunca se me dieron bien los postres. Ni el más sencillo bizcocho de limón, natilla o magdalena rellena de Proust. Por eso, cuando después de aquella noche espesa y excesiva, me desperté con esas resacas de Polifemo ciego que solo da el ron de garrafa, haber cumplido treinta y quedarme dormido con la cabeza entre tus piernas, temí lo peor. Y lo peor era tu sonrisa fresca y tu cara sin rastro de ojeras o cansancio aunque yo recordaba que los tragos de ron los habíamos pedido a pares. Y lo peor fue ver como saltabas de la cama desnuda y bailarína, cantando no sé qué horrible estribillo pop y como me gritabas desde la cocina que me ibas a preparar el desayuno me sonó igual que un tiro en el oído ¡Pre-pa-rar-me-el-de-sa-yu-no! Quería vestirme a toda prisa y escabullirme con una excusa torpe justo en el momento en el que me descubrieras abriendo la puerta, pero no pude. Intentaba sacarme toda la arena del desierto de los ojos y escupir de la boca aquel sabor a espuma seca de sumidero abandonado. De inmediato caí de nuevo en el sueño del borracho.

Me despertó el olor. Tus dedos en mi cabeza. El beso breve en la comisura. Tardé en entender, descubrir, asumir qué era aquella bandeja sorprendente: café de verdad, zumo de mandarina, carpaccio de piña, empanadillas de arroz con leche y de membrillo, churros, magdalenas. -Es que me gusta hacer postres-. Te defendiste ante un resucitado alucinado. 
Comencé por el café y el zumo. Ya medio vivo, mordí una empanadilla de finísima pasta, luego otra, después otro vaso de zumo y más café y un churro, una magdalena, finísimas láminas de piña. Poco quedó de aquella ofrenda a los dioses del exceso. Yo volví de postre al postre que me había dejado ayer de madrugada rendido por el sueño del pésimo amante borracho. Desayunos dulces, amor y tiempo. ¿Hay algo mejor que esto en el mundo para dedicar  toda la mañana de un lunes?

Te llamaré Dulce porque así te recuerdo hoy. Dulce era tu sabiduría para hacer postres, desayunos, cualquiera de los rincones de tu cuerpo, dulce y suave era tu forma de entender la vida sin enojos ni aspavientos y esa forma tuya de despertarme acariciando con tus dedos mi cabeza. No me enseñaste nada, secretas eran las recetas de tus postres como secreta era la razón por la que cocinaste para mí todo el infinito repertorio de delicias.
Engordé esos meses. Tu ya estabas un poco gordita. Así nos salvábamos de clavarnos o entrechocar sin querer el engorroso hueso de la cadera o de la pelvis. Gorditos que no gordos, redondeados, suavizados los ángulos del cuerpo por el sabio hacer de los metabolismos.

Ya no estás. Me dejaste por estúpido el día en el que compré en el supermercado unos de esos flanes industriales o el día en el que me descubriste palpando ante el espejo la curva de mi felicidad. Así somos de estúpidos los hombres. Hoy cierro los ojos y puedo sentir el sabor ácido del dulce de membrillo tras el ligero crujiente frito o la textura melosa y fresca del arroz con leche o el sabor de tu piel a caramelo de melocotón, el sudor fresco de tus ingles a chantilly con moras, tus pezones a castañas en almíbar o tu ausencia, hoy, a barro seco o al estropajo húmedo que siempre dejo al fondo del fregadero.

Y hoy añoro tus postres. Por eso he aprendido por mi cuenta a hacer las dichosas empanadas. Basta tener unos membrillos maduros y amarillos como el sol. Hay que quitar sin prisa la pelusa y luego picar su dura pulpa sin pelarlos porque en esa cáscara amarilla se esconde su aroma más intenso. Después hay que dejar cocer despacio toda esa pulpa con un tercio de azúcar y un poco de fruta de la pasión, maracuyá la llaman en Brasil. Se va removiendo con cuchara de palo hasta que la pasta tenga un dorado apetecible, casi moreno. Con esa pasta ya fría se rellena una oblea de empanadilla o pasta filodoro o brik. Se fríen y se comen así, con la pasta caliente y su corazón fresco, como eras tú. Esta receta me la sopló luego Abraham un día en el que, depresivo, terminé en su restaurante para comer de postre a modo de fármaco euforizante un Pastel tibio de Chocolate blanco y Mousse de Maracuyà. Gracias tío.

