lunes, 26 de junio de 2017

HUITRES FRITES Y ORGULLO


Has vencido aunque hoy no lo sepas, ganaste, hoy es fácil amar y vivir. Sonríe con orgullo. Mírate, ahora, frente al mar, sin que el frío te venza, oteando hacia el punto rocoso del islote donde sueles ir a nadar muchos días de verano. Tal vez seas ya viejo, quizá todos los sueños que tocaste y los que construiste ya no existan. De pronto te llega una ráfaga de viento de la casa y hueles el café. Después del perfume del café reconoces el de las ostras fritas, el pan oscuro tostado con mantequilla, la sonrisa de él, con ese pelo tan rubio y tan rizado despeinado por el sueño y el amor. No te quejes, no te duelas, sonríe siempre. Vuelve a la casa desde la que alguien grita tu nombre y luego tu apellido estirando en la voz la última letra de cada palabra, Gustavooo. Duráaan.

Al entrar en la cabaña te golpea el calor de la estufa y el de la cocina de hierro en la que se ha hecho el pan. Él se ha puesto tu grueso jersey de lana sin desengrasar, el que usas debajo del impermeable cuando sales con el pequeño barco de su padre. Le llevas a la cama, le desnudas. Se han ido las nubes. Los primeros rayos de sol de abril entran por la ventana y dan de lleno en su piel blanquísima de nieto de vikingos exiliados en Grecia. Te demoras besando sus pezones rosados, aspirando el olor de la noche que aún guarda su cuerpo, el sabor a café y a mantequilla de sus labios. No te quejes, no te duelas, no olvides, sonríe. Te has quedado muy dentro, quieto, sintiendo que allí está tu hogar, el que has perdido tantas veces en Madrid, Nueva York, Buenos Aires, La Habana, el que nunca pensaste que tendrías. Podrías pasarte horas, el día entero provocando a esa piel, tocando, investigando si es real cada curva, su blandura, la dureza, esta arquitectura minuciosa de un cuerpo que de verdad nunca se conoce, la caricia de su voz en tu oído diciendo que vuelvas, que ya tiene hambre y os queda todo el día por delante para seguir animando a la primavera a que salga de una vez entre las ruinas de Minos.

Él ha hecho café fuerte, siempre lo hace así. Horneó pan de centeno que luego ha tostado en mantequilla y colmado de mermelada de melocotón que un amigo de entonces te envía con mucho secreto desde Barcelona y te ha preparado las ostras fritas que arrancaste ayer del acantilado. Hay que abrir cada ostra y escurrir el agua sin tirarla. Se reboza cada una en harina de maíz y se envuelve en una fina loncha de tocino sin que la delicada carnosidad gelatinosa del molusco tenga escapatoria. Sólo él tiene el secreto de dónde clavar el palillo para que ese pequeño saco no se deshaga en la sartén. Entonces se reboza cada paquete en huevo y pan rallado y se fríe a fuego fuerte hasta que estén doradas. El agua de las ostras se mezcla con algas machacadas, una variedad de lechuga de mar que tu vikingo suele coger y luego secar en verano y tomates secos conservados en aceite y triturados, también regalo de tu amigo de entonces, de tu otra vida, de aquellos años de esperanza y desastre, de progreso y guerra.

No hay mucho que ver en la pequeña cabaña de la fotografía. Un hombre mayor, yo no diría que anciano, y un joven maduro de pelo muy rubio desayunando desnudos sobre la cama. El sabor de la ostra templada estalla en su boca al masticarla. Más tarde, ahora que el sol vuelve a esconderse durante días entre nubes oscuras, besa, chupa, mete la lengua allí, sube luego hacia arriba dando pequeños mordiscos por su vientre, alrededor del ombligo, la piel que cubre sus costillas, el nacimiento del pecho muy cerca de la axila, su cuello. Llega a su boca que aún sabe a ostras y a mantequilla fresca.

Nadie te recuerda en España, apenas apareces en los libros de historia, muchos años después un escritor llamado Horacio inventará algunas de tus vidas. Sólo hay un amigo de entonces, de antes de guerra, que te manda mermeladas y vino. No te quejes, no te duelas por todo lo que has perdido, sonríe con orgullo, aunque tu creas que siempre has perdido no es cierto, ganaste, ganasteis. Sólo los días quemados ardieron y por tanto calentaron. De los demás no hay nada, ni siquiera ceniza, tampoco olor. El perfume siempre está en otra parte, sobre todo en el frasco pequeño y tallado de la memoria de todos los que amaste y que aún atesoras. Ponte unas gotas ahora. Deja que te huela. Sí, es igual que el Gustavo Durán que yo recordaba. La pituitaria tiene más importancia que el alma, siempre lo dijiste. Tiene dentro la belleza que de verdad vale, la que nos conmueve y nos la pone tiesa. Para todo lo demás vete lejos, a otros libros que se dicen sagrados y son falsos, a todos esos días del futuro que ya nunca quemaremos juntos. “Y en el momento de morir da las gracias./Una vez me dijiste que lo harías.” Hoy descansas por fin bajo un olivo en el pueblo de Alones en el centro de Creta y los pocos amigos a los que les dolió que te fueras, Buñuel, Aub, Biedma, Alberti también les quemó el tiempo hace ya muchos años pero no importa, hoy en Madrid se escucha vuestra música, suena vuestra canción.

Foto de Olivier Brandilly

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