viernes, 12 de agosto de 2016

SOPA DE SANGRE

Foto: Mikael Theimer
Tormenta seca. Ventanas abiertas. Viento lleno de polvo africano atravesando la casa. Luego los truenos. Explosiones encima. Rayos tocando la tierra. Intenso olor a ozono. Lluvia gruesa mojando el mundo con una alegría que lo llena todo.
 Se esfuerza en hacer dados simétricos con el hígado de cerdo que luego sofríe junto con la cebolla picada. Cuando está dorado añade una cucharada de pimentón agridulce. Luego el agua, un machado de dos dientes de ajo y dos generosas cucharadas de cominos. Deja cocer a fuego lento. Cuando está tierno el hígado añade el pan, los pequeños dados de sangre cuajada con más cominos, sal, tomillo, pimientos secos, fritos y picados. Por último los pequeños tomates confitados. Es su versión de la extremeña “sopa de cachuelas”.
La tormenta está ahora más lejos. La lluvia es más fina. El olor a tierra mojada se mezcla con el perfume de la sopa recién echa. Comen en silencio, con hambre, mirándose a los ojos. La sangre no tiene nada que ver con los vampiros. La luna que hay en ti mece su flujo. Los guisos con sangre y con vísceras mantienen el rico sabor de lo ancestral. A pesar de su aspecto antiguo la sopa de cachuelas es un invento muy sofisticado. Los dados de sangre muy fresca se deshacen en la boca y dejan un rastro intenso a comino y pimiento ahumado. Los dados de hígado son mas consistentes a los dientes pero al mezclarse con el tomate y el pan embebido en guiso saturan las papilas y la nariz de un sabor que recordamos en algún lugar remoto de nuestro cerebro primitivo. Hay quien prefiere platos menos intensos o con menos instinto. Yo no.

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