viernes, 29 de octubre de 2010

ZUMO DE GALAXIA

Sólo somos animales aunque soñemos con galaxias y versos. El precio es buscar el sentido de la vida, la plenitud, la felicidad, la magia… y cuando no lo encontramos nos hundimos. Pero luchar con el abismo es parte de la vida, ganar y perder, bueno, jugar siempre. Ahora con las crisis tenemos que nadar contracorriente. La magia se ha vuelto bien escaso.

Pero a veces la máquina preciosa que es el cuerpo es la que falla. Bioquímica, hormonas, glucosa, caos… Es necesario mirar al horizonte (y buscarse un sitio con horizonte), respirar despacio, valorar lo que amamos y utilizar ese trasto llamado licuadora para hacernos un zumo manzana, zanahoria, mandarina y menta.

El cuerpo a veces nos pide carne, otras pescado, otras un buen champan helado y otras veces un chute de frutas sin su celulosa (ese rollo de la fibra…). Bebo el zumo despacio y noto como el animal que somos lo agradece. Galaxias y versos.

Foto:Nebulosa NGC 2074, ubicada a 170 mil años luz de la Tierra, tomada por el Hubble

jueves, 28 de octubre de 2010

BECADA, PURÉ DE SETAS, MAGIA...

Caminar por un bosque de robles y castaños en las laderas de Gredos sur. Caminar despacio, saboreando el tiempo, rastreando las huellas del jabalí, cogiendo castañas maduras, contemplar la sorpresa de una seta. Mi cerebro cartesiano, racionalista, lógico, empírico, materialista tiene también sus laberintos de silencio y de magia. creo en las hadas, los sueños, la fortuna, creo que la amistad nada la rompe o que el amor es para siempre o que la infancia recordada que vemos en los hijos nos salva del cinismo y del cansancio.

Cómo no sentir “lo mágico” recostado en la arena, de noche, junto al mar o cuando cruza en la oscuridad una estrella fugaz o cuando nos mira un animal salvaje y no se asusta. Podemos deducir, argumentar, recuperar explicaciones racionales, físicas, biológicas a todo eso y sin embargo es magia lo que sentimos, es la magia lo que nos permite comprender y disfrutar de esos instantes.

Me gusta la becada asada con puré de castañas aunque sepa que me como, que devoro un hada del bosque. Antes de la patata, antes de América, la castaña era el alimento. Un puré de castañas, elaborado a fuego muy lento, batido luego con un poco de crema y una buena pimienta es la mejor guarnición a una becada cazada por nuestro instinto entre esos robles llenos de liquen. El hada salió entre los helechos y quiso huir de nuestro deseo. Pero no pudo.

Con sus plumas, luego, en tardes cortas de invierno, fabrico moscas para pescar truchas en primavera. Fabricar con los dedos, las sedas y las plumas de la becada un tricóptero alrededor de un diminuto anzuelo japonés del catorce también es algo mágico. Quien no sabe hacer nada con sus manos deja de ser humano, quién no piensa y crea con sus dedos podrá ser un brillante sabio pero también un triste ser inútil. Por eso la cocina, cocinar, ejercitar los dedos, las manos, los brazos, el cuerpo, saber cortar, trocear, albardar, destripar, remover el puré de castañas para que no se pegue en el fondo de la cazuela. Me gusta cocinar, pintar, hacer moscas para pescar, tallar madera, hacer aviones, encuadernar, acariciar. Mis manos no se están quietas, no puedo evitarlo. Es un placer acariciar la corteza rugosa de un viejo árbol, la suavidad de una amanita o una castaña o las plumas del ave de pico largo, ojos grandes y patas diminutas.

