lunes, 22 de agosto de 2016

TOCINO SIN GÓNGORA

Foto: Li Hui
Pensó que tal vez el veneno del deseo no fuera tanto la rutina como la trampa de dar por ganado un cuerpo, por conocido, por nuestro. O quizás lo más tóxico fuera olvidar la alegría y las ganas de exceso.
Dejó macerar la papada ibérica durante medio día en pimienta, poco pimentón, sal, azúcar y algo de tomillo fresco y estuvo toda la tarde leyendo “meridiano de sangre”. Luego cocinó al vacío el tocino con la lentitud precisa que permite este agosto y preparó un puré como manda la buena cocina viciosa, con patatas ratté, mantequilla y crema doble. El privilegio de vivir y su consciencia exige ser minucioso en los ritos para luego dejar volar el instinto a su libre antojo. Pasó por la plancha fuerte los pequeños dados de papada para dorar apenas su exterior, colocó cada cuadrado de marfil sobre una pequeña montaña de puré y napó el invento con una ligera salsa de apio, nabo y puerro antes de colocar encima una cucharada generosa de caviar español.
Es posible que siempre se nos escape a quién más deseamos. O tal vez no. Pensó que quizá no fuera tan difícil conservar la alegría, comprender la fortuna de estar hoy aquí, saborear el tocino cocinado y también el vivo que a veces esconde la piel de quién amamos. Cocinó tres dados para cada uno. Entre cada bocado hubo silencio, vodka helado y sonrisas. En la cama también.

Y Santi, en el cielo de nuestra memoria, sonrió satisfecho al contemplar como su antiguo pecado continuaba teniendo seguidores.



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