viernes, 29 de octubre de 2010

ZUMO DE GALAXIA

Sólo somos animales aunque soñemos con galaxias y versos. El precio es buscar el sentido de la vida, la plenitud, la felicidad, la magia… y cuando no lo encontramos nos hundimos. Pero luchar con el abismo es parte de la vida, ganar y perder, bueno, jugar siempre. Ahora con las crisis tenemos que nadar contracorriente. La magia se ha vuelto bien escaso.

Pero a veces la máquina preciosa que es el cuerpo es la que falla. Bioquímica, hormonas, glucosa, caos… Es necesario mirar al horizonte (y buscarse un sitio con horizonte), respirar despacio, valorar lo que amamos y utilizar ese trasto llamado licuadora para hacernos un zumo manzana, zanahoria, mandarina y menta.

El cuerpo a veces nos pide carne, otras pescado, otras un buen champan helado y otras veces un chute de frutas sin su celulosa (ese rollo de la fibra…). Bebo el zumo despacio y noto como el animal que somos lo agradece. Galaxias y versos.

Foto:Nebulosa NGC 2074, ubicada a 170 mil años luz de la Tierra, tomada por el Hubble

jueves, 28 de octubre de 2010

BECADA, PURÉ DE SETAS, MAGIA...

Caminar por un bosque de robles y castaños en las laderas de Gredos sur. Caminar despacio, saboreando el tiempo, rastreando las huellas del jabalí, cogiendo castañas maduras, contemplar la sorpresa de una seta. Mi cerebro cartesiano, racionalista, lógico, empírico, materialista tiene también sus laberintos de silencio y de magia. creo en las hadas, los sueños, la fortuna, creo que la amistad nada la rompe o que el amor es para siempre o que la infancia recordada que vemos en los hijos nos salva del cinismo y del cansancio.

Cómo no sentir “lo mágico” recostado en la arena, de noche, junto al mar o cuando cruza en la oscuridad una estrella fugaz o cuando nos mira un animal salvaje y no se asusta. Podemos deducir, argumentar, recuperar explicaciones racionales, físicas, biológicas a todo eso y sin embargo es magia lo que sentimos, es la magia lo que nos permite comprender y disfrutar de esos instantes.

Me gusta la becada asada con puré de castañas aunque sepa que me como, que devoro un hada del bosque. Antes de la patata, antes de América, la castaña era el alimento. Un puré de castañas, elaborado a fuego muy lento, batido luego con un poco de crema y una buena pimienta es la mejor guarnición a una becada cazada por nuestro instinto entre esos robles llenos de liquen. El hada salió entre los helechos y quiso huir de nuestro deseo. Pero no pudo.

Con sus plumas, luego, en tardes cortas de invierno, fabrico moscas para pescar truchas en primavera. Fabricar con los dedos, las sedas y las plumas de la becada un tricóptero alrededor de un diminuto anzuelo japonés del catorce también es algo mágico. Quien no sabe hacer nada con sus manos deja de ser humano, quién no piensa y crea con sus dedos podrá ser un brillante sabio pero también un triste ser inútil. Por eso la cocina, cocinar, ejercitar los dedos, las manos, los brazos, el cuerpo, saber cortar, trocear, albardar, destripar, remover el puré de castañas para que no se pegue en el fondo de la cazuela. Me gusta cocinar, pintar, hacer moscas para pescar, tallar madera, hacer aviones, encuadernar, acariciar. Mis manos no se están quietas, no puedo evitarlo. Es un placer acariciar la corteza rugosa de un viejo árbol, la suavidad de una amanita o una castaña o las plumas del ave de pico largo, ojos grandes y patas diminutas.

La magia de ti. También existe en ti y no porque seas bruja.