La magia de ti. También existe en ti y no porque seas bruja.

miércoles, 27 de octubre de 2010

FILETE ASADO EN SILENCIO

Lo crudo y lo cocido que diría el abuelito Claude Lévi-Strauss, instinto y civilización. En el amor palabras y silencio. En la cocina fuego y frío.
Sin embargo tanto las palabras como el silencio son tierras difíciles, inhóspitas, crueles, a veces en ellas no hay ni civilización ni instinto y sólo el amor las vuelve otra cosa. Palabras y silencio. Con las palabras, que nunca has sido nuestras, nos hacemos un mapa del mundo y en él, nosotros. Con el silencio rodeamos esa tierra con agua profunda, transparente, salada y en ese silencio nos atrevemos a nadar juntos. Tanto saltar al agua como caminar por la tierra nunca recorrida con un mapa inventado es difícil, sólo el amor vuelve fácil atreverse, dormir a la intemperie en ese territorio, flotar tan cerca sin temer que debajo hay cientos de metros de agua oscura y quién sabe que monstruos. Palabras y silencio, fuego y frío. Alrededor sopla el ruido atronador de este presente y raspa la piel la confusión de no entender o entender demasiado este desastre, pero en esta ventisca hacemos un hueco, un iglú, una cueva de oso y nos arropamos con las pocas palabras que quedaron a salvo y con un silencio apacible y cercano, caliente y perfumado, el silencio de la piel de dos.
No sé si lo crudo es el silencio y lo cocinado las palabras porque a veces el silencio nombra con precisión lo que sentimos y las palabras no calientan la marmita y tampoco tengo al abuelito Claude para que nos cuente. Sobre una plancha de hierro fundido muy caliente arrojo un filetón de buey, unas briznas de tomillo, vuelta y vuelta, asado y dorado por fuera, tibio y crudo por dentro. Sobre la carne la sal de escamas de Mallorca. Pan. Un tinto del Duero. En el asado conviven lo crudo y lo cocinado, las palabras y el silencio, la carne dorada y roja de la vida. El amor es carnívoro. Ya no hay bueyes. Saboreo en silencio la carne, imagino palabras, sonrío. Nadie dijo que fueran fáciles las palabras o el silencio, ni cocinar, ni amar. O no. Se dice lo contrario, que amar, cocinar, hablar, no hablar es muy fácil. Tu y yo sabemos que no es cierto.
Cuando estás cerca leo palabras en tu piel y en ella saboreo un silencio salado y rico. Cuando estás lejos leo el silencio en la memoria y en ella saboreo las palabras sabrosas en tu voz.
Aso un filete en mi guarida.

lunes, 25 de octubre de 2010

GLOTON@S Y ROMANTIC@S

A Claudio le envenenó su mujer mezclando amanitas phalloides con cesáreas, él lo sabía y no cerró la boca, mejor morir así que rumiando hojas de lechuga.

Ya no nos atrevemos a amar o a comer con pasión, con riesgo, con glotonería e inconsciencia. Preferimos lo sano, lo terapéutico, lo sensato, lo equilibrado, lo digestible, lo que prescriben los expertos como bueno para el hígado o el alma o el corazón (ahora psique). Un menú de plato o de cama sin muchas complicaciones o aventuras, sin demasiado abismo, de fácil digestión y fácil beso. Ha tenido que venir Cristina Nehring a sugerir que todo eso es de verdad muy sano pero muy aburrido y que hay que amar con esa pasión romántica y libre y fou y auténtica de antes, que hay que comer con ese apetito de gourmand y de glotón y que no hay peor exceso que la mesura ni peor sexo que el estadístico, gimnástico, suficiente, de manual de autoayuda, sin su timidez y su derroche.

Imposible pensar otra cosa ante un plato de amanitas de los césares y butifarra blanca. Primero hacemos el embutido asado despacio en una sartén y luego en su grasa rehogamos un poco las setas. Pan en abundancia y copón de vino, un manzanilla frío de Sanlúcar.

