martes, 21 de abril de 2020

ROSAS DE SARTÉN


Según tengo rastreado, las rosas de sartén son un dulce de origen “morisco”. Recuerdo hoy la receta de mi madre de estas “rosas fritas” que tanto me gusta hacer con ella. Ojo, en los postres sí hay que ser meticuloso con pesos y medidas: dos huevos, un cuarto de litro de leche en la cocemos un cuarto de flor de vainilla, una cucharada sopera de anís seco, más ciento setenta gramos de flor de harina y lo batimos todo. Luego sumergimos el extraño hierro en el aceite caliente (el utensilio parece un arma alienígena que disparará, si apretamos el mango, algún rayo fluorescente y fatal) y entonces comenzamos la danza de hundir el hierro en la masa líquida y de inmediato al aceite. La rosa o flor de sartén se desprende en segundos y nada burbujeante, se hace sólida, se dora, la sacamos al papel secante y cuando la vamos a comer la pintamos con unos hilitos de miel tibia. El hierro se puede comprar en cualquier mercadillo, cuando la vida vuelva a la calle.

La última expulsión de los españoles moriscos, repito de nuevo: “españoles-moriscos”, fue ordenada por el h.p. (sí, las letritas significan lo que piensas) rey Felipe III entre 1609 y 1613. Se estima que fueron desterradas unas 300 000 personas que tuvieron que irse de su país, de su pueblo, de su casa, de sus vidas tranquilas para siempre, casi con lo puesto, malvendiendo sus posesiones, siendo muchas veces robados por el camino.
Pero algunos pueblos lucharon contra esta infamia. Me produce especial emoción la historia un pequeño pueblo llamado Villarubia de los Ojos, que está junto a las Tablas de Daimiel. Se llama “de los Ojos” porque está muy cerca de “los Ojos del Guadiana” un paraje donde antes surgía como de la nada el precioso río Guadiana (hoy ya no es tan precioso, ni surge). Es curioso que la palabra "ojos" venga precisamente de un confusión etimológica de árabe ʕayn ( ﻋﻴﻦ , plural ʕuyūn ﻋﻴﻮﻥ) que significa tanto "ojo" como "fuente y manantial".

El pueblo de Villarubia tenía casi un 40% de población morisca. Y estos españoles-moriscos, tras ser expulsados, volvieron a escondidas a sus casas (o hicieron como que se iban pero no se fueron) y luego la totalidad de sus vecinos, del más noble al más plebeyo, les encubrieron e hicieron todas las trampas legales e ilegales, posibles e imposibles para que no fueran de nuevo expulsados. Y allí se quedaron.

Cuando por casualidad visité en el 1992 el pueblo, ese año de fiestas de “descubrimientos” pero también de memorias menos rememorada por otras tristes expulsiones, en la calle principal, en una anodina tienda de pan, miel y chucherías, vi que vendían muchas cajas con dulces fritos y también estas rosas deliciosas que inventaron los españoles moriscos y que también hacíamos nosotros en Extremadura; todos españoles mil leches si rascamos la seca tierra de la historia, o mil leches a secas, sin trapillo.

Villarubia de los Ojos, se llama el pueblín, y es de esos pueblos que a uno le llena de “orgullo y satisfacción” haber visitado y saber su secreto. https://www.rtve.es/…/otros-documentales-expulsion…/4002920/

miércoles, 1 de enero de 2020

EMI & BENI

Me dices que quieres ostras y yo recuerdo a Botticelli, aunque la concha de su venus fuera otra y me viene a la cabeza también doña Emilia Pardo Bazán, no porque perdiera como tú las bragas por la ventana de su carruaje en uno de sus cariños con Galdos, sino porque me gusta mucho su receta de ostras escabechadas.

Te recuerdo que los yacimientos ostreros de épocas paleolíticas y neolíticas suponen gigantes montañas de millones de conchas y muchos metros de profundidad. Comer ostras era siempre más fácil que pinchar a un mamut con un palito afilado o perseguir a un uro cabreado o cazar a una ardilla de una pedrada. Éramos cazadores, pero sobre todo recolectores de aquellos alimentos que eran fáciles de encontrar y atrapar. Las costas estaban llenas de abundante marisco: caracoles, almejas, lapas, ostras cuyo cocinado no requería tener un título del Cordón Bleu sino un puñal de sílex, quizá unas brasas y sobre todo hambre. Luego leemos los empachos de Brillat-Savarin y sus colegas, las docenas y docenas de ostras que se jincaban para desayunar y nos asombra su facilidad devoradora pero es que la afición ya venía de largo.

Se abren unas ostras grandes, mejor quince o veinte o treinta. Ya que se pone uno, la práctica lo es todo y abrir sus conchas siempre tiene cierto peligro de morir desangrado por un desliz del cuchillo. Yo tengo una Opinel diseñada para este arte, pero vale cualquier cuchillo corto, con punta y buen mango. Secamos los cuerpecillos con un paño, las rebozamos con una buena harina de maíz y las freímos en abundante y caliente aceite en el que antes hemos dorado unos dientes de ajo fileteados. Con un minuto vale.

