jueves, 29 de agosto de 2013

CENAR VAMPIRO A LA BORDELESA



Años antes del desastre del “Prestige”, andábamos realizando un estudio sobre el “emprendimiento” de las mujeres de los pescadores de Muxía metidas en la aventura de comercializar sus trabajos de encajes “de Camariñas”. Una día, como en un cuento gótico a lo Blixen, ya muy de noche, sorprendidos por una tormenta de todos los demonios, me perdí en aquellas carreterillas sin indicaciones, muy estrechas, todo curvas (entonces no existían ni los gepeeses ni los móviles) que a veces acababan en carriles de tierra, otras en aldeas sin luces o directamente en páramos deshabitados junto a las broncas rompientes de la Costa de la Muerte.
Desorientado y cansado, decidí pararme en una tasca que estaba en las afueras de una de esas aldeas. Eso ponía en un letrero de madera labrada LA TASCA, nada más. Al empujar el portón de madera gastada de naufragio nos encontramos con un amplio y confortable espacio de suelos de roble bien encerados y mobiliario extraño, más propio de una casa burguesa del siglo XIX que de un humilde bar de carretera. Allí se estaba caliente, además, para nuestra sorpresa, olía muy bien, a una mezcla de chimenea con buena leña, tabaco de pipa holandés y flores secas de lavanda. En algunas mesas se comía, en otras se bebía y en todas se hablaba animadamente en gallego de esto y de lo otro sin que nuestra presencia o nuestra apariencia forastera rompiera ninguna conversación. Nos sentamos en una mesa libre y nos sirvieron, sin pedirlo, una frasca de buen vino de la Ribeira Sacra, de color muy oscuro, con dos potes de barro para beber, y también dos tazones grandes con un suave caldo. Luego, tras entonarnos un poco, la camarera nos recitó la carta de la cena. Pedimos lo básico y típico: pulpo, mejillones y un guisote de lamprea. La generosa ración de pulpo a feria, sobre un plato grande de loza vieja, estaba en su punto, como exquisitos estaban los grandes mejillones al vapor dentro de un gran pote de hierro e igual de bueno y abundante era el guiso de lamprea del que pringamos hasta la última gota de su potente salsa de sangre con unos picatostes de hogaza que eran más que perfectos y saboreamos a conciencia la finísima, rara e inimitable carne de aquel vampiro acuático. De postre y postín compartimos una ración de tarta de almendras, media frasca de orujo de brujas y un café de puchero muy suave, aromatizado con una hierba que no supe descubrir.
Eran las doce de aquella noche heladora de febrero cuando la camarera nos sugirió el reposo allí mismo. La Tasca tenía también su parte de fonda y arriba había, si lo deseábamos, por suerte, una habitación libre. Nos atrevimos a quedarnos, por seguir con la aventura gótica, y en buena hora. El camastro era enorme, antiguo, con el colchón altísimo. La habitación era grande con el lujo de tener allí dentro una chimenea ya encendida que templaba el invierno, los altos techos y el granito basto de las paredes. A la derecha se abría un gran ventanal hasta el suelo que daba al mar rabioso del que huíamos. Metidos en la cama se adivinaba la espuma blanca de la rompiente. No había tele, ni baño, sólo uno colectivo para las cuatro habitaciones al final del pasillo, pero allí dentro teníamos un bonito aguamanil y una preciosa bacinilla de porcelana decorada con sirenas y flores. Lo asombroso del cuarto era que además, sobre el muro del fondo, se apoyaba una buena librería con más de doscientos volúmenes bien encuadernados, sin duda antiguos, con lo mejor de los novelistas y ensayistas europeos del siglo XVIII y XIX. Parecía la biblioteca de algún indiano masón y librepensador. Aquel sitio era rarísimo.
El viaje, la cena, el ruido del mar, las lenguas rojas de la chimenea, aquella cama de otro tiempo con su mullido colchón de lana, poder hojear, antes de apagar la luz, la novelita de Dumas “La mujer del collar de terciopelo”  en una edición de 1855, nos empujaba a sentir que estábamos de verdad en otra parte, que tal vez nos habíamos colado, gracias al temporal, por algún agujero negro cósmico y habíamos llegado a otro lugar del tiempo, en el pasado, en un sueño, en las páginas de alguna de las viejas novelas de esa librería. Pero no. La Tasca era real. Volvimos allí a cenar y a dormir varias noches mientras duró el trabajo, a la misma habitación y a comer casi la misma cena de la que nunca nos cansamos. Qué rica la lamprea.
Años después, volví de nuevo varias veces. El sitio no cambiaba y a mí esa permanencia acogedora y fiel me parecía, en los tiempos que corrían, un gran milagro. Ahora se han puesto muy de moda los denominados “hotelitos rurales”, pero entonces no había ninguno y además éste era de verdad muy distinto, no había en él nada postizo, nada era imitación o simulacro. Lo curioso es que siempre me resultó difícil encontrarlo, como si cada noche cambiase de sitio aunque el precioso ventanal diera siempre al mar muy furioso.
Luego ocurrió lo del Prestige, aquel Atlántico bellísimo, las playas solitarias, fragantes y llenas de algas por las que caminé feliz muchos días antes de hablar con aquellas valientes mujeres de Muxía, se llenaron de mierda. Envenenaron el mar con chapapote. Hilitos de plastilina decía el otro. El resto, los voluntarios, el grito de “Nunca Mais”, la conciencia del don precioso que era aquella Costa de la Muerte es ya otra historia.