Cada vez que escribo pongo en duda todo. Sobre todo a mi mismo, también mis certezas y mi forma de ver el mundo. Quizá por eso me gusta y me envenena, porque rompe con cualquier costumbre o seguridad, casi como el amar. Cada vez que te escribo, también, pongo en duda todo lo que antes te dije, mis sueños y mi forma de verte, de nombrarte, de amarte. Quizá por eso me gusta y me envenena, porque nada es seguro ni cotidiano, casi como el vivir.

Amanitas con butifarra es un plato excesivo, intenso, amarillo, de pringue, que llena y satisface. Luego el vino fresco me limpia el paladar y el alma y el corazón (perdón, la psique) y seguro que el hígado del alma y los sacos de palabras que nunca te dije de tanto colesterol y de tanto silencio.

No creo demasiado en el tiempo, salvo que siempre es poco cuando te tengo al lado y cuando no te tengo es sólo un mar. Ya sabemos que “el futuro es propaganda, el pasado una fábula, el presente es historia”, pero tenemos los instantes, las noches y también la memoria, tenemos el amor generoso de sol para trazar un tiempo distinto y lleno en el que acaricio tu piel y camino de tu mano por la ciudad, un tiempo en el que bebo tu agua y el brillo de tus ojos sobre todo. Un tiempo para comer y amarte en el filo difícil de la vida, con todo su sabor, sin desgrasar, con toda su sal, su azúcar, su licor, su intensidad, su timidez, su riesgo.

jueves, 21 de octubre de 2010

ESTOY DE MORROS

En un bareto cerca de la garganta del Guijo, uno de esos últimos días del verano, tras un baño en el agua heladísima y transparente del torrente, pedir unos morros de cerdo con tomate, pan, dos cervezas y la compañía de mi hermano. Estaba exquisitos, morros cocidos con su machado y su laurel y luego troceados y guisados despacio en un sofrito de pimiento verde, tomate maduro, guindilla de bola picante. No dejé ni la sombra, rebañé a espejo el cacharro. Qué brutos los morros. Y que ricos.
(la foto es verdosa porque el tejado traslúcido del sitio era verde y la foto del móvil)

TRES VIDAS

Fotografía de: Carsen Witte

Comer es un viaje. Amar es un viaje. Los sabores son mapas, libro, memoria, acertijo. Saborear y acariciar, lleva una vida aprender. Cocinar y amar lleva otra vida. Y otra sentir el placer de comer y de amar con instinto y sabiduría, con ganas y lentitud. Necesitamos tres vidas y solo contamos con una, por eso viajamos, somos nómadas, siempre lo fuimos, desde el principio de los tiempos. Sólo en el camino, con tan poco, ligeros de equipaje, prejuicios, reservas o miedos entendemos la maravilla de comer lo cocinado y de amar a quién nos acompaña libre, generosa, glotona, viajera, nadadora, valiente sobre todo. Cocinar o amar tal vez no prolongue la vida, quizá no nos haga inmortales.

O quién sabe.

martes, 19 de octubre de 2010

De: "SALSA DE OLVIDO" (Jean Pierre)