Te cuento que hasta entonces, en los lugares donde se recolectaban, las ostras eran baratas, otra cosa era querer llevarlas hasta Yuste, de pozo de hielo en pozo de hielo y por la noche, para que el pirado de Carlos I se consolase tragando unas docenas con cerveza caliente. O que en ciudades alejadas de la costa llegasen vivas y no convertidas ya en una bomba podrida e intoxicante. Luego el transporte fue mejorando, se convirtieron en una moda aristocrática por el burdo rumor de suponerse afrodisiacas, la burguesía o la plebe con posibles quiso imitar el gusto, el erotismo venusino y se disparó su precio. Pero la demanda de ese nuevo mercado o moda y las enormes salinas abandonadas disponibles propiciaron el crecimiento de la ostricultura en el siglo XVIII. Y así hasta hoy, que comer ostras es casi asequible en cualquier parte del mundo. Pero antes de los aviones, las cámaras frigoríficas y el master chef, había gente aficionada al bicho tierra adentro o momentos en los que a uno no le apetecía andar a la intemperie en invierno y con alta marejada, con el culo al aire, para rapiñar unas cuantas ostras en un acantilado peligroso, así que inventamos como conservarlas, ya sabes, el bendito escabeche. Con esa maravilla vinagrosa y milagrosa se pueden conservar unos barbos de río, unas perdices quijotescas, tres cuñados pesados y unas ostras gallegas o normandas como las que tengo ahí.

Doña Emilia era una mujer admirable, una escritora estupenda y una cocinera fina que además escribió dos libracos de cocina que tengo en esa librería y uso mucho. Se titula uno “la cocina española moderna” y el otro “la cocina española antigua”, para qué andarse con rodeos. Los gilipollas de la Academia de la Lengua de entonces no quisieron admitirla y hasta uno la insultó diciendo que su culo gordo no cabría en el sillón letrado. Alguien que no sepa apreciar el culo generoso de una señora o es un simple o un imbécil. Por suerte su amigo Benito siempre supo apreciar su anatomía y aún más su inteligencia. Leer su correspondencia erótica nos enseña mucho de todo eso del deseo y sus placeres en tiempos del satisfyer y el porno online. Galdós y la Bazán se amaban, se admiraban y eran capaces de comerse dos docenas de ostras escabechadas y luego echar un polvo en uno de esos simones capotados saltando por el imposible adoquinado del Madrid del XIX. Los admiro.

Tras sacar las ostras de la sartén pasamos el aceite por una manga de tela para limpiarlo de grumillos harineros y pochamos en esa grasa una cebolla, un puerro y dos zanahorias cortados en juliana, un puñadín de pimienta negra en grano y dos hojas de laurel. Añadimos entonces un vaso de vino blanco y otro vaso de vinagre suave, dejamos cocer a fuego lento hasta que se evapore el alcohol, probamos el punto de sal, acidez y al gusto podemos suavizar este escabeche con una cucharada de azúcar. Añadimos entonces las ostras, los ajos fritos y las dejamos infusionar ahí, a fuego lentísimo cinco minutos, retiramos la sartén del fuego y las dejamos enfriar ahí sumergidas. La receta de Doña Emilia es algo diferente pero esta es la mía. Además voy a abrir ese champán tan bueno que me has traído, las cosas buenas es mejor saborearlas todas justas no sea que mañana sea el apocalipsis o cualquier cosa peor. Abre la boca y cierra los ojos. Estas las hice ayer. Sabían que te iban a gustar mucho más que las crudas de siempre con la maldita gota de limón. Luego te leo una de las cartas de amor de doña Emilia e intentamos una versión a nuestro modo. Ya sabes que en el gusto por el sexo, las ostras y las grandes novelas debemos aprender mucho del refinamiento bruto de nuestros abuelitos. Sobre todo de Benito y de Emilia.

sábado, 21 de diciembre de 2019

NAVIDAD CON NESQUIK Y LECHE DE CABRA RECIÉN ORDEÑADA



Comenzaba el noventa y dos. Todos decían que sería la apoteosis de una España por fin moderna, europea y beautiful, con olimpiadas y expos universales adornando los sueños húmedos de muchos. Pero él rozaba los veinticinco y acababa de descubrir a Chatwin, a Kapuściński y a Fermor, repudiando con arrogancia a Cela, Ruano o Azorín. Nada deseaba más que hacer su primer viaje equinoccial, proponerse una aventura cercana y también de alguna forma primitiva, lejos de turisteos y fáciles aviones, nomadear por una vez por dentro de España mientras se estaba más o menos perdido en la intemperie. El camino de Santiago se le antojaba demasiado sacro y ya muy masificado.  Se le ocurrió entonces hacer caminando la Vía de la Plata durante esos días de Navidad. Encontró anotados en una vieja traducción de Medea que  hizo su abuelo los nombres romanos de los lugares donde cumplían los millarios de la ruta: Augusta Emerita, Sorores, Castra Caecilia, Turmulos, Rusticiana, Capera, Caelionicco, Ad Lippos, Sentice, Salmantica,  Sibarim, Ocelum Durii, Vico Aquario, Brigeco, Bedunia y Asturica Augusta.  Seguiría ese camino, siempre andando, con una mochila pequeña, el saco y un cuaderno de notas.

