jueves, 21 de julio de 2016

EL PRINCIPIO.


Vale. El principio. Lo tengo claro. Fue el día en el que conocí a Claudio, el hijo del Tocinero. El segundo día de la escuela. Toda mi vida allí en la playa junto al chiringuito de madre, feliz, y de pronto me encierran con veinte monstruos de seis años y una bruja. La puta escuela. Ese fue el principio. Yo allí sentada, muerta de miedo, con la piedra lisa, blanca, suave, en el bolsillo, que me había regalado Mico el Sardinero. Es una piedra de sirena, Lucía. Llegó enganchada en la red desde el fondo del mar, desde los más hondo. Es una piedra mágica. Y la jodida maestra escribiendo números en la pizarra. Toda esa mierda del dos por dos. Yo ya le hacía las cuentas de las comandas a mi madre con la tiza encima de la piedra del mostrador y luego la suma de las ganancias del día y las divisiones de los pagos a los proveedores. Y esa bruja, dos por dos, cuatro. Joder. El resto de monstruos cuchicheando porque nunca me habían visto en la escuela. Es Luci, la hija de Carmen, la del chiringo. Tenía ganas de salir corriendo, ganas de llorar, ganas de ir con madre. Acariciaba la piedra blanca y pesada que escondía en mi bolsillo. Entonces va el Tocinerillo, que se sentaba detrás de mi pupitre, y dice: Tu madre es una guarra. Sonreía expectante. Tu madre es una guarra. De nuevo. Los otros monstruos se reían también y yo no entendía. Mi madre siempre se lavaba antes de cocinar, se lavaba en la gran pila de granito del patio con una pastilla de jabón Lagarto y esas esponjas de mar grandes que nos traía Mico del fondo del mar. Mi madre olía a frituras y a guisos ricos cuando estaba trabajando en el chiringuito, y luego olía a jabón y a ese perfume de lavanda y limón que le gustaba ponerse antes de ir a dormir agotada de estar todo el día asando sardinas, haciendo arroces, sepias, croquetas, caldillos y sirviendo chatos y cervezas a los turistas. Y Claudio de nuevo: Tu madre es una guarra. Nunca había sentido esa furia y ese miedo. Nunca. Creo que ese día fue el principio de todo esto. Cerré los ojos. Los otros pequeños monstruos se reían. La maestra seguía escribiendo la tabla del dos en la pizarra y yo sentí mi mano apretando la piedra de sirena y veía a madre tan guapa, sonriendo mientras me miraba y se lavaba en la pila con agua fría y ese jabón verde, esa esponja rugosa y a la vez suave y su voz susurrando una canción que ahora no recuerdo. Furia. Mi brazo se disparó con la mano empuñando la piedra blanca contra la boca abierta de Claudio en el momento en el que comenzaba a repetir esa frase. Tu madre es una guarra. Recuerdo los trozos de dientes ensangrentados sobre el pupitre, sus babas rojas chorreando por su baby, la cara de espanto de la bruja, sus gritos, los gritos de Claudio, mi piedra de sirena llena de sangre tras golpear su boca, la mano sarmentosa de la maestra atenazándome, arañando mi oreja mientras me llevaba así atrapada hasta el despacho del director, sus gritos, los míos, el bofetón de don Pedro, el director. Pasó mucho tiempo. Llegó madre, las voces de aquel viejo diciendo que era una niña peligrosa, que acabaría en la cárcel, que madre era responsable de no haberme llevado antes a la escuela, que quizá ya fuera demasiado tarde. Árbol torcido, árbol torcido, repetía. Luego recuerdo que estaba de nuevo en el chiringuito, por fin a salvo de los pequeños monstruos, la bruja, el director. Mi madre preparaba el género para las comidas, machaba los ajos para los adobos, encendía las brasas. Ya quedaba poco de septiembre y luego tendría que cerrar el chiringuito hasta el verano siguiente. Entonces le vi llegar. Tocinero padre en persona. Una mole de ciento treinta kilos y dos metros de altura que cortaba las chuletas de buey en su carnicería como si fueran mantequilla. Recuerdo mi miedo cuando debía ir a su tienda a por algún encargo de madre. Sus manos inmensas troceando la carne con una hacheta que afilaba sin parar con una lima larga y roñosa, su voz ronca, sus ojos diminutos muy negros y sus cejas espesas. Una mole. Se decía que de joven había estado en la cárcel, que había partido el cuello con dos dedos a un tipo que piropeó a su mujer en las fiestas. Tocinero padre se acercaba despacio caminando por la orilla de la playa con el mandilón de rayas negras y verdes manchado aún de sangre, brutal, enorme. Sin duda venía a partirme el cuello como a uno de esos cochinillos blancos que troceaba en un minuto encima del tocón de su carnicería, y a sacar las tripas a madre como hacía con los pollos metiendo el dedo índice, gordo y chato por el culo. Tocinero padre era un ogro. Venía sin duda a vengarse por haberle roto a su hijo la boca con mi piedra de sirena. Me escondí detrás de las cajas de cerveza. Hola, Carmen. Siento mucho lo ocurrido. El niño es tonto. A ver si aprende. Seguro que lo dijo sin malicia. Lo habrá escuchado a su madre o a alguna vecina de mala hiel. Vaya panda de víboras. Lo siento de verdad, Carmen. Me duele todo esto. Lo siento mucho. Yo no entendía nada. El ogro en voz baja disculpándose ante madre. El ogro avergonzado. Dile a la niña que salga. Quiero pedirle disculpas a ella. Madre me llama. Salgo. La manaza de Tocinero padre aún con rastros de carne despedazada entre las uñas acariciando mi cabeza. Lo siento, niña. No volverá a ocurrir. Quiero que seáis amigos. Claudio en un poco tonto. No te preocupes. Ha dicho el médico que como son dientes de leche le crecerán luego los buenos. Le han cosido el labio y ahora lo tiene hinchado como un choto, pero ya se le curará. Perdona, niña, de verdad. Estoy muy avergonzado. El ogro allí, apoyado en el mostrador de piedra del chiringuito. Madre le pone un chato doble y unas rabas fritas recién hechas. No importa, Claudio. Son cosas de chiquillos. Ese es el principio. Tocinero hijo fue mi primer amigo de la escuela. Ya nunca más tuve miedo de Tocinero padre. Era un ogro bueno. Detrás de sus manos ensangrentadas y su vozarrona de malas pulgas se escondía un buen tipo. Troceaba los huesos de ternera que mi madre le encargaba para los caldos como quien corta humo, pero, luego, con todo lo que pasó después, siempre defendió a madre y hoy me defiende a mí. Ahora, quince años después, solo tengo un amigo en este pueblo de mierda. Claudio. Volví a la escuela. La bruja de la maestra nos trataba como a retrasados. Don Pedro, el director, seguía dando hostias con su mano grande y blanca en la que tenía un sello de oro con una piedra roja. Así hasta que se jubiló o se largó del pueblo a otro más grande dos años después. No lo sé, ya no lo recuerdo. Alguna niña o algún niño se atrevió a decirme eso de tu madre es una guarra, pero ya no necesité sacar mi piedra de sirena. Era Claudio quién tiraba de los pelos o se liaba a puñetazos con quien fuera para defenderme, y bastantes veces más acabamos los dos delante del director. Sí. Creo que este es el principio, el día en el que dejé de tener miedo a los ogros. (De: "salsa de olvido" Inédita.)