miércoles, 27 de octubre de 2010

FILETE ASADO EN SILENCIO

Lo crudo y lo cocido que diría el abuelito Claude Lévi-Strauss, instinto y civilización. En el amor palabras y silencio. En la cocina fuego y frío.
Sin embargo tanto las palabras como el silencio son tierras difíciles, inhóspitas, crueles, a veces en ellas no hay ni civilización ni instinto y sólo el amor las vuelve otra cosa. Palabras y silencio. Con las palabras, que nunca has sido nuestras, nos hacemos un mapa del mundo y en él, nosotros. Con el silencio rodeamos esa tierra con agua profunda, transparente, salada y en ese silencio nos atrevemos a nadar juntos. Tanto saltar al agua como caminar por la tierra nunca recorrida con un mapa inventado es difícil, sólo el amor vuelve fácil atreverse, dormir a la intemperie en ese territorio, flotar tan cerca sin temer que debajo hay cientos de metros de agua oscura y quién sabe que monstruos. Palabras y silencio, fuego y frío. Alrededor sopla el ruido atronador de este presente y raspa la piel la confusión de no entender o entender demasiado este desastre, pero en esta ventisca hacemos un hueco, un iglú, una cueva de oso y nos arropamos con las pocas palabras que quedaron a salvo y con un silencio apacible y cercano, caliente y perfumado, el silencio de la piel de dos.
No sé si lo crudo es el silencio y lo cocinado las palabras porque a veces el silencio nombra con precisión lo que sentimos y las palabras no calientan la marmita y tampoco tengo al abuelito Claude para que nos cuente. Sobre una plancha de hierro fundido muy caliente arrojo un filetón de buey, unas briznas de tomillo, vuelta y vuelta, asado y dorado por fuera, tibio y crudo por dentro. Sobre la carne la sal de escamas de Mallorca. Pan. Un tinto del Duero. En el asado conviven lo crudo y lo cocinado, las palabras y el silencio, la carne dorada y roja de la vida. El amor es carnívoro. Ya no hay bueyes. Saboreo en silencio la carne, imagino palabras, sonrío. Nadie dijo que fueran fáciles las palabras o el silencio, ni cocinar, ni amar. O no. Se dice lo contrario, que amar, cocinar, hablar, no hablar es muy fácil. Tu y yo sabemos que no es cierto.
Cuando estás cerca leo palabras en tu piel y en ella saboreo un silencio salado y rico. Cuando estás lejos leo el silencio en la memoria y en ella saboreo las palabras sabrosas en tu voz.
Aso un filete en mi guarida.

jueves, 21 de octubre de 2010

ESTOY DE MORROS

En un bareto cerca de la garganta del Guijo, uno de esos últimos días del verano, tras un baño en el agua heladísima y transparente del torrente, pedir unos morros de cerdo con tomate, pan, dos cervezas y la compañía de mi hermano. Estaba exquisitos, morros cocidos con su machado y su laurel y luego troceados y guisados despacio en un sofrito de pimiento verde, tomate maduro, guindilla de bola picante. No dejé ni la sombra, rebañé a espejo el cacharro. Qué brutos los morros. Y que ricos.
(la foto es verdosa porque el tejado traslúcido del sitio era verde y la foto del móvil)

TRES VIDAS

Fotografía de: Carsen Witte

Comer es un viaje. Amar es un viaje. Los sabores son mapas, libro, memoria, acertijo. Saborear y acariciar, lleva una vida aprender. Cocinar y amar lleva otra vida. Y otra sentir el placer de comer y de amar con instinto y sabiduría, con ganas y lentitud. Necesitamos tres vidas y solo contamos con una, por eso viajamos, somos nómadas, siempre lo fuimos, desde el principio de los tiempos. Sólo en el camino, con tan poco, ligeros de equipaje, prejuicios, reservas o miedos entendemos la maravilla de comer lo cocinado y de amar a quién nos acompaña libre, generosa, glotona, viajera, nadadora, valiente sobre todo. Cocinar o amar tal vez no prolongue la vida, quizá no nos haga inmortales.

O quién sabe.

lunes, 18 de octubre de 2010

COMER DE CINE

Sin poner voluntad, me doy cuenta de que tengo casi una sección de “cine y comida” en mi “dvdteca”: Estómago, Como agua para chocolate, Deliciosa Marta, Un toque de canela, El festín de Babette, Chocolat, La gran Comilona, Comer, beber y amar, El chef enamorado, El olor de la papaya verde, Julie & Julia, El sabor de la sandía, Fuera de Carta, Tampopo, Vatel, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, Tomates verdes fritos, Super Size-Me, Entre copas, Las truchas, Charlie y la fábrica de chocolate, El pollo, el pez y el cangrejo real, ¿Quién está matando a los grandes chefs de Europa?, Ratatouille, Corazón de melón, Spice, 9 1/2 semanas y Delicatessen.

Contar una historia de comida y cocineros no es difícil, pero hay poco cine sobre el tema. Hay más pelis "de romanos" o "de gangsters"... De mi dvdteca no se cuál me gusta más, creo que "El festín de Babette" basado en un cuento Isak Dinesen.

viernes, 15 de octubre de 2010

SOPA FUERTE / VINO DULCE

(Ilustración: Jose Antonio Gonzalez Carrasco)

Un Muscat de Rivesaltes frío. Perfume a fruta madura, a rosas, a pasas, al recuerdo de limones sobre una fuente junto a una manojo de menta recién cortada. Tal vez ese era el sabor de tu cuerpo, pero no te lo dije, sólo te bebí.

Y ahora, para intentar deshacer tantos días de silencio me preparo un bortsch soviético o una sopa de siervo zarista o un caldo de ucraniano duro o un potaje de cazador siberiano camarada de caza de Dersu Uzala y de Miguel Strogoff. Tengo caldo de pollo y de huesos de rodilla de ternera, preparo algo caliente que me reconforte la noche y me queme la lengua. Añado reno ahumado muy picado (en cierta tienda sueca de muebles lo venden muy barato), luego repollo picado muy muy fino y dejo que cueza lentamente apestando mi cocina y mi soledad.