Había hecho mentalmente un pequeño listado con los amigos a los que les propondría aquel paseo y qué razones seductoras enarbolar para intentar convencerles de esa locura. Entraba en el bar de la facultad cuando se chocó con ella y le salió aquella propuesta sin pensarlo, como cuando se desanuda un globo y sale el aire en un segundo sin poderlo impedir. ¿La Vía de la Plata caminando en las vacaciones de Navidad? Vale, pero cuando lleguemos a Astorga, ya puestos, habrá que subir hasta el mar ¿no?. No la conocía demasiado, apenas alguna litrona compartida con otros en el cesped, su cara en alguna asamblea, libros discutidos antes de los exámenes o aquel fin de semana con otros compañeros subidos a los tejados de las casas vacías del pueblo de Riaño mientras los guardias civiles les pedían “por favor” que se bajaran. Era una perfecta extraña pero en ese momento le pareció una buena compañera de camino, una más. Durante toda la mañana del último día de clase fue cruzándose con Alfonso, Marisa, Josiño, Lluis y Carmen. Todos tenían planes y navideñas obligaciones familiares aunque los argumentos de alguno le parecieron una mala excusa para esconder su escaqueo. Al día siguiente, en la estación de autobuses que les llevaría a Mérida solo estaban ella y él. Durante las tres horas de viaje el tiempo se les pasó sin sentir con la cháchara de la facultad, los proyectos por venir y los primeros trabajos precarios como tiernos sociólogos.

Fue al salir de la ciudad caminando por el primer tramo de la calzada romana cuando se dio cuenta. Estaba atardeciendo, hacía bastante frío. El sol sacaba de los campos extraños tonos verdes y dorados. Siguieron con las risas y las bromas todavía un rato hasta que se les hizo oscuro en medio del camino. Una oscuridad que se fue haciendo muy espesa en pocos minutos. Entonces vieron una tenue luz a la izquierda, no muy lejos. La señora, casi una anciana, les acogió con cariño. Les habló de su marido, la trashumancia, el precio de los quesos, los hijos emigrantes tan lejos, su gusto por cenar un Nesquik con leche de cabra recién ordeñada. Les dejó dormir allí junto al fuego, encima de un montón de sacos de arpillera vacíos. Ellos también compartieron con ella aquel brebaje con pan migado. Él tardó mucho tiempo en dormirse. Aquel lugar parecía al margen del tiempo, como si hubieran viajado de repente al siglo I o más atrás, claro que los romanos no tenían el Nesquik. Ella se durmió muy rápido. A través del intenso olor a leche cruda y queso, humo y leña de encina, cecinas ahumándose en lo alto y arpillera vieja, le pareció detectar un suave olor a limón y rosa.

Han pasado treinta años. Por el camino de todos esos años hubo ruinas y desdichas, espejismos, crisis, cansancios, soledades. Hoy tiene la certeza de que se puede viajar muy lejos, a lugares exóticos y asombrosos, sin alejarse miles de kilómetros de casa. No olvida nunca aquella Navidad. No olvida nunca el suave olor de ella por encima de todos los olores aquella primera noche o el sabor de aquel brebaje. No olvida nunca, tampoco, la mañana que llegaron al mar.
  


martes, 5 de febrero de 2019

HUEVOS EN TU SARTÉN


Siempre piensa que estos años fueron demasiados. Por todas las casas y ciudades fue dejando jirones de la piel invisible de la vida, pero también cosas. Libros queridos como aquella edición barata de “el viejo y el mar” que alguien le compró en La Habana. Objetos preciosos como el molcajete de piedra volcánica que le trajeron de Antigua. Trastos extraños como la Derringer de aquel bisabuelo que se gastaba las rentas en Mónaco un siglo antes. Pero nunca dejó abandonada la vieja sartén. En ella había cocinado mil golosinas y siempre se había salvado de todos los abandonos y todas las despedidas. Estos años, antes de partir, antes de cerrar una casa por última vez, cogía la sartén y la metía en su mochila, como si aquel cacharro  guardase dentro de su temple de metal un secreto precioso.