(Pintura de Juan Sánchez Coltán)
He llamado esta mañana a Jean Pierre Magrit uno de los profes que más manda en la escuela para hablarle de Lucia y de Claudio. Sin problema, si son tus chicos ya serán dos buenos cocineros, los acogeremos con exquisitez francesa y camaradería española, además si son amigos de Jaime, uno de los mejores alumnos que ha tenido la escuela en los últimos años no hay más que decir. Ya sabes que aquí muchos te admiramos. Amistad ¿entre piratas?, ¿entre cocineros? Esa extraña secta peligrosa y vampira de egoístas, egocéntricos, arrogantes, cabrones, duros, incansables, bestias, pasionales, venenosos, ingeniosos, amargados, divertidos, chulos, glotones, aventureros, irresponsables, generosos, inconscientes, soñadores, groseros, ¿artistas?, nunca artistas, solo obreros, artesanos, alquimistas que saben hacer todos los días lo que el artista sublime intenta durante muchos años sin conseguirlo. ¿Amistad entre unos tipos que trabajan con un cuchillo afilado de dos palmos?, ¿qué remueven aceite o agua hirviendo y se ciscan en todos los dioses y sus madres?, ¿entre chef? Ese extraño grupo de chuloputas que se disfrazan con mandiles blancos y gorritos ridículos y se apropian de palabras de la poesía y hasta de la filosofía para bautizar sus comistrajos, sus guisos, sus creaciones, sus trampantojos, sus menús, sus plagios. Amistad. Tal vez. Además de insultarnos, traicionarnos, envidiarnos, ningunearnos los unos a los otros podíamos ser amigos. Si, casi seguro que mataría por defender a un amigo cocinero. Me jugaría el pellejo por capullo de Jean Pierre Magrit por ejemplo. Trabajamos juntos en Niza, nos matábamos a trabajar en aquel hotel ridículo con ínfulas de lujo trasnochado, con menús llenos de salsas grasientas y pescados recocidos. Me quitó dos novias y me enseñó algo que yo creía tan chorra como hacer un simple puré de patatas, pero que él convertía en una crema ligera, exquisita y sublime. Pero yo le enseñé a hacer atascaburras y quedamos en paz. Amigo, ¿cuántas noches derrotados y echando pestes del salario de miseria que ganábamos nos emborrachábamos juntos, a eso de las dos de la mañana, con buenos vinos robados de la bodega del hotel, caminando por la playa mientras me hablaba de Matisse y de su guiso merluza en papillote con perfume de regaliz que nunca le dejaba hacer el carca del chef. A veces lo más simple es lo más difícil. Cómo hacer un buen puré. Y Jean Pierre bebía un trago largo a moro de la botella antes de afirmar chulo, sentencioso, francés. El amor al que fueron mojando los años, las distancias, los encuentros se convierte en un amor distinto, un amor lleno de complicidad, reconocimiento, silencio, intimidad, amistad, cariño, lealtad. Si el amor logra sobrevivir a la arena del olvido, a la aniquilación de la distancia, al dolor de las traiciones y a ese cansancio que arruga el corazón de tantos seres, se vuelve un amor adolescente, divertido, camarada, fácil. Pero lograr no perder ese amor es tan difícil. Tan mágico que siga latiendo ahí en la piel de las palabras. Pero yo entonces no entendía nada de las filosofías amorosas baratas de aquel rubiaco, pecoso, narigudo y ligón, dos años mayor que yo que me levantaba todas las novias con su labia de Cirano. Venga Jean Pé no me jodas con Matisse y dime como se hace tu puto puré. Pero él nunca paraba de repetir todo aquello de que los cocineros sólo éramos obreros pero que teníamos más poder que Picasso o su amado Matisse porque dominábamos “el secreto”. El secreto lo es todo “camarade”. Ya sabes Linneo, patatas y mantequilla para hacer una nube de sabor y no una bola de engrudo. Ingredientes tan simples como los necesarios amar y no hacer engrudo con los besos, cariño y tiempo. Linneo, añoro los fracasos que no tengo en la memoria, no haber vivido con plenitud amores que tal vez hubieran fracasado, admitiendo que el final de un amor sea un fracaso y no otra cosa, un “Au revoir mon amie”. Mejor fracasos que nada. Mejor haber vivido que solo haber deseado vivir durante días o años entre aquellos brazos y abrazos. Añoro los fracasos que no pude tener. Pero fueron hermosos y gustosos los fracasos que tuve. Bueno, te cuento, pero luego me dices tu como se hace ese paté blanco con ese nombre tan raro ¿atascaburras?. Bueno, para mi puré sólo hay que cocer unas buenas patatas Ratte y hacer caso al Papa Robuchon. Simple y difícil como el amor que se burla del tiempo y conserva el paladar sagrado del deseo. Sé que la piel de las palabra no envejece, que lo simple siempre es lo más difícil, como hacer puré y mantener caliente un amor. Los dos ya muy borrachos y muy derrotados, sentados bajo una de esas palmeras ridículas del Promenade des Anglais sin habernos quitado los mandiles mugrientos, oliendo a sudor, a mantequilla quemada, a peste de cocina, a ganas de escaparnos de allí. Pero sobre todo nunca olvides que guardamos el secreto, el único secreto que merece la pena. Amanecía sobre la bahía de Niza. Aún no sabía que pocos días después Jean Pé, mi amigo, se iría a trabajar a París y no nos volveríamos a ver en veinte años. Capullo ¿De que secreto me hablas? ¿estás demasiado mamado con este Borgoña de a dos cientos francos la botella? Y él, como si mirase a un perro sarnoso, a una rata despreciable, a un mosquito con diarrea. El secreto de convertir los alimentos en otra cosa, el secreto de convertir la comida en felicidad. ¡felicidad!, ¿entiendes?, nosotros sí hacemos feliz a la gente que come lo que guisamos. Tenemos el inmenso poder de hacer felices a nuestros comensales, nada sublime, nada elevado, felicidad, sencilla, directa, sincera, real. Miras un cuadro de Picasso o de Matisse y bueno, te llega o no, te gusta o no, depende, echas un polvo con Marguerite, esa exnovia tuya y te gusta más o menos, depende, ¿te hace feliz?, ¿te hace feliz Picasso?, no, a la gente le hace feliz mi puré, tu atascaburras, hasta ese rodaballo recocido en mantequilla que nos obliga a cocinar el imbécil del chef. Mira sus caras, pregunta cómo se sienten después de comer, cuando han rematado la cena con dos raciones de nuestra Crème Brûlée, su café y su habano, te dirán todos, todos, todos: me siento feliz. Si, feliz, nosotros tenemos el secreto, sabemos como hacer a la gente feliz, no para siempre, claro, pero si por un rato largo. Y eso es mucho amigo. Eso es todo. Saber hacer feliz a la gente con la comida no es un arte, es un milagro, un misterio, un… Jean Pierre Magrit, un cocinero, un tipo entonces divertido, un cabrón de tomo y lomo que se ligaba a todas las novias que me eché en Niza. Amistad a lo largo, amistad entre piratas, entre gangsters, entre cocineros. Más de veinte años sin vernos, sin hablarnos. Y él, hace un rato, no te preocupes Linneo, eso está hecho, tus pupilos ya están matriculados en la escuela. Cómo me acuerdo de aquel verano en Niza. Cuídate amigo. Siempre fuiste el mejor. (...)