martes, 19 de julio de 2016

PRIMITIVA HAMBURGUESA



No fueron ni los yankis, ni el McDonals. El romano Marco Apicio, hace ya muchos siglos, estando en el poder Tiberio, nos dejó la receta de una rica hamburguesa. Sus cocineros mezclaban carne picada con miga de pan, granos de pimienta, piñones y vino blanco. Luego asaban esa torta de carne sobre una teja al fuego.

Pero yo creo que fue mucho antes, cuando un anónimo cazador que sabía pintar las cuevas con sus sueños, cazar mamuts y bisontes o convocar al fuego con un trozo de silex sobre una cama de yesca y leña fina, quién machacó un pedazo de carne entre dos piedras hasta convertir el duro músculo en pulpa y luego asó sobre una piedra caliente esa pasta de carne fácil de masticar, para que los ancianos y los niños de su tribu pudieran comer y sobrevivir los duros días de los hielos perpetuos, osos gigantes y bosques inmensos aún sin nombre.

Eso te cuento hoy, aunque mis amigos paleoantropólogos ni afirmen ni nieguen mi aventurada hipótesis. Así que pico la carne de buey junto al tuétano de un hueso de caña, dos manitas deshuesadas y cocidas, un pequeño pedazo de de jamón ibérico y otro de bull negro, pimienta, cebollino, sal, tomillo, un huevo batido y una cucharada de harina. Amaso esta picada como a veces amaso tu carne pero con otra clase de hambre. La amaso con mimo y con ternura hasta que la mezcla ya es homogénea. Hago entonces dos pelotas hermosas, como de trescientos gramos cada una, las aplasto y las aso despacio sobre las brasas de esta chimenea.

No tiene mucho de prehistórica mi hamburguesa, es más bien barroca y excesiva, opulenta y calórica, adecuada para un día de temporal de viento y nieve, tras un paseo largo por el monte. Una vez en su punto y rosada aún por dentro, la coloco entre dos panecillos tostados y sobre la carne el ketchup, hecho también por mi y bien lleno de sol. Y una cucharada de mostaza antigua, pepinillos y un buen pedazo tibio de queso de tetilla. Pienso en el amigo Apicio y en nuestro cazador de hace miles de años preparando la carne para otros tras una larga cacería por las sierras boscosas de los valles cántabros. No somos muy distintos aunque él afilase el silex de su lanza y yo estas pocas palabras en un ordenador con alma de silicio o esta hamburguesa que he picado con un cuchillo de zirconio. Cazadores, carnívoros, cocineros… contemplando el invierno y dibujando en este mac o en la cueva nuestros sueños...



lunes, 18 de julio de 2016

EL MEJOR PURÉ DE PATATAS DEL MUNDO (dedicado a la ciudad de Niza)