En una sartén sofrío en mantequilla la remolacha también muy picada con un poco de azúcar y vinagre de jerez y cuando está pochada y caramelizada la retiro y hago lo mismo con la cebolla tierna, el tomate pelado y la zanahoria rallada. Cuando la verdura está muy blanda la mezclo con la remolacha y añado el caldo en el que cuece el repollo ya traslúcido. Dejo al fuego unos quince minutos esta antiquísima sopa rusa y cuando la voy a servir añado un diente de ajo que he majado en el mortero con una nuez de manteca de cerdo ibérico. El bortsch hay que tomarlo hirviendo mientras, tras los cristales de la dacha, cae la primera nevada en Moscú, pero no estoy allí sino en medio de este otoño suave de Madrid y debo abrir el balcón para que entre algo de frío y la sopa tenga sentido. Me ha salido intensa y rica. No deshace mi silencio pero me reconfortará el sueño. Esta noche nada más, no hay más cena ni más festín, sopa de gulag siberiano.

¿Deberé comprar una botella de Muscat de Rivesaltes o dejarás que me beba de nuevo tu cuerpo?

¿Podré prepararte una suntuosa crema de boletus y albóndigas de liebre mientras te espero o deberé seguir con el humilde bortsch en soledad?

¿Hacia dónde, cómo y qué senda tomar?... La estepa se helará pronto pero yo no me pierdo, seguiré tu rastro, soy cazador.

miércoles, 13 de octubre de 2010

BUTIFARRA CON SETAS

(Ilustración de Michael Ende de su novela Momo)

A veces siento que no hay un lugar en la tierra para mi. Es cierto que nunca lo busqué ni luché por poseerlo. Me siento bien en las grandes ciudades del mundo que he visitado igual que me siento en paz en medio de los ríos limpios en los que he pescado. Sin embargo siento que soy de ninguna parte, creo que nadie me espera en ningún sitio y que si me marchase nadie me echaría demasiado de menos. Además no tengo ambición por ser propietario de cosas o de lugares y para sentirme feliz necesito tan poco. Eso me hace ser un extraño en este mundo en el que la ambición y el poseer o el acumular objetos, sensaciones, experiencias y sorpresas parece ser lo único que nos da la plenitud. Sin embargo a mi me siguen emocionando las mismas sensaciones y experiencias que cuando tenía menos de dieciocho años, me siento lleno y feliz con los mismos secretos, sabores y caricias y palabras que cuando tenía muchos años menos, el rumor del agua recién amanecido, esa canción de la vieja Kath Bloom, tu voz sonando detrás de las palabras que escribo, conducir de noche hacia muy lejos, el olor a pan, el bullicio de esta ciudad un jueves de madrugada, esa forma de decir que ya no eres la de antes, unas aceitunas y una cerveza fría saboreada en un pueblo del sur junto al mar, inventar un cuento de sirenas y mapas, los colores mágicos de un pez.

Hay quienes no tenemos un sitio en el mundo salvo, tal vez, en el corazón de los hijos o en ese lugar ancho y difícil donde es posible cruzar la corriente en primavera. Tal vez ambos sean el mismo sitio. Hay quienes sólo luchamos por poseer un puñado de tiempo y sólo aspiramos a no olvidar como se hacen los buñuelos para desayunar, los besos con deseo, las lágrimas que salen al leer las palabras que cuentan historias de tipos sin historia, sin ambición y sin suerte. Sólo me duele que me digas que debería buscar otro amor para tener más tiempo y disfrutar su compañía cotidiana y con más frecuencia las noches, los viajes, las ciudades, los ríos, las caricias. Para ese dolor no tengo receta. Aso a fuego lento butifarra blanca y cuando está dorada añado en su grasa las amanitas troceada, dos dientes de ajo muy picados igual que el perejil y la miga de pan desmenuzada con los dedos. Cuando están las setas listas vuelvo a poner la butifarra y dejo que se mezclen en la salsa naranja de las setas. Para beber un vino tinto, algo áspero y joven y detrás de la ventana, de nuevo, las lluvias fuertes de este octubre, el libro de Norman Maclean, tus palabras de hace tantos años contándome cómo es esa ciudad remota y llena de volcanes que no conozco, sentir que me he feliz cocinar y saber que aún tengo un poco de tiempo.

lunes, 11 de octubre de 2010

AMANITAS Y TIEMPO

Tiempo. Sólo somos dueños de nuestro tiempo. Tiempo que vendemos para producir y luego consumir. Tiempo de trabajo, tiempo de ocio, tiempo para ser y estar. La riqueza, el poder y la gloria sólo son formas alambicadas de tiempo. De los viejos se aprende que sólo somos un hatillo de tiempo pero es muy difícil entender de verdad ese secreto. He aprendido de esos viejos la certeza de que el tiempo es precioso.