lunes, 18 de octubre de 2010

COMER DE CINE

Sin poner voluntad, me doy cuenta de que tengo casi una sección de “cine y comida” en mi “dvdteca”: Estómago, Como agua para chocolate, Deliciosa Marta, Un toque de canela, El festín de Babette, Chocolat, La gran Comilona, Comer, beber y amar, El chef enamorado, El olor de la papaya verde, Julie & Julia, El sabor de la sandía, Fuera de Carta, Tampopo, Vatel, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, Tomates verdes fritos, Super Size-Me, Entre copas, Las truchas, Charlie y la fábrica de chocolate, El pollo, el pez y el cangrejo real, ¿Quién está matando a los grandes chefs de Europa?, Ratatouille, Corazón de melón, Spice, 9 1/2 semanas y Delicatessen.

Contar una historia de comida y cocineros no es difícil, pero hay poco cine sobre el tema. Hay más pelis "de romanos" o "de gangsters"... De mi dvdteca no se cuál me gusta más, creo que "El festín de Babette" basado en un cuento Isak Dinesen.

viernes, 15 de octubre de 2010

SOPA FUERTE / VINO DULCE

(Ilustración: Jose Antonio Gonzalez Carrasco)

Un Muscat de Rivesaltes frío. Perfume a fruta madura, a rosas, a pasas, al recuerdo de limones sobre una fuente junto a una manojo de menta recién cortada. Tal vez ese era el sabor de tu cuerpo, pero no te lo dije, sólo te bebí.

