lunes, 17 de diciembre de 2012

FLORES DE CALABACÍN



Abrazar y mantener mucho tiempo el abrazo. Sentir la respiración de quién amamos, su corazón, sus formas, su olor. 

El olor, en la cocina y en el amor, lo es casi todo porque de él va depender que sigamos probando el plato y el cuerpo. Abrazamos para no esconder nada, para decir, mira, “esto soy, no hay más”, para dar o transmitir nuestra energía (y siento utilizar esa palabra “energía” tan de terapia de pacotilla a la moda, que para mi la energía es la gasolina o la electricidad)

Abrazar en el amor no es tanto una cuestión de deseo como de meternos por un instante en el deseo del otro, en su cuerpo, su vida, sus latidos y su piel.

Hacemos hoy un montón de flores de calabacín fritas en tempura rellenas de una pizca de queso de cabra y de unas hilas de jamón. Tan fáciles, tan ricas, con ese sabor tan peculiar. Hacemos el rebozado con la harina de tempura, metemos dentro de la flor una cucharadita de queso de cabra (a mi me gusta el quesuco de La Vera) y unas briznas de jamón encima a modo de pistilos carnívoros. Rebozamos la flor, escurrimos y la freímos en aceite caliente. Son crujientes, tiernas, blandas, llenan la boca entera de sabor. Son casi un abrazo. Tu abrazo.

La calabaza, los calabacines son una de las elecciones de domesticación de un vegetal más inteligentes que hicieron los humanos hace miles de años porque puede comerse la flor, los frutos inmaduros, los frutos ya maduros y el fruto seco (las semillas). Como tantos otros alimentos, las calabazas y calabacines son otra deuda con América.

Un abrazo o una flor frita siempre nos salva de la tristeza.

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