Aquel día me habías dicho: -Mañana te haré esas que te gustan rellenas de arroz con leche-. Y yo me sentí dichoso, bendecido por tí, mucho mejor que cuando alguien que deseas y amas te dice que te quiere mientras abre su cuerpo sin demora. Qué fácil es a veces descubrir que la felicidad solo es eso, un puñado de arroz cocido en leche dulce, un platillo pequeño lleno de nácar espeso y fresco adornado con un palo de canela y una corteza de limón que tu me ofreces por nada. Entonces entiendes aquella fábula bíblica de cambiar un mundo por un plato de lentejas, porque el mundo inmediato y auténtico es ese, el del sabor intenso de un guiso de lentejas o de un arroz con leche.
Ya no estás, pero aprendí también a hacer tu arroz con leche para suplir tu ausencia. Saboreo durante un rato el saber milagroso que resulta de mezclar dos culturas, la de los comedores de arroz, la de los bebedores de leche, comulgar con más de media humanidad que sobrevive a base de estos dos alimentos y llenarlos del lujo del azúcar, la canela de Ceilán y el cítrico que llegó un día a nuestra historia por remotos caminos desde China. Pero no es solo historia, es tu arroz con leche o el de tu abuela o el de la suya. Después supe que cuando una mujer te promete hacer arroz con leche te está dando el corazón entero. Después lo supe. Ahora me pesa. Si lo hubiera descubierto entonces, en el momento mismo de morder tus empanadillas dulces, no estaría aquí, acabando uno de estos postres industriales e imaginado el sonido de tu voz cuando el jardín está en penumbra. -Dulce, vámonos a dormir, yo te prometo mañana para desayunar unos huevos fritos con torreznos-. No se si lo entendiste, creo que si, era también mi forma de servirte mi corazón en trozos pequeños para que luego los mojases en la yema.

lunes, 13 de noviembre de 2017

LASAÑA DE MANZANA CON LOPE



Entonces descubrió cuál era la mejor forma de saber si era "amor". Tenían por delante varios días sin otra ocupación que follar, comer y dormir, así que en algún momento el cuerpo se quedó atrás. Agotados, satisfechos, sin embargo en su cabeza querían más, no dejar de tocarse, seguir curioseando en las caricias. Conversar,  indagar de nuevo en la historia de Asja Lacis y Benjamin, reconocerse en ellos, entender que iban de la mano al mismo paso por esa intimidad, que los dos tenían el mismo empeño glotón de seguir chupando, besando, mordiendo a la espera de que los cuerpos volvieran a tener fuerzas y más ganas.

Se levantó a cocinar algo rápido. Se le hacía insoportable estar en los fogones, tan lejos, y no allí, en el revoltijo sudado de su cama, pegado a su olor. Recordó una receta de hace siglos. Repartió en la pequeña fuente, por capas, finas láminas de manzana reineta y una farsa de migas de bacalao desalado, cebolla confitada y un poco de guindilla, cubrió la lasaña con una bechamel cargada de nuez moscada y la metió al horno. Volvió corriendo con ella. Aguardaron con impaciencia unos veinte minutos. Detrás de la cristalera comenzó una lluvia furiosa o celosa que les escondió el mar. 

Asja, tras volver de Siberia, visitó a Brecht en Berlin. Fue él quién le contó el final de Benjamin. De vuelta a Moscú recordó aquellos días y volvieron a sus labios "lo que había en ella que había sido él".