Y ahora, para intentar deshacer tantos días de silencio me preparo un bortsch soviético o una sopa de siervo zarista o un caldo de ucraniano duro o un potaje de cazador siberiano camarada de caza de Dersu Uzala y de Miguel Strogoff. Tengo caldo de pollo y de huesos de rodilla de ternera, preparo algo caliente que me reconforte la noche y me queme la lengua. Añado reno ahumado muy picado (en cierta tienda sueca de muebles lo venden muy barato), luego repollo picado muy muy fino y dejo que cueza lentamente apestando mi cocina y mi soledad.

En una sartén sofrío en mantequilla la remolacha también muy picada con un poco de azúcar y vinagre de jerez y cuando está pochada y caramelizada la retiro y hago lo mismo con la cebolla tierna, el tomate pelado y la zanahoria rallada. Cuando la verdura está muy blanda la mezclo con la remolacha y añado el caldo en el que cuece el repollo ya traslúcido. Dejo al fuego unos quince minutos esta antiquísima sopa rusa y cuando la voy a servir añado un diente de ajo que he majado en el mortero con una nuez de manteca de cerdo ibérico. El bortsch hay que tomarlo hirviendo mientras, tras los cristales de la dacha, cae la primera nevada en Moscú, pero no estoy allí sino en medio de este otoño suave de Madrid y debo abrir el balcón para que entre algo de frío y la sopa tenga sentido. Me ha salido intensa y rica. No deshace mi silencio pero me reconfortará el sueño. Esta noche nada más, no hay más cena ni más festín, sopa de gulag siberiano.

¿Deberé comprar una botella de Muscat de Rivesaltes o dejarás que me beba de nuevo tu cuerpo?

¿Podré prepararte una suntuosa crema de boletus y albóndigas de liebre mientras te espero o deberé seguir con el humilde bortsch en soledad?

¿Hacia dónde, cómo y qué senda tomar?... La estepa se helará pronto pero yo no me pierdo, seguiré tu rastro, soy cazador.

miércoles, 13 de octubre de 2010

BUTIFARRA CON SETAS

(Ilustración de Michael Ende de su novela Momo)

A veces siento que no hay un lugar en la tierra para mi. Es cierto que nunca lo busqué ni luché por poseerlo. Me siento bien en las grandes ciudades del mundo que he visitado igual que me siento en paz en medio de los ríos limpios en los que he pescado. Sin embargo siento que soy de ninguna parte, creo que nadie me espera en ningún sitio y que si me marchase nadie me echaría demasiado de menos. Además no tengo ambición por ser propietario de cosas o de lugares y para sentirme feliz necesito tan poco. Eso me hace ser un extraño en este mundo en el que la ambición y el poseer o el acumular objetos, sensaciones, experiencias y sorpresas parece ser lo único que nos da la plenitud. Sin embargo a mi me siguen emocionando las mismas sensaciones y experiencias que cuando tenía menos de dieciocho años, me siento lleno y feliz con los mismos secretos, sabores y caricias y palabras que cuando tenía muchos años menos, el rumor del agua recién amanecido, esa canción de la vieja Kath Bloom, tu voz sonando detrás de las palabras que escribo, conducir de noche hacia muy lejos, el olor a pan, el bullicio de esta ciudad un jueves de madrugada, esa forma de decir que ya no eres la de antes, unas aceitunas y una cerveza fría saboreada en un pueblo del sur junto al mar, inventar un cuento de sirenas y mapas, los colores mágicos de un pez.