Era muy vieja y estaba muy gastada pero seguía siendo muy buena para guisar en ella unos huevos de corral. A fuego suave templó las escalonias picadas y luego salteó a fuego fuerte los boletus. Añadió entonces daditos de foie fresco y un culillo de Pedro Ximenez. Sumó después al guiso el chorro de nata y dejo cocer unos minutos. Luego trituró con mimo toda la farsa y la pasó por un colador muy fino. En la vieja sartén, de nuevo limpia, sobre unas gotas de aceite cuajó los huevos, añadió la salsa y ralló sobre el plato, con la mandolina más fina, abundante trufa negra.

Hoy cocinaba con esa sartén para ella por primera vez esos huevos receta de Abraham. Utilizaba el fuego fuerte de la llama pero también el fuego suave de todo el cariño con el que se sintió siempre protegido, cuidado tantas veces por el tacto de sus palabras y su risa, abrigado siempre por una amistad de tantos años. Cuando le regaló aquella satén ella escribió que se haría viejo y seguiría cocinando con ella porque la marca garantizaba aquel cacharro por veinticinco años. Él había sonreído ante esa seguridad en el futuro.

No han pasado aún tantos años o quizá sí. Se sientan a la mesa para comer los huevos de la misma sartén. El tiempo ha mantenido caliente el temple del metal y también el otro temple que los une.


PD: la receta de estos huevos es invención del cocinero Abraham García.

lunes, 10 de diciembre de 2018

AU REVOIR LES ENFANTS

El 30 de enero de 2019  cerraré GASTROPITECUS GLOTÓN, esta ventana que abrí hace ya diez años. Sólo tengo gratitud hacia los 500.000 lectores y lectoras que alguna vez pasaron por aquí a picar algo, palabras, recetas, experiencias, memorias, ficciones... Desde aquí salieron luego, en papel, "los dientes del corazón" (Baile del Sol) y "el Barco Caníbal" (Ediciones del Viento), así que algo perdurable quedará.

Y me alegra que desde aquí crecieran algunos apetitos y amores.  Un beso, nos vemos en las calles ¡Salud y Libertad!


"Mae fue a la cocina y preparó pan con aceite y anchoas, manzanilla bien fría, jamón. Encendió unas velas, te alimentó con sus dedos igual que antes te había alimentado con su deseo. La alimentaste con tu boca igual que antes lo hiciste con tus manos, ofreciéndoos los mejores bocados. Tenía el cuerpo aún muy delgado, pero ya moreno del sol de la primavera del sur y en el costado, junto a uno de sus pechos, una cicatriz aún violácea delataba el mordisco de la bestia, la lucha ganada. Después de comer y de beberos la botella entera de vino os cubristeis con una sábana. Sonaban los grillos en la vega y las velas iluminaban apenas vuestras caras. ¿Qué harás ahora? Preparo un viaje. ¿Un viaje? Sí, me voy contigo a ver a Raimond Royuela. 

Aún no puedes entenderlo, ni pasar a palabras lo que sientes, pero sabes que la vida, sin pedirlo, te ha regalado un trozo grande de plenitud llena de guindas, nata y chocolate. Un pedazo gigante de esa tarta. Hace una semana te preocupaba el informe sobre el test de la nueva campaña, las advertencias del jefe, la mirada inquisitiva de los compañeros, el cansancio crónico que te embota el cerebro desde hace ya muchos meses, tal vez años, el pitido del móvil. Después, tras la embriaguez de la huida, tras el alivio breve de haberte despedido por fin, viviste la angustia, el no saber y el saber que la vida de tus veinte últimos años se resume muy bien en una sola y precisa palabra: nada. Luego te embarcaste en una estúpida búsqueda de un vellocino de papel inexistente por hacer algo, por ir a alguna parte. Sin embargo, ahora, abrazado de nuevo por las piernas de Mae, respirando su aliento y sus palabras, dejándote llevar, besando su cicatriz violácea, su vulva rosa, sus ojos negros, no queda nada de aquel hombre que llegó cansado a la verja de una casona de las afueras de Sevilla. Estás desnudo, por fin, del infinito peso del tiempo malgastado. Después, cuando ella te cuenta quién fue, a qué sabe de verdad el dolor, de qué color es la muerte, entiendes que es verdad, que no se trataba de una borrachera fugaz de sexo y primavera, sino de un reconocimiento, de una sorpresa, de una certeza. Tienes en los brazos un trozo de la gran tarta de la vida entero para ti. Toma, cómetelo entero, compártelo con ella, di que sí.

