martes, 13 de julio de 2010

FLORES DE CALABAZA RELLENAS DE ATLÁNTIDA

Emborracharme despacio y con cerveza mientras contemplo o imagino el inmenso volcán reventado que hace muchos años estuvo allí, en ese lugar que ahora llena el mar. Atardece en Oia pero yo estoy abajo, en una pequeña playa a punto de terminar septiembre. Grecia sigue siendo nuestra casa, el hogar de los sueños y las palabras grandes que nombran lo que fuimos. Griegos somos por encima de iberos, árabes, judíos... Mi abuelo anduvo por aquí acariciando las piedras y las palabras antiguas que tanto amaba. El cantinero con pinta de Eurípides me sirve la cerveza a buen ritmo, le he dicho lo que quiero, emborracharme, no el porqué. Me saca entonces un plato gigantesco de flores de calabaza fritas en tempura, algunas tienen dentro un poco de queso de cabra, otras una gamba jugosa y llena de mar.

Atardece. El barbudo me pone otra jarra helada, habla en griego y no entiendo ni “j”, mi abuelo hablaba el griego con soltura y yo apenas chapurreo el español y mal escribo el castellano. He terminado el inmenso plato de flores fritas y sonrío mirando el mar oscuro. Dicen que allí, en ese agujero inmenso de Santorini estuvo la Atlántida. Y del mar oscuro sales de un baño interminable. Dejo de beber y de comer, prefiero emborracharme con otros elixires y alimentarme con otros pétalos que están en tí.

Preparamos la tempura, metemos dentro de las flores de calabacín un trozo de queso de cabra de rulo con un poco de polvo de romero en unas y una buena gamba pelada en otras con un poco de sal gris, mojamos la flor en la tempura y la doramos en caliente y abundante aceite de oliva. Unas veces la flor nos sabrá a monte o otras a mar profundo.

Cerveza entre flor y flor la necesaria, pero siempre frente a este mar, el tuyo.

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