Saborear
despacio un guiso de carne con verduras, bajo la sombra de un gran pino, en lo
alto de la sierra, una tarde de verano. En el guiso, el tomillo y el romero,
convierten la comida en algo muy familiar y remoto porque solo los sabores y
los paisajes pueden ser denominados patria, aunque en esta tarde, cada uno de
los comensales, por razones muy distintas, no tienen ya más patria que ellos
mismos.
Se siente muy
bien allí, acariciado por una brisa fresca que no existe abajo, en la ciudad
agostada y convulsa que se va derrumbando muy despacio. Se siente bien hablando
de tantas destrucciones, de los bufones que han aventado esta crisis, de libros
decisivos, de películas que les han tallado la memoria, y al final, de esa
novela interesante que es la vida de cada cual, si sabe uno contarla con verdad
y con ritmo, sin retórica, sin trampas y con algo de música, con la que el
silencio adorna a las palabras.
Antes, por la
mañana, se había sorprendido de pronto al verla cocinar con esa soltura y
confianza que él mismo tenía sin darse cuenta y que ahora descubría al verlo en
ella. Descubrir en ella sus propios gestos de cocinero, su ritmo, su saber le
llenó de una alegría extraña y cálida. Tiene
mucha suerte F. de que cocines. Se atrevió a decir quién escribe. Aunque lo
que de verdad pensaba era algo bien distinto, que la suerte era suya por verla
cocinar ese guiso de carne que llenaba la cocina de un aroma muy antiguo y muy
rico.
Se sintió
querido, cuidado, amado por sus dos amigos. Saboreó con mucha lentitud ese raro
privilegio. Se tomó con hambre el gazpacho que había hecho él y luego el guiso
de ella, la ensalada, el vino. Igual que ayer se sintió muy feliz comiendo la
carne asada tiernísima y las berenjenas horneadas con tomate, cebolla y queso. Que alguien cocine para ti, no platos
sofisticados ni guisos exóticos sino una comida sencilla y de memoria es uno de
los mayores privilegios del mundo, él lo sabía muy bien. Uno de los mayores
privilegios y uno de los más grandes placeres sin necesidad de alharacas ni de
fiestas.
Se siente muy
bien allí, saboreando el tiempo sin sentir por unas horas la destrucción de
todo. Le gusta la brillantez extremista de su amigo al pasearse por la ideas,
los libros o la historia, por sus preguntas raras y estimulantes y sus ganas de
sacar la guillotina y la revolución para limpiar el mundo de supersticiones y de
gangsters. Y le gustaba de ella, su forma leve de mirar el mundo, la vida que
se escapa siempre, sin angustia, con la certeza de que lograr esa mirada, por
fin tranquila y sin tormentas, le habría costado mucho esfuerzo y muchas
batallas.
Se puede amar
a alguien muchos días, a veces muchos años, hasta una vida si acunamos
voluntad, suerte y pasión en equilibrio raro. Pero si quién queremos, además
cocina con amor y memoria para nosotros, deberíamos saber que somos mucho más
afortunados de lo que pensamos a veces, cuando ella duerme y la miramos agradecidos,
a la vez con extrañeza, asombro y ternura. Eso no se lo dice, quien escribe, al
amigo. Para qué. Él lo sabe.
"Que alguien cocine para ti, no platos sofisticados ni guisos exóticos sino una comida sencilla y de memoria es uno de los mayores privilegios del mundo"
ResponderEliminarQue hermoso!!!!
Que bonito....estas palabras iban relajando mis pensamientos. Q importante es q te quieran ...y reconocerlo....
ResponderEliminarMuchas gracias Su, Isabel. Yo tengo raras veces este privilegio. Por eso me sorprende y me gusta tanto.
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