martes, 7 de marzo de 2017

SOBRAS

 
Foto: Saul Leiter

Ella pensaba que estaba demasiado delgada. Se levantó de la cama y se tapó en un segundo con el viejo albornoz como si aún le pesase el pudor de una adolescencia ya remota. Él imaginó un par de frases para explicar lo mucho que le gustaba su culo, pero no dijo nada. Se hizo el dormido mientras ella trasteaba en la cocina y colocaba algunas piñas secas y troncos en la chimenea. Dijo entonces las frases y después buenos días aunque ya eran las cuatro de la tarde.

Había hecho garato de tenca, una receta sefardí antigua como la sal. Los dos filetes de tenca, limpios de piel y de espinas, reposaron dos días bajo una capa de sal con pimienta. Se levantó de la cama y preparó en la cocina los alimentos. Lavó el pescado de sal y tras secarlo bien, cortó lonchas casi traslúcidas con un viejo cuchillo que aliñó con buen aceite y limón. Preparó también pan tumaca, queso en aceite y una ensalada de escarola macerada en zumo de granada.

El fuego comenzó a arder con fuerza. Había bastado revolver las brasas de la noche y colocar sobre ellas unos tocones de encina. Ella volvió a la cama corriendo y dejó el albornoz azul tirado en el suelo antes de esconderse bajo el edredón y llamarle.  Llevó la comida hasta la mesa que había junto a la chimenea y amontonó las tres almohadas haciendo una suave pirámide sobre la que ella colocó su vientre. Agarró sus caderas como quién se dispone a entrar en la tormenta. A él le gustaba una delgadez que nada tenía que ver con su hambre. Comieron el garato y el resto de alimentos descubriendo que la desaparición del amor sería irreparable. Volvieron luego de nuevo al arrecife blando de la cama. Se dejó hacer y deshacer. Igualdad. Ya no había allí ningún pudor adolescente. Se sentían y eran iguales. 


Con las sobras de la liebre royal de antes de ayer hace unas empanadillas que luego dora en la sartén. Las sobras de un guiso de royal no son sobras sino un soberbio plato para las nobles mesas de los señores de Aquitania. Abre con cuidado el Peyre Rose Syrah Leone de diez años que ella ha traído, saltea unos higaditos de conejo con ají picante y cebolla confitada. Ella ha salido a la terraza, está tumbada en la hamaca bajo el pequeño mandarino leyendo el libro de Salter que le regaló ayer, “Quemar los días”. No sabe qué es quemar los días. Los quemamos siempre, sin darnos cuenta. Piensa que es bueno quemarlos, así dan calor, puede cocinar sobre ellos. De nada sirve atesorarlos o guardarlos por ahí en una caja porque cuando pasan no son ni ceniza, son menos que humo. Quemar los días nos deja cicatrices, es la caligrafía que explica lo que hicimos y soñamos.

Cuando la conoció tenía veinte años y un cuerpo para desmayarse en cuanto le ponía un dedo encima, como si a través de su piel hubiera recibido diez mil voltios. Ayer cumplió cincuenta y en cuanto le pone la mano en la espalda y luego baja hasta su culo la descarga que siente es de diez mil doscientos. No sabría decir en cual de los días quemados hubo o hay más placer, si en aquellos o en estos.  ¿Su cuerpo es otro? El cuerpo que desea está en el brillo de sus ojos al ver estas empanadillas, en las palabras guarras que le susurra al odio, en su voz leyéndole en voz alta una de las páginas de Salter, en sus dedos metidos en su cuerpo buscando ese calor que tenemos dentro cuando estamos vivos y quién nos mira sonríe porque se siente y se sabe igual.
 
Foto Jade Beall
Se levanta con cara de orco. Aún no se atreve a mirar ningún espejo de la casa. La resaca le hace sentir la cabeza llena de arena y barro. La boca está seca como si se hubiera dormido con ella llena de trozos de papel de periódico y zumo de alcantarilla. El cuerpo se mueve igual que el esqueleto de una marioneta checa que ha pasado demasiado tiempo a la intemperie. Sale despacio de la cama para no despertar a la sílfide.
Se mete un buen rato en la bañera con el agua a punto de ebullición, los ojos cerrados y un té verde y frío entre las manos. Va recordando, restaurando en su memoria llena de cemento las risas de la cena, el rodaballo al horno compartido, el vino que bebieron cada vez con más ganas de llegar a la cama y todas las cosas que se hicieron y que no recordaba haber hecho con nadie en ningún sitio. Luego los gintonic y después, ya bastante borrachos, siguieron rechupándose hasta que les pudo el sueño.

Con el alma medio reconstruida y el cuerpo aún perjudicado vuelve a la cama con un zumo de naranja, café sólo y un ibuprofeno para doña sílfide o doña medusa. Sonríe al escucharla roncar como un ogro, sin embargo sonríe con los ojos, y las ojeras, aún cerrados. Reguñe, se da la vuelta, se desarropa, sale tambaleándose en dirección al baño. Escucha como se mete en el agua caliente. La resaca es lo peor, el castigo de la divinidad por abusar de todos los placeres. Está a punto de volver a dormirse cuando ella se mete en la cama, mojada, caliente, con ganas de dormirse un buen rato abrazado a don orco.

Deben ser las tres cuando se despierta. La resaca no se ha ido, pero ahora solo tiene forma de cansancio, de agujetas, de hambre, de dulce dejadez. Abandona su abrazo y vuelve a la cocina. Mezcla los despojos o las sobras de carne de una liebre a la royal devorada antes de ayer con un poco de bechamel con su mucho de nuez moscada recién rallada y unos dados de foie. Cuando se enfría la masa en la nevera reboza porciones en forma de croqueta en huevo y luego en pan rallado. Además de estas croquetas lujuriosas prepara un agua de tomate con albahaca y unos espárragos a la plancha. Abre otra botella de vino, lleva el tentempié a la cama. Por fin se sienten iguales, quién lo diría, después de tanto tiempo.

2 comentarios:

  1. ERES UNO DE MIS GENIOS FAVORITOS... ESCRIBES COMO LOS DIOSES...
    TIENES ESE AAARTE DE DEJAR AL LECTOR METERSE EN EL TEXTO PARA VIVIRLO, cualidad rara en los que escriben hoy y te asfixian a base de "YO"... "YOO"..."YOOOO"...

    Un ABRAZOTE,

    Lola.

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  2. No sé si es casualidad (no lo creo), pero de hecho, el estilo de estos párrafos me ha hecho pensar en Salter.

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