El secreto es que el tiempo no se puede abolir pero si llenar de intensidad y de la conciencia de estar vivo. Paseo por el bosque de Octubre con Ana y Fernando, esponjoso de lluvia, muy verde, selvático, silencioso. Buscar setas es una forma de caza, de exploración, descubrimiento infantil, magia sencilla. Tiempo de amanitas cesáreas y boletus. Tiempo de sentir en el bosque que el tiempo es a veces nuestro y que sigue vivo el niño incansable que tenemos dentro. Ese ser que vive en el asombro, la sonrisa, la sorpresa, la certeza de que en muchos lugares hay magia, juego, aventura, premio. Al día siguiente, sin importarnos la lluvia, la niebla, el madrugón, los cientos de kilómetros nos vamos a pescar Victor y yo. De nuevo con ese niño que somos y el tiempo se hace largo y jugoso, llena la memoria, guarda recuerdos felices y momentos en los que el tiempo, por unos instantes, es solo nuestro. Tras la pesca, taco de tasajo, queso, jamón, lomo y buen pan junto al río crecido, el cielo limpísimo de la Castilla más abandonada y bella.

Ayer, tras el paseo por el bosque buscando amanitas llega el festín, limpias y en trozos grandes, las guisamos en buen aceite caliente con un poco de ajo, poco tiempo, incluso muy poco, la salsa anaranjada es exquisita. Yo mojé en esa salsa una tortilla de patata y me pareció un descubrimiento formidable. Los césares degustaban amanitas y tiempo. Eso degusto yo en un anaranjados trozos de corazón de bosque.

miércoles, 6 de octubre de 2010

CREMA DE CALABACÍN

A veces, nunca demasiado, necesitamos la imprudencia del amor, el achuchón con risa, la caricia desvergonzada, la palabra susurrada en el oído que nos llena de savia. Entonces, después, cuando salimos a la calle, han cambiado la ciudad y no importa que octubre, ni que pintura gris, ni que despostillada soledad nos acompañe.

Pero tantas veces no. Entonces, nunca demasiado, pongo a cocer al vapor unos calabacines con su piel verde, cuando están tiernos añado tres nueces de mantequilla y un buen pedazo de queso de cabra tierno. Trituro, paso por el chino y saboreo soplando la cuchara. La crema de calabacín es muy sencilla, casi igual que el amor, la soledad, el frío por venir.

lunes, 4 de octubre de 2010

BUENAS MIGAS (para M. y C.)

(foto de Ricardo Romero Alonso)

El amor de los otros, y aún más si es cercano, me produce una íntima y feliz ternura. Y a veces el amor camina por el filo de la sombra, duda, se asoma a la soledad. Porque nada hay más inseguro que el amor, siempre presente, o nada más seguro por eso, solo existe de verdad en este presente frágil, de agua, tangible en los sucesivos instantes que nos regala la vida. El pasado solo es memoria, ácida o dulce, palabras o silencio. El futuro solo es fábula, incertidumbre, abismo. Quién ama aprendió de lo vivido y sueña con vivir este amor hacia delante, pero sólo en el hoy, lo cotidiano, en este presente sucesivo sabe a verdad y de verdad es dichoso, placentero, cierto, nuestro.

Por eso me hace feliz el amor verdadero, intenso, tierno, salvaje, dulce de C. y M., porque conozco además el difícil camino de mi amigo M. por la vida, sus luchas y dudas, su integridad de hombre, fiel siempre a su intuición, ideas, sueños, imaginación, memoria y presente. Él me ha dado muchas lecciones muchas veces, no sólo por amigo. Lejos de vivir confidencias en detalle muchas veces, en todos esos años, hablamos del amor, de quién amamos, pero no con la usura de la precisión o la jactancia, sino con la prudencia, las palabras justas, los silencios. Sabemos que se debe a quién se ama esa intimidad nunca rota, esa confidencia y desnudez que sólo ella tiene. Porque el amor, también es secreto entre amantes y el amigo sabe que no es necesario entrar ahí, nunca hace falta.

Claro que hablamos entre nosotros de quienes amamos pero con una exquisitez y una dulzura que sorprendería a quién escuchase a escondidas nuestras charlas de tantos años. Con lo brutos que somos o que fuimos y sin embargo…

Sólo conozco a C., sobre todo, además de por sus ojos azules de arrecife sin olas, por las palabras de M. sobre ella y nunca le escuché hablar así de nadie. Nunca sentí en sus palabras tanto amor, tan intenso, certero, tan fuerte, tan seguro.

Si, hemos amado, no sé si mucho, poco, demasiado, no se si a quién amamos nos recuerda con cariño, tolerancia y respeto. Largo camino este de cuerpos sucesivos, de amigas, de risa y complicidad siempre, casi nunca dolor. Hemos aprendido en todos estos años de tesoros, naufragios, viajes y versos por el mundo a amar de verdad, a darlo todo, a ser por fin nosotros, sin poses, sin máscaras, desnudos, frágiles, muy libres. Y todas las veces que nos equivocamos nos hacen hoy saber que el corazón ya no se equivoca y que ella es el amor de nuestra vida, un amor que nos hace felices, libres, auténticos por fin. Para M. es C. Para mi una sirena-bruja a la que nombro a veces entre guisos, la que invento, fabulo, bebo en este blog.