Hay quienes no tenemos un sitio en el mundo salvo, tal vez, en el corazón de los hijos o en ese lugar ancho y difícil donde es posible cruzar la corriente en primavera. Tal vez ambos sean el mismo sitio. Hay quienes sólo luchamos por poseer un puñado de tiempo y sólo aspiramos a no olvidar como se hacen los buñuelos para desayunar, los besos con deseo, las lágrimas que salen al leer las palabras que cuentan historias de tipos sin historia, sin ambición y sin suerte. Sólo me duele que me digas que debería buscar otro amor para tener más tiempo y disfrutar su compañía cotidiana y con más frecuencia las noches, los viajes, las ciudades, los ríos, las caricias. Para ese dolor no tengo receta. Aso a fuego lento butifarra blanca y cuando está dorada añado en su grasa las amanitas troceada, dos dientes de ajo muy picados igual que el perejil y la miga de pan desmenuzada con los dedos. Cuando están las setas listas vuelvo a poner la butifarra y dejo que se mezclen en la salsa naranja de las setas. Para beber un vino tinto, algo áspero y joven y detrás de la ventana, de nuevo, las lluvias fuertes de este octubre, el libro de Norman Maclean, tus palabras de hace tantos años contándome cómo es esa ciudad remota y llena de volcanes que no conozco, sentir que me he feliz cocinar y saber que aún tengo un poco de tiempo.

lunes, 11 de octubre de 2010

AMANITAS Y TIEMPO

Tiempo. Sólo somos dueños de nuestro tiempo. Tiempo que vendemos para producir y luego consumir. Tiempo de trabajo, tiempo de ocio, tiempo para ser y estar. La riqueza, el poder y la gloria sólo son formas alambicadas de tiempo. De los viejos se aprende que sólo somos un hatillo de tiempo pero es muy difícil entender de verdad ese secreto. He aprendido de esos viejos la certeza de que el tiempo es precioso.

El secreto es que el tiempo no se puede abolir pero si llenar de intensidad y de la conciencia de estar vivo. Paseo por el bosque de Octubre con Ana y Fernando, esponjoso de lluvia, muy verde, selvático, silencioso. Buscar setas es una forma de caza, de exploración, descubrimiento infantil, magia sencilla. Tiempo de amanitas cesáreas y boletus. Tiempo de sentir en el bosque que el tiempo es a veces nuestro y que sigue vivo el niño incansable que tenemos dentro. Ese ser que vive en el asombro, la sonrisa, la sorpresa, la certeza de que en muchos lugares hay magia, juego, aventura, premio. Al día siguiente, sin importarnos la lluvia, la niebla, el madrugón, los cientos de kilómetros nos vamos a pescar Victor y yo. De nuevo con ese niño que somos y el tiempo se hace largo y jugoso, llena la memoria, guarda recuerdos felices y momentos en los que el tiempo, por unos instantes, es solo nuestro. Tras la pesca, taco de tasajo, queso, jamón, lomo y buen pan junto al río crecido, el cielo limpísimo de la Castilla más abandonada y bella.

Ayer, tras el paseo por el bosque buscando amanitas llega el festín, limpias y en trozos grandes, las guisamos en buen aceite caliente con un poco de ajo, poco tiempo, incluso muy poco, la salsa anaranjada es exquisita. Yo mojé en esa salsa una tortilla de patata y me pareció un descubrimiento formidable. Los césares degustaban amanitas y tiempo. Eso degusto yo en un anaranjados trozos de corazón de bosque.

miércoles, 6 de octubre de 2010

CREMA DE CALABACÍN

A veces, nunca demasiado, necesitamos la imprudencia del amor, el achuchón con risa, la caricia desvergonzada, la palabra susurrada en el oído que nos llena de savia. Entonces, después, cuando salimos a la calle, han cambiado la ciudad y no importa que octubre, ni que pintura gris, ni que despostillada soledad nos acompañe.

Pero tantas veces no. Entonces, nunca demasiado, pongo a cocer al vapor unos calabacines con su piel verde, cuando están tiernos añado tres nueces de mantequilla y un buen pedazo de queso de cabra tierno. Trituro, paso por el chino y saboreo soplando la cuchara. La crema de calabacín es muy sencilla, casi igual que el amor, la soledad, el frío por venir.

lunes, 4 de octubre de 2010

BUENAS MIGAS (para M. y C.)