Si cuando no queda ni rastro de deseo en tu cuerpo sigues queriendo más, si teniendo un trozo de paraíso fuera de la casa prefieres el horizonte de su culo, si hablar de cualquier cosa ya es una fiesta emocionante, si comienzas a comer la lasaña soplando sin esperar a que su calor deje de quemar los labios. "Eso es amor, quien lo probó lo sabe".
(de: “El Barco Caníbal”. Fragmentos desechados)

sábado, 8 de julio de 2017

TAGLIOLINI ALLE SCORZETTE DI ARANCIA E LIMONE


Óleo de Bartolomeo Bimbi para Cosme III de Médici

Entonces me dijiste, como quien traza un minucioso mapa en la arena y espera que sepas utilizarlo para llegar a su casa, quien se atreve a desnudarse el primer día y no oculta con palabras las estrías de la vida derrochada, quien viene de muy lejos y olvidó los idiomas que utilizamos todos para adornar las mentiras de seguir sometidos, quien ha leído libros condenados, quemados y extinguidos en aquel tiempo en que leer era un abominable crimen contra el orden. Dijiste, sólo merecen la pena los hombres que tienen limonero. Yo tuve uno. Me defendí. Un enorme limonero centenario que mi abuelo Fernando injertó de naranjas, cidras y mandarinas al que iban a dormir centenares de gorriones en invierno. Pero ya no lo tengo. La familia vendió aquel solar. El árbol sigue en pie pero de la casa apenas quedan viejas vigas de castaño llenas de musgo y podredumbre. Días después me regalaste un árbol en una gran maceta de terracota desconchada. Entonces entendí que ya era por fin terrateniente y la respiración de tu sueño sería mi arrullo. Tengo otra condición. Repusiste. Pero yo ya sabía. No hizo falta ninguna explicación. El calor del día tardaba en imponerse y había muchas horas frescas de mañana bajo la sombra de la higuera para escribir. Los insectos parecían los reyes de la tierra y descubrimos porqué el vino, bebido a pequeños sorbos, era el único tesoro de valor que robaron los griegos a sus dioses antes de que Platón inventase la lógica y la ciencia o de que los monoteísmos impusieran pecados y penitencias a granel o de que las delicias y placeres del comer se hicieran sospechosas.

Escogí un limón del latifundio de mi maceta, una naranja del frutero y comencé a guisar unos tagliolini alle scorzette di arancia e limone. Pelamos la corteza de un limón y una naranja quitando su albedo, la cortamos en finísima juliana y hervimos cinco minutos para quitar parte de su amargor. Hacemos un sofrito lento y en mantequilla de una cebolla tierna y cuando está pochada añadimos un vaso de vino blanco, la juliana de cortezas bien escurridas y el zumo de las dos frutas. Hervimos a fuego lento unos cinco minutos y añadimos dos puñados de almejas, pimienta negra recién molida y medio vaso de nata. En cuanto se abran los moluscos volcamos la salsa sobre los tagliolini al dente.  El perfume de los cítricos de China y el olor de los mares océanos se escapa por el campo y nuestra boca. Al final era cierto, dije yo, pobre, tímido, montaraz y arrogante. Sólo merecen la pena los hombres que tienen limonero. Luego añadí. Y que saben hacer un guiso de limón y tienen tiempo para perder, compartir, saborear...


La receta no es mía si no del cocinero Damiano Miniera, de Helena Attlee que la escribió para todos en su libro y de María Belmonte que tradujo el libro al español.

miércoles, 8 de enero de 2014

MACARRONES CON SEPIA



Las recetas con memoria saben mejor porque se saborean a la vez en el presente y en el recuerdo. Las recetas de fantasía puede ser exquisitas pero no nos hacen “la boca agua”, nos causan alegría, sorpresa, placer… pero les falta el regusto que puede llegar del “inconsciente colectivo” Junguiano, de la memoria de la tribu o de nuestra propia vida, de aquella primera vez o segunda vez o de todas las veces que un guiso así convocó la felicidad tanto por su sabor como por el momento compartido con un paisaje, unos seres queridos y un tiempo que entonces, ilusos, pensábamos que podría ser repetible.