Los veo tan distintos y tan dentro el uno del otro. Sé que M. haría por ella cosas que nunca va a nombrar ni a decirme, adivino sus sueños y certezas, sé de su valentía y de su desnudez, muy frágil, entre sus brazos. Sólo hay que leer sus versos para entender.

Y para ellos estas migas de mi tierra, con sus patatas fritas, pimiento verde, pimentón dulce, tropezones de panceta y chocolate en taza para acompañar. Mi abuela Ángela siempre las hizo de esta forma. Gracias a Ricardo por su foto.

El amor es así, extraño, asombroso, agridulce, intenso, caliente, multicolor, sabio, milenario, compartido. Ese amor que se bebe a partir de cuarenta alimenta, nutre, gusta, relame, satisface como nunca ninguno. Mi amigo M. bien lo sabe. Y yo lo sé. El amor de su vida presente. No hay otra vida.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

CONEJO CON CHOCOLATE

(foto de Ricardo Romero Alonso)

La foto no tiene truco, ni trampa, ni filtro, ni photoshop, el cielo de mi pueblo es a veces a sí, de fuego y de otoño. Intenso y dulce como tú

Día de huelga general. Tanto sufrimiento, dolor, sangre, muertes, vidas gastadas, lágrimas, vidas perdidas, lucha generosa para tener los derechos laborales en este pequeño paraíso de occidente. Fuera es la intemperie. Y ahora quieren que aquí también se vuelva a la intemperie, al sálvese quién pueda, al todo vale para que cuadren los grandes números, los beneficios, los gangsters de la especulación y el progreso… ¿qué progreso?, ¿ha sido tan fácil olvidar a todos esos que lucharon por nosotros en un tiempo más difícil y más duro? Sólo hay que echar un ojo a los libros de historia.

Recuerdo ahora un guiso de entonces, de caza de subsistencia y cacao de contrabando de Portugal, Conejo con chocolate. Sofrito de dos gazapos salpimentados, troceados, en aceite y manteca a partes iguales junto a un poco de ajo y de tomillo. Retiro la carne dorada y añado muy picada la cebolla, el pimiento verde, la zanahoria, la punta de guindilla, el laurel, rehogo a fuego lento y añado medio vaso de brandy y uno de vino blanco. Se añade de nuevo la carne y media hora o una hora después, cuando está tierna, sumamos al guiso los higaditos triturados y el chocolate deshecho en un poco de caldo de cocción. Dejamos reducir a fuego muy lento la salsa y ya está. Los conejos entonces, en el cuarenta y uno, eran casi una plaga, desde la cercana Portugal se contrabandeaba con tabaco, café, chocolate, medicinas. Tiempos duros.

No ganaremos, pero no importa. Resistir, no dejarse vencer, ni caer, ni parar, “tal vez en derrota pero nunca en doma”, caminar siempre, emocionarse siempre, no importa con que heridas, dolor, soledades, vacíos, no importa con qué lejanías, frío, silencios, no escarmentar, no dejar de soñar, no olvidar, no perder el hambre, las ganas, la intensidad, no importa cuanto muerda el tiempo, ni cuantas veces fallé o no dije o no peleé, grité, corrí tras quién amo. Nunca lejanía, ni reposo, eterno viajar, tan ligero siempre, tan en la intemperie, tan poco abrigado, protegido, abrazado. Resistir, burlar a las tormentas y ventiscas, al polvo del camino, las manos vacías, la cama vacía, la boca vacía. No importa.

Tener certezas, optimismo, sonrisa, una piedra de musgo en la que sentarse y tomar un respiro para seguir perdido por el bosque, pero seguir, caer mil veces y seguir como siempre hice, bruto, intenso, persistente, ciego a los castigos, sin temer a los dioses ni a los hombres ni a las selvas. No conozco otra forma de vivir, sentir, amar. No hay terapia, ni cura, ni culpa, ni prudencia, así soy. Sentirse bien con la sombra que nos guarda, con el tipo del espejo que nos mira, con el personaje que habita nuestros sueños, con el nombre, el pasado, los errores, los tropiezos o ese inmenso silencio tan inútil siempre, tan irreversible. Haciendo siempre lo que no me conviene pero me hace reír, sentir, amar, escribir. Haciendo ahora lo que el corazón me susurra aunque no exista camino, ni futuro, ni seguridad, ni sueño.

Jugar a luchar contra cualquier lejanía, estar dispuesto a todo, buscar ganar, resistir, no pensar que el tiempo “el olvido que seremos” va a ganar a nuestra voz, ternura, palabras, complicidad, deseo. Y si así es tendrá que llevarse por delante mi cuerpo, pero mi cuerpo es duro, fuerte, resistente, ágil, invencible, arrogante. Lo tendrá difícil. Eso pensaba, eso pensé cuando estabas tan lejos, casi invisible, en las remotas intemperies de la vida, como ahora, que te espero y deseo saborear tu cercanía.

