jueves, 29 de agosto de 2013

CENAR VAMPIRO A LA BORDELESA



Años antes del desastre del “Prestige”, andábamos realizando un estudio sobre el “emprendimiento” de las mujeres de los pescadores de Muxía metidas en la aventura de comercializar sus trabajos de encajes “de Camariñas”. Una día, como en un cuento gótico a lo Blixen, ya muy de noche, sorprendidos por una tormenta de todos los demonios, me perdí en aquellas carreterillas sin indicaciones, muy estrechas, todo curvas (entonces no existían ni los gepeeses ni los móviles) que a veces acababan en carriles de tierra, otras en aldeas sin luces o directamente en páramos deshabitados junto a las broncas rompientes de la Costa de la Muerte.
Desorientado y cansado, decidí pararme en una tasca que estaba en las afueras de una de esas aldeas. Eso ponía en un letrero de madera labrada LA TASCA, nada más. Al empujar el portón de madera gastada de naufragio nos encontramos con un amplio y confortable espacio de suelos de roble bien encerados y mobiliario extraño, más propio de una casa burguesa del siglo XIX que de un humilde bar de carretera. Allí se estaba caliente, además, para nuestra sorpresa, olía muy bien, a una mezcla de chimenea con buena leña, tabaco de pipa holandés y flores secas de lavanda. En algunas mesas se comía, en otras se bebía y en todas se hablaba animadamente en gallego de esto y de lo otro sin que nuestra presencia o nuestra apariencia forastera rompiera ninguna conversación. Nos sentamos en una mesa libre y nos sirvieron, sin pedirlo, una frasca de buen vino de la Ribeira Sacra, de color muy oscuro, con dos potes de barro para beber, y también dos tazones grandes con un suave caldo. Luego, tras entonarnos un poco, la camarera nos recitó la carta de la cena. Pedimos lo básico y típico: pulpo, mejillones y un guisote de lamprea. La generosa ración de pulpo a feria, sobre un plato grande de loza vieja, estaba en su punto, como exquisitos estaban los grandes mejillones al vapor dentro de un gran pote de hierro e igual de bueno y abundante era el guiso de lamprea del que pringamos hasta la última gota de su potente salsa de sangre con unos picatostes de hogaza que eran más que perfectos y saboreamos a conciencia la finísima, rara e inimitable carne de aquel vampiro acuático. De postre y postín compartimos una ración de tarta de almendras, media frasca de orujo de brujas y un café de puchero muy suave, aromatizado con una hierba que no supe descubrir.
Eran las doce de aquella noche heladora de febrero cuando la camarera nos sugirió el reposo allí mismo. La Tasca tenía también su parte de fonda y arriba había, si lo deseábamos, por suerte, una habitación libre. Nos atrevimos a quedarnos, por seguir con la aventura gótica, y en buena hora. El camastro era enorme, antiguo, con el colchón altísimo. La habitación era grande con el lujo de tener allí dentro una chimenea ya encendida que templaba el invierno, los altos techos y el granito basto de las paredes. A la derecha se abría un gran ventanal hasta el suelo que daba al mar rabioso del que huíamos. Metidos en la cama se adivinaba la espuma blanca de la rompiente. No había tele, ni baño, sólo uno colectivo para las cuatro habitaciones al final del pasillo, pero allí dentro teníamos un bonito aguamanil y una preciosa bacinilla de porcelana decorada con sirenas y flores. Lo asombroso del cuarto era que además, sobre el muro del fondo, se apoyaba una buena librería con más de doscientos volúmenes bien encuadernados, sin duda antiguos, con lo mejor de los novelistas y ensayistas europeos del siglo XVIII y XIX. Parecía la biblioteca de algún indiano masón y librepensador. Aquel sitio era rarísimo.
El viaje, la cena, el ruido del mar, las lenguas rojas de la chimenea, aquella cama de otro tiempo con su mullido colchón de lana, poder hojear, antes de apagar la luz, la novelita de Dumas “La mujer del collar de terciopelo”  en una edición de 1855, nos empujaba a sentir que estábamos de verdad en otra parte, que tal vez nos habíamos colado, gracias al temporal, por algún agujero negro cósmico y habíamos llegado a otro lugar del tiempo, en el pasado, en un sueño, en las páginas de alguna de las viejas novelas de esa librería. Pero no. La Tasca era real. Volvimos allí a cenar y a dormir varias noches mientras duró el trabajo, a la misma habitación y a comer casi la misma cena de la que nunca nos cansamos. Qué rica la lamprea.
Años después, volví de nuevo varias veces. El sitio no cambiaba y a mí esa permanencia acogedora y fiel me parecía, en los tiempos que corrían, un gran milagro. Ahora se han puesto muy de moda los denominados “hotelitos rurales”, pero entonces no había ninguno y además éste era de verdad muy distinto, no había en él nada postizo, nada era imitación o simulacro. Lo curioso es que siempre me resultó difícil encontrarlo, como si cada noche cambiase de sitio aunque el precioso ventanal diera siempre al mar muy furioso.
Luego ocurrió lo del Prestige, aquel Atlántico bellísimo, las playas solitarias, fragantes y llenas de algas por las que caminé feliz muchos días antes de hablar con aquellas valientes mujeres de Muxía, se llenaron de mierda. Envenenaron el mar con chapapote. Hilitos de plastilina decía el otro. El resto, los voluntarios, el grito de “Nunca Mais”, la conciencia del don precioso que era aquella Costa de la Muerte es ya otra historia.



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