martes, 18 de abril de 2017

"LA NUEVE" YA TIENE JARDÍN EN MADRID.


André Solom regresó por fin a la ciudad el doce de febrero del cuarenta y seis. Hace mucho frío en Praga. Todo ha cambiado.
Estás solo, cuando llegas a la casa, imaginas que estará quemada, destruida, revuelta, vacía. Sin embargo casi está intacta. Apenas se han llevado unas pocas cosas de valor, Los objetos de plata, las pequeñas figuras de marfil de morsa que coleccionaba Vadvlav. Cuando entras en la biblioteca, sin luz, en la penumbra de la tarde, sientes todo ese frío que ya nunca se te ha ido de los huesos y que te hace temblar aunque estés junto a un fuego. Bajas a la leñera y aún queda madera y carbón. Te parece increíble. Un milagro. Subes con mucho trabajo varios capazos de leña y colocas antes en la chimenea algunas revistas de Die Neue Weltbühne que tanto gustaban a tus hijos, sobre todo a Ariadna, porque venían artículos de Heinrich Mann y de Walter Benjamin. Esas palabras que tantas veces te leyó ante esta misma chimenea. A ella no le importará ahora que las queme para calentarme. Cuando se enciende el fuego y se prende por fin la leña, arrimas  uno de los sillones a la chimenea. Tienes que hacer un esfuerzo para no creer que en cualquier momento entrará Ariadna con diez años para subirse a tus rodillas y cantarte una nueva canción que ha inventado con las letras de una jarcha o Ariel para preguntarte de qué está hecha de verdad la materia y qué son los átomos o Vadclav disfrazado con ropas de esquimal fabricadas por él mismo gritando que quiere ir de vacaciones al Polo Norte. O tu mujer con un té verde en una bandeja de madera con dibujos de flores y una de esas canciones campestres alemanas en sus labios. Pero no hay nadie. El fuego no te calienta.

Tu hijo Ariel es ahora capitán del ejército de los Estados Unidos y ha sido él quien se ha movido para que los rusos por fin te suelten. Solom no lo sabe pero él ha participado en la fabricación de esa extraña bomba que ha hecho rendirse a los japoneses. Vadclav, el “tesorero de lenguas”, está muerto, enterrado en una fosa común fuera de la ciudad. Gracián, aquel chiquillo que se presentó en tu casa una mañana fría de abril con una carta de recomendación de tu amigo Ataulfo Plasencia y que adoptaste como a un hijo, murió en Madrid en una trinchera de la Ciudad Universitaria. Ariadna está encerrada en una cárcel, condenada a muerte, aunque tú crees que ha muerto también en esa ciudad cuyo nombre te suena a hogar. Ya no te queda mundo. Ni vida. Ni Praga. Cierras los ojos. Tienes todos los salvoconductos para atravesar Europa, viajar a los Estados Unidos y vivir los pocos años que te quedan en una casa confortable con un jardín lleno de buganvillas, rodeado de vecinos amables, cuidado por tu hijo Ariel, su mujer Pauline y dos nietos que ahora tienes y no conoces. Pero no vas a hacerlo. Ésta es tu casa. Tu vida. Tu ciudad. Guardas en tu memoria demasiada crueldad, demasiadas voces y gritos. Ya no puedes, no quieres seguir viviendo. Entonces recuerdas esas cartas.

Te levantas del sillón y buscas aquel gran libro de Alexander von Humboldt lleno de mapas y dibujos de animales extraños que tanto gustaba a Vadvlav. Ahí están las cartas. Intactas, cuidadosamente numeradas, ordenadas, protegidas dentro de la carpeta color teja de cartón fino en donde las metiste en la página en la que Humboldt dibujó un gran mapa de la costa de Brasil. El fuego comienza a calentar la habitación aunque tú no te das cuenta. Abres con cuidado la carpeta y lees la primera carta. Las primeras frases. Despacio. Muy despacio. No te cuesta meterte en el español antiguo. Has podido practicar el idioma en el campo de exterminio. Piensas en Gracián. Él debía estar leyendo ahora esas palabras, a él le entusiasmaba el Siglo de Oro. A pesar de tanta oscuridad y tanta miseria, a pesar de la Inquisición, la pobreza, la ceguera de un Estado corrupto y de una Iglesia tirana. Eso decía él. Debía ser Gracián quien leyera hoy estas cartas a tu hija Ariadna o ella a él frente a esta chimenea encendida, en esta biblioteca que guarda mucho del saber bello del mundo, un saber que no ha parado al Golem, que no ha impedido que “el mal” habitase Europa durante tantos años. El mal. Creías que el mal era solo un tipo ciego, un poco tontorrón, que solo luchaba por el bien de si mismo, de su familia, de su tribu, del mundo entero sin importarle que ese bien aniquilase a los demás o fuera impuesto. Un bien destructivo y sordo. Eso creías. Pero has visto al Golem. Sus ojos secos. Una forma de mal que no tiene lógica, ni misterio. Una forma de mal que ha destruido a millones de personas entre gestos de aburrimiento, convirtiendo la muerte en rutina cotidiana, burocracia eficiente, con la tranquilidad y brutalidad con la que se pasea por un bosque o se lee un bello poema. Has descubierto el mal en todas partes, hasta en tu propio corazón todas esas noches que deseaste morir y, pudiendo hacerlo con facilidad, no lo hiciste.