(foto de Ricardo Romero Alonso)

El amor de los otros, y aún más si es cercano, me produce una íntima y feliz ternura. Y a veces el amor camina por el filo de la sombra, duda, se asoma a la soledad. Porque nada hay más inseguro que el amor, siempre presente, o nada más seguro por eso, solo existe de verdad en este presente frágil, de agua, tangible en los sucesivos instantes que nos regala la vida. El pasado solo es memoria, ácida o dulce, palabras o silencio. El futuro solo es fábula, incertidumbre, abismo. Quién ama aprendió de lo vivido y sueña con vivir este amor hacia delante, pero sólo en el hoy, lo cotidiano, en este presente sucesivo sabe a verdad y de verdad es dichoso, placentero, cierto, nuestro.

Por eso me hace feliz el amor verdadero, intenso, tierno, salvaje, dulce de C. y M., porque conozco además el difícil camino de mi amigo M. por la vida, sus luchas y dudas, su integridad de hombre, fiel siempre a su intuición, ideas, sueños, imaginación, memoria y presente. Él me ha dado muchas lecciones muchas veces, no sólo por amigo. Lejos de vivir confidencias en detalle muchas veces, en todos esos años, hablamos del amor, de quién amamos, pero no con la usura de la precisión o la jactancia, sino con la prudencia, las palabras justas, los silencios. Sabemos que se debe a quién se ama esa intimidad nunca rota, esa confidencia y desnudez que sólo ella tiene. Porque el amor, también es secreto entre amantes y el amigo sabe que no es necesario entrar ahí, nunca hace falta.

Claro que hablamos entre nosotros de quienes amamos pero con una exquisitez y una dulzura que sorprendería a quién escuchase a escondidas nuestras charlas de tantos años. Con lo brutos que somos o que fuimos y sin embargo…

Sólo conozco a C., sobre todo, además de por sus ojos azules de arrecife sin olas, por las palabras de M. sobre ella y nunca le escuché hablar así de nadie. Nunca sentí en sus palabras tanto amor, tan intenso, certero, tan fuerte, tan seguro.

Si, hemos amado, no sé si mucho, poco, demasiado, no se si a quién amamos nos recuerda con cariño, tolerancia y respeto. Largo camino este de cuerpos sucesivos, de amigas, de risa y complicidad siempre, casi nunca dolor. Hemos aprendido en todos estos años de tesoros, naufragios, viajes y versos por el mundo a amar de verdad, a darlo todo, a ser por fin nosotros, sin poses, sin máscaras, desnudos, frágiles, muy libres. Y todas las veces que nos equivocamos nos hacen hoy saber que el corazón ya no se equivoca y que ella es el amor de nuestra vida, un amor que nos hace felices, libres, auténticos por fin. Para M. es C. Para mi una sirena-bruja a la que nombro a veces entre guisos, la que invento, fabulo, bebo en este blog.

Los veo tan distintos y tan dentro el uno del otro. Sé que M. haría por ella cosas que nunca va a nombrar ni a decirme, adivino sus sueños y certezas, sé de su valentía y de su desnudez, muy frágil, entre sus brazos. Sólo hay que leer sus versos para entender.

Y para ellos estas migas de mi tierra, con sus patatas fritas, pimiento verde, pimentón dulce, tropezones de panceta y chocolate en taza para acompañar. Mi abuela Ángela siempre las hizo de esta forma. Gracias a Ricardo por su foto.

El amor es así, extraño, asombroso, agridulce, intenso, caliente, multicolor, sabio, milenario, compartido. Ese amor que se bebe a partir de cuarenta alimenta, nutre, gusta, relame, satisface como nunca ninguno. Mi amigo M. bien lo sabe. Y yo lo sé. El amor de su vida presente. No hay otra vida.