jueves, 22 de diciembre de 2011

BUENA CENA Y BUENA NOCHE


(Foto G.G.)
Qué absurdas las patrias y querencias geográficas untadas de ideología o las ideologías pringadas de untes patrios y zoofilias nacionales. Yo, “de ningún sitio”, del camino. Aunque en los sabores tengo territorios, muchas veces toca mi memoria en sabores que nunca había glotoneado de la cocina china, peruana, vietnamita, africana, nórdica o manchega…y las siento tierra hospitalaria, conocida, casi íntima. Yo “de todas partes” en esto del comer. Hay mucho integrista del marmitako, de tortilla de patata, de butifarra, de gamba o de lacón, igual que chauvinistas del foie y el brie (valga la rebuznancia), chulos de la boloñesa, neonazis de la trufa, fóbicos de la fritanga o dictadores de la dietética. Hay mucho patriota de cazuela y mucho nacionalismo en torno al guiso y sus tradiciones siempre dudosas. Yo sólo querencia de vivir y de sentir que quién guisó lo hizo con cuidado, saber y tino y con aquello mejor que tuvo a mano, sea cardillo o solomillo, rata de agua o pollo de Bresse, chapulín o rodaballo, gamba roja o harina de almortas.

Preparamos en la mesa nuestras mejores galas, tradición, posibles, lujos, asados, mariscos, recetas de la abuela, plagios al tío Bulli, cocinofilias patrias o marcianas, atascadinosaurios, souflés con aire de la montagne, sopas de piel de sirena, pierna de golondrina a la sal del Everest, jamón de muslo ibérico de quinta generación… un pica pica diverso, grave, consistente y bien regado de alcoholes fermentados de colores y burbujas políglotas… no sin antes escuchar, más atentos que nunca, si hablará o no en críptica retórica el monarca, del chorizo mangante de su pariente, de los señoritos andaluces bocazas, rancios y gilipollas, de la crisis extenuante causada por los listos o de que él, por fin sincero, quisiera jubilarse ya y comerse sin mirones unos huevos rotos con jamón y buenas papas, contarnos los libros que le gustan y que tiene en su mesilla de noche y quitarse el disfraz para andar a cuerpo gentil, feliz de no ser nadie y poder vender en el Rastro tantos horribles uniformes y discursos.

Cocinamos, si, en estos días, el festín de Babette con alevosía y nocturnidad, cantando a Gargantúa y a don Carnal, en fechas monoteístas tan sagradas, con la tribu a la mesa (y hasta de otras tribus, que ahora las familias han dejado de ser patriarcales, nucleares y convencionales). Y eso me gusta. No voy a criticarlo, ni a distinguir una gamba aristocrática de Denia de un proletario langostino ecuatoriano porque quién los va a exponer en la mesa lo hará con el mismo cariño y voluntad de agradar al comensal. Da igual el tamaño de su cuenta corriente, de su cocina cuchitril o catedralicia o su cultura culinaria. Me hace feliz sentir en los demás la fiesta y la glotonería, este hedonismo goloso que nos une, esta voluntad colectiva de comer y beber porque sí. No me voy a poner estupendo o elitista y rezongar sobre lo popular-consumista-obligado del festín, ni me voy a apoyar en el populismo cañí del lotero y del locutor capullo y perspicaz diciendo que el premio gordo “estuvo repartido, cayó donde hacía falta y solucionó la vida a muchos de los parados”

Cocinamos… pero no, debería decir que siguen cocinando ellas, las chicas, las mujeres, las señoras, por mucho cocinero estrella que salga en el couché, por mucho chico cocinilla emulador de Arzak, por mucho paellero de fin de semana que haya en tantas casas, por mucho gourmet analfabeto que paladee el aire de pedo de frambuesa liofilizada (sin saber, eso si, freír un huevo), por mucho “yo cocino” que se oiga por ahí en los bares más modernos de Madrí..., aunque gran parte de una generación de mujeres se liberó por fin de esas tareas hogareñas… los datos, la realidad es muy tozuda: siguen siendo ELLAS las curratas del fuego, la sartén o el microhondas. Pero no, tampoco toca hoy esa batalla.


Que somos polvo de estrellas, sin retórica. Vivimos cuatro días. Tengamos la fiesta en paz, las cenas con hambre y Carpe Diem así en la mesa y como en la cama.

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