Sin embargo las palabras de las cartas de Teresa te hacen olvidar al Golem, borran “el mal” de tu memoria y piensas en la voz de Gracián y en la voz de Ariadna leyendo esos viejos papeles. Te suenan a ellos, a ese deseo que no podían disimular, a esa ternura que entrelazaba siempre sus miradas aunque estuvieran en silencio o discutiendo sobre el futuro o hablando de versos antiguos. Se amaban. Ellos tenían en su corazón todas las frases de Teresa y muchas más, una vida entera llena de palabras de amor por hacer crecer, nombrar, esconder, lanzar al mundo. Ellos. Gracián y Ariadna a la que crees también muerta. No puedes olvidar que una noche subiste al desván donde dormían y escuchaste sus voces, sus gemidos, su deseo. No te avergonzaste de escuchar. A eso suena la vida cuando estalla y rebosa de la copa del mundo, ésa es una de las músicas del amor. Agradeciste en silencio a los chicos el regalo. Bajaste muy despacio las escaleras para que no se sintieran sorprendidos.

Entonces se abre la puerta de la habitación y aparece un joven, casi un niño, vestido de soldado y grita algo en ruso, con una voz ronca que parece la de un anciano. Solom no le escucha, sigue leyendo. El desconocido grita más fuerte palabras que sin embargo el sabio no comprende. Se vuelve, le mira a los ojos y recita la última frase de Teresa.

Ven a mí dulce amor, toca mi piel  y hazme susurrar  como la brisa de mayo entre las cañas que hay junto al mar.

El militar, que había sacado la pistola, se acerca al otro sillón y lo arrima al fuego. Se derrumba en él como si su abrigo de soldado fuera de plomo y su peso insoportable. Joder viejo loco un poco más y te pego un tiro, pensaba que eras un ladrón o algo peor, pensaba que estabas quemando todos estos libros para calentarte de este puto frío de los cojones. Tiene cara de niño. Veinte años o pocos más. Sin embargo tiene la piel de la cara cuarteada, arrugas en los labios, los ojos enrojecidos, las manos grandes, nervudas, llenas de cicatrices y cortes recientes mal curados.  Puta mierda de guerra. Todo dios emperrado en quemar gente y en quemar libros. Joder. Puta mierda de nazis y de rusos y de la madre que los ha parido a todos que se piensan que los libros muerden o algo por el estilo. André Solom sonríe por el acento francés que tienen todas esas frases en español que casi le suenan tan bien como las palabras de Teresa. Lo mira a los ojos y ve en ellos un cansancio infinito, pero también una extraña inocencia, valentía, arrogancia. Adivina que el muchacho ha luchado muchas veces contra el Golem y de alguna manera, aunque tenga el corazón destrozado de dolor, lo ha vencido en todas ellas. Estoy hasta los cojones de tanto loco y de tanto iluminado. No te jode. Que vengo ahora de la comandancia para que me den por fin el pasaporte para volver a casa, a mi París y el tonto de los huevos me dice que hasta dentro de dos días no tendré el visado. Joder, hasta que no le he metido el cañón de la pistola hasta la campanilla no se ha dado cuenta el hijo de perra que tengo prisa. Que llevo muchos años limpiando de cabrones el mundo y ya estoy cansado, joder, cansado. No es tan difícil de entender. Cansado. Solom se levanta y se acerca a la librería que está junto a la puerta. Saca varias grandes biblias del siglo XVIII y mete la mano al fondo. Ante la sorpresa del joven aparece la pequeña puerta de un mueble bar secreto y saca una botella mediana. Rompe el protector de lacre e intenta quitar el tapón de corcho, pero no puede. El joven soldado da un grito, se levanta de un salto y extiende su brazo sin decir una palabra. El sabio le ofrece la botella. Él, con los dientes descorcha la botella y huele el gollete. Joder, joder, joder viejo cabrón, llevo tres semanas viviendo en esta casa y no he encontrado ni una gota y ahora me descubres que tienes aquí metida entre la palabra de Dios y su puta madre un botella de jerez que huele de cojones. Echa un trago largo, casi media botella sin respirar. Chasca la lengua, se limpia la boca cuarteada y rota con la manga del grueso abrigo ruso y luego le pasa a André Solom la botella. Él bebe un poco y siente cómo el suave licor le calienta por dentro y le hace sentir cómo vuelve el calor a su cuerpo. El jovenzuelo sonríe y unas lágrimas gruesas le resbalan por la cara pero no le borran la alegría de los labios. Vuelve al sillón cerca del fuego y se deja caer de nuevo como si tuviera sobre sus hombros un peso gigantesco que le vence. Vamos a ver viejo, tú quién eres. Quién cojones eres.