No te duraban los novios más de dos semanas, tanto en Madrid como en Londres. Puntuales compañeros de amor, no soportaban a una mujer como tú. Solían huir atemorizados o recelosos de tus fuerzas, tu valentía o tu inteligencia. Por ejemplo, para decir NO en medio de aquella reunión de los asociados en la que se decidía, cosa hecha, puro trámite, la compra de Arax Company. No era un secreto que Winston London, uno de los jefazos de la firma para la que trabajabas, tenía un buen paquete de acciones. Tras tu NO, que sonó igual en la sala que una pistola que vaciase el cargador en el oído de un bebé, eso diría Jaime Watt después, tan amigo de los símiles extraños. Tras ese NO cristalino y fuerte, deshojaste casi entre susurros los argumentos que explicaban el desastre seguro que iba a suponer la adquisición de Arax, la trampa envenenada que se escondía detrás del aparente chollo. Patentes vencidas, fuga de ejecutivos, falsas innovaciones, beneficios apañados. Te jugabas el trabajo presente, tu carrera futura y, a decir de tu compañero James, Jaimito para ti, tu último amante huido, te estabas jugado el pellejo teniendo en cuenta que estaban sobre la mesa dos mil doscientos millones de dólares y que, después se supo en detalle, el beneficio que se hubiera embolsado Winston London por lubricar los goznes de la operación y vender su paquete de acciones el día después sería de un diez por ciento, doscientos veinte millones de nada. La cara del honorable socio fue adquiriendo un tono rosado a medida que veía peligrar primero y luego evaporarse después las ganancias de un enjuague que llevaba preparando tres años. Días después se tuvo que ir de la firma, sin cena homenaje ni despedida entre aplausos. A Mae le pusieron un par de guardaespaldas durante una buena temporada porque el cabreo del humillado daba para pagar media docena de profesionales de la muerte o más bien tres docenas. Había que tener huevos. Esa fue la expresión que James repetía con esa g gangosa que le salía cuando se empeñaba en utilizar frases hechas en castellano. Sí, la humillación de Winston ante el resto de socios fue similar a la que sintió Dios el día en que su ángel favorito decidió llamarse Satanás. Símil de Jaimito. La firma le dio unas palmaditas en la espalda y sufragó los gastos de los gorilas protectores, pero no hubo movimientos de ascenso, ni gratificaciones para Mae a pesar de que su NO había salvado a la firma de un batacazo seguro. Sí, Mae era minuciosa, hacía los deberes, exprimía sangre de su hoja de cálculo, sabía dónde llamar para desentrañar la verdad y cómo mirar detrás de la hojarasca lustrosa de las cuentas de resultados. La niña encantadora, la chica aplicada, la dulce y culta Mae era la mejor broker de la firma, aunque le escociera la entrepierna a más de uno. Porque los tíos, sus compañeros, sus jefes, tan educados, tan masterizados cum laude, tan políglotas y mundanos tenían siempre bajo el caparazón de buenas personas al cavernícola machista falócrata y se les arrugaba el pene a tamaño cucaracha cuando esa tía tan buena a la que se estaban tirando se corría antes que ellos y salía a fumarse uno de esos Partagás que le había regalado un cliente satisfecho por sus valiosos informes. Ver a esa chiquilla desnuda en la terraza helada de sus apartamentos londinenses fumándose un habano más grande que sus penes antes de perder la virilidad descolocaba al más arrogante seductor de la oficina. Los tíos, siempre apegados a la receta mágica, al gimnasio con sauna y la lectura discreta del Cosmo en la peluquería, se habían tragado eso de que lo importante era dudar a costa de lo que fuera y ahora acabamos todos con la entrepierna escocida de tanto culeo martillo pilón. Más de uno y más de tres visitaron con su mujer al terapeuta sexual después de una noche de cama con Mae. Más de dos no volvieron ni a pensar en ser infieles a sus mujercitas inteligentes pero lo justo, feministas una chispa y orgullosas siempre de sus fogosos mariditos, tan guapos, seguros, musculosos, dulces y ocupados y también tan despreocupados siempre de los apretones a la Visa. Esas eran las mujeres con las que todos sus compañeros deseaban casarse, listas, desenvueltas, viajadas, a la moda, mezclando ropa cara con trapos de GAP, Zara, H&M. Mae no. Por eso, cuando la niña se despidió sin muchas explicaciones y volvió a Madrid, todos resoplaron aliviados y más de cuatro hubieran pensado eso tan católico de se lo merece por lista, por guarra, por mujer y por creerse mejor que nosotros y demostrarlo si hubieran sabido que el motivo de su huida era un jodido cáncer agarrado a su pecho.