Rojo y Negro. Guiso antiguo. Lucha antigua. Amor antiguo. Buscad hoy esa idea rara del progreso en otra parte.

martes, 28 de septiembre de 2010

LENTEJAS CON TIEMPO

(ilustración de Sheila Alvarado)

Mi amigo M. es listo, erudito, sabio, enamorado, que cocina de cuando en cuando al amor de su vida del presente, cuando comienza la facultad deja de cocinar. Dice que se pierde el tiempo. Esa idea tan unánime de que no tenemos tiempo para cocinar o, peor, de que al cocinar perdemos mucho tiempo.

Perder el tiempo. Cocinar, leer, pasear, follar, tomar unas cañas por ahí… tantas formas de perder el tiempo. Y para no perderlo nos vendieron los precocinados, la tele, el echar un polvo en diez minutos, las prisas, las urgencias, las tareas productivas y las improductivas. Será que a mi me gusta perder mucho el tiempo cocinando, paseando, amando. Quizá porque es lo único nuestro y lo que más placer y gusto da perder, derrochar, gastar a conciencia y porque si.

Perder el tiempo cocinando. No tener tiempo para cocinar. Comer cualquier cosa. Ese discurso envenenado se ha colado en todas partes. Entre los tontos y entre los listos, entre las tontas y entre las listas.

Yo cocino, amo, paseo, vivo en la marginación de los que pierden su tiempo. Hoy unas lentejas suaves y potentes con sus verduras y sus hierbas, su trozo de carne de falda, oreja, morro, morcilla de sangre o butifarra negra, un poco de pollo. Unas lentejas lentas y carnívoras aunque haya desgrasado antes un poco las carnes. Zanahoria, nabo, cebollas, una cabeza de ajo, laurel, patatas del fondo de la tierra. Dicen que la soja nos hace muy longevos. Yo paso de soja. En España, los comedores de lentejas, judías, garbanzos son también muy longevos y no hacemos leche de lentejas o yogures con extracto de lenteja. Unas lentejas lentas, sabrosas, antiguas para perder el tiempo, cocinar despacio y comer más despacio mientras llega octubre.

Me gustan las lentejas poco espesas, nunca rotas o desechas. La legumbre es un lujo y hacerlas bien no es fácil, hay que perder el tiempo. Y saber perderlo. A conciencia.

jueves, 23 de septiembre de 2010

CRIADILLAS A LA PLANCHA

Me gustan las criadillas de ternero a la plancha con su ajo y perejil picado por encima, Me las daban de niño como una golosina, acompañadas de una salsa de jerez reducido, ligero espolvoreado de pimentón y sal gorda. Tiernas, ricas, delicatessen de la casquería más tradicional.

Tanto cocinero suelto por el “choubisnes gastromachista mundial” y tan pocas cocineras es todo un signo de que “algo huele a podrido en Dinamarca”.

En mi casa tenemos el árbol donde cuelga el machismo, la falocracia, todas esas estupideces culturales que han llevado a los hombres al desastre o al crimen. No se puede ser otra cosa hoy que feminista radical. He renegado siempre de todos los disfraces mugrientos y acartonados de “lo varonil”. No hago las cosas “por huevos” o porque “hay que tener huevos”. Los huevos, las criadillas me las como a la plancha o los cuelgo del árbol seco de la arqueología olvidable.

Las criadillas, siempre exquisitas.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

BOCATA DE VERDAD

(Ilustración de Stéfano Bonazzi)

Hay quién prefiere la tele a la piel, lo virtual a lo real, la vida remota a la cercana.

Pimientos y berenjenas fritas, crujientes, cortadas muy finas, apenas enharinadas, entre pan y pan y dos filetes lomo de cerdo ibérico hechos vuelta y vuelta a la plancha aliñados con sal de Gerande y orégano fresco. Bocata de otoño nocturno, solitario, lento, mojado con una pinta de cerveza negra espesa, amarga, rica.

Y leo a la vez a W. Benjamin en el atril, el amor como eterno viajar sin patria, sin descanso, sin rumbo, el amor como pasión difícil e intensidad dulce, asombrosa.

Un bocata puede ser la mejor golosita, un banquete, un festín (sin Babette), una cena de lujo. Un bocata es un mundo en la memoria. Y una comida tan verdad…

lunes, 20 de septiembre de 2010

CRUZAR EL RIO

Recuerda hoy esa sensación. Abrigado, sentado en una piedra enorme llena de musgo y liquen el pescador se come el bocadillo de pan, queso de cabra y pechuga de pollo empanada y bebe agua del río y no tiene miedo a casi nada.