Es muy tarde cuando André Solom cierra los ojos. Antes ha echado más leños a la chimenea. Por el suelo hay varias botellas vacías de oporto, malvasía, jerez, Málaga, Retsina. El joven soldado ronca. El anciano admira su abandono, ese cansancio infinito que le ha marcado la cara para siempre, esas manos heridas en todos los lugares de Europa. Todos esos nombres de todas las ciudades que ha liberado, de todos los amigos muertos, de esos españoles que le han acompañado y le han enseñado el idioma, a luchar, a sobrevivir aunque ninguno haya quedado con vida de aquellos treinta que  empezaron con él en Normandía, que entraron con él en París y le siguieron por Alemania y Austria hasta el Nido del Águila. El chiquillo ha matado a muchos hombres y a muchos les vio el último chispazo de vida en los ojos azules cuando apretaba el gatillo de la ametralladora a tres pasos o removía la bayoneta en sus gargantas. ¿Y qué eras antes de soldado? El jovenzuelo protesta. Era no, soy, sigo siendo, eso seré cuando regrese a París, lo que fue mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo, un puto librero, eso soy, un librero orgulloso. Y ahora más. Tú no sabes qué empeño tiene el mundo en quemar a la gente que piensa, a la gente que escribe libros y a los libros mismos. Joder que plaga, que peste, la hostia. Cuando entré en París con mis amigos españoles encima del camión “Guadalajara” lo primero que hice fue ir a la casa de mi padre que estaba encima de la librería. Pero todo estaba vacío, quemado, destruido. No sabes la mala hostia que se me puso. En español se dice así, ¿sabes? mala hostia. Se me puso una mala hostia de cojones. Encima luego alguien me disparó desde un tejado de enfrente, un cabrón, otro cabrón. Tuve suerte, el tiro me entró por debajo de la clavícula. Salí corriendo, entré en la casa, subí los cuatro pisos con la pistola en la mano y le pillé en bragas, mirando hacia la calle. Le chisté y según se daba la vuelta le pegué un tiro en los cojones y ahí le dejé. No me molesté ni en rematarle. Qué hijo de perra. Esos hijos de perra habían matado a mi padre y le habían quemado su librería. Ya me dirás tú qué mal hace un librero. Joder qué puta guerra. ¿Tienes más vino? Y luego me dice ese cabrón de chupatintas que no tengo aún el pasaporte ni el visado. Joder que mala hostia se me ha puesto. Solom se ríe. Le gusta como suena el español, aunque el chico blasfeme tanto y arrastre por la garganta las erres. Bueno ¿cómo te llamas? El soldado apura la primera botella. Y mira perplejo a Solom. Me llamo Raimond Royuela. Teniente del ejército de la Francia Libre. Y tengo la Legión de honor y L’Ordre de la Libération y otras putas medallas que he ido vendiendo por ahí. Llegué hasta aquí pegando tiros con los yanquis y los rusos hace ya dos años pero como soy comunista me han dejado quedarme por aquí. Digamos que me he encoñado de una rubia estupenda. En español se dice así, encoñado. Aunque me acaba de dejar y ahora quiero volver a casa. Así que todo esto es el pasado. Ya solo soy librero. Por eso me quedé a vivir en esta casa, porque había muchos libros y me sentía bien. Nuestra librería se llamaba El sueño de Salgari y está muy cerca de Notre Dame, casi enfrente. Pero soy un librero sin libros y sin dinero.  André Solom contempla al chico. Bueno, todo puede arreglarse. Te propongo un trato. Digamos que yo te vendo toda mi biblioteca. El soldado se levanta y apura la segunda botella. No me ha escuchado, estoy sin blanca. Se dice así en español, sin blanca. Gracias a que me dan comida en el cuartel que hay junto al río que si no ya me había muerto de hambre y de frío. Porque vaya puto frío que hace en este pueblo. Solom desea sonreír, tal vez lo ha hecho. No importa, digamos que ya me lo pagarás cuando estés en París. Tengo ahí, detrás de las botellas, algunas joyas de mi mujer. No te darán mucho dinero pero sí el suficiente para conseguir un buen camión y para que puedas llevarte toda esta biblioteca a tu librería. Muchos de estos volúmenes tienen valor si das con las personas que saben apreciarlos. Por algunos te darán incluso una pequeña fortuna. El soldado se queda en silencio. Luego se levanta de nuevo y se acerca hasta el escondrijo de las botellas para coger otra. Vuelve al sillón, la descorcha y antes de beber se la ofrece al viejo.


Ahora que le ve dormir la borrachera junto al fuego, sin haberse quitado el grueso abrigo, le parece aún más joven de lo que es. Solo entonces habla en sueños palabras en francés y su voz cambia. Te parece casi la voz de un niño, un chiquillo que vuelve del colegio y recita su lección antes de entrar en casa. Voyez, près des étangs, ces grands roseaux mouillés. Voyez ces oiseaux blancs et ces maisons rouillées. La mer, les a bercés le long des golfes clairs et d'une chanson d'amour. La mer a bercé mon cœur pour la vie… Al día siguiente cuando el joven se despierta apenas balbucea unas palabras. Sale a la calle y vuelve a la media hora con un termo de campaña lleno de café muy fuerte y dulce y un gran paquete lleno de hojaldres de miel y piñones.  Solom le escribe un contrato de compraventa y firma en cada una de las hojas del libro de registro que tiene su ordenada biblioteca. Beben juntos en silencio el café y devoran los dulces. El sabio saca después del fondo del botellero una caja de madera tallada en la que hay unos anillos y algunos broches con perlas. Cómprate un buen camión y búscate a alguien que te ayude a empaquetar la carga. Al atardecer volvió el chico con un Skoda 706 lleno de cajas de madera vacías y dos soldados checos. Con delicadeza de librero el joven soldado fue llenando cada caja despacio, clasificando los libros por autor, años de edición, idioma, materias. Tardó casi dos días con sus noches en llenar todas las cajas y vaciar por entero la biblioteca. Solom mientras tanto apenas se levantó del sillón junto a la chimenea que el soldado se cuidaba de mantener encendida.