martes, 27 de agosto de 2013

SUQUET BARATO


Hoy necesito que cada bocado sea un placer intenso y veraniego. Recuerdo ese olor de los suquets a pie de playa cerca del pueblo de Carlos Barral. Si hiciéramos un guiso con sirena seguro que sabría a suquet. Mejor no pruebo, me gustan vivas, me gustan crudas.
Compro. Un hueso de rape, un kilo de mejillones, medio de gambones (que son congelados y están muy baratos), medio de muslos de pollo troceados, tomates en sazón, cebolla, pimiento, ajo, perejil, medio kilo de patatas. Diecinueve con ochenta y cinco. (azafrán ya tengo en casa).
Fácil. Hacemos el sofrito de la forma habitual, abrimos los mejillones al vapor, pelamos los gambones, cocemos el hueso y las peladuras de las gambas. Sofreímos el pollo con dos dientes de ajo fileteados y cuando están dorados los pedazos echamos encima ese sofrito que nos sale tan rico y los mejillones limpios. Colamos el caldo, preparamos la cazuela donde ponemos el sofrito con el pollo, el caldo y las patatas troceadas a medias cortadas a medias “arracandas” para que el caldito salga espeso, el azafrán tostado y a cocer. Rectificamos de sal y cuando está el suquet listo y su aroma inunda la cocina ponemos los gambones pelados para que se hagan ese último minuto y también una picada de ajo machado, almendras crudas bien machacadas, tomate triturado, perejil, pimienta, cinco minutos y quince de reposo. Si sobra, al día siguiente está aún mejor, pero a mi nunca me sobra.
Hoy no tengo el mar, ni la playa, pero hoy me conformo con este suquet barato, simple y suculento. 

jueves, 22 de agosto de 2013

BOCADILLO DE PANCETA ASADA CON PIMIENTOS


Ilustración de Antonio Azorín Molina


No perder sobre todo la curiosidad. Tampoco las ganas de sacar punta a las palabras, al mundo o a la vida. Ser crítico y amable. Nunca quedarse quieto. Hay quién pierde todo eso a los quince, a los dieciocho, a los veinte años.  Hay quién no lo pierde nunca y sufrirá por ello y por ello se sentirá bien algunas veces. Pocas.

Para que alguien comience a cocinar  e incluso llegue amar el fuego, los cuchillos y las sartenes basta con acostumbrarle a comer bien cada día y que pasen años. Entonces, un día, por circunstancias y separaciones diversas, se encontrará sólo o sola, sin cocinero o cocinera sustituta y descubrirá que no puede vivir sin comer bien. Ha nacido entonces un nuevo cocinero o una.

No perder sobre todo la curiosidad. Tampoco el orgullo y la arrogancia, elegante música para andar por este mundo. Ser tierno y delicado. Nunca creerse dueño. Hay quién pierde todo eso a los quince, dieciocho o veinte años. Hay quien no lo pierde nunca y sentirá por ello el dolor de la soledad y por ello se sentirá feliz algunas veces. Pocas.

El único tiempo ganado es el tiempo en la cocina, en el amor, en el viaje. El resto del tiempo es tiempo muerto, necesariamente desperdiciado en trabajos y desdichas, formaciones y deformaciones del cuerpo y de la mente. El tiempo en el viaje, el amor o la cocina no reporta otro beneficio que vivir y hoy se trata de otra cosa, sobrevivir, pagar, comprar y deber.

