miércoles, 14 de octubre de 2020
RIGATONI LLENOS PARA LEE MILLER
viernes, 3 de agosto de 2018
OMBLIGO DE VENUS Y TU SALSA
viernes, 11 de mayo de 2018
EMPANADAS DULCES

Me despertó el olor. Tus dedos en mi cabeza. El beso breve en la comisura. Tardé en entender, descubrir, asumir qué era aquella bandeja sorprendente: café de verdad, zumo de mandarina, carpaccio de piña, empanadillas de arroz con leche y de membrillo, churros, magdalenas. -Es que me gusta hacer postres-. Te defendiste ante un resucitado alucinado.
Comencé por el café y el zumo. Ya medio vivo, mordí una empanadilla de finísima pasta, luego otra, después otro vaso de zumo y más café y un churro, una magdalena, finísimas láminas de piña. Poco quedó de aquella ofrenda a los dioses del exceso. Yo volví de postre al postre que me había dejado ayer de madrugada rendido por el sueño del pésimo amante borracho. Desayunos dulces, amor y tiempo. ¿Hay algo mejor que esto en el mundo para dedicar toda la mañana de un lunes?
Te llamaré Dulce porque así te recuerdo hoy. Dulce era tu sabiduría para hacer postres, desayunos, cualquiera de los rincones de tu cuerpo, dulce y suave era tu forma de entender la vida sin enojos ni aspavientos y esa forma tuya de despertarme acariciando con tus dedos mi cabeza. No me enseñaste nada, secretas eran las recetas de tus postres como secreta era la razón por la que cocinaste para mí todo el infinito repertorio de delicias.
Engordé esos meses. Tu ya estabas un poco gordita. Así nos salvábamos de clavarnos o entrechocar sin querer el engorroso hueso de la cadera o de la pelvis. Gorditos que no gordos, redondeados, suavizados los ángulos del cuerpo por el sabio hacer de los metabolismos.
Ya no estás. Me dejaste por estúpido el día en el que compré en el supermercado unos de esos flanes industriales o el día en el que me descubriste palpando ante el espejo la curva de mi felicidad. Así somos de estúpidos los hombres. Hoy cierro los ojos y puedo sentir el sabor ácido del dulce de membrillo tras el ligero crujiente frito o la textura melosa y fresca del arroz con leche o el sabor de tu piel a caramelo de melocotón, el sudor fresco de tus ingles a chantilly con moras, tus pezones a castañas en almíbar o tu ausencia, hoy, a barro seco o al estropajo húmedo que siempre dejo al fondo del fregadero.
Y hoy añoro tus postres. Por eso he aprendido por mi cuenta a hacer las dichosas empanadas. Basta tener unos membrillos maduros y amarillos como el sol. Hay que quitar sin prisa la pelusa y luego picar su dura pulpa sin pelarlos porque en esa cáscara amarilla se esconde su aroma más intenso. Después hay que dejar cocer despacio toda esa pulpa con un tercio de azúcar y un poco de fruta de la pasión, maracuyá la llaman en Brasil. Se va removiendo con cuchara de palo hasta que la pasta tenga un dorado apetecible, casi moreno. Con esa pasta ya fría se rellena una oblea de empanadilla o pasta filodoro o brik. Se fríen y se comen así, con la pasta caliente y su corazón fresco, como eras tú. Esta receta me la sopló luego Abraham un día en el que, depresivo, terminé en su restaurante para comer de postre a modo de fármaco euforizante un Pastel tibio de Chocolate blanco y Mousse de Maracuyà. Gracias tío.
Aquel día me habías dicho: -Mañana te haré esas que te gustan rellenas de arroz con leche-. Y yo me sentí dichoso, bendecido por tí, mucho mejor que cuando alguien que deseas y amas te dice que te quiere mientras abre su cuerpo sin demora. Qué fácil es a veces descubrir que la felicidad solo es eso, un puñado de arroz cocido en leche dulce, un platillo pequeño lleno de nácar espeso y fresco adornado con un palo de canela y una corteza de limón que tu me ofreces por nada. Entonces entiendes aquella fábula bíblica de cambiar un mundo por un plato de lentejas, porque el mundo inmediato y auténtico es ese, el del sabor intenso de un guiso de lentejas o de un arroz con leche.
Ya no estás, pero aprendí también a hacer tu arroz con leche para suplir tu ausencia. Saboreo durante un rato el saber milagroso que resulta de mezclar dos culturas, la de los comedores de arroz, la de los bebedores de leche, comulgar con más de media humanidad que sobrevive a base de estos dos alimentos y llenarlos del lujo del azúcar, la canela de Ceilán y el cítrico que llegó un día a nuestra historia por remotos caminos desde China. Pero no es solo historia, es tu arroz con leche o el de tu abuela o el de la suya. Después supe que cuando una mujer te promete hacer arroz con leche te está dando el corazón entero. Después lo supe. Ahora me pesa. Si lo hubiera descubierto entonces, en el momento mismo de morder tus empanadillas dulces, no estaría aquí, acabando uno de estos postres industriales e imaginado el sonido de tu voz cuando el jardín está en penumbra. -Dulce, vámonos a dormir, yo te prometo mañana para desayunar unos huevos fritos con torreznos-. No se si lo entendiste, creo que si, era también mi forma de servirte mi corazón en trozos pequeños para que luego los mojases en la yema.
lunes, 13 de noviembre de 2017
LASAÑA DE MANZANA CON LOPE
Asja, tras volver de Siberia, visitó a Brecht en Berlin. Fue él quién le contó el final de Benjamin. De vuelta a Moscú recordó aquellos días y volvieron a sus labios "lo que había en ella que había sido él".