El viejo contempla cómo va desapareciendo su gran biblioteca. Las estanterías vacías van convirtiendo la habitación en un lugar distinto, feo, extraño. Pero a él no le importa. Sabe que sus libros volverán a la vida en otros ojos. Se han salvado del Golem y ahora merecen seguir en el mundo, asombrar a otros lectores en otras ciudades en otro tiempo. El joven librero entra en la sala con una nueva carga de leña que coloca con cuidado en el hogar. André tiene  en las manos la carpeta de cartón color teja con las cartas de Teresa. Bueno, esto léelo cuando tengas de nuevo la librería en marcha, cuando te enamores y sientas de nuevo que el mundo puede ser un lugar habitable, aunque ahora te parezca imposible. Raimond Royuela toma la carpeta y abraza al anciano. No tengo palabras. Me cago en dios, viejo. No tengo palabras. Y era verdad. El joven soldado no encuentra palabras en español para demostrar agradecimiento a ese extraño que ahora entre sus brazos le siente tan frágil y delgado. Solom escucha el ronquido del camión al arrancar. Cierra bien las puertas de la sala vacía y va bebiendo despacio de la última botella de oporto. Poco tiempo después se duerme. Media hora después, dulcemente, se apagará su vida.

Raimond Royuela, veintidós años, solo, con los ojos llenos del coraje, dos termos llenos de café y el corazón de los héroes que han muerto a su lado, atravesará con el Skoda atiborrado de libros preciosos media Europa reventada, pueblos arrasados hasta los cimientos, cementerios y cruces en muchas cunetas y Panzers que le parecía que en cualquier momento comenzarían a echar humo y a escupir muerte pero que ya solo eran chatarra, niños hambrientos que se le suben al camión,  docenas de controles en los que parará muchas veces mostrando documentos y visados y su cara de mala hostia, de quien hace ya mucho tiempo que nada teme. No tiene problemas en llegar por fin, cinco días después, a París. Al local abandonado y destruido donde puede leerse en letras rojas sobre un fondo verde El sueño de Salgari.

El Joven Raimond puso en marcha la librería en poco tiempo, hizo afortunadas ventas. Conoció a una joven muchacha llamada Terese. Comenzó a pensar que el mundo tal vez, en un futuro no demasiado remoto, podía ser un lugar habitable.  Cinco años después, un verano, regresó con su mujer a Praga. En la casa del sabio Solom vivía ahora un funcionario del partido que le recibió con amabilidad y deferencia. Le invitó a beber una copa de slivovice, un licor de ciruelas, en la sala en donde había estado la biblioteca, ahora dividida en dos por un tabique y convertida en un feo despacho con muchos libros similares, encuadernados todos en tela roja o negra. Brindaron allí por los camaradas muertos en la Gran Guerra Patriótica y a él le salió sin querer la voz ronca y rota de entonces, de cuando destruía tanques con granadas americanas y botellas de champán llenas de gasolina y la metralleta pesada de los camiones de La Nueve. Y vio las caras de todos sus amigos muertos, anónimos, ya olvidados. ¡Por la República, no pasarán! Nadie le supo dar noticias del viejo Solom. Entonces, al regresar a París, se acordó de aquella carpeta que le había entregado con tanto misterio el viejo. La abrió. Leyó las cartas. Descubrió sus razones y no tuvo entonces tampoco palabras  en español, ni en francés, ni en ningún idioma conocido para agradecerle ese otro regalo al sabio judío André Solom.

(Fragmento de: "Cartas de amor que nunca escribiste")

martes, 4 de abril de 2017

AMANITAS CON BUTIFARRA DULCE DE GIRONA(en honor a a Mary Beard)


A Claudio lo envenenó su mujer mezclando amanitas phalloides con cesáreas, él lo sabía y no cerró la boca, mejor morir así que rumiando hojas de lechuga en una larga jubilación con mil achaques disimulados por la medicación y las abstinencias. Ya no nos atrevemos a amar o a comer con pasión, riesgo, glotonería e inconsciencia como aquellos locos romanos. Preferimos lo sano, lo terapéutico, lo sensato, lo equilibrado, lo digestible, lo que prescriben los expertos como bueno para el hígado, el sistema cardiovascular o el alma o el corazón (ahora psique). Un menú de plato o de cama sin muchas complicaciones o aventuras, sin demasiado abismo, de buena digestión y fácil beso. Cristina Nehring sugiere que todo eso es de verdad muy sano pero muy aburrido y que hay que amar con esa pasión libre, fou y auténtica de antes, que hay que comer con ese apetito de gourmand y de glotón y que no hay peor exceso que la mesura ni peor sexo que el estadístico, gimnástico, suficiente, de manual de autoayuda o de revista de peluquería, sin su timidez y su derroche. Imposible pensar otra cosa ante un plato de amanitas de los césares y butifarra dulce de Girona. Un plato excesivo, intenso, amarillo, de pringue, dulce y salado que llena y satisface. Primero hacemos el embutido asado despacio en una sartén con un poco de manteca y luego en su grasa rehogamos un poco las setas. Pan en abundancia y copón de Verdejo de Rueda. “El futuro es propaganda, el pasado una fábula, el presente es historia”, pero tenemos los instantes, la noche, la memoria. El día que ya no pueda festejar con butifarras, vino y amor pediré un buen plato de phalloides o veneno similar.

Preguntaron a Mary Beard la historiadora experta en el Imperio Romano sobre cual era su personaje romano favorito y no dudó, no era Claudio: “Mi personaje favorito es Eurysaces, un panadero”. Y el mío.

martes, 28 de marzo de 2017

MERIENDA PARA MIGUEL HERNÁNDEZ Y MARUJA MAYO


“Yo no quiero más luz que tu sombra dorada / donde brotan anillos de una hierba sombría. / En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada, / para siempre es de noche: para siempre es de día”.

Seguro que esta merienda-cena les gustaría a Miguel Hernández y a Maruja Mayo.

