martes, 28 de junio de 2016

CARACOLES CON MANITAS

Foto de los caracoles que guisa el cocinero Floren Domenzain
Recalentó el guiso en el fuego con la misma cazuela honda de barro donde los había cocinado. Se miró la incipiente barriga y apuró la segunda cerveza helada que se había abierto. Pensó que no había que tener misericordia con un cuerpo que luego, en cualquier momento, por un capricho del azar, la genética o cualquier tóxico ambiental inventaba un cáncer, un alien en la barriga o el cerebro, se te mete un terrorista en el avión o te cae un meteorito en la cabeza, eso nunca se sabe, la suerte es bien jodida, que se lo digan si no a quienes les toca la primitiva y les desgracia la vida.

Los peus de porc amb cargols fueron pasando del estado gelatina sólida al de líquido incierto y sospechoso. Añadió un poco más de pimienta negra recién molida y removió con la cuchara de palo para que no se agarrase al fondo la cebolla horcal que le daba un a densidad especial a la salsa. Los caracoles gordos, que hubieran servido para hacerlos a la borgoñesa, se habían empapado bien de la transpiración del tinto reducido y la picada de almendras, avellanas, ajo y tomate. Las manitas de cerdo ibérico tenían una untuosidad que él comparó de inmediato con la de ciertas partes íntimas de T. justo después del después. Pero ese símil nunca podría hacerlo por escrito para que no se malinterpretasen de forma obvia y grosera sus palabras.

Se había quedado dormida boca abajo, con las piernas abiertas y los brazos medio abrazados a una de las almohadas. Le gustaba observarla así, con ese descaro que sólo tenemos cuando sabemos que nadie nos mira y podemos recorrer sin prisa la piel ajena, como quién mira un plano creyendo detectar donde enterraron los piratas los cofres del tesoro o los cadáveres de todos los traidores. Ese lugar entre la axila y el nacimiento del pecho, ese espacio de la espalda que ya va subiendo para formar la curva de los culos o los primeros pelos de la raja que se salvaron de las podas depilatorias a las que obligan los estúpidos bikinis.

Se sentó en la mesa frente a la cama, con el guiso caliente perfumando la casa y una nueva cerveza para desayunar. Rechupeteó el primer caracol hasta alcanzar con los dientes la cabeza, tiró de él y salió entero, luego masticó un pedazo traslucido de manita y un trocito de pan empapado en la salsa. Aquel primer bocado le pareció mucho más pornográfico que la forma en la que estuvo mordisqueando partes de ella que tal vez nadie había considerado comestibles. Ella entonces dijo algo entre sueños, él entendió algo sucio y delicioso, o quiso entenderlo así, pero no se levantó de la mesa, se aguantó las ganas, siguió devorando las sobras de la cena con usura y con hambre, no fuera a ser que ella se despertada y exigiera su parte. Pero el amor también era eso, haber dejado su ración de manitas con caracoles en el fuego y tres cerveza enterradas en el cubo de hielo. El amor era eso, cenar guisos excesivos y desayunarlos luego con igual apetito. El sol comenzó a salir entre las higueras. Gritaban fuera una reunión informal de los rabilargos. Envidiosos, pensó él. Comenzaba Julio.


Foto de Hugues Erre

lunes, 20 de junio de 2016

BERENJENAS EN MADRID



Escucho con frecuencia ese deseo de retirarse del mundanal ruido, de la tiranía de la ciudad vampira de tiempo, laminadora de la lentitud, criadora de prisas, atascos, contaminación, desconcierto, agotamiento. Madrid me mata. Ese deseo de escapar, aunque sólo sea los fines de semana y ese sueño de huir por fin a otro lugar tranquilo en el que las estaciones cambian el color del campo y no son el nombre de unas paradas de metro. Pero a mi me gusta el “mundanal” ruido urbano, la ciudad es mi hogar y la siento amiga, habitable, simpática, loca, sorprendente, intensa. Amo esta ciudad, te lo dice un niño de pueblo, un tipo montaraz que siente placer metido en un río helado pescando truchas o caminando por un bosque de robles al amanecer tras las becadas o paseando entre zarzas y castaños salvajes en busca de amanitas o simplemente tirado en el monte mirando embobado la Vía Láctea. Pero Madrid es mi casa.
¿A quién se le ocurriría que una berenjena fuera comestible?, con ese color negruzco o morado, esa carne estropajosa y amarga en crudo... Y sin embargo cocinada es exquisita. A mi me gusta cortada en láminas finas, enharinada, salada y frita, crujiente y blanda. Si a esas láminas ya fritas, las intercalamos capas muy finas de virutas de parmesano y Carpaccio de buey tenemos una falsa lasaña fastuosa. Madrid es una berenjena brillante, negruzca, sospechosa, amarga, incomible si no la cocinas con amor. Pero si sabes su secreto, si la cocinas con hambre y sabiduría es un bocado rico para compartir. 

Me parece que el domingo haré berenjenas...

jueves, 16 de junio de 2016

CEREZAS Y SONRISAS


Hago caso a Celaya en eso de mancharse. él no me hubiera perdonado hoy la asepsia o la neutralidad fingida en momentos como estos.