Hace mucho frío un amanecer de mediados de marzo. La hierba seca y helada cruje bajo las botas y los dedos de las manos están torpes para meter el hilo por las guías y atar un señuelo. El río baja fuerte y sólo hay un sitio para cruzar con seguridad en toda la garganta. Un lugar donde el agua se abre y la profundidad o la corriente son aceptables. El pescador ama ese momento. Ese caminar río arriba mientra sale el sol y esa sensación de meterse en el agua helada y sentir como le muerde el frío. Lentamente cruza. La corriente es fuerte, las piedras pulidas parecen de gelatina bajo sus pies y el fondo es irreal bajo los remolinos del agua. Hay momentos de miedo, de concentrase en pisar bien en la arena, de guardar un precario equilibrio paso a paso mientras el agua suena fuerte y ancha en todas partes. Pero los pies son sabios. Y es tanto el placer de esos instantes, tantas veces vividos. El pescador recuerda cada trucha, cada piedra, cada remolino del río. Vio los jabalíes salir rezongando del helechal del charco de la Vena y más arriba la nutria jugando en la tabla de agua de su nombre. Ha cogido dos truchas y es un hombre feliz. Caminar por el agua, sentir como la corriente le quiere derribar es igual que amar. Lo piensa aunque sabe que pocos entenderían ese símil. La vida empuja, enfría, hace ruido, amenaza, nos hace dudar, pero el corazón del pescador la siente hermosa, atractiva, feliz en su empujar salvaje, en su voluntad de río indomable y milenario.

Pero el pescador no puede hablar del amor, así, en abstracto, él no es un filósofo, sólo un pescador y su amor tiene nombre y formas concretas y una voz que se le metió muy dentro de su alma. Y su alma es el río. Este río de marzo. El amor tiene un nombre y cada vez que piensa en ella se siente igual que en medio de la corriente en la parte más ancha, presiente la intensidad, el instinto, la felicidad infantil y primitiva del agua llenando entera su vida. El pescador se asombra y no dice que nunca ha encontrado a nadie tan igual, tan afín, tan cercano. Tan cómplice. Nadie. Dice su nombre en voz alta por ver como suena con la música de fondo de la corriente. Tanta soledad, esta soledad inmensa, dura y rica que le llena en el río. Tanta compañía dulce, suave e intensa cuando está con ella. Tal vez sea difícil amarla ahora como difícil es cruzar un río crecido en marzo, pero es tan placentero.

Muchas veces, cada día, todo del día echa de menos su presencia. Pero nunca lo dice. También echar de menos tiene su punto de placer. El pescador no le dice tantas cosas, a veces teme guardar demasiado, a veces teme decir demasiado y todo eso también es placentero. Los ríos le salvan. Los torrentes le hacen fuerte y estar en forma, con el equilibrio a punto y sin miedo a casi nada. El agua helada y dura le dice que todos los pasos son importantes y que el tiempo es largo y profundo y sorprendente como un río en marzo. Una vez soñó pescar surubíes en esos ríos enormes del sur o pescar salmones en el fin del mundo o dorados feroces en el Paraná. Una vez soñó acariciar su espalda y beber el agua de los ríos de su cuerpo.

El hombre que camina es torpe, pero el pescador que ahora cruza la corriente es sabio. Ha aprendido muchas cosas estos años de los ríos, de soledad, de los caminos invisibles entre la hierba alta, de porque ama cocinar, comer, pescar, desear, soñar. Ha aprendido a amarla y a tener certezas y a decirle sin pudor que la quiere y a decirle sin miedo que se siente con ella como cuando cruza un torrente en marzo y es feliz. Así.

SOPA DE SEPTIEMBRE

(Fotografía de Emily Bruns)

¿Qué te haré de comer? ¿Guiso de lentitud, salsa de deseo, asado de ternura, sopa de besos, ensalada de caricias y mar? Día de nubes en Madrid, anticipo de otoño. ¿Día propicio para la primera sopa caliente?.

Todo rallado: puerro, cebolla, apio, dos dientes de ajo sin pelar, pimiento verde, zanahoria, nabo, luego tres mejillones, diez gambas. Cuezo lentamente. Filtro, añado un puñado de tapioca los cuerpitos de las gambas trituradas, un boletus rallado (que tenía en conserva), una yema de huevo desleída en Jerez. Sopa de septiembre y de nubes, ojala de lluvia y de tormenta. Que el

Gran Hunapú te cuide.

jueves, 16 de septiembre de 2010

LOS HIGOS FRESCOS DE LUIS MELENDEZ

(Pintura de Luis Meléndez) Pan de antes, higos de antes, estos son del siglo XVIII y están tan frescos.

Higos frescos, higos secos, subirse a la higuera, tocarlos para sentir cuales están maduros. Se les pueden hacer muchas mezclas y perrerías a los higos, con jamón ibérico, con jamón de pato, con mascarpone… hasta con caviar probé unos en cierto restaurante excesivo.

Yo los prefiero solos, cogidos de la higuera, frescos como las noches de septiembre y de pezón largo e interior rojo, por supuesto.

Nada tan mediterráneo y tan homérico. Tan metido en el inconsciente colectivo de nuestro paladar por muchas frutas nuevas, exóticas e inventadas que lleguen a la mesa.