Troceo tres sepias medianas y frescas. Una vez limpias de piel y jibia las marco en la sartén bien caliente. Las retiro y añado allí el aceite, dos dientes de ajo laminados, una cebolla grande muy picada y una punta de pimiento verde. Cuando la verdura está pochada sumo al guiso dos tomates grandes, buenos y sin piel cortados en daditos y antes de que el tomate se deshaga añado de nuevo la sepia, una gota de vino blanco, perejil picado y los macarrones cocidos al dente en un agua que tuvo su media cebolla, dos hojas de laurel y un poco de tomillo además de la sal. Revuelvo todo a fuego fuerte  y luego cada cual se sirve lo que guste, aliñando estos macarrones con sepia con un poco de mahonesa casera.

No es una receta ilustrada, ni novedosa, ni sofisticada, ni original, ni difícil, ni de autor. Pero tiene memoria y su sabor viene de muy lejos. De un lugar en la que su sabor era fiesta y milagro aunque entonces no lo sabíamos. Luego, muchas veces, en camas extrañas, en ciudades remotas y desconocidas, a lo largo de tantos años, te acordaste de este guiso y de quién lo guisaba para ti. Y hoy lo escribo aquí, no para desafiar el olvido, sino por el placer de sentir que ahora es mío, no como posesión sino como tesoro compartido en el presente.

Y de postre peras y manzanas al vino.  



viernes, 28 de septiembre de 2012

FALSA LASAÑA DE SETAS


(Pintura de Diego Gavinese)

Por fin la lluvia. Agua de otoño para despertar a los duendes y las hadas de las setas. Mis preferidas son las amanitas, los boletus, las macrolepiotas y los humildes níscalos. Con los parasoles y un poco de foie fresco hago una lasaña de lujo. En cazuela de barro circular y honda, del tamaño de un galipierno grande, vas colocando una seta entera y sin pie y una capa de foie crudo cortado en láminas muy finitas. Son cinco setas y cinco capas de foie que salpimentas antes con pimienta recién molida y sal gris. Media copa de Jerez en el fondo y horno fuerte diez minutos. Sacas la cazuela y añades entonces por encima una ligera salsa Mornay en memoria de los suntuosos platos del Grand Véfour. Esta besamel no tiene mucha trampa y nada de cartón, pero dos yemas crudas de huevos muy frescos y esta buena cuña de requesón de cabra la mejoran.

Si encuentro amanitas cesáreas las hago en carpaccio, con una vinagreta suavísima y nada más. Aunque si las acompañas con un poco de buey asado a la piedra tampoco pasa nada, la carne es débil. Y no me importa que te chupes los dedos.

martes, 28 de agosto de 2012

PASTA CON MAR

(gif creado por Diego Fournier)

Este plato sencillo tiene todo el sabor del mar y de lo mejor de mi memoria. Hay personas que tienen un corazón muy fácil para el olvido. Hay gente que no olvida casi nada y esa es su maldición o su fortuna. 

Hacemos unos espaguetti negros al dente, casi duros, en un caldo de pescado suave (morralla, peladuras de gambas…). Hacemos dos saquitos (uno para ti y otro para mi) con papel de aluminio y colocamos dentro una ración de pasta, en crudo: cuatro mejillones muy limpios, seis almejas también limpias de arenillas, un tomate pelado y picado en daditos, media docena de gambas peladas, también crudas, un chorro del mejor aceite de oliva y un poco de perejil picado. Cerramos bien el saquito y lo metemos a horno fuerte diez minutos. Lo suficiente para que el calor abra el marisco y los jugos se viertan sobre la pasta. 