Tú no sabías entonces nada de ese pasado. Solo sabías que te gustaba escuchar cuando te llamaba idiota antes de besarte muy rápido y seguir mirando la carretera. Idiota por nada. Como el mejor de los halagos, solo por estar ahí camino de París, mirando su perfil con los ojos locos del amor. Mae. Como Mae West. When I’m good I’m very good, but when I’m bad I’m better. Dios sabe cuál sería la fantasía de su padre o de su madre cuando le pusieron el nombre o la cara del cura el día del Bautizo. Mae, morena, delgada, extraña, seria. Tenía en alguna esquina de su corazón ese genio de la otra Mae, esa forma de reírse de la vida y aguantar, de no conformarse y nunca, nunca darse por vencida. Detrás de su aparente fragilidad era una mujer indestructible. Pero eso también lo supiste después, cuando ella ya no estaba contigo y te quedaba a ti contar esta aventura. Mae, su voz en tu oído antes del amanecer, el olor de su aliento, la forma en que te llama idiota y sonríe igual que cuando te abraza en sueños. No sabes en qué momento te dijo aquello. Las cartas de amor necesitan de tres sencillos ingredientes: sobre todo tiempo, distancia y palabras, además del amor, correspondido o no. Tiempo, porque solo quien tiene tiempo por delante puede pensar despacio, recordar con lentitud o inventar mil futuros posibles para su amor. Distancia, porque solo la distancia nos permite enfrentarnos al vacío, a la soledad de tener lejos al otro, la incertidumbre de temer que tal vez él o ella solo sea un espejismo o un invento de nuestra imaginación. Y palabras, con frecuencia palabras que se han ido repitiendo en muchas cartas por muchos dedos a través de los siglos, palabras para evocar, acariciar, describir, hacer daño, nombrar el amor. No era mala la hipótesis. Tiempo, distancia, palabras. No era fácil reunir hoy estos sencillos ingredientes en un mundo sin tiempo, sin apenas distancias, con las palabras justas para pedir las cosas. Amor y deseo tal vez, pero solo con amor y deseo no se escribían cartas. Te costaba recordar cuándo fue la última vez que escribiste tú una carta de amor. En cuanto nos hemos visto he sentido que te deseaba. No te conozco, no sé casi nada de ti y sin embargo ya ves, me gusta tenerte entre mis piernas, hablarte de mi vida. No me importa nombrar el cáncer, mostrarte sus mordiscos, dejarme llevar por tus ganas. Son las nueve de la mañana. Te gustaría seguir allí, atrapado por la quietud de esa casa de guardeses, por el cuerpo delgado de Mae, por su voz ronca y lenta, pero es ella la que te empuja, la que hace delante de ti su breve equipaje y te propone hacer el viaje en automóvil en lugar de coger el avión. Nos llevaremos el coche del abuelo. Y te sonríe igual que si te conociera desde la adolescencia. Las cartas de amor hoy son como ruinas de un tiempo remoto, pura arqueología. Objetos extraños de los que adivinamos su uso sin saber muy bien cuál era su valor. Su formalidad, su retórica, esa forma de escribir sobre el amor, el deseo, la distancia, el reencuentro nos sobrecoge igual que cuando miramos una vasija de terracota de tres mil años e imaginamos la cara de quien bebió en ella. ¿Cuánto hace que no compras un sello y visitas un buzón de correos? La miras. No ves en ella nada que no desees. Solo esa sombra que no sabes nombrar, un temor sin forma y sin nombre que olvidas pronto. Ahora no te preguntas qué haces aquí. Ya no te sientes un imbécil vagando detrás de humo. Piensas que da igual encontrar o no esas cartas. Tira bien el Fragate del cincuenta y dos. Ella conduce. Cierras los ojos. Te acaricia el aire aún fresco de la mañana subiendo Despeñaperros. Has comenzado un viaje. Por una vez auténtico."









lunes, 3 de diciembre de 2018

RACIÓN DE TIEMPO Y PARAÍSO (dedicado a Fernando Sánchez, que me estará escuchando y se empeña en que siga leyendo a Paz)


Hay un verso de “Piedra de Sol” de Octavio Paz, que dice: “defender nuestra ración de tiempo y paraíso”.

Han sido unos cuantos miles de años caminando, así que lo extraño es que nos hayamos acostumbrado tan pronto a estar sentados todo el día mirando de cerca una pantalla luminosa. Más de dos millones de años si nos remontamos al género homo, más de doscientos mil años si sólo tenemos en cuenta a sapiens, son muchos años caminando sin parar y mirando lejos. La locura y la tristeza, la obesidad y el colesterol, la cobardía y la miopía son el resultado de no hacer caso a nuestros genes y no salir todos los días al camino a mirar el horizonte.

Muchos de nuestros congéneres están encantados con esta nueva vida de comodidad y sedentarismo, sólo hacen ejercicio o deporte por prescripción médica o porque está de moda o para conseguir y lucir esbeltez. Unos pocos, en cambio, no soportamos estarnos quietos, nos tira el instinto al campo y sólo allí nos sentimos en paz, reconfortados, tranquilos. Es llegar al río o  al monte y sentir en el cuerpo que se está en casa. Allí tenemos nuestra ración de "tiempo y paraíso” que es o debería ser nuestro derecho como humanos. Estaría el derecho al refugio, el alimento, la cultura, el cuidado. Y también el amor y estas horas de monte y soledad.