He llamado esta mañana a Jean Pierre Magrit, uno de los profesores que más manda en la escuela, para hablarle de Lucia y de Claudio. Sin problema, si son tus recomendados ya serán dos buenos cocineros. Los acogeremos con exquisitez francesa y camaradería española; además, si son amigos de Jaime, uno de los mejores alumnos que ha tenido la escuela en los últimos años, no hay más que decir. Linneo, ya sabes que aquí muchos te admiramos. Amistad ¿entre piratas?, ¿entre cocineros? Esa extraña secta peligrosa y vampira de egoístas, egocéntricos, arrogantes, cabrones, duros, incansables, bestias, pasionales, venenosos, ingeniosos, amargados, divertidos, chulos, glotones, aventureros, irresponsables, generosos, inconscientes, soñadores, groseros, ¿artistas?; nunca artistas, solo obreros, artesanos, alquimistas que saben hacer todos los días lo que el artista sublime intenta durante muchos años sin conseguirlo. ¿Amistad entre unos tipos que trabajan con un cuchillo afilado de dos palmos?, ¿que remueven aceite o agua hirviendo y se ciscan en todos los dioses y sus madres?, ¿entre chefs? Ese extraño grupo de chuloputas que se disfrazan con mandiles blancos y gorritos ridículos y se apropian de palabras de la poesía y hasta de la filosofía para bautizar sus comistrajos, sus guisos, sus creaciones, sus trampantojos, sus menús, sus plagios. Amistad. Tal vez. Además de insultarnos, traicionarnos, envidiarnos, ningunearnos los unos a los otros, podíamos ser amigos. Sí, casi seguro que mataría por defender a un amigo cocinero. Me jugaría el pellejo por el capullo de Jean Pierre Magrit, por ejemplo. Trabajamos juntos en Niza, nos matábamos a trabajar en aquel hotel ridículo con ínfulas de lujo trasnochado, con menús llenos de salsas grasientas y pescados recocidos. Me quitó dos novias y me enseñó algo que yo creía tan chorra como hacer un simple puré de patatas, pero que él convertía en una crema ligera, exquisita y sublime. Pero yo le enseñé a hacer atascaburras y quedamos en paz. Amigo, ¿cuántas noches derrotados y echando pestes del salario de miseria que ganábamos nos emborrachábamos juntos, a eso de las dos de la mañana, con buenos vinos robados de la bodega del hotel, caminando por la playa mientras me hablaba de Matisse y de su guiso merluza en papillote con perfume de regaliz que nunca le dejaba hacer el carca del chef? A veces lo más simple es lo más difícil. Como hacer un buen puré. Y Jean Pierre bebía un trago largo a morro de la botella antes de afirmar chulo, sentencioso, francés: el amor al que fueron mojando los años, las distancias, los encuentros se convierte en un amor distinto, un amor lleno de complicidad, reconocimiento, silencio, intimidad, amistad, cariño, lealtad. Si el amor logra sobrevivir a la arena del olvido, a la aniquilación de la distancia, al dolor de las traiciones y a ese cansancio que arruga el corazón de tantos seres, se vuelve un amor adolescente, divertido, camarada, fácil. Pero lograr no perder ese amor es tan difícil... Tan mágico que siga latiendo ahí, en la piel de las palabras... Pero yo entonces no entendía nada de las filosofías amorosas baratas de aquel rubiaco, pecoso, narigudo, y ligón, dos años mayor que yo, que me levantaba todas las novias con su labia de Cirano. Venga, Jean Pé, no me jodas con Matisse y dime cómo se hace tu puto puré. Pero él nunca paraba de repetir todo aquello de que los cocineros solo éramos obreros pero que teníamos más poder que Picasso o su amado Matisse porque dominábamos “el secreto”. El secreto lo es todo, camarade. Ya sabes, Linneo, patatas y mantequilla para hacer una nube de sabor y no una bola de engrudo. Ingredientes tan simples como los necesarios, amar y no hacer engrudo con los besos, cariño y tiempo. Linneo, añoro los fracasos que no tengo en la memoria, no haber vivido con plenitud amores que tal vez hubieran fracasado, admitiendo que el final de un amor sea un fracaso y no otra cosa, un “au revoir mon amie”. Mejor fracasos que nada. Mejor haber vivido que solo haber deseado vivir durante días o años entre aquellos brazos y abrazos. Añoro los fracasos que no pude tener. Pero fueron hermosos y gustosos los fracasos que tuve. Bueno, te cuento, pero luego me dices tú como se hace ese paté blanco con ese nombre tan raro, “¿atascaburras?”