Camino por la calle despacio, saboreando un asombroso día frío de Junio. Veo en las fruterías cerezas grandes y jugosas y recuerdo la pataleta alucinatoria de Antonio Elorza en El País acusando a Podemos de “Leninistas”. Sonrío ¿Qué partido no utiliza las viejas estrategias y praxis de aquel calvo cabrón? Parece que Elorza, como otros tantos santones de la teoría política, sienten celos, envidia y rabia al descubrir que estos chicos y chicas, profesores precarios en su día, treinta años más jóvenes e ¿inexpertos? que ellos hicieron sus análisis de lo que estaba pasando en España y tomaron decisiones más lúcidas y acertadas que ellos, que nunca se atrevieron a probar “a tocar el cielo”, preferían el hurgueteo en los santos lugares de la izquierda desactivada, los pesebres suaves del Estado y no exponer sus flácidos culos teóricos al riesgo de la calle y la intemperie.

Sólo Belén Barreiro, valiente, lúcida y mujer, se atrevió leer el porvenir y advertir en el ya lejano 2012 que el Emperador estaba desnudo, los cimientos de los partidos podridos y que a millones de personas les estaban destrozando en silencio la vida y el futuro. Sólo ella escribió que Podemos estaba ya naciendo y que sería gobierno en el 2016. Olé tía.

Vimos ayer “Política, manual de instrucciones” de Fernando León de Aranoa y salimos de allí con la certeza de que los chicos y las chicas de Podemos (y los mayores) les daban cuarenta y cinco mil quinientas vueltas a toda la enorme panda de asesores, sociólogos, politólogos, estrategas y demás brujos a sueldo de lujo del PP o del PSOE. Que ellos solitos, sin más apoyo que la gente afín habían roto para siempre esa pax terrible que el establishment, las élites del poder, la casta, la mafia económica, habían organizado para encerrar a millones de personas en un país arrasado por la corrupción, la especulación y la ignominia más chulesca. Tras la peli es imposible no comparar a Rajoy, Sánchez o Rivera con ese crío llamado Íñigo y entonces te da la risa floja, no hay color. A Mariano, Pedro y a Albert se les ven los cartones en los gestos y en las palabras y a Errejón sólo se le ve la brillantez más fresca, incisiva y veloz, también su perplejidad y su asombro mientras está viendo el "debate a dos" de las anteriores elecciones y descubre que las voces de Rajoy y Sánchez podrían ser intercambiables… Sólo leer los eslóganes de campaña ya da grima “a Favor” del PP, “un sí por el cambio” del PSOE o “tiempo de acuerdo, tiempo de cambio” de Ciudadanos suenan tan huecos como las cabezas de los asesores y marketinianos que los han parido para vender su humo.

Es evidente que ese documental es ya un documento histórico de primera y que las elecciones que vienen son el comienzo de una transformación importante y positiva para mi jodido país. Las máquinas del fango producen a toda pastilla su mierda contra Podemos y los partidos viejunos han aprendido parte de la lección pero ya no tienen tiempo de hacerse un Gatopardo.

Leo su programa, les escucho y sus propuestas son de lo más sensato y hasta "conservador". Aún así me gustan, aún así sonrío.
Vivo estas semanas la enorme ilusión, pueril, utópica y solitaria de que gente afín se ha atrevido, ha trabajado y va a ganar, aunque el PP saque más votos y el PSOE algunos menos, ya han ganado de hecho. Hemos ganado. Es ahora o nunca. Así que me compro un puñado de cerezas de las gordas y me las voy comiendo por la calle, caminando despacio, con los ojos brillantes, preparado porque yo sé bien que siempre todo se tomó en este mundo “por asalto, jamás por consenso”. Sólo hace falta leer sobre las pequeñas o grandes luchas y logros sociales que se consiguieron en el siglo XIX y XX. Y el asalto es estos días ir a votar. Por asalto tomo tu corazón, dejo el consenso para el sexo contigo.
Sonrío.  No sé si es “la sonrisa de un país”, pero es la mía...

martes, 14 de junio de 2016

CONEJO CON CALLOS (SIN COCACOLA)



Me he quedado sin nieve sin darme cuenta, como si me la hubiera robado de mayo la crisis y sus adalides. Pero tengo a los cerezos y a  las abejas borrachas de paisaje. Es un regalo y un lujo este horizonte de campo en silencio, el rumor de la garganta, el sol calentándome la espalda mientras elijo la mosca que pondré en mi sedal y la sorpresa de sentir, de saber, lo afortunado que soy por vivir este presente, la soledad, la desconexión de todo, la certeza de que el mundo también es todo esto.

Ayer preparé unos callos con conejo de monte. Cocidas y rendidas por separado la víscera y los gazapos, cada uno en su olla y con su decorado. Las callos con su poco de morro, su hoja de laurel, de apio y puerro. El conejo con su tomillo en abundancia, su cabeza de ajo sin pelar, media cebolla, zumo de zanahoria y dos copas de  Jerez dulce. Después, deshuesé los conejos y troceé los callos y el morro en bocados de tamaño adecuado y los guisé ya unidos, muy despacio en un sofrito de cebolla tierna, pimiento secos cornicabra de la Vera, tomates maduros pelados, medio morrón asado triturado y un taco pequeño de jamón seco.

