sábado, 29 de junio de 2013

ESPAGUETTI CON MAR Y BASILISCO



De regreso le gustaba volar bajo, abrir la pequeña ventanita del Lightning y aspirar el intenso olor del mar. Podía pilotar con los ojos cerrados. Sentía en los mandos del avión las brisas ascendentes, los cambios de presión y las invisibles coordenadas que le llevaban de vuelta a Córcega. Le gustaba volar a menos de cincuenta metros y contemplar el fino rizo blanco de las olas a esta  hora de la tarde. Luego bajaría a la pequeña playa de la isla con una botella fría de Chianti tras haber comido un buen plato de  spaghetti con mucho basilisco y mejillones en la taberna del puerto donde se reunían los pilotos.

Amaba esos momentos de soledad tras la cena y el cansancio del vuelo. Sólo en esos momentos sentía la cabeza clara para enhebrar historias. Amaba esos momentos de soledad sobre el mar, sintiendo el rugido de los dos motores de P 38 y lo bien que respondían cuando empujaba hacia el pecho los cuernos de los mandos con la palanca del gas a tope. Entonces sentía que podría llegar más alto que el cielo, atravesar su azul, llegar a otro planeta, como en su cuento.

Sonrió y aspiró fuerte el olor salino y puro del Mediterráneo antes de hacer el ascenso. No sintió la ráfaga, ni el choque contra el agua. Estaba pensando que tenía hambre, ganas de beber vino y de acariciar despacio la piel de ella. Hambre de volar y de vivir.

(en memoria del nacimiento, un día como hoy, de Antoine de Saint-Exupéry)

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