Ultimamente hay demasiadas películas sobre el Apocalipsis, los fines del mundo, el enésimo diluvio, terremoto o centella meteórica gigante reventando nuestra tierra. Para el tranquilo y agudo filósofo Dan Dennett el caos es mucho más fácil: “Internet se vendrá abajo y cuando lo haga viviremos oleadas de pánico mundial. Nuestra única posibilidad es sobrevivir a las primeras 48 horas”. Y claro nada funcionará, ni los teléfonos, ni la electricidad, ni las gasolineras, ni los cajeros de los supermercados, nada. Tal vez el mundo sea hoy lo que se esconde en las tripas de millones de cacharros conectados con fibra óptica y satélites zombis, pero el mundo es también ese pequeño río al que voy a pescar, ese monte en el que cazo donde siguen creciendo las higueras salvajes junto a las que me apostaba de niño. Tal vez el mundo sea ahora una frágil telaraña de cables telefónicos, ordenadores y móviles a punto de colgarse y colapsar el progreso, pero el universo es también esa zona de agua baja en la que un gran barbo espera el desayuno y esa pequeña ondonada en las que van a jugar al amanecer los conejos que se han salvado de las últimas epidemias.

De niño me maravillaban las luciérnagas. Al principio las atrapaba las noches de agosto bajo una adelfa del jardín para intentar llevarme su luz a mi habitación, Allí me encontraba con un escarabajillo gris y feo. Pronto comprendí que su magia sólo funcionaba en libertad.

Me impresionaban las ranitas de San Antonio. Si color verde no era de este mundo. Su grácil fragilidad y su belleza hizo que, inexplicablemente, jamás me llevase ninguna a casa para observarla dentro de un  tarro de cristal.

Me deslumbraban los martines. Una chispa celeste cruzando el río a ras de agua. Una vez encontré uno muerto en la arena de la orilla y pude ver de cerca su intenso azul metálico y su diseño de pescador perfecto.

Me intrigaban las truchas. Vivas eran unos animales astutos y hermosos, con una piel llena de colores distintos y una fuerza en sus músculos que me parecía imposible que saliera de un cuerpo tan frágil. Sin embargo muertas lo perdían todo, sólo eran pescado reseco, flácido y opaco.

Me dejaba perplejo ese instinto que me llevaba en verano a acechar a los conejos al amanecer, con una vieja monotiro del nueve, a la sombra de una higuera. Luego encendía la chimenea de la casa del guarda y asaba los gazapos pinchados en un palo, aromatizados tan solo con romero y con sal.

Entonces, cuando las luciérnagas, las ranitas de San Antón, los martines, las cestas de peces y los gazapos asados para desayunar, yo me vestía con unos vaqueros gastados, una camiseta vieja, un sombrero de paja medio roto, unas zapatillas de lona. Si iba al río llevaba una larga caña de bambú cortada y secada a conciencia por mi abuelo Fernando. Si madrugaba para acechar a los conejos mi herramienta era una escopetilla de cartuchos diminutos que entonces me parecía la mejor arma del mundo. Consideraba de lo más natural que en las ilustraciones del libro de Mark Twain, tanto Tom como Huckleberry se vistieran así, como yo en el verano, Y que su ocio fuera ese, el de pasar todo el día en el monte y en el río.

Hoy me resulta extraño pensar que hace muchos años estuve viviendo en un libro de Mark Twain y entonces que no existieran los ordenadores, ni Internet, ni los móviles. No he vuelto a ver luciérnagas, y hasta dicen que los insecticidas están acabando con las abejas. No he vuelvo a ver ranitas de San Antón, los mismos pesticidas o el cambio climático está afectando a su sensibilísima piel. Aún contemplo cruzar, de cuando en cuando, la chispa azul del martín, no sé por cuanto tiempo. Al menos me queda la felicidad de ver salir a la trucha de mis dedos como una centella de colores y de seguir desayunando algunos días de verano un conejo asado ensartado en un palo en la chimenea de una casa vieja.  Hago caso al poeta: “defiendo mi ración de tiempo y paraíso”.



viernes, 30 de noviembre de 2018

SASHIMI CON RUTH

La biblioteca de Sociología y Ciencias Políticas de Madrid, cuando la facultad estaba junto al palacio de la Moncloa, era un refugio caliente y maravilloso durante el invierno, lleno de libros asombrosos que hablaban de todo y aspiraban a explicar el complicado mundo a un chico de pueblo como yo. Pero cuando llegaba la primavera, mucho mejor que las clases o aquel edificio lleno de escaleras asesinas era el erótico cesped de los alrededores donde discutíamos sobre lecturas, viajes, revoluciones por venir, o de como reventar el acto de Manuel Fraga en uno de los salones o de incomodar a Felipe Gonzalez en el palacio de al lado organizando una okupación de todo el edificio para el fin de semana. Aquel día había ido el despacho de uno de los profes que tenía en primero, un tipo con toda la pinta de genio loco que nos había obligado a leer un libro gordo infumable, una selección de lecturas de psicología social norteamericana. Le dije, con la arrogancia y desfachatez que da la más profunda de las ignoracias que todo aquello era un puto refrito conductista y una mierda. José Ramón no se inmutó, parpadeó varias veces tras las gafas, hizo una mueca que entonces no me pareció una sonrisa, se dio la vuelta y cogió de la estantería un libro casi al azar que no era siquiera de su asignatura. “Tenga Usted, hágame un análisis de este libro. De todas formas el examen será sobre esas putas lecturas refritas de mierda que ya ha leído y estudiado”. Así conocí a Ruth.