. Bueno, para mi puré solo hay que cocer unas buenas patatas Ratte y hacer caso al Papa Robuchon: cocerlas con su piel. Las pelamos y las pasamos por un pasapuré de mano, ponemos esa pasta a fuego muy lento para secarla un poco y luego añadimos, en daditos fríos, una buena mantequilla fresca salada, y removemos con un tenedor de madera. Añadimos despacio leche fresca bien caliente y seguimos removiendo y removiendo y aplastando hasta que la cremosidad sea la adecuada. Pasamos de nuevo este puré por un colador de malla muy fina y añadimos la sal y un poco de pimienta blanca y un nada de nuez moscada. Simple y difícil. Simple y difícil como el amor que se burla del tiempo y conserva el paladar sagrado del deseo. Sé que la piel de las palabras no envejece, que lo simple siempre es lo más difícil, como hacer puré y mantener caliente un amor. Los dos ya muy borrachos y muy derrotados, sentados bajo una de esas palmeras ridículas del Promenade des Anglais sin habernos quitado los mandiles mugrientos, oliendo a sudor, a mantequilla quemada, a peste de cocina, a ganas de escaparnos de allí. Pero sobre todo nunca olvides que guardamos el secreto, el único secreto que merece la pena. Amanecía sobre la bahía de Niza. Aún no sabía que pocos días después Jean Pé, mi amigo, se iría a trabajar a París y no nos volveríamos a ver en veinte años. Capullo, ¿de que secreto me hablas? ¿Estás demasiado mamado con este borgoña de a doscientos francos la botella? Y él, como si mirase a un perro sarnoso, a una rata despreciable, a un mosquito con diarrea: El secreto de convertir los alimentos en otra cosa, el secreto de convertir la comida en felicidad. ¡Felicidad!, ¿entiendes? Nosotros sí hacemos feliz a la gente que come lo que guisamos. Tenemos el inmenso poder de hacer felices a nuestros comensales, nada sublime, nada elevado, felicidad, sencilla, directa, sincera, real. Miras un cuadro de Picasso o de Matisse y bueno, te llega o no, te gusta o no, depende. Echas un polvo con Marguerite, esa exnovia tuya de coño estrecho y te gusta más o menos, pero depende. ¿Te hace feliz?, ¿te hace feliz Picasso? No, a la gente le hace feliz mi puré, tu atascaburras, hasta ese rodaballo recocido en mantequilla que nos obliga a cocinar el imbécil del chef. Mira sus caras, pregunta cómo se sienten después de comer. Cuando han rematado la cena con dos raciones de nuestra Crème Brûlée, su café y su habano, te dirán todos, todos, todos: “Me siento feliz”. Sí, feliz, nosotros tenemos el secreto, sabemos cómo hacer a la gente feliz, no para siempre, claro, pero sí por un rato largo. Y eso es mucho amigo. Eso es todo. Saber hacer feliz a la gente con la comida no es un arte, es un milagro, un misterio, un... Jean Pierre Magrit, un cocinero, un tipo entonces divertido, un cabrón de tomo y lomo que se ligaba a todas las novias que me eché en Niza. Amistad a lo largo, amistad entre piratas, entre gángsteres, entre cocineros. Más de veinte años sin vernos, sin hablarnos. Y él, hace un rato, no te preocupes, Linneo, eso está hecho. Tus pupilos ya están matriculados en la escuela. Amigo, cómo me acuerdo de aquel verano en Niza. Cuídate chef. Siempre fuiste el mejor. (...) (Fragmento de "Olvido en salsa". Inédito)