No perder sobre todo la curiosidad. Tampoco la ironía, la palabra bronca o el grito airado necesario. Ser bueno en casi nada y hacer solo una cosa en ese instante, con atención, intensidad y ganas. Nunca creerse joven. Hay quién pierde todo eso al poco tiempo de comenzar a viajar, amar o cocinar y prefiere que de ahora en adelante todo eso lo hagan otros, otras. Hay quién no lo pierde nunca y sentirá por ello en el cansancio, el deseo y el hambre a sus mejores aliados. Siempre.

Días duros de verano. Me hago hoy un breve bocadillo. Pan crujiente, panceta asada, pimientos verdes fritos y me saben igual que estas palabras masticadas con gusto e intención, libertad y aire.

Y de postre unas moras maduras.

miércoles, 14 de agosto de 2013

CODORNICES RELLENAS DE OSTRAS


Me dijiste que tu bisabuelo fue uno de los cocineros del último emperador Aisin-Gioro Pu Yi  y que, ya muy anciano, también cocinó para Mao uno de esos platos grasientos de panceta guisada con anís estrellado y salsa de soja que tanto le gustaban al tirano.

Tú también eres cocinera. Lo afirmas con orgullo de estirpe, tras aquel bisabuelo cuyo nombre era Linh, también lo fue tu abuelo, tu madre y ahora tú, aunque ejerzas el oficio luchando contra los wok en uno de estos extraños restaurantes “orientales” de buffet libre que comienzan a proliferar en la ciudad.
Cuando sales de allí, tras una extenuante jornada de diez horas por seiscientos euros, que incluye preparar las viandas, atender a los fuegos en las horas de comidas y limpiar luego todo el cacharrerío, me llevas a una cervecería de la parte vieja de la ciudad para beber unas jarras heladas y morder unas anchoas.

Viniste de lejos, tu madre se embarcó en Hong Kong por error en un carguero español huyendo de todos los dragones sangrientos que ha engordado en China durante tantos siglos, tú tenías cinco años. Hoy eres española y apenas sabes unas pocas palabras de Wu. El mecánico del barco, quién sabe porqué oscuros vericuetos del corazón de un hombre, se apiadó de tu jovencísima madre y luego, en los días de trayecto, se enamoró de ella. Los casó el capitán, no pudieron esperar a entenderse en un idioma distinto al del amor. Quién sabe porqué extraños acertijos del corazón de un hombre, la quiso con cariño y respeto su vida entera, a pesar de las muecas familiares y la extrañeza de los vecinos de aquel pequeñísimo pueblo cercano a Vigo. Quién sabe porque extraños laberintos de la memoria de un hombre para él no hubo otra desde entonces, aunque en todos los puertos del mundo donde recalaba el enorme barco había sirenas, venus y medusas bellísimas. Quién sabe porqué extraños caminos del corazón de un hombre tu fuiste su hija desde siempre, en tus recuerdos de niña, de adolescente, de joven, vive un hombretón gigante como un armario que arreglaba motores de dos mil toneladas y varios pisos de altura y que te amaba como nadie amó nunca a ninguna emperatriz oriental en toda la historia de China.


Hoy estudias lejos de ellos ingeniería mecánica por comenzar una nueva saga profesional. Con apenas veinte años te has emancipado ya gracias a que tu madre te enseñó a cocinar y que tus rasgos orientales pegan con la imagen de marca de ese infame restaurante. Pero hoy en tu casa cocinas para mi uno de delicados platillos preferidos del último emperador Puyi cuyo secreto ha pasado por los tuyos durante cuatro generaciones. Rellenas las codornices salvajes que volaron desde África para hacerse la corte en los secarrales castellanos con un atado de hierbas tiernas en el que distingo los berros, el cilantro, el tomillo y la salvia y junto a las hierbas introduces en el vientre del ave tres hermosas ostras crudas. Me cuentas entonces parte del secreto, antes has mantenido las avecillas varios días en un marinado de vino de arroz, zanahoria, puerros, pimienta de Sichuan tostada, aceite de ajonjolí y un chorro de salsa de ostras. Bien escurridas y tras el relleno, has albardado los pájaros con una finísima loncha de tocino especiado con misterioso polvillos y las has horneado a fuego fuerte apenas quince minutos.
Sobre una cama de arroz, también salvaje, para hace honor a las codornices, has colocado sus cuerpecillos dorados que ahora comemos sin palillos, con los dedos, rechupeteando cada huesecillo y rebuscado en sus entrañas quién sabe qué delicias. Dices: Así las comía Puyi  de niño, antes de caer en desgracia, cuando se escapaba de la corte y se perdía en las gigantescas cocinas de palacio. Así las comemos hoy en esta pequeña buhardilla de Lavapiés mientras abajo, en la calle, tal vez comienza a caer un nuevo imperio.