Luego, ya en diciembre, higos secos rellenos de nueces, caminar por el monte o por las vides acechando liebres y perdices con unos cuantos higos secos en el bolsillo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

CIGALAS ESTILO VICTOR

(foto mala de mi móvil)

Comida de fiesta y lujo. Festejar, agradecer que la vida o el destino se disculpan, festejar siempre lo bueno. Nosotros, cómo no, con una comida a base de marisco. Esos bichos de otro mundo, tan feos y tan ricos. Pulpo a feira con unos cachelos tan ricos como el pulpo, ensalada de cherrys ecológicos, empanada, setas, nécoras cocinas en su punto y cigalones a la plancha, exquisitas. Para beber un vino helado tinerfeño, Brumas de Ayosa. Las cigalas apenas abiertas, un machado ligero de perejil y ajo, y a la plancha lo justo o hasta menos. El marisco tiene eso, que a nosotros nos vuelve locos. Eso de comer con las manos, rechupetear patas y cabezas, romper caparazones, sorber el mar que guardan. Simple felicidad. Recuerdo los versos de Inmaculada Mengíbar: “…Después de tanto amor y de tanto fracaso. / Quién sabe si después de tanto desencanto / no volverá el destino a disculparse”.

Y eso hace la vida o el destino. Festejamos que Ruth comienza nueva vida laboral mucho mejor. Pero festejamos mucho más. Victor de cocinero experto. Yo no hubiera hecho mejor las cigalas. Los cinco hermanos somos buenos cocineros y no sé porqué. Tal vez porque nos gusta comer, porque comer siempre es una fiesta, porque la vida y el destino se han disculpado últimamente muchas veces.

Luego, ya de madrugada, sueño con el sabor del mar si el mar supiera dulce, tu sabor, y en cómo los cartógrafos se pierden cuando la tierra es piel y el mapa se ha de leer en la penumbra.

sábado, 11 de septiembre de 2010

MI MAPA DEL MUNDO

(foto: A. Kharlamov) Y ese verso de John Keats: “lejos, lejos he de volar contigo”. Tantos años sin amar. Olvidados los trucos y las trampas, olvidados los relojes del cuerpo sólo sigo mi instinto y vuelo por tus labios y tus pechos y vuelo dentro de ti, bebiendo tu agua con tanta sed de noches y no me canso de beber, besar, chupar, acariciar con mis labios y mi lengua ese lugar suave, caliente, lleno de risas y de ecos. Mi sexo no funciona, anda dormido, perezoso, olvidado, pero a mi no me importa ahora, ya despertará de su letargo, dejo que mis dedos y mi boca te busquen, dejo que te busque mi memoria, mi deseo, mis sueños. No me sorprende tu cuerpo, ni su belleza, ni su tacto adolescente y nado en él como en el mar de una infancia de playa y de olas altas y juegos. No me canso, imposible cansarse de nadar dentro de él o dentro de tus ojos, más desnudos que nadie, respirando el aliento, dejando muy detrás todas las horas, el tiempo vulnerable, la noche boca arriba...alimentándome de ti. No hay guiso, ni plato, ni alimento, ni receta hoy aquí, sólo hambre y amor, sólo dos cuerpos que se llaman nosotros, tan desnudos, sin armaduras, ni ropa, ni preguntas. He atravesado miles de días desolados, caminando entre rocas afiladas, espinos y silencio creyendo que ya no habría más pero también con la loca certeza de que estabas allí, en alguna parte, acechando como una pantera, valiente y libre. He buscado mapas en otros cuerpos aprendiendo que no hay brújulas ni rumbos cuando se quiere llegar al lugar de la piel donde nos soñaron felices, donde nos amaron por duende. He dudado mil veces de las palabras y su hilo de seda aprendiendo a resistir, resistir siempre, intentando no olvidar el idioma secreto de tu nombre. He aprendido a escribir, cocinar, beber silencio fresco en verano y caliente en invierno, a no cansarme nunca de caminar, a no cansarme nunca de nombrarte y rebuscar en el filo de sal de tantos versos aquellas voces que iban a jugar contigo en el futuro. En los mares fríos y templados, en los océanos oscuros donde duermen las tortugas y los monstruos nado contigo sin miedo, duermo contigo arropado solo con tu leve sonrisa y la seda de tu olor. Ahora sé verdad a qué sabe la vida, qué tacto de miel y mariposas tiene el origen del mundo, porque tu agua lo cura todo, refresca y alimenta y sana. Cartógrafo para ti, nunca dibujaré un mapa en el que te pierdas, ni rutas de paraíso, ni islas del tesoro, ni fuentes de la eterna juventud, ni eldorados, ninguna carta que llegue a algún destino, sólo mapas en blanco, secretos, invisibles, reales para caminar luego cogido de tu mano y no descansar nunca, no dormir, no parar, no hay reposo si tu cuerpo está cerca y su sabor me perfuma la vida.
Mi mapa del mundo.