miércoles, 6 de julio de 2016

SOPA DE PEPINO

pintura de Reisha Perlmutter
Una lengua de frío entra por la ventana y en lugar de arroparse con un pico de sábana se pega a su espalda. Ahora está entre la brisa de un raro amanecer de julio y la calidez de su piel, dormida aún, o tal vez volviendo de quién sabe qué paisajes. Se da cuenta, atesora cada minuto de ese rato, siente el placer de ese frío y de la tibieza que le espera en un rato y aún no quiere propiciar. Nada queda del tiempo, apenas hilachas en la memoria, fotografías blandas, algunas palabras repetidas o el olor de los dos que siempre va a ser difícil encerrar.

Mas tarde hacen para desayunar y desafiar el primer calor de la mañana una sopa de pepino, un guiso muy antiguo, dicen que sefardí. Ligan pan asentado y agua muy fría, ajo, hierbabuena, dos pepinos hermoso, un poco de pimienta blanca, chorro grande de aceite de oliva, sal, unas gotas de limón. Suma a todo esto un moderno aguacate y le da al botón del vaso batidor. Luego pasa la sopa por un chino y se lo sirve a ella en las copas de dry Martini que se bebieron anoche. La resaca tiene la claridad de mostrarnos el cuerpo y sus fronteras, la delicadeza de todo el mecanismo y la facilidad por ahora de volver de la niebla y refrescar el alma con unos pocos besos y una sopa de pepino mañanera. Quién sabe cuantos Julios les acechan, cuantos raros amaneceres fríos, cuantos martinis para brindar por todo, cuantas veces abrigarse con una piel ajena y cuanto calor para pretextar, después del desayuno, un baño largo en las transparentes aguas de esa garganta que hoy sienten sólo suya.