lunes, 12 de agosto de 2013

COMER DE NUEVO CON BABETTE


Me lleva casi secuestrado, con el tópico pañuelo en los ojos, a un restaurante secreto al que sólo va la élite, los pijos, los ricos, los que están en el ajo y les resbala la crisis, esta y cualquier otra. Crisis? What Crisis?, que diría Supertramp. Y ya es casualidad que suene esa canción en su Jaguar del 61. Pregunto. -Pero… ¿qué es?, ¿cuál es el concepto?, ¿un paladar al estilo cubano?. – Más o menos- Me dice la manager que me ha abducido, manager de una multinacional farmacéutica que vende stent para abrir las arterias atascadas, además de exnovia y buena comilona. Pero cuando entro no hay suelos desconchados, mesas de hule, olores rancios, ni muebles de rastrillo postcolonial y quién que se lleva mi abrigo al ropero no es una vieja mulata de purazo encendido en la comisura sino un maitre con chaqué que mira demasiado mi chaquetilla rozada de terciopelo. Me dan ganas de decir: si, es de Zara, de la rebajas, ¿pasa algo?, pero me callo, uno es discreto. La primera impresión es que el sitio, un gran piso de la zona del ensanche madrileño, no es sino un remedo del palacio de Sissi emperatriz. Paredes enteladas en seda gris perla, arañas de cristal de Hungría,  espejos del XIX y bodegones verité del XVIII, sillas de esas con las patas terminadas en garras de bichos y manteles blancos de lino inmaculado a los que a uno le da miedo acercarse no sea que la simple sombra de nuestra manos les manche la virginidad. Al menos la vajilla no tiene dorados, las copas son minimalistas y la cubertería, de plata maciza, tienen un diseño moderno y ligero, no es necesario haber hecho pesas para tomar con estilo el tenedor. – Tengo la sensación de estar en el decorado de una película que ya he visto, tipo "les liaisons dangereuses", pero en versión castiza-. Mi amiga sonríe con una mueca que seguro le enseñaron en el colegio alemán. El camarero de pajarita me pone la silla. La mesa da a una plaza arbolada y peatonalizada y el tímido sol del otoño entra con agradable suavidad por el cristal. -Ya sabes que ha cerrado Jockey y el resto de sitios burgueses de alta cocina van por el mismo camino. Hoy la gente prefiere contratar a buenos chef y montar las comidas y las cenas en su casa, en plan íntimo, sin la amenaza de huelguistas o paparazzis.  Esta semana ya he ido a dos en La Finca-. Me dan ganas de meterme los dedos y vomitar ante tanto poderío y elitismo pero veo que las alfombras son turcas, antiguas, de seda, y me corto.

Pienso que seguro que la comida será el talón de Aquiles de todo este tinglado, así que me afilo mi colmillo retorcido para echar pestes de todo lo que me sirvan. -Además no hay carta-. Me aclara que cada semana tienen a un chef de fama mundial invitado, que les guisa sus fruslerías a estos ricachos aburridos. Mi amiga me va citando los marmitones de postín que han visitado el antro este año y casi me caigo de espaldas. Luego, aún sin reponerme del síncope, me susurra el chismorreo de la gente que está en las otras mesas comiendo. Banqueros sin agujero en la cuenta de resultados, terratenientes nobles dedicados a hacer vinos exóticos, condesorras con pendientes de esos que con uno de ellos podrían comprarse la manzana entera de la casa donde vivo, un presidente de cierta multinacional tecnológica de la que suelo usar mucho su servicio de atención telefónica situado en ¿Marruecos?, un ruso de esos que llevan guardaespaldas con la Heckler y Koch mal disimulada bajo la americana… así es toda la avifauna del lugar… y una guapísima chiquilla que me suena mucho y que se ríe de cuando en cuando como un pavo con sordina. -¿Y esa quien es?-. Me lo dice. Claro, es la larva típica de su especie, aunque ya es una preciosa mariposa. –Viene mucho con su novio a Madrid, por lo visto se aburre de la muerte en su mini reino de pacotilla y ruleta. -¿Y ese otro de la toalla en la cabeza?. La manager me propone otro mohín de disgusto, seguro que lo aprendió en el master que hizo en Boston, porque tiene un registro distinto que el anterior.- No seas bruto, es un keffiyeh. A J. M. le veo muchas veces en los sitios de marcha de Dubai o en la Petit Maison, pero allí se viste de occidental para poder beber alcohol y acostarse con las rubias americanas, que son las que más le gustan. Por lo visto son su obsesión-. Ahora soy yo el que ensaya un mohín filopijo indicando que no me gusta los chismorreos de las parafilias de los hunos o los hotros.

