miércoles, 18 de noviembre de 2015

COMER EN PARIS II (Dedicado a una ciudad que quiero)


Medio en sueños escucha por la radio noticias confusas de tiros y bombas en medio de París. La memoria es extraña. Recuerda un restaurante “de obreros” que les gustaba mucho, el Chartier, en la calle Faubourg, además de bonito y sencillo era barato, cosa que en Paris no es fácil de encontrar. Le gustaban sus caracoles y sobre todo la lengua de vaca estofada a la Zíngara con media botella de Burdeos. “Pero tienen otras muchos platos más normales”. Había dicho ella para convercerle el primer día. Entonces él era ateo, republicano feroz, de extremo izquierda y zurdo, admirador de Foucault y del macarra de Houellebecq, del excesivo Bocusse y de los restaurantillos vietnamitas de la periferia, de Bourdieu, Baudrillard, las ostras normandas, el foie y los eclairs de chocolat. Mucho de Camus, Moustaki, Verne o Colette y menos de Sartre, Dumas o de la vida en rosa. Ahora tiene más años pero sigue en lo mismo. ¿Dónde estará ella?, ¿estará bien?

La luz de París era una mierda, una luz grisácea casi siempre, pero nunca se dió cuenta, allí estaba ella y su voz para hacer brillante la ciudad. Visitar el d´Orsay era toda un fiesta, ver de cerca “el origen del mundo” y luego comparar. O desayunar en un pequeño café que no cierra en toda la noche. “Necesito un poco de cafeína”, decía siempre. El café no te parece tan pequeño. Cuatro grandes ventanas dan al Sena y se ve en una esquina la catedral. Está lleno de jóvenes estudiantes trasnochadores que beben combinados con cocacola, algunas parejas trajeadas con vestidos de fiesta que estuvieron en algún teatro y desean seguir estirando la noche. Tan solo uno o dos parroquianos solitarios, de traje gris y mirada agotada que saborean su pastís mirando a las chicas que se ríen y a la oscuridad de fuera, a las luces de la ciudad reflejadas en el agua del río. Recuerdas entonces que hoy es viernes o, más bien, era viernes. Hoy ya es madrugada de sábado. Os sentáis en una pequeña mesa al fondo del café. El camarero cincuentón parece conocerla, la da tres besos, os sirve con rapidez dos cafés americanos y dos croissants aún calientes. “Los hacen ellos aquí. Tienen panadero propio. Su dueño era cliente mío hace mucho. Bueno, mío no. De la empresa para la que trabajo. Le avisé a tiempo y vendió antes del desplome de las puntocom del año dos mil. Salvó sus ahorros de toda una vida poniendo cafés. El dueño es el mismo camarero”. Ella te besa con sabor a café. Podríais ser también dos estudiantes de juerga que demoran la noche antes de acabar en la cama. Te gusta su beso y su sabor a buen café y la caricia por tu cara, el ruido del bar, las risas de la gente, un brindis que suena en la barra, el brillo de la noche sobre el Sena, el brillo de los ojos de ella. Respira en tu cuello y tú respiras el olor de su pelo corto. Nada te ha olido nunca con tanta intensidad a vida. Después del café y el hojaldre pide con un gesto otra bebida. El camarero entiende y os trae al poco tiempo dos tazas de chocolate perfumado con canela y un platillo con churros recién hechos. Mae te sonríe. Especialidad de la casa. Esto es lujo y no Maxim’s. Churros recién hechos en París a las cuatro de la mañana. Es que la madre de su mujer es española y las mañanas de los sábados hace churros. Son crujientes, ligeros, sabrosos, con el punto de sal justo y un dorado que los hace ser una joya. Los de las otras mesas os miran con envidia. La gente pide esas golosinas y comienzan a salir de la cocina más chocolate y más platillos con churros. “Aquí los llaman chichis”.
Ahora está despierto. Enciende la Tele. Muchos años sin saber nada de ella ¿Dónde estará?, ¿estará bien?



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