Al abrir el papillote sale el vapor del mar.

miércoles, 18 de julio de 2012

SALMONETES EN CAMISA


(Acuarela de Alberto Mielgo)

Salmonetes medianos que desescamo y desespino con paciencia infinita. Las dos mitades, a modo de libro, las relleno con un “barniz” fabricado con sal con algas, dos ostras crudas un pizca de ajo, dos pizcas de perejil, todo muy triturado y ese libro de carne de piel roja, mar sobre mar, lo encierro en pasta brick que frío en aceite caliente hasta que están dorados los paquetes. Acompaño este guiso con un rin-ran extremeño de tomate, cebollas tiernas, pasta de aceitunas negras, un poco de pimiento verde rallado y un aliño de aceite y vinagre con pimentón. Salmonetes, rin-ran y versos del buen Keats:

“Lo hermoso es alegría para siempre: / su encanto se acrecienta y nunca vuelve / a la nada, nos guarda un silencioso / refugio inexpugnable y un reposo / lleno de alientos, sueños, apetitos.”

Mientras no pueda vivir junto al mar acerco el mar a mi mesa. Y tus besos, como el mar, dejan un recuerdo largo en la boca.

miércoles, 21 de marzo de 2012

RIGATONI DE LUJO



Gratitud es una palabra muy hermosa que siento algunas veces y no nombro casi nunca. Me puede la timidez. Pienso que esas cosas es mejor decirlas con la mirada y una sonrisa.

El día amaneció frío, ventoso, con mucha luz de primavera. Todos estábamos cansados de la paliza del día anterior, el madrugón, la caminata por la orilla de la garganta pescando truchas. Nos gusta a los tres hablar, discutir, comentar, polemizar, hilar una conversación animada sobre cualquier tema de historia, de política, del destino del mundo, sobre todo de los grandes temas: la guerra, el progreso, el mal, el futuro, la crisis, África, el agotamiento del petróleo, la necedad de una democracia directa.... Pero a mi me gusta sobre todo, ahora, escucharles, sentir que sus ideas salen muy frescas y rotundas, aunque las sienta equivocadas o acertadas. Sentir como crecen y se hacen mayores y distintos. Uno intenta la mayéutica, la ironía socrática, la pregunta retórica, pero no siempre cuela, no siempre me sale y tampoco está mal a veces dejarse llevar por los extremismos y las hipérboles de la adolescencia.

Antes de ayer era mi día, el rimbombante ”día del padre” y me dijeron que mi regalo sería que ellos cocinarían para mi lo que yo quisiera. De entre todos los lujos sentí que aquella oferta, aquel regalo, era el mayor de los lujos.
Les propuse unos rigatoni rellenos de setas y acompañados de pollo con una salsa suave de queso de cabra. Era un placer verles, mano a mano los dos, picando y sofriendo la cebolla, limpiando los champiñones, añadiendo las setas, picando luego la farsa, cociendo la pasta los quince minutos justos, rellenado los canutillos con la pasta de las setas, ligando la salsa de queso, picando las pechuguitas de pollo, amasando y aliñando esa carne con su punta de aji amarillo, cilantro y sal. La clave del guiso está hacer bien el puré de setas, no muy triturada, que haya trocitos, y saber rellenar bien los rigatoni. El truco de la salsa es hacer una crema de queso fina con nata, emmental y rulo de cabra que añadiremos apenas salteemos a fuego fuerte el pollo. No hay más misterio.

Sentí gratitud. Mis hijos cocinando para mi. Ninguna comida en el mundo, ningún restaurante  me dará más placer. El lujo es esto, lo otro es circo y vanidad, fuegos artificiales, maquillaje, retórica. El mayor de los lujos gastronómicos ha sido la comida de este lunes, sencilla, fácil, clara. La felicidad es esto, lo otro es literatura vacua, birlibirloque, trucos de mago. Ser padre es el más difícil de los oficios pero yo tengo suerte, además también es difícil el oficio de hijo.

Iker, Guillermo, gracias por la comida.

domingo, 25 de septiembre de 2011

SIMPLES SPAGUETTI

(Fotógrafo: Joyce Tenneson )

Cualquier hombre desnudo, acurrucado en una hamaca de cuadros de colores, a la sombra de una parra llena de racimos maduros, oliendo los jazmines del jardín y mirando el rosa intenso de la buganvilla, con una copa de sidra fría entre las manos, tiene que ser necesariamente feliz. Si además ese hombre, mientras apura la copa, contempla como ella recoge higos maduros al fondo del jardín y le sonríe, no cambiaría el instante por ningún paraíso.