La Savagnin francesa y la Castellana Blanca se amaron y dieron al mundo la Verdejo. Un vino fresco y venenoso lleno de hierba verde, flores de abril y perfume de mayo cuando llega la noche. Un vino que derrite prejuicios y destapa casi todas las libertades por las que a veces pagamos tanta vida. Hay puestas a enfriar dos botellas a la espera de que se atreva a salir el sol entre los retazos grises y rosas del chubasco. Para merendar y acompañar el vino hemos hecho unos dados de papada de cerdo ibérico puro cocida a baja temperatura, marcada y dorada luego a la plancha y salpicada de escamas de pimentón y bolitas de manzana. Imprescindible el pan de cristal y la militancia izquierdista hacia unas grasas hoy perseguidas a conciencia, confundidas con las grasas insaturadas hidrogenadas u otras infames grasazas exóticas. Pero el tocino ibérico es otra cosa, salvó a nuestros antepasados del frío, de las agotadoras jornadas a la intemperie y de no pocas hambrunas. Se merece este íntimo homenaje de hoy, este desliz, ese suave pecadillo, esta debilidad glotona para recordar los días y las noches de pasión entre Miguel y Maruja. Ya tocarán mañana las sopas de ajo y el agua de la fuente, las zanahorias a mordiscos y la caminata larga por la ribera agreste de mi río.

domingo, 19 de marzo de 2017

ENSALADILLA RUSA , RUSA

Ensaladilla del Hermitage en su vajilla original
Celebrar. Brindar. Considerar que a pesar de los mordiscos de los días aún sobrevivimos, que el destino a veces se disculpa y hasta vivimos a veces “por encima de nuestras posibilidades”como dijo cierto cabrón de quién hablarán los libros de la infamia en el futuro.
Así que respiramos a mediados de marzo y esto ya es suficiente para celebrar y brindar por lo que sea. Por ejemplo por lo que la noche pudo regalarnos o por los días por venir, siempre improbables y casi siempre sabrosos si estamos bien atentos.

Y nada como celebrar la primavera con una ensaladilla. Patata y zanahoria cocida y cortada en dados pequeños, lechuga verde muy picada, dados de pepino agridulce y pepino fresco, aceitunas cortadas en cuartos, dos pechugas escabechadas de perdiz y troceadas con las manos, guisantes tiernos frescos, un puñado de colas de cangrejo o de gambas peladas, dados de gelatina de perdiz con su poco de trufa, huevas de salmón y mahonesa casera sin pasarse con algunas alcaparras machacadas en la salsa. Plagio libre de la ensaladilla original del gran chef Oliver del restaurante Hermitage de San Petersburgo y descrita en el libro “Arte Culinario” de P. Alexandrovoy en 1899.

Celebrar. Quién no sabe celebrar apenas cualquier día o brizna de noche entre los dedos no merece que la salud o la memoria le respete. Además la ensaladilla lo admite casi todo salvo el no poner esmero y tiempo o utilizar cualquier odioso preparado congelado. Regala a tu amor un día de campo y una ensaladilla de lujo, las horas soberanas de una mañana entera espléndida en la hierba, las horas libertarias de una noche haciendo muchas partes del cuerpo comestibles.

martes, 7 de marzo de 2017

GENERACIÓN POTITO.

Foto de Erik Johansson

La generación que se destetó con potitos y que luego pasó a las sopas de sobre y a los aires sápidos es una generación perdida. No aprendieron a masticar, a gustar de los sabores fuertes de las legumbres y a guardar en la memoria el tesoro de la cocina familiar de sus antepasados. Van ahora de entendidos, gourmet a la violeta, defensores de la cocina como una forma elevada de cultura, coleccionistas de los lustrosos libros de los chef y visitantes ocasionales de algún restaurante estrellado. Pero rascas un poco y sale el niño adicto a los potitos que lleva dentro, el adolescente degustador de choripanes y hamburguesas incorruptas, el joven que no salía del filete con patatas, el adulto melindroso que nunca saboreó el potaje o los chipirones o la tortilla en salsa de la abuela. Tienen la termomix, las sartenes alemanas, los cuchillos japoneses, una máquina de vacío y el recetario de Arzak dedicado, les entusiasman los congresos, los Madridfusiones y el canal Cocina, pero sus paladares están atrofiados, su memoria no tiene referentes y si gustan de las sferificaciones y de la cocina tecnoemocional es, sobre todo, porque no hay que masticar. Pero Cheri, yo me salvé de todo eso, del puturú, del prejuicio, el melindre y de la epistemología de la tortilla deconstruída y el sexo con termomix. Lo siento, fui un niño de pueblo con abuela cocinera y un buen recetario de guisos ancestrales, de cuchara, morder, oler, pringar, soplar y repetir. No somos lo que comemos sino lo que recordamos haber comido.

Si, tú, no me mires así, tu eres de esas, generación perdida. Aún así te quiero. No me importa que te parezca aburrido James Salter, que no votes a Podemos, que nunca bebas vino por debajo del 90 de Parker y que prefieras la cresta de David Muñoz a mis melenas jipis. Sé que nuestro amor no tiene ningún futuro pero, ¿tuvo el amor futuro alguna vez?, ¿te atreverás algún día a masticar mis buñuelos de sesos, mi sopa de cachuelas, mi potaje de berza? y ahora dime algo íntimo y porno de verdad ¿a qué sabían los potitos de pollo con fideos?

