martes, 28 de mayo de 2013

COMER EL PAISAJE I


Carl Warner

He vuelto para comerme el paisaje.
Después de deslumbrarme persiguiendo fruslerías de remotos lugares, exotismos de boca o alimentos raros he regresado a los alimentos de aquí, cercanos, familiares, nuestros, bichos y plantas que crecen en este paisaje por el que camino.

Mi cerebro hizo “click” el día en el que descubrí en uno de los mejores restaurantes de la Castilla  ganadera y trashumante que el rico cordero asado que me estaba comiendo era un animalito criado en Nueva Zelanda, los tomates de la ensalada eran marroquíes y la exquisita tarta de cerezas estaba fabricada con frutos recogidos cuatro días antes en Chile. No estaba en contra del comercio mundial pero aquella paradoja en la boca me pareció un loco derroche de gasolina o de fuel o lo que demonios le echen a los barcos o aviones que transportaron esas viadas desde los confines del mundo cuando, encima, todo aquello ya lo daba mi paisaje. Además luego me explicaste tú las toneladas de mierda o de CO2 que había sido necesario desperdigar por el aire para traer hasta la pulcra mesa del fino mesón su menú de degustación más típico y tópico.
No me he vuelto un glotón integrista de los alimentos de mi terruño, pero decidí entonces, salvo perdonables debilidades, comerme sólo mi paisaje.

Marco en la plancha unos espárragos blancos y unos trigueros apenas cocidos al vapor, al dente y los adorno con unos churretones de torta del Casar batida con aceite de oliva y gotas de limoncillo. Luego he partido un buen pedazo de pastel de pescado hecho con carpa y cangrejos siguiendo la clásica receta de Arzak y de Ota Pavel. Estas verduras han crecido muy cerca de mi casa y los pescados vivían hasta ayer en un pequeño lago que hay en mi dehesa. Devoro pues paisaje puro. Saboreo tu silencio junto a la salsa tártara ligera que hice para adornar el pastel y dejo sin pena de comerme la Aldea Global para volver a alimentarme sólo del horizonte.

Nos tumbamos luego en la hamaca grande y bebemos despacio un granizado de menta poleo y yerba limón. Luego te duermes y yo leo la novelita de Eugénides e imagino un tiempo propio similar a su “Trama” que un día viví o soñé o tengo pendiente escribir. Mientras, allí fuera, no muy lejos, una parte del mundo se sigue comiendo al Mundo entero, derrochando petróleo, envenenando el aire, extinguiendo la diversidad maravillosa de plantas y  animales domésticos y comestibles que logramos inventar durante muchos siglos. Miles de comedores ávidos degluten exotismos remotos, alimentos producidos en las antípodas, quizá más atractivos o más baratos o más raros, pero no mejores que todos estos de aquí al lado.

No hay más luxury que este, glotonear el paisaje. El resto es vanidad, que diría el santo o el hedonista.



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