Y ese tipo soy yo. Era yo.

Nos teníamos trabajo. Nos habíamos convertido, según tus palabras en: la escoria de la sociedad, parados sin derecho a paro, recién despedidos sin indemnización, desocupados sin oficio ni beneficio. ¿Que te gustaría hacer el resto de tu vida?.

Saboreo hoy tu recuerdo, la identidad que te nombra con los ojos cerrados. El secreto de tu piel que me acompaña ahora mientras hago este plato de pasta que tanto te gustaba. Se hace muy rápido, tiene cuatro sabores sencillos y es el mejor para saciar el hambre después de los excesos. Tu me lo enseñaste. La pasta al dente como los labios pequeños de tu sexo, el aceite de oliva crudo como la untuosidad de tus jugos, el parmesano en virutas largas y crujientes, los dados de tomate pelados, maduros, carnosos como el deseo y el orégano fresco, recién cogido, florecillas verdes apiñadas que huelen a verano. Te gustaban mucho estos espaguetti apresurados, tibios, ligeros, glotones, aceitosos, frutales. Es que me saben tanto a verano. Igual que tú. Los dos sabores llegasteis a mi vida a finales de agosto, cuando se toman siempre las decisiones importantes, como no volver a la mierda de ese trabajo. Te sentabas sobre mi y rodeabas mi cintura con tus piernas y me abrazabas para respirar al compás, piel con piel, con los ojos cerrados, sintiendo como hacíamos la digestión a la vez y como a la vez comenzaba el deseo a mordernos el ombligo, a bajar por las piernas y subir al cerebro hasta el lugar donde vive la furia y la risa.

Cuezo los espaguetis frescos tan solo unos minutos con su puñado de sal, su nuez de mantequilla y su ajo roto. Paso el trozo de parmesano por el rallador grande y las virutas caen al plato haciendo una pequeña montaña. Pelo y despepito los dos tomates llenos de sol y rompo dos cogollitos frescos de orégano sobre los dados rojos. Refresco la pasta y la escurro bien antes de bañarla con un buen chorro de aceite, el tomate con orégano, la nube salada de queso. Apenas diez minutos y otros diez para comer juntos sobre la mesa de piedra del jardín, bajo la higuera, mojando el hambre con una sidra fría, seca, de color oscuro que un amigo remoto a enviado a tu abuela desde Normandía. Un viejo amigo de entonces, de los primeros días en el frente de la Ciudad Universitaria –te había contado ella, la vieja-, uno de esos hombrecillos que luchó en todos los frentes en la famosa “nueve” de la columna Leclerc. Tenía la certeza que tras París iría Madrid, que tras Hitler iría Franco. Inventaron una forma nueva de hacer la guerra avanzado a toda pastilla con sus camiones oruga armados hasta los dientes, sin retroceder nunca, pasando muchas veces la línea del frente, durmiendo en ellos, sin ningún miedo a nada. El miedo ya lo habían perdido en Madrid, en Berchite, en el Ebro, en los campos de concentración del sur de Francia o el norte de Africa. Tenían esa certeza, después de París, Berlin y después Madrid. Casi todos eran anarquistas, catalanes, extremeños, republicanos sin partido que sabían como aguantar la precisa artillería alemana o como reventar un Panzer con una granada y una botella de gasolina. Casi todos murieron camino de Berlín, ninguno sale en las películas yanquis aunque fueron los primeros en entrar en París y en llegar al “Nido del Aguila” de Hitler. Luego les traicionaron. Los aliados no siguieron hasta Madrid y ellos, los poquísimos que quedaron vivos, se integraron a la vida civil y pacífica, siendo buenos padres, ciudadanos anónimos. Para Leclerc y sus oficiales siempre fueron los mejores, para el resto del mundo nadie, unos olvidados. En mi memoria está escrito que eran los mejores –te había dicho tu abuela, Y uno de esos hombres le envía a tu abuela todos los años una caja de botellas de sidra de la que hace en su granja. Y siempre la misma carta y las mismas palabras “para la miliciana más guapa de mi trinchera. Te recuerdo”.