Y ya era el cuarto. Por un buen culo, da igual que sea minimalista o rubesiano, los hombres nos jugamos las pestañas del alma y hasta alguna extremidad preciada y de uso esporádico. Pero la culpa es tuya por empeñarte, por meterles en la cocina, por empujarles a cocinar para ti algún melindre. Entiende que los chicos de mi generación nunca aprendieron a guisar, nadie les enseñó y tampoco pusieron nada de sus partes. Les quitó la teta la señora Nestlé y las ganas de morder los famosos potitos, vivieron su adolescencia con el boom en España de las telepizzas y las hamburgueserías, se emanciparon con supermercados llenos de baratijas precocinadas y creyeron siempre que guisotear era perder el tiempo considerando que tenían que trabajar en sus unidades de destino en lo universal, progresar en los modelos BMW, hacer viajes a la Seychelles, Camboya, Kenia o Santorini, tener éxito en lo suyo, lo que fuera. Algunos luego, por pose o petulancia, adoptaron a Berasategui como abuelito, se hicieron de la secta de los alimentos bio y las carnes de kobe masturbadas y montaron cocinas estupendas con la vitro aún sin estrenar, se aficionaron a los cursos de cata de vino, gin tonic o aguas minerales y hasta siguen con pasión a webos fritos.

Entonces llegas tú, tragandablas, buendiente, hambrina, insaciable, glotona y te ligas a otro guapo inocente, le sueltas tu rollo gastrológico, les enseñas tu cama, tu culo y tu biblioteca, los libros dedicados de Vázquez Montalbán y de Bocuse, tu cocina fetén con horno de vapor, tus cuchillos Kai Shun y claro, los chicos no pueden resistirse y te dicen que sí, que ellos también cocinan, que comieron un día en el Bulli, que guisarán para ti lo que les pidas y zas, se achicharran con la sartén llena de aceite, se cortan los dedos o se arruinan comprando en el mercado de San Miguel todas esas delicatessen que te gustan. Y ya van cuatro víctimas cortadas. Te van a subir la prima de riesgo los del seguro del hogar, déjalos en paz, préstales tu culo y tu atención pero no les obligues a cocinar, no les sugieras que te guisen para cenar unos riñones al Jerez porque corres el riesgo que te vomiten en la alfombra persa, no les indiques que te mueres por dos docenas de ostras edulis porque se van a cortar las venas de las muñecas intentando abrirlas, no les confieses que te mueres por un chupe de camarones porque se perderán pidiendo eso en todas las farmacias de Madrid.

Pero a mi puedes pedirme lo que quieras, tu y yo somos iguales, además sabes que no te quiero por tu culo sino por tus apetitos viscerales. No tengo BMW, ni comí en casa de Ferrán Adriá, ni perseguí nunca ninguna unidad de destino laboral en lo universal, mi Visa ha caducado y no me la renuevan, me aburren los programas de cocina y mis cuchillos son baratos, del Ikea, pero sé cocinar, soy de esa rara especie (gracias abuelita, te mando un beso desde aquí), así que cuídame, mímame, ponme en tu lista de animales en peligro de extinción y pide por esa boquita lo que quieres. ¿sopa?, ¿asado?, ¿guisote?, ¿fritanga?, ¿cunnilingus? ¿la postura de la mariposa?... te hago de todo, yo no me corto.

jueves, 2 de marzo de 2017

SOPA DE TIERRA (mi cuento más "bareano") en honor de ARTURO BAREA OGAZÓN, que ya tiene plaza en Madrid.


Entra el otoño de improviso y lo intento. Preparo los ingredientes y sigo tus pasos con la certeza de fracasar de nuevo, una vez más. Muchas veces te vi hacer esta sopa de tierra. No sé qué falla. O sí lo sé. Fallo yo igual que fracasé entonces. Debí enamorarte, proponerte un paseo por el mundo, regalarte el oído con buena literatura, con deseo de sátiro en celo, con cariño de idiota y amor del bueno. Pero no hice nada.
Vivía entonces la tonta retórica del juego sexual sin compromisos, el ahora si ahora no de las coincidencias semanales que proponían nuestras agendas de trabajo en la agencia. El juego de las citas: hoy en tu cama, mañana en mi sofá. Hoy contigo mañana con otra. Hasta aquel día que te acompañé sin saber muy bien a donde iba, a ese pueblo pequeño muy cerca de Madrid en el que viviste de niña.
Te voy a hacer una sopa de tierra. Me dijiste después. No supe entonces que aquel era tu secreto más íntimo, la habitación más escondida de tu alma. Sopa de Tierra, ¿y ese nombre?. Me hablaste entonces de un joven camillero que recogía heridos en las riberas encajonadas del Jarama mientras las balas, los obuses y los gritos enloquecidos de los heridos le perseguían. La batalla fue de las más duras de la guerra. El camillero, agricultor para otros, soldado de reemplazo, solo sabía que la República era buena para gente como él igual que sabía que todos los quintos de su pueblo ya habían muerto junto a aquel río profundo y manso. Cuando tocaba comer, en los extraños descansos de esa guerra, devoraba el rancho en su escudilla de peltre con la cuchara corta de su equipo de soldado. Algunos días su hermano pequeño le traía un tartera que su mujer le habría preparado; casi siempre pisto con magro o unas gachas de almortas con torreznos y setas. Uno de esos días, de esos raros descansos, se acercó al camillero un general ruso que siempre comía el rancho con sus hombres, interesado por ver que esa era pasta oscura y densa que el soldado devoraba con tantas ganas. El camillero, sin decir una palabra, ofreció la escudilla al ruso y este metió su cuchara en la masa, saboreó el alimento y sonrió. Dijo algo. Nadie entendía lo que decía aquel hombre en su idioma extraño. Otros días, otras muchas veces se acercó el general a meter su cuchara en esas gachas, sonreír después y susurrar unas palabras en ruso. Quiso el azar que antes del final de la batalla, en plena contraofensiva, el joven camillero recogiera agonizante al general tanquista. Murió en sus brazos musitando unas pocas palabras en español: muy buena tu sopa de tierra. Creyó entender el camillero. Sopa de Tierra. Mujer, hazme hoy sopa de tierra. Eso dijo tu padre a tu madre muchas veces, durante los duros cuarenta años de después de la batalla, cada vez que se marchaba por la mañana a trabajar en la finca del amo. Era su forma secreta de homenaje a aquel general ruso, valiente y extraño que llegó de muy lejos para morir en la orilla del río Jarama.