Me dice el nombre del chef invitado. Y siento algo de alivio, al menos la comida no será decorativa y sosa, aunque la única vez que comí en su restaurante A. de París  me fundí doscientas mil pesetas de las de entonces. Mi recién estrenada tarjeta de crédito salió medio carbonizada de la experiencia, pero como estaba enamorado y el dispendio era el importe íntegro de un premio literario no recuerdo que me doliese demasiado. Por fortuna esta vez pagaba la manager porque cuando me dijo el precio de esta ¿cómo llamarla? ¿Experiencia gastronómica?, ¿religiosa?, ¿sociológica?, ¿macroeconómica?, casi me da un vahído. Ahora entendía porqué sólo comían gangsters y gangsteresas en este paladar de luxury. Me dice mi anfitriona. – El Chef A. D. en persona nos va a hacer una interpretación del menú de "El Festín de Babette"-. Yo pensé, cuánto se aburren los ricos, ya no saben qué inventar, seguro que les traigo de Casa Pepe de Leganés unas lentejas con chorizo extremeño, se las vierto en este plato de Sevres y les parece una golosina llena de delicadeza y perfume campestre…


El menú archifamoso pasó por encima de la porcelana, no por conocido y memorable, menos rico. Tuve que dejar mi colmillo retorcido para mejor ocasión, porque los platos eran antiguos, previsibles, tópicos, carcas, hiperconservadores, pero de una exquisitez impecable. Sopa de tortuga gigante acompañada con daditos de su carne y regada un vino Riesling Weingut Selbach-Ostermuy frío, en sustitución del amontillado del cuento. Un enorme cuenco de caviar iraní, ¿cuarto de kilo?, con los granos más gordos que he visto en mi vida de una dulzura marina maravillosa, con sus Blinis Demidoff y regados por un champaña Veuve Clicquot de 1.962, Las codornices salvajes estaban deshuesadas y rellenas de trufa blanca italiana, en lugar de la trufa negra del relato, escondidas dentro del famoso volován sarcófago de un hojaldre levísimo y perfecto, con su salsa de vino Clos de Vougeot cosecha de 1.965. La ensalada de endivias ecológicas, nueces gallegas, virutas de foie y lechuga romana aderezada por una vinagreta que me daba tentaciones de lamer el plato. Y de postre, una selección de quesos franceses artesanos, Roquefort, Camembert, y unos saquitos brik rellenos de torta del Casar como guiño hispánico, tarta de cerezas frescas, y un plato de higos, dátiles frescos y piña cortados en daditos. Luego nuestro café Mandailing Kopi Luwak de Sumatra (si, ese cuyos granos los caga un bicho, una rata grande o algo parecido) y el previsible Marc Vieux Fine Champagne para rematar lo que un día imaginó la mente calenturienta de mi tía Blixen. ¿sorpresa?, ninguna, ¿felicidad?, toda. Agradezco a Karen su cuento, a mi ex su invitación y al cocinero su plagio. Ya tengo algo que contar a mis nietos.

Estaba saboreando el licor cuando de pronto caigo. Mientras el país se desmorona… ¿Para que demonios me ha traído mi exnovia a este lugar de perdición?, ¿para que rebusque en el trastero una bomba termonuclear, la ponga debajo de una de estas sillas con patas de león tapizadas en seda cruda color salmón y libre a la humanidad de unos cuantos mangantes, perdón magnates?, ¿para que me joda y comprenda que hizo bien en dejarme y elevar el vuelo desde Lavapiés a nidos más confortables como el que le ha puesto ese marido suyo en Niza?, ¿para que vea que la terrible crisis sólo afecta, como siempre, a los pardillos, al populacho, los ordinarios, a la masa orteguiana que nunca se rebela?… ¿que la elite sabe siempre nadar y guardar la ropa, comer de luxury y dejar todos esos inventos tecnoemocionales a los gilipollas, snobs y burgueses de medio pelo que los consumen?. No… No me ha traído para eso. No se ha gastado un fortunón para que mi paladar plebeyo y pobretón se quede babeando. Es otra la razón. Una razón más tenebrosa y sorprendente. Pero esta, queridos amigos, es otra historia, y no de Blixen precisamente.