Tu no dices nada ahora pero yo imagino a ese anciano enamorado embotellando esta sidra y recordando a la mujer que vivió en esta casa y que te hizo posible. Y ahora, mientras recuerdo yo también tu sabor, el olor de tu cuerpo y tus palabras, me como bajo la misma higuera este plato de pasta y me bebo una botella entera de sidra buscando en el fondo donde está el secreto camino que me llevará hasta tí. La receta de la pasta era tuya y antes de tu abuela y antes de ese miliciano casi centenario que sigue enviando la sidra al amor de su vida, aunque ella ya no está.

Cualquier hombre desnudo, acurrucado en una hamaca de cuadros de colores, bajo una parra llena de uvas maduras, oliendo los jazmines y mirando el rosa intenso de las buganvillas, con una copa de sidra entre las manos tiene que ser necesariamente feliz. Creo que esta es la única forma real que tiene el paraíso.

martes, 8 de febrero de 2011

GAZPACHOS DE GAZAPO

("campo con dos conejos". Pintura de Van-Gogh)

Dos gazapos troceados que cazamos este domingo en Cuenca, sofritos en buen aceite, tres dientes de ajo, una rama de tomillo, laurel, sal. Añado después dos tomates rallados y más tarde caldo de pollo, dejo cocer. Cuando están blandos deshueso los conejos, reintegro su carne al caldo y añado una torta para gazpachos. Cena de campo. Cena de lujo mojada con un vinito también manchego. En el guiso un mapa del mundo, un tesoro de palabras que vienen de muy lejos. ¿Pero de dónde?.

Todos guardamos un mapa de palabras que aún no hemos dibujado, son las palabras pendientes. Guardamos esas palabras y esas voces en el archivo de los mapas por dibujar, como un tesoro. Nadie nos pidió ese mapa, nadie lo necesitará en su viajes hacia tierras incógnitas. Solo nosotros, creemos que algún día será necesario. Con mimo marcaremos sus trazos, cartografiaremos con cuidado las señales, adornaremos con ballenas y bajeles, con una rosa de los vientos de todos los colores el mar invisible.

Guardamos ese mapa de palabras, de lluvia, de años y cuando a veces, abrimos el archivo para tocarlas, tememos que se deshagan en polvo y ceniza, pero siguen limpias y frescas, dormidas, como si el tiempo no las pudiera tocar ni desgastar. En ese mapa está la infancia que a veces nos descubre nuestro disfraz de adultos. Si fuéramos de verdad cartógrafos pediríamos un buen pergamino de Sicilia, el mejor, son curtidos con mimo y preparados para que duren generaciones e intemperies. En él pensábamos dibujar ese mapa, algún día. Era el mapa que quisiéramos haber mostrado a nuestro padre, aunque tarde descubrimos que no entiende esas palabras, ni su idioma, ni los trazos que marcan los lugares que visitamos, las experiencia que vivimos, lo que sentimos, por ejemplo en esa ciudad del norte, en el desierto, en la selva. Pero no importa, tarde descubrimos, tarde, pero no nunca, que él también tuvo su mapa oculto, sus tesoros, sus palabras pendientes y que estas, en otro idioma, con otros límites y mares, son parecidas a las nuestras. Lo descubrimos tarde, pero nunca es tarde. Las vemos muy al fondo de sus ojos. Tampoco nosotros entendemos su idioma ni su sentido, pero si el trazo, los dibujos, el cariño con que un día fue imaginado ese mapa que no es otro que el de nuestra vida.

Te mostraré un día esos mapas mientras comemos este guiso antiguo, para que no viajes desde tan lejos hasta aquí sin saber que hay detrás de mis palabras.