lunes, 20 de junio de 2016

BERENJENAS EN MADRID



Escucho con frecuencia ese deseo de retirarse del mundanal ruido, de la tiranía de la ciudad vampira de tiempo, laminadora de la lentitud, criadora de prisas, atascos, contaminación, desconcierto, agotamiento. Madrid me mata. Ese deseo de escapar, aunque sólo sea los fines de semana y ese sueño de huir por fin a otro lugar tranquilo en el que las estaciones cambian el color del campo y no son el nombre de unas paradas de metro. Pero a mi me gusta el “mundanal” ruido urbano, la ciudad es mi hogar y la siento amiga, habitable, simpática, loca, sorprendente, intensa. Amo esta ciudad, te lo dice un niño de pueblo, un tipo montaraz que siente placer metido en un río helado pescando truchas o caminando por un bosque de robles al amanecer tras las becadas o paseando entre zarzas y castaños salvajes en busca de amanitas o simplemente tirado en el monte mirando embobado la Vía Láctea. Pero Madrid es mi casa.
¿A quién se le ocurriría que una berenjena fuera comestible?, con ese color negruzco o morado, esa carne estropajosa y amarga en crudo... Y sin embargo cocinada es exquisita. A mi me gusta cortada en láminas finas, enharinada, salada y frita, crujiente y blanda. Si a esas láminas ya fritas, las intercalamos capas muy finas de virutas de parmesano y Carpaccio de buey tenemos una falsa lasaña fastuosa. Madrid es una berenjena brillante, negruzca, sospechosa, amarga, incomible si no la cocinas con amor. Pero si sabes su secreto, si la cocinas con hambre y sabiduría es un bocado rico para compartir. 

Me parece que el domingo haré berenjenas...

jueves, 16 de junio de 2016

CEREZAS Y SONRISAS


Hago caso a Celaya en eso de mancharse. él no me hubiera perdonado hoy la asepsia o la neutralidad fingida en momentos como estos.

Camino por la calle despacio, saboreando un asombroso día frío de Junio. Veo en las fruterías cerezas grandes y jugosas y recuerdo la pataleta alucinatoria de Antonio Elorza en El País acusando a Podemos de “Leninistas”. Sonrío ¿Qué partido no utiliza las viejas estrategias y praxis de aquel calvo cabrón? Parece que Elorza, como otros tantos santones de la teoría política, sienten celos, envidia y rabia al descubrir que estos chicos y chicas, profesores precarios en su día, treinta años más jóvenes e ¿inexpertos? que ellos hicieron sus análisis de lo que estaba pasando en España y tomaron decisiones más lúcidas y acertadas que ellos, que nunca se atrevieron a probar “a tocar el cielo”, preferían el hurgueteo en los santos lugares de la izquierda desactivada, los pesebres suaves del Estado y no exponer sus flácidos culos teóricos al riesgo de la calle y la intemperie.

Sólo Belén Barreiro, valiente, lúcida y mujer, se atrevió leer el porvenir y advertir en el ya lejano 2012 que el Emperador estaba desnudo, los cimientos de los partidos podridos y que a millones de personas les estaban destrozando en silencio la vida y el futuro. Sólo ella escribió que Podemos estaba ya naciendo y que sería gobierno en el 2016. Olé tía.

Vimos ayer “Política, manual de instrucciones” de Fernando León de Aranoa y salimos de allí con la certeza de que los chicos y las chicas de Podemos (y los mayores) les daban cuarenta y cinco mil quinientas vueltas a toda la enorme panda de asesores, sociólogos, politólogos, estrategas y demás brujos a sueldo de lujo del PP o del PSOE. Que ellos solitos, sin más apoyo que la gente afín habían roto para siempre esa pax terrible que el establishment, las élites del poder, la casta, la mafia económica, habían organizado para encerrar a millones de personas en un país arrasado por la corrupción, la especulación y la ignominia más chulesca. Tras la peli es imposible no comparar a Rajoy, Sánchez o Rivera con ese crío llamado Íñigo y entonces te da la risa floja, no hay color. A Mariano, Pedro y a Albert se les ven los cartones en los gestos y en las palabras y a Errejón sólo se le ve la brillantez más fresca, incisiva y veloz, también su perplejidad y su asombro mientras está viendo el "debate a dos" de las anteriores elecciones y descubre que las voces de Rajoy y Sánchez podrían ser intercambiables… Sólo leer los eslóganes de campaña ya da grima “a Favor” del PP, “un sí por el cambio” del PSOE o “tiempo de acuerdo, tiempo de cambio” de Ciudadanos suenan tan huecos como las cabezas de los asesores y marketinianos que los han parido para vender su humo.