Publicado en: "Paraísos Glotones" http://www.entretantomagazine.com 


lunes, 5 de agosto de 2013

CHORIZO LOVE

Foto de: guirilandia.com

Nuestra crisis comenzó ayer y no porque mi comportamiento sexual fuera mediocre e impropio de un latin lover -siempre fui así, eso no puede haberte sorprendido-, o por mi escaso conocimiento del idioma del mundo que es el tuyo lo que nos impide mantener conversaciones profundas y juiciosas fuera de la cama, o porque te susurrase al oído ciertas prácticas íntimas que ya alabara hasta el bueno de Joyce, o porque te dijera sin tapujos que a mi la Thatcher siempre me pareció una bruja y Tony Blair su nieto Chuky. No. Nuestra definitiva crisis comenzó ayer cuando te ví echando chorizo a mi sofrito para la paella. Hubiera tragado con eso, que el amor nos hace tener tragaderas anchas y vendernos al relativismo cultural, pero es que era chorizo de marca multinacional inglesa, fabricado en china para más INRI y por ahí no paso.

Chorizo. Esa cosa comestible, deliciosa o infame según las manos o la fábrica que le invente. Su guiso no tiene misterio ni complicación y sin embargo, bajo ese nombre sagrado para los españoles, se hacen agujeros negros gastronómicos que se tragan galaxias enteras, bombas de destrucción masiva y digestiva, objetos mutantes y medusinos que acechan en las vitrinas de tiendas y carnicerías y que te pueden fulminar con sólo mirarlos. Algún gangster piensa que basta como meter grasa y carne picada de cualquier bicho con sal y agente naranja dentro de un pellejo de plástico y colocar una folklórica y ruralista etiqueta de “chorizo”.

Sin embargo no todo es desolación indigesta y chirriar de paladares. Hay estupendos chorizos hechos con las mejores carnes y tocinos, pimentón ahumado de la Vera y tripas de verdad, potentes y riquísimos picadillos frescos de chorizo o delicados chorizos secados y madurados el tiempo justo que, junto a buen pan y vino nos hagan, con sencillez, muy felices, pero no aquí en guiriliandia.

Luego está esto, el fenómeno guiri de la chorifilia. En Gran Bretaña, donde se ha exterminado de los hogares cualquier raíz de cocina tradicional regional y cualquier memoria gastronómica propia, aplauden con fruición cualquier guiso ajeno, remoto, exótico, con nulo criterio y referencia. Y ahora le toca el turno al pobre chorizo. Los ingleses han descubierto el chorizo y ponen chorizo a todo para que adquiera el unte “typical  spanish”, contribuye a esta babel hasta el bueno de Jaime con su receta de paella en la que es imprescindible, como no podía ser de otra forma, el chorizo. Bety, confiesa, ¿de él aprendiste esta traición?

Te escribo todo esto escandalizado, ruborizado, avergonzado, con ganas de instalar en la Torre de Londres alguna afilada guillotina para cortar cabezas de chorizos, chorizos de imitación, fabricantes sin escrúpulos de chorizo y cocineros televisivos chorifílicos, pero no lo hago, prefiero abandonar el hogar y tu cocina inglesa, donde has mancillado mi paella, ya sabes como somos los españoles con el rollo ese de la honra, vaya si lo sabes, que te has leído todos los novelones de Alatriste. Me indigna además que dijeras que el presidente del gobierno de España y muchos de los suyos “eran unos chorizos”, eso si que me duele, que aprendas de mi idioma lo que a ti te conviene. Llámales ladrones o mentirosos, pero no los confundas con mi adorado chorizo. El chorizo de verdad es algo grande, rico y bueno. Y eso que nada por ahí en tu paella arruinando mi sofrito y que está hecho con carne de alien, grasa de aflojar tuercas, agente naranja y sal radioactiva es otra cosa, ponle tu un nombre, en inglés, pero no le llames chorizo mientras clavas con amor en él tu pupila azul. Adios Bety, chory.

PD: no, no es broma, la foto de abajo. Es una auténtica sopa de patatas bravas, with chorizo, claro.
Foto de: girilandia.com