Mujer. De ella aprendiste como hacerlo, de una mujer humilde y menuda que comenzó a trabajar con ocho años y que ayudaba a la economía familiar criando hijos de otros, hijos del pecado, de mujeres de Madrid que tuvieron deslices y escondían al niño o la niña allí, de familias que querían enterrar en un pueblo remoto al hijo retrasado que les avergonzaba, niños de nadie. Nunca tanto amor costó tan pocas pesetas. Y eras tú uno de ellos. Niña dejada allí en un pueblo atrasado para que nadie supiera de tu existencia. Niña que supo amar a quien amor le dio, a esa madre y a ese padre tan mayores, que siempre supo que no eran de verdad los suyos, hasta que los años pasaron y entendiste que el nombre de madre o padre solo puede ponerlo el corazón y el tiempo, nunca la sangre.
Esa es la breve historia que se esconde tras la sopa de tierra que intento hacer de nuevo, que me empeño en conseguir cada otoño que te echo de menos. Tu freías unos ajos laminados en buen aceite y una vez dorados los sacabas para añadir entonces panceta ibérica en dados muy pequeños y algo más, imagino que un poco de jamón con más tocino que magro. Cuando los daditos estaban muy dorados los amontonabas junto a los ajos. Comenzaba entonces el secreto, saber cuanta harina de almortas y cuanto pimentón dulce de la Vera echar a la sartén, saber con cuanto fuego tostar y por cuanto tiempo. Después, para hacer reverdecer la tierra, freías unas puntas de espárragos trigueros de verdad, algo amargos y muy verdes junto a unas criadillas de tierra cortadas también en pequeños dados y una vez retirada la sartén del fuego pero todavía caliente, añadías más daditos de boletus. Repartías por encima de las gachas el mosaico de trocitos de panceta, espárragos, boletus y criadillas, acercabas a la mesa la sartén, dos cucharas de boj y una hogaza grande de pan bueno. Era extraño el color de aquel puré, extraña su textura en la boca, su sabor, los tropezones crujientes de forma diversa, de sabor tan distinto e intenso. No es plato para cualquier boca. Eso decías. Me miraste, ahora sé que con amor, me habías entregado tu cuerpo muchos días y ahora me entregabas tu alma, me mostrabas esa intimidad que nunca enseñamos, ese lugar de cristal y viento en el que guardamos la biblioteca secreta de nuestra vida. Ese sabor, la historia del general ruso y su forma de nombrar las gachas, tu propia historia triste, tu belleza de mujer morena, dura, dulce, experta, generosa. Nadie en la agencia hubiera podido nunca imaginarte así, desnuda, abierta, contándome una historia lejana de guerra y dolor y haciendo esa sopa de tierra que devoré muchas veces con hambre de lobo igual que devoré antes y después tu cuerpo y tu voz de niña abandonada, de mujer ahora feliz, segura y fuerte, de cocinera sabia y bruja escondida. Toma esta cuchara, era de él, del ruso. Me la dio mi padre, era la cuchara de campaña con la que comían el rancho. Cojo el objeto, admiro su eficiencia, el hueco profundo de su cuenco, el mango tan corto, la suavidad del metal, su historia. Aquí tengo la cuchara ahora. Con ella comí una vez tus gachas y me supieron distintas, el sabor del peltre me trajo el escalofrío de todos esos días lejanos del Jarama en el que se decidió la historia de tantos hombres y mujeres españoles que tuvieron que comer con hambre y sin gusto muchas veces unas pobrísimas gachas de harina de almortas y tantas veces nada. Sin embargo, cada vez que me hiciste esa sopa de tierra fui feliz, ahora lo sé, feliz con esa intensidad que solo se logra contadas veces en toda una vida.
Hoy comienza el otoño y pruebo a hacerlas de nuevo a pesar de tantos fracasos pasados, lo intentaré con ganas, tras releer recetarios y recordar consejos de cómo hacer el plato y de nuevo acabará la sartén abandonada, engrudo frío, puré incomestible, tierra muerta. Te fuiste a Nueva York primero, como directora de la agencia de allí, después quién sabe, te perdí. Quiero imaginarte preguntando por la harina de almortas en Chinatown, traficando con tocino ibérico por tugurios del bajo Manhattan, robando boletus y criadillas en conserva en un supermercado caro de Tribeca para hacer allí esa rica sopa de tierra. Quiero pensar que a veces me recuerdas. Ahí estoy yo en tu memoria, rebañando la sartén con la última miga antes de empezar contigo y rebañarte también después, ya sin migas ni cubiertos, con los dedos que luego chuparé despacio para paladear el sabor entero de tu piel trigueña. Quiero soñar que un día, por fin, me sale en guiso, lloraré entonces de gratitud y comeré la sopa de tierra con hambre de años y en el sueño aparecerás tú llegando de muy lejos y diciendo: me quedo contigo, ahora que por fin sabes hacer de verdad las gachas y el amor.