Es evidente que ese documental es ya un documento histórico de primera y que las elecciones que vienen son el comienzo de una transformación importante y positiva para mi jodido país. Las máquinas del fango producen a toda pastilla su mierda contra Podemos y los partidos viejunos han aprendido parte de la lección pero ya no tienen tiempo de hacerse un Gatopardo.

Leo su programa, les escucho y sus propuestas son de lo más sensato y hasta "conservador". Aún así me gustan, aún así sonrío.
Vivo estas semanas la enorme ilusión, pueril, utópica y solitaria de que gente afín se ha atrevido, ha trabajado y va a ganar, aunque el PP saque más votos y el PSOE algunos menos, ya han ganado de hecho. Hemos ganado. Es ahora o nunca. Así que me compro un puñado de cerezas de las gordas y me las voy comiendo por la calle, caminando despacio, con los ojos brillantes, preparado porque yo sé bien que siempre todo se tomó en este mundo “por asalto, jamás por consenso”. Sólo hace falta leer sobre las pequeñas o grandes luchas y logros sociales que se consiguieron en el siglo XIX y XX. Y el asalto es estos días ir a votar. Por asalto tomo tu corazón, dejo el consenso para el sexo contigo.
Sonrío.  No sé si es “la sonrisa de un país”, pero es la mía...

martes, 14 de junio de 2016

CONEJO CON CALLOS (SIN COCACOLA)



Me he quedado sin nieve sin darme cuenta, como si me la hubiera robado de mayo la crisis y sus adalides. Pero tengo a los cerezos y a  las abejas borrachas de paisaje. Es un regalo y un lujo este horizonte de campo en silencio, el rumor de la garganta, el sol calentándome la espalda mientras elijo la mosca que pondré en mi sedal y la sorpresa de sentir, de saber, lo afortunado que soy por vivir este presente, la soledad, la desconexión de todo, la certeza de que el mundo también es todo esto.

Ayer preparé unos callos con conejo de monte. Cocidas y rendidas por separado la víscera y los gazapos, cada uno en su olla y con su decorado. Las callos con su poco de morro, su hoja de laurel, de apio y puerro. El conejo con su tomillo en abundancia, su cabeza de ajo sin pelar, media cebolla, zumo de zanahoria y dos copas de  Jerez dulce. Después, deshuesé los conejos y troceé los callos y el morro en bocados de tamaño adecuado y los guisé ya unidos, muy despacio en un sofrito de cebolla tierna, pimiento secos cornicabra de la Vera, tomates maduros pelados, medio morrón asado triturado y un taco pequeño de jamón seco.

Pienso igual que la colega  Sherry Turkle que cuesta muchos años aprender a estar solo y sentirse así feliz, tranquilo, en paz, sin chismes electrónicos, sin más necesidad de compañía que el silencio. Luego, hambriento, de vuelta a casa, calentaré el festín y me lo iré comiendo muy caliente, soplando a cada bocado, encima de rebanadas de pan de hogaza tostado, trasegando un tintorro conveniente y esperando a que llueva cualquier día. Para salir a mojarme como hace un mes.

Debería escribir también, aunque huya aquí de recomendar sitios, que para eso ya están otros amigos y otros blogs, que me gustan los untuosos callos de Lhardy pero en igual medida que los que hacía la mujer de Silverio, y ahora hace su hija y su nieta en Garganta la Olla. Es muy difícil hacer los callos bien aunque parezca lo contrario y uno, fanático callófilo, puede afirmar que unos y otros, cada cual en su estilo, son los mejores de esta parte del mundo.

