viernes, 24 de diciembre de 2010

SOPA DE AJI AMARILLO Y SECRETOS DE MAR

Me gusta respirar este aire helado. Bajamos al Wollman Rink a recordar como se patina, agarrados el uno al otro, sumando nuestras torpezas sobre el hielo y sin parar de reír a pesar de los culetazos. Admirados de este extraño y enorme bosque dormido y helado en medio de la ciudad. Cerca de la 59 hay un bareto donde dan café italiano espeso y aromático. El camarero peruano me ha regalado unos ajis amarillos. Escribe usted como antiguo mister. No me llames mister, Jesús, que me hace sentirme viejo. Y qué mister, no es lo mismo viejo que anciano. Jesús debe tener mi edad. Se pone a mi lado en silencio cuando hay pocos clientes y lee lo que escribo. Nunca dice nada si no le pregunto. ¿Qué te parece hoy Jesús?. Muchas palabras antiguas mister, debe ser que como usted es español escribe así, tan raro y retorcido. Jesús es cocinero por la noches, de madrugada es repartidor, por las mañanas atiende las cafeteras en ese pequeño bar y ejerce de crítico altruista de mis textos, nunca descansa. Agradezco que sea un lector tan atento y sincero. Mister le he traído unos ajis amarillos, no pican demasiado, lo suficiente para calentar el alma. Hoy te he traído al bar tras nuestra mañana de intento de patinaje. Su señora es muy bella mister, parece mismamente una bruja de cuento, pero en bella. Me dice en un susurro cuando me levanto por mi café y tu té. Muy rico el hojaldre con el que me obsequió ayer, es la mejor tarta de manzana que he probado en mi vida ¿conoce esa historia yanki del juanito manzanas?
Esta ciudad es mi casa, no echo de menos nada. Eso no te lo digo pero lo pienso muchas noches cuando me despierto y me levanto a beber un vaso de agua y te veo ahí dormida, dentro de un sueño en el que tal vez esté yo mismo sin saberlo. Tienes sueños de bruja. Eso tampoco te lo digo. Trituro despacio tres ajis mirasol o ajis amarillos en el mortero de piedra que trajiste de Lima, he quitado las semillas y los pequeños nervios, luego echo esa pasta en un caldo fabricado con tres carcasas de pollo y unos huesos de costilla de ternera, dos cebollas, tres puerros que he dorado en el horno. He comprado los despojos y las verduras en mi puesto preferido de Chinatow. Espeso el caldo con un poco de harina de maíz y unos dados de pan frito machacado. Rectifico la sal, pica lo justo. Después he colado el caldito en el que nadarán, en el momento de servir, unas zamburiñas crudas, dos cucharadas de huevas de pez volador y unas cuantas huevas de salmón. Sopa de aji amarillo con secretos de mar. Te pregunté entonces, hace ya muchos años, cuando probamos esta sopa por primera vez: ¿te gusta el picante? Y tú: Si, me gusta mucho el picante. Pensé: Una razón nueva para amarte. Sonríes ahora cuando ves los cuencos donde esperan los secretos del mar y la jarrita de caldo amarillo muy caliente. Nos hemos quitado casi toda la ropa, la calefacción de vapor de esta ciudad convierte la casa en un espacio de clima ecuatorial a pesar de tener la ventana medio abierta a la gélida noche.
Te gusta el picante en la sopa, en el amor, en la vida. Me gusta que te guste el picante en mi deseo, en mis palabras y mis guisos. Cuando te veo venir por la calle metida en docenas de capas de ropa siempre te imagino desnuda o casi desnuda, como ahora, ante el cuenco de sopa de aji amarillo que nos va a calentar la boca y el alma hasta el fondo. No te pregunto si te acuerdas de esta sopa, no hace falta, te brillan los ojos por los ajis, los recuerdos, lo que imaginas que haremos luego encima de la manta de lana de alpaca la noche por delante.

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