domingo, 3 de marzo de 2013

PATATAS, PIMENTÓN, TORREZNO, ANGUILA...


Desde lejos, desde las profundidades abisales del mar de los Sargazos volvieron las anguilas, con los ojos cerrados, orientadas sólo por el olor del mapa de sus memorias, por los ríos secretos y dulces que recorren el Atlántico. Y desde muy lejos, hace ya varios siglos, llegaron estas patatas y este pimentón, desde los desiertos helados de Perú y los valles que crecieron por encima del Amazonas para teñir de sangre picante el apetito, la carne y la imaginación de las cocineras.

En qué lugar, desde qué comienzo, por cuanto tiempo, porqué yo. Y la nieve crujiendo bajo las ruedas, acercándose a la luz de los faros como si todo fuera cayendo por un túnel larguísimo y suave. Tanto frío ahí fuera y tan confortable la guarida del coche, a la vez tan segura y tan frágil. He pasado pueblos vacíos, bosques de un tiempo pasado en el que no había nada mecánico, carreteras inciertas sobre las que mis manos adivinan las curvas y el abismo. Lo que dejé atrás en este viaje se va deshaciendo también en la memoria. No hay nada más que este aire helado lleno de noche que me empuja hacia una casa que aún no conozco y ya me pertenece, en la que todos los rincones me son familiares porque tú los sacaste uno a uno de mis sueños y los fuiste ordenando y haciendo realidad en forma de cocina grande, chimenea de piedra oscura llena de fósiles, jardín enredado de maleza, biblioteca con vistas al río, a la cocina y al fuego, rincones para estar acompañado por todas esas palabras escondidas que otros guardaron para nosotros en calles de ciudades que ambos visitamos, cada cual a su tiempo, por motivos distintos, en otras compañías.



En qué lugar, por cuantos años, desde qué voluntad, porqué yo. Y la nieve cubriendo un horizonte del que no sé los límites, ni los peligros, ni las dudas, tocando mi cristal y mis ojos unos copos grandes que resbalan hacia atrás, demostrando en silencio mi velocidad y mi rumbo. He pasado cruces y puentes hasta llegar a este camino en el que las rodadas de tu coche ya se estaban borrando. Lo que dejé atrás en este viaje es nada porque no hay sabiduría en el tiempo, ni en todo lo guardado en previsión de inclemencias y desastres, cansancios y jubilaciones. Sólo late caliente lo que está vivo y es cercano.

Y ahora, ya en la mesa que has construido con maderas de derribo de casonas de indianos y naufragios de barcazas que una vez fueron arrogantes, humea el guiso antiguo de patatas y anguila, el pan caliente, el rescoldo y su penumbra, no te atreves a deshacer esas brasas convocando al fuego con un nuevo tocón de roble. Las patatas, asadas, amasadas luego con aceite crudo y pimentón, sal y tomillo sobre las que has esparcido torreznillos crujientes y tacos de carne de anguila rebozada y frita, esperan a nuestra hambre sobre una loza blanca y azul que parece sacada de alguna pequeña pintura de Zurbarán o del maestro Luis Meléndez.

Siento que tengo mucha hambre, que el aroma de la leña y la anguila dorada, el pan horneado y el frío de marzo me han hecho recuperar mi apetito glotón y una sonrisa que había perdido. Estaba ya muy lejos, desolado, silencioso, con los huesos rotos, sin saber ahora hacia dónde o con cuántas fuerzas. Pero llegas con tu alegría de niña, tu sinceridad bruta y adolescente, tus manos sabias de panadera fuerte amasando el tiempo y las palabras, pidiendo que te hable del pimentón, de los ríos en los que me gusta perderme, del invierno en el bosque que siempre me protege, de la hermandad sin leyes que nos une. Desde lejos, mucho antes de encontrarme en tus ojos, entendí que nos ataban invisibles lazos tribales, parentescos remotos, un mismo idioma aprendido del fuego hace miles de años, parecida memoria, similares tesoros, un mismo placer a la hora de amasar, guisar, aderezar, inventar el sabor, nos unía la idéntica voluntad de saber que sólo la cocina es un patria. Hemos pasado de puntillas por la historia, invisibles siempre, artesanas y artistas del maravilloso, precario y breve arte de convertir los tristes alimentos en felicidad y en belleza, en sabor y amor para luego desaparecer, volvía a lo invisible nuestro hacer, nuestro trabajo de cocineras, nosotras mismas. Pero no nos importó, no nos importa. Ni ahora. Ni nunca.

En qué lugar, desde qué comienzo, por cuanto años, porqué yo. Mientras sigue nevando ahí fuera te miro las manos, asombrado. En ningún lugar del mundo, de la historia, del tiempo, vi tanto amor.

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