Si mi hijo mayor me acompaña a pescar a este pueblo, que amo por sus cerezos, sus gentes broncas pero cariñosas y su bellísima garganta, es también por los callos de Silverio. Así de entrada, como quién no quiere la cosa, suele pedir tres raciones para él solo. Es un placer verle comer con avidez y egoísmo ese guiso, engolosinado y glotón con su correspondiente pringoteo de pan (Nosotros mientras tanto nos conformamos con el cochinillo frito con patatas, tres raciones también, para no ser menos).

Y soy feliz allí, viéndole comer una tras otra “sus raciones”, hecho ya un hombre, aunque acompañe el festín con una Cocacola. Nadie es perfecto.

jueves, 9 de junio de 2016

MOCHI DE CORDERO PARA LEERTE

Foto de: http://fwpdreams.blogspot.com.es

No hay nada más placentero que un buen libro (o casi) también alegra el hambre hacerte unas pequeñas albóndigas de cordero rellenas de torta del Casar. Se trata de un plato opulento, excesivo, gargantúo y pantagruélico, para gente carnívora y quesívora que ama de los sabores grasos y los olores potentes, que no tiene remilgos para leer las páginas intimas y templadas de la vida.

Imprescindible un buen corderito, un cordero lechal de Extremadura, que son de ganadería extensiva, ecológica, que nunca comieron otra cosa sus madres que hierbas y rastrojos. Una pierna o una paletilla deshuesada nos sirve. Picamos bien la carne y sus riñones  y la mezclamos con casi nada de comino y de ajo, sésamo tostado, perejil muy picado, otro poco de menta, un huevo y una cucharada de harina. Hacemos las bolas como su fueran mochis japoneses, aplanando cada albóndiga en la palma de la mano y estirándola para hacer un disco fino. Luego colocamos en el centro una cucharada de torta del Casar recién salida de la nevera y hacemos pequeñas rotaciones en la palma de la mano, despacio, como si fuera un capullo, para ir cerrando por los lados la bola. Es importante cerrar bien los finales con pequeños pellizcos y luego un amasado delicado para que la albóndiga quede perfectamente esférica. Cuanto más pequeñas mejor. Pasamos por harina y freímos en una sartén honda y con abundante aceite.

Cuando mordemos este mochi corderil reventará en nuestra boca el sabor de la torta del Casar y masticar será casi tan placentero como leer un buen libro. Imprescindible un tinto del Guadiana y una cama de latón grande, alta, ancha y con sábanas frescas recién puestas para seguir leyendo, el libro de la vida que escondes en tus páginas de carne.

jueves, 2 de junio de 2016

TARTAR PORNOJAPONÉS

Bromeamos utilizando como muletilla el “pornojaponés”. En un mundo de clasificaciones minuciosas y entomológicas todo debe estar en su casilla y con su pequeña etiqueta grapada, aunque todos sepamos que el perfil sociocultural, el “target”, la definición de nuestra tribu o “nuestro placer favorito” es la pura invención de un sociólogo chorra, un marketiniano sádico, un periodista vago o un político con mala intención.

Almuerzo pornojaponés: tartar de atún (o de bonito, hasta congelado, que es barato y la crisis nos sigue persiguiendo). Tres filetes de bonito congelado, ya descongelado y bien escurrido, puñado de alcaparras, lata de anchoas buenas, un poco de cebollino, un tomate maduro y bueno, yema de un huevo, cucharada de mostaza antigua, sal y pimienta. Todo “bien y muy” picado y mezclado. (se tarda en hacer menos de 5 minutos). Comer a cucharadas generosas sobre tortadas de pan sin más compañía que una botella de vino rosado o clarete.

Luego, el pornojaponés, tan zen, tan imperio, tan macho, tan de gemido agudo y guñido samurái no me llega, no me pone, no me gusta demasiado. Pero el tartar sí, que es lo que importa.