Pienso igual que la colega  Sherry Turkle que cuesta muchos años aprender a estar solo y sentirse así feliz, tranquilo, en paz, sin chismes electrónicos, sin más necesidad de compañía que el silencio. Luego, hambriento, de vuelta a casa, calentaré el festín y me lo iré comiendo muy caliente, soplando a cada bocado, encima de rebanadas de pan de hogaza tostado, trasegando un tintorro conveniente y esperando a que llueva cualquier día. Para salir a mojarme como hace un mes.

Debería escribir también, aunque huya aquí de recomendar sitios, que para eso ya están otros amigos y otros blogs, que me gustan los untuosos callos de Lhardy pero en igual medida que los que hacía la mujer de Silverio, y ahora hace su hija y su nieta en Garganta la Olla. Es muy difícil hacer los callos bien aunque parezca lo contrario y uno, fanático callófilo, puede afirmar que unos y otros, cada cual en su estilo, son los mejores de esta parte del mundo.

Si mi hijo mayor me acompaña a pescar a este pueblo, que amo por sus cerezos, sus gentes broncas pero cariñosas y su bellísima garganta, es también por los callos de Silverio. Así de entrada, como quién no quiere la cosa, suele pedir tres raciones para él solo. Es un placer verle comer con avidez y egoísmo ese guiso, engolosinado y glotón con su correspondiente pringoteo de pan (Nosotros mientras tanto nos conformamos con el cochinillo frito con patatas, tres raciones también, para no ser menos).

Y soy feliz allí, viéndole comer una tras otra “sus raciones”, hecho ya un hombre, aunque acompañe el festín con una Cocacola. Nadie es perfecto.

jueves, 9 de junio de 2016

MOCHI DE CORDERO PARA LEERTE

Foto de: http://fwpdreams.blogspot.com.es

No hay nada más placentero que un buen libro (o casi) también alegra el hambre hacerte unas pequeñas albóndigas de cordero rellenas de torta del Casar. Se trata de un plato opulento, excesivo, gargantúo y pantagruélico, para gente carnívora y quesívora que ama de los sabores grasos y los olores potentes, que no tiene remilgos para leer las páginas intimas y templadas de la vida.

Imprescindible un buen corderito, un cordero lechal de Extremadura, que son de ganadería extensiva, ecológica, que nunca comieron otra cosa sus madres que hierbas y rastrojos. Una pierna o una paletilla deshuesada nos sirve. Picamos bien la carne y sus riñones  y la mezclamos con casi nada de comino y de ajo, sésamo tostado, perejil muy picado, otro poco de menta, un huevo y una cucharada de harina. Hacemos las bolas como su fueran mochis japoneses, aplanando cada albóndiga en la palma de la mano y estirándola para hacer un disco fino. Luego colocamos en el centro una cucharada de torta del Casar recién salida de la nevera y hacemos pequeñas rotaciones en la palma de la mano, despacio, como si fuera un capullo, para ir cerrando por los lados la bola. Es importante cerrar bien los finales con pequeños pellizcos y luego un amasado delicado para que la albóndiga quede perfectamente esférica. Cuanto más pequeñas mejor. Pasamos por harina y freímos en una sartén honda y con abundante aceite.

Cuando mordemos este mochi corderil reventará en nuestra boca el sabor de la torta del Casar y masticar será casi tan placentero como leer un buen libro. Imprescindible un tinto del Guadiana y una cama de latón grande, alta, ancha y con sábanas frescas recién puestas para seguir leyendo, el libro de la vida que escondes en tus páginas de carne.

jueves, 2 de junio de 2016

TARTAR PORNOJAPONÉS

Bromeamos utilizando como muletilla el “pornojaponés”. En un mundo de clasificaciones minuciosas y entomológicas todo debe estar en su casilla y con su pequeña etiqueta grapada, aunque todos sepamos que el perfil sociocultural, el “target”, la definición de nuestra tribu o “nuestro placer favorito” es la pura invención de un sociólogo chorra, un marketiniano sádico, un periodista vago o un político con mala intención.

Almuerzo pornojaponés: tartar de atún (o de bonito, hasta congelado, que es barato y la crisis nos sigue persiguiendo). Tres filetes de bonito congelado, ya descongelado y bien escurrido, puñado de alcaparras, lata de anchoas buenas, un poco de cebollino, un tomate maduro y bueno, yema de un huevo, cucharada de mostaza antigua, sal y pimienta. Todo “bien y muy” picado y mezclado. (se tarda en hacer menos de 5 minutos). Comer a cucharadas generosas sobre tortadas de pan sin más compañía que una botella de vino rosado o clarete.

Luego, el pornojaponés, tan zen, tan imperio, tan macho, tan de gemido agudo y guñido samurái no me llega, no me pone, no me gusta demasiado. Pero el tartar sí, que es lo que importa.