(Esa receta ganó el II Concurso de recetas noveladas (agradecido desde entonces a Miquel y a Bernadette) http://www.gastronomiaalternativa.com/pubimg/Image/segundo-premio.pdf

lunes, 27 de febrero de 2017

GUISANTES EN MANTEQUILLA y CAILLES SOUS LA CENDRE. (traducido y copiado de una carta comprada en el Rastro fechada el 10 de septiembre de 1954. Sin firma)


Ahora, aún tocando invierno, a pesar de las insultantes flores de los almendros derrochando belleza por todos los perdidos de la ciudad, quiero volver al final del verano, cuando el calor nos seguía incitando a la siesta pero ya comenzaba a haber días de tormenta y frescor.

La indolencia es así, privilegio de reyes antiguos que no dejaron rastro, lujo de vagabundos, placer de eruditos o afición de salvajes lectores. Así que el granizo y la lluvia nos habían mantenido en la cama a dieta de té helado y libros de Tolstói. Pero salió el sol, el hambre y las ganas de bajar de nuevo al río para nadar otra vez y sentir que el flotar de los cuerpos es un placer gratuito y precioso, la caricia del agua el roce más sabio y la conversación contigo, tumbados después sobre una piedra suave y caliente, en la entresombra verde de los sauces, una forma de dicha que ya alabaron los griegos hace miles de años, porque la ciencia de vivir tiene apenas un puñado de reglas precisas y preciosas que hoy olvidamos o nos hicieron olvidar para vendernos artefactos, sucedáneos y deudas.

De nuevo en la casa, hiciste un buen fuego en la chimenea y la cocina se llenó de olor a humo de romero y hogar antiguo. Yo preparé las cuatro codornices obesas como le habían enseñado a mi  padre aquellos soldados franceses, cailles sous la cendre, codornices a la ceniza. Se enmantecan y salpimentan las aves y se envuelven a conciencia con hojas de vid y lonchas muy finas de tocino, luego se envuelven de nuevo en dos capas de papel sulfurizado y se entierran media hora en los rescoldos. Tras sacarlas se corta el papel, las lonchas de tocino y las hojas de vid y la carne desprende el exquisito olor que siempre tuvo el pecado. Tu desgranaste una fuente grande de vainas de guisantes que te habían regalado y les diste un revolcón de dos minutos sobre la sartén añadiendo un puño generoso de mantequilla buena y una pizca de sal.


Salimos a comer bajo la parra que nos había regalado las hojas del invento y ahora nos daba sombra y música de abejas golosineando las primeras uvas maduras. Llegaba por fin la tarde. Comíamos en silencio, apaciguando el hambre del baño. Bebíamos mirándonos a los ojos. Se acabó la primera botella de tinto. Los guisos sencillos y antiguos, golosos y plenos, tienen esa virtud, nos enfrentan de nuevo a lo bueno que tiene la vida, nos enseñan también todo aquello que sobra, los sonajeros y espejuelos con los que nos han engañado después de la guerra, la certeza de que unos guisantes o unas codornices no necesitan ningún adorno caro, ni trufa, ni jamón, ni champán, sólo fuego y secreto, regocijo y un poco de tiempo. Y la memoria atenta siempre, porque la belleza es a veces oscura y a veces transparente y necesitamos elegir las palabras mejores para que no se la lleve el viento de la historia. Lo mejor del amor siempre es eso.
Un beso. (Firma ilegible)


lunes, 20 de febrero de 2017

COMER CARBONO PURO CRISTALIZADO


Lujo. La crisis nos permite descubrir sus trampas.

Por ejemplo que el mercado de los artículos de lujo no sufre la crisis sino que, al contrario, incrementa sus ventas y sus beneficios. Los ricos, con la crisis, gastan más en bienes suntuarios.

Por ejemplo que hay lujos más auténticos y que nos regalan más dicha que el Hermés, el Ferrari, el carbono cristalizado o el hotel de Dubai con la escobilla del baño de oro. Pienso en lo comido hoy: la morcilla de calabaza asada sobre pan de Guijo, el helado de yogur con naranja, el perfume de día fresco de tormenta en septiembre, un Palo Cortado con mojama en un patio sombreado lleno de helechos y geranios, esta ensalada de pimientos asados y cebollas tiernas con una cerveza helada, viajar con un libro…

Del lujo ortodoxo y hortera mejor no hablar, es hoy, con la crisis viento en popa, un chiste malo de aquello que explicó tan bien Veblen, Sombart y Bordieu. Para quién quiera eruditarse un poco sobre el tema rebusco en mi biblioteca y ofrezco el percal:

Thorstein Veblen. Teoría de la clase ociosa”. edición Alianza Editorial. Madrid, 2004

Werner Sombart. Lujo y capitalismo. Alianza Editorial, Madrid, 1979.

Pierre Bourdieu. La distinción. Ed. Taurus. Madrid, 2000.

Pasen y lean.

La televisión y la publicidad ya se encargan de lavar el cerebro a quién se deje. “Lo aspiracional”, que decimos los sociólogos, esa patraña, la zanahoria en el palo, el papel couché, los hoteles de seis estrellas y media, los restaurantes de cuentas gastronómicas y las playas sin moscas de los paraísos privados en países miserables.

Un lujo es imaginar lo que sintió Théodore Géricault al dibujar un beso. Tener un poco de tiempo, salud, sosiego, amigos, amor.

El lujo es hoy una madrugada fresca en Madrid de la primavera por venir, sentados en el verde de un parque cualquiera y un abrazo a quién amas por la espalda, una abrazo largo, seguro, con deseo y ternura y tus manos en sus pechos y sus manos en las tuyas. Y unas palabras susurradas al oído. Esas.