Si cuando no queda ni rastro de deseo en tu cuerpo sigues queriendo más, si teniendo un trozo de paraíso fuera de la casa prefieres el horizonte de su culo, si hablar de cualquier cosa ya es una fiesta emocionante, si comienzas a comer la lasaña soplando sin esperar a que su calor deje de quemar los labios. "Eso es amor, quien lo probó lo sabe".
(de: “El Barco Caníbal”. Fragmentos desechados)
sábado, 8 de julio de 2017
TAGLIOLINI ALLE SCORZETTE DI ARANCIA E LIMONE
| Óleo de Bartolomeo Bimbi para Cosme III de Médici |
miércoles, 8 de enero de 2014
MACARRONES CON SEPIA
Y de postre peras y manzanas al vino.
viernes, 28 de septiembre de 2012
FALSA LASAÑA DE SETAS
martes, 28 de agosto de 2012
PASTA CON MAR
Hacemos unos espaguetti negros al dente, casi duros, en un caldo de pescado suave (morralla, peladuras de gambas…). Hacemos dos saquitos (uno para ti y otro para mi) con papel de aluminio y colocamos dentro una ración de pasta, en crudo: cuatro mejillones muy limpios, seis almejas también limpias de arenillas, un tomate pelado y picado en daditos, media docena de gambas peladas, también crudas, un chorro del mejor aceite de oliva y un poco de perejil picado. Cerramos bien el saquito y lo metemos a horno fuerte diez minutos. Lo suficiente para que el calor abra el marisco y los jugos se viertan sobre la pasta.
Al abrir el papillote sale el vapor del mar.
miércoles, 18 de julio de 2012
SALMONETES EN CAMISA
miércoles, 21 de marzo de 2012
RIGATONI DE LUJO
domingo, 25 de septiembre de 2011
SIMPLES SPAGUETTI

(Fotógrafo: Joyce Tenneson )
Cualquier hombre desnudo, acurrucado en una hamaca de cuadros de colores, a la sombra de una parra llena de racimos maduros, oliendo los jazmines del jardín y mirando el rosa intenso de la buganvilla, con una copa de sidra fría entre las manos, tiene que ser necesariamente feliz. Si además ese hombre, mientras apura la copa, contempla como ella recoge higos maduros al fondo del jardín y le sonríe, no cambiaría el instante por ningún paraíso.
Y ese tipo soy yo. Era yo.
Nos teníamos trabajo. Nos habíamos convertido, según tus palabras en: la escoria de la sociedad, parados sin derecho a paro, recién despedidos sin indemnización, desocupados sin oficio ni beneficio. ¿Que te gustaría hacer el resto de tu vida?.
Saboreo hoy tu recuerdo, la identidad que te nombra con los ojos cerrados. El secreto de tu piel que me acompaña ahora mientras hago este plato de pasta que tanto te gustaba. Se hace muy rápido, tiene cuatro sabores sencillos y es el mejor para saciar el hambre después de los excesos. Tu me lo enseñaste. La pasta al dente como los labios pequeños de tu sexo, el aceite de oliva crudo como la untuosidad de tus jugos, el parmesano en virutas largas y crujientes, los dados de tomate pelados, maduros, carnosos como el deseo y el orégano fresco, recién cogido, florecillas verdes apiñadas que huelen a verano. Te gustaban mucho estos espaguetti apresurados, tibios, ligeros, glotones, aceitosos, frutales. Es que me saben tanto a verano. Igual que tú. Los dos sabores llegasteis a mi vida a finales de agosto, cuando se toman siempre las decisiones importantes, como no volver a la mierda de ese trabajo. Te sentabas sobre mi y rodeabas mi cintura con tus piernas y me abrazabas para respirar al compás, piel con piel, con los ojos cerrados, sintiendo como hacíamos la digestión a la vez y como a la vez comenzaba el deseo a mordernos el ombligo, a bajar por las piernas y subir al cerebro hasta el lugar donde vive la furia y la risa.
Cuezo los espaguetis frescos tan solo unos minutos con su puñado de sal, su nuez de mantequilla y su ajo roto. Paso el trozo de parmesano por el rallador grande y las virutas caen al plato haciendo una pequeña montaña. Pelo y despepito los dos tomates llenos de sol y rompo dos cogollitos frescos de orégano sobre los dados rojos. Refresco la pasta y la escurro bien antes de bañarla con un buen chorro de aceite, el tomate con orégano, la nube salada de queso. Apenas diez minutos y otros diez para comer juntos sobre la mesa de piedra del jardín, bajo la higuera, mojando el hambre con una sidra fría, seca, de color oscuro que un amigo remoto a enviado a tu abuela desde Normandía. Un viejo amigo de entonces, de los primeros días en el frente de la Ciudad Universitaria –te había contado ella, la vieja-, uno de esos hombrecillos que luchó en todos los frentes en la famosa “nueve” de la columna Leclerc. Tenía la certeza que tras París iría Madrid, que tras Hitler iría Franco. Inventaron una forma nueva de hacer la guerra avanzado a toda pastilla con sus camiones oruga armados hasta los dientes, sin retroceder nunca, pasando muchas veces la línea del frente, durmiendo en ellos, sin ningún miedo a nada. El miedo ya lo habían perdido en Madrid, en Berchite, en el Ebro, en los campos de concentración del sur de Francia o el norte de Africa. Tenían esa certeza, después de París, Berlin y después Madrid. Casi todos eran anarquistas, catalanes, extremeños, republicanos sin partido que sabían como aguantar la precisa artillería alemana o como reventar un Panzer con una granada y una botella de gasolina. Casi todos murieron camino de Berlín, ninguno sale en las películas yanquis aunque fueron los primeros en entrar en París y en llegar al “Nido del Aguila” de Hitler. Luego les traicionaron. Los aliados no siguieron hasta Madrid y ellos, los poquísimos que quedaron vivos, se integraron a la vida civil y pacífica, siendo buenos padres, ciudadanos anónimos. Para Leclerc y sus oficiales siempre fueron los mejores, para el resto del mundo nadie, unos olvidados. En mi memoria está escrito que eran los mejores –te había dicho tu abuela, Y uno de esos hombres le envía a tu abuela todos los años una caja de botellas de sidra de la que hace en su granja. Y siempre la misma carta y las mismas palabras “para la miliciana más guapa de mi trinchera. Te recuerdo”.
Tu no dices nada ahora pero yo imagino a ese anciano enamorado embotellando esta sidra y recordando a la mujer que vivió en esta casa y que te hizo posible. Y ahora, mientras recuerdo yo también tu sabor, el olor de tu cuerpo y tus palabras, me como bajo la misma higuera este plato de pasta y me bebo una botella entera de sidra buscando en el fondo donde está el secreto camino que me llevará hasta tí. La receta de la pasta era tuya y antes de tu abuela y antes de ese miliciano casi centenario que sigue enviando la sidra al amor de su vida, aunque ella ya no está.
martes, 8 de febrero de 2011
GAZPACHOS DE GAZAPO

("campo con dos conejos". Pintura de Van-Gogh)
Dos gazapos troceados que cazamos este domingo en Cuenca, sofritos en buen aceite, tres dientes de ajo, una rama de tomillo, laurel, sal. Añado después dos tomates rallados y más tarde caldo de pollo, dejo cocer. Cuando están blandos deshueso los conejos, reintegro su carne al caldo y añado una torta para gazpachos. Cena de campo. Cena de lujo mojada con un vinito también manchego. En el guiso un mapa del mundo, un tesoro de palabras que vienen de muy lejos. ¿Pero de dónde?.
Todos guardamos un mapa de palabras que aún no hemos dibujado, son las palabras pendientes. Guardamos esas palabras y esas voces en el archivo de los mapas por dibujar, como un tesoro. Nadie nos pidió ese mapa, nadie lo necesitará en su viajes hacia tierras incógnitas. Solo nosotros, creemos que algún día será necesario. Con mimo marcaremos sus trazos, cartografiaremos con cuidado las señales, adornaremos con ballenas y bajeles, con una rosa de los vientos de todos los colores el mar invisible.
Guardamos ese mapa de palabras, de lluvia, de años y cuando a veces, abrimos el archivo para tocarlas, tememos que se deshagan en polvo y ceniza, pero siguen limpias y frescas, dormidas, como si el tiempo no las pudiera tocar ni desgastar. En ese mapa está la infancia que a veces nos descubre nuestro disfraz de adultos. Si fuéramos de verdad cartógrafos pediríamos un buen pergamino de Sicilia, el mejor, son curtidos con mimo y preparados para que duren generaciones e intemperies. En él pensábamos dibujar ese mapa, algún día. Era el mapa que quisiéramos haber mostrado a nuestro padre, aunque tarde descubrimos que no entiende esas palabras, ni su idioma, ni los trazos que marcan los lugares que visitamos, las experiencia que vivimos, lo que sentimos, por ejemplo en esa ciudad del norte, en el desierto, en la selva. Pero no importa, tarde descubrimos, tarde, pero no nunca, que él también tuvo su mapa oculto, sus tesoros, sus palabras pendientes y que estas, en otro idioma, con otros límites y mares, son parecidas a las nuestras. Lo descubrimos tarde, pero nunca es tarde. Las vemos muy al fondo de sus ojos. Tampoco nosotros entendemos su idioma ni su sentido, pero si el trazo, los dibujos, el cariño con que un día fue imaginado ese mapa que no es otro que el de nuestra vida.
Te mostraré un día esos mapas mientras comemos este guiso antiguo, para que no viajes desde tan lejos hasta aquí sin saber que hay detrás de mis palabras.