 Me gustaba su precisión poética y su libertad para deconstruir con palabras suaves ese castillo de tópicos en los que se sustentaban las culturas poderosas y las sociedades dominantes para explicar sus arbitrariedades, sus coartadas y sus chantajes. La tesis de Ruth Benedict  era que “cada cultura valora y privilegia ciertas conductas y tipos de personalidades y no otras en función de diversas razones bien definidas, y esas conductas son premiadas, delimitando así lo que está bien o mal”. Por lo tanto, según ella, uno no puede evaluar una cultura usando los estándares de otra. “La cultura de cada pueblo es única y sólo puede ser comprendida desde sus propios términos”. Su amante, amiga y alumna Margaret Mead ha sido en la historia de la antropología más “famosa” que ella pero su memoria y sus obras, aunque controvertidas,  se mantienen frescas y vivas. Nunca agradeceré lo bastante a José Ramón Torregrosa Peris su paciencia y aquel desafío, y luego otros muchos ante mis reiteradas negativas de estudiarme todos aquellos psicólogos sociales norteamericanos que escribían en una jerga incomprensibles definiendo unos conceptos estupefacientes y retorcidos para un alumno como yo, al que le importaba más pescar truchas, estar enamorado, guisar palomas torcaces y beber litronas en el césped con mi amiga Ana.

A Benedict le tocó vivir una epoca en la que el racismo, el nazismo y la violencia más feroz arropada por el derecho y la justicia de algunas naciones parecían ser los nuevos estándares de la civilización. Una época en la que ser mujer y ejercer la libertad en el sexo, los afectos y el pensamiento seguía siendo extraño para aquel “american way of life” de rebeldes sin causa y amas de casa rubias que luego sería una aspiración casi universal. Entonces la psicología social, la antropología y la sociología eran en EEUU ciencias tan prestigiosas como las matemáticas o las ingenierías porque a través de ellas se deseaba analizar, entender y explicar por qué había nacido aquel Golem llamado nazismo en uno de los países más modernos, educados y desarrollados del mundo. Durante la guerra Ruth trabajó para el Ejército de los Estados Unidos con el objetivo de  “que los hacedores de normas tomaran en cuenta diferentes hábitos y costumbres de otras partes del mundo”. Se centró en la cultura japonesa, el enemigo, los amarillos, un exótico imperio que había renacido de su atraso feudal para convertirse en un nuevo imperio feroz, invasor y sanguinario. El gobierno americano necesitaba entender a aquel raro enemigo. ¡Sin embargo Benedict jamás había pisado Japón!, así que leyó, estudió, analizó, comparó todas las publicaciones que en las bibliotecas hablaban de la cultura japonesa, entrevistó a americanos de origen japonés que el gobierno estadounidense había encerrado en campos de concentración por considerarlos enermigos emboscados y con todos los viajeros o comerciantes yankis que habían vivido en Japón. El fruto de todo ese trabajo enciclopédico era el libro que me había dado para leer Torregrosa esa mañana: “El crisantemo y la espada: patrones de la cultura japonesa” El más profundo estudio sobre la cultura japonesa que jamás se había hecho en EEUU hasta entonces. “Los japoneses son agresivos y no agresivos, tanto militaristas como estéticos, insolentes y educados, rígidos y adaptables, sumisos y resentidos de ser empujados, leales y traicioneros, valientes y tímidos, conservadores y hospitalarios con las nuevas formas(…)” Dicen que ese libro fue la razón por la que el General MacArthur, al acabar la guerra, no mando fusilar al cabrón del Emperador Hirohito. Pero esa es otra historia.
Torregrosa me suspendió el examen y me puso un sobresaliente en el trabajo que le hice sobre el libro. Luego me quiso fichar para la psicología social pero fue c´ee cxamen y  suspendióo me quuitrabajo que le hice sobre el libro de Rut. Luego me quuso fichar para la psicologaba maquel edifulpa suya que la antropología me gustase mucho más desde entonces. En 1946 Ruth Benedict fue elegida la primera mujer presidente de la Asociación Antropológica Americana. No sé por qué hoy me he acordado de ella, de su belleza digna en las fotografías y de aquel libro que me descubrió tantas cosas, del gran José Ramón Torregrosa y de aquel cesped de la facultad en el que los besos sabían siempre tan bien. Pero no se queden ahí, pasen y lean “El crisantemo y la espada” ahí están el manga y el sashimi, el gusto por las katanas y las geishas  la Bola del Dragón y el coleccionismo de braguitas usadas, aunque Benedict no los nombre.

Gracias José